Documentos Diocesanos

Boletín Eclesiástico

2009
2010
2011
2012
2013
2014
2015
2016
2017
2018
2019
2020

Volver Atrás

COLABORACIONES

El ministerio eclesiástico durante la segunda mitad del siglo xix en Guadalajara: el testimonio de una vida.

Francisco Javier Gómez Carrillo1

Bajo el extenso título “Contestación a la circular del señor deán y gobernador de la sagrada mitra doctor don Antonio Gordillo, dada por el señor cura propio de San Diego de Alejandría, bachiller Francisco Javier Gómez, el día cinco de enero del año de 1910”, se reedita un texto ya publicado en un corto tiraje hace años.2 En él se describen situaciones del todo interesantes para la historia de la Iglesia en Guadalajara durante los terribles años de la Guerra de Reforma y lo que vino luego.

Datos preliminares

Entre 1908 y 1909, la superioridad eclesiástica de Guadalajara emprendió una pesquisa entre el clero y los párrocos con fines de estadística, control y rectificación de datos. Eso dio pie a que un anciano clérigo, autor de las líneas que siguen, extrajera de sus recuerdos la interesante semblanza de una época borrascosa: la de los años inmediatos a la sangrienta lucha entre liberales y conservadores. El destierro de los obispos mexicanos y la agitada existencia que muchos eclesiásticos debieron sortear en tan duras circunstancias se exponen aquí, sin reproches ni autoelogios, desde la memoria de un varón ya en la recta final de su vida, toda vez que morirá cuatro meses después de entregar esta relación.

Introducción

Señor deán y gobernador de la sagrada mitra doctor don Antonio Gordillo:

Con el debido respeto digo a su señoría que luego que acabé de escribir la relación que adjunto me enfermé de gripa, motivo por el que me he retardado.

Como en la circular dice que a la mayor brevedad se informe, lo hago a pesar de tener en mi relación algunas correcciones, pues si hago otra relación me dilato mucho, peor ahora de convaleciente.

Dios Nuestro Señor guarde la importante vida de su señoría muchos años.

Guadalajara a siete de enero de 1910


1.    Nacimiento e infancia

En contestación a su atenta circular recibida hoy siete de diciembre de 1909 y ante usted, con el más profundo respeto, expongo que yo, Francisco Javier Gómez, soy hijo de don Luis Gómez y de doña Elenita Carrillo Ibarra y Mondragón; originario de Cocula y vecino de ésta desde la edad de un año.

Siendo aún muy niño ocupe el segundo lugar; lugar que me autorizaba para mandar a todos mis compañeros, mi maestro pasaba los días preparando al primer lugar para su examen en la Universidad. Llegados los exámenes fui confundido con el primer lugar, que lo era Idelfonso Rodríguez, por lo cual sustenté examen, obteniendo la calificación suprema, recibiendo tanto yo como mi señor padre las más calurosas felicitaciones por parte de los señores don Domingo Lamas, don Felipe Llamas.

Enseguida fui sacado de la escuela y llevado con el señor don Juan Olazábal, que regenteaba la escuela número uno.

A causa de mi corta edad fui puesto en los carteles y como los hube pasado casi inmediatamente tuve que sufrir un reconocimiento de mi maestro, del cual resultó que fuera pasado al salón de álgebra, ocupando poco después el tercer lugar, siendo luego preparado para sustentar examen público, el cual no se llevó a cabo por la repentina muerte del señor maestro, a resultas del cólera.


2.    la vocación

No habiendo otra escuela dónde continuar el álgebra, mi señor padre me interrogó acerca de la carrera que deseara adquirir, a lo que contesté que la del sacerdocio, siendo mi respuesta causa de que mi señor padre se disgustara, por lo que me vi precisado a decirle que haría lo que a él le pareciera mejor. Poco después fui llevado por mi señor padre al liceo, con  el exclusivo propósito de cursar matemáticas para después ingresar a un buque como capitán; pero como mi señor padre era profano en materia de estudios sufrió una equivocación, resultando que fui puesto en la clase de latinidad y no en matemáticas, como era su deseo.

En ese mismo año estudié hasta Mayores, siendo señalado y prevenido por don José María Hernández para sustentar examen público.

Ya con el certificado me acerqué de nuevo a mi señor padre, exponiéndole nuevamente mis deseos de que me recomendara para entrar en el Seminario, pero todas mis súplicas fueron por demás, pues mi señor padre se mantuvo firme en su primera idea, diciéndome que cursara matemáticas, a lo que yo le contesté que no había dónde, pues el Liceo había caído, y él me respondió: “No, yo no te llevo al Seminario, ni te recomiendo”. Entonces fui y le hablé al señor Ignacio Mateo Guerra y Alva que iba a enseñar Lógica al año siguiente, y le dije que me quería ordenar pero que mi señor padre no quería y, enseñándole mi certificado me admitió con la condición que el día 18 de octubre que se abriera el Seminario, le había de llevar aprendida su Retórica, que era muy grande; yo le prometí que se la aprendería. Ya para mediados de las vacaciones yo la sabía, y el día 18 que se abrieron las clases en el Seminario, iba con mi Retórica aprendida, cuando al pasar por la casa de Cañedo, sale el padre don Felipe de la Rosa y me dice como si ya nos conociéramos: “¿Oiga cómo ha de haber aprendido en ocho meses lo que en el Seminario se aprende en dos años? Venga, yo lo llevaré a donde ha de ir, lo recomendaré y no necesitará que venga su señor padre”. Entonces yo convine gustoso con él y me llevó a la cátedra de Mayores, siendo por él recomendado y admitido; inmediatamente hice mi composición de lugar.

Teniendo entonces por un lado las resoluciones inquebrantables de mi señor padre y por el otro las apreciaciones de mi maestro: el primero que no estudiara mucho para que no me ordenara y el segundo que me preparara para estudiar, no acertaba a qué resolverme, optando por fin por guardar un término neutral, permaneciendo siempre de primer vice - rector y en Física, décimo del segundo lugar, que era lo que yo más quería. En Física, naturalmente como yo desde muy chico sabía resolver todas las cuentas por álgebra, llamé la atención de mi maestro y comenzó por decirme: “Véngase a prevenir para que tenga acto”, y empezó porque midiéramos las parábolas de los astros por secciones cónicas. Viendo yo que me lo decía sinceramente, volví a sondear nuevamente a mi señor padre, pero lo encontré igual y me retraje y acabé del mismo modo, llevando en todo el medio.

Al año siguiente me dijo mi señor padre: “Quiero que estudies Leyes, toma treinta y tres pesos y compra un “Berardi”.3 En lugar de cumplir sus deseos, fui y compré un “Billuart”,4 que me costó doce. Me examiné, llevé la lista de los examinados a mi casa, entre los cuales estaba yo, y cuando la vio mi señor padre y se cercioró de que estaba en la cátedra estudiando Teología, su disgusto fue grandísimo; me preguntó que a quién había pedido permiso para cursar Teología y, en fin, que qué había hecho con el dinero que me había dado para comprar un tratado de Berardi. Yo le contesté respetuosamente a todas sus preguntas y respecto del libro le dije que había comprado otro en lugar del que él me ordenara y que me había costado solamente doce pesos, estando lo restante alzado sin tocar más un centavo.

Poco a poco fue calmándose y al fin me dijo que gracias a que había respetado el dinero sobrante y a mi firme decisión, me permitirla que siguiera estudiando en la cátedra de Teología, Sin embargo, a pesar de esto, él procuraba distraerme, ora encargándome el cobro de sus casas, o bien poniéndome a que atendiera los negocios de su tienda; yo estudiaba de noche. Terminando de secular5 los tres años y dos meses del curso de Teología.

Al concluir, le rogué a mi señor padre para que me pusiera de colegial pensionista a fin de ordenarme; él me prometió que sí, que me pondría pero para que estudiara leyes y acabando practicara y recibiera mi título de Licenciado. Efectivamente, habló al señor Rector. El señor Rector habló a la Sagrada Mitra y de allí contestaron que se me admitiera de interno pero que se me había de examinar desde Mínimos hasta Teología.


3.    Por fin el Seminario

Mi señor padre se valió de esta condición para hacerme desistir; pero yo le propuse que me presentaría a examen, que si me aprobaban sería sacerdote y que si me reprobaban, entonces estudiaría Leyes. Me presenté a examen en la sala rectoral y me examinaron con tanto rigor que un sinodal me tomó todo el tratado de Trinidad; gracias a Dios salí con bien, pues no sólo me aprobaron sino que mandó el señor rector que me asignaran un cuarto de honor entre los noventa bachilleres que entonces había y con los honores de pasante en Teología y cursante de Leyes.

Tres bachilleres, que eran Miguel Romo, beca de honor; Carlos Rivas, José María Gutiérrez y yo fuimos invitados a repetir todo el curso a pesar de nuestras cátedras. En dos años recordamos hasta Teología y al fin del año de secundianista, me recibí de bachiller en Filosofía en tiempos del Rectorado del señor doctor Juan Nepomuceno Camarena, el cual era mi maestro en Derecho Canónico.

El señor Camarena quería que fuera bachiller en las cuatro facultades, para lo cual me dijo que me dispensaba el tercer año en derecho Canónico y Civil, pero mi señor padre quiso que sólo fuera bachiller en Filosofía y yo convine gustoso para que no me fuera a sacar del Seminario y no pudiera ordenarme.

