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Estudio sobre la evolución religiosa de Amado Nervo (5ª parte)


María de los Ángeles Ramos Arce[1]

 

Concluye un trabajo que arroja luces en torno a la vida y a la obra de un preclaro jalisciense (nació en Tepic cuando el territorio de Nayarit formaba parte del Estado de Jalisco y de la arquidiócesis de Guadalajara), que contempló en su tiempo la posibilidad de aspirar al estado eclesiástico, pero al que las vueltas de la vida llevaron por las más diversas sendas, sin olvidar totalmente las raíces. Lo más notable de esta investigación es su temporalidad, pues se compuso apenas 25 años después de la muerte del poeta

 

 

8. El poeta de la muerte

En un esmalte de Claudius Popelin -1868- puede verse al poeta parnasiano francés, nacido en Cuba, José María de Heredia, revistiendo la armadura de un conquistador del siglo xvi. La barba oscura, la firmeza del perfil, la energía del gesto, asemejan al autor de Les Trophéss con uno de los héroes de la epopeya de Cortés o de Pizarro.

            Si Amado Nervo hubiera posado ante un pintor que reprodujese su manera de ser, tendríamos ahora en tela un perfecto señor de la Edad Media, un cruzado, un caballero galante…

            Su ansia del infinito, su recogimiento interior, su religiosidad, su fiel amor, su nobleza de ideales, -su Dios y su dama-, su galantería, todo hace de Nervo un personaje ilustre del medioevo. Todo ese conjunto se completa aún con la idea de la muerte que lo acompañó toda la vida, desde la tierna infancia hasta su encuentro con ella, después de haber pasado por los más variados sentimientos.

            Nervo es el caballero de la muerte.

            La idea fija de la muerte evoluciona en él paralelamente a sus creencias religiosas y se entrelaza con ellas.

            La primera impresión del poeta frente a la muerte fue de horror, de verdadero miedo pánico. El escritor que recuerda todos los aspectos de su vida, nos dice en cual ocasión “se revolvió su espíritu con más fuerza” ante la muerte en su niñez.

           

“Fue con motivo de la muerte del cura de mi pueblo, que produjo una emoción muy dolorosa en todo el vecindario. Tendiéronle en la parroquia, revestido de sus sagradas vestiduras, y teniendo entre sus manos, enclavijadas sobre el pecho, el cáliz donde consagró tantas veces. Mi madre nos llevó a mis hermanos y a mí a verle, y aquella noche no pegué los ojos un instante. La espantosa ley que pesa con garra de plomo sobre la humanidad, la odiosa e inexorable ley de la muerte, se me revelaba produciéndome palpitaciones y sudores helados.

-¡Mamá, tengo miedo!- gritaba a cada momento; y fue en vano que mi madre velara a mi lado; entre su cariño y yo estaba el pavor, estaba el fantasma, estaba “aquello” “indefinible” que ya no había de desligarse de mí”…[2]

 

            Recuerda cómo después de aquel día, cada muerto dejaba una angustia espantosa en su alma; y en el colegio, donde anualmente los padre jesuitas les daban algunos días de ejercicios espirituales, salía después de los sermones sobre “el fin del hombre” presa del pánico, y mis noches eran tormentosas hasta el martirio”.[3]

            Para contrarrestar este miedo morboso y para ayudarse con ejemplos prácticos, leía en las diferentes biografías que se encontraba, el final de cada uno de los protagonistas.

           

“Leía yo y releía, analizaba y tornaba a analizar sus palabras postreras, para ver si encontraba escondido en ellas el miedo, “mi miedo”, el implacable miedo que me come el alma…

-Now I must sleep- decía Bayron, y había en estas palabras cierta noble y tranquila resignación que me placía.

-Creía que era más difícil morir…decía el feliz y mimado Luis xv, y esta frase me llenaba de consuelo…Ese, pues, no había tenido miedo ni había sentido rebeliones…

-¡Dejar todas esas bellas cosas!...Clamaba Mazarino acariciando en su agonía con la mirada los primores de arte que llenaban su habitación, y ese grito de pena no me desconcertaba, porque yo a la muerte no le he temido jamás porque me quita lo que es mío…El amor a las cosas es demasiado miserable para atormentarme…

este gemido me congelaba el ánimo.

…-¡Vaya una cuenta que vamos a dar a Dios de nuestro reinado!- decía Felipe iii de España, y estas palabras me acobardaban más de la medida.

-¡Ah!¡Cuánto mal he hecho!- sollozaba Carlos ix de Francia, recordando la Saint-Barthélemy, y este sollozo me pavorizaba el corazón”.[4]

 

Trataba entonces de encontrar palabras que le reconfortasen e iba a buscarlas en los libros de los santos: ¡Vivo sin vivir en mí, / y tan alta vida espero, /  que muero porque no muero! cantaba santa Teresa, “Y envidiaba rabiosamente a aquella mujer que amó de tal manera la muerte y la ansió de tal manera, que pasó la vida esperándola como una novia a su prometido”.[5]

Este miedo a la muerte contribuyó sin duda a llevar a Nervo a querer consagrar su vida a Dios en el sacerdocio. Fue al seminario en busca de amor y de paz. “Le plaisir de mourir sans peine. Vaut bien la peine de vivre sans plaisir”, repetía un joven oficial del ejército francés al retirarse a la vida silenciosa de la Trapa. Con este mismo motivo Nervo, tal vez, dejaba el mundo. Durante su año de seminarista, murió su hermano Francisco, cuya hermosa muerte ayudó el mayor tan eficazmente: “-Y envidié rabiosamente también a mi hermano, que se iba así, con la frente sin sombras y la tranquila mirada puesta en el crepúsculo, que se desvanecía como él…”[6]

Mas su terror continuaba, rara vez se pasaba una noche sin que despertase súbitamente pensando en su próximo fin, con las sienes bañadas por un sudor glacial. ¿Cuál era el motivo del miedo de Nervo? No temía dejar la vida, pues siempre trató de desasirse de todas las cosas. Pero temía la muerte por todo lo desconocido, que nos viene por ella. “Pues de la muerte el hondo, desconocido Imperio, / guarda el pavor sagrado de su fatal misterio”,[7] escribe Darío. De ahí la prudencia de Nervo: “Vale más errar creyendo, que errar dudando”. Se lee en Plenitud.

