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Mártires de Zamora

Joaquín Silva y  Manuel Melgarejo congregantes de la virgen miembros de la Asociación Católica de la Juventud Mejicana martirizados el 12 de septiembre de 1920

 

 

 

Anónimo

 

Durante el crudo invierno de la persecución religiosa en México vino al mundo y según se desarrollaba el plan del gobierno callista de extirpar la fe católica de los mexicanos, la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (1913), de cuyos militantes saldrán no pocos de los futuros dirigentes de la resistencia activa católica. En España circuló en su tiempo la siguiente versión – interpretación de un suceso sangriento.[1]

 

 

Sálvete,   flores   martyrum!

 

Sellando con su sangre un juramento

 

La Asociación Católica de la Juventud Mejicana, en un arranque de sublime entusiasmo por la causa católica, tan vilmente perseguida en aquel noble y generoso pueblo, levantó su voz serena, varonil y resuelta, para protestar ante la nación entera contra los atropellos de que es víctima la Iglesia en Méjico: Juramos, dijo, [Joaquín Silva], “que emplearemos todas nuestras energías dentro de los medios lícitos, para conseguir la reforma de la Constitución. Cristo Rey está en nuestra patria crucificado; pero Cristo Rey crucificado siempre resucita: la Historia lo comprueba. ¡Quiera Dios que nuestra actitud viril y nuestros esfuerzos merezcan que con Cristo resucite la patria queridísima, pronto y definitivamente!” Así terminó con gallarda valentía aquella protesta.

Y como lo juró, lo ha cumplido. Dios aceptó el juramento y las víctimas lo sellaron con su sangre en testimonio de fidelidad.

El martirio de dos de estos jóvenes ha hecho exclamar al actual Pontífice: [Pío xi] “¡Oh espectáculo bellísimo dado al mundo, a los ángeles y a los hombres! ¡Oh hechos dignos de eterno encomio!... Algunos de aquellos adolescentes y de aquellos jóvenes (y al decirlo apenas podemos contener las lágrimas), con el Rosario en las manos y con el grito de ¡Viva Cristo Rey! en los labios, han ido voluntariamente al encuentro de la muerte.” Esta escena sublime vamos a narrarla en estas páginas, y estamos seguros de que la voz de la sangre de las víctimas hará vibrar de amor y de entusiasmo por Cristo las fibras de todos los corazones católicos, como hizo vibrar las de Pío xi.

 

En busca del martirio

 

Joaquín Silva, hijo de una distinguida y cristianísima familia, congregante de la Virgen y miembro de la Asociación Católica de la Juventud Mejicana, al estallar la persecución, se dio con todo ardor a la propaganda para la resistencia católica. No le arredró ni el temor de la muerte, ni el pensamiento de que si él moría, su familia quedaría privada de su valioso apoyo. Consciente de su misión y convencido de su futura suerte, al despedirse de sus padres para el que había de ser, según él, “su último viaje de propaganda”, le dijo, resuelto, a su madre:   “Mira, mamá, es mejor que muramos antes de conseguir el triunfo; pues quizá el dineroy los honores puedan desviar nuestras rectas intenciones.” Y añadió luego con la misma imperturbable decisión: “Mamá, le dices a mi hermano José que lo espero en el cielo.”

Se puso en seguida en camino, acompañado de otro joven amigo suyo, llamado Manuel Melgarejo; en el tren hacia Zamora se les juntó el General Cepeda, vestido de paisano. Entabló conversación con ellos, y les mostró unas medallas y un crucifijo. Mas después de varias conferencias de Silva con el general, en Tingüindín, se presenta éste y les dice: “Amigos, están ustedes perdidos: los tenemos presos.” A lo que replicó Joaquín: “A mi máteme o haga lo que quiera; pero a este joven, que sólo tiene 17 años, déjelo usted.” El jovencito Melgarejo intervino en seguida, diciendo: “No, Joaquín, yo quiero morir contigo.” Fueron los dos apresados y llevados a Zamora, donde se les recluyó en el cuartel, y de ahí fueron conducidos para ser fusilados.

 

Fieles al juramento

 

En el camino sacaron ambos sus rosarios, y fueron rezándolo. Instigados por uno de los soldados a que tiraran el rosario, respondió Joaquín con energía: “Mientras yo tenga vida, nadie podrá quitarme mi rosario.”

