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Reseña de la santa visita practicada a la parroquia de Totatiche en junio de 1910, por el ilustrísimo y reverendísimo señor licenciado don José de Jesús Ortiz, arzobispo de Guadalajara

 

Higinio Pérez[1]

 

Situada en los confines del norte de la arquidiócesis de Guadalajara, luego de setenta años de no tener la visita pastoral, la parroquia de Totatiche experimentó en la visita de su prelado todo un acontecimiento que perpetúa la crónica trascrita a continuación[2]

 

Una palabra

 

Cediendo a las repetidas instancias de mi estimable amigo el señor don Ignacio Sánchez Valdez y de algunas otras personas, me resolví a escribir los siguientes apuntes relativos a la visita de nuestro ilustrísimo y reverendísimo prelado señor licenciado don José de Jesús Ortiz, sin abrigar preten­siones de ninguna especie, siendo co­nocida como es de todos mis conterráneos, mi ignoran­cia e insuficiencia para hacerlo conforme exigen las reglas del buen decir.

Al intentar este trabajo basado en su ma­yor parte en multitud de datos que bondadosamente me ha suministrado nuestro estima­ble señor cura don Cristóbal Magallanes y el señor don Ignacio Sánchez Valdez, así como otros re­cogidos de diferentes fuentes de información, me ha guiado solamente el deseo de que al re­cordar por medio de su lectura el magno acontecimiento de que me ocupo, se aviven entre nosotros los nobles sentimientos de gratitud y amor hacia nuestro dignísimo prelado. Su­pla pues mi buena voluntad, las incorreccio­nes de estilo y deficiencia en el lenguaje y que todo sea para la mayor gloria de Dios.

 

Reseña

 

Después de la visita pastoral, que el día 12 de noviembre de 1842 hizo a esta parroquia el ilustrísimo señor don Diego Aranda y Carpinteiro, obispo de Guadalajara de santa memoria, ninguno de los ilustrísimos prelados, sus sucesores, había posado sus plantas en estas tierras, debido sin duda en parte, a las revueltas políticas de aquellos tiempos y a la decrepitud a que llegó princi­palmente el ilustrísimo señor don Pedro Loza.

En tan largo periodo de tiempo mucho se había deseado por los feligreses de esta pa­rroquia, una visita pastoral. El ilustrísimo señor arzobispo licenciado don José de Jesús Ortiz, última­mente había hecho la promesa personalmente a nuestro párroco de que en el año en curso practicaría la santa visita por esta región, circunstancia que por muchos había sido ig­norada.

Por fin el domingo 15 de mayo del co­rriente año, nuestro párroco comunicó a los fieles que asistieron a las misas de ese día, ha­ber encontrado en El Regional, periódico católico de Guadalajara, de fecha 11 del mismo mes, llegado por el correo de la noche anterior, la plausible noticia de la próxima visita que emprendería nuestro ilustrísimo y reverendísimo pre­lado, tocando a La Magdalena, Hostotipaquillo, La Yesca, Camotlán, El Puente, San Martín, Chimaltitán, Bolaños y por último esta parro­quia. Indicó además los preparativos preli­minares que habían de llevarse a cabo con ob­jeto de recibir dignamente a tan ilustre hués­ped. Entre estos se creyó de más urgencia la reparación de los caminos para dejarlos más transitables en la parte correspondiente a la jurisdicción de la parroquia. Para esto, se nombraron comisiones que dirigieran el trabajo en cada uno de ellos. Este trabajo fue ejecutado, como todos los siguientes, por veci­nos que espontáneamente se prestaban a ayu­dar según sus recursos pecuniarios o perso­nalmente.

El mismo día 15 el señor cura se dirigió a El Salitre donde reuniendo a los principales vecinos, después de comunicarles la noticia antes dicha, se acordó igualmente proceder a la compostura de caminos, nombrándose para esto las comisiones necesarias.

Los números siguientes de El Regional traían noticias de que su ilustrísima había salido de Guadalajara y practicaba la visita en La Mag­dalena, y después en Hostotipaquillo.

La noticia de encontrarse su ilustrísima en este último punto la dio El Regional y no se volvió a saber su residencia fija hasta su llega­da a San Martín. Como el mismo periódico diera cuenta de que su ilustrísima pasaría el día de su santo (3 de junio) en Amatlán de Jora, el señor cura y los demás señores sacerdotes, enviaron el día 31 de mayo un propio con una felicitación para el ilustrísimo prelado con motivo de su onomástico. El propio le encontró al llegar a Camotlán, cerca de las 2 de la tarde del día 2 de junio. Su ilustrísima pasó allí el día siguiente que era el de su santo.

Entre tanto, se hacían en el curato los preparativos que reclamaba el caso como más urgente, y los vecinos de la población arre­glaban los adornos que llegado el día, habían de lucir las fachadas de sus casas y la parte de calle correspondiente, adornos sugeridos solo por el buen gusto de cada propietario. Todo se preparó con actividad, no obstante que la llegada del ilustrísimo señor arzobispo fue más pronto de lo que se esperaba.