            Temía desde la manera como salimos de este mundo. Habíase informado con multitud de médicos de cuántas maneras se puede morir y si se padece en el último instante. Casi todos le aseguraban que morimos en perfecta inconciencia, por desmayo o asfixia. Esta última manera de morir le atormentaba sobre todo; pero lo que le causaba un verdadero pavor era lo que él, repitiendo a Flaubert, llamaba le trou noir, “Agujero sin límites, gigante / y medroso agujero, / ¡cómo intriga a los tontos y a los sabios / la insondabilidad de tu misterio!”[8]

Cuando visitaba la villa de Ávila, impregnada aún del recuerdo de Santa Teresa, Nervo recitaba para sí, “a la sombra de esos muros seculares”, los versos de la santa mujer: “Hace yo más de tres siglos, ¡oh santa madre Teresa que tu vivo deseo de morir cristalizó por fin… De no morir morías: ¡Ruega por nosotros los que ni siquiera podemos anhelar la muerte, porque nos da miedo aquello que hay detrás de la sombra”[9]

A la muerte de su madre estalla su pena en un grito de desgarradora angustia: “¡Oh! Padre de los vivos, ¿adónde van los muertos, / a dónde van los muertos, Señor, a dónde van?[10]

El pavor fue debilitándose en él desde que compartió con Ana todos los sinsabores de su vida. Ana fue el sedante de todos sus dolores.

 

“Entonces, si la muerte volvía, con su quedo / andar, yo le tenía ya mucho menos miedo. /…Con tal de marchar juntos, qué importan tu supremo / horror y tus supremos abismos, oh callada / Eternidad… Con ella no temo nada, nada. /… ¿Qué más me dan las negruras del arcano / si voy por los abismos cogido de su mano?” [11]

 

            Con esta semitranquilidad empieza a mirar la muerte a otra luz. La muerte le traerá respuesta a su duda, pues cuando llega la muerte termina la fe: “La muerte, nuestra señora, / está llena de respuestas: / de respuestas para todos / los porqués de la existencia”.[12]

Cuando Rubén Darío murió, Nervo lo envidia, porque como anuncia triunfalmente el poeta nicaragüense, por boca de los centauros: “Quirón: “La muerte es la victoria de la progenie humana. / Medón: ¡La muerte! Yo la he visto. No es demacrada y mustia, / ni ase corva guadaña, ni tiene faz de angustia. / Es semejante Diana, casta y virgen como ella; / En su rostro hay la gracia de la núbil doncella / y lleva una guirlanda de rosas siderales, / En su siniestra tiene verdes palmas triunfales, / Y en su diestra una copa con agua del olvido. / A sus pies, como un perro yace un amor dormido. / Amico: Los mismos dioses buscan la dulce paz que vierte. / Quirón: “La pena de los dioses es no alcanzar la Muerte”.

Al fin sabía Darío lo que tanto  buscaron juntos: “Hermano, Cuántas noches tu espíritu y el mío, / unidos para el vuelo, cual dos alas ansiosas, / sondear quisieron ávidas el Enigma sombrío, / más allá de los astros y de las nebulosas. …Hoy ya tu vida, inquieta cual torrente bravío, / en el mar de las Causas desembocó; /… ¡ya sabes todas las cosas!”.[13]

La muerte de Ana lo pone frente al temido, inevitable y único momento de la vida, aquel en que se deja el mundo. Entonces ya no huye de la idea de la muerte:

 

“Aquel fantasma negro, que miraba temblando / yo antes, blandamente se fue transfigurando… / en la pálida faz del Espectro, indecisa / como un albor naciente, brotaba una sonrisa; / brotaba una sonrisa tan cordial, de tal suerte / hospitalaria, que me pareció la Muerte / más madre que las madres…; /…sus brazos más seguros que todos los regazos… / ¡Y acabé por echarme, como un niño, en sus brazos!

 

            Y con sosegado abandono añade: Hoy ella es la divina barquera en quien me fio; / con ella, nada temo; nada temo; con ella nada ansío. / [14]En su gran barca de ébano, llena de majestad, / me embarcaré tranquilo por la eternidad”.

            La transformación en él, había empezado, su consumación se efectuará más tarde en las más sublimes elevaciones del espíritu. Empieza por pensar en Ana muerta:

 

“La santidad de la muerte / llenó de paz tu semblante, / y yo no puedo ya verte / de mi memoria delante / sino en el sosiego inerte / y glacial de aquel instante /.En el ataúd exiguo, de ceras a la luz fatua, tenía tu rostro ambiguo / quietud augusta de estatua / en un sarcófago antiguo. / Quietud con yo no sé qué / de dulce y meditativo; / majestad de lo que fue; / reposo definitivo / de quien ya sabe el por qué”.[15]

 

Y al paso que los días, las semanas, los meses transcurren, Ana es, cada vez más, la cifra de su pensamiento, el poeta se absorbe en la contemplación de su recuerdo: “¿Mi secreto? ¡Es tan triste! Estoy perdido / de amores por un ser desaparecido, / por un alma liberta, / que diez años fue mía, y que se ha ido… / ¿Mi secreto? Te lo diré al oído: / ¡Estoy enamorado de una muerta!”.[16]

Su amor doloroso lo fue acostumbrando a la idea de la muerte, hasta llegar a esperarla con anhelo. Cada noche al extenderse en el lecho cruzaba las manos sobre el pecho en la postura de los que ya descansan en el ataúd, ¡estaba tan seguro que ya para él no amanecería sobre la tierra!