Como mi señor padre había dado orden de que no me dejaran salir en las vacaciones, yo me aproveché de ese tiempo, presentando todos los tratados que había de presentar. El año de tercianista lo hice, me contaron los cursos y tuve tiempo de prepararme al Sínodo de Órdenes, como sucedió.

En las vacaciones de secundianista me presenté al señor rector y le dije que en esas vacaciones y en el tercer año de Leyes quería prepararme al Sínodo de Órdenes a pesar de mis cátedras, porque una vez acabando Leyes, me sacaría mi señor padre del Seminario.

El señor rector aceptó mi ruego y nombró para que se prepararan junto conmigo a mis compañeros Macedonio López, Francisco Díaz y Luciano Osuna. Teníamos tanto empeño en las vacaciones, que a pocos meses se enfermaron mis compañeros del cerebro; Macedonio López a los cinco años sanó. Francisco Díaz sanó a los ocho meses y se fue a ordenar al extranjero y Luciano Osuna se alivió, sirviendo de escribiente en el arzobispado, que entonces era obispado; sólo yo quedé preparando el Sínodo a pesar de mis cátedras de Leyes.

De la Sagrada Mitra le ordenaron al señor rector que me pusiera de suplente en la cátedra de Moral, porque el catedrático Rafael Pacheco no vino por la revolución y al mismo tiempo, que supliera también la cátedra de Teología Moral y Ritos, pues el doctor José María Aristorena, que era el encargado de ésta última, no vino por el mismo motivo de la Revolución, habiendo faltado siete meses.

En mayo de 1856, entregué las cátedras que suplía; me examiné de Leyes en la cátedra de prevención (¿?) y dispensándome un año de edad, recibí mis cartas dimisorias para el extranjero. Me alenté a contrarrestar la voluntad de mi señor padre, ya que desde chico tenía vocación para ordenarme, como porque vi de la Sagrada Mitra un oficio en que ordenaban que me ordenara, pues decía el superior del Seminario a los señores gobernadores de la Sagrada Mitra: “Hay un ministro en el curato de Mexticacán, llamado Refugio Baez, teólogo. Hay un joven en el Seminario llamado Francisco Díaz, teólogo, que aunque se enfermó al principio de este año, ya se alivió y se acaba de ir a ordenar a San Francisco California; hay actualmente un joven cursante de Leyes y pasante de Teología, llamado Francisco Javier Gómez, que no se sabe si se ordenará. De los tres escojan ustedes el que gusten para catedrático”, a cuyo oficio respondieron de la Sagrada Mitra: “El padre Baez que venga y separe las cátedras de Medianos y Mayores y entre desde hoy a catedrático; el joven Díaz, que viniendo de ordenarse entre en la Cátedra de Mínimos, y ese joven Gómez, que se ordene y entre de catedrático en propiedad el año venidero”.

Yo, que lo deseaba, viendo que así lo mandaban de la Sagrada Mitra, me determiné a obtener la licencia de mi señor padre para ir a San Francisco, California; mi señor padre de pronto se enojó, pero luego lo contenté y me dio una libranza de 500 pesos y ocho más para la diligencia; luego se volvió a enojar y no me dio ni para comer en el camino, sino solamente la bendición; pero luego fui con mi señora madre y le conté mis apuraciones, ella me consoló y me dijo: “No tengas cuidado, a la tarde te llevaré algo”. Ya en la tarde me llamaron a la portería, pues mi señora madre me buscaba, fui y me dio un saquito de pinole, otro de galletitas y un cinto con quinientos pesos en onzas de oro. Mi señor padre cerró su tienda, se fue al seminario a hablar con Osuna, que se había aliviado y examinado, le propuso acompañarme; pero el joven Osuna no tenía recursos. Mi señor padre le prestó dinero y al otro día nos fuimos a ordenar, a pesar de que hacía un mes habían fusilado al padre don Gabino Gutiérrez, capellán del Hospicio, tan sólo porque era sacerdote, también a pesar de que un día antes se había pronunciado Antonio Rojas contra Ignacio L. Vallarta y Pedro Ogazón, y se había ido para el sur por donde nosotros teníamos que ir.


4.    El gran viaje-odisea

El joven Osuna me acompaño hasta Manzanillo, pero dos días antes de embarcarnos, le volvió la locura, entregó el dinero que mi señor padre le dio, que eran 500 pesos a un dependiente de una tienda para que lo remitiera a mi señor padre, diciendo que no quería ir con dinero prestado, que se iba a Acaponeta su tierra, y sacar dinero de su casa para ordenarse.

Yo supe eso cuando lo vi huir en el pailebot La Perla. Le grité: “No me dejes solo, ¿No te prestó dinero mi señor padre? –“Sí, -me dijo- pero se lo entregué al sobrino del padre Urzúa para que se lo mande a tu papá”.

El sobrino no quiso entregarme el dinero, diciendo que lo iba a mandar a su destino (cuando volví de ordenarme me encontré en Colima al señor sobrino y le dije que yo que iba para Guadalajara, llevaría el dinero a mi casa, pero él me respondió que lo había empleado para los náufragos).

Al día siguiente, estando solo en Manzanillo abordé un bote que venía tripulado por dos negros, trayendo la noticia de que el vapor que había de llegar el día 27 y salir para San Francisco el día 28, se había quemado la víspera frente al puerto de Navidad; que en él venían cuatro padres de ordenarse y se apellidaban Cárdenas, Arana, Blanco y Parga, quienes traían los Santos Óleos. En el momento arreglaron toda clase de embarcaciones que había disponibles y se fueron a alta mar a salvar a los que se pudieran. Yo recibí de un almacén muchas cajas de pan y vino para que les diéramos luego que los encontráramos; como a cuatro leguas en alta mar, encontramos cuatro botes llenos de náufragos; se desocuparon los botes, se pasaron a las piraguas, yéndose los botes a salvar unos náufragos que estaban en los morros, nos volvimos a Manzanillo a las doce, refugiándose en algunas casas dichos náufragos.

A la ventana de mi cuarto en el hotel fueron a jugar dos niñas y un niño, y viendo que no se iban les pregunté que si tenían padres y me dijeron que no, que se les habían quemado en el vapor; salí a informarme y supe que nadie los quería, entonces los recogí, les alquilé un cuarto y les di de comer, pues pensé traérmelos a Guadalajara a educarlos.

Al día siguiente llegó el vapor “San Luis”. El capitán de la aduana me convidó a ir en un bote a darles noticias del incendio del Vapor “Goldeingen”. El Capitán del vapor no nos dejó volver a tierra, nos dio de comer y luego se fue para el lugar del desastre. Empezó a tirar cañonazos por toda la costa, más allá del Puerto de Navidad. A los cañonazos se presentaron los náufragos en el llano de la costa o bajaban del cerro y los botes del vapor los recogían; después fuimos a los morros; unos náufragos se fueron al vapor y otros a los botes. Nos volvimos a Manzanillo y al andar arreglando mi pasaje se presentó uno de los náufragos, diciéndome que si le daba las niñas y el niño, que él era de San Francisco, que era católico y que tenía cien mil pesos de capital, que él los iba a repartir entre todos los niños que habían perdido a sus padres en el naufragio. Me informé. Resultó ser cierto y se los di.

Acto continuo me embarqué el día 30 de julio de 1856, fui sobre cubierta, con objeto de ver si en los botes venían los padres, pues no los habíamos encontrado entre los náufragos; repentinamente dirigí la vista a los botes que llegaron y vi cuatro hombres completamente desnudos en el fondo de un bote, eran ellos: Arana, Cárdenas, Blanco y Parga, les hablé y les pregunté que por qué no se iban a tierra y me dijeron que porque no tenían cuatro reales para pagar, yo entonces le pagué al contador de a bordo y tripulando un bote los llevé a Manzanillo, les conseguí vestidos y comida y luego les daba una onza de oro a cada uno, pero sólo Arana por ser condiscípulo la admitió, los demás dijeron que no necesitaban dinero para el viaje.

En el camino, es decir, cuando los llevé a tierra, me contaron el motivo por el que se quemó el vapor y cómo se salvaron ellos. Luego me despedí y ellos se hincaron llorando diciéndome: “No te vayas, allá se padece mucho, espérate a que haya obispo aquí”. Yo les dije, que Dios me favorecería y entonces se abrazaron los cuatro de mis piernas no dejándome ir y yo andando para atrás, los llevé por la arena hasta que llegamos al agua, entonces me soltaron.

Tomé el bote y me fui al vapor. Apenas llegué emprendimos el viaje. En el buque no iba solo, pues encontré en él al señor licenciado don Cosme Torres y a su apreciable familia, al señor General don Francisco Labastida, hermano del señor arzobispo Antonio Pelagio de Labastida y Dávalos y al señor General Alfaro, todos mis conocidos. En el camino duramos siete días, los dos últimos días no tuvimos qué comer, pues se acabó por llevar tantos náufragos.

Al llegar a San Francisco tomé hospedaje en el hotel Guacharhuse (¿?); me bañé. Tan luego como salí, ya me estaban esperando como veinte personas, contándose entre ellas algunos desterrados, para informarse del incendio y de los padres que iban en el vapor.