El domingo 12 de junio después de haber celebrado la santa misa a las 4 de la mañana, salió de ésta el señor cura Magallanes rum­bo a Chimaltitán con objeto de saludar y acompañar a su ilustrísima que se encontraba ya en aquella población. Llegó a El Salitre a las 8 de la mañana. En la misa mayor dio las instrucciones oportunas para la recepción del ilustrísimo viajero. A las 10.45 de la mañana partió de allí acompañado del señor presbítero don Maximino Jara, capellán de aquella Congregación. A las 5 de la tarde lle­garon a Bolaños, llevando además las bestias de silla para que montara su ilustrísima y demás


sacerdotes y las de carga necesarias para equipajes. La llegada a Bolaños provocó la curiosidad de sus habitantes quienes salían pre­surosos a las puertas y ventanas de sus casas.

Allí recibieron muchas atenciones y ayuda de nuestro conterráneo el señor don Tiburcio Orozco. Una hora después, a las 6, partieron para Chimaltitán el señor cura Magallanes y el señor presbítero Maximino Jara acompañados de tres de los comisionados de El Salitre.

Entre las 7 y 8 de la noche llegaron a Chimaltitán, donde presentaron sus respetos a su ilustrísima el señor cura y el padre Jara, habiéndo­se antes hospedado en la casa del señor don Aureliano Campos, quien los colmó de toda clase de atenciones.

El día 13 en la mañana, después del desa­yuno, regresó para El Salitre el padre Jara acom­pañado del señor presbítero don Modesto Chávez, an­tiguo capellán de ese lugar y a su vez fami­liar del ilustrísimo señor arzobispo, adelantándose con objeto de dar una misión para preparar a los fieles a recibir la visita pastoral.

El mismo día a las 5 de la tarde fue la marcha de Chimaltitán para Bolaños. Antes de llegar a la mitad del camino, de rodillas y debidamente formados, recibieron la bendición y saludaron a su prelado los vecinos de El Salitre que se habían quedado en Bolaños. Se llegó a este último punto a las 6.30 de la tarde en medio de entusiastas demostraciones de alegría, repiques, cohetes y danzas. Su ilustrísima pasó en este lugar el día 14.

El día 15 a las 6 de la mañana fue la parti­da para El Salitre. Salieron los principales de Bolaños a acompañar a su ilustrísima hasta la cumbre de la cuesta. Vino también el señor cura de Chimaltitán, presbítero don Carlos Bermejo quien se adelantó de El Romerillo para ayudar a confesar. Desde ese mismo punto se volvió el señor cura Hernández para Bolaños.

El Romerillo es un rancho último de la jurisdicción de Bolaños situado cerca del límite entre aquella comprensión y la de la pa­rroquia de Totatiche. Se llegó allí a las 10 de la mañana. En este lugar tocaron toda la tarde los músicos de Bolaños, quienes se adelantaron en la madrugada del siguiente día para salir de El Salitre a encontrar a su ilustrísima. Por la tarde fueron llegando varios vecinos de San Antonio, Tlacuitapa y Patahua con abundantes provisiones para la ya numerosa comitiva. La ma­yor parte de los habitantes de El Romerillo se confesaron. Se rezó el rosario y al terminar, el señor presbítero don Librado Tovar entonó las ala­banzas populares: “Si al cielo quieres ir…” etcétera, que contestaron los presentes entusiasmados haciendo resonar los campos. Se pasó la no­che a campo libre, su señoría en tienda de campaña.

A las 5 de la mañana del día 16, su ilustrísima cele­bró el santo sacrificio de la misa en un altar por­tátil, asistiendo además de las personas que formaban la comitiva, los habitantes del ran­cho, quienes comulgaron recibiendo también la Confirmación cerca de catorce de ellos.

La salida para El Salitre fue a las 6 de la mañana. Desde el punto llamado Las Flores se encontraron grandes grupos de gente de a caballo con el fin de que se observara el mejor orden posible. El señor cura Magallanes dispu­so que se fueran formando de dos en fondo hasta llegar a Patahua, donde unas señoras ofrecieron a su ilustrísima unas pitayas que a la sombra de un árbol tomó con mucho gusto. Los grupos fueron aumentando hasta antes de llegar al Salitre, donde en número de más de quinientos venían formados de cuatro en fondo.

El camino en la parte correspondiente a Patahua y Sauces se encontraba adornado con lazos de ropa, flores y verdura.

En la loma de El Salitre, un kilómetro antes de llegar, salió al encuentro de su señoría, una danza y la orquesta de Bolaños a que se ha hecho referencia.

Desde las afueras del poblado hasta lle­gar a la casa del capellán estaba adornado también con lazos de ropa, flores, y algunos festones.

Al entrar a El Salitre se desbandó una bue­na parte de los jinetes por distintos callejones para llegar a la plaza a todo escape, ocasionando con esto la confusión y desorden consi­guientes. Llegado a las 10 de la mañana, su ilustrísima descendió de su cabalgadura y pa­sando a la capilla se rezó una estación, digiriéndose luego a la casa del capellán donde se hospedó. Lo recibió al entrar a la ca­pilla un grupo de niñas vestidas de blanco, quienes una vez que hubo pasado su ilustrísima a la casa cural saludaron, y un niño de apellido Anaya le dirigió una pequeña alocución. Me­dia hora después, llegó el señor cura de El Teúl, presbítero don Luis M. Gómez quien vino a saludar a su señoría ilustrísima.