 

“Muerte, ¡cómo te he deseado! / ¡Con qué fervores te he invocado! / ¡Con qué anhelares he pedido / a tu boca su beso helado! / ¡Pero tú, ingrata, no has oído!/…Vendrás, quizá, cuando la vida / me muestre una veta escondida / y encienda para mí una estrella. / ¡Qué importa! Llega ¡oh Prometida! Siempre serás bienvenida, / ¡pues que me juntarás con ella!”[17]

 

Así llegó a desear la muerte. ¡Cómo agradece a Ana que lo haya librado del atormentador compañero de su vida!:

 

“Bendita seas, porque me hiciste / amar la muerte, que antes temía. / Desde que de mi lado te fuiste, / amo la muerte cuando estoy triste; / si estoy alegre, más todavía. / En otro tiempo, su hoz glacial / me dio terrores: hoy es amiga, / ¡Y la presiento tan maternal… / Tú realizaste prodigio tal! ¡Dios te bendiga! ¡Dios te bendiga!” [18]

 

La evolución del sentimiento de la muerte en Nervo se inició con la pérdida de Ana; después de haber destruido inveterados sentimientos y opiniones, después de haber removido su alma hasta lo más hondo, comenzó la obra reconstructora, el período de elevación y de verdadera serenidad. De entonces en adelante, va a hollar el sendero que le llevará a Dios: “¡Oh muerte!, creadora del misterio: tú hiciste / que la inquietud volase por vez primera en pos / del Ideal. Mirando tu faz augusta y triste, / el hombre alzó los ojos y se encontró con Dios”.[19]

Desde entonces una perfecta resignación será el sello de su vida, estará dispuesto a vivir o a morir, el que se rebelaba contra la muerte y el destino se entrega ahora en manos de Dios:

“Si amas a Dios, en ninguna parte has de sentirte extranjero, porque Él estará en todas las regiones, en lo más dulce de todos los paisajes, en el límite indeciso de todos los horizontes. / Si amas a Dios, en ninguna parte estarás triste, porque a pesar de la diaria tragedia, Él llena de júbilo el universo./Si amas a Dios, no tendrás miedo de nada ni de nadie, porque nada puedes perder y todas las fuerzas del cosmos serán impotentes para quitarte tu heredad./ Si amas a Dios, ya tienes alta ocupación para todos los instantes, porque no habrá acto que no ejecutes en su nombre, ni el más humilde ni el más elevado./ Si amas a Dios, ya no querrás investigar los enigmas, porque le llevas a Él, que es la clave y la resolución de todos./ Si amas a Dios, ya no podrás establecer con angustia una diferencia entre la vida y la muerte, porque en Él estás y Él permanece incólume a través de todos los cambios”[20]

 

La evolución del sentimiento de la muerte en Nervo termina con la apoteosis de su anhelada serenidad:

 

“Me marcharé Señor, alegre o triste; / mas resignado, cuando al fin me hieras. / Si vine al mundo porque tú quisiste, / ¿no he de partir sumiso cuando quieras? / Un torcedor tan sólo me acongoja, / y es haber preguntado el pensamiento / sus porqués a la Vida… ¡mas la hoja / quiere saber dónde la lleva el viento!/ Hoy, empero, ya no pregunto nada: / cerré los ojos, y mientras el plazo / llega en que se termine la jornada, / mi inquietud se adormece en la almohada / de resignación, en tu regazo”.[21]

 

¡Y así será hasta el fin!

 

9. Hacia Dios

 

El dolor derrumbó sin piedad la elevada torre inmaterial de Nervo, desde donde provisto de telescopios, antenas, argumentos filosóficos y hasta médiums, surcaba el firmamento y se hundía en el abismo del misterio buscando el “más allá”.

            El dolor vino a destrozar a Nervo su torre de Babel, a reducir a polvo los despojos, a allanar el camino y a mostrarle el rumbo definitivo para llegar a la Verdad.

            El dolor, cuando tropieza con un alma noble, hace de ella su morada, la recorta, la lima, la pule, para modelar en ella una obra de arte: “Soyez béni, mon Dieu, qui donnez la souffrance / Comme un divin remède à nos impuretés / Et comme la meilleure et la plus pure essence / Qui prépare les forts aux saintes voluptés!” Exclama Baudelaire, en uno de sus raros momentos en que siente la náusea de la amargura del pecado.

