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La Provincia Eclesiástica de Guadalajara: 150 años de camino

 Tomás de Híjar Ornelas

De forma suscinta, se explica la razón por la cual la creación de la Provincia Eclesiástica de Guadalajara resulta ser un acontecimiento que rebasa el carácter de mera efeméride, para dar ocasión a una serie de iniciativas merced a las cuáles se pueda obtener mucho más que un balance del proceso pastoral de un siglo y medio de fe católica en una comarca que comparte idénticas raíces cristianas

La Iglesia católica, universal en su misión, se hace particular mediante diócesis confiadas a un obispo y a su clero, responsables de evangelizar y administrar los sacramentos estableciendo para ello parroquias.

El Papa Pablo iii creó la diócesis que hoy es Guadalajara mediante la bula Super speculam militantis Ecclesiae del 13 de julio de 1548, aunque allí no la llamó de Guadalajara, sino Compostelana, porque denominándose Nueva Galicia la región noroeste de la Nueva España, nada fue más propio que bautizar a su capital con el nombre de la gallega peninsular: Compostela. Empero, la raquítica presencia de habitantes de este lugar, lo tortuoso de las vías de comunicación para arribar a ella y los peligros impuestos a los viandantes por los chichimecas salteadores de caminos, orillaron al Rey y al Papa a acceder, en 1560, al cambio de la sede de Compostela a Guadalajara, ciudad ya para entonces paso obligado de varias rutas comerciales y de intercambio cultural.

De la diócesis de Guadalajara se fueron desmembrando otras: Guadiana, hoy Durango (1623), Sonora (1777), Linares, hoy Monterrey (1779), San Luis Potosí (1854), Zacatecas (1863). Y cuando el número de bautizados crece, algunas de éstas, con su clero y fieles, sirven para crear otra. A veces, cuando tal cosa pasa, la sede original se convierte en arquidiócesis.

Antecedentes de la Provincia Eclesiástica de Guadalajara

La Iglesia de Guadalajara fue convertida en cabeza de la Provincia Eclesiástica de ese nombre hace 150 años, quedándole adscritas las diócesis de Durango, Sonora, Linares, Zacatecas y el Vicariato de la Baja California. Hoy lo están los obispados de Colima, Aguascalientes, Tepic, la Prelatura del Nayar, Autlán, Ciudad Guzmán y San Juan de los Lagos.
Antes del 26 de enero de 1863 sólo había en este país nueve diócesis y una arquidiócesis: la de México; después de esta fecha, en cambio, las diócesis fueron dieciséis, y las sedes metropolitanas dos más: la de Michoacán y la de Guadalajara.

Acerca de esta última, tenemos noticia que desde los años de 1816 y 17, tanto el Ayuntamiento de Guadalajara como su Cabildo Eclesiástico solicitaron al Rey Fernando vii que pidiera al Papa la elevación al rango arquiepiscopal para la mitra guadalajarense y el rango de Capitanía General al Gobierno civil, todo ello para expandir las fronteras de la evangelización al norte de la Nueva España, gestiones que no surtieron efecto toda vez que por ese tiempo en esta parte del mundo se encontraba en proceso la transición del antiguo al nuevo régimen, en torno a la cual, por cierto, los clérigos participaron intensamente, tanto en el campo de las ideas como en la lucha armada: muchos legisladores, ideólogos y caudillos fueron sacerdotes o religiosos; de 2,300 miembros del clero secular de entonces, unos 400 se involucraron en la lucha por la independencia.
Recordemos como ejemplo que apenas el 14 de septiembre del año 2013 se han cumplido doscientos años de dos episodios memorables: la publicación de los Sentimientos de la Nación de José María Morelos, y el Discurso de Clausura del Presidente de las Cortes de Cádiz, José Miguel Gordoa y Barrios, sacerdotes ambos, el uno del clero de Michoacán y el otro del de Guadalajara.