El señor presbítero Modesto Chávez, ex capellán de aquélla Congregación, habiéndose ade­lantado desde Chimaltitán, como queda dicho, desde el día 14 al 17, dio diariamente maña­na y tarde, pláticas catequísticas que su anti­guo pueblo oía con mucha atención. Debido a las misiones que precedieron hubo tan gran concurso en el confesionario que no les fue po­sible a los señores sacerdotes confesar a toda la gente en los días de residencia de su señoría ilustrísima. El entusiasmo de los fieles por recibir los santos sacramentos y el acuerdo habido entre los comerciantes de suspender la venta de bebidas embriagantes, hizo que en todo hu­biera perfecto orden durante los dos días y noches que permaneció su señoría ilustrísima. En este punto no faltaron música y danzas.

El ilustrísimo señor Ortiz tuvo palabras de encomio en favor de la iglesia que se construye, por su so­lidez y el poco tiempo en que se ha llevado a cabo la parte construida. La iglesia tiene ter­minada ya la bóveda del altar mayor, la del crucero del lado sur y la de la sacristía del mismo lado. A este respecto dice El Regional de fecha 15 de julio: “…su señoría ilustrísima celebró confirmaciones y misa en la iglesia en cons­trucción de hermosa cantera color rosa”, y que “comenzada hace cinco años, por el capellán de entonces, el presbítero Simón Velázquez, ha sido continuada por el actual presbítero Maximino Jara, al grado de que ya estaba la bóveda del presbiterio, y lo demás del templo está en el arranque de los arcos torales de las otras bóvedas, y hay material acopiado para avanzar la obra. Entretanto se hace uso ordinariamente de una angosta iglesia de adobe poco ventilada cerca de la cual se han construido amplios locales para escuelas pa­rroquiales.”

El día 17 se despidieron de su ilustrísima los señores curas de Chimaltitán y de El Teúl. Es­te día por la noche los principales vecinos se presentaron solicitando del señor arzobispo que se erigiera en vicaría la capellanía. Su ilustrísima se mostró complacido y manifestó a la comisión a que debían dirigirse oficialmente y que en todo caso “no los olvidaría”. El número de confirmados fue de mil setecientos treinta y seis.

El día 18, a las 5. 30 de la mañana, fue la salida para Temastián, habiendo celebrado el santo sa­crificio de la misa, el ilustrísimo señor arzobispo. Un grupo de los principales vecinos de Totatiche llegaron un poco antes para acompa­ñar a su señoría.

Desde la cuesta de Los Cardos se empeza­ron a recibir numerosos grupos de jinetes de Temastián, salió una orquestita y una dan­za que recibieron a su señoría ilustrísima en la salida del monte.

Debido al empeño de los hijos del pueblo y vecinos de los ranchos inmediatos, al llegar a Temastián hubo cohetes abundantes, prolongados repiques y desbordante alegría. La di­rectora de la escuela, señorita Francisca Gonzá­lez le recibió en la puerta de la casa de ejercicios con un grupo de niñas. Los mú­sicos de allí mismo tocaron durante la comida, misma que fue servida en el corredor.

Dice el cronista de El Regional: “A Temastián se llegó a eso de las 6 de la mañana del 18; en la casa de ejercicios anexa al sólido y bien proporcionado templo hizo alto la comitiva; allí mismo comió no sin antes haber cantado un rosario en la Iglesia y en el que su señoría ilustrísima dio una explicación doctrinal al pueblo. Ese templo y casa dependen del párroco de Totatiche quien reglamenta la administración de las limosnas y los actos del culto en honor de la imagen de Cristo crucificado que allí se venera y que lleva por título el Señor de los Rayos, y a quien se tiene devo­ción muy intensa no sólo en Temastián, El Salitre y Totatiche, sino en otros poblados y sus contornos como la, Yesca, Ámatlán de Jora, Bolaños, Atolinga, Tlaltenango, Colotlán, Monte Escobedo, etcétera. Una, pieza inmediata a la sacristía se ve tapizada de exvotos y las romerías son muy frecuentes.”

Su señoría ilustrísima decretó una indulgencia de 100 días para todas las personas que recen un cre­do ante la imagen del Señor de los Rayos.

Al salir de Temastián a las 3.30 de la tarde, eran más de trescientos jinetes los que formaban la comiti­va que aumentaba poco a poco con los nume­rosos grupos que se encontraban después; és­tos a considerable distancia echando pie a tierra, esperaban de rodillas la bendición de su ilustrísima y después formaban parte del gru­po principal.

En este mismo día de grande regocijo pa­ra todos los habitantes de Totatiche, desde muy temprano hubo grande afluencia de gen­tes que en traje de fiesta se dirigían hacia la calle principal por donde había de llegar su ilustrísima. En todos los rostros se veía impreso el entusiasmo y cada quien cooperaba a adornar la calle con muy buena voluntad, así es que co­mo a las diez de la mañana, dicha calle presen­taba un hermoso golpe de vista, pues toda ella estaba adornada con multitud de festo­nes de varios colores, variados y caprichosos adornos de papel y ramos verdes. Las puer­tas ostentaban también adornos de festón y cortinas. A la entrada de la calle había en gruesos caracteres y atravesando la calle, una inscripción en estos términos: “La parroquia, de Totatiche saluda respetuosa a su dignísi­mo prelado”. Otras inscripciones colocadas de trecho en trecho hasta llegar a la parro­quia decían respectivamente: ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Viva, nuestro dignísimo señor arzobispo licenciado don José de Jesús Ortiz! y el último que ostentaba un retrato de Su Santidad: ¡Viva nuestro Santo Padre el señor Pio x! La dirección del or­nato en la calle fue encomendada al señor presbítero don Ramón del Real, quien trabajó extraordinariamente con una actividad digna de todo encomio.

