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Medio siglo de poesía en el Seminario de Guadalajara:

de Alfredo R. Placencia a Fr’Asinello

 

José R. Ramírez Mercado

 

 

Redactada como conferencia, esta colaboración la leyó su autor en el aula magna del antiguo Seminario Conciliar de Guadalajara, hoy Museo de Arqueología de Occidente de la capital de Jalisco, en el marco de la participación de la Sección Diocesana de Educación y Cultura en el 2º Festival Lecturas de Otoño, convocado por el Consejo Estatal para la Cultura y el Arte. En ella se hace en ella un repaso sumario de dos épocas cercanas a la nuestra en lo que a la producción literaria del Seminario de Guadalajara respecta

 

En el otoño de 1912, el 9 de noviembre, hoy hace cien años, aquí en esta aula ocupaba esta cátedra el presbítero José María Cornejo maestro de Sagrada Teología y en las bancas, entre los alumnos de 1° de teología estaba el tapatío José Garibi Rivera.

Eran las primeras lecciones porque se abrían las puertas el 18 de octubre para terminar el curso el curso el 16 de agosto del siguiente año.

Los seminaristas, en su mayoría de pueblos y rancherías, conservaban el aroma del campo y en su lenguaje campirano así nombraban al inicio de las labores de la institución: Ya llegan Teresa y Lucas / a recoger el ganado / que Bartolo y Agustín / dejaron desparramado.[1]

Ya no se respiraban aires tranquilos, ya había angustias, temores porque allá en el norte ya se había prendido la mecha de la revolución.

El orgullo y el gozo de los seminaristas al vivir en esta casa fue escaso, apenas doce años, del 18 de octubre de 1902 al 8 de julio de 1914.

Ahora están atentos a la voz del catedrático. Han pasado ya cinco años del día en que partió uno de los Agustines, el polígrafo don Agustín de la Rosa; el otro, allá en su natal Lagos de Moreno, donde frenético, moja la pluma y escribe y escribe hasta llenar centenares de cuartillas, es don Agustín Rivera y Sanromán.

De una de sus evocaciones a su pasado, rememora los nueve años que ocupó cátedras en este Seminario y da a la imprenta su libro Los hijos de Jalisco y que dedicó a don Luis. C. Curiel, entonces gobernador de Jalisco. La frase inicial y con la que abre sus recuerdos es ésta: “El tronco del árbol genealógico literario de Jalisco en el siglo xix es el Seminario Conciliar de Guadalajara i las ramas principales han sido seis”.

Cuando él escribió este libro el Seminario ya era una encina secular, con la venerable edad de 201 años, ya que había sido fecundada el 9 de septiembre de 1696, por el obispo fray Felipe Galindo y Chávez, o. p., veracruzano por nacimiento. Prosigue don Agustín Rivera discurriendo sobre cada una de esas seis ramas a cuya savia la llegado la vida desde las raíces por el tronco.

***

Un humanismo cristiano ha conformado mentes y sentimientos de niños, adolescentes y jóvenes nutridos en las cátedras del Seminario.

De la Grecia de los clásicos y de Roma con Cicerón, Virgilio, Horacio y Ovidio y de un paganismo sumergido en las aguas del bautismo cristiano llegaron las luces, la inspiración y aliento a las juventudes de acá.

Era tarea de todos los días traducir y memorizar las ringladas de versos de Horacio, de Virgilio y de Ovidio.

Séame permitida una anécdota: hace años fui a San Julián, un pueblo alteño, y me condujeron a casa de un ex alumno del Seminario, Octaviano Villanueva. Ese día festejaba sus ochenta años; el abuelo rodeado de sus hijos y nietos, y al calor de unos tragos que ya habían pasado por su garganta nos brindó de memoria cien versos del libro segundo de la Eneida, aquellos donde Eneas le narra a Dido la noche del incendio de Troya. Era, sin duda ese recordar después de tantos años, la familiaridad que se tenía con los clásicos que eran también la entrada a los clásicos del siglo de oro español: Garcilaso de la Vega, Francisco de Quevedo, Lope de Vega, Luis de Góngora y Argote, Calderón de la Barca; de todos ellos el análisis y memorización obligada.