El dolor se encontró con Amado Nervo, y el “hombre dulce de cabeza cristiana”[22] lo acogió con bondad, se asió fuertemente de su mano y juntos emprendieron el camino hacia Dios:

“¡Oh dolor! Buen amigo, buen maestro de escuela, / gran artífice de almas, incomparable espuela/ para el corcel rebelde… hiere, ¡hiere hasta el fin! / ¡A ver si de ese modo, / con poco de lodo, / forjas un serafín!”[23]

 

El dolor se presenta ante él con la apariencia de la soledad –período de destrucción

El tránsito de Ana deja atónito a Nervo:

 

“¡Señor, no puedo resignarme, no! / ¡Si te digo que ya estoy resignado, / y si murmuro fiat voluntas tua, / miento, y mentir a Dios es insensato! / ¡Ten piedad de mi absurda rebeldía! / ¡Que te venza, Señor, mi viril llanto!”[24] Después tomará la forma del remordimiento, -período de purificación- no menos angustioso: “De todo mi pasado; / de todas mis tristezas; de todos mis contentos; / de lo mucho perdido, /  de lo poco ganado, / de lo que he sonreído / y de lo que he llorado, / ¿qué me queda? Una cosa, no más remordimientos”.[25]

 

Pero ya henchido de humilde esperanza añade:

 

 “¡Oh Señor! ¿No me es dado vivir una vez más / para llenar de nuevo mis ánforas vacías / del vino generoso que Tú al nacer nos das? / Ennoblece a lo menos mis postrimeros días, / y si hubo muchos yerros… ¡ya los perdonarás, / teniendo en cuenta las / tan raras alegrías!”.[26]

 

El dolor se presentará también ante él, embozado con el sombrío manto de la pobreza –período de desprendimiento-. En 1914, durante la Revolución mexicana, Nervo quedó cesante de su puesto como secretario de la Legación de México; entonces, como en 1901, vivió de su pluma en tierra extranjera. El poeta, acostumbrado ya a desasirse de las vanas cosas del mundo, con una sorprendente afabilidad abre la puerta a la pobreza:

 

“¡Oh santa pobreza, / dulce compañía, / timbre de nobleza, / cuna de hidalguía: / ven, entra en mi pieza, / tiempo ha no te veía, / pero te aguardaba / y austero pasaba / la existencia mía!”.[27]

Mostró cabalmente toda la nobleza de su natural y la sinceridad de sus palabras cuando, el Congreso Español, viendo la penosa situación económica del poeta, habló de otorgarle una pensión.

Nervo entonces, agradecido, tomó su pluma, para mostrar su gratitud pero rehusó la posible ayuda: estaba aún en buena salud y podía por sí solo ganarse la vida; “supo tener el alto siempre en su penacho”.[28] Unos meses después, cuando se estableció el Gobierno Constitucionalista de la Revolución, Nervo fue reintegrado en su puesto de Primer Secretario. La pobreza, los remordimientos y la soledad habían cumplido su cometido purificador y doloroso, “Su antigua fe había tomado en los últimos tiempos un vago tinte dubitativo; mas el buen maestro dolor le ha hecho de nuevo recordar la senda azul” dice Rubén Darío,[29] y Nervo lo confiesa: el dolor: “Pulió mi espíritu como una lima / y como acero mi fe templó”.[30] Así puede ya desafiarlo:

 

“Dolor, pues no me puedes / quitar a Dios, ¡qué resta de tu eficacia! / ¡Dónde está tu aguijón!”/… ¡Oh dolor, tú también eres esclavo / del tiempo; tu potencia / se va con los instantes desgranando: / mientras que el Dios que en mi interior anida, / más y más agigántase, a medida / que más le voy amando!” [31]

 

Y entonces empieza en él el período de reconstrucción, cimentado en un desasimiento absoluto  todas las cosas y de sí mismo, desasimiento que, progresivamente, a medida que más se ahonda, más va llenando su alma de paz, de esperanza y de amor, pues como dice san Juan de la Cruz: “El amor no consiste en sentir grandes cosas, sino en tener gran desnudez y padecer por el Amado”: “¡Señor, yo te bendigo porque tengo esperanza! / Muy pronto mis tinieblas se enjoyarán de luz… / Hay un presentimiento de sol en lontananza; / ¡me punzan mucho menos los clavos de mi cruz!”.[32]

La transformación de Nervo es palpable en el transcurso de las dolorosas jornadas por las que su alma fue ascendiendo hacia el amor divino.

Se entrega por completo al amor de Dios y de Cristo mas, siempre a su manera, con una fuerza y a la vez un sosiego tales que inundan su alma de sublime ternura y de infinita paz. Para él sólo Dios existe ya en todas las cosas, en su alabanza entona un himno de fe y de amor:

 

“Señor, Señor, Tú antes, Tú después, Tú en la inmensa / hondura del vacío y en la hondura interior: / Tú en la aurora que canta y en la noche que piensa: / Tú en la flor de los cardos y en los cardos sin flor, / Tú en el cenit a un tiempo y en el nadir; Tú en todas / las transfiguraciones y en todo el padecer; / Tú en la capilla fúnebre y en la noche de bodas; / Tú en el beso primero y en el beso posterior. / …Si la ciencia engreída no te ve, yo te veo; / si sus labios te niegan, yo te proclamaré. / Por cada hombre que duda, mi alma grita: “Yo creo” / ¡Y con cada fe muerta, se agiganta mi fe!”[33]

 

            Nervo ha llegado a alturas tales que, tal vez, su alma ya no pueda por mucho tiempo detenerse en la prisión de su cuerpo; así lo presiente y lo expresa en unos versos, los cuales comenta Diez Canedo diciendo:

 

“Cuando un poeta hace versos así, ya casi no es de este mundo”[34]/ “Siento que algo solemne va a llegar en mi vida. / ¿Es acaso la muerte? ¿Por ventura el amor?/ Palidece mi rostro; mi alma está conmovida, / y sacude mis miembros un sagrado temblor.

Siento que algo sublime va a encarnar en mi barro; / en el mísero barro de mi pobre existir. / Una chispa celeste brotará del guijarro, / y la púrpura augusta va el harapo a teñir. / Siento que algo solemne se aproxima, y me hallo / todo trémulo; mi alma de pavor llena está. / Que se cumpla el destino, que Dios dicte su fallo. / Mientras, yo, de rodillas, oro, espero, y me callo, / para oír la palabra que el Abismo dirá”.[35]

 

            La muerte no llegó…pero sí- de nuevo- el amor.

