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COLABORACIONES

Antecedentes de la erección de la Arquidiócesis de Guadalajara

Eucario López Jiménez1

El libro más bello en el ámbito de las artes gráficas que ha producido la Arquidiócesis de Guadalajara se imprimió hace medio siglo, para conmemorar el primer centenario de la elevación al rango de metropolitana de esta Iglesia particular: 300 ejemplares numerados, que se editaron el 12 de septiembre de 1964, en los talleres de la editorial Jus, en la Ciudad de México, con viñetas de Alfonso de Lara Gallardo. Cuidaron la edición el presbítero José R. Ramírez Mercado y don Salvador Abascal, gerente de dicha casa editora. En recuerdo de ello y en el marco del sesquicentenario del nacimiento de la Provincia Eclesiástica de Guadalajara, se toma de ahí el texto de un importante documento de los primeros años del siglo xix, donde se insta al rey que pida al Papa la elevación de la sede tapatía al rango arquiepiscopal. 2

En todas sus obras manifiesta el Señor su mano providente. No cabe duda que las penalidades y vejaciones de que fue objeto el último obispo de Guadalajara, y que sería el primer arzobispo, fueron fecunda ocasión para acelerar la elevación de su Sede a arquidiócesis.

Por decreto de 17 de enero de 1861 fue expatriado el Ilustrísimo señor doctor don Pedro Espinosa y Dávalos y, como lo más natural, fue a refugiarse, bajo la mirada del Padre, a la Ciudad Eterna.

En el exilio vivió hasta 1864, lapso en el que sus momentos de consuelo eran aquellos en los que el Sumo Pontífice lo alentaba con su palabra sabia y sus consejos. Son conocidas las manifestaciones de benevolencia paternal y estimación que aquel Prelado recibió de su Santidad el Papa Pío ix.

Al Santo Padre confió seguramente no sólo sus cuitas personales, sino todo aquello que se refería a su amada grey y diócesis.

Y fue en aquellos coloquios con el Papa en que floreció lo que con tanto anhelo se deseaba en todos los ámbitos de la fidelísima Iglesia de Guadalajara desde mucho tiempo atrás, y no por vanos deseos de honores, sino porque se palpaba la ingente necesidad de una nueva Provincia Eclesiástica en el vasto occidente de la antigua Nueva España.

Razonamientos convincentes para la creación de un arzobispado en Guadalajara, y manifestaciones de esta necesidad los había habido desde mucho antes. Un extenso documento, exponente fiel del sentimiento general, fue dirigido al Rey en 1817 por el Ayuntamiento de Guadalajara, conjuntamente con el cabildo eclesiástico, a nombre de toda la Nueva Galicia, pidiendo “la erección en esta capital de una capitanía general y arzobispado”. Teniendo en cuenta los detallados pormenores que suministra este documento acerca del estado de la provincia, se transcribe, ya que da a conocer los elementos materiales y datos preciosos para la historia, y trasluce el amor que todos sus hijos sentían por su provincia.Dicho memorial petitorio es el siguiente, en el lenguaje peculiar de la época.

Memorial Petitorio

Señor: Cuando vuestra iglesia catedral de Guadalajara, capital del reino de Nueva Galicia llega la más reverente a postrarse a las ultimas gradas del real trono de Vuestra Majestad y llena del más profundo respeto a su augusta persona procura esforzar su voz para mover lo más sensible de su piadoso corazón, se alienta al verse acogida por un amoroso y tierno padre, que conmovidas sus entrañas, no solo se presta benigno a escuchar los clamorosos suspiros de sus amados vasallos, sino que por su liberal decreto lo excita de antemano a socorrer sus necesidades y promover su felicidad; se anima por presentarse no interesada a un bien propio y peculiar a sí misma, ni al particular de un solo Pueblo, sino para contribuir y apoyar en las más justas pretensiones de su provincia, y del mayor interés a sus pueblos, felicidad del Estado y sagrados derechos de vuestra majestad, y finalmente se corrobora y confirma conduciéndose puramente por el inocente y sincero amor de unos fieles hijos y los más leales vasallos, que con el sacrificio de su sangre mantienen siempre inmarcesibles los gloriosos laureles de la brillante corona de vuestra majestad.