Yo los convidé a comer y aceptaron diciéndome que no pedían menos, que lo agradecían mucho; muy atentamente fui invitado por ellos para recorrer la ciudad, pero yo, violento por presentarme al arzobispo, tan sólo tres días consentí, y luego les huí y me presenté al ilustrísimo señor arzobispo don José Sadoc Alemany.6

El ilustrísimo señor me mandó ir al día siguiente a examinarme. Me examinó un canónigo de Guadalajara, el señor don Casino Espinosa y Dávalos, el ilustrísimo y reverendísimo señor Pedro Loza y Pardavé el ilustrísimo señor Alemany.7 Después del examen me mandaron al Colegio de la Misión, al día siguiente me hicieron que asistiera a unos ejercicios que dio un padre Mercedario.


5.    Sacerdote

A los ocho días me tonsuró el ilustrísimo señor Loza y, dispensándome los intersticios, me ordenó de subdiácono y diácono. El ilustrísimo señor Alemany, arzobispo, me ordenó de presbítero el día veinticuatro de agosto, día suprimido entre nosotros.

Me hizo una espléndida fiesta el señor licenciado don Cosme Torres, el día que me ordené, como despedida para que volviera a Guadalajara con felicidad.

Tan luego como llegué a Guadalajara, me presenté a la Sagrada Mitra, mandándome a que me examinara para darme destino; luego me dieron un oficio para que me fuera de capellán de la iglesia de La Soledad, adscrito al Sagrario, con orden de vivir y comer con los catedráticos del Seminario, porque entonces comían en comunidad.

En mayo, después que hice la función de San Juan Nepomuceno, que por costumbre se hacía por los cofrades, salió con votación secreta de mayordomo el señor Castorena, que era Gobernador de la Sagrada Mitra. Recibí otro oficio, en que me decían que no volviera a reunir a los cofrades, para elegir mayordomo, que a mí me nombraban mayordomo perpetuo. Acepté y viví en comunidad.


6.    La revolución

La Revolución crecía por momentos, por lo que, con frecuencia, seguido pasaban grupos por la acera de la catedral gritando: “¡Muera Gómez!, ¡Muera Córdoba!

Un día se supo que los franceses tomaron la ciudad de Puebla; ese día empezaron a reunir los clubs frente a Palacio: “¡Mueran los franceses y muera el clero!” eran sus gritos y como todo el clero que había en la ciudad en ese momento eran los catedráticos del Seminario, todo el día continuaron los gritos. Los estudiantes del Seminario al venir a sus cátedras traían noticias espantosas. En la tarde luego que dieron cátedra, salieron todos; el superior del Seminario fue a mi cuarto y me dijo: “Todos han salido y como yo también voy a salir, quédese usted celando hasta que venga yo”, así lo hice.

Pero volvían los niños con noticias tan alarmantes de que en la noche nos iban a matar. Poco después llegan las principales familias de la ciudad buscando a los catedráticos, mas como no los hallaron, me dijeron que les comunicara que se fueran a esconder a sus casas -las de las familias-, ellas dejaban vestidos de secular para que se disfrazaran y se fueran luego que regresaran, pero nadie salió por no estar el superior.

Ya cerca de la oración8 llegó mi padre y me dijo: “Vámonos, porque te van a matar a la noche”. Yo le dije que no podía porque estaba encargado de la casa. Él me dijo: “Toma este vestido y esta escala, te disfrazas y te descuelgas en la noche, que yo esperaré en la casa”. Y se fue no sin darme antes la bendición.

El superior llegó a las ocho y media, mandando tocar la campana para el refectorio. Ya en la mesa nos preguntó lo que sabíamos acerca de la revolución. Después nos dijo que si pensábamos huir a donde nos convidaban, a lo que respondieron los demás que sólo que él saliera saldrían ellos. Luego él dijo que él no saldría, por lo que contestaron todos que ellos también se quedarían. Luego dirigiéndose a mí, me preguntó qué era lo que pensaba, respondiéndole yo igual que mis compañeros.

Entonces mandó que atrancaran la puerta con unas piedras, formando así una trinchera muy resistente.

Continuamos en la mesa como si nada nos esperara hasta las diez, hora en que se oyeron gritos, balazos, golpes y maldiciones. El superior se levantó de la mesa y dijo: -A sus piezas todos. ¡Sánchez, Córdoba a las azoteas y digan lo que vean!

A poco de estar en mi pieza entró el padre Torres, catedrático de Mayores, muy asustado diciéndome: -¡Gómez confiéseme que me matan! Lo confesé, luego él me confesó a mí, luego nos sentamos. Yo no tenía miedo, él estaba temblando y le dije: “¿Qué estamos haciendo aquí sentados? Vamos a la ventana”.

Las ventanas daban al frente de Catedral en donde se veía que venían los clubs marchando, de dos en fondo, entonces no había barandal en el atrio de catedral, venían al frente cuatro soldados con hachones y cuatro con hachas, para descerrajar la puerta. Ya venían cerca de la puerta del Seminario, cuando se oyó un ruido por la calle de Santa María de Gracia. Volteamos a ver lo que era y vimos un pelotón de caballería que venía corriendo con los sables en alto. Eran tantos que llenaron todo el frente y costado de catedral.

Hubo un rato de silencio aterrador. Rompieron el silencio dos pelotones de caballería que cargaron contra los de los hachones y de las hachas. Viendo eso, los de los clubs calaron sus bayonetas y arremetieron contra los soldados de la vanguardia; recibiéndolos éstos a machetazos y los de atrás a balazos, siguiendo una espantosa carnicería. Nosotros dábamos la absolución a los moribundos que se arrepintieran de sus pecados desde la ventana.

A ese tiempo se abrió una de las ventanas del arzobispado, apareciendo Vallarta y Ogazón, gritando: -¿Qué es eso? Uno de los que formaban un club contestó: -Es la caballería de Pedro Galván que anda macheteando a los de los clubs. Entonces Vallarta dijo: -¿Quién le dio la orden a la caballería para hacer eso?

La contestación fueron dos balazos que hicieron blanco en el alféizar de la ventana, luego cerraron la ventana y afuera siguió la guerra, hasta la una de la mañana. A las dos ya no se oían más que tan sólo unos cuantos tiros.

Poco después salieron entre la caballería muchos coches landós, con sirvientes con hachones, levantando los cadáveres, pues muchos de ellos eran hijos de ricos. De las dos y media a las tres llegaron los carretones de la basura levantando los muertos que aún quedaban y los llevaron a Belén. Poco después pasó un barril con regadera levantando los charcos de sangre. A las cinco de la mañana todo estaba ya tranquilo.

Yo abrí la iglesia de la Soledad donde era capellán, siendo la única iglesia que se abrió ese día. Dos días más tarde llegaron los señores curas capellanes a avisarle al señor doctor Manuel Escobedo que ya iban a abrir sus iglesias, porque el doctor Escobedo era el único superior que había recibido de Roma la orden de que en caso de ponerse las cosas como se pusieron, se hiciera fuerte en el Seminario, lo que cumplió al pie de la letra, sacándolo de sus apuraciones de dinero mi señor padre, quien le prestaba para sostener el colegio.

Después, enojados los federales contra los franceses porque no podían matar a Manuel Lozada por Tepic, dieron orden de hacer cuartel el colegio. A las cinco de la mañana nos llegó esa orden en que se nos decía que nos saliéramos sin sacar nada, bajo pena de muerte.

Yo que era el capellán y mayordomo de San Juan Nepomuceno, no saqué mis cosas sino que salí a buscar al señor Gobernador de la Sagrada Mitra para preguntarle qué debía hacer, encontré tan sólo a uno de los señores Gobernadores, y me dijo que me fuera a mi casa y desde allí cuidara la iglesia y que me quedara con las llaves de los cepos para que los abra y los cierre, dándole las llaves después a don Manuel Gómez Ibarra, el señor arquitecto.

Me volví y entrando a la sacristía, en un cajón grande puse las custodias del colegio; de la Soledad, los copones, los cálices, las alhajas de San Juan Nepomuceno. El resplandor de oro y piedras de calabacillas de perlas del rosario, y una corona de espinas de oro de nuestra Señora de los Dolores. Los ornamentos de primera y segunda clase y las alhajas de plata de San Juan Nepomuceno. Sólo la plata de la urna del Señor del Santo Entierro no la quité porque necesitaba golpear; ya achilillado el cajón, me dispuse a morir por sí me mataban al conocer que yo sacaba de la iglesia las cosas para defenderlas, porque los revolucionarios estaban robando todo.

A las ocho salí y ya no quedaba nadie; traje muchos mozos y mandé que llevaran mis muebles y detrás de ellos el cajón.

Al salir, puestos los soldados en guardia, la Providencia quiso que llegara don Julio, sacristán de catedral, quien me dijo: “Padre Gómez, ¿dónde me da licencia de alzar este cajón? y lo descubrió delante de la guardia, estos se inclinaron y vieron el cajón lleno de dinero, varillas y perillas de plata, yo en la imposibilidad de servirle, le aconsejé que lo guardara donde creyera conveniente y que le diera las llaves a don Manuel Gómez el arquitecto.

Entre tanto, mis muebles y el cajón de la iglesia habían pasado sin ser notados. Llegué a mi casa, donde enterré todo. Al medio día llegó mi señor padre y me dijo que luego que vieron que yo entré a la casa, se fueron tres hombres galvanos a su tienda y lo insultaron durante dos horas. Él se impacientó, brincó el mostrador, le quitó a uno el mosquete y de un golpe lo bajó del caballo, entró a la defensa el segundo, mi señor padre lo hizo caer también de un balazo; el tercero luego que vio todo tan serio, volvió grupas y se perdió.