            Amado Nervo, el hombre que ya casi no parecía sino un alma, amó con una fuerza tal vez más espontánea, porque había purificado su corazón y afinado sus sentimientos.

            La hija de Ana había crecido al lado del poeta, y los dieciocho años se encontraron enfrente de los cuarenta y cinco, y Nervo amó a la hija de Ana, otro “rayo de luna” para el poeta:

“Pasas por el abismo de mis tristezas / como un rayo de luna sobre los mares, / ungiendo lo infinito de mis pesares / con el nardo y la mirra de tus ternezas. /Ya tramonta mi vida; la tuya empiezas; / mas salvando el tiempo los valladares, / como un rayo de luna sobre los mares / pasa por el abismo de mis tristezas”.[36]

 

            ¿Era la prolongación del amor de su vida? ¿Era la impresión de hallarse a una nueva Ana, con la gracia y la juventud de la mujer que se le entregó en París? ¿Era el amor verdadero? ¿Era una prueba más para fortalecer en él el amor divino?... Nervo amó a la hija de Ana y se lo confesó. ¿Cuál fue la respuesta de la joven? “-¿Yo con mis dieciocho años esposa de usted? ¡Ca!¿Cómo decir: “te quiero”, si añadir “papá”?”.[37]

El golpe fue duro para Nervo, mas no por esto cedió a su empeño amoroso, creyó que con perseverancia conquistaría a la joven. De ella no consiguió siempre sino negativas. En El estanque de los Lotos el poeta finge toda una estrategia de voluntad para acallar en su corazón el amor hacia “Helena”. Una voz interior le aconsejó:

 

…”Escucha, voy a darte el secreto: / ¿Ansías, por ventura, saber si tu heroísmo / puede vencer a Helena? Pues véncete a ti mismo / primero; si en tu espíritu dominas este amor, / para el dominio de ella tendrás fuerza mayor. / La voluntad lo externo subordina y domeña, / si con antelación de sí misma se adueña. / Nada resiste al hombre que sabe resistir a sus propios deseos. Para vencer, morir / antes es fuerza: tuyo será el mundo después. / ¡No sea, y podrás más que todo lo que es!”[38]

 

El poeta trató de domar el deseo para volver a recobrar la paz: “Por fin a la eminencia del gran reposo llego: / maté ya toda angustia, vencí ya todo apego. / ¡Yace a mis pies el ansia turbadora y tenaz! / ¡Estoy en paz…, estoy en paz…, estoy en paz…”.[39] Cuando él mismo quiso aguijar su sentimiento, para probar, tal vez, la fuerza de su voluntad:

 

“Ve, búscala mañana, pues la quieres: de cierto / que, como una gran rosa, su corazón abierto / te acogerá. Ya es tuya.

…” ¡Para qué!”/ ¿He de ser por ventura, tan necio, tan menguado, / que te deje por ella después de haberte hallado?/…¡Con qué placeres vanos, con qué don baladí / pudiera contentarme teniéndote yo a ti! / ¡Qué deleites podría darme la creación / análogos al éxtasis de tu contemplación!”[40]

 

            El poeta podrá cantar su victoria, mas, en realidad, su amor hacia “Helena” no cedió. Nervo, siempre noble y caballero, no pudiendo ya vivir con la hija de Ana que no había consentido en ser su esposa, emprendió el viaje a su patria, después de doce años de ausencia, para confiar a la joven y al porvenir que la esperaba, en buenas manos.

            Llegaba a México con anhelos de paz dentro del alma, entonando el canto del cisne:

 

“Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, Vida, / porque nunca me diste ni esperanza fallida,          / ni trabajos injustos, ni pena inmerecida; /Porque veo al final de mi rudo camino / que yo  en ellas puse hiel o mieles sabrosas: cuando planté rosales coseché siempre rosas/ …Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno; / ¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!/ Hallé sin duda largas las noches de mis penas; / mas no me prometiste noches buenas; / en cambio tuve algunas santamente serenas…/ Amé, fui amado, el sol acarició mi faz. / ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!”.[41]

 

iv.  Luz

 

10. Su muerte

 

Amado Nervo fue recibido en México con júbilo, afecto y veneración. Su fama lo había precedido para preparar el triunfo. El poeta de “la hondura interior”, el cantor “en voz baja”, había sido oído en todas las esferas literarias y sociales. Todos deseaban ver al hombre “de perfil de águila y entraña de paloma”[42], tocar su mano, oír su voz. Su puerta se veía asediada diariamente por poetas y amigos, profesores y estudiantes, jóvenes en busca de un autógrafo, mujeres que piden ayuda o “recomendación”, porque todos saben que el autor de Elevación posee un corazón henchido de bondad y un alma saturada de comprensión para sus semejantes.

            El poeta que anhelaba cantar como fray Luis de León: “Vivir quiero conmigo, / gozar quiero del bien que todo debo al cielo, / a solas, sin testigo, / libre de amor, de celo, / de odio, de esperanzas, de recelo”.[43]

Se veía obligado a recibir continuamente a sus visitantes, y a complacerlos hablando, comentando, recitando sus propios versos. Y no parece forzarse hacerlo; el hombre habla con cada uno de sus interlocutores con el interés, la alegría, la gentileza, la galantería, con que conversaría con el personaje más ilustre de la tierra. Sólo Dios conoce lo que pasa entonces en el alma del poeta:

“Señor, no puedo huir a la montaña, / no puedo ir a buscarte en el desierto, / porque es fuerza morar entre los hombres. / El engranaje de mi vida quiso / que lazos irrompibles / me ligasen a innúmero de ellos, y dicen todas las filosofías / que el precepto esencial es el de amarlos”.[44] Y Nervo ama a sus semejantes, no por encontrar en ellos simpatía, consuelo o comprensión, pues “…Tú bien lo sabes, / sus voces vanas me ensordecen; sufro / un tedio irremediable de sus risas, / de sus plebeyos goces, / de su inicipiencia hinchada, / de su incesante y fútil hormigueo”,[45] Y en cambio anhela el silencio interior: “Yo sé que sólo un día / a tus pies, contemplándote en silencio / con la interior mirada del espíritu, vale más que otros mil bajo las tiendas / de los tristes humanos”.