Sí señor, una provincia la más hermosa, dilatada, fértil, rica y capaz de fomentar toda especie de industria y comercio y a quien la pródiga naturaleza con mano franca ha llenado de tan singulares dotes, que por sí sola puede formar la felicidad y opulencia de un Estado, debe ser bien conocida; y merecer toda atención; la sanidad y benignidad en la mayor parte de sus climas, que ni los rigores del invierno la entorpecen ni lo mas ardiente del verano la fatiga; sus espesos montes, vistosos prados y extensas llanuras con abundantes fuentes y caudalosos ríos, presentan todos los medios y provocan a una inmensa población; su fecundidad en toda clase de frutos de que por experiencia es susceptible, los muchos de la mejor calidad que se cultivan de algodón, café, cacao, añil, grana, morera, palo de tinte, cáñamo y lino, y lo que por su prodigiosa fecundidad produce sin otra mano que la del Creador en diversas especies de frutas, maderas finas y la abundantísima del tabaco de excelente calidad, todo ofrece premio seguro al ingenioso labrador: la riqueza de sus metales los más exquisitos y de la mejor ley, que abriga en sus entrañas de oro, plata, acero, fierro y cobre,ha sido siempre el imán más vigoroso para excitar al negligente y desterrar la ociosidad, la que fomenta todos los ramos y aumenta la población: finalmente la multitud de toda especie de ganados con que se abastece la mayor parte del reino, y la considerable porción y finura de sus lanas y algodones, que tanto ha hecho progresar la industria en los muchos tejidos de medias, mantas, canículas y otras telas como cotonías y panas aunque inferiores; las de pañetes, paños, sayales, gergetillas y frazadas; y lo mucho que en su primera especie se exporta de su seno; todo acredita sin equívoco su importancia y magnitud.

Una provincia tan enriquecida por la mano providente del Señor cuya liberalidad no se ha limitado sólo a bendecir su suelo, sino que en su crecida población de un millón de habitantes, hace brillar la perspicacia del ingenio, claridad de talento, aguda penetración y facilidad admirable en el ejecutar, con lo que en todas partes se ha merecido aprecio su singular habilidad, y sobre todo haber estampado en sus leales corazones el indeleble carácter de fidelidad, celo y amor a su señor natural y legítimo rey desde su feliz reconocimiento mano-teniendo con ardor y constancia en el dilatado espacio de tres siglos y sacrificando gustosa sus bienes, su tranquilidad y su vida en los seductivos tiempos de turbación y perfidia, hasta restablecer el orden y asegurar para de una vez los justos derechos de vuestra majestad.

Esta es sin duda, señor, la porción mas escogida de vuestra América Septentrional, una de las mas preciosas piedras que de las ricas Indias han ido para adornar y sostener la augusta diadema de vuestra majestad y la que con justicia merece sus paternales derechos; mas esta misma es la que sepultada en la más oscura noche del olvido, agobiada y consumida de las miserias y cadenas que la afligen, al ver resplandecer la hermosa y limpia luz, que desde los gloriosos días de la suspirada restitución de su idolatrado monarca brilla por todas partes, sale despavorida, pero desatando el cruel y apretado nudo que sofoca su garganta, desahoga con sollozos su oprimido corazón, y regando con sus lágrimas los pies de su amante Padre busca segura el consuelo y espera su libertad.

Así llega vuestro Ayuntamiento de Guadalajara a nombre de su provincia de Nueva Galicia presentándola hermosa pero sin adorno y desnuda: robusta y en aptitud para el trabajo, pero atados y oprimidos sus brazos: en medio de la abundancia pero privada de sus frutos: rodeada de tesoros y riquezas, pero sin libertad para disfrutarlas y socorrerse, perspicaz e industriosa, pero cortados todos los recursos y entorpecida con mil trabas: astuta, valiente y generosa, pero burladas y deshechas todas sus trazas: circunspecta prudente y en edad madura, pero a merced, tutela y a la mayor pequeñez por tantos años reducida: mas ella siempre esforzada y sufrida, a nadie se queja, se mantiene activa y obsecuente; y solo gime al acercarse a vuestro real trono y promover sus derechos y explicar su situación segura de que el corazón compasivo y generoso de vuestra majestad no verá con indiferencia sus males y sus miserias, y convencido de ser uno solo, fácil y ventajoso el medio que le propone para subvenir a todas ellas, no dudará en aprobarlo para hacerla en todo feliz.