Cuando llegaron al cementerio y les formaron cuadro, quisieron vendar a Joaquín los ojos; mas él les dijo: “No me venden, porque no soy un criminal. Yo mismo les daré la señal para disparar; cuando diga: “¡Viva Cristo Rey!   ¡Viva la Virgen de Guadalupe¡”, entonces pueden disparar.” Antes les dirigió un discurso conmovedor, diciéndoles que los perdonaba, y que moría por Dios y por la patria. Varios se conmovieron, y uno de los soldados, vencido por la emoción, arrojó el rifle, diciendo: “Yo no tiro, joven, yo pienso como usted, yo soy católico.” Esto le valió, según dicen, ser martirizado al día siguiente.

Joaquín, volviéndose a Melgarejo, le dijo: “Descúbrete, porque vamos a comparecer delante de Dios”, y luego dio un grito sonoro, entusiasta, que debió de repercutir en los cielos y que se ha oído en toda la tierra: “¡Viva Cristo Rey! ¡Viva La Virgen de Guadalupe!” Sonó la descarga y su cuerpo se desplomó, acribillado a balazos. Al ver esto el joven Melgarejo, cayó desmayado, y estando en tierra sin conocimiento, fue, también, cobardemente asesinado.

 

Cumpliendo una promesa

 

A la misma hora, su hermano José, que se hallaba en Estados Unidos, oía con toda claridad, sin saber de dónde, que le llamaban por su propio nombre. Era, según declara él mismo, la voz de Joaquín, a quien Dios permitió me avisase de esta manera su muerte, para que mis ojos derramasen, aunque fuera de una manera inconsciente, todas ” las lágrimas que tenían, sobre el cuerpo querido de mi hermano, acribillado por las balas...”

Gentes buenas y piadosas que presenciaron la muerte de estos dos heroicos jóvenes, cubrieron en seguida de flores sus cadáveres, y todos a porfía les proporcionaban lo necesario para una honrosa sepultura.

 

Padres de mártires[2]

 

Aún no está completo este cuadro de heroísmo; aún encierra algo más ese bellísimo espectáculo. Esa sangre noble y generosa ha circulado antes por otras venas nobles y generosas también. El águila osada no nace de tímida paloma, y los esforzados y valientes son frutos naturales de ánimos esforzados y valientes también.

Al tener noticia el señor Silva, padre de Joaquín, de la muerte de su hijo, aunque la recibió con gran consuelo, por ver que había derramado su sangre por tan noble causa, temió, sin embargo, que el padre del joven Melgarejo recibiera mal la nueva, puesto que su hijo había sido el autor de este viaje de propaganda católica, y el que había invitado a Melgarejo para que le acompañara. Estando, pues, el señor Silva pensando cómo dar la noticia al señor Melgarejo, se presentó éste, y su primer saludo fue: “Dame un abrazo, porque somos padres de mártires. Vengo a felicitarte por ello.”Entonces le refirió el señor Silva los temores que tenía de que hubiera sentido demasiado el fusilamiento de su hijo. A lo que contestó el señor Melgarejo: “No tienes porqué apenarte, pues me considero feliz de haber dado a la Iglesia un hijo mártir.”

 

Cristo crucificado resucita.

 

Cristo Rey ha sido crucificado con los jóvenes mejicanos, muertos por defender su fe; pero Cristo crucificado siempre resucita: la Historia lo comprueba. ¡Quiera Dios que la actitud viril y el esfuerzo de tan gloriosos mártires merezcan que con Cristo resucite la patria queridísima, pronto y definitivamente, y que el bellísimo espectáculo dado al mundo, a los ángeles y a los hombres, fortifique en la fe los corazones de nuestras Juventudes, para derramar por Cristo hasta la última gota de su sangre!

 

 

 



[1] Cf. Hojitas, nº 3, 4 pp., 15 por 10 cm., Isart Durán Editores, S.A., Balmes 141, Barcelona (1927). Imprescindible para la lectura y comprensión integral de estas “hojitas”  es el estudio Ana María Serna “La calumnia es un arma, la mentira una fe. Revolución y Cristiada: la batalla escrita del espíritu público”, publicada en Cuicuilco, vol. 14, núm. 39, enero-abril, 2007, pp. 151-179, revista de la Escuela Nacional de Antropología e Historia de México.

 

 

[2]Llamamos mártires a estos jóvenes sin intención de prevenir el juicio de la Iglesia

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