 

Pero ya desde hacía tiempo había comprendido que debía a los hombres el beneficio de su caridad, ¿no decía ya desde “La Hermana Agua”: “…Para cubrir los peces del fondo que agonizan / de frío, mis piadosas ondas se cristalizan”. En una tarjetita de pergamino -dice el doctor Alfonso Méndez Plancarte-:[46] “Propósitos: no enojarse jamás. No negar nunca un  favor, si podemos hacerlo. No hablar mal de nadie. La oración por excelencia: “Fiat volutas tua”. El poeta cumplió sus propósitos hasta olvidar sus propios anhelos para satisfacer a los demás, y con mano de maestro en la sublime caridad escribe:

 

“…es ésta, ya lo ves, la prueba máxima / de amor que puedo darte: / no estar contigo, por estar con ellos… / Por escuchar sus quejas, ¡ay! Dejarte; / por ayudarles, padecer el frío / de tu ausencia, bien mío; / trocar por sus negruras tus destellos, / ¡y por amarlos, parecer no amarte!”.[47] Y los humanos acudían a él, sedientos de las palabras de la boca de aquel cuerpo espiritualizado, aunque tal vez decía más con su mirada profunda que con sus labios; bien podrían aplicársele los dos versos de Ricardo León: “Para ti ya no hay noches ni auroras / la eternidad sobre los ojos tienes…”.[48]

 

Su estancia en México no se prolongó por muchos meses: el 13 de agosto de 1918 fue nombrado Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario en Argentina y Uruguay; el 14 de marzo de 1919 desembarcó en Buenos Aires.

En la República de la Plata, Amado Nervo encontró una acogida tal vez más cálida que la que se le tributara en su propio  México. Ya es “muchedumbre” la que se congrega en las calles para saludarlo a su paso, todos los ojos desean contemplar al mayor poeta de América, como lo consideran después de la desaparición de Darío. Y Nervo se deja rodear, festejar, alabar, agobiar. ¡Y es feliz! Halla su felicidad en la capital de la Argentina, con “su último amor humano, todo cándida limpidez, y hecho por partes iguales de admiración, piedad y ternura”.[49]

            Después de Lola –amor no correspondido de los dieciséis años-; después de Ana –ternura invariable en diez años de intimidad-; después de la hija de Ana –amor imposible después de los cuarenta y cinco-, “Bienvenida” fue acogida por los cuarenta y ocho años del poeta con un amor hondamente delicado, de raigambre esencialmente espiritual. Las palabras brotan entonces en los labios de Nervo con un suave aleteo que ya anuncia la eternidad:

“No pudiendo besarla, puesto que es invisible, / yo acaricio tu alma mirándote en los ojos”.[50] La inspiradora de un amor tan tierno y tan imposible era una admiradora de nuestro poeta.

            Todas las páginas a ella destinadas –poemas o cartas, pocas de éstas han sido publicadas hasta ahora- no desdicen del resto de la obra, cuanto a la exquisitez de los sentimientos. Pueden alternar versos o prosas, todo es poesía, sencillez, elevación…

 

“Bienvenida: Dios te manda. / Mostrándote mi guarida / obscura, te dijo: ¡Anda! / su corazón te demanda”… /¡Bienvenida, bienvenida!/ …Bienvenida, ¡Qué batallas / las batallas de mi vida! / ¡Qué mal herido me hallas! / ¡Bienvenida…no te vayas! / ¡No me dejes, Bienvenida!”[51]  (abril 9 de 1919). “Sean nuestras dos almas, desde hoy, como dos puntos con cuya ortografía se anuncia algo divino”[52] (abril 24 de 1919). “Un bien eterno: los dos / una alma, y esa alma en Dios” [53] (abril 26 de 1919) “Más de siete años de dolor te llamaban. / Más de siete años de dolor te han merecido”.[54]

           

Esto último escrito a “Bienvenida”, lo interpretó para sí la muerte, ¡tanto la había llamado el poeta! ¡El Caballero de la Muerte no debía amar ya sobre la tierra! El “enamorado de una muerta” no podrá amar ya a una mujer en esta vida. En realidad, un amor tan espiritual no puede vivir en nuestro ambiente, el corazón de Amado Nervo debía latir ya tan sólo para Dios.