No quiere señor, no, ni es su ánimo separarse de Nueva España; cuyas relaciones y amistosa armonía le son muy interesantes y de grande aprecio; antes desea estrecharse con vínculos más fuertes y recíprocos, y que estos dos robustos brazos con moderada, justa y gloriosa emulación afiancen y sostengan con firmeza en las dignas sienes de vuestra majestad su real corona: no pretende sacudir un yugo que, puesto por la respetable mano de vuestra majestad, siempre ha llevado con la sumisión que le es debida; sino recibiendo con más dulzura y honor de vuestra misma real persona y beber de la original fuente las puras aguas de sus órdenes y preceptos: finalmente toda su intención se dirige a que entre ambos reinos haya tal dependencia y unión, que uno y otro fijándose al recto y justo nivel de amor y fidelidad a vuestra majestad, puedan balancearse y sostenerse mutuamente, a cuyo efecto sólo cree necesaria la erección en esta capital de una capitanía general y arzobispado, que gobernándose por sí y con tal separación de México, logre la completa felicidad de este reino: y esta es toda su importante y única solicitud.

La enorme distancia de ciento cincuenta a doscientas leguas que separa de la capital de México a Guadalajara y su provincia; y el estado actual de opulencia en que se haya esta ciudad en todos sus ramos de agricultura, industria y comercio; su extensión local, hermosura de sus casas, rectitud de calles, útiles y vistosos puentes, deliciosos paseos y el crecido número de vecinos, que pasa de setenta mil que la habitan: las respetables autoridades, cuerpos y comunidades que la condecoran, a saber: Una Audiencia con su Presidente Intendente y Comandante General de las Armas, Regente, cinco oidores y dos fiscales; un obispo con su cabildo eclesiástico de veinte y seis plazas entre dignidades, canongías, raciones y medias; los ilustres cuerpos de Ayuntamiento, Real Universidad, y Tribunal de Consulado; cinco parroquias, seis comunidades de religiosos y cinco de monjas, tres colegios uno de clérigos ordenandos y dos de pública enseñanza de todas las ciencias; otros tres para la educación de niñas, un hospital con mil camas y la capaz y hermosísima casa de caridad y hospicio, y en los tiempos presentes la casa de moneda y el lucidísimo y respetable cuerpo militar que la defiende. Este solo conjunto armonioso y brillante eleva de tal manera a tanto grado de dignidad y grandeza esta capital, que sobrepujando los estrechos límites de pequeñez y minoridad en que no ha podido subsistir sin sufrir la más violenta opresión, y desfiguradamente encorvada, no solo exige de necesidad y justicia su mayor decoro y libertad, sino persuade y promete las mas grandes ventajas que de ella resultarán a la Corona y Estado, y de que hasta ahora les priva su sistema actual de sujeción.

¡Qué semblante tan distinto tendría la Nueva Galicia si algún tiempo de antemano la hubiesen cortado las trabas que entorpecen sus progresos! Sin embargo, éstas no han sido bastantes para impedir del todo su agigantado incremento, y que del seno de su abundancia produjese los grandiosos efectos de corpulencia y capacidad con que se gloría ser útil al Estado, y dar lleno a su deber.

Así es que Guadalajara emprende engrandecer los dominios devuestra majestad con las conquistas de Culuhacán y lo demás de la Sonora por su Comandante don Cristóbal de Oñate, continúa la de Nueva Toledo o Nayarith; pero la obediencia a la Superioridad le hace suspender sus marchas y limitarse a guardar estas y las demás fronteras: sofoca oportunamente en su cuna las sediciones que en diversos tiempos. Hubo en el norte y poniente, y restituye el orden que un ruidoso tumulto había turbado en la populosa Guanajuato, más al cabo de algún tiempo viene a caer en abandono esta provincia tan extensa; poblada y distante de México, que aunque vengan tropas de España, se levanten regimientos en México, y esta provea continuamente sus banderas, ni aún su capital Guadalajara vea jamás un solo soldado, reduciéndose al común cuerpo miliciano desnudo y mal armado, y que llegó a disminuirse hasta el extremo de quedar en el miserable y vergonzoso de treinta a cuarenta hombres que prestaban el servicio.

