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“La calumnia es un arma”, la mentira una fe. Revolución y Cristiada: la batalla escrita del espíritu público (2ª parte)

 

 

Ana María Serna

 

 

El conflicto en México entre la Iglesia y el Estado que en 1926 provocó una cruenta lucha armada, generó también un debate escrito donde los bandos en guerra extendieron su lucha al terreno de la movilización de la opinión pública. Este debate tuvo un doble efecto. Por un lado, la esfera pública mexicana que se había fortalecido desde la Revolución de 1910 vivió un momento de efervescencia; por otro, el fuego avivado de la opinión pública produjo una reacción del Estado posrevolucionario, contraria a la apertura y la pluralidad. Este artículo explora la posibilidad de aplicar el concepto de esfera pública a la realidad mexicana. Asimismo, analiza los contenidos del debate público en que se expusieron los argumentos del sector católico de la sociedad y de la vanguardia revolucionaria en el gobierno. Este último periodo de apertura desató una censura que propició el debilitamiento de la esfera pública mexicana en décadas posteriores.

 

La retórica de la izquierda

 

Los actos de censura, represión y violencia, se enmarcaron en el discurso revolucionario progresista que en el fin justificaba los medios. Desde este punto de vista, todas las armas que se empuñaron para combatir al enemigo fanatizador no eran bien acogidas. La lucha contra la Iglesia oscurantista aparecía como una responsabilidad revolucionaria; el triunfo sobre ésta era un triunfo sobre el mal.

            Un individuo llamado Felipe Velasco se impone a sí mismo el epíteto de “Don Nadie”, se dirige con admiración al presidente Calles haciendo una crítica de la Iglesia:

 

Creo que ha entrado la Iglesia Católica, Apostólica, Romana en un período de decadencia marcadísimo. Creo, Excelencia, que habéis realizado el acto más trascendental de la historia de Méjico librando a vuestro pueblo de un fanatismo agudo y pernicioso, y que nadie, como vos, veló por las vírgenes, ya que arrancasteis el confesionario donde muchas se prostituían.

 

            Bajo la perspectiva de algunos seguidores del gobierno callista, sus actos no se asumían como actitudes autoritarias: más bien, las acciones del estado se consideraban heroicos avances en el camino hacia la derrota del atraso, de las ideas arcaicas, conservadoras. Para mucha gente, la Revolución “con mayúscula” se había convertido en la nueva religión. Muchos periodistas y gran parte de la audiencia apoyaron al presidente Calles en la defensa de su proyecto civilizatorio y educativo, en su esfuerzo por lograr que se aplicara la Constitución. Desde el punto de vista revolucionario la prensa católica era un peligro inminente, además de reaccionaria, era capitalista y mercantilista. Entre los medios escritos y los periodistas que apoyaron al gobierno estaba el diario El Demócrata y su director Luis Monroy, el periodista Félix F. Palavicini y, más tarde, El Excélsior depuradode donde se había extirpado el catolicismo militante.

            Carlos Ortiz, editor propietario de Máscaras: el semanario de la época, exponía con orgullo sus ideas revolucionarias ante su público. Al hacerlo, se arrogaba las culpas de su gremio, al que considera corrupto.

           

He de confesar, no sin pena, por pertenecer a ella –se inculpa el señor Ortiz- que la prensa ha sido uno de los factores de propaganda de la Reacción más decisivos, pero esta pena la alivia el pensamiento de que me he de ver absuelto de un delito que no podrá llegar nunca hasta mí, a los ojos de mis hermanos de lucha. La revolución, sí ha transformado todos los órdenes sociales, que ha hecho de las fábricas templos de trabajo humanizando traficantes de carne, que ha convertido los latifundios en parcelas de bienandanza para los campesinos, que ha iluminado la conciencia de nuestros aborígenes y ha derribado con segura piqueta los prejuicios de clase, la revolución que arrasó con la carcoma de pasados regímenes, se detuvo a las puertas de los periódicos reaccionarios y dio la vuelta para no provocar algarabías […]. El mercachiflismo encontró, pues, amplio campo para sus especulaciones. Los que ayer denigraron a la revolución y a sus hombres desde sus columnas de aquel pasquín que olía a cloaca, llamado “El Debate”, no sólo siguieron en sus puestos, sino que conquistaron otros más altos y productivos y se adueñaron de los órganos que el movimiento vindicativo había creado para su justificación y salvaguarda.