Desde distintas trincheras, pero encaminados a lo mismo, estos ministros sagrados, el caudillo Morelos y el diputado Gordoa, dejaron sendos testimonios de su compromiso en la transformación social de su tiempo, pues siendo ambos pastores plenamente identificados con su investidura, José María Morelos, haciéndose llamar el Siervo de la Nación, nos dejó en sus Sentimientos la esencia de sus anhelos: soberanía y libertad para un pueblo que concibió profundamente católico, bajo un régimen de gobierno republicano y democrático; José Miguel Gordoa, por su parte, abogó a favor de una monarquía constitucional basada en el acatamiento de un sistema jurídico cuyas bases eran el reconocimiento y la tutela de los derechos humanos para todos los súbditos de la Corona española, sin distinción entre peninsulares, criollos y castas.

Que dos eclesiásticos novohispanos elevaran su voz el mismo día, 14 de septiembre de 1813, en dos tribunas tan egregias, el Congreso de Chilpancingo y las Cortes de Cádiz, separadas no sólo por una distancia de nueve mil kilómetros, sino también por los regímenes bajo los que operaban, contextualiza el alto grado de compromiso social de los pastores y del catolicismo mexicano. De forma tardía, explicable por las vicisitudes de entonces, la Sede Apostólica reconocerá dicha madurez al duplicar, hace un siglo y medio, el número de diócesis en este suelo, y conceder a dos de las más antiguas, Michoacán y Guadalajara, el rango dearquidiócesis.

La iniciativa de crear nuevas diócesis en México

Como es de sobra conocido, la grave crisis por la que atravesó el gobierno central de la Iglesia durante los últimos años del siglo xviii y los primeros del xix; lo ocurrido en España y en sus dominios en América en las dos décadas iniciales de éste y el accidentado nacimiento del Estado mexicano hicieron que la dotación de las sedes vacantes en México se paralizara entre 1821 y 1831, lo que provocó daños incalculables a la organización eclesial en este suelo.
Éstos se vieron agravados después por las luchas políticas entre liberales y conservadores, la invasión de los Estados Unidos y la pérdida de más de la mitad del territorio nacional, las pretensiones del gobierno civil de atribuirse las facultades de las que gozara el trono español respecto de su regio patronato sobre la Iglesia y el anticlericalismo de la Constitución de 1857, que desembocó en una cruenta guerra civil; todo ello impidió de forma absoluta la regularización de la vida pastoral en México.

El obispo de Puebla don Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, exiliado en Roma, fue el primero en exponer al Papa Pío ix  la necesidad de que desmembrara la vastísima extensión de algunas diócesis en este territorio para crear otras. La iniciativa fue secundada entre 1861 y 62 por casi todos los obispos, que en el primero de estos años corrieron la misma suerte de su par poblano, de modo que en los primeros días de 1863 el Santo Padre elevó al rango de sedes metropolitanas las de Guadalajara y Michoacán, como consecuencia de haber creado siete nuevos obispados: Tulancingo y Querétaro, separándolos de la arquidiócesis de México; Veracruz y Chilapa, del obispado de Puebla; Zamora y León del de Michoacán, y Zacatecas del de Guadalajara.
La Provincia Eclesiástica de Guadalajara fue creada mediante la bula Romana Ecclesia, suscrita en Roma por el beato Pío ix el 26 de enero de 1863, correspondiéndole a su último obispo y primer arzobispo, don Pedro Espinosa y Dávalos, ejecutar la bula en la parroquia de Lagos, el 17 de marzo del año siguiente de 1864.
Quedaron como sufragáneas de la nueva metrópoli las diócesis de Durango, Linares, Sonora y Zacatecas, así como el Vicariato Apostólico de la Baja California. De esta manera, se volvía a unir mediante esta estructura eclesial el antiguo territorio del obispado guadalajarense.
Cabe señalar que el nuevo arzobispo, quien venía ciñendo la mitra tapatía desde 1853, había sido expatriado de su Iglesia, junto con otros cinco obispos mexicanos, por la saña de la facción liberal el 17 de enero de 1861. Como se ha dicho, su estancia en Roma y la de los otros obispos desterrados hizo posible agilizar un proceso que de otra forma habría llevado más tiempo y tomado otros cauces.