Este estado de demasiada confianza no era menos conocido que llorado por la Nueva Galicia quien siempre activa y celosa no cesaba de apurar sus esfuerzos, tomar los medios que le eran permitidos, y clamar por el remedio: así lo hizo cuando percibió las ingratas noticias de España en el año de ochocientos ocho, que alarmada toda no hubo en su capital, pueblos y haciendas quien no franquease sus bienes y personas alistándose al momento; hace cuantiosos donativos en diversos tiempos para ayudar la Corona que solo los del prelado y su iglesia con lo que fue en calidad de préstamo pasa de un millón de pesos, además del particular que dieron por mitad entre ambos de cuarenta mil pesos que se remitieron a México desde que comenzaron a traslucirse por Michoacán algunos datos sospechosos, para el acopio de armas: el ilustre Ayuntamiento descubre oportunamente las propuestas seductivas del abogado Castillejos de aquella misma Capital, con los artificiosos medios para su sorpresa, de que se logró su aprensión; pero ni se verifica la compra de armas, ni se prepara otra defensa ni aun siquiera se contesta su carta a este Ayuntamiento.

Y si todos estos efectos se palpan en una autoridad subsidiaria, pero con amplitud y libertad; ¿Qué no será de esperar en un Gobierno superior que por sí, con autoridad propia y sin las zozobras de otro jefe mayor obraría con la entereza, libertad y desembarazo cual lo exige la naturaleza misma de esta provincia? Y con razón, pues es tal su magnitud y organización, que forma ya un corpulento coloso, que necesita por sí de otra distinta cabeza; y el creer que con otro más enorme componga un solo cuerpo sería faltar en un todo a la armonía y proporción, y que entre sus anchos hombros no se viese la cabeza.

Por eso vuestro Gobierno mismo con tanta madurez y tino hizo la separación de provincias, establecimientos de intendencias, erección de obispados, división de curatos y subdelegaciones; y así es que en la Península, teniendo tan cerca la fuente, hay diez capitanías generales y ocho arzobispados, y aun en la América Meridional, siendo menos poblada, hay cinco Gobiernos independientes y tres metropolitanos; y ¿un reino tan basto cuya población llega a seis millones de habitantes, con las enormes distancias de dos y trescientas, quinientas y aun seiscientas leguas de su capital, México no ha de tener más que un solo Virrey y un Arzobispo?

Las fatales consecuencias que de aquí han resultado ya no pueden ocultarse a la sabia y perspicaz penetración de Vuestra Majestad, ni sus piadosos oídos pueden dejar de escuchar los clamorosos lamentos de dos millones de vasallos que desde lo más remoto de esta América por el septentrión y el ocaso claman sin cesar, y creen llegado el momento feliz, en que movido el corazón compasivo de Vuestra Majestad, a vista de los incalculables atrasos, desgracias y ruinas que padecen en los largos y desproveídos caminos hasta México, cortará los dilatados y ásperos lazos con que hasta ahora los tiene afligidos: por ello suspiran tantos infelices reos sepultados en las cárceles, que antes han perecido ellos y sus familias que ver el fin de sus causas; entre ellos, uno, que por la Acordada se mantuvo en la de esta ciudad aun después de veinte años sin saber el estado de la suya: tantos litigantes, cuya suerte acaso depende de una declaración, un informe o consulta a la Junta Superior, Virreinato, Tribunal de Cuentas o de Acordada o de una apelación legal, que indispensablemente debe dirigirse desde lo interior de Nuevo México, extremos de Californias, y lo extenso de las provincias de Sonora y Durango hasta la metropolitana de México: tantos empleados cargados de años y méritos agobiados del trabajo, sin promover sus ascensos, y viviendo en los países más remotos, mueren desatendidos por no tener desde aquel retiro sujetos de confianza que puedan emprender un tan costoso y dilatado viaje, o que en México se encarguen con un interés propio al promover sus negocios: pero aún más que todo lo exige y con toda urgencia vuestro Real servicio, la administración de la Real Hacienda y seguridad del reino.

La multitud de asuntos que de tantas partes como son no solo las innumerables Ciudades, Villas y Pueblos, sino las distintas Corporaciones que las componen, su gravedad en los mas, y la urgencia que demandan muchos de ellos llevan a tal punto de imposibilidad el arreglo y entero despecho, la circunspección y acierto con que deben resolverse, y la eficacia y prontitud en contestarse; que parece no haber sido dado al hombre capacidad para que uno solo lo desempeñe: de que resulta dirigirse por muchas manos subalternas sin interés ni responsabilidad y acaso con ineptitud, y bajo la sombra del principal Jefe, se terminan graves negocios lo menos, sin contar con la humana malicia, con grandes errores o mucha indiferencia.