 

            El periodismo revolucionario-gobiernista dirigió todos sus esfuerzos a minimizar el conflicto, responsabilizando en general a los católicos, a la Iglesia y específicamente a los periódicos, de provocar el conflicto. Con esta argumentación pretendían contrarrestar dos estrategias del periodismo católico: la continua denuncia de los actos violentos ante la opinión pública internacional y la guerra mediática desatada contra el Estado. Su mayor esfuerzo consistió en negar la existencia de una guerra religiosa en México.

 

Ahí está –continuaba la denuncia de Ortiz- al frente de El Universal Miguel Lanz Duret, el autor real de esto que se ha dado en llamar conflicto religioso y que en el fondo no es más que una de tantas inútiles y absurdas tentativas de restauración […]; ahí está el testaferro de Rosendo Pineda encaramado en el primer periódico de México, en cuyas columnas está simbolizada su desvergüenza, al lado de una encíclica de René Capistrán Garza.

Si en nuestra hubiera estado, mucho tiempo hace que los Lanz Duret no figurarían más, para vergüenza de la Revolución, al frente de las más importantes publicaciones; que los explotadores del hombre que se niegan a dar al trabajador “una sopa de su propio chocolate” en los balances anuales y en cambio cuajan de gemas el pecho y las manos de las cortesanas y las obsequian con automóviles de 20 000 pesos, no seguirían más envenenando el espíritu público, haciendo la diaria apología del crimen a trueque de aumento en las ventas de ejemplares.

           

            Otro buen ciudadano callista opinaba: “Ya es hora que la prensa toda se diera cuenta de que su conducta es por demás criminal, toda vez que, lejos de colaborar con el Gobierno en su santa labor de reconstrucción, sea quien fomente la discordia”.

 

Curiosamente, el discurso periodístico de izquierda radical utilizaba un lenguaje religioso. Un viejo periodista español, que en su patria había luchado en la extrema izquierda y en México dirigió el semanario español Rojo y Gualda y trabajó en los diarios El Heraldo, La Raza y El Diario, hacía patente su solidaridad con Calles en los siguientes términos:

 

Desde esta cuenca minera donde este viejo periodista español está por accidente, felicita a s.e. y como no cree en lo ultraterreno, ni oró nunca, en más altares que los de la verdad y la justicia y sus santos fueron siempre, los grandes hombres que hicieron grandes cosas, permítale que rece un credo por la patria que s.e. trata de salvar, alzando la espada y colocando el pie sobre el dragón de Roma.

La nueva generación de periodistas, a la que me honro pertenecer, fundida en los crisoles de la Revolución, no desmaya por esto -¡menguada sería su fuerza espiritual se desmayara!- ya que no está lejano el día en que podamos arrojar a latigazos a los mercaderes del templo, que han hecho del chantaje [sic] una profesión, de la calumnia un arma, de la mentira una fe, y que han vendido a la Patria, por los treinta dineros de Judas, a las compañías petroleras, a las empresas capitalistas.

 

            Muchos periodistas colaboraron con el régimen para combatir a los enemigos del bando católico, y contribuyeron también a implementar directamente la censura. Con esta “línea” atentaron contra su propio trabajo. Luis Monroy, director gerente de El Demócrata dirige la siguiente circular a todos sus corresponsales, quienes eran más de cuatrocientos dispersos en la República y en el extranjero, para que “ayudaran eficazmente a la campaña que ha emprendido El Demócrata de acuerdo con su propio criterio y los lineamientos que ha trazado el señor presidente”. La circular dice así:

 

Los últimos acontecimientos desarrollados principalmente en esta capital con motivo de la aplicación estricta de la Constitución de 1917, por parte del Gobierno Federal, demuestran las actividades malsanas de los clericales para aprovechar las dificultades internacionales en beneficio de un grupo de hombres sin patriotismo […] El Demócrata es u órgano nacionalista y netamente revolucionario, por lo cual su Dirección y Gerencia han acordado asumir una actitud enérgica en el caso, colocándose en las primeras avanzadas para defender al país, a la Revolución y las leyes que nos rigen. En consecuencia, suplicamos a usted que se sirva dar preferencia en sus notas informativas a todas las infracciones que se cometan contra la Constitución de 1917 […]. Si en el sentir particular de usted no está de acuerdo con el criterio de El Demócrata nos permitimos advertirle con toda franqueza presentándonos la renuncia de su cargo, si contrariamente está de acurdo con nuestro modo de sentir esperamos que con toda resolución ayudará a nuestra noble tarea.

