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Sacerdotes y víctimas

Anónimo

En el grupo de doce beatos que recibieron este título en la ceremonia que presidió en Guadalajara, el 20 de noviembre del año 2005, el cardenal José Saraiva Martins, estuvo incluida la terna conocida como ‘Mártires de San Joaquín’, de la que hablan estas líneas, tal vez las primeras escritas para exaltar la memoria de estos caídos poco después de la ofrenda de su vida.

 

Sacerdotes y víctimas

Nada tan bello y sublime en estos momentos de intensa y cruel persecución al catolicismo en Méjico como ver esa pléyade ilustre de sus sacerdotes subir las gradas del altar para ofrecer el sacrificio de su propia vida en defensa de la fe.

La primera ofrenda

El clero extranjero, primer blanco de las iras del perseguidor Calles, que con tanto heroismo ha sabido sufrir por Cristo cárceles, deportaciones inhumanas y ultrajes de toda clase, debía también asociarse al gran sacrificio que la Iglesia católica mejicana ofrece a Cristo inmolando a sus propios hijos como homenaje a su realeza. El elegido del Señor para este primer holocausto fue un misionero del Corazón de María, el padre Andrés Solá, de nacionalidad española.

Nuevos héroes

Corría el mes de abril de 1927. Dos celosos sacerdotes, ocultos en casa de una caritativa familia en la ciudad de León, ejercitaban los ministerios sagrados aun a despecho de las iras de los perseguidores. Es el uno el padre Trinidad Rangel, vicario de la parroquia de Silao; el otro, el intrépido y celoso misionero padre Andrés Solá, quien durante los difíciles días de la persecución no cesa de repartir diariamente la Sagrada Eucaristía por distintas partes de la ciudad. Día hay en que la lleva a veinte casas distintas. Mas no ya los sudores: la propia sangre debían derramar estos dos fervorosos apóstoles.

Anhelos de martirio

Vivos en verdad eran los del padre Solá. El siguiente fragmento de una carta escrita a un condiscípulo suyo, dos meses antes de ser martirizado, es la prueba más fehaciente de ello: “No recuerdo si le diría a V. B. cuando estábamos en el colegio que tenía gran deseo de ser mártir. ¡Quién sabe si ahora el Señor me concederá esta gracia! Si así fuera, que acepte mi sangre por el triunfo de la Iglesia en Méjico”. La víctima fue agradable a Dios, y el sacrificio acepto.

Últimos combates y primeros triunfos

El padre Rangel, en alas de su ardiente celo, sale decidido a celebrar la Semana Santa en San Francisco del Rincón. Aquí es sorprendido y llevado prisionero a la cárcel de León, donde por espacio de dos días le niegan todo alimento. Algunas personas piadosas se dirigen al general David Sánchez, jefe del cuartel, suplicando les permita llevar algo de comer al ilustre prisionero. Después de recibir muchos desaires, salen satisfechas por haber obtenido el logro de sus deseos, al mismo tiempo que el astuto general ordena a dos soldados que las sigan. Llegan ellas a la casa donde se oculta el padre Solá, sin percatarse de que eran observadas. Inmediatamente entran en ella los esbirros del perseguidor. En la sala oratorio encuentran arrodillado al joven Leonardo Pérez, que da gracias después de haber comulgado; le toman por sacerdote, y, sin dar oídos a las negativas de los circunstantes, le incluyen en el número de los prisioneros de Cristo. Hallan poco después al padre Solá:
– ¿Quién es usted?, le preguntan.
–Soy un pasajero, contesta el interpelado.
– ¿Dónde está su habitación?
–Ahí, dice mostrándoles su aposento. Penetran en él los soldados. Entre los objetos del misionero encuentran una fotografía en que aparece revestido con los ornamentos sacerdotales, dando la primera comunión a una niña. “No hay duda: es sacerdote”, dicen los soldados, y lo llevan prisionero juntamente con el joven Leonardo Pérez.
En la cárcel tiene, sin embargo, el consuelo de compartir las penas de la prisión con su antiguo compañero de apostolado. Allí permanecen hasta las ocho de la noche.

En el tribunal

A los cargos que el juez le hace, el padre Solá no cesa de repetir con la intrepidez de los primeros mártires ante las amenazas de los procónsules romanos: “Mi único delito es haber cumplido con el deber de un misionero.”