A esto es puntualmente a lo que debe atribuirse el atraso de los tres principales ramos de vuestra Real Hacienda en alcabalas, quintos y amonedación de metales, y el considerable de tabaco, los que en la época presente, a no ser por los esfuerzos de esta provincia protegida por la actividad y celo de su Comandante General; estarían del todo extinguidos; pues aunque en los principios después de restablecido el orden, venían algunos convoyes de México que causaban pocos derechos incapaces de subvenir a las urgencias del erario; estando aquí todos los cuerpos y particulares afectos a las contribuciones que han sido indispensables para sostener la provincia; y al paso que fueron recargándose por México, y para sí, los distintos derechos y pensiones en el préstamo forzoso a todo individuo de su plata labrada o donación de la cuarta parte; pensionar las casas en un diez por ciento sin descontar huecos o deudas; el aumento de alcabala de un dos por ciento y otro tanto con el nombre de convoy; el de avería extraordinaria a más de la ordinaria, que se cobra en los puestos por entrada con el nombre de préstamo patriótico; el grueso impuesto de contribución de guerra de que no se excluyen los alimentos de primera necesidad, ni las rentas decimales, y que se paga a más del de subvención de guerra y almirantazgo; el con el nombre de Lotería forzosa, y los de coches, carruajes y caballos, y aun del dinero que se trasporte de un lugar a otro: a este mismo paso se disminuyó el transporte de convoyes, y decayó en tales términos el comercio, que fue preciso hacerlo por el Mar del Sur y Altamira, con lo que no sólo para sí logró esta Provincia fomentarlo, sino que se socorriesen todas las de lo interior, y se sostuviesen las aduanas.

El importante ramo de tabaco, que así por el general consumo que de él se hace en el reino, como por las grandes utilidades de la Real Hacienda merece tanta atención, ha llegado a tal decadencia que se cerró del todo el estanco, y en esta provincia no se veía mas tabaco de México que el que los particulares han traído en cajillas de puros y cigarros que siendo su valor en toda Nueva España el de un medio real, llegando a la Galicia como género comerciable aunque sin causar derechos, llegó a subirse cuadriplicado precio, que es decir a dos reales cada cajilla dentro de la ciudad y aun a mucho más fuera de ella, con notable perjuicio de estos vasallos, por lo que fue preciso ocurrir al de Realejo y Guatemala por el Mar del Sur para habilitar este estanco, y que abasteciese la ciudad; y en lo demás de la provincia permitir el cultivo del que produce el país y suplir de esta manera su notable escasez.

¿Pero qué hay que admirar en estos tiempos cuando en los más pacíficos y de toda comodidad se sufrían tantos perjuicios en la administración de este ramo? ¡Era un dolor ver que en unos países tan abundantes de esta planta que en otro tiempo fue la felicidad de sus pueblos por su población y riqueza, y que desde la prohibición de su cultivo es la más miserable, inculta y malsana, y que teniendo que contrarrestar a la naturaleza misma para sofocar con el fuego los progresos de este precioso arbusto y evitar el contrabando, hubiese de sufrir la dura escasez y carestía comprándole a doble precio del que en el Estanco se vende! No obstante, aún era más de notar que en los pueblos inmediatos y en los estanquillos mismos que están en la Capital, del día veinte en adelante en muchos de los meses no hubiese cigarros que vender; ¿y si esto pasa en la Galicia qué será lo que sufran los de Durango, Sonora y otros de lo interior, si no es quedando lugar a monopolios y reventas sean sacrificados en el precio? ¡Ah y con cuánto beneficio de estos remotos vasallos y muchas mayores ventajas de la misma Real Hacienda en precios, fletes y cómoda administración sería mucho de desear el que se cultivase este ramo y proveyese con más facilidad las provincias que tantos centenares de leguas distan de Orizaba y Córdoba!