Y quienes se familiarizaban con las letras clásicas también se lanzaban, con desigual fortuna a darle vuelo a su propia inspiración, a veces en elevadas respuestas místicas y a veces maliciosos versos de protesta o desahogo.

Don Juan José Cordón Leyva (1764-1827), quien murió siendo obispo de Guadix, fue el último rector peninsular del Seminario, durante la primera década del siglo xix, no quiso a sus pupilos ni estos a él, por altanero o por exigente. Un dolido estudiante le dedicó esta décima: Desde que en México estás / se quejan buenos y malos / ¿Te empeñas hacernos menos / y no nos brindas la paz? / Que tú la culpa tendrás / nadie lo mienta ni nombra / porque tu justicia asombra / pero eres como el nogal / que a ninguno hace mal / pero tienes mala sombra.

El buen humor, las buenas ocurrencias de los seminaristas muchas veces se manifestaban en sus travesuras.

Un buen día, durante el rectorado de don Pedro Espinosa y Dávalos, a mediados del mismo siglo, llegó a la puerta de esta santa casa una mujer a pedir limosna. Los seminaristas no traían dinero, algo cotidiano en ellos, pero sí ingenio, por eso se describían a sí mismos, en latín macarrónico,[2] como congregatio zanganorum cum aparientia sanctitatis, sine pecunia et sine verecundia, que ya en la lengua de Castilla se traduce como grupo de zánganos con apariencia de santidad, sin dinero y sin vergüenza. No socorrieron a la pobre mujer, pero sí le dieron un papel escrito y la remitieron al despacho del rector, que pudo leer: doña Francisca Mendiola / suplica a su señoría / que le dé una compañía / para ya no vivir sola. Captando la broma, el rector continuó la travesura, dándole un socorro a la mujero y enviándola a su remitente con el mismo billete, en el que añadió: Responde su señoría a la señora Mendiola, / que pide una compañía / por no poder vivir sola / que vaya a la portería / y de aquellos estudiantes / escoja su compañía / o quede sola como antes.

Circulaban entre los estudiantes versos cargados de buen humor, de picardía y de desahogos. Se conoce, entre otros, una libreta con versos y prosas, entre esos la famosa carta de “Tepatitlán mayo cuatro”, cuyo autor lo fue José María de la Mora, sacerdote destinado luego a la Capilla de Guadalupe.

También pulsaban la lira para cantar al amor divino con plegarias condimentadas de romanticismo y también eran frases al amor humano: Rosa de Castilla en rama / qué bella te estás poniendo / para cortarte / en una fresca mañana.

Poetas de los primeros años del siglo xx fueron dos sacerdotes: Salomé Gutiérrez Cornejo y Ausencio Lomelí, ambos directores sucesivamente del Boletín Eclesiástico del Arzobispado de Guadalajara. El primero escribió poemas de tema religioso y fue primo de José María Cornejo, inspirado orador, organero y compositor de “misterios” del rosario que se cantaron en todo México.

Con la paz porfiriana de los primeros años del siglo xx, el Seminario creció: casa desde 1902 hasta 1914; allí se instaló el primer observatorio astronómico y meteorológico; allí con una pelota y un reglamento traídos de Inglaterra, desde 1914 jugaron once contra once a pegarle con los pies a esa pelota. Se iniciaron también en un semanario mariano por el cincuentenario de la definición dogmática de la Inmaculada Concepción y una revista mensual, “Voz de Aliento”, dirigida por el ahora santo, el joven sacerdote David Galván Bermúdez.