Después cerró mi padre su tienda y se fue al cuartel de San Juan de Dios y le dijo al General Galván: “Me insultaron unos galvanos, dos herí y uno va corriendo al mesón de San Joaquín a avisarle a Rojas, ¿Me defiende ustéd?”. Sí, don Luis, ya hemos visto y oído que lo insultaban, alegando que era casa de un sacerdote. Dijeron: “hemos visto a su hijo salir del colegio y entrar a la casa perteneciente a esta tienda; ojalá lo hubiéramos sabido más antes, ya vería” A la orden del General Galván, le dijeron que pasara, le dieron caballo y armas y se quedó junto del General Galván.

A poco llegó un oficial de parte del señor Rojas, pretendiendo que se llevaría a mi padre para castigarle y si no, Rojas sacaría la caballería y haría fuego.

El General Galván contestó que la sacara, que don Luis no lo acompañaría. Rojas sacó la caballería y la formó desde el mesón de San Joaquín hasta la Presa; Galván sacó también su caballería del cuartel de San Juan de Dios y la formó, hasta la alameda, poniéndose él a la cabeza junto con mi señor padre. Estuvieron una hora en actitud de pleito, cuando repentinamente Rojas metió sus soldados al mesón y entonces el General Galván metió también su caballería al cuartel. Pasó una hora, al cabo de la cual dijo Galván a mi señor padre: “Ahora don Luis ya puede usted marcharse sin cuidado a su casa”. Mi señor padre llegó a la una diciéndome: ¿Te acuerdas de que no quería que te ordenaras? Pues ahora porque tú viniste aquí iba a haber desgracias. Me refirió todo y concluyó diciéndome: “Vete, no quiero que estés en la casa, porque me comprometes.”

Yo le dije que iba a avisar a la Sagrada Mitra, pues de allí me habían ordenado que viniera a su casa. Fui a la Sagrada Mitra y le dije a don Jacinto López lo que pasaba, quien me dijo: -Vuelva usted a su casa y se le dirá lo que ha de hacer. Volví a la hora de comer, recibí un oficio donde me nombraban ministro de Ayo. Mi señor padre me dijo: -Pasa la tarde aquí y mañana saldrás, agradécele a Galván la vida, pues él defendió a todos los catedráticos.

Me contó después que cuando los clubs, en la toma de Puebla, nos querían matar. Fue mi padre con Galván después que me llevó el vestido y la escala porque era su amigo y le dijo: “Tengo un hijo padre que es capellán de La Soledad y me parece que a la noche lo matan por no haber querido salir del colegio ¿Qué no habrá modo de defenderlo?”

-Sí, don Luis, vaya usted sin cuidado, que si Dios quiere, no morirá su hijo” y como ves, ahora me ha salvado de las manos de Rojas que me quería matar.

Por eso, cuando Galván murió, sabiendo yo que estaba muy malo, aunque no me tocaba, por estar en mi curato -entonces estaba yo en Mexicaltzingo- una noche, después de las ocho, estuve en la banqueta de la casa de Galván resuelto a entrar y ver si lo confesaba a pesar de todos los masones que lo rodeaban; como lo hice con Cordero, que no había querido confesarse con catorce sacerdotes; como lo hice después con el General Lomelí, que no había querido confesarse ni con el doctor Escobedo que era su maestro y lo quería mucho. A las diez de la noche llegó el señor canónigo García y me dijo: -¿Qué anda haciendo señor cura?. -Ando viendo a ver como confieso a Galván porque yo le debo la vida. -Yo también vengo a eso. Así que váyase usted a su curato y confié en mí, pues yo soy de la casa y haré lo posible. Queda usted descargado del deber de gratitud. Yo me fui y seguro que el señor cumpliría lo prometido. Al día siguiente fui a Ayo.


7.    El ministerio

A los dos meses de ministerio me mandaron una boleta de sínodo para el señor Camarena, que estaba en La Piedad. Después del examen me dio un oficio en que me decían que podía predicar y confesar por todo el tiempo que durara la revolución.

A los tres meses me mandaron de la Sagrada Mitra un oficio para que me fuera de vicario de Pueblo Nuevo. Los méritos que hice fueron dejar una Purísima grande en Ayo. Las funciones que se hicieron de acuerdo con el señor cura Marrientos en mayo, ya lo dije en la relación de méritos, cuando me presenté a los concursos.9 En el Pueblo Nuevo duré siete meses. Los méritos que hice en las funciones del culto, en abrir los cimientos del templo actual; los montones de piedra de faena que dejé y que mandé que cada labrador sembrara un plato de maíz para el templo también los dije en el concurso.

Un mes antes que me nombraran catedrático, me mandó una carta el ilustrísimo señor Espinosa diciéndome que entrando los franceses a Guadalajara me iban a nombrar catedrático en propiedad, que el ilustrísimo señor quería que su Seminario se pareciera y estuviera a la altura de los de Europa y que tan sólo recibiera a los niños que tuvieran las cualidades que él me indicara. Que había de ser director del colegio mayor y me daría instrucciones. Vine luego que entraron los franceses a Guadalajara.


8.    De nuevo en el seminario

Recibí la cátedra de Mínimos y me dijeron en la Sagrada Mitra que fuera capellán a La Soledad y Mayordomo de San Juan Nepomuceno. Que todo lo de La Soledad y del Colegio se había perdido, que tuviera paciencia. Lo mismo me dijo el señor Escobedo: que habían tumbado las campanas, macheteado los santos y que lo que habían escondido en los sepulcros se lo habían robado. Yo les dije que no escondí nada en los sepulcros. -Luego el dinero que sacaron los soldados ¿quién lo escondió allí? -Don Julio fue el que escondió allí un cajón con dinero, perillas, varillas de plata y demás cosas.

Yo fui a mi casa y saqué el cajón que enterré y recibió todo don Jacinto López, siendo valuado todo en veintidós mil pesos, dichas cosas se pusieron en la sacristía de La Soledad. Después me nombraron director del Colegio Mayor. Después, segundo capellán del Hospicio, al mismo tiempo capellán de la cárcel con obligación de hacer, cada cuatro meses, ejercicios.

Como por ser capellán de La Soledad y del Colegio Mayor no salía de vacaciones, me encargaban la Mayordomía del Seminario y la compostura del mismo. Cuando quitaron al doctor Escobedo de rector y entró el doctor Agustín de la Rosa, entregué todos esos cargos: mi cátedra, al señor Germán Villalvazo y Rodríguez, que fue después obispo en Chiapas;10 la celaduría de aposentos (porque año por año me mandaban un oficio para que siguiera de celador) al nuevo catedrático de Mínimos, entregué la directoría, porque el señor De la Rosa no puso colegio Mayor. La Capellanía de la Soledad, al Padre Torres. La Mayordomía de San Juan Nepomuceno al doctor Sánchez; la capellanía de la cárcel al padre Cabrera con obligación de hacer los ejercicios como yo hacía pagándole treinta pesos cada mes. La capellanía del Hospicio al padre Peña. La mayordomía del Seminario a Gil y Peña en las vacaciones, y en lo sucesivo a Gil.


9.    Una difícil misión en la capital

Dos meses hacía que habían fusilado a Maximiliano el emperador, cuando llegaron las vacaciones. Concediéndome el señor vicario capitular que fuera a México encargándome que llevara un escrito al señor Juárez y se lo entregara en sus propias manos, que era una petición de disimulo de campanas.

Al llegar a México conocí que era cosa difícil, pues entre mis compañeros y el comercio no me pudieron dar una tarjeta para entrar con el Presidente, que sólo en La Enseñanza donde estaban presos los generales y comisarios imperiales que eran conservadores, podrían recomendarme; pero que peligraba mi vida porque hacía tres meses que habían fusilado a Maximiliano y nadie me quiso recomendar para entrar a la Casa de La Enseñanza. Pero yo dije: cuando se me encarga algo de la Sagrada Mitra lo debo de hacer, aunque peligre mi vida y, en nombre de Dios, me fui a La Enseñanza. Los soldados de guardia me detuvieron y se exaltaron ante la presencia de un padre, pero el oficial de guardia salió mi conocido, pues era estudiante de Guadalajara y me dejó entrar. Y dejó que se comunicaran todos conmigo y entre todos me dieron una carta de recomendación para el señor ministro don Isidro Díaz, en tiempo de Comonfort. Fui a la casa de este ministro y ahí encontré al señor canónigo don Fernando Díaz, que había sido mi maestro de prima, de la Cátedra de Teología, y él le dijo a su hermano: -“Consíguele a este señor, que fue mi discípulo, una tarjeta para que entre a Palacio con el Presidente”. Él dijo: “No llegan mis influjos hasta allá, pero voy a ver lo que hago”. Y a los dos días me consiguió la tan deseada tarjeta para entrar con don Juan Arias, segundo de Juárez. Entré al Palacio, pasé por los salones de los ministros y le entregué el pliego a don Juan Arias. Don Juan Arias lo entregó delante de mí al señor Juárez, quien después de saludarme, mandó a don Juan que se lo leyera, y tomando los puntos me dijo Juárez: “Yo remitiré el pliego bien sellado, vaya usted sin pendiente.”