Camino del sacrificio. El cántico de los mártires

Custodiados por la tropa, que dirige sus bayonetas hacia la multitud, salen del cuartel los tres elegidos del Señor. ¡Sublime espectáculo! Entre los silbidos del viento y la inclemencia de una lluvia tenaz y copiosa, sólo se percibe la voz dulce y sonora del padre Rangel, que reza el Salmo Cantate Domino canticum novum. Era, en verdad, el preludio de aquel nuevo canto que pronto entonarían en el cielo en torno del Cordero, tremolando en sus manos la palma de la victoria.

La inmolación

Después de una noche de tormentos y de ultrajes, llegaron las tres víctimas al lugar destinado para el sacrificio, entre las estaciones de Mira y Salas. El padre Solá, al ver los preparativos para la ejecución, alienta a sus compañeros a perseverar firmes, como hasta entonces, en la confesión de la fe. “¡Adelante!”, les dice, “¡Valor! El sufrimiento es de sólo un momento, y la gloria es eterna”. Perdona a sus verdugos y regala el reloj a uno de ellos. Cruza los brazos ante el pecho y grita: “¡Viva Cristo Rey!”. Inmediatamente suena la descarga y caen en tierra los tres nuevos confesores de la fe. El padre Rangel y el joven Leonardo Pérez vuelan inmediatamente al cielo a recibir la palma del martirio.

El último adiós. Mensaje de triunfo

El padre Solá sobrevive tres horas, durante las cuales no cesa de repetir: ¡Jesús, misericordia! ¡Señor, muero por tu causa!
Y en medio de aquella prolija y cruel agonía, acude su mente el recuerdo querido de su madre, y queriendo asociarla a la gloria de su martirio, le envía un último adiós, que es a la vez un mensaje de triunfo: “Decid a mi madre que tiene un hijo mártir”. Jamás quizá los labios de un hijo moribundo se cerraron a la vida con una despedida más tierna y sublime.
En aquel mismo lugar sepultan inmediatamente a los tres nuevos mártires.

Primeras aclamaciones

Cuatro días después de su martirio, el 29 de abril, el hermano de Leonardo Pérez obtiene permiso para exhumar los cadáveres y trasladarlos a la ciudad de Lagos. Al llegar a ésta, gran multitud se acerca a los féretros y, llena de entusiasmo y veneración, aclama a los nuevos confesores de la fe. Los cubre de flores, corta pedazos de sus vestidos y toca a sus venerados despojos objetos piadosos.

En las garras del lobo

Existe oculta, en un pueblecito cercano a Mazatlán, una comunidad de religiosas Adoratrices. El anciano capellán, que mora lejos del convento, al dirigirse a él, una mañana, amparado aún por las sombras de la noche, para decirles la misa, es detenido por varios soldados.
–¡Alto ahí! ¿Sois sacerdote? ¿A dónde vais?
– Hijos míos, a decir misa, responde el santo anciano.
– ¡Pues qué! ¿Ignoráis que está absolutamente prohibido?-
– Hijitos, a mí nadie me ha hecho semejante prohibición.
– Tenéis que dar un ¡Viva Calles!
–Vosotros, queridos hijos, podréis gritar ¡Viva Calles!, pero yo no puedo, en conciencia, decir tal cosa.
– Pues lo habéis de dar.
Entonces el sacerdote exclama: “¡Viva Cristo Rey!” Aún no había terminado, y una bala le atraviesa el pecho. Algunas personas audaces que han presenciado la escena se aproximan al santo mártiry lo conducen a su pobre morada.
Avisadas las Religiosas, disfrázase la hermana enfermera y vuela en socorro del sacerdote.
–¡Padre mío!, ¿qué os ha sucedido?
–¡Esos valientes me envían al cielo, hija mía! No os toméis ningún trabajo por mí, no necesitáis cuidarme. Me voy al cielo. ¡Allí rogaré al Señor que Él sea vuestro amparo! Y el mártir entregó su alma a Dios.

Cf. Hojitas, núm. 9, 4 pp., 15 por 10 cm., Barcelona, Isart Durán Editores, 1927. Imprescindible para la lectura y comprensión integral de estas “hojitas”  es el estudio Ana María Serna, “La calumnia es un arma, la mentira una fe. Revolución y Cristiada: la batalla escrita del espíritu público”, publicado en las páginas de este Boletín en los meses de noviembre y diciembre del año 2013.

Les llamamos mártires sin intención de prevenir el juicio de la Iglesia.

 

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