Durante el día estuvieron llegando multi­tud de familias procedentes de las rancherías circunvecinas para presenciar la recepción de su Pastor y confirmar sus niños; mientras que otras se pasaban a encontrar en el camino a su señoría ilustrísima.

Se te­nía preparada una buena orquesta de Tlaltenango para amenizar el acto, la cual en los días anteriores dio varias serenatas que preparaban más el ánimo popular.

A las 5 de la tarde toda la población flotante se dirigía en masa hacia la calle principal llenan­do las aceras y colocándose cada quien en los lugares que creían más a propósito para pre­senciar el desfile de la comitiva. A las 6 un repique a vuelo anuncia­ba que el señor arzobispo y numerosísima mul­titud se divisaba ya en la cumbre llamada de Minitas. En este lugar su señoría ilustrísima vio por pri­mera vez el panorama de la población y pre­guntó: “¿Totatiche?”. Como el señor cura Ma­gallanes le contestara: “Es Totatiche, ilustrísimo se­ñor”, él contestó: “Tiene bonita vista”. Desde allí, vino tocando la orquesta has­ta llegar a la casa cural.

Por fin a las 6.15 de la tarde nuestro dignísi­mo prelado entraba en las calles de la pobla­ción entre los alegres acordes de la música, repiques en los templos, truenos y salvas de cohetes, alegría y animación general. Traía a la derecha al señor cura Magallanes, a la iz­quierda al señor presbítero Librado Tovar, secre­tario de visita, y rodeado después por los de­más padres, don Juan N. Martín, don José Gutiérrez Pérez, don Modesto Chávez y el capellán de El Salitre, don Maximino Jara. Los seguía inmediatamente numeroso pueblo de a pie y detrás los jinetes en número de más de quinientos, pues se contaba no sólo con todos los ha­bitantes de esta parte de la jurisdicción sino también con un grupo que aún lo acompañaba de los pertenecientes a El Salitre. Nuestro que­ridísimo Pastor impartía sus bendiciones a la apiñada multitud con rostro afable y cariñoso hasta llegar a la puerta principal de la parro­quia. Allí descendió de su cabalgadura, y se­guido de su comitiva pasó al interior. Al po­ner el pie en la puerta del templo que estaba engalanado con lo mejor que tiene como en las fiestas más solemnes dijo: “Está bonito, tie­ne muy buena, luz.” De allí pasó al altar ma­yor precedido de un simpático grupo de niñas vestidas de blanco que arrojaban flores a su paso. Ya una vez en el presbiterio de rodi­llas ante el sagrario oró unos momentos pa­sando luego al reclinatorio situado bajo un do­sel al lado del evangelio. El señor cura diri­gió el rezo de una estación al Santísimo para dar gracias por el feliz arribo de su señoría ilustrísima a esta población. En seguida, el ilustrísimo señor arzobispo dando su bendición a la multitud que llenaba el templo, pasó a la casa cural por el salón contiguo.

Es de notar que en el trayecto recorrido dentro de la población, no obstante la grande aglomeración de gente, se guardó un orden inalterable así como también y debido quizá en parte al acuerdo habido entre los comer­ciantes de no vender bebidas embriagantes durante los días de la visita. A la media hora de pasada la recepción todas las gentes de a caballo habían despejado las calles yéndose tranquilamente a sus hogares.

Hubo serenatas diariamente y a la hora de la comida, tocaba la orquesta del curato escogidas piezas.

El domingo 19 y días siguientes su ilustrísima celebró el santo sacrificio en el altar mayor cerca de las 5, 30 de la mañana. Los demás seño­res sacerdotes celebraban más temprano co­menzando desde el amanecer. En la misa ar­zobispal el padre Martín explicaba la misa y diri­gía al pueblo en las oraciones.

Durante la misa mayor de este día estuvo en el coro el señor presbítero Librado Tovar dirigiendo el canto y revisando el archivo de mú­sica. Se anunció que a las 10.30 de la mañana tendría verificativo la santa visita a la misma iglesia parroquial. Llegada la hora, su señoría ilustrísima pasó a la parroquia (que estaba literalmente llena de fieles) para practicar la visita litúrgica. Fue recibido por el señor cura de acuerdo con las disposiciones contenidas en el Pontifi­cal Romano, llevándole procesionalmente bajo varipalio hacia el altar mayor. Una vez allí oró un poco de rodillas. El señor cura entonó al­gunas oraciones dando en seguida a su ilustrísima la bendición al pueblo, a continuación el señor secretario de visita, presbítero don Librado Tovar, su­bió al púlpito y dio lectura al edicto de visita en el que su señoría ilustrísima anunciaba la visita ofi­cial. Daba a saber que el objeto de ésta era no solamente administrar el sacramento de la confirmación, sino ver por sus propios ojos el estado que guardan los templos y todas las cosas que se relacionan con el culto, así como lo referente al catequismo, escuelas parroquiales, etcétera. Terminada la lectura de éste documento leyó también la concesión hecha de una indulgencia plenaria a los fieles que con las disposiciones debidas visitaren la iglesia parroquial durante los días de la visita pastoral.