Cuando volví a Guadalajara me dijo el señor Vicario que lo había despachado bien (Esto lo he referido para que vea su Señoría que el Gobierno de Guadalajara tiene orden de disimulo dada por el Presidente Juárez.)

Luego que volví, me dijo el señor prosecretario que volviera dentro de ocho días para darme el oficio de mi destino.


10. Nuevo destino

A los ocho días me dijo: -“Es usted cura de Pihuamo, vuelva dentro de ocho días por su oficio”. Volví y me dijo: -“¿Quiere usted ir a Pihuamo?” –“A donde me manden voy”-contesté. –“Venga usted dentro de ocho días para darle su oficio de Pihuamo”. Volví y me dijo: -“No es usted cura de Pihuamo, sino de Tonila”. Busqué quién me llevara mis cosas y volví y me dijo: -“Venga dentro de ocho días porque se ha arreglado que se quede con nosotros aquí en Guadalajara”. A los ocho días volví con el señor prosecretario, entonces me dieron un oficio en que me nombraban capellán da Belén.

En este destino les di gusto a las Hermanas de la Caridad, haciendo el culto de la iglesia, confesando a las niñas de la lavandería y a las niñas del Ángel y cumpliendo mis obligaciones bien a bien.

Muy pronto me subieren el sueldo, me frisaron dos saloncitos de San Lázaro para que viviera y me dieron de comer. Y el otro capellán señor cura de Jalos, estaba tan contento, al grado que en una hora diaria me enseñó todo lo que se necesita saber en un curato acerca de las diligencias matrimoniales, exhortos, modo de llevar los libros de Gobierno, de Fábrica, asientos de partidas, etcétera.

Habiendo devuelto del arzobispado unas diligencias al señor cura Camacho, del Santuario, mandaron de la Sagrada Mitra que las hiciera yo, y vinieron bien despachas.

Los méritos que hice fueron poner una escuela de niñas que yo mismo serví en el salón junto al cuartel y al mismo tiempo haciendo en el templo el mes de María, las posadas, la quincena y demás celebraciones del culto, lo que ya he referido en la relación de méritos en los concursos del año y medio

            El señor Vicario Capitular me llamó un día y me dijo: -“No me arrepiento de mis actos de vicario, sino de no haberlo puesto a usted de cura”. Yo le respondí que no tenía por qué arrepentirse, porque he pedido aprender por el señor Villalvazo, todo lo que se necesita saber en un curato y además, le dije: -“Ilustrísimo señor, yo no quiero ser cura porque no tengo corazón para ver que una persona se condene a mis pies”. -Él me dijo: -“¿Y llevando usted todas mis facultades como si fuera vicario?” –“Aunque llevara todas sus facultades, no podría absolver a un denunciante que no quiera restituir”. A lo cual me contestó: -“Sí puede, con tal que se obligue él y sus herederos a sujetarse a lo que disponga el Concilio General que haya acerca de esos bienes”. Se me ensanchó el corazón y respondí: -“Siendo así, mándeme su Señoría a donde guste”.

11. Amatlán de Cañas, Nayarit

Poco después me daba un oficio para que me fuera de cura a Amatlán de Cañas, diciéndome que tomara posesión del curato y que cuando el ilustrísimo señor Loza pasara por el camino, que fuera yo ya como cura de Amatlán a presentármele y darle la felicitación de haberle nombrado arzobispo de Guadalajara, lo que ejecuté exactamente.

Llegué a Amatlán de Cañas y encontré cartas que decían: Amatlán o Compostela; pregunté a la Sagrada Mitra acerca de esto y me contestaron que me habían cambiado el destino; pero que el señor Anastasio Sánchez no había querido ir a Amatlán, para que yo fuera a Compostela.

Al fin me quedé, arreglé el Archivo poniendo el libro de Gobierno y de Fábrica, como lo vería su ilustrísima y reverendísima Señoría en la santa visita.

Los méritos que adquirí, ya rescalzando toda la Iglesia, que tenía varias cuarteaduras, ya quitando el altar de cotense pintado, haciendo gradas, pilares de piedra, una sacristía y en lo espiritual, haciendo cuatro tandas de ejercicios, poniéndole Asociación de Hijas de María; haciendo escuelas de niños y niñas y lo demás, se adquirió con los actos de culto y ministerio; ya lo referí cuando me presenté a los concursos; sólo referiré la acción de la Providencia Divina.

Una vez que se estaba hundiendo el pueblo, después de decir la santa misa salí y vi las calles como ríos; me fui por la calle principal, me siguieron todos los hombres que había en el pueblo con herramientas.

El agua se estaba metiendo por el depósito de la misma, proveniente del río de la Huerta vieja. Con miles de trabajos derribando el cerro al día siguiente, abriendo un tajo, hubimos de vencer el avance de la avenida, que al fin con mayor creciente reventó una presa que nosotros hicimos, nos venció y se precipitó por un tajo, que hicimos entonces en el actual curso que ahora tiene el citado río.


12. San Juan de los Lagos.

Permanecí en Amatlán durante dos años; después me nombraron capellán de San Juan. Al pasar por Guadalajara, como mi equipaje iba consignado a San Juan, no me dejaron sacar mis licencias en la aduana, para que me las refrendaran, porque se habían acabado.

Los señores Jesús Ortiz y Luis Michel, Gobernadores, me dijeron que me fuera así, sin refrendo y que las licencias se las mandara cuando hubiera oportunidad. Así lo hice y el ilustrísimo señor Loza que ya había vuelto de su santa visita, no sabiendo lo que determinaron los Gobernadores, mandó que me sinodaran. El señor cura Reynoso, el señor cura Rosales y don Agustín Rodríguez me sinodaron. Poco después del Sínodo, a la vuelta de correo, recibí mis licencias, con un oficio en que me daban licencia de predicar y confesar hombres y mujeres en toda la diócesis, como los curas propios, siendo capellán de San Juan y catedrático del Colegio, del que era rector el capellán Mayor, don Agustín Rodríguez.

Los méritos que hice en dos años que permanecí en éste lugar fueron: haber dirigido las Conferencias de San Vicente, haber acabado el hospital, que estaba en obra; haber predicado las cuaresmas, haber hecho cuatro tandas de ejercicios, haber hecho, de acuerdo con el capellán mayor, el mes de María y haber abierto un salón con camas para enfermos, los referí ya en los actos de concursos.

A los dos años me dieron un oficio para que fuera de vicario a Jesús María.


13. Jesús María

El señor Migue Baz y Palafox, me escribió una carta en la que me decía que convidara a Córdoba y a don Agustín Rodríguez para que nos fuéramos a borlar. A consecuencias de este convite, me entretuve en estudiar cuando supe que había habido concurso.

Al segundo concurso me presenté, obteniendo la sacristía de Arandas. Permanecí en Jesús María cuatro años de vicario y otros cuatro años de vicario y sacristán mayor.

En ese mismo tiempo me encargué del curato de Arandas por un oficio de la Sagrada Mitra, por haberse ido a Guadalajara el señor Manuel Escobedo, por seis meses.

Los méritos que adquirí fueron entarimar la iglesia, frisarla, dorar el altar mayor, comprar ornamentos, ciriales de latón, hacer cuatro tandas de ejercicios de hombres y mujeres en tiempo de cuaresma, y haber comprado un par de ángeles en Jesús María de Arandas. Los expuse ya éstos méritos, en la relación del concurso.

Duré en Jesús María ocho años. En ese tiempo recibí un oficio para vivir en Arandas de sacristán mayor.

Los méritos que obtuve al juntar cada ocho días la limosna, en todas las misas y empleando de acuerdo con el señor cura, ese fondo en ornamentos, campanas para la torre y friso de la Iglesia, los referí en la relación de méritos que remití en mi apoderado, que fue el mismo señor deán y Gobernador don Antonio Gordillo, para el concurso general, cuyo curato era San Juan. El señor cura don Mauricio López, avisó a los eclesiásticos que estaban presentados para San Juan, que yo me había presentado y se retiraron. Esos señores eran: señor Lara, Pérez, Sánchez, el que es señor obispo y Argüelles, tal vez porque vieron que en el otro concurso me dieron la sacristía de Arandas, que a todo trance quería el doctor Rivera y habiéndome dejado solo, conoció el doctor Camarena que yo naturalmente, salía para San Juan.

El señor deán don Antonio Gordillo se encargó de no avisar al doctor Camarena, pero quién sabe cómo lo supo este señor, faltando ya poco para que me llamaran a Sínodo me escribió diciéndome que me mandaba como maestro, que retirara mi presentación, porque él no quería que yo saliera de Arandas en donde estaban las personas de su familia.


14. San Diego de Alejandría

Permanecí en Arandas siete años, en cuyo tiempo me presenté al último concurso, en el que me destinaron a San Diego de Alejandría, en donde establecí misa cada ocho días en el Comedero, en el Valle de Guadalupe, en San Sebastián, además de Jalpa y Frías, donde ya había misa antes de que yo fuera. Duré seis años y medio, y en este tiempo reedifiqué la casa cural para que muchas piezas pudieran servir para casa de ejercicios. Compré ornamentos de todos colores de primera, ciriales y cruz alta de latón, ramos también de latón. Le puse a la torre reloj público de repetición. Construí un corredor en la fachada del curato, de piedra de cantera.

