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El mártir de Colima

Anónimo1

La distancia y la rapidez no son las mejores aliadas para la precisión historiográfica, que necesita reposo y fuentes fidedignas. Tal cosa sucede con el primer testimonio escrito en torno a la muerte del joven Tomás de la Mora, al que aquí se describe como un niño de 10 años al tiempo de su ejecución, consumada por miembros del Ejército Federal en tiempos de persecución religiosa. En realidad, tenía 18 años, dato que a lo más atenúa lo crudo del hecho: soldados del gobierno asesinando a sangre fría a civiles indefensos por motivos de fe...

Ángel y mártir2

Nada tan bello y conmovedor entre los actos de los mártires cristianos como aquellos en que se narran los martirios de inocentes niños y castos adolescentes. Estas mismas páginas inmortales las ha vuelto a ver repetidas la Iglesia católica en la actual persecución, donde la voz de Tarsicio y Pancracio, dulce e inocente, ha vuelto a confesar a Cristo en medio de los tormentos y la muerte. El 5 de agosto de 1927 fue martirizado en Colima, Tomás de la Mora, jovencito de 10 años, por el crimen de ser cristiano.

Del corazón a la pluma

Su alma pura y generosa, a la vez que teme mancharse con los bienes y placeres de este mundo, siente ansias de martirio. Tomás no había nacido para las cosas de la tierra, sentía la nostalgia del cielo; pero quería volar allá llevando en sus manos la palma del martirio. Él mismo nos descubre, con toda ingenuidad, estos dos afectos de su corazón, en algunas de sus cartas íntimas. Llega a sus oídos el rumor de que habían matado al señor obispo de Ejutla3 e inmediatamente escribe la siguiente bellísima carta:

Colima, 31 de mayo de 1926

“Te escribo de carrera porque acabo de cenar y porque tengo que ir a un negocio. Procura darte cuenta del señor obispo de Ejutla, pues parece que es el primer mártir de esta desenfrenada persecución.

Demos gracias a Dios porque se ha dignado darnos un héroe. A pesar de ser tan tibios y tan poco virtuosos..., según pienso, esta persecución va a ser que Méjico brille por la heroicidad de sus mártires.

Tú, que estás junto al Santísimo Sacramento, pídele que nos dé valor a todos los católicos mejicanos para no flaquear. Ya no hemos de pedir que cese la persecución, sino que en cada católico haya un héroe como en tiempo de Nerón.

No dejes de luchar por adelantar en la virtud, pues, sí no adelantas, con toda seguridad, retrocedes.

Fíjate, por allá hay mucha vanidad; por eso no quiero ir, ni conocer, aunque sea muy hermoso. Ya se acabó el papel. — Tomás de la Mora.”

 

Pocos meses después, volvía a expresar estos mismos sentimientos en otra carta íntima:

“¡Cuántos recuerdos lúgubres de nuestro finado abuelito entristecieron los días que permanecimos en este ranchito, tan alegre y recreativo cuando estaba cuidado por su anciano dueño! Con razón los santos desprecian todo lo terreno; pues las alegrías de hoy serán mañana punzantes recuerdos que dirán al alma: “Infeliz, pensabas que siempre gozarías de nosotros; pero no; tú pronto morirás; es preciso, pues, busques bien en la eternidad”.

“Dirás: y éste, ¿qué se anda preocupando?

“Pide a Dios que sea un mártir.

Tomás de la Mora.

El martirio

Bien pronto vio cumplidos sus deseos. Mientras jugaba con sus hermanos, el 5 de agosto de 1927, fue apresado Tomás por una escolta de diez soldados.

La madre, al ver a su hijo en manos de los perseguidores, empezó a dar voces de angustia; pero Tomás, con gran valor y serenidad, le dice: “No te aflijas, mamá, dame tu bendición, y si no nos vemos en esta vida, nos veremos en el cielo”. Se arrodilla y le pide que le bendiga por última vez.

Y aquella afligida madre ve partir a su hijo en medio de los soldados.

Presentan a Tomás ante el Jefe de las armas, quien al ver llegar al intrépido prisionero le dice:

- ¿Usted tiene correspondencia con los católicos que están en armas?

- Mientras no se me demuestre con pruebas, no soy responsable- contesta al militar el valiente joven.

- Aquí tiene esta carta; la letra y firma son de usted.

- Es mía- dice Tomás, sin vacilar un momento, al reconocer el escrito.

- Usted es de esos valientes y aún tiene la leche en los labios- le dice el General con tono despectivo.

Entonces, con una entereza superior a sus años, le responde el mártir:

-Si fuera valiente y bravo andaría con los que están en armas; pero como soy cobarde, desde aquí les ayudo -y añadió, con más convicción aún: “Todos los cristianos estamos obligados a librar a la santa iglesia de la esclavitud en que la tienen los tiranos, y a reclamar su libertad; los que tenemos la leche en los labios y los que tienen barbas.”