En seguida su ilustrísima dirigió la palabra a los fieles; entre otras cosas dijo:

 

“Considero a esta población como el lugar de mi descanso; grandes han sido las fatigas del viaje, he recorrido lugares situados en los confines de la arquidiócesis y me he cerciorado de que esta parte del rebaño tiene grande y profundo amor a Jesucristo y a su Iglesia y que a medida que, al parecer, una infranqueable muralla de montañas separa estos retirados pueblos de la capital, las creencias están firmes y la moral preservada de los maléficos estímulos de otros centros de población. Dios me ha concedido realizar vehementes deseos y coronar mis esfuerzos poseyendo, después de la peregrinación; el descanso apetecido en este mi lugar de refrigerio. Aquí florece la piedad, y si no se quisiera otra prueba, bastaría ver esta grandiosa Iglesia testimonio de la generosidad “del rico y del óbolo del pobre”; todos trabajaron para dar gloria al Altísimo consagrándole este hermoso santuario; aquí Dios escuchará bondadosamente las plegarias de su hijos, los acogerá en su regazo y los hará participantes de la mesa celestial y demás fuentes de gracias. Sed fieles a Dios, seguid fundando en vosotros, en vuestras familias y en la sociedad toda, el reinado de paz de Cristo Jesús, que os haga vivir felices aquí y poseer después de la muerte la perdurable dicha.”

 

Siguieron las preces por los difuntos, re­vestido su señoría ilustrísima de amito, alba, cíngulo, es­tola, capa pluvial negra y mitra.

Dejados los ornamentos de color negro y tomados los de color blanco, dio principio a la visita de la Santísima Eucaristía colocándola en la custodia, fuera del sagrario. Se entonó el himno Pange lingua y la oración del Santísimo, concluyendo con la bendición dada con el mis­mo Santísimo Sacramento por el ilustrísimo señor arzobispo.

En procesión pero sin varipalio, su señoría ilustrísima se dirigió al bautisterio, inspeccio­nando la pila bautismal, santos óleos, y de re­greso por medio de su secretario, los confeso­narios, altares e imágenes. Ya en el altar mayor se cantó un Te Deum, y a continuación pasó a revisar los paramentos sagrados que estaban expuestos de antemano en la sa­cristía. Con esto dio fin la visita.

Durante la comida la escuela parroquial de niñas entonó algunos coros alternando con la orquesta.

A las 4 de la tarde hizo las primeras confirmaciones en la parroquia que continuaron veri­ficándose diariamente a mañana y tarde du­rante los días de su permanencia en ésta. El número de confirmados fue de mil ciento doce. Como se ve, este número fue menor que el de los que se confirmaron en El Salitre; esto se debe a que de aquí mismo y de los ranchos vecinos se llevaron niños a confirmar a Atolinga, Tlaltenango y Momax en las varias visitas que en dichos puntos hizo el ilustrísimo señor obispo de Zacatecas.

El lunes 20, aproximadamente a las 9.30 de la mañana, su ilustrísima se dignó recibir a varias comisiones. Primero la de empleados públicos, comerciantes y particulares. Habló en nombre de todos el señor don Emiliano Ruvalcaba en los términos siguientes:

 

“Ilustrísimo y reverendísimo señor:

Los comerciantes, empleados públicos y principales agricultores de esta localidad, venirnos a vuestra señoría ilustrísima con el alma pletórica de gozo reverentes y sumisos a daros ¡oh insigne Pastor! la bienvenida más cordial, el saludo más afectuoso como una pequeña ma­nifestación de nuestro amor filial; venimos a rendiros las protestas de nuestro más pro­fundo respeto a vuestra dignidad y admiración a vuestras excelsas virtudes; a proster­narnos por último, ante vos en testimonio de nuestra inquebrantable fe y acatamiento debido a las potestades de la Iglesia.

Los ecos de esta visita, ilustrísimo señor, perdurarán en nuestros oídos con gratas modulaciones; el ingente placer que este magno acontecimiento imprimiera en nuestros espíritus persistirá mucho tiempo envolviéndo­los en sus ondas dulcísimas y su recuerdo quedará burilado en nuestra mente con ca­racteres imborrables que testifiquen que vuestro paso por este pueblo ha llenado de alegría nuestra parroquia, nuestros hogares, nuestros corazones que dulcemente afectados en su parte más sensible, se sienten arrobados con vuestra augusta presencia.

Permitidme, ilustrísimo señor, daros en nombre de todos los presentes las más cumplidas gracias, no sólo porque os habéis acordado de visitar estos apartados lugares, sino por haber llevado a la práctica la santa visita arrostrando en nuestro bien tantos trabajos y penalidades. La fausta noticia de vuestro próximo arribo a este lugar cruzó entre nosotros rápida y jubilosa como un mensaje de victoria arrancado de emotivas alegrías, y era tanto nuestro anhelo en veros por aquí, que dudábamos llegase ese placentero día; lástima que nuestros exiguos elementos de riqueza y arte nos privaran del placer y la satisfacción de recibiros como lo merece un príncipe de la Iglesia. Igualmente rendimos a vuestra señoría ilustrísima las más fervien­tes gracias porque se ha dignado conceder la permanencia en esta parroquia a nuestro digno señor cura Magallanes; su exquisita afabilidad, sus brillantes dotes gubernativas y su atinada táctica para todos los asuntos y casos extraordinarios lo constituyen indispensable aquí, puesto que de su presti­giada personalidad se ha desarrollado vigo­rosamente el progreso moral, la pureza de las costumbres, la catequización de la juventud y el impulso a las obras materiales de grandísima trascendencia para este lugar. En todo se le ve funcionando con infatigable anhelo como poderosa palanca que remueve constantemente nuestras indolencias, nuestras apatías.