Cuando recibí el curato encontré un mal, y era que todas las señoras principales habían sido educadas por una maestra impía, que le hacía casa a un padre, don Donaciano Larios, hacía muchos años. La escuela era de paga, lo descubrí porque luego que tomé posesión, empecé a explicar la doctrina a cuya explicación acudían todas las escuelas, menos esa, siendo que tenía todas las niñas decentes.

Al principio creí que estaría previniendo sus exámenes, más luego pregunté a unas niñas que iban de dicha escuela que si se encontraban preparando exámenes o que si al contrario ya había pasado los exámenes y me contestaron que no preparaban exámenes, porque nunca se examinaban; les pregunté por qué no asistían a la doctrina y ellas me respondieron que no iban porque la maestra se los impedía.

Entonces se me salió esta expresión: “¡Ave María Purísima, si será esa mujer una impía! ¡Y tantos años que tiene de maestra!” Las niñas contaron en su casa lo que dije, los padres de familia fijaron su atención y les encomendaron que pidieran permiso para ir a la explicación; así lo hicieron y no las dejaron, además las que pidieron licencia recibieron castigos.

Al lunes siguiente sacaron a todas las niñas de la escuela; el padre Larios y la maestra, creyeron que yo había mandado cerrar la escuela, y no, fueron los padres de familia. Algunas señoras me informaron que efectivamente la maestra era impía, puesto que insultaba a las personas que entraban a misa; dicha señora y el padre Larios, durante seis años y medio que duré en ese curato, siempre estuvieron fomentando acusaciones contra mí, para que quitado yo, volviera la escuela a abrirse en su casa.

Cuando tomé posesión del curato, me hicieron un buen recibimiento, lo cual se supo hasta Guanajuato. El señor secretario de don Manuel González, , que era don Carlos Rivas,  que me conocía desde que estudiábamos Leyes juntos, dijo: “Con Gómez no se puede, pero yo mandaré quién pueda.”

Al conocer esas intenciones me puse pendiente a ver qué resultaba. A poco tiempo mandaron de Guanajuato una logia de masones, con obispo, curas, ministros y varios sectarios para que se establecieran en San Diego, pero yo mandé que no les alquilaran casa, ni comerciaran con ellos. No pudiendo establecerse en San Diego, lo hicieron en el pueblo de La Purísima. Detenían a los comerciantes y les vendían más barato, los entretenían y los despachaban el viernes o sábado yendo a un río que pasa por un lado de la población, donde se acostumbran bañar la mayoría de los habitantes y les predicaban el error sobre el culto de los santos. A la semana siguiente les predicaban sobre otro punto y así. Entre tanto yo formaba mi sermón sobre el error que propagaban, combatiéndolo.

Así dure seis años y medio, no permitiendo que ninguno de mis feligreses se afiliase a su credo.

Los ricos se aprovecharon y ayudaron a batallar para quitarme, enviando a la Sagrada Mitra escritos falsos, al grado de que el ilustrísimo señor Loza resolvió mandar al cura de San Miguel, don Martiniano Chávez, en secreto, para que se informara acerca de la veracidad de las acusaciones que con frecuencia mandaban al arzobispado.

El señor cura cumplió con su encargo y al fin, al irse, me fue a visitar diciéndome que no tuviera cuidado, que no había encontrado en mí motivos en que se fundaran las acusaciones.

Todo siguió lo mismo; el señor Loza no me dijo nada, ni cuando iba a los ejercicios. Pasados algunos años, mandó otra vez el ilustrísimo señor Loza a otro señor cura y entonces fue el de San Juan, señor Bartolero a informarse de la misma manera. Supe que cumplió con su encargo, pues en una de las visitas que hizo, fue en una casa de unos señores íntegros e imparciales. Se fue sin decirme nada, ni tampoco me dijo algo el señor ilustrísimo, pues con razón, por más que hicieron, no era posible dar con el mal que estaba en el corazón de las señoras “decentes”, de mala enseñanza.

Y fuera de San Diego, en la logia que estaba en el pueblo de La Purísima, las cosas seguían lo mismo, al grado de mandar el ilustrísimo señor Loza al vicario foráneo doctor don Manuel Escobedo a que me visitara. Dicho señor me escribió diciéndome que me visitaría a los dos meses; seguro cambió de parecer y me visitó a los quince días, nada halló de reprender, como consta por el acta de la visita de ese tiempo. Llegados los ejercicios de los eclesiásticos, me vine a ellos, al despedirme del ilustrísimo señor Loza recibí un oficio con el nombramiento de cura sustituto del señor cura propio de Mexicaltzingo durante nueve años y medio, en cuyo tiempo compuse el coro y el frente del templo, poniéndole unos gruesos arpones de fierro embutidos en el muro y bóveda, quedando tan macizos, que no se han vuelto a sentir a pesar de haber pasado algunos temblores.


15. De regreso a la ciudad en Mexicaltzingo

Compuse la sacristía poniéndole arpones de fierro embutidos en las esquinas de manera que no se han vuelto a abrir; puse rejas de fierro en todas las entradas para el nicho del Señor de la Penitencia; puse barandas de fierro vaciado en todos los altares, los que quitaron cuando entarimaron la iglesia y los que no han vuelto a poner. Estuqué y doré todos los altares del cuerpo de la iglesia, el mayor lo renové de estuco; fuera del templo puse banqueta de ladrillo de jarro. Planté naranjos ya grandes. Enladrillé todas las callecitas del atrio y aún dejé más de treinta carretas de piedra cantera labrada para continuar la torre en estilo igual a la que tiene. Hice en el atrio prados de jardines con dos pilitas; en la plazuela puse una pila grande, que aún subsiste y como levantaron el piso quedó al ras, por lo que el Ayuntamiento levantó los pilares de encima.

Puse en todas las ventanas de la iglesia vidrieras de colores con armazones de fierro. Puse un cristal grande y muy fino al nicho del Señor. Hice el templete del Santísimo, de latón, compré una imagen de la Purísima tamaño natural y otra del Sagrado Corazón de Jesús y dos ángeles para el altar mayor. Compré ciriales y cruz alta de latón, compré doce candelabros de metal de más de un metro de alto, seis blandones, infinidad de esferas de colores y compré también unos jarrones tan grandes que casi igualaban a los blandones; compré pabellones para las bóvedas con sus correspondientes gallardetes de raso de seda encamado y blanco, y azul y blanco, dos pares de cada uno, varias docenas de jarrones de barro dorado, ornamentos de primera clase de todos colores.

En cuanto a lo espiritual, hice el mes de María y el mes del Sagrado Corazón todos los años; siempre hice funciones en todos los misterios del Señor; hice ejercicios de entregar y salir de niños y niñas en la cuaresma; siempre celebré la Semana Santa; siempre hice la quincena, siempre se celebraban las posadas y siempre se celebró la fiesta de la Ascensión del Señor con esplendidez. Mis ministros obraban con reglamento, vestían conforme al rito del día y se les pagaba con forme al arancel vigente.

Frente a la Iglesia de La Trinidad compré toda la cuadra y la regalé para el hospital, menos la casa que ve al suroeste; empecé a levantar las salas y departamentos tal como está ahora, llamándole Hospital de la Santísima Trinidad; los fondos para la fábrica se reunieron por la Conferencia de las Señoras de San Vicente; los ornamentos de todos colores, candelabros y ramos de metal los di yo al hospital. El cuidado y la dirección del hospital después de haberlo hecho y fomentado, lo dejé, no porque quise sino porque el director de la Conferencia de este tiempo, a petición de las señoras, con pretexto de que trabajaba mucho, me quitó, poniendo al señor presbítero Arnulfo Jiménez, cura actual de Atotonilco, por un año; después al señor doctor Pedro Romero, hasta que dejé el curato, quedando yo con la administración espiritual como cura.


16. En la parroquia de la Trinidad

Cuando recibí el curato, me dijo el señor prosecretario que ni en La Trinidad permitiera que se quedara mi antecesor, el señor Agustín Beas,11 porque me causaría muchas molestias; pero cuando me lo advirtió, ya el señor Beas se había cambiado a La Trinidad, por lo que le supliqué que lo dejara allí, porque me parecía bochornoso quitarlo. Allí se quedó hasta que falleció. Seguro que él lo agradeció, porque supe por algunas gentes, que él me apreciaba y que con mucho gusto me hubiera ayudado a sufragar los gastos de las mejoras materiales si sus recursos se lo hubieran permitido.

A los nueve años y medio de estar en Mexicaltzingo, recibí un oficio para encargarme de la capellanía de Santa María de Gracia en esta ciudad, ocho meses antes de que muriera el ilustrísimo señor arzobispo don Jacinto López.12

Permanecí en dicha capellanía casi tres años, al cabo de los cuales, un oficio me ordenó que me fuera a hacer cargo de la capellanía de la Congregación de Trejos, cerca Ixtlahuacan del Río, donde permanecí también tres años. Adscrito a dicha parroquia de Ixtlahuacán, de cuya capellanía salía a las confesiones de ranchos y en mi residencia, haciendo cada ocho días porque se confesaran, después de predicarles en la mañana sobre el Evangelio y en la tarde sobre la doctrina cristiana, los preparaba para la comunión. A los niños especialmente me dedicaba a enseñarles la doctrina y tomábaselas antes de comenzar los sermones.