Pues no es de menos interés el principalísimo ramo de la minería que forma tantas poblaciones, progresivamente las aumenta, sostiene en ocupación tantos vasallos entre quienes proporcionalmente reparte sus abundantes riquezas, haciendo a muchos poderosos, y fomentando todos los ramos especialmente la agricultura y comercio, produce a la Real Hacienda considerables derechos; pero por la escasez de azogues, que no solo en estos tiempos sino en los anteriores, en que con tal economía y miseria se daba a mineros, que era menester tantear las necesidades de cada uno para repartir a prorrata el poco que en esta provincia entraba, y preciso que se entorpeciesen todas, y aun perecen muchas de sus negociaciones; y agregarse a estos multiplicados los costos y dificultades en la conducción de metales a México para su amonedación, ha sido la causa de que llegara a tanto la falta de moneda, que la mexicana vino a subir a un quince por ciento en valor, y la menuda de toda clase más de un seis por ciento; de suerte que los pobres que acaso no tienen sino un solo peso, se han visto en la alternativa de gastar la mayor parte o mitad de él en una sola especie de alimentos, careciendo de lo demás que necesitan para lograr el cambio, o perder de su valor el tanto por ciento; mas aunque estas necesidades se palpen, y en México por igual escasez se acuñe calderilla, en Guadalajara no se ve una sola moneda, si no es la que alguno ha traído por curiosa novedad. ¡Oh y qué distinto sería si por un jefe superior y autorizado que en medio de estas cosas viese por sus propios ojos las urgencias, se pudiese proveer a todas ellas con el particular interés con que para sí lo hace en los suyos, Nueva España.

Pero sobre todo, señor, lo que no admite disimulo ni tampoco dilación es la poca seguridad en que están vuestros preciosos dominios de América: ella siempre ha sido el objeto de la envidia y ambición de otras naciones, y ahora más que nunca hemos visto por la experiencia los esfuerzos con que unos la han procurado seducir, y otros fomentar y proteger en los países insurreccionados; y todos la rodean esperando un lance que les sea favorable para hacerla presa de sus uñas: Así es que por el norte se han experimentado amagos que nos hacen vivir con fundados recelos; el seno mexicano está inundado de corsarios que bloquean Veracruz y Altamira; la tranquilidad y franqueza que tanto tiempo ha disfrutaba el mar del Sur o Pacifico, ha sido ya perturbada por una gruesa escuadra de rebeldes, que se atrevió a inquietar las costas de Guayaquil; con lo que se ven expuestas centenares de leguas, que sin el menor resguardo tenemos por estas costas; entre ellas ocupan más de trescientas y llaman con tanta urgencia como interés la soberana atención de vuestra majestad las importantes posesiones de ambas Californias, cuyas abundantes y valiosas producciones de la mejor harina, excelente cebo, muchas y diversas carnes, toda clase de peletería, porción de cáñamo de buena calidad, y la codiciable pesca de la superior y más rica perla que se ha conocido, con la bastante apreciable de la ballena, hacen frecuentemente surcar estos hermosos y dilatados mares a tantos buques extranjeros, que sabiendo bien el modo de aprovecharse de unos tan preciosos frutos que de nuestras propias manos vemos desaparecer sin mayor utilidad, ellos se pagan con largas usuras su difícil navegación: ¡y ojalá que también el pródigo país que los produce, debiendo considerarse como el mas sazonado fruto de esta América, y después de los continuos desvelos, celosos afanes y crecidísimos gastos que para su fomento y conservación con tanto empeño ha impedido vuestro Gobierno hasta el establecimiento y subsistencia de un departamento en San Blas, no se hallase en el cuasi total abandono que lo pone en tanto peligro de ser alimento de los extraños y presa de su ambición! Pero por desgracia, el estado mismo de las cosas nos hace temer con sobrado fundamento un tan triste efecto, especialmente cuando todo el mundo palpa las grandes dificultades, inmensos gastos y no menos perjuicios que siempre México ha tenido para ocurrir a las necesidades de un país que dista más de ochocientas leguas, y que en el día llegan al extremo de imposibilidad; por lo que se ha visto precisado a negarle todo socorro, quedando expuesto de esta manera a la última miseria si Guadalajara no hubiera suplido esta falta! ¿Y qué podía esperarse de México en estas circunstancias si se tratase de otros socorros más importantes y urgentes para su seguridad y defensa, cuando apenas podrá atender las suyas y lo que le amenaza más de cerca? Y así, es preciso concluir con la necesaria e inmediata dependencia de estas Colonias a Guadalajara que revestida de toda autoridad, con menos embarazos, mas prontitud y acierto sabría sostener con firmeza estos dominios y hacer respetar su inviolabilidad.