Los Concilios Provinciales de Guadalajara

Si todo el siglo xix fue problemático para la Iglesia en el mundo, México no fue la excepción; de tal modo, no fue sino hasta los últimos años de esta centuria cuando despuntaron novedades tales como los Concilios Provinciales, los cuales no se realizaban desde los tres Concilios Provinciales del siglo xvi, pues el que hubo en el xviii no fue ratificado por la Santa Sede. El primero de todos fue el de Antequera (Oaxaca), en 1893; vendrían luego los de México, Michoacán y Guadalajara.

De noviembre de 1896 al 3 de mayo de 1897 tuvo lugar esta asamblea, encabezada por don Pedro Loza y Pardavé, segundo arzobispo de Guadalajara, cuya extrema ancianidad nunca opacó su lucidez mental, de modo que a la cabeza de su Provincia, contando con la presencia de los señores obispos don Atenógenes Silva, de Colima; don Ignacio Díaz Macedo, de Tepic, y fray Teófilo García Sancho, OFM, procurador de fray Buenaventura Portillo y Tejeda, OFM, obispo de Zacatecas, así como un selecto grupo de borlados y peritos en ciencias sagradas, pudo llegar a feliz término este proyecto, que anticipó y dispuso a lo que vendrá poco después: el Concilio Plenario Latinoamericano de 1899.

Al clausurarse el Concilio, se dispuso que la Provincia Eclesiástica Guadalajarense fuera consagrada al Sagrado Corazón de Jesús y a santa María de Guadalupe, incoando una devoción que ya era arraigada pero que a partir de estos momentos se hizo oficial, de modo que no hubo templo, parroquial o no, donde no se entronizara al Amor de Dios, que es Cristo el Verbo Encarnado, remontándose a este tiempo dos prácticas piadosas que se mantuvieron firmes hasta bien entrado el siglo xx: el rosario con ofrecimiento de flores durante el mes de junio y la comunión reparadora de los primeros viernes de cada mes, ofrecida al Sagrado Corazón de Jesús en desagravio de las blasfemias.

Para que se calibre la importancia de esta asamblea eclesial, considérese que ante la inexistencia del Código de Derecho Canónico, hasta antes de este Primer Concilio Provincial estaba vigente la legislación del iii Concilio Provincial Mexicano de 1585, de modo que el primer acto del Concilio tapatío fue declarar derogada la antiquísima ley, reemplazándola con lo más reciente del magisterio eclesiástico de entonces: las Constituciones del Concilio Vaticano i, la Dei Filius, sobre la fe católica, y la Pastor Aeternus, sobre la Iglesia, para dar respuesta oportuna a situaciones tan acuciantes como los contenidos heréticos de los impresos, el laicismo en la educación, los católicos y la masonería, las supersticiones en boga (mesmerismo, magnetismo y espiritismo, entre otras).

En respuesta a lo anterior, se hizo hincapié en el fortalecimiento de la catequesis, para lo cual se creó la Asociación de la Doctrina Cristiana; en atender a las comunidades de indios mediante misioneros cualificados, en la “buena prensa” y en el establecimiento de colegios parroquiales y escuelas de artes y oficios como un medio para frenar el socialismo ateo y el comunismo.
Tomaron parte en este concilio los principales teólogos y canonistas de su tiempo, de modo que sus contenidos fueron doctrinales y jurídicos, y quedaron divididos en las siguientes cuatro partes: dogmática (de la fe católica y de la Iglesia de Cristo), moral (del clero y del pueblo), de disciplina eclesiástica (de la jerarquía, de los sacramentos y de los sacramentales, del culto divino y de los bienes eclesiásticos) y del derecho canónico.

El segundo Concilio Provincial de Guadalajara lo convocó en 1954 y lo publicó el arzobispo don José Garibi Rivera el 1º de enero de 1959. Participaron en él los obispos de Tepic, Colima, Aguascalientes y Zacatecas, aunque la circunstancia de haberse hecho por ese tiempo la convocatoria del Concilio Ecuménico Vaticano ii no lo hizo operativo.