 

            Anexa a tan amenazante carta se incluía una lista de mandatos para los corresponsales. Algunos se refieren a criterios técnicos con los cuales debían organizarse las noticias escritas; otros atañen al contenido y marcan las pautas de ciertos criterios periodísticos. Los lineamientos demarcan un quehacer periodístico que rechaza la opinión, el punto de vista subjetivo del reportero y, sobre todo, un predominio de la jerarquía dentro de las redacciones y un mandato empresarial que rige la publicación.

 

Procure usted no usar largas frases para expresar acontecimientos o una idea. No haga usted literatura. En los periódicos no debe hacerse otra literatura que la que la redacción ordena. Sobre todo: Atenerse de escribir cualquier cosa que pueda tener el más ligero sabor a comentario. Cumpliendo las anteriores instrucciones, llenará usted su cometido a satisfacción de esta empresa.

 

            Otro admirador de Calles, con escasa inclinación al pluralismo, recomendaba atacar el problema de la provocación de los medios católicos con mano dura. Su opinión, además de los lineamientos de Monroy, demuestra que algunos escritores avalaban la censura.

 

Los que estudiamos detenidamente la labor de cierta prensa, por no decir de toda ella, descubrimos en el fondo mucha mala fe, mucha inquina. He aquí por qué en sus artículos de fondo y hasta en sus simples notas informativas de los Estados se deja ver esa interpretación torcida, preñadade mala fe, cuando hacen aparecer como un atentado a la libertad de cultos o de conciencia, a lo que solamente es un acatamiento a la Ley por parte de su Gobierno. Este hecho no constituye un ataque a la religión. Esto lo saben perfectamente bien los señores periodistas y los señores de la aristocracia […]. Intencionalmente, todos los fanáticos, todos los reaccionarios y en una palabra todos los descontentos al actual Gobierno, aparentan no conocer esa ley […]. ¿Quién se atreverá a desmentir el que, los sacerdotes todos, estaban violando la Ley a sabiendas? ¿Los de la Prensa? ¿Los mismos sacerdotes? ¿Los fanáticos? Allí tiene usted a la prensa de esta ciudad, los periódicos de El Siglo y La Opinión, continuamente criticando y protestando su política en materia clerical.

Para quitarle así, a ese Pueblo inocente que ha caído en brazos del clero, la impresión [sic.] mala sobre la conducta de su gobierno […] en forma de volantes, y de mil maneras que usted y los suyos ya conocen, se puede hacer esa campaña contra los actuales agitadores. El primer paso, en esta Comarca, sería callar a la prensa local. Esto se puede conseguir fácilmente. Basta que don Nazario Ortiz Garza, que les da dinero, les señale cuál es el camino que deben seguir en lo sucesivo.

 

El lector: elemento vital del espíritu público

 

Hasta ahora nos hemos enfocado en los escritores para hablar del fortalecimiento de la esfera pública. Sin embargo, los procesos en los que se forja el espacio de la opinión pública requieren forzosamente del lector como complemento de la escritura y publicación de texto. Para los estudiosos del fenómeno periodístico, la guerra cristera y los documentos que ésta generó resultan de una enorme riqueza para entender un fenómeno fundamental: el proceso de recepción de lo escrito, los mecanismos que implica la lectura. Los archivos del presidente Plutarco Elías Calles son una mina de oro para imaginar al lector de la prensa. De ellos logramos inferir que la prensa era ampliamente leída y los lectores pertenecían a diversos sectores de la sociedad. Están compuestos por una prolífica correspondencia dirigida al presidente Calles. En su mayoría, estas cartas son de felicitación y transmiten una visión apologética de su gobierno. Aun así, nos permiten descubrir la importancia social de la lectura de los diarios como transmisora de información, de opiniones, ideologías y actitudes. Siendo capaces de documentar la lectura y las audiencias cerramos el círculo para imaginar la estructura de la esfera pública.