La Academia literaria de Santa María de Guadalupe fue fundada para los alumnos más aventajados en letras. Ingresaban libremente aquellos con ansías de saber más y más. Eran un grupo reducido pero comprometido. Un testimonio lo da don Enrique González Martínez y es la historia del inicio de su vocación literaria narrada en su libro “El hombre del búho” y cuya historia culmina con “La apacible locura”. La narración discurre en el sentido de explicarnos cómo eran obligados los miembros de la academia a llevar cada semana, no para examen, poemas en latín o en castellano y cómo para él el Seminario fue palestra donde forjó las primeras armas para escribir después treinta y siete libros de poemas.

Los maestros han sido, por su vocación quienes han tenido el privilegio y el deber de descubrir los valores en los alumnos y quienes les han dado el impulso. Por ejemplo, nadie conoce la labor del maestro de matemáticas y astronomía del sacerdote Porfirio Díaz González, más muchos sí saben quiénes fueron Severo Díaz Galindo y José María Arreola, sus discípulos.

Otro ejemplo: un grupo de muchachos en torno al maestro sufren y gozan con el libro de latín y el cuaderno de apuntes. Para algunos, sin duda es el tormento de enfrentarse a traducir y memorizar versos de una lengua muerta. El maestro en esos años, 1885 y los siguientes es el sacerdote don Fernando Ortega y un discípulo absorto es un muchacho de Jalos, Alfredo R. Placencia.

Treinta años después el poeta Alfredo R. Placencia andaba por “esta Yanquilandia brumosa y tan fría”; no desterrado, como alguien mintió, sino por su propia voluntad; él, con un corazón ferviente e inquieto, por decisión propia se inscribió para ir a evangelizar a los suyos. Guiado por este maestro, Alfredo tradujo del latín la égloga viii de Virgilio.

La distancia y por andar lejos y la otra distancia, la del tiempo tocó su alma de vate y dijo así: Escribo frente al mar mi vida esta / cuando la bruma gris envuelve el sol; / y se arrastran, muriéndose, las olas, / perdidos su grandeza y su color. / Y pienso…ya no sé ni por qué pienso / en el padre Fernando, que murió / enfrente de otro mar, lleno de olvido, / y en una tarde así de muerto sol. / ¿Será la identidad de aquellas rutas / que nos echamos a pisar los dos? / ¿Será la ingratitud con que hemos visto / pagados por los nuestros el amor? / Esta tarde recuerdo aquellas tardes / nebulosas de junio, en que él y yo / leíamos la Eneida dulcemente vertida al español. / Con qué elegancia clásica / y con qué inspiración / el padre Ortega iba / traduciendo a Virgilio, mientras yo /vuelto oídos y ojos / alcanzaba a sentirme soñador, / y amaba el cielo gris de aquellas tardes / parecidas a ésta, ¡Qué sé yo / si por eso vendrá la imagen blanca / hasta aquí donde estoy!

Su cercanía con el dólar le dio para publicar en la editorial Subirana de Barcelona, sus tres primeros libros, los únicos que él alcanzó a ver en letras de molde: “El libro de Dios, “El paso del dolor” -dedicado a su padre y a su madre- y “Del cuartel y del claustro”, para Cristina su hermana monja “que se puso a morirse” allá en Chilapa y a su hermano Higinio, caído en el combate cuando “amaneció Jerez lleno de sangre”.

***

En las noches claras “limpias de nublado” brillan en el cielo las “cabrillas”, son siete, siete hermanas llamadas Pléyades que significan palomas. Así las llamaron en el siglo vii a.C. a los siete sabios de Grecia. También en el siglo iii a. C. a los sabios de Alejandría, entre ellos, Tolomeo Filadelfo. Y en el siglo de oro de Francia, Pléyade fue el grupo de los siete poetas mayores. Y al final del siglo xix también en el cielo del Seminario siete hombres resplandecieron: dos mártires, Cristóbal Magallanes y Pablo García. Un gran orador, teólogo, musicólogo, José María Cornejo. Un hábil prosista, poeta colmado de virtudes, Miguel M. de la Mora, obispo de Zacatecas y de San Luis Potosí, con fama de santo. Un arzobispo sabio, Pascual Díaz Barreto, que ocupó la sede primada de México. Un apóstol de los obreros y creador de los primeros sindicatos, Antonio Correa; y un poeta, Alfredo R. Placencia. Juntos florecieron y después, dispersos ofrecieron sus frutos.