Hacemos votos a Dios, ilustrísimo señor porque vuestro viaje continúe sin accidente alguno, porque en breve quedéis repuesto de  las crueles fatigas del prolongado cuanto penoso camino a que vuestro celo apostólico ha conducido para compartir el bien y prodigar la caridad en todo vuestro tránsito al retorno a vuestra residencia en donde lo esperan asuntos de vital importancia para vuestro gobierno. Os pedimos ilustrísimo señor, un recuerdo para los hijos de este pueblo que os aman y respetan con creciente veneración; dignaos desde allá enviarnos vuestra paternal bendición para todos los que quedamos tan apartados de aquellos centros en donde moráis.

Por ahora dignaos ilustrísimo señor, aceptar bondadoso este saludo, prueba evidente de nuestra incondicional adhesión hacia vos, hacia la Santa Sede, hacia las creencias católicas; y por último, humildes y respetuosos impetramos de vuestra incontestable bondad, nos deis especialmente vuestra santa bendición”.

 

Su señoría ilustrísima contestó agradeciendo las frases laudatorias del señor Ruvalcaba, y re­comendando a todos la unión entre sí y sumi­sión a nuestro digno párroco para cooperar y llevar a cabo en buena armonía, todas las obras tanto materiales como del orden espiri­tual que emprende.

Después recibió a la Conferencia de Seño­ras de San Vicente de Paúl, fueron presentadas a su señoría ilustrísima por el señor cura Magallanes, director de la misma. Tuvo su ilustrísima fra­ses de aliento para que perseveren en las obras de caridad que dicha asociación practica, entre ellas la construcción del orfanatorio de Nuestra Señora del Refugio para niñas, con­cediendo 100 días de indulgencia por cada obra que se practique en ese sentido, no sólo por las socias de la Conferencia sino también por cualquiera de los fieles.

Sucesivamente cada uno de los señores directores de las cuatro escuelas de la población, acompañados de sus auxiliares y alum­nos, fueron presentando sus respetos a su señoría ilustrísima dirigiéndole algunas alocuciones. El niño Margarito Ortega, alumno de la es­cuela parroquial se expresó así.

 

“Ilustrísimo Señor:

En representación de nuestros numerosos condiscípulos de la escuela parroquial que disfrutan actualmente de las vacaciones, y a impulsos del gozo que sentimos en nuestros infantiles corazones como hijos de este pueblo que tiene hoy la dicha de recibir vuestra pastoral visita, nos presentamos an­te vuestra señoría ilustrísima guiados por nuestro profesor para haceros presente una vez por todas, nuestro filial cariño y respetuosa sumisión.


Sí, ilustrísimo señor, nosotros hacemos fervientes votos porque vuestra permanencia en este lugar os sea grata, porque Dios Nues­tro Señor bendiga a manos llenas vuestro santo celo y paternal solicitud con que venís a estas apartadas regiones a derramar en abundancia las gracias espirituales y a unir en más estrecho lazo los vínculos de sumisión y respeto a que sois acreedor.

Humildemente os pedimos de una manera especial que bendigáis nuestra escuela que está bajo los auspicios y poderosa pro­tección de Nuestra Madre Santísima de Guadalupe; que se extienda esa santa bendición a nuestro querido párroco, a nuestros maestros y a todos nosotros, así como también a nuestros trabajos escolares que Dios mediante inauguraremos próximamente.

Repito pues, a nombre de mis compañeros, en cada uno de nosotros encontraréis un corazón que os ama; y por ahora os damos la más cordial bienvenida deseándoos respetuosamente todo género de dichas.

¡Salud y bendición al enviado del Señor!

Dije.

 

El ilustrísimo prelado recibió como padre cari­ñoso a cada uno de los niños, viniendo a nues­tra memoria en aquel momento, las palabras del Divino Salvador quien decía: “Dejad que los niños se acerquen a mí, porque de ellos es el reino de los cielos.” Con palabras llenas de unción y afecto aconsejó a los niños la obe­diencia y el respeto a sus superiores teniendo como fundamento la religión de Nuestro Se­ñor Jesucristo.

Después de esto pasó acompañado por el señor cura a conocer el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, los locales de las escuelas parroquiales y el pórtico del costado de la parroquia que se encuentra en construcción.

A las 12 llegaron el señor cura de Colotlán, don Mateo Correa y el presbítero don Pedro L. Cortés a saludar a su señoría ilustrísima. Por la noche asistieron a una fiestecita que los empleados y alumnos de la escuela parroquial obsequia­ron a su ilustrísima. Dicha fiesta fue ofre­cida al principio por el director de la misma escuela en los siguientes términos:

 

“Ilustrísimo y reverendísimo señor

Señores sacerdotes

Señores:

Hay en las diversas etapas de la vida de cada pueblo acontecimientos que llenan de regocijo los corazones de todos sus hijos.