Por otra parte, hemos visto en nuestros mismos días que no es siempre conveniente ni tampoco más seguro que el Gobierno de todo un reino esté en una sola mano, a cuyas órdenes se rindan todos los jefes de las otras provincias; todas las fuerzas militares, todos los caudales y cuantos auxilios y arbitrios hay en el reino, que no pueden disponerse por ninguno sino con anuencia del jefe principal: porque ¿si este por cualquier acaso llega a ser sorprendido de la fuerza o del engaño, o lo que no es de esperar pero sí de precaver, según la sabia experiencia ha enseñado, el que alguna vez venga a caer en los seductivos lazos con que han sido postrados los más altos cedros del Líbano? ¿No sería lo más prudente que tuviese no muy lejos otro brazo superior y de igual autoridad que le auxiliase oportunamente o le impusiese respeto? Así lo han hecho los de Lima contra los de Buenos Aires y Chile sin que les sirviese de embarazo ser Gobiernos separados, antes por el contrario siendo el Gobierno uno solo está más expuesto el reino a ser envuelto en la misma suerte que su capital, si ésta por cualquier motivo llega a ser desgraciada:

Por eso el prudente Jacob cuando se vio amenazado por las fuerzas de Esaú con tal acierto dispuso dividir en dos partes su numerosa familia; de modo, que si la una llegase a caer en sus manos, pudiera salvarse la otra, así también vuestro celoso Gobierno con sabiduría y discreción, aunque sin tanto motivo pero atendiendo al bien y felicidad de estas remotas provincias, estableció dos Audiencias en lo septentrional de esta América, señalando a cada una con total separación sus respectivos límites, según lo tienen dispuesto vuestras Leyes 3/a. y 7/a. del tit. 15, Lib. 2/o. de la Recopilación de Indias; y aun pareciendo después de más proporción y comodidad la administración de Justicia de Texas y Coahuila por la de esta provincia, la separó de lade México por la Real Orden de 12 de marzo de 1779, pues con cuanta mayor razón, después de tantos años que se estimó conveniente exigir estos dos Tribunales con distinción de distritos, creciendo más y más cada día en considerables aumentos y circunstancias urgentes que imperiosamente exigen la desmembración total de este reino en todos los otros ramos respecto de Nueva España. ¿No debía ya verificarse con entera uniformidad abrazando a todos ellos? Pero hay más que notar: que en todas las otras Provincias que comprenden las Américas, donde una Audiencia, ni uno de sus Presidentes depende en lo más mínimo de otra Capitanía General, si no es el de Guadalajara; y qué, ¿faltaría a esta proporción, estará así mas bien atendida, acaso tiene menos distancias, es más corta su extensión ni se advierte en ella ventajas, o cometió algún delito porque debe ser privada de esta dignidad y decoro que se concedió a las demás, y ella en justo castigo sufra por tanto tiempo su total dependencia y coartada libertad? No Señor, no, lejos sea una y mil veces el imaginar por un solo momento que alguno de estos sea el motivo; antes venerando sumisa y sin escudriñar las razones que hasta ahora puedan haber movido a vuestro sabio Gobierno para no guardar en esta Provincia aquella uniformidad que se observa en las otras; sólo lo hace presente con el estado distinto y diversas circunstancias en que se halla, que sin duda habrán mudado aquel antiguo semblante, en cuyo concepto se persuade que vuestra majestad con su natural bondadoso no permitirá más que la fiel y hermosa Nueva Galicia avergonzada padezca esta indecorosa nota y extraña excepción, que feamente la señala en los otros Reinos.