En cuaresma les hacía cuatro tandas de ejercicios; en Noche Buena las posadas, en agosto la quincena rezando además diariamente el Rosario. A los tres años me agravé de una enfermedad que adquirí durante mi permanencia en el convento de Santa María de Gracia, en las habitaciones que tenía mi antecesor, el señor presbítero don Procopio del Toro. Habiendo escrito a la Sagrada Mitra, me contestaron que me estuviera en mi casa, en esta ciudad hasta reponerme.

A los ocho días me dieron un oficio para ingresar a la iglesia de La Merced en esta ciudad en donde estoy en la actualidad.

 

17. Recopilación

Antes de ordenarme fui estudiante de Teología Escolástica, de Derecho Canónico, Derecho Civil, Historia Eclesiástica, Concilio Tercero Mexicano, Sagrada Escritura. Fui bachiller en Filosofía y por oficio comunicado por el señor rector, catedrático suplente por ocho meses en la cátedra de Moral y por siete de la de Teología Moral y Ritos; fui celador general en el Seminario en compañía de don Tomás Córdova; me dispensaron un año para ordenarme y en San Francisco California los intersticios, ordenándome hasta diácono el ilustrísimo y reverendísimo señor Loza, y de presbítero el ilustrísimo y reverendísimo señor arzobispo don José Sadoc Alemany; el día veinticuatro de agosto de 1866. Venido de ordenarme, fui adscrito al Sagrario con orden de vivir y comer con los catedráticos, ser capellán de la Soledad y Mayordomo de San Juan Nepomuceno.

Al cerrarse el colegio por orden de los federales, yo alcé en mi casa un cajón con los cálices, custodias y las alhajas, todo del Seminario y de La Soledad. Cuando volví, entregué el cajón a la Sagrada Mitra, causándoles grande admiración que hubiera defendido aquello, con riesgo de mi vida, cuyas cosas fueron valuadas en 22 mil pesos; entonces me adscribieron a la parroquia de Ayo el Chico por tres meses y por siete al Pueblo Nuevo. Ahí me dieron licencia de la Sagrada Mitra para fabricar el templo, dejando los cimientos llenos y muchos montones de piedra. La muerte me amenazó muchas veces a consecuencia de andar confesando a los contendientes de ambos partidos, cuando la entrada de los franceses a Guadalajara. Fui puesto de catedrático de mínimos en propiedad, con orden de ir pasando a las demás cátedras, enseguida capellán de La Soledad y mayordomo de San Juan Nepomuceno; capellán segundo del Hospicio; capellán de la cárcel, la que me encargó el señor Carreón al nombrarlo de cura, en donde hacía cada cuatro meses ejercicios para los presos; fui director del Colegio mayor por tres años. Fui celador de aposentos y mayordomo en todas las vacaciones, con obligación de renovar el Colegio.

Cuando entró el doctor De la Rosa de rector, salí de catedrático, dándome licencia de que fuera a México, encargándome la Sagrada Mitra que consiguiera con Juárez el disimulo de campanas para los actoss religiosos, lo que conseguí viniendo el expediente bien despachado, mandado al Gobernador de Guadalajara que lo ejecutara; al volver, recibí oficio para ir de capellán a Belén donde permanecí dos años seis meses; recibí oficio para ir al curato de Amatlan de las Cañas, donde en una inundación compuse el río, evitando así futuras catástrofes, permaneciendo allí dos años seis meses; después recibí oficio para ir a San Juan de capellán y de catedrático, duré dos años y medio. Recibiendo licencia para confesar y predicar.

Recibí entonces oficio para ir de vicario a Jesús María, a los cuatro años recibí la sacristía de Arandas, quedando siempre de vicario y dispensándome la residencia, pusieron otro que desempeñara mi oficio; poco después recibí oficio para cura de Arandas por seis meses, por ir el doctor Escobedo a Guadalajara. En ese tiempo, siendo vicario también de Jesús María, mis ministros eran Alatorre, Ruiz y Brum, como en ese tiempo cayó el jubileo del Año Santo, a consecuencia del mucho trabajo, me puse malo y me dieron licencia para estar en Guadalajara por seis meses.

18. Episodio con un fraile apóstata convertido en misionero protestante

 

Al volver a Arandas tomé la diligencia. Ahí estaba solo un hombre fornido, de barba grande, bien armado, el sombrero en los ojos. Tan luego como amaneció, comenzó a hablar contra los padres, acerca del celibato. Yo guardé silencio al principio, tan sólo mientras él hablaba. Luego que hubo acabado, lo rebatí dejándolo que replicara. Él no lo hacía, sino que cambiaba de punto, entonces lo volvía a rebatir y él a cambiar, así continuamos hasta que habló del Arancel y de los derechos, creyendo que iba a salir triunfante diciéndome: -En la República modelo13 no piden derechos. Después de rebatirlo, le replique: en la República modelo no piden derechos, pero los católicos si pagan cuatro reales por asiento como derechos, cuando se sienten en las bancas, hasta los niños de pecho. Pero como son muy ricos, el padre generalmente en lugar de dar los cuatro reales por cada uno de sus hijos pone una o dos onzas de oro, los protestantes tienen la misma costumbre. El arzobispo católico con la limosna paga desde los canónigos hasta los ministros y empleados. Por lo mismo no piden derechos, si no que el señor cura da la boleta y van los católicos con el padre que gustan, le dan la boleta y el padre va a cualquier Iglesia y luego que acaba de hacer el matrimonio le dan un alcatraz de dulces con una onza de oro en la boca o dos o tres, según las posibilidades del que convida. Si es bautizo dan un alcatraz chico de nuez cubierta y en la boca lleva un escudito de oro. Si es la bendición de un sepulcro, dan un frasquito de esencia envuelto en unos papeles muy bonitos que al desenvolverlos dejan ver colgados del cuello del pomo, cuatro escuditos de oro. Y él me contestó: -“Mentira, te han engañado”. –“¡Cómo, si yo mismo hice bautizos en la Iglesia de Vallejo, en la calle Montgomery y bendije sepulcros en el camposanto que está junto al Colegio de la Misión. El día que me ordené -seguí diciéndole-, se juntaron dos mil pesos y en la sacristía vi que el señor arzobispo estaba tomando los sueldos de los canónigos, porque ya era veinticuatro de agosto y se llegaba el fin de mes”. –“¿En dónde te ordenaste?” –“En San Francisco California”. –“Pues eso será en San Francisco, pero en el resto de los Estados Unidos, no”. –“También en la República modelo -respondí yo-. ¿Pues luego aquel hombre que sale en las misas vestido de general, con gran uniforme, con bastón con punta de fierro, pegando en la tarima delante de cada padre de familia, y que lleva delante un hombre con una salvilla en que van juntando los cuatro reales y demás onzas, tanto en le Iglesia católica como en las casas de servicios de protestantes, ¿qué significa? Además, ustedes para qué piden si no tienen campanas, ni sacristán; si nomás la música del coro y para imprimir Biblias truncas?” Entonces me dijo: “Contigo no se puede transigir, me equivoqué pensando en afiliarte a mi logia, porque no sólo eres instruido, sino hasta paseado”.

-“¡Ah -entonces dije- Ustedes sólo se ponen con los tontos”. Y viendo que se confesaba vencido le dije –“Por todo lo que usted me ha dicho, cree firmemente que hay Dios y que tiene alma, ¿no es así? Así pues le aconsejo que cuando esté para morir, como sus correligionarios no han de permitir que entre con usted algún padre católico, rece inmediatamente el acto de contrición y salve su alma”. Entonces él se arrimó a la portezuela y se quedó un cuarto de hora mirando el campo. Después de ese tiempo me dijo:

-“Mire, amigo, me ha subyugado por dos razones, primera, porque me dejabas hablar y después me contestabas y me decías que replicara, no teniendo ya qué replicar. Segunda, porque tuviste la confianza de decirme ‘salva tu alma a la hora de la muerte’. Toda vez que tenía polémicas con alguna persona, se me enojaba y me dejaba hablando. Algunas me decían que te lleve el diablo a tu muerte y tú me has dicho todo lo contrario, por lo que voy a confiarte un secreto: -Yo soy el obispo Walguero”.

Yo me quedé asombrado, pues tenía al frente al infatigable descatolizador de los habitantes de Ahualulco. Él continuó: -“Soy sí, el mismo y además soy fraile de la Abadía de Westminster, en Inglaterra. Ando por aquí por haber tenido disgustos con mi superior, estando ahora con mis compañeros los protestantes”. Yo le aconsejé que volviera sobre sus pasos. Que al volver de México del negocio que llevaba, que dejara la señora que tenía en Guadalajara, y se fuera a su convento, lo que me prometió.

Llegamos a Tepatitlán y al bajarnos de la diligencia, le aconsejé nuevamente que volviera a Inglaterra, a su Abadía, pues de lo contrario, si cuando volviera de México no se iba, sentiría descubrirlo. Él contestó: “Iré y haré obras y cultos y actos con qué desagraviar a la Providencia, pero te suplico no me descubras.