Al nuestro, cábele hoy la ambicionada felicidad de albergar en su seno a nuestro amadísimo prelado; y esa dicha porque tantas veces suspiraban nuestros abuelos, no plugo a Dios concedérselas. Todos los hijos de Totatiche hemos sentido palpitar con fuerza y henchidos de júbilo nuestros corazones a impulsos de la gratitud que experimentan hacia tan ilustre visitante. Él viene dejando otras importantísimas atenciones cumpliendo su elevada misión de apóstol; de sus manos benditas han brotado espléndidamente los tesoros de la Iglesia, y en torno de su cayado de Pastor ha visto innumerables gentes, hijos fieles, que lo aclaman entusiasma­dos bendiciéndolo, ávidos de sus bendiciones y de escuchar de sus labios palabras consoladoras en los graves males que afligen a la sociedad, y sublimes enseñanzas como inspirado por Dios.

Ilustrísimo señor: en todos los lugares que habéis tocado en vuestro itinerario habéis recibido, a no dudarlo, las más pompo­sas demostraciones de cariño en las cuales se habrá hecho derroche de lujo. Nuestro pueblo, pobre en extremo y careciendo de los más indispensables recursos de riqueza y arte, no puede ofreceros homenaje algu­no digno de vos. Así es que los empleados y alumnos de esta escuela, al organizar en vuestro honor esta pequeña fiesta teatral y sin contar siquiera con algunos elementos artísticos, solo con nuestra buena voluntad, os suplicamos que os dignéis aceptarla como la más segura expresión de nuestro amor filial y sincera adhesión.

Nosotros, separados a considerable distancia de la bella Guadalajara, foco de cultura intelectual y capital de nuestra diócesis, no siéndonos dado a muchos de nosotros pre­senciar siquiera una vez las grandiosas fies­tas que allá se celebran y en las cuales se exhibe el arte en sus más sublimes manifes­taciones, no tenemos siquiera una idea precisa de ellas y nos declaramos impotentes en sumo grado, y varias veces nos hemos visto inclinados a desistir del propósito de ofreceros esta fiestecita que simplemente por afición hemos intentado.

Pero la voz del desaliento cede entonces su lugar a la voz más imperiosa aun del reconocimiento, y éste es el que nos impele a ofrecérosla, como lo hacemos en efecto, solicitando al misino tiempo vuestra indulgen­cia para las faltas que involuntariamente se nos habrán de deslizar.

Concluyo por ahora, ilustrísimo señor, haciendo votos porque Dios prolongue todavía por muchos años vuestra preciosa exis­tencia para que sigáis como hasta aquí, rigiendo con el acierto que os caracteriza, los destinos de esta importante porción de la iglesia mexicana, y porque gracias a vuestra sabia dirección y secundado por dignos sacerdotes del Altísimo, ganéis más almas pa­ra Dios”.

Dije.   

 

En los “Ecos de la Visita Pastoral”, publi­cados en El Regional en la fecha antes dicha, se lee:

 

“En esa parroquia, (Totatiche), que por esta vez fue la última que visitó su señoría ilustrísima, se pasaron en alternativa con oportunos misterios, horas de descanso y contento. Por ejemplo, el 20 por la noche se hizo en el local de la escuela parroquial para
niños, una fiestecita lírico dramática que habían preparado, representándose el drama en un acto “El Cuarto Mandamiento” en que se distinguió por la sentida interpretación de protagonista, el joven J. Cruz del Muro, y una zarzuela juguete, “El Hijo del Gaucho” en el Colegio, con música del ilustrísimo señor Costamagna.[3] Poco duró esa fiesta pero fue muy agradable”.

 

El día 21 por la mañana regresaron a su parroquia los señores sacerdotes de Colotlán.

Cerca de las 10 de la mañana, su ilustrísima montó a caballo; invitado por el Señor cura, pasó a vi­sitar la presa en construcción, “El Baño del Mo­cho”, y de regreso pasando por el barrio de San Juan, el orfanatorio para niñas.

Su señoría ilustrísima concedió indulgencias a los ro­sarios y crucifijos que se le presentaron todos los días de su permanencia en esta parroquia.

El día 22 después de haber celebrado misa el ilustrísimo señor arzobispo a las 4. 30 de la mañana, salió rum­bo a Colotlán para regresar a Guadalajara por Zacatecas en ferrocarril. La salida fue a las 6 de la mañana habiendo sido escaso el acompañamien­to debido a las lluvias del día anterior y a lo inesperado de la salida que había sido anun­ciada para las 7 de la mañana. Por esta misma razón la mayor parte de los habitantes de la población solo se dieron cuenta de la partida de su señoría ilustrísima hasta cuando los toques de rogativa la anunciaron. Sin embargo los acompañan­tes fueron aumentando poco a poco por el ca­mino.

En los ranchos de Totolco, Abajo y Cartagena los fieles adornaron el camino con lazos de ropa y verdes. En este último rancho se re­cibió a su ilustrísima con abundantes salvas de cohetes. Tomó un refresco y descansó junto al río a la sombra de un árbol.

En el rancho de Dolores estaba formado un bonito altar. Allí lo esperaba el señor cura de Colotlán, don Mateo Correa, con dos co­ches, uno de la propiedad del señor don Juan Zulueta y el otro del presbítero don León Cortés. Del mismo rancho se despidieron de su señoría ilustrísima los habitantes de Totatiche y los de los ranchos vecinos que lo habían acompañado hasta Colotlán. Llegaron tan solo los arrieros que llevaban el equipaje de su señoría ilustrísima.

Poco antes de llegar a Colotlán le recibieron los presbíteros don José G. Martínez y don Felipe de Jesús Santana, el jefe políti­co y Juez de Letras señor licenciado Pérez Rubio.

