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El mártir de Puebla

 

Anónimo

 

La muerte a mansalva de un comerciante poblano despertó entre los católicos de esa ciudad, de todo México y de muchas partes donde el hecho se supo, una cadena de amargos reproches en contra del uso brutal que hizo del Ejército el Presidente de la República, Plutarco Elías Calles.[1]

 

Sólo    Dios  no  muere

 

Tal es el grito de victoria que de todos y de cada uno de los cadalsos y tumbas de los confesores de la fe se levanta vibrante y amenazador. Cada gota de sangre del mártir cristiano, es un voto más en favor del reinado de Jesucristo. El cristianismo, para votar contra el imperio opresor de los Césares, no se vistió la blanca y severa toga del ciudadano romano, sino las vestiduras ensangrentadas del mártir cristiano. Así triunfó siempre la Iglesia de sus perseguidores y así triunfará también en Méjico; por eso sobre la tumba de una de las primeras víctimas está escrito ya el grito de victoria:¡Dios no muere!

 

El veterano de Cristo Rey

 

Un comerciante de la ciudad de Puebla, llamado José García Farfán, hombre de avanzada edad y católico de profundas convicciones, por cuyos cansados miembros corría aún vigorosa la sangre de mártires, puso en el escaparate de su tienda varias hojas de propaganda religiosa y un gran letrero que decía: ¡Viva Cristo Rey! Farfán no teme las iras de los perseguidores; está dispuesto a derramar su sangre por Dios, y quiere que conste a la ciudad que aquella es la causa de un veterano del Rey perseguido.

Pronto vio el valiente católico cumplidos sus deseos, pues el odio de los enemigos de Cristo no se hizo esperar.

El 20 de julio de 1926, al pasar el general Amaya, jefe de las armas de Puebla, frente al escaparate que proclamaba la realeza de Cristo, se detiene, indignado, ante aquellainscripción, entra inmediatamente en la tienda y manda con imperio a Farfán que retire aquellas hojas.

-¡No!- responde a secas el anciano levantando tranquilamente la cabeza.

El general, enfurecido al ver la entereza del cristiano, le insulta soezmente e intenta golpearlo; mas Farfán sabe defender con valor y energía “sus derechos de hombre y de creyente”. Entonces uno de los oficiales, para hacer méritos ante su jefe, dispara sobre el indefenso comerciante, pero sin lograr matarlo.

 

En las prisiones

 

De allí, por orden del mismo general, es conducido Farfán a uno de los cuarteles de la ciudad, donde queda recluido entre los malhechores.

Proceden a formarle un consejo de guerra sumarísimo, cosa jamás vista, por tratarse de un civil. Entre tanto los familiares del prisionero y los miembros de la “Unión Popular Católica” empiezana gestionar un amparo ante el juez numerario y otro ante el supernumerario, con el fin de impedir la ejecución.

 

La tiranía ante el derecho

 

Los abogados corren inútilmente a presentar el amparo a los que tramitan la ejecución, y son rechazados sin permitírseles la entrada. Van entonces en busca del jefe de las operaciones, y también éste se niega a recibirlos. A las ocho de la noche se presenta uno de los defensores al jefe de la guardia, para hacer entrega, ante un notario, del pliego que ampara al prisionero; por toda respuesta el oficial le pone el revólver al pecho, amenazándole con disparar si no se aparta inmediatamente de allí. Ante esta violencia del derecho, el abogado arroja el pliego y se retira. Algunos de los militares que forman parte del tribunal manifiestan no ser conforme a derecho que se juzgue militarmente a un civil; nada, sin embargo, convence a los partidarios del general Amaya. Al proclamar Farfán públicamente la realeza de Cristo, parece haber cometido el más horrendo de los crímenes; y si al mismo Cristo le costó la vida declarar públicamente que Él era Rey de las naciones, no es extraño que el vasallo muera por la confesión de esta misma verdad. Ni debe admirarnos que en la muerte de Farfán se violen las leyes y se proceda contra toda justicia, pues no se procedió de otro modo en la de Cristo.

A las nueve de la noche se hace la consignación a uno de los juzgados federales, pero con la condición de que no se entregaría el prisionero sino hasta el siguiente día, por ser ya muy avanzada la hora.