Acerca de los Concilios Provinciales, el Derecho Canónico vigente señala en los cánones del 439 al 446 que pueden celebrarse “ cuando parezca necesario o útil, con aprobación de la Sede Apostólica” y “parezca oportuno a la mayor parte de los obispos diocesanos de la provincia”, designando el lugar de su celebración dentro del territorio de ésta, con un reglamento y cuestiones que han de tratarse, fijándose la fecha de comienzo y la duración, su traslado, prorroga y conclusión. El Concilio Provincial siempre será presidido por el Metropolitano y en él tomarán parte los cabildos catedrales, el consejo presbiteral y el consejo pastoral de cada Iglesia particular, así como “personas en calidad de invitados, si parece oportuno”.

La materia a deliberarse en todo Concilio provincial ha de ser “que se provea en su territorio a las necesidades pastorales del Pueblo de Dios”; tiene potestad de régimen legislativo para establecer “cuanto parezca oportuno para el incremento de la fe, la organización de la actividad pastoral común, el orden de las buenas costumbres y la observancia, establecimiento o tutela de la disciplina eclesiástica común”.

Otros capítulos importantes de la Provincia Eclesiástica de Guadalajara

Los últimos años del siglo xix vieron desarrollarse la doctrina social de la Iglesia. En el año de 1891 el Papa León xiii promulgó la encíclica Rerum novarum, documento fundamental para el desarrollo de la cuestión social católica y del catolicismo social, circunstancia que no fue ajena a las ideas expuestas durante el Concilio Provincial de Guadalajara en 1896, al calor del cual surgió, un año más tarde, la Unión Católica de Obreros, fundada en Zapotlán el Grande por su párroco, el señor cura Silvano Carrillo, y la Sociedad Católica de Artesanos, establecida por el obispo José de Jesús Ortiz y Rodríguez en su diócesis de Chihuahua.

Este último dato es relevante para lo que sucedería luego, pues tal prelado, después de haber tomado parte activa en Roma durante la celebración del Concilio Plenario Latinoamericano, habiéndosele designado arzobispo de la sede episcopal guadalajarense en 1902, de la cual tomó posesión el mismo año, asumió un fuerte compromiso a favor de las clases sociales desprotegidas, ejemplos del cual serían la Asociación Guadalupana de Artesanos y Obreros Católicos y la Sociedad Mutualista de Dependientes, a las que sucederán los congresos católicos, como el que se organizó en la capital de Jalisco en el año de 1906.

En esta etapa de divulgación del catolicismo social, la prensa católica fue pieza clave para superar el ámbito de las cartas pastorales de los obispos y para difundir los principios de la doctrina social de la Iglesia, no tanto teóricos como funcionales y operativos; fue el periódico tapatío El Regional –alentado por el arzobispo Ortiz y Rodríguez– el más representativo de todos.

Casi a la par de estos sucesos se desarrollará entre los miembros del clero tapatío el deseo de fomentar no sólo la instrucción escolar básica, sino también la educación técnica, de la cual fue el ejemplo más selecto la Escuela de Artes y Oficios del Espíritu Santo, uno de cuyos directivos sería el presbítero Cristóbal Magallanes Jara, quien adquirió en el desempeño de esta tarea, primero como director espiritual y luego como responsable del plantel, los rudimentos del plan pastoral que de forma sorprendente desarrolló años más tarde en su lejana parroquia de Totatiche.

El Seminario Conciliar no irá a la zaga del clero, gracias a una mente tan brillante como lo fue la del prefecto general Miguel M. de la Mora, quien fundó los círculos de estudios sociales y de periodismo para los seminaristas, rubro en el que descollará el joven y comprometido presbítero san David Galván Bermúdez.

Los fieles laicos, por su parte, retomarán un protagonismo insólito al acometer la tarea de organizarse primero como Operarios Guadalupanos y luego como Partido Católico Nacional, participando en la liza política a partir de 1911, cuando alcanzarán un número sorprendente de curules y gobiernos administrativos en los ámbitos municipal, estatal y federal.