Tan enérgica y cristiana respuesta no pudo menos de aumentar el odio sectario del General, que se vio confundido por un niño. Ordenó entonces que se le golpeara. Después de esta bárbara acción vuelve Tomás, con la cara amoratada por los golpes, a la presencia del impío General; éste, al verle en aquel estado, pensando que el tormento había doblegado su firmeza, le dice de nuevo:

-Te dejaré libre si tú prometes ya no comunicarte con los católicos que están en armas.

-Me comunicaré en seguida nuevamente y les contaré lo que me pasa. No puedo vivir ocioso mientras mi madre, la Iglesia, llora.

Esta sublime respuesta que no puede menos de trasladarnos a la época de los Tarcicios y Pancracios por su acento viril y cristiano, acabó de encender el odio a Cristo del militar; y sin formación ninguna de juicio, decretó la muerte de aquel niño, ordenando a la escolta que le ahorcaran. Al oír la sentencia de muerte dada contra él, lejos de acobardarse, dice lleno de gozo al general: “La tardanza me molesta”.

La escolta cumplió las órdenes y Tomás salió hacia el patíbulo custodiado por los soldados.

Al pasar por el Zalate de Juárez, uno de los más encarnizados enemigos de la Iglesia y de la patria mejicana, dijo: “Éste es lugar de ignominia; aquí cuélguenme para que se cambie en bendición este lugar de maldición”.4

El jefe de la escolta accedió a los deseos del mártir. Al acercarse un soldado para echarle la soga al cuello, le dijo:

-No me toque, porque me mancha.

-¿Por qué? - le responde el soldado.

-Porque ustedes son soldados del demonio y nosotros de Cristo Rey.

-Dame la soga. La toma y él mismo se la echa al cuello y añade:

-Ustedes se han propuesto pelear contra Dios y a Dios no le vencen; porque Dios es el triunfador.

-¿Tiene que pedir alguna gracia o arreglar algún negocio?- le dice el jefe de la escolta.

-Ningún negocio me queda por arreglar en esta vida. Todo lo tengo listo para la marcha. Ante Dios tengo muchos asuntos que arreglar; primero, pedir a Dios que quite la venda que les ciega a ustedes; segundo, pedir por mis afligidos padres, y tercero, pedir por la Iglesia y mi Patria.

El jefe, burlándose del mártir, le dice:

-¿Para tí no pides o no tienes que pedir?

-Nada pido para mí. Cristo tiene méritos adelantados para salvar a millones y sé que Él me salva, porque soy de los suyos y muero por Él.

Terminadas estas sublimes palabras, exclama: “¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen Santísima de Guadalupe!”

El jefe ordena a los soldados que tiren de la cuerda y el mártir glorioso vuela al cielo triunfante llevando la blanca estola de la inocencia y ostentando sobre su frente pura la corona del martirio.

Es imposible leer esta bellísima página del martirologio mejicano sin exclamar: ¡Gloria a la Iglesia católica de Méjico, que en pleno siglo xx ha renovado los hechos más gloriosos de la Iglesia de las catacumbas!

Un llamamiento a los niños católicos

Es necesario que vuestras infantiles y puras frentes se levanten por todo el mundo para pregonar las glorias de los niños mártires de Méjico y para protestar contra estos hechos de crueldad; es necesario que lleguen a los alcázares de los grandes perseguidores de los católicos mejicanos, de los que arrancan la vida a los niños inocentes e indefensos, vuestras voces de protesta.



1Cf. Hojitas, núm. 21, 2ª edición, 4 pp., 15 por 10 cm., Barcelona, Isart Durán Editores, 1927. Imprescindible para la lectura y comprensión integral de estas “hojitas”  es el estudio Ana María Serna, “La calumnia es un arma, la mentira una fe. Revolución y Cristiada: la batalla escrita del espíritu público”, publicado en las páginas de este Boletín en los meses de noviembre y diciembre del año 2013 (N. del E.).

2 Mártir le llamamos, sin intención de prevenir el juicio de la Iglesia.

3 Ni existe la diócesis de Ejutla ni fue ajusticiado ningún obispo en México. Veintiocho de los treinta mitrados de ese tiempo fueron desterrados a los Estados Unidos, sólo permanecieron dentro de su territorio los obispos don Francisco Orozco y Jiménez, de Guadalajara, y, ciertamente, el de Colima, don José Amador Velasco y Peña. Bien puede, entonces, tratarse de una falsa alarma que se consignó en este testimonio (N. del E.).

4 No existe en el Estado de Colima ni en la ciudad de ese nombre un lugar que se llame Zalate de Juárez, este se trata, pues, del apodo que por ese tiempo debió tener alguna rinconada o plazoleta formada por la enramada de un árbol de la especie zalate, tan frondosos, donde posiblemente se colocó algún busto del prócer liberal Benito Juárez García (N. del E.).



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