Por estas serias y bien fundadas razones, con que en su petición parece apoyar la Justicia que asiste a esta Provincia; y que por su enorme peso no puede menos que llamar la atenta y reflectiva consideración de vuestra majestad no duda que dará el valor e importancia que merece a esta feraz y brillante porción que compone la Nueva Galicia, tan enriquecida y hermoseada por la pródiga mano de la madre naturaleza: a sus numerosos hijos que ha distinguido con las más nobles disposiciones de habilidad y amor a su rey; con las que ellos no solo la han elevado al agigantado estado de dignidad y grandeza, porque justamente merece el segundo lugar de esta América, sino que por sus señalados servicios desde su descubrimiento hasta ahora se ha granjeado la gloria de haber sabido aumentar y defender con vigilancia y valor estos dilatados dominios; y en los aciagos tiempos de revolución manteniéndose constante, y desapropiándose de sus bienes se hace superior a los seductivos y violentos lazos de sus enemigos, sobre los que señoreándose majestuosa, les impone todo respeto; y buscando además por sí sola su prosperidad e incremento, con larga mano ha franqueado generosos y abundantes socorros a sus vecinas Provincias: finalmente, pulsando compasivo en la piadosa balanza de vuestro sensible corazón las desgracias y vejaciones en que ha vivido angustiada por tan dilatados años, y atendiendo celoso al común bien del Estado, inviolabilidad de vuestros derechos y seguridad de estos dominios para que tanto interesa la elevación de esta Provincia, espera con toda confianza de la humanidad bien conocida y acreditada justificación de vuestra majestad, que otorgando a sus justas y sumisas súplicas erija en esta capital una Capitanía General separada en un todo del Virreinato de México, revistiéndola de toda la Autoridad, facultades y preeminencias de que lo están todos los demás Jefes Superiores de los otros Reinos; con lo que uniformados en dignidad y decoro, dejará este de parecer con rubor entre los demás, y logrará en su vasta extensión el colmo de sus felicidades.

Igualmente espera, que elevada de este modo su capital; siendo lo más adecuado a la disciplina antigua de la de la Iglesia, que a la policía civil siga en todo la Eclesiástica, por lo que deseosa de estrecharmás y más los vínculos de unión y perfecta armonía entre el Sacerdocio y el Imperio, mandó en el canon 17 del Concilio Calcedonense como regla y principio general: que en el orden y forma de la policía eclesiástica se siguiese el mismo que estableciesen los emperadores en lo civil; y teniendo también presente el ejemplo del Papa Juan xxii en su extravagante “Salvator”: que aumentado el número de fieles en el obispado de Tolosa lo dividió en cuatro diócesis, erigiendo de nuevo tres obispados, y sujetándoles con otros a la Iglesia primitiva y más antigua elevó esta a Metropolitana; así vuestra majestad conformándose a estas disposiciones canónicas, y atendiendo a que la mitra de Guadalajara por su antigüedad de doscientos sesenta y ocho años y que por la mayor extensión y aumento de fieles que la de Tolosa, se ha desmembrado tres ocasiones en la erección de los obispados de Durango, Monterrey y Sonora, cuyas iglesias son verdadera y legítimamente hijas de esta, y que la notable diferencia en sus distancias respecto de ella y la de México la redimirán de inmensas dificultades, muchos perjuicios y excesivos gastos, pues distando Durango ciento noventa leguas, Monterrey doscientas cuarenta, y Sonora quinientas treinta del arzobispado de México, la primera y segunda disminuyen esta distancia en sesenta leguas y la tercera en ciento treinta respecto de Guadalajara: en cuya atención, y los muy graves motivos que hay en los negocios espirituales, no solo cree que proveerá el celo de vuestra majestad la erección de arzobispado en esta diócesis, sino que impetrará el Breve de Su Santidad para su efecto. Así lo pide a vuestra majestad por estas sus reverentes y humildes súplicas que con la mayor sumisión le dirige vuestra iglesia catedral de Guadalajara; y así también con la mayor confianza espera verlo decretado por la liberal, benéfica y paternal mano de vuestra majestad

Dios Nuestro Señor guarde la católica real persona de vuestra majestad por muchos y felices años para amparo de sus vasallos y felicidad de sus provincias. Sala capitular de la santa iglesia catedral de Guadalajara de Indias, enero 16 de 1817.



1 Presbítero del clero de Guadalajara, nació en Tequila (1908). Culto bibliófilo, erudito historiógrafo, oficial de la Curia diocesana, maestro en el Seminario Menor, capellán y artífice del templo de la Madre de la Divina Providencia, hoy de la Madre de Cristo, en Guadalajara.

2Tomado de: LÓPEZ, Eucario,Bula Romana Ecclesia, [sin editorial], Guadalajara, 1964, pp. 21-37



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