            Como ya se ha dicho en este texto, la esfera pública estaba bifurcada. Una muy ilustrativa carta de felicitación que envía desde Guatemala el antropólogo Manuel Gamio al presidente Calles describe el tenor de la opinión pública nacional, su reflejo en las publicaciones y en el exterior:

 

En momentos que no ocupo en las investigaciones científicas que me trajeron a este país, me he informado por la prensa de México y de los Estados Unidos, de la firme actitud que mantiene usted con respecto a las violaciones constitucionales en que incurre el clero de México. En la prensa del norte se esgrime el falso argumento de que son ilegítimos nuestros artículos constitucionales que rigen en materia de religión puesto que la inmensa mayoría de la población es católica y por tanto los repudia. Si los dieciséis millones de mexicanos que hay en el país fueran católico romanos, si aprobaran la existencia de las órdenes religiosas y el dominio material de la Iglesia, es indiscutible que Juárez y las Leyes de Reforma jamás habrían surgido [sic] y usted no habría desafiado la voluntad unánime de todo un pueblo. El grupo católico romano formado por la aristocracia y buena parte de la burguesía constituye una corta minoría, por cuyo motivo ha salido continuamente derrotado en todas las pugnas armadas en que se ha atrevido a tomar parte. En cambio, la enorme mayoría popular tiene una religión sui generis, politeísmo idolátrico, mezcla de las más burdas ideas católicas y de vestigios de mitos ancestrales. A los católicos de esta clase sólo importan sus santos-ídolos, sus fiestas religiosas-embriagantes y sus curas procura-milagros, dejándolos sin cuidado que haya o no órdenes religiosas y que la curia romana se derrumbe o florezca, pues en realidad ignoran su existencia.

 

            En países como México, la batalla por el fortalecimiento de la esfera pública se ha tenido que ganar en contra del analfabetismo. Uno de los testimonios más impactantes rescatados en los archivos dimensiona la problemática de los grados de analfabetismo en el México de aquellos años.

 

We the Knights of the Ku Klux Klan the State of Utah wish to congratulate you upon the stand, wich you have taken in regard to the religious situation in Mexico […] If we have not been misinformed, there is sixteen millón people in Mexico, out of that amount only four million can read an write, due to the fact that Catholics have been predominating in Mexico. A stop must be put to such things in United States or in a short time the same thing will exist there.

 

            Mientras que los sucesivos gobiernos revolucionarios echaban a andar proyectos educativos y campañas de alfabetización que llegaran a todos los rincones del país, la Iglesia y los sacerdotes ganaban la batalla al analfabetismo desde el púlpito. Muchas de las publicaciones católicas se repartían en las parroquias y su lectura era recomendada por el sacerdote durante la misa.

            Las cartas de los lectores hablan por sí mismas. Los empleados de la hidroeléctrica de Guadalajara escribieron a Calles para animarlo: “La prensa ha dicho que millares de fanáticos secundan la rebelde actitud del obispo de Huejutla; pero en la conciencia nacional está que millones de hombres están al lado vuestro”.

 

            De igual forma, en representación de la clase obrera, Rafael Molinari y Manuel Cid y Ricoy se dirigieron al mandatario en un tono celebratorio.

           

Con profunda satisfacción he leído las declaraciones de usted, publicadas en la prensa de hoy, que por sí solas constituyen la expresión más fiel de la opinión pública, que ve con repugnancia la perversa labor realizada por el clero mexicano.

            …

En el periódico El Dictamen que se edita en este puerto y que apareció hoy, se encuentra publicada la carta de los señores arzobispos y obispos, dirigida a sus subalternos, y por ella se desprende que su idea ha sido la de hacerla del conocimiento de todo el pueblo. Como mexicano, y habiendo leído dicho documento, se ve que a todas luces los considerandos de él, son sediciosos [sic], criminales y antipatrióticos.

