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Alocución del Papa ix, anunciando la creación de siete diócesis y dos arquidiócesis en México

Pío ix

Como el autor de este documento lo explica, a la par que los adversarios de las instituciones eclesiásticas en México habrían maquinado la extirpación de la Iglesia en este país, se duplicó en número de las diócesis en su territorio. A punto de conmemorarse 150 años de tal suceso, se publica un importante testimonio para contextualizar el acontecimiento[1]

Introducción

La guerra civil más estrepitosa que convulsionó México en el siglo xix, implicó, entre 1858 y 1860, la liquidación de los vestigios institucionales del legado hispano en esta parte del mundo. A la guerra de los Tres Años también la han llamado de Reforma, en alusión al movimiento alentado por las ideas de Martín Lutero en la Europa del siglo xvi. A principios de 1861, fueron intervenidos los diezmatorios y curatos en el país, y bajo el cargo de haber promovido, sostenido e instigado esta lucha, todos los obispos que se habían opuesto a la Reforma y al Tratado McLane-Ocampo, fueron expulsados de México, la mayoría de los cuales se estableció en Roma. Esta circunstancia, paradójicamente, obtuvo un deseo hasta entonces postergado: dividir las enormes circunscripciones eclesiásticas en México sin necesidad de contar con el beneplácito o visto bueno del Gobierno. En ese aspecto, se alcanzó una auténtica separación entre la Iglesia y el Estado. Ante el Papa, los obispos mexicanos pudieron presentarle como  petición “el cardinal y antiquísimo [tópico] de la creación de diócesis en la República Mejicana. Quedaban clamando al cielo, por todos los ámbitos del país, regiones inmensas por cultivar. Por décadas y aun por centurias algunas de ellas no tuvieron más respuesta que toda esa hojarasca de papel en que gobiernos, cabildos y curiales parecían querer ocultar sus desidias o codicias”.[2]

Luego del Consistorio del 16 de marzo de 1863, el hoy beato Pío ix proclamó la erección de las nuevas diócesis con la siguiente alocución:

Venerables hermanos:

Nadie ignora que en estos tiempos tan infaustos, la infortunada Italia particularmente y por decirlo así el mundo entero, se hallan agitados y atormentados por la violencia de una rebelión lamentable, con grande y por siempre deplorable detrimento de la Iglesia Católica y de la sociedad, con indecible dolor nuestro, de vosotros y de todos los hombres de bien. La República de Méjico ha sido desolada por esa funesta perturbación hasta el punto de haberse visto en ella nuestra santa religión afligida y perseguida de la manera más dolorosa. Anhelando vivamente la salvación de todo el rebaño del Señor, salvación que nos ha sido confiada de arriba por el Cristo mismo, hemos consagrado toda nuestra solicitud y todos nuestros pensamientos a reparar las ruinas espirituales entre los fieles de esa comarca y procurar cada vez más su felicidad y como, venerables hermanos, los obispos de la república mejicana, arrancados de su propio redil y obligados al destierro, se han refugiado casi todos en nuestra augusta ciudad y nos han expuesto la absoluta necesidad de una circunscripción de las inmensas diócesis mejicanas, hemos juzgado oportuno acceder con sumo gusto a tan legítimos votos y ruegos. Os anunciamos por consiguiente que las iglesias de Michoacán y Guadalajara han sido elevadas por Nos al rango de metrópolis, y que siete nuevas sedes episcopales acaban de ser erigidas en Méjico. Dos de estas diócesis, Tulancingo y Querétaro, ocupan un territorio separado de la archidiócesis de Méjico; dos, Veracruz y Chilapa, son distraídas de la diócesis de Puebla de los Ángeles; otras dos, Zamora y León, son tomadas en la diócesis de Michoacán, y la de Zacatecas en el territorio de la Iglesia de Guadalajara. Así, pues, el metropolitano de Méjico tendrá por sufragáneos a los obispos de Puebla, Chiapas, Oaxaca, Yucatán, Veracruz, Chilapa y Tulancingo; el metropolitano de Michoacán a los obispos de San Luis Potosí, Querétaro, León y Zamora; el metropolitano de Guadalajara, a los obispos de Durango, Linares Sonora y Zacatecas. Hemos hecho publicar las letras apostólicas que determinan los límites que tendrán en lo sucesivo las diócesis de Méjico, diócesis cuyo número se encuentra, como veis, notablemente aumentado. De este modo, al crear nuevas diócesis mientras los fautores de rebelión trabajan con todo su poder en la ruina de los sagrados intereses de estas comarcas, nos esforzamos por proporcionar los remedios oportunos a tantos y tan grandes males como afligen a las poblaciones mejicanas, y proveer con solicitud a las necesidades religiosas de esa república esperamos que el Dios, rico en misericordia, se dignará bendecir estos esfuerzos y concedernos éxito feliz y consolador. Conociendo perfectamente la religión y celo episcopal que distinguen a todos aquellos a quienes hemos encargado del gobierno de estas diócesis, confiamos en que estos prelados corresponderán a nuestros votos, procurando cumplir escrupulosamente todas las obligaciones del ministerio episcopal, atendiendo por todos los medios posibles al bien espiritual de los fieles y prestándonos su concurso para arreglar los intereses religiosos de esa República.



[1] Cf. Traducción y texto tomado del Calendario de A. Rodríguez Galván para el año bisiesto de 1864, Imprenta de Andrade y Escalante, México 1863.

[2] Mariano Cuevas, s.i., Historia de la Iglesia en México, tomo v, Revista Católica, Texas, 392.

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