El poeta del dolor, como le han llamado a Placencia, fue un poeta errante; en treinta años de sacerdocio conoció veintidós campanarios y dos veces, por su inquieta naturaleza y por su propia voluntad cruzó las fronteras patrias al norte primero y luego al sur.

En su inquieto vagar iba soltando hojas, como los árboles en otoño con pedazos de su corazón de donde brotaban sus poemas.

El peregrino, válgame una comparación, como el fiero ejemplar de un toro de lidia del encaste de Miura, que cuando en el ruedo siente el estoque clavado busca las tablas para ya cerrar los ojos: El poeta volvió, miró a los suyos y envuelto en olvido y silencio partió: “supe de muchas tierras y probé muchos climas… / Hubo almas que me odiaron y almas hubo que no… / hoy descendí al bajío, pero anduve en las cimas / y probé de las mieles que la vida guardó.” / Até en ases mis versos, tengo listo el bagaje, / Y he juntado mis pasos… ¡Me habla la eternidad!

Su tesoro por fortuna ahora es nuestro, su obra poética.

El señor arzobispo don Francisco Orozco y Jiménez trajo desde su natal Zamora al joven seminarista Rafael Dávalos Mora, quien ya ordenado presbítero se consagró al magisterio en el Seminario de Guadalajara. Al estilo de los clásicos y en cortado estilo, escribía y enseñaba preceptiva latina y literatura castellana. Compuso piezas líricas en latín y en castellano, un libro de Métrica Latina e impartió clases durante veintidós años. No alcanzó a entender el modernismo quizá, porque condiscípulo de Amado Nervo en el Colegio de San Luis Gonzaga de Jacona, y no coincidían en su pensar.

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Con todo y las vicisitudes que amenazaban la vida levítica, con el signo de levantarse de sus cenizas como el ave fénix, el Seminario, entre 1914 y 1929, fue perseguido y desterrados sus alumnos; algunos, más allá del Atlántico, dieron brotes y frutos: alios ventos vidi / aliasque procelas. Otros vientos y otras tempestades y la lira nunca estuvo, como aquella de Bécquer, “olvidada y cubierta de polvo”.

Don Amando J. de Alba, otro vate de altos quilates con su libro “El alma de las cosas” y otros puñados de poemas dio gozo y placer estético a sus oyentes o lectores. Íntimo amigo y compañero en sus primeros empeños literarios de Ramón López Velarde.

Y luego un alma rebosante de fervor, de ternura, el bondadoso párroco don Vicente M. Camacho, también amigo de Erato, la musa de la poesía lírica, nos un libro de poemas.

Llegaron y pasaron los años de sangre…

“Encendiose la lucha, formidable y tremenda, / y estremeció los luceros e inflamó el horizonte / y borró los caminos y acabó con la senda / y envolvió la cabaña, la llanura y el monte / y se vieron señores los que fueron esclavos / y vertieron su sangre con su lujo no visto. / Hay desamparo en todo, los hogares / están faltos de pan y están oscuros. / Dejó el soldado los nativos lares / y han allí enmudecido los cantares / y cuelgan las tristezas de sus muros.”

***

Parecía que la paloma volvía con su ramo de olivo en el pico y el arzobispo don José Garibi Rivera logró, por fin, reunir las ovejas dispersas.

Adquirió por compra la huerta y parte del antiguo sanatorio de los hermanos juaninos, “carranceada” en los años esos de carrancear, y allí, en las calles de Belisario Domínguez, entre Industria, Jarauta y Federación, finalmente rezaron, cantaron, estudiaron y jugaron los alumnos de los cuatro cursos de teología, los tres de filosofía y el último de humanidades.