Ni en Ahualulco, ni en otras partes de México he referido esto, sólo en estas noticias porque me parece meritorio. Así como el voto que di cuando era Catedrático de Mínimos, con respecto a los coristas y donados que echaron los franciscanos y zapopanos, poco antes de la exclaustración, vuelto el Colegio a su antiguo ser, los jóvenes Soriano, Patiño, Zelaya, Alatorre, Medina, Mercado y otros, no quería la Sagrada Mitra que entraran al Colegio entre los alumnos, porque también los federales los perseguían, yo dije que convenía que entraran porque se quedaban sin oficio, tanto que algunos ya estaban ordenados. El señor rector me dijo: “Avisaré a la Mitra que usted es el único que dice que entren, al cabo usted como celador, es el que tiene que entenderse con ellos”. Avisó y contestaron. “Recíbanse”. Y entraron. Todos se ordenaron, y uno de ellos fue canónigo, Isabel Mercado. Esto me parece meritorio, tanto como el disimulo que conseguí del Presidente Juárez para el Gobierno de Jalisco.

Volví a Arandas a la vicaría de Jesús María y con mi beneficio duré siete años y en la cabecera ocho.

Cuando me mandaron de la Sagrada Mitra que volviera a Arandas, me dijo el secretario don Jacinto López: “No vuelva a trabajar tanto, porque se vuelve a enfermar”. Como me consideraba de buena naturaleza, seguí trabajando lo mismo, como hasta ahora en La Merced. En ese tiempo que me mandaron a Jesús María, recibí un oficio para que fuera a San Salvador por parte del señor Escobedo, para que fuera a arreglar un matrimonio que no se podía arreglar, a pesar de todo lo que trabajó el ilustrísimo señor Loza. Dijo que sólo yo podía arreglar este negocio. Luego lo arreglé, pero el padre de la señora doña Josefa Márquez y Zermeño, (que era la interesada) puso por condición que había de vivir a mi cuidado, el ilustrísimo señor Loza dijo que estaba bien, desde entonces vivieron          bien.

Yo, enteramente dedicado a mi beneficio, fundí dos campanas, compré ornamentos y candeleros de latón con las limosnas, cuando repentinamente supe que mi cuñada había demandado a mi hermano: había dicho que él maliciaba que yo tenía que ver algo con su mujer, lo que era un falso que mi hermano levantó. Tan sólo porque su mujer no quería darle su firma para venderle sus ranchos para derrochar el dinero. El juez lo llamó para que probara su dicho. Él contestó que no era cierto nada, sino que obraba así porque así le dijo que lo hiciera don José María Hernández, habiéndole dado el consejo él. También quería dinero, pues estaba muy pobre. Todo esto está consignado en el Juzgado de Arandas.

Me dieron licencia para ir al extranjero por dos meses, fui a New Orleans a la Exposición. Me dieron licencia de decir misa por recomendación del señor Eulogio Gillow, que representaba a México.14 En ese tiempo me presenté al concurso general, testigo de ello es el señor deán doctor don Antonio Gordillo. Mandé mi relación de méritos a la Sagrada Mitra, donde me admitieron, pero el señor Camarena hizo retirar mi presentación, suplicándome que no saliera de Arandas, porque quería que estuviera cerca de su familia y me retiré.

Después que murió el doctor Camarena, me presenté al último concurso, en el que me dieron a San Diego de Alejandría, donde permanecí seis años y seis meses, quitándome de ahí para ponerme en el curato de Mexicaltzingo, cuando suspendieron al padre Beas, donde permanecí nueve años y seis meses.

De Mexicaltzingo me despacharon a la capellanía de Santa María de Gracia, siendo también director de la orden de los terceros de Santo Domingo, como lo soy en la actualidad. Ahí permanecí seis años y seis meses, de donde fui mandado a la capellanía de Trejos, poniéndome a las órdenes del señor Gómez Llanos, lo que no quisieron los del rancho, por lo que me acusaron; mas yo no hice caso, pero de la Sagrada Mitra me mandaron un oficio diciéndome que me habían acusado de que me robaba el dinero del culto, pero como yo pagaba de mi sueldo lo que se gastaba en vino y cera, tenía suficiente para deshacer todas las acusaciones.

Llamé a las señoras que juntaban las limosnas y les pregunté que qué le hacían a lo que se juntaba, y me dijeron que lo entregaban al mayordomo y a Saldaña que le servía de secretario. Le pedí los recibos al mayordomo y a Saldaña y se los mandé al señor Narciso Parga quedando así deshecha la acusación.

Permanecí en Trejos tres años con seis meses. Al cabo de ese tiempo el mismo mayordomo, Rito Mayoral, dejó de pagarme mi sueldo, porque quería dejar el cargo. Eligieron otro mayordomo llamado Juan Aguilar. A ese tiempo que el ilustrísimo señor arzobispo con un mozo que pasaba por Cuquío me dijo que cuando quisiera me presentara al arzobispado.

Vine al día siguiente y el ilustrísimo y reverendísimo señor arzobispo no se acordó para lo que me había mandado llamar. Al día siguiente fui y me dijo que habían mandado una acusación en mi contra, pero que estaba terminado todo con diez pesos que pagara yo. Como no debía nada, me extrañó. Entonces el ilustrísimo señor me dijo: “Vaya a la secretaría y pida su acusación”. Fui y la acusación era del mayordomo Rito Mayoral, quien decía que el ilustrísimo señor me hiciera pagar noventa pesos que yo le debía, para pagarme él ochenta que me adeudaba. Yo no debía nada a él, lo que probé con Juan Aguilar que era el nuevo Mayordomo, obligándose él a cobrarle a don Rito para que a la vez me pagara a mí. El ilustrísimo señor arzobispo me dijo: “¿Quiere usted que le abramos juicio a ese hombre?” Yo le contesté que no porque se perjudicaba.

Poco tiempo después recibí un oficio en que me destinaba su ilustrísimo a la iglesia de La Merced para que ayudara. Ya llevo cinco años, al fin de los cuales, a pesar del mucho trabajo, he venido a sanar.

Dios Nuestro Señor guarde a Usía el señor deán y gobernador de la Sagrada Mitra doctor don Antonio Gordillo, muchos años.

Guadalajara a 7 de enero de 1910

Rúbrica.



1 El autor de este relato nació el 04 de diciembre de 1838. Se ordenó presbítero por el clero de Guadalajara, en 1862. Murió en Guadalajara el 13 de mayo de 1910.

2Tomado de la obra Tres viejos relatos, Vol. nº 17, Ediciones Colegio Internacional, Guadalajara, 1975, pp. 51-105. Preparó esa edición el presbítero José Rosario Ramírez Mercado. Armando Martínez Moya usó fragmentos de este testimonio para su artículo “Las letras como recurso de la memoria escolar. La literatura como fuente para el estudio de la historia de la educación”. Cf. Estudios Sociales, No. 20, agosto del 2000, Instituto de Estudios Sociales de la Universidad de Guadalajara, pp. 79-104.

3 Carlo Sebastiano Berardi fue un canonista italiano (Oneglia, 1719 – Mondovi, 1768), presbítero, profesor de derecho canónico en la Universidad de Turín. Publicó, entre otras obras, Gratiani canones genuini ab apocryphis discreti, en cuatro volúmenes y un Comentario a todo el derecho eclesiástico, también en cuatro volúmenes.

4 Charles-René Billuart, O.P., predicador, polemista y teólogo (1685-1757), es autor de la obra monumental en 19 volúmenes Summa S. Thomae hodiernis Academiarum moribus accommodata, que compuso entre 1746-1751, muchas veces reeditada.

5 Es decir, como alumno externo en el Seminario Conciliar de Guadalajara.

6 Joseph Sadoc Alemany y Conill, O.P., era oriundo de Vich, España (1814). Electo obispo de Monterey (1850) y no mucho después, arzobispo de San Francisco (1853), gobernó esa Iglesia hasta 1884. Murió cuatro años después en calidad de emérito.

7 El primero, hermano del obispo desterrado, don Pedro Espinosa; el segundo, también desterrado, a la sazón obispo de Sonora con sede en Sinaloa.

8 Las seis de la tarde.

9 En este tiempo, los aspirantes a un beneficio eclesiástico -que se alcanzaba por oposición-, debían presentar una suerte de currículo extenso intitulado ‘relación de méritos’.

10 De 1869 a 1879.

11 O Veas, fue cura propio de Mexicaltzingo, del 28 de octubre de 1886 al 3 de octubre de 1893. Fue obligado a renunciar a su cargo.

12 Es decir, el 31 de diciembre de 1900.

13 Se refiere a los Estados Unidos.

14 Eulogio Gregorio Clemente Gillow y Zavalza (1841-1922), siendo presbítero del clero de Puebla de los Ángeles, representó al Gobierno de Porfirio Díaz como embajador de México en la Exposición Universal de Nueva Orleans (1885-86). Un año después fue preconizado obispo de Oaxaca, sede elevada al rango arquiepiscopal en 1891, y en la que murió este prelado, luego de poco menos de 35 años de administración.

Felicidades a nuestros Sacerdotes Flores Terríquez Rafael · González Reynoso Rafael · Hernández Aviña José Luis · Migoya Vázquez Ignacio Martín ·


Aviso de privacidad | Condiciones Generales
Tels. 52 (33) 3614-5504, 3055-8000 Fax: 52 (33) 3658-2300
© 2020 Arquidiocesis de Guadalajara / Todos los derechos reservados.
Alfredo R. Plascencia 995, Chapultepec Country C.P. 44620 Guadalajara, Jal.
Powered by paxomnis