Paradójicamente, este éxito despertará el odio y el ataque sistemático de los grupos políticos enquistados en el jacobinismo anticlerical, principalmente los miembros de la masonería, tanto los que simpatizaban con el depuesto dictador Porfirio Díaz como de los que surgirían al calor del Plan de Guadalupe en 1913; ambos, especialmente estos últimos, declararán guerra a muerte a las instituciones sociales de inspiración católica a lo largo de los siguientes veinticinco años, reavivando de ese modo un nuevo brote de persecución religiosa en México, que sufrió en carne propia el quinto arzobispo de Guadalajara, don Francisco Orozco y Jiménez.
El recrudecimiento de la persecución religiosa en México en la segunda década del siglo pasado ha de rastrearse en la composición de los diputados del Congreso Constituyente de Querétaro de 1916: no lo integraba una auténtica representación de los diversos intereses del país, sino una sola facción, la carrancista; de su seno fueron excluidos los indios (zapatismo), los jornaleros (villismo) y los católicos. Sin excepción, los diputados que redactaron la Constitución Mexicana profesaban las doctrinas liberales; exaltados unos, moderados otros, todos deseaban “civilizar” a los indios occidentalizándolos y limitar la libertad religiosa a las prácticas privadas de fe.
En atención a ello, los artículos 3º, 5º, 24 y 27 de la Constitución prohibieron la educación confesional, los votos monásticos, negaron la validez de los estudios realizados en escuelas particulares y decretaron la confiscación de todos los inmuebles dedicados a obras religiosas. Sin embargo, el artículo 130, vigente hasta hace apenas veinte años, concentró las propuestas de quienes en su tiempo deseaban extirpar totalmente a la Iglesia de México, así fuera imponiendo a la Constitución aberraciones jurídicas que han pasado a la historia no como el fruto del jacobino –Francisco J. Mújica–, sino como el reemplazo de la razón jurídica por el sectarismo en una asamblea Constituyente.

Tal y como quedó redactado, el artículo 130 redujo a los ministros sagrados a la calidad de parias a merced de los caprichos de las autoridades civiles y de las restricciones impuestas por las legislaturas locales y federal, tal y como lo hizo Plutarco Elías Calles al adicionar el Código Penal Federal con delitos en materia de culto público y una ley reglamentaria del aludido numeral.
Y bien, de los treinta obispos mexicanos de ese tiempo (1917), unos buscaron negociar con el gobierno; otros, mantenerse alejados de él; los hubo algunos contestatarios, pero sólo uno, el de Guadalajara, don Francisco Orozco y Jiménez, se negó de forma absoluta tanto a entrar en negociaciones con los representantes de un Gobierno que negaba el Estado de derecho como a la suspensión del culto público en México, medida que provocó una guerra civil y un tardío y frustrante pacto con el callismo.

El tiempo y la historia demostraron que monseñor Orozco y Jiménez –al que sus enemigos apodaron Chamula, por su simpatía con la causa indígena y al que sigue repudiando la historiografía gobiernista– tenía razón: no se puede negociar con un régimen político corporativista y clientelar, que reduce la ley a una tramoya operativa útil para acomodar a su gente y repartir entre pocos lo que es de todos.

Hacia el Año Jubilar de la Provincia Eclesiástica de Guadalajara

Para coordinar las celebraciones por el aniversario 150 del nacimiento de la Provincia Eclesiástica de Guadalajara, acaecido en la parroquia de la Asunción de María en Lagos de Moreno, Jalisco, el 17 de marzo de 1864, y recordar el aniversario de la lectura de la bula el 5 de abril siguiente, en la catedral de Guadalajara, la superioridad eclesiástica de esta arquidiócesis nombró como responsable al señor Cura José Abel Castillo Castillo, secretario ejecutivo que fue el xlviii Congreso Eucarístico Internacional (2004) y de la dimensión de educación a nivel Conferencia del Episcopado Mexicano, entre otras delicadas tareas.

Ahora bien, ya que el señor cura Castillo es Presidente del Departamento de Estudios Históricos, elevado por decreto de febrero del 2013 al rango de persona jurídica eclesiástica, quiso unirse a tan reciente nombramiento  la otra encomienda, donde se le pide organizar y encabezar “una comisión diocesana que anime y proponga la forma como se podrían desarrollar diversas actividades en el campo pastoral y cultural para dar realce a tan importante acontecimiento histórico eclesial de la vida diocesana”, haciendo “ equipo con los demás miembros de la Sección Diocesana de Educación y Cultura de la Arquidiócesis y especialmente de su Departamento de Estudios Históricos”.