 

            Desde el extremo opuesto, una dama católica recrimina al presidente su actitud:

 

Vi publicada en El País la contestación de usted a la carta de los ilustrísimos señor arzobispo de México don José Mora y del Río […]. Confirmamos cada vez más que lo que lo impulsa a usted a tratarnos así, es el odio que nos tiene a los católicos. Nosotros hemos querido levantarnos, no en armas, porque nuestro carácter de discípulos de Cristo nos lo prohíbe, sino en actitud enérgica a reclamar nuestros derechos de ciudadanos […]. No piense usted que nosotros, los católicos lleguemos a levantarnos contra usted, pues bastantes pruebas tiene de que sabemos sufrir; pero si algún día alguno intentare hacerlo, no es porque nos lo mande ninguno de nuestros sacerdotes […]. Con los decretos que ha publicado usted de plano no ha quitado la libertad de ciudadanos. Nunca me había atrevido a escribirle a usted porque carezco de palabras para expresar mis ideas; pero hoy, no puedo guardar silencio, y me considero obligada a cumplir con mi deber de cristiana y de católica verdadera.

 

Conclusiones

 

Los asuntos expuestos en este trabajo abren más interrogantes que respuestas. Es evidente que la violencia desatada durante el conflicto religioso tuvo como efecto la reacción de buena parte de la sociedad, la cual se volcó a cuestionar las acciones del Estado. Indudablemente, parte de esta respuesta fue una expresión espontánea de quienes se sintieron afectados por tales medidas o por la imposición de las leyes plasmadas en la Constitución de 1917 en torno a las prácticas religiosas. Así mismo, es evidente que la mano de una poderosísima institución como la Iglesia católica estuvo detrás de estas manifestaciones públicas y críticas. Estos eventos han de cuestionar la existencia de un espacio como el que plantea Habermas cuando se refiere a la esfera pública. Lo que ocurre en esta coyuntura histórica mexicana es, a la vez, la expresión de un público compuesto por entes privados que ven afectados sus intereses por el estado y el esparcimiento de una campaña propagandística y publicitaria dirigida, que negaría del todo la idea de semejante esfera pública, fuerte e independiente.

            El periodista aparece en esta guerra mediática como un personaje cuya función pública adquiere mucha relevancia. En esta crisis, el periodista apela a cánones rectores de su trabajo como el concepto de veracidad que, en otras coyunturas, no aparecía como un valor primordial de su trabajo. Sin embargo, la veracidad se manipula con fines políticos y, en el caso de los católicos, espirituales, que se alejan mucho de su definición misma. La verdad se manipula, se inserta en discursos políticos que defienden una ideología precisa. Las verdades se multiplican y se oponen, se convierten en opiniones.

            La veracidad, sin embargo, es uno de los valores más importantes para la justificación de cada uno de los bandos en un conflicto; los hechos son trascendentales para legitimar cada lucha. En el caso de los católicos, la veracidad sobre la persecución justifica su lucha; una lucha que se vuelve gloriosa convirtiendo soldados de Cristo en mártires del cristianismo. En el caso del bando revolucionario, los “hechos” que llevarán a probar las violaciones a la Constitución, acreditan el combate contra la intromisión de la Iglesia en los asuntos regulados por el Estado.

            Por último vemos que el periodismo se asimila, su trabajo se discute y crea polémica entre los lectores, quienes toman partido según lo que leen, participan de debate, construyen la esfera pública. Los lectores aparecen como individuos, con opiniones personales formadas por su propio criterio. Representan a un espectro grande las clases sociales y su presencia entre las fuentes históricas nos permite hablar de su importancia como constructores del espacio público.

 

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Archivos

 

Archivo Calles Torreblanca (Fondo Álvaro Obregón)

Archivo General de la Nación (Documentos de la Administración Pública, 1910-1985, Ramo Obregón-Calles).

 



Doctora en Historia de América Latina, por la University of Chicago, con maestría en estudios latinoamericanos, licenciatura en Historia por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Forma parte del Sistema Nacional de Investigadores. Es especialista en historia social y temas relacionados con la Revolución Mexicana; ha realizado investigaciones acerca de la migración española a México en 1939 y en torno al tema del periodismo en México.