Ya en la orilla de Colotlán salió a recibir a su señoría una banda de música y numero­so concurso de gente que lo acompañó hasta llegar a la casa de la señorita María Muro donde se hospedó y se le atendió espléndida­mente. Este alojamiento fue mandado prepa­rar de antemano por cuenta del señor cura Ma­gallanes y por conducto del señor cura Correa y del señor José María Valdez, conterráneo nuestro.

A las 4 de la tarde su señoría ilustrísima visitó la iglesia parroquial y dio la confirmación a veintitrés niños.

Entre 8 y 9 de la noche dio principio en la misma casa una fiestecita que le ofrecieron las religiosas del colegio de San Nicolás. Se le dirigió una alocución por una niña que la dijo correctamente y se desempeñaron después los demás números del programa que contenía algunas pequeñas y agradables piezas teatra­les.

Al día siguiente, 28 de junio, el ilustrísimo señor arzobispo dijo misa en su oratorio particular, saliendo de Colotlán a las 6 de la mañana. Iba acompañado del señor cura Magalla­nes, ocupando la carretela del doctor Saucedo; los demás señores sacerdotes y el señor don Igna­cio Sánchez Valdez, quien formó parte de la comitiva arzobispal hasta Zacatecas, ocuparon los otros dos coches; adelante partieron el mismo señor Zulueta y el presbítero don Modesto Chávez a esperarlo en Huacazco, hacienda del primero. Como a un kilómetro de distancia an­tes de llegar a la dicha hacienda, salieron don José Zulueta, hijo de don Juan, acompañado de empleados y mozos de la hacienda a recibir a su señoría ilustrísima portando magníficos caballos. Allí se les sir­vió una buena comida.

A las 3 de la tarde fue la partida habiendo sali­do a acompañar a su señoría ilustrísima hasta el Cerro del Membrillo el mismo grupo que lo recibió. A 1 kilómetro aproximadamente antes de lle­gar a Villanueva, salieron a recibirlo en dos coches el señor cura don Pablo Pérez Espi­nosa, uno de sus ministros y dos particulares.

Al día siguiente, 24 de junio, el ilustrísimo señor arzobispo celebró su misa a las 4.30 de la mañana. De Villanueva salió a las seis de la mañana acompañado del señor cura del mismo lugar llegando a las 10 de la mañana a la hacienda de Malpaso. Fue recibido en ella por su dueño, el señor don Benjamín Gómez Gordoa, quien le obsequió también una mag­nífica comida. De este lugar se volvieron los coches de Colotlán porque el señor Gordoa le ofreció un magnífico coche y una excelente ambulancia que condujo a la comitiva hasta Zacatecas.

En la estación del ferrocarril esperaban a su ilustrísima el señor Gobernador de la sagrada mitra, canónigo don J. Guadalupe Chávez, el señor secretario de la misma, don Francisco de Paula Robles, el señor canónigo Delgado y el señor presbítero Francisco Alba, quienes lo con­dujeron al obispado y le dieron magnífico alo­jamiento. Momentos después el ilustrísimo señor arzobispo visitaba al ilustrísimo señor obispo don fray J. Guadalupe de Jesús Alba y Franco, quien se encontraba ya postrado en cama de la enfermedad que a los pocos días lo llevó al sepulcro.[4]

El día 25 su señoría ilustrísima pasó a visitar la ca­tedral, que es de las más notables de la repú­blica por su arquitectura, así como también al templo de Santo Domingo, admirando la mag­nífica construcción que se llevó a cabo tan sólo en tres años.

Este mismo día, habiendo ido a la estación a despedir a su señoría los señores canónigos que lo recibieron, partió acompañado de sus familiares en ferrocarril para Guadalajara a la una de la tarde, hora en que daba principio una horrorosa tormenta.

Los señores don Ignacio Sánchez Valdez y don Nicolás González Serrano, éste último oriundo de Colotlán y establecido en Zacatecas con actividad y empeño dignos de alabanza, se encargaron de recibir el equipaje del ilustrísimo señor arzobispo y familiares, conducido por arrie­ros contratados en Colotlán hasta embarcar­lo a bordo del ferrocarril.

A los dos días partió el señor cura Magalla­nes para Totatiche, su parroquia, acompañado del señor don Ignacio Sánchez Valdez, su amigo y compañero inseparable y único que de este lugar acompañó hasta Zacatecas a su señoría ilustrísima.



[1] Profesor de la escuela parroquial de Totatiche en tiempos del señor cura san Cristóbal Magallanes Jara, se desempeñó también como administrador de correos de esa población. Fue padre del presbítero don Constancio Pérez, del clero de Guadalajara.

[2] Librería y Tipografía de la avenida Colón 174, Guadalajara 1911.

[3] Giacomo Costamagna, S.D.B. (1846-1921) fue un misionero italiano; evangelizó en la Patagonia. Electo vicario apostólico de Meléndez y Guadalquiza, Ecuador, en 1895, sede a la que renunció en 1919, se distinguió también como compositor de cantos religiosos, algunos de los cuáles llegaron a ser enormemente populares. [N. del E]

[4] Falleció el 11 de julio de 1910, cuatro meses antes de cumplir 69 años de edad. Había nacido el 5 de octubre de 1845. Fue ordenado presbítero para la Orden Franciscana Menor. Fue electo obispo de Yucatán (1898-1899) y de Zacatecas (1900). [N.del E.]

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