En razón a esto, a mediados de agosto del 2013 el padre Castillo convocó a los integrantes del Departamento de Estudios Históricos de la Arquidiócesis de Guadalajara, les asignó una tarea a desarrollar en las siguientes semanas y señaló como primara actividad de estos festejos la presentación de la obra en tres volúmenes La catedral de Guadalajara: su historia y significados, publicada por El Colegio de Jalisco.

Vino luego la conformación de un Comité Diocesano, del que surgieron diversas iniciativas que el responsable de los festejos sintetizó en el comunicado del que se toman algunas partes:

“Jesucristo ayer, hoy y siempre”: del Año de la Fe a un Año Jubilar Arquidiocesano

“Con el objetivo de celebrar el 150 aniversario del nacimiento de la Provincia Eclesiástica de Guadalajara asumiendo nuestra memoria histórica para fortalecer el proceso pastoral en la  Nueva Evangelización, el Arzobispo de Guadalajara, Cardenal José Francisco Robles Ortega, ha dispuesto la celebración de un Año Jubilar que comenzará el domingo 16 de marzo del próximo año 2014, extendiéndose hasta el 5 de abril del 2015. Ello implica dos momentos: una etapa de sensibilización que comenzando con el Año Litúrgico, 1º de diciembre del 2013, concluirá con la promulgación el anuncio oficial del inicio de un año jubilar en la Catedral de Guadalajara, durante la misa que presida el señor Arzobispo a las 12 horas del 26 de enero, día del aniversario 151 de la Bula Romana Ecclesia, mediante la cual el beato Pío ix elevó al rango de metropolitana a la sede episcopal tapatía.

“El Seminario de Guadalajara se unirá a este suceso el 7 de febrero siguiente dedicándole su magno torneo deportivo Santo Tomás a ese tema, en tanto que el Departamento de Estudios Históricos de la Arquidiócesis (DEHAG) hará lo suyo mediante la Jornada Académica “Arquidiócesis de Guadalajara. 150 años de andadura” los días 18 y 19 de ese mismo mes, convocando a investigadores, académicos y especialistas en historia a mesas redondas donde se expondrán la génesis y el desarrollo de la Iglesia particular de Guadalajara y de su Provincia Eclesiástica.

“Se tiene planeado que el Año Jubilar arranque el domingo 16 de marzo del mismo 2014, un día antes del aniversario 150 de la ejecución de la Bula, y que sea en el mismo lugar donde esto aconteció: la parroquia de la Asunción de María, en Lagos de Moreno, con una Misa Solemne presidida por el señor Arzobispo, en la que tomarán parte los demás prelados de la Provincia eclesiástica de Guadalajara, día durante el cual también se tendrían diversos actos culturales en esa ciudad. Como el sábado 5 de abril se cumple el aniversario 150 de la lectura de la Bula en la Catedral tapatía, se tendrá en ella una misa solemne a las 12 horas, abierta a todos los fieles.”

El iv Congreso Eucarístico Diocesano

Retomando una práctica que se inauguró en la Arquidiócesis en 1938, al promulgarse el documento del Primer Sínodo Diocesano, y que se repitió en 1964 al cumplirse el primer siglo de la elevación a Arquidiócesis de la mitra guadalajarense, y luego en el Año 2000 de la Encarnación. El domingo 27 de abril del 2014 comenzará el iv Congreso Eucarístico Diocesano, aprovechando el tiempo pascual. Está programado en distintos niveles: parroquial, por decanato y congregaciones religiosas, por vicarías episcopales y diocesano. La sede de este último será la Universidad del Valle de Atemajac y su clausura será en el templo Expiatorio, en el contexto de la Solemne Procesión Diocesana del Corpus Christi, el viernes 20 de junio siguiente. La meta de dicho Congreso será impulsar al pueblo de Dios, a la luz de la nueva evangelización, a renovar su compromiso cristiano, asumiendo las directrices del 6º Plan Orgánico de Pastoral Arquidiocesano, que serán retomadas durante la Asamblea Diocesana los días del 24 al 26 de junio.

Por último, cabe señalar que se tienen previstas diversas iniciativas en el ámbito cultural y también la posibilidad de sondear los ánimos para la posible convocatoria al iii Concilio Provincial de Guadalajara

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