Publicado en la revista Cuicuilco, volumen 14, número 39, enero-abril, 2007, pp.151-179,  Escuela Nacional de Antropología e Historia, México.

Felipe Velasco “Don Nadie”, Salinas, Coahuila, al General Plutarco Elías Calles, México, D.F., 21 de agosto de 1926, agn, Ramo Documentación de la administración Pública 1910-1985, Fondo Obregón-Calles, c. 36, 104-1-23, leg. 4 (2)

Carlos Ortiz a compañeros en lucha e ideal, México, D.F., 3 de agosto de 1926, agn, Ramo Documentación de la Administración Pública 1910-1985, Fondo Obregón-Calles, c. 36, 104-L.-23

Ibíd.

Ibíd.

Juan Hernández, Torreón, Coahuila, a General Plutarco Elías Calles, México, D.F., a 7 de marzo de 1926, agn-Ramo Documentación de la Administración Pública 1910-1985, Fondo Obregón –Calles, C. 35, 104-L-23, leg.1

Felipe Velasco “Don Nadie”, Salinas, Coahuila, al General Plutarco Elías Calles, México, D.F., 21 de agosto de 1926, agn-Ramo Documentación de la Administración Pública 1910-1985, Fondo Obregón –Calles, c. 36, 104-L-23, leg. 4(2).

Ibíd.

Luis Monroy Durán, México, D.F. a Plutarco Elías Calles, México, D.F. 12 de marzo de 1926, agn-Ramo Documentación de la Administración Pública 1910-1985, Fondo Obregón-Calles, c. 36, 104-L-23, leg. 2.

Circular de Luis Monrroy Durán a los corresponsales de El Demócrata, México D.F., 10 de marzo de 1926, agn-Ramo Documentación de la administración Pública 1910-1985, Fondo Obregón –Calles, c. 36, 104-L-23. 2.

Ibíd.

Juan Hernández, Torreón, Coahuila, al General Plutarco Elías Calles, México, D.F., a 7 de marzo de 1926, agn-Ramo Documentación de la Administración Pública 1910-1985, Fondo Obregón-Calles, d. 35, 104-L23, leg. 1

Manuel Gamio, Guatemala a Plutarco Elías Calles, México, D.F., 1º de marzo de 1926, agn-Ramo Documentación de la Administración Pública 1910-1985, Fondo Obregón-Calles, c.36, 104-L-23, leg.1.

Nosotros, los Caballeros del Ku Klux Klan del Estado de Utah deseamos felicitarle a usted por la postura que usted ha tomado con respecto a la situación religiosa en México [...] Si no hemos sido mal informado, hay dieciséis millones de personas en México, fuera de esa cantidad sólo cuatro millones puede leer y escribir debido al hecho de que los católicos han predominado en México. En los Estados Unidos se debe poner un alto a este tipo de situaciones, de lo contrario, en poco tiempo sucederá aquí lo mismo que allá [trad. del editor]. Cf. Knisghts the KuKlux Klan of the State of Utha, Salt Lake City, Utha, a Plutarco Elías Calles, México, D.F., 26 de septiembre de 1926, agn-Ramo Documentación de la Administración Pública 1910-1985, Fondo Obregón-Calles, c. 36, 104-L-23.

M. Guzmán, México, D.F. a Plutarco Elías Calles, México, D.F., 4 de junio de 1926, agn- Ramo Documentación de la Administración Pública 1910-1985, Fondo Obregón-Calles, c. 35, 104-L-23.

Manuel Cid y Ricoy, México, D.F., a Plutarco Elías Calles, 26 de julio de 1926, agn-Ramo Documentación de la administración Pública 1910-1985, Fondo Obregón-Calles, c. 35, 104-L-23.

Luis V. Ruiz, Veracruz, ver a Plutarco Elías Calles, México D.F., 1º de julio de 1926, agn-Ramo- Documentación de la Administración Pública 1910-1985, Fondo Obregón-Calles, c. 36, 104-L-23.

Esperanza Echeverría, México, D.F., a Plutarco Elías Calles, México, D.F., 4 de junio de 1926, agn-Ramo Documentación de la Administración Pública 1910-1985, Fondo Obregón-Calles, c. 35, 104-L-23.

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