El 14 de mayo, el poeta se sintió enfermo y permaneció en el Parque Hotel, donde se hospedaba en Montevideo, y escribió a Buenos Aires: “Aprovecho este accidente que me recluye, para hablarle. Después va a venir el torbellino. Ya lo oigo, como se oye el viento a través de la vidriera…Qué bello es que no pueda olvidarme: quiera Dios que esta imposibilidad llegue a sr absoluta…”[55] El 16 se ha mejorado, y continúa por la mañana: “Todo en usted va siempre a lo exquisito. Parece que es aliada de un ángel que la aconseja; pero ¡qué más ángel que su propia alma?... Esta tarde, a las tres, me recibe el Presidente. Esta noche me dan una fiesta en el Ateneo. Viene después el Congreso del Niño, con una cauda de bailes, comidas, garden partys… Y allá, en una lejanía cada vez más distante, Buenos Aires”. Y añade por la tarde:

 

“Espero ese día. Dios ha de traerlo. Él que ve mi alma, sabe que no hay en ella para usted un sentimiento bastardo. Es todo puro como el más puro diamante; ya verá y creerá. Pero piense una cosa: yo soy un hombre a quien todo, absolutamente todo se le ha desmoronado en este mundo; un hombre sin asidero en ninguna parte. El mundo me ha dado el aparato y la suficiente cantidad de éxito para llenar la triste copa de la vanidad. Pero lo sustantivo, lo hondo, lo profundo de que he tenido hambre y sed, ¡no!”

 

            ¡Cómo ve Nervo su vida ocho días antes de su muerte! “¡Todo se le ha desmoronado en este mundo!” ¡Todo! ¿Y Bienvenida? El sábado 17:

 

“Mi médico, hombre sencillo y afectuoso, vino ayer un poco alarmado por un análisis que hizo hacer, y me dijo que tenía mucha albúmina y me ordenó que no tomase más que leche y fruta. Me predicó sobre “lo que aún podía yo hacer en el mundo”, etcétera, etcétera. Yo prometí y cumpliré el régimen, porque quiero vivir”.

 

Dos días después: “En cuanto a hombres, estoy atadísimo…Muy cerca, el doctor Belaúde, Ministro del Perú, antiguo y querido amigo. Ustedes son las que no pueden reemplazarse; y a usted, cómo voy a sustituirla: a ver ¡cómo! Pero el 24 cuento irme…”.    ¡El 24 cuento irme!¡Y el 24 se irá!... El martes 20: “Por Dios, no diga nada más a la Legación: se lo ruego. No quiero que vengan… Estoy rodeado de gente. Tres médicos me ven…Sólo usted me falta, pero está en mi alma… Ayer estuve muy mal…Pero los médicos dicen que voy bien… muy bien… Estoy perfectamente. Es de creer que me podré ir el 24. Telegrafiaré. ¡Qué cerca! ¿Eh?... Ya pronto estaremos juntos…Hasta luego”.

            Fue esta la última carta que escribió. El 24 en vez de partir para Buenos Aires, partió para la Eternidad. Repentinamente se agravó el poeta, porque su envoltura carnal no tenía ninguna resistencia y la uremia envenenaba su organismo. El doctor Juan Zorrilla de San Martín, poeta uruguayo, quien acababa de conocer a Nervo en el Parque Hotel de Montevideo, al saber su gravedad se apresuró a visitarle, porque, católico ferviente como lo era, quería asegurarse que Nervo estaba preparado espiritualmente en caso de que tratase de emprender el gran viaje. Halló solo al poeta mexicano. “Recibió me, dice Zorrilla[56], con los brazos abiertos, manifestándome la vivísima complacencia que tenía con mi visita. Y al preguntarle de su salud, me contestó: -El dolor, el amigo dolor, siempre acompañándome”.

 

-“Pues el amigo dolor, al hermano dolor, le repliqué, se le puede santificar y convertir en una fuente de consuelos. Precisamente el primer santo que entró al cielo fue llevado por el dolor. Para eso se sirvió de un medio, el más eficaz para mover la bondad de Jesús, hablándole de cruz a cruz”. -¡Qué cosas tan hermosas me está usted diciendo! Exclama Nervo. ¿Y cómo logró ese santo entrar en el cielo? -“Del modo más sencillo, contesta el poeta oriental. Dimas, desde la cruz, habló a Cristo crucificado con él, en la cruz. De esta manera, Jesús, el bondadoso Jesús, no puede olvidar a su compañero de dolor y se lo lleva al cielo. Háblele usted también desde la cruz de su enfermedad y será oído. -“Pero si hace tanto tiempo que no me he confesado”, manifiesta el poeta mexicano. -“No importa, agrega Zorrilla; todo lo arreglará el representante de Cristo”. -Bueno, dice con decisión Nervo, llame cuando quiera usted al confesor”.

 

El poeta uruguayo sale apresuradamente y regresa poco tiempo después con un sacerdote, pero Nervo no está ya solo, varias personas se hallan en la antecámara, no ven con buenos ojos al sacerdote, y con sus palabras y actitudes muestran su descontento, pero Nervo con voz precisa dice: -“Que entre, que entre el padre”. Amado Nervo previó años antes su regreso a la Iglesia de Cristo; en Místicas escribe:

 

“No temas, Cristo Rey, si descarriado / tras locos ideales he partido: / ni en mis días de lágrimas te olvido, / ni en mis horas de dicha te he olvidado./ En la llaga cruel de tu costado / quiere formar el ánima su nido, / olvidando los sueños que ha vivido / y las tristes mentiras que ha soñado./ A la luz del dolor que ya me muestra / mi mundo de fantasmas vuelto escombros, / de tu místico monte iré a la falda, / con un báculo: el tedio, en la siniestra, / con andrajos de púrpura en los hombros, con el haz de quimeras a la espalda”.[57]

 

Todo lo arregló el “representante de Cristo”. Desde aquel momento la alegría inmensa de Nervo se desbordaba por sus pupilas y sus palabras:

 

“Tornaré como el pródigo doliente / a tu heredad tranquila; ya no puedo / la piara cultivar, y al inclemente / resplandor de los soles tengo miedo. / Tú saldrás a encontrarme diligente; / de mi mal te hablaré, quedo, muy quedo… / y dejarás un ósculo en mi frente / y un anillo de nupcias en mi dedo; / Y congregando del hogar en torno / a los viejos amigos del contorno, / mientras yantan risueños a tu mesa, / Clamarás con profundo regocijo: / “¡Gozad con mi ventura, porque el hijo / que perdido llorábamos, regresa!”.[58]

