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Crónica de la fiesta en que se hizo entrega de las llaves de la ciudad de Guadalajara a Nuestra Señora de Zapopan con motivo del iv Centenario de la fundación de esta ciudad

 

Arturo Chávez Hayhoe

 

Hace 70 años, el 1º de marzo de 1942, al calor del cuarto centenario de la fundación de Guadalajara, surgió la iniciativa de otorgar a la venerable imagen de nuestra Señora de Zapopan, las llaves de la ciudad. Implícitamente, en ese gesto se clausuraba formalmente el época de la persecución religiosa en Jalisco. De ello da fe un testigo ocular muy cualificado[1]

 

Ya van más de cuatrocientos años que Guadalajara y la Virgen Zapopana marchan juntas a través del tiempo y de la historia; vio esta venerada imagen nacer a Guadalajara en sus sitio de Nochistlán, y ahí la cuidó y protegió cuando era la villa un simple aglomerado de chozas de paja; acompañó después  a la ciudad en sus tránsitos por Tonalá y Tlacotlán; y cuando Guadalajara vino a asentarse en este Valle de Atemajac, tras de ella se vino la venerable imagen para no desamparar a la población que ella vio nacer, crecer y que Ella había cuidado y protegido.

            Era pues justo entregar y consignar a esta protectora y compañera la ciudad, y ¿qué época más oportuna ahora que Guadalajara festeja su Cuarto Centenario?

            Y para que quedara testimonio de este acto de gratitud se acordó de ofrecer a Santa María de Zapopan unas llaves.

 

Simbolismo de las llaves

 

Significan las llaves la suprema posesión de una cosa, y así en tiempos pasados cuando se quería ofrecer a algún vendedor o bienhechor una ciudad o castillo se le llevaban las llaves en señal de que tomaba completa y perfecta posesión de la cosa ofrecida.

            Guadalajara en su amor filial a Santa María de Zapopan no se conformaba con que esta imagen solo el cetro del poder, la corona de la regalía, la banda de generala y el bastón de mando ni tampoco quería que fuese únicamente protectora contra rayos y tempestades; quería algo más íntimo, algo más completo, y por eso en esas llaves le entregó la ciudad entera. Quiso el pueblo tapatío que en esta ceremonia Santa María de Zapopan tomase completa y total posesión de todo lo que la ciudad tiene o pueda tener; quiso que fuese dueña absoluta, sin reserva alguna, y protectora universal de Guadalajara.

 

***

El viernes 20 de febrero de 1942 reunióse la comisión iniciadora de las ideas; estuvo formada por las siguientes personas citadas por orden alfabético de sus apellidos: señora doña Concepción Corcuera de Verea, doctor don Arturo Chávez Hayhoe, presbítero José Figueroa Luna, licenciado don Víctor González Luna, profesor don Carlos María Guillén, don Pedro Martínez Rivas, don Luis B. de la Mora y don José Pintado; otras personas, aunque citadas, no pudieron concurrir por diversos motivos.

            Nombráronse desde luego comisiones para festinar y arreglar cuantos asuntos pudieran presentarse; cada grupo cumplió con gusto, cariño y a entera satisfacción su encargo.

***

Las llaves, motivo principal de esta ceremonia, fueron obsequiadas por los señores don Luis B. de la Mora y familia, don Jorge de la Mora y su señora esposa doña Elena Camarena de la Mora y la señorita doña María Luisa Camarena.

Fueron chiquitas las llaves, proporcionadas al tamaño de la imagen; su empuñadura es un primor de arte, una verdadera filigrana, dijéramos un encaje de metal. Fueron dos llaves de oro, la una llevaba en el centro de la empuñadura el escudo de la ciudad de Guadalajara y la otra el monograma de María, y así quedaron simbólica y estrechamente unidas  la ciudad y la Virgen. La tija o caña está bonitamente labrada y ornamentada con estrías y otros adornos, dando en su conjunto el aspecto de un pequeño cetro. Por último, en el paletón se hizo calar la cruz franciscana, llamada también de Jerusalén, pues fray Antonio de Segovia, el que trajo la venerada imagen a estas regiones fue franciscano, y franciscanos son los que cuidan la Basílica de Santa María de Zapopan.

Las llaves son de estilo renacimiento y las hizo con maestría el conocido platero don Manuel Peregrina.

Van las llaves sujetas a una especie de llavero de oro con diamante, joya que perteneció a la señorita doña Vicenta Verea y que fue obsequiada por alguno de sus herederos. De este llavero parte una cadenita de oro en la que va a modo de broche una placa de oro con un brillante de montura y corte antiguo; fue obsequio de la señorita doña Ester Navarrete Cortina. Esta cadena esta destinada a servir de pulsera para que así queden las llaves colgantes del brazo de la imagen.