Entre tanto la ilustre víctima, como los primeros mártires de las cárceles romanas, espera con ansia que se rompan los cerrojos de sus prisiones para ser arrojado a las fieras y triturado entre sus garras. Ni el peso de los años ni las afrentas y trabajos de aquel día han hecho decaer el ánimo del mártir.[2]

 

Al abrigo de las tinieblas. El martirio

 

Apenas amaneció el nuevo día, protegidos aún por las tinieblas, sacan a Farfán en un camión custodiado por un oficial y veinte soldados. El odio de los enemigos de Cristo no puede contenerse ya, y antes de llegar al lugar destinado para la ejecución, en una de las calles de la ciudad, el mártir cae acribillado a balazos. Y como si esto fuera poco, se acercan al cuerpo “venerando” de la víctima para inferirle nuevos ultrajes, destrozándole los dientes.

Así acabó aquel veterano de Cristo Rey. Sobre la nieve blanca de sus cabellos ostenta hoy la corona de un ilustre martirio. Y este triunfo es tanto más glorioso y digno de encomio, cuanto que los enemigos de Cristo son vencidos esta vez no por un vigoroso atleta, sino por un anciano de cansados y torpes miembros.

¡Farfán murió por la causa de Dios, pero Dios no muere! ¡La sangre del nuevo mártir es un voto más en favor de la realeza de Jesucristo!

 

Calumnias y contradicciones

 

Dos señoritas que vivían en la misma calle donde se martirizó a Farfán, al oír las descargas salieron al balcón y vieron cómo huían los soldados y el oficial, dejando el cuerpo del mártir sobre el camión.

El general Amaya redactó inmediatamente un telegrama para el perseguidor Calles, en que contaba mil falsedades, siendo la primera que la víctima había disparado un revólver, cosa enteramente falsa. El mismo general, en otro telegrama a la prensa, quiso explicar el hecho de haber encontrado a Farfán muerto en un camión a causa de haberlo querido defender los católicos, cosa igualmente falsa.

 

El primer grito de victoria

 

Una vez aprehendido Farfán, Amaya abre el escaparate, rompe las hojas de propaganda religiosa que en él había, las arroja fuera y lo sella; mas, no sin misterio, un solo fragmento de las hojas destruidas queda adherido al cristal del escaparate. Es un grito de aliento para los católicos perseguidos y una amenaza terrible para los perseguidores. En él se leen estas significativas palabras: ¡Solo dios no muere, ni morirá jamás! ¡Cristo vive! ¡Cristo reina! ¡Cristo impera! Grito eterno de victoria que lanza el cristianismo a través de los siglos.

 

La alegoría de un sello

 

Coincidencia especial; las anteriores palabras han quedado resguardadas por el sello de la jefatura de armas, puesto por el general sobre ellas al clausurar el escaparate; de este modo, pues, queda autorizada por el mismo gobierno perseguidor, con todos los requisitos de la ley, la verdad en ellas proclamada, como quedó también la resurrección de Cristo con los sellos puestos a su sepulcro.

Este hecho no es sino una bellísima alegoría del triunfo de la Iglesia en Méjico, triunfo que está resguardado por los sellos con que Calles ha clausurado las escuelas, los templos y todo aquello que lleva el nombre de Dios; sin ellos no hubiéramos contemplado tanto heroísmo y tanto valor cristiano en los perseguidos católicos, que saben ir a las cárceles y a los patíbulos con la sonrisa en los labios y el grito de ¡Viva Cristo Rey! por contraseña; sin esos sellos jamás hubiéramos visto esa falange de nobles y generosos jóvenes que van sembrando los senderos de su juventud con rosas de martirio.

¡Católicos, orad por Méjico!

 



[1]Cf. Hojitas, nº 5, 4 pp., 15 por 10 cm., Isart Durán Editores, S.A., Balmes 141, Barcelona (1927). Imprescindible para la lectura y comprensión integral de estas “hojitas”  es el estudio Ana María Serna “La calumnia es un arma, la mentira una fe. Revolución y Cristiada: la batalla escrita del espíritu público”, publicada en Cuicuilco, vol. 14, núm. 39, enero-abril, 2007, pp. 151-179, revista de la Escuela Nacional de Antropología e Historia de México.

[2]Llamamos mártir a Farfán, sin intención de prevenir el juicio de la Iglesia.

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