 

            El 24 de mayo, es decir al siguiente día, Nervo se expresaba así con su amigo, el doctor Balaúnde: -“¡Qué paz, qué tranquilidad siento en mi alma! Hace muchos años que no gozaba de una suavidad tan grata en mi espíritu. ¡Qué bueno es confesarse!”[59]

            El doctor Balaúnde, hallándolo muy mal, buscó un crucifijo para ponerlo en manos de quien se hallaba en el umbral para emprender el viaje supremo. Halló tres: uno prestado por una señora que se hospedaba en el mismo hotel; otro, encontrado entre las cosas de Nervo, regalo de su hermana la monja, el cual lo acompañaba siempre; y el tercero, un pequeño crucifijo cosido a las ropas del poeta. El doctor Balaúnde depositó el segundo crucifijo en las manos de Nervo que empezaba su agonía, con toda la lucidez de su espíritu. El moribundo estrechó amorosamente la imagen de Cristo: -“¿Por qué no abren las ventanas para ver la luz? No quiero morir sin ver el sol”.[60] El espíritu franciscano del poeta de la “Hermana Agua” deseaba contemplar al “hermano sol” una vez más, antes de hallar para siempre al Eterno Sol, a la Luz Infinita.

            Y poco después, con una serenidad absoluta:-“Siento que la muerte me entra por los pies”, añadió.[61] Apretaba con sus manos descarnadas la cruz de Cristo, se recogió en su interior, con un prolongado silencio, tal vez empezaba a oír en lo íntimo de su alma la voz que lo llamaba:

 

“Si tú me dices: “¡Ven!”, lo dejo todo… / No volveré siquiera la mirada / para mirar a la mujer amada… / Pero dímelo fuerte, de tal modo / que tu voz, como toque de llamada, / vibre hasta el más íntimo recodo / del ser, levante el alma de su lodo / y hiera el corazón como una espada…”[62]

 

            Y estrechando aún más su crucifijo exclamó: “¡Señor! ¡Señor!¡Lo había, al fin hallado!

 

 

           

 

 

 

 

 

 

 

                                                                                                                                 

 



[1] Religiosa mexicana, doctora en letras españolas por la Universidad Nacional Autónoma de México, defendió este trabajo de tesis de doctorado el 2 de junio de 1945. En 1951 obtuvo su cédula profesional por la misma universidad. El aparato crítico ha sido completado revisado por la redacción de este Boletín.

[2] Obras Completas de Amado Nervo. Vol. v, Almas que pasan, Madrid (1928), Biblioteca Nueva, pp. 42 ss.

[3] Id.

[4] Id.

[5] Id.

[6]Id.

[7]Rubén Darío, Prosas profanas,” Coloquio de los centauros”.

[8]La Amada Inmóvil, “Le trounoir”

[9] En Ávila, “crónicas varias”

[10]En voz baja, “¡Muerta!

[11] La Amada Inmóvil, “Tanatófila”

[12]Serenidad, “La muerte, nuestra señora”

[13]Otros poemas, “Homenaje”

[14]La Amada Inmóvil, “Tanatófila”

[15]Id, “La santidad de la muerte”

[16]Id. “Mi secreto”

[17]Id. ¡Oh muerte!

[18]Id. “Bendita”…

[19]Elevación ¡Oh muerte!

[20]Plenitud, “Si amas a Dios”

[21]Elevación, “Me marcharé”

[22]Rubén Darío, “Prólogo a Las Ideas de Téllo Téllez”

[23]Elevación, ¡Oh dolor!

[24]La Amada inmóvil, “Impotencia”

[25]Serenidad, “De todo mi pasado”

[26] Id.

[27]Elevación, “Oh Santa pobreza”

[28]Alejandro Quijano,Amado Nervo: el hombre, “La última Verdad”.

[29] Prólogo de “Las Ideas de Tello Téllez”

[30]La Amada Inmóvil, “ Hasta muriéndote”

[31]Elevación, “El dolor vencido”

[32]Elevación, “El milagro”

[33] Id. “Tú”.

[34] Prólogo a Almas que pasan

[35]Elevación, “Expectación”

 

[36]Los jardines interiores, “Pasas por el abismo de mis tristezas”.

[37]El estanque de los lotos, “Peras al olmo”

[38] Id. “El Dios interior”

[39] Id. “Un año”

[40] Id. “La aparición”

[41]Elevación, “En paz”

[42]El Arquero Divino, “Al oído”

[43][43]Fray Luis de León,  “”Odas a la vida retirada

[44]El estanque de los lotos, “Sin ti, por ellos…”

[45] Id.

[46] Dr. Alfonso Méndez Plancarte, “Amado Nervo inédito y actual”, Abside, vii-2, 1943.

[47]El estanque de los lotos, “Sin ti, por ellos…”

[48]Ricardo León, “Hablas interiores”

[49] “Amado Nervo inédito y actual”. Ábside citado.

[50] Id.

[51] “La última luna”, Ábside, vii-2, 1943

[52] Id.

[53] Id.

[54] Id.

[55] Id.

[56]La mañana del poeta, “Apéndice v”

[57]Místicas, “Resuelve tornar al Padre en el Camino”

[58]Id. “De cómo se congratula del retorno”

[59]La Mañana del poeta, Apéndice v.

[60]Id.

[61]Id.

[62]Elevación, “Si tú me dices “ven”.

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