La imagen de Nuestra Señora siempre ha tenido un cetro y perdióse sabe Dios dónde, cuándo  y cómo; en vista de esto, tratóse de reponer el perdido cetro dándole uno nuevo, y así se hizo; fue obsequio de la señora doña Concepción Corcuera de Vera. También es trabajo del maestro Peregrina.

***

El domingo 22 de febrero se hizo invitación al público, en las misas, según las instrucciones dadas por el excelentísimo y reverendísimo señor arzobispo Dr. don José Garibi Rivera, para que asistiera a la próxima festividad. Fue toda la propaganda que se hizo.

Encargóse el padre Figueroa de lo tocante a la liturgia y parte a la liturgia y parte religiosa; lo hizo a la maravilla y con empeño.

Fray Antonio Gómez, guardián del convento de Zapopan, arregló su iglesia y levantó un improvisado altar, sencillo pero elegante. La señorita Herlinda Terán, activa como siempre, no paró ni descansó un momento arreglando cuanto se le comisionaba o podía.

El profesor Carlos M. Guillén tuvo a su cargo el ver cómo se podía acondicionar el atrio y hacer lo que se juzgase necesario; día tras día trabajó hasta dejar todo solucionado.

No hay tampoco que olvidar al padre Saldaña, ministro del curato de Zapopan, quien, dirigiendo a los obreros y muchas veces él personalmente, se encargó de poner la tela en el barandal del atrio. Entre la infinidad de cosas que emprendió que emprendió el padre fue el adorno del pueblo con papeles blanco y azul, colores de la Virgen.

La fábrica de Hilados y Tejidos de Atemajac regaló la manta con que hubo necesidad de cubrir el enverjado.

El servicio de micrófonos y magnavoces, por cierto muy bien instalado y de muy buen sonido, lo puso el señor Miguel de Alba, quien generosamente facilitó sus aparatos y dio su trabajo personal sin más interés que hacer lucir más la fiesta por el motivo del que se trataba.

***

Propúsose en el Comité organizador que en la festividad estuviesen representadas, hasta donde fuera posible, todas las fuerzas vivas y clases sociales de la ciudad, y así se nombraron como representantes del comercio, el señor don Luis B. de la Mora, de la industria, a don Pedro Martínez Rivas, a don José Pintado, de los profesionistas, al doctor don Arturo Chávez Hayhoe, del clero secular, al presbítero don José Figueroa Luna, y del regular a los reverendos padres fray José María Casillas, provincial de los franciscanos, y fray Antonio Gómez, a cuyo cargo está la Basílica de Zapopan. De los obreros iba un viejecito llamado Pablo (no se ha podido indagar su apellido), como tampoco sé el nombre y apellido del representante de los campesinos ni del que iba como representante de la juventud tapatía; la señora doña Concepción Corcuera de Verea iba como representante del sexo femenino y de los tapatíos ausentes de esta tierra. La señorita Herlinda Terán como representante del profesorado; los niños Ignacio González Luna Morín y María Victoria Chávez de la Mora, en nombre de la niñez y de los escolares. Quísose que también hubiese representantes de la raza indígena, pues Nuestra Señora de Zapopan fue la Virgen de los indios, pero por la premura del tiempo y alguna otra causa no se logró que Santa María haya reparado esta involuntaria omisión.

***

La función fue el domingo 1º de marzo 1942. El atrio fue adornado hasta donde fue posible, pues en un sitio de tanta extensión no es fácil hacerlo.

El barandal fuer cubierto de tela para independizar el atrio de la calle; en cada uno de los pilares del atrio colgaba una banderola. Sobre la puerta principal del atrio había un escudo de la ciudad de Guadalajara, pintura que hizo la señorita Herlinda Terán. En la entrada principal del templo, hacia un lado estaba la efigie de fray Antonio de Segovia en actitud de entregar la imagen de Nuestra Señora de Zapopan a un indio que estaba hacia el otro lado de la puerta; la idea y hechura de estos trabajos son del padre Saldaña.

Asistió a la función bastante gente, más de la que esperábamos y menos de la que quisiéramos que hubiera asistido. Si el número de asistentes no fue tan crecido como en otras veces, tuvo por causa las circunstancias especiales de estos días por la que no se creyó oportuno ni prudente hacer propaganda escrita, por lo que hubo necesidad de conformarse con solo hacer correr la noticia de viva voz.

Improvisose un altar austero, sencillo y bonito como a cien metros de la entrada principal del templo. Ahí habían de verificarse las ceremonias y celebrarse la misa.

A las 10 de la mañana en punto llegó al improvisado altar el excelentísimo señor arzobispo doctor don José Garibi Rivera; ahí estaba también el venerable cabildo eclesiástico y muchos miembros del clero. Había personas de todas las clases sociales, desde las más ricas hasta las más humildes en heterogénea mezcla, pues la Virgen es la Virgen de todos, y si en tiempos pasados fue esta imagen el único lazo de unión entre las diferentes clases sociales, era muy natural que en esta fiesta hubiese democrática revoltura. Y ahí estaba, en el altar mayor, la imagen zapopana con su traje de gala y sus insignias.

Empezó la función por la bendición de las llaves y cetro puestos en unas doradas andas que estaban sostenidas por los señores don Luis B. de la Mora, don Pedro Martínez Rivas, don José Pintado y el doctor Arturo Chávez Hayhoe.

Bendecidas estas insignias, se pasó en procesión hacia el altar mayor donde se incorporó a la misma, la venerada imagen que iba sostenida por cuatro frailes franciscanos. Dirigiose la columna hacia los corredores del convento, y ahí entre gritos de alabanza, aplausos, cánticos y vivas, hizo María paso triunfal.

Acabada la procesión en el patio del convento se volvió al altar improvisado, ahí a las 11 horas y 2 minutos, hora oficial, el excelentísimo y reverendísimo señor arzobispo don José Garibi Rivera puso en las manos de la santa imagen las llaves, y con eso le hizo entrega plena y total de la ciudad de Guadalajara.

Mientras se hacía la entrega de las llaves, resonaba en el exterior del templo la marcha triunfal tocada con corneta y tambores por la banda de guerra de los boy-scauts del colegio Cervantes; las campanas a todo vuelo y con gran repique anunciaban el memorable momento; infinidad de cohetes y ristras entusiasmaba a la gente. Al mismo tiempo se hacían caer desde las torres un sinnúmero de volantes que llevaban la siguiente redacción: “1542-1942. Santísima Virgen de Zapopan. El pueblo tapatío en tus manos deposita las llaves de la ciudad de Guadalajara”.

La gente lloraba de emoción, gritaban vivas, aplaudía con frenesí aclamando a la que desde esos momentos era dueña absoluta de Guadalajara. Son momentos para ser sentidos, pero no para ser descritos. Quien una vez los haya pasado, jamás en su vida los olvidará, y muy experimentado ha de ser el escritor que los pueda narrar.

Terminado esto, tomó el padre Figueroa a la santa imagen y con ella bendijo a la multitud, y bendijo también a la cercana ciudad de Guadalajara que se le acababa de consagrar.

Empezó luego la misa pontifical, solemne, con música y cánticos selectos dirigidos por el presbítero licenciado Manuel de Jesús Aréchiga.

Terminado el evangelio vino el sermón maestro en oratoria, el señor canónigo honorario de esta catedral, doctor don José María Cornejo. ¿Para qué elogiar lo que todo el mundo conoce y sabe? Si en otros sermones él lo había hecho con maestría, esta vez, en atención al noble fin a que se dedicaba la función, se superó a sí mismo y lo hizo mucho mejor. Fue un sermón histórico-teológico sobre Santa María de Zapopan, del cual se tomó versión taquigráfica. Esperamos que pronto sea publicado y entonces el documento hablará por sí mismo mucho mejor de lo que nosotros pudiéramos decir o escribir.

Continuó la misa con gran solemnidad y todo vino a terminar a las 13 horas 15 minutos, después de haberse cantado el Te Deum.

Quedó la imagen en el altar improvisado mirando hacia la puerta, en dirección de Guadalajara. Daba la impresión de que desde ahí la veía a la que se le había acabado de entregar.

Durante la función se repartieron unas estampitas que llevaban la impresa la imagen zapopana, el escudo de Guadalajara y la siguiente redacción: “Recuerdo de la consagración y entrega que hace de sí misma la ciudad de Guadalajara, en el iv Centenario de su fundación a Santa María de Zapopan, evangelizadora, pacificadora y civilizadora de estas regiones, protectora y compañera de esta ciudad por cuatro siglos. Basílica de Santa María de Zapopan 1º de marzo de 1942”.

***

Si durante la función de la mañana el concurso de gente fue numeroso, mucho más lo fue por la tarde, a tal grado llegó la asistencia que hubo necesidad de aumentar las corridas de tranvías y camiones. La razón de esta afluencia fue que muchos habitantes de la ciudad de Guadalajara se quedaron sin tener noticia de la ceremonia que se iba a verificar, