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Sacerdotes mártires

 

Anónimo

 

He aquí la primera descripción divulgada por escrito acerca del martirio de san Mateo Correa Magallanes, heroico sacerdote asesinado a mansalva por un militar del más alto grado, Eulogio Ortiz Sevilla, quien se ganó el mote de ‘El Cruel’ y el ‘Mata Amarrados’ por su sadismo y su cobardía.

 

Víctimas sagradas

 

El artero y premeditado silencio de la prensa y el cable en lo que se refiere a tal persecución religiosa en Méjico está privando al mundo entero, muy en particular a los católicos, de contemplar uno de los espectáculos más bellos y sublimes que registra la historia de la Iglesia.

Centenares y millares de sacerdotes sufren en estos momentos en el suelo mejicano los más atroces y vergonzosos suplicios por el crimen de defender su fe y predicar la doctrina de Cristo. Más ellos han preferido el martirio a la apostasía; y no importa que el odio de los enemigos de Jesucristo haya hecho de ellos el blanco de sus iras, porque Dios se ha constituido en defensor y glorificador de ese clero tan vilmente injuriado, infundiendo en su corazón la fortaleza del mártir.

 

La voz del papa

 

“Los sacerdotes, por su parte, imitaron la preclara constancia de los obispos y la han hecho suya a través de las penalidades del conflicto, de tal modo, que sus egregios ejemplos de virtud, que han sido para Nos de sumo consuelo, los ponemos ante los ojos de todo el mundo católico y los alabamos porque son dignos de ello”.

“Y sobre este punto, cuando pensamos que, aunque en Méjico se emplearon todos los artificios y los esfuerzos y vejaciones de los adversarios tendían sobre todo a alejar al pueblo y al clero de la sagrada jerarquía y de la sede apostólica, no hubo, sin embargo, entre todos los sacerdotes, sino uno o dos tan sólo que miserablemente traicionaron su sagrado deber; nos parece que todo lo podemos esperar del clero mejicano. Vemos, en efecto, a esos sacerdotes muy unidos entre sí y obedecer de corazón y con respeto los mandatos de sus prelados, a pesar de que en general no puede hacerse esto sin graves daños; vivir del sagrado ministerio, y siendo pobres y no teniendo con qué sustentarlos la Iglesia, soportar la pobreza y la miseria con ánimo valeroso.”

“¿Quién pues, se maravillará de que la ira y la rabia de los adversarios ante todo y principalmente se dirija contra los sacerdotes? Éstos, en cambio, no han vacilado en afrontar, cuando ha sido necesario, la cárcel y la misma muerte, con rostro sereno y ánimo valiente.”

 

Ante los tribunales

 

Los sesenta y un sacerdotes, que a principios de enero de 1927 quedaban en la archidiócesis de Durango, son llamados al cuartel por orden del jefe de las armas. Una vez allí reunidos, el general Madrigal les presenta un escrito exigiéndoles que lo firmen. 

El escrito contiene una declaración de apostasía; por eso el Vicario General, en nombre de todos levanta su voz y rechaza indignado la propuesta; ínstales el militar con innobles ofrecimientos y tremendas amenazas, mas los sesenta y un sacerdotes, como obedeciendo todos a un mismo impulso, declaran unánimes con varonil entereza estar dispuestos a todos los tormentos antes que separarse de la cátedra de Pedro. Este acto de valor cristiano les mereció el ser conducidos inmediatamente a las inmundas prisiones de la Ciudad de Méjico.

 

Una ley injusta y un crimen sin nombre

 

Tal calificativo merece la ley dictada en el mes de enero, por la que se obligaba a los sacerdotes a presentarse en las oficinas del gobierno, forzándolos a emprender largos y penosos viajes. A todos aquellos que fueron reconcentrados en la capital por la fuerza, se les recluyó en las prisiones militares, donde se cometió con ellos el infame crimen de inyectarles gérmenes de diversas enfermedades contagiosas, cuyo solo nombre nos horroriza.

 

Camino del calvario

 

El 22 de marzo pasaban por la ciudad de Salamanca (Guanajuato), en un vagón de carga adherido al tren de pasajeros, dos sacerdotes, uno de ellos con la lengua cortada y un brazo hecho pedazos, el otro con los brazos y las manos destrozados, con una herida debajo del cuello y tirado en un charco de sangre, iban además amarrados. Ni siquiera se les permitió la asistencia de un médico, que en la misma estación se ofrecía a atenderles. Cuadros tan imponentes y tristes como éste se han repetido en otros sacerdotes.

 

El mártir del ministerio pastoral

 

El 30 de enero de 1927, sin atender a los graves peligros que corre su vida, se dirige el padre Correa a auxiliar a un moribundo; en el camino, las tropas del gobierno se apoderan de él; por una providencia especial logra poner a salvo de las profanaciones de la impía soldadesca las especies sagradas que llevaba ocultas.

Durante tres días se le tiene recluido en las cárceles de Fresnillo. El 1º de febrero, a las once de la noche, sale custodiado con verdadero lujo de fuerza, hacia Durango; sobre una plataforma del ferrocarril colocan el automóvil en que fue conducido prisionero a Fresnillo; dos oficiales ocupan los asientos delanteros, el padre Correa y su fiel compañero de prisión se colocan en el interior del automóvil, y como si esto no bastara, sube después buen contingente de soldados que rodean por todas partes a sus víctimas; con este aparato de fuerza da principio el mártir al último paso de su calvario.

Una lluvia pertinaz, el viento frío y, sobre todo, las conversaciones libres y burlescas de los guardias, hacen que esta noche se convierta en un nuevo tormento para el indefenso sacerdote, que sobreponiéndose a las inclemencias del tiempo y a los ultrajes de que es objeto, no cesa de obsequiar, por cuantos medios están a su alcance, durante todo el camino a sus verdugos.

A las once de la noche del día 2 llegan finalmente a Durango, pero les obligan a permanecer en la estación hasta la mañana siguiente, en que les conducen a un inmundo patio de los cuarteles de la ciudad. Tres horas esperan allí. Durante esta larga demora, el padre Correa oye a los oficiales que hablan de su ejecución; de aquí pasan a la jefatura de operaciones, donde quedan por fin en calidad de prisioneros.

 

El misterio de una noche

 

El 5 de febrero, el mártir parece que presiente la proximidad de su triunfo, pues varias veces repite durante el día estas significativas palabras a uno de sus compañeros: “Hoy es día de san Felipe de Jesús, mártir mejicano. Dios nos asista.” Aquel presentimiento no era infundado y pronto iba a ver coronados cumplidamente sus deseos. A las ocho de la noche se presenta un sargento y dice en voz alta: “Señor Mateo Correa, arregle sus cosas porque le manda hablar el general Ortiz.”- El mártir sospechó sin duda todo el alcance de aquellas palabras.   Antes de abandonar la prisión bendice por última vez a sus compañeros.

¿Qué fue lo que ocurrió aquella noche después de la entrevista con el general? El misterio de este nuevo crimen de los perseguidores de la Iglesia en Méjico quedó patente al siguiente día con esta lacónica frase del sargento que custodiaba al padre Correa: “Este señor está ya libre; anoche lo pidió el general.” Dos días después yacía en las afueras de la ciudad el cuerpo del mártir aún insepulto.

Los mismos soldados dan sepultura al cadáver, y desde ese día no han cesado los católicos de acudir a la tumba del nuevo confesor de la fe.

 

Crueldad sin límites

 

Fueron fusilados en un cementerio de la capital diecisiete sacerdotes. Se les coloca al borde de una zanja, y se hace fuego a una sobre todos ellos. Muchos caen aún vivos, y en este estado se les sepulta inmediatamente.

¡Católicos!   ¿Por qué callamos ante estos actos de crueldad y de heroísmo?

 



Cf. Hojitas, nº 6, 4 pp., 15 por 10 cm., Isart Durán Editores, S.A., Balmes 141, Barcelona (1927). Imprescindible para la lectura y comprensión integral de estas “hojitas”  es el estudio Ana María Serna “La calumnia es un arma, la mentira una fe. Revolución y Cristiada: la batalla escrita del espíritu público”, publicado ya en este Boletín.

Considérese que estas ‘Hojitas’ se imprimen en España, donde la grafía usual para México es como aparece en el texto [N. del E.]

Llamamos mártires a estos sacerdotes, sin intención de prevenir el juicio de la Iglesia.

 

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Felicidades a nuestros Sacerdotes Flores Terríquez Rafael · González Reynoso Rafael · Hernández Aviña José Luis · Migoya Vázquez Ignacio Martín ·


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