La voz del Seminario fue la revista “Apóstol”, su nombre era continuación de “Voz de Aliento”, a quien le dio aliento su director, el mártir San David Galván. El arzobispo Orozco y Jiménez la rebautizo con el nombre de “Apóstol”.

Esa revista fue la palestra para los alumnos de esa nueva época.

***

Esa época ya fue la mía. Les hago una atenta invitación a visitar nuestras oficinas de redacción. Hay que trepar a la azotea, a un cuarto de tres por cuatro metros. Hace las veces de escritorio una mesa enclenque, dos sillas, “la rubia y la morena”, y una máquina Oliver de escribir. A veces, un balde de café encima de un calentador eléctrico tan rudimentario que más que corriente daba toques y que conectábamos al esmirriado foco.

Lo principal era el grupo (ahora les dicen bohemios). Son media docena de seminaristas: Jesús Padilla, Chiringo por sobrenombre, cabeza del grupo; Benjamín Sánchez Espinosa, Roberto Bravo, Trino Sepúlveda, Francisco Villalobos, Archibaldo Orozco y…yo. A veces Emeterio de la Torre, Luis Méndez y Jesús Rubio.

Fue la época de oro de la revista Apóstol. Allí publicaban versos y prosas los más inquietos; Benjamín Sánchez empezó allí a divulgar sus poemas y allí un día…

-          Oye, Chiringo, ¿valdrá la pena publicar esto?

Y le mostró un poema en catorce romances…era el Romancero de la Vía Dolorosa, escrito bajo el seudónimo de Fr.’Asinello.

Un día los chicos del Seminario Menor le preguntaron que por qué había escogido este nombre y bardo respondió: “He querido ser como el borriquillo que llevaba a Cristo cuando entró en Jerusalén; pero a veces lo he tumbado y hasta le he dado puntapiés…”

Cuando se publicó este poema en la revista correspondiente al número de mayo-julio de 1947, como por magia desaparecieron los mil ejemplares de ese número. Don Efraín González Luna fue a buscar un ejemplar y por ninguna parte se lo pudimos dar.

***

Con esa su sencillez auténtica que siempre tuvo, un día me preguntó el ya presbítero Benjamín Sánchez Espinoza:

-          ¿Se podrá hacer un librito con el Romancero?

-          Se puede, le dije.

Y lo puse en contacto con el pintor Alfonso de Lara Gallardo, a quien yo impartía clases de latín. La primera edición separada de la revista “Apóstol” de 1949, estuvo a cargo de una reconocida empresa de artes gráficas de esta ciudad: “Esta primera edición del Romancero de la Vía Dolorosa, al cuidado del presbítero José R. Ramírez, con ilustraciones de Alfonso de Lara, salió a la luz de las prensas de Artes Gráficas de Guadalajara, el miércoles de ceniza del año del Señor de 1957. Laus Deo. 100 ejemplares numerados del 1-100”, se puede leer en el colofón correspondiente.

Don José Cornejo Franco, director por muchos años de la Biblioteca Pública del Estado, me pidió cinco ejemplares de El Romancero. Se los entregué empastados en piel, y él, a su vez, los distribuyó entre los cinco integrantes del jurado que debía otorgar el premio Jalisco en Letras de ese año. Fue así como a Fr.’Asinello le fue concedido el Premio Jalisco en Letras del año 1960. Recibió en recompensa un cheque por diez mil pesos de los de entonces.

A la fecha van más veintiséis ediciones de esta obra El Romancero.

Años después y siendo director de publicaciones del Gobierno de Jalisco el licenciado Juan López Jiménez, le pedí y accedió, que publicara toda la poesía de Fr.’Asinello. El autor impuso el título del libro: “Espejo y Enigma”, antes de que Jostein Gaarder diera a la luz su novela El enigma y el espejo (1993), pero después de que Borges bautizara uno de sus cuentos, El espejo de los enigmas (1953). Benjamín se inspiró en san Pablo: “ahora vemos como en un espejo, a través de enigmas, pero entonces veremos cara a cara” (1ª Cor. 13,12), y A manera de prólogo me entregó el conmovedor soneto “Silencio”, profecía de los últimos quince años de su vida.

***

A la par de Fr.’Asinello, por ese tiempo sobresalieron en el Seminario otros muchos poetas de subidos quilates. Estrella de primera magnitud es Emeterio de la Torre, autor de seis poemarios; otro fue el párroco de La Magdalena, Alberto Contreras, todos ellos discípulos del ya mencionado don Rafael Dávalos, quien le pasó la estafeta al no menos importante pedagogo en humanidades, monseñor José Ruiz Medrano, quien impartió literatura en el Seminario de 1930 hasta el 15 de mayo de 1967.

Fue don José Ruiz Medrano otro maestro excepcional. Desde una edad temprana para su ministerio, le llegó la hora de dar, de compartir de la abundancia de los muchos dones recibidos: un temperamento artístico, abierto y sensible; el refinamiento de un varón culto, preparado en la Universidad Gregoriana de Roma y en el Colegio Pío Latino donde al lado de estudiantes como él, ávidos de enriquecer sus espíritus en la filosofía, la teología, las ciencias y las artes, coincidió con figuras de la talla de Octaviano Valdés, poeta, prosista y académico de la Lengua, y los hermanos Gabriel y Alfonso Méndez Plancarte, figuras señeras en la cultura mexicana.

El padre Ruiz Medrano fue también autor de numerosas obras musicales, literato y orador de prestigio tal que era llamado a servir en las principales cátedras sagradas del país.

A los seminaristas de treinta y ocho generaciones les dio la abundancia de sus dones. Maestro sensible y dispuesto a despertar esa emoción, a encender la chispa de la musa y asombrarse ante el arte en general. Fue, además, maestro de teología y fundador y director de la Schola Cantorum del Seminario. Su obra, muy relevante, podría sintetizarse en estos cuatro momentos: hacer entender, hacer sentir, hacer gustar y hacer hacer.

Un final insólito y pronto le estaba reservado: en el estadio Jalisco, lleno a reventar, mientras el el Atlas, su equipo favorito, vencía dos a cero al invicto Toluca, un tremendo infarto partió su corazón en dos pedazos. Yo estaba con él. Era, he dicho, el día del maestro, 15 de mayo de 1967.

Tuve la triste encomienda de llevarle la noticia al arzobispo, el cardenal don José Garibi Rivera. Conmovido, me dijo:

-          Que lo lleven al Seminario a velarlo y coloquen una imagen de la Virgen María, a la cabecera porque era muy devoto de nuestra Santa Madre.

Sus cenizas reposan ahora en el Santuario de Guadalupe por diligencia de don Enrique Varela Vázquez.

La poesía del Seminario es ampliamente conocida ya sea por las publicaciones que se han hecho en la revista mencionada o en otras de carácter religioso o informativo, pero Faltaba conjuntar en un solo volumen todas las composiciones dispersas. Editorial Amate ha hecho esta labor, publicando, en el 2005, una primera edición de un respetable libro: Poesía del Seminario de Guadalajara. 1939-2000, reeditada en el 2008, ahora con un índice alfabético de autores; 568 páginas de un libro en un formato de 21 por 14 centímetros, ven la luz pública ciento ochenta composiciones poéticas de noventa y tres autores, sumándose esta obra a otra realizada por la Secretaría de Cultura del Gobierno de Jalisco: Hablando con Dios en español, antología lograda con inteligencia y buen gusto.



[1] Alude este verso a la coyuntura de coincidir las memorias litúrgicas de los santos Teresa de Ávila y san Lucas (15 y 18 de octubre, respectivamente), y san Bartolomé y san Agustín (24 y 28 de agosto), con el regreso de las vacaciones, en otoño, y la salida del plantel levítico, en verano.

[2] Latín muy poco académico desde el punto de vista gramatical y ortográfico, o un latín con un vocabulario de origen moderno latinizado. Se utiliza por ignorancia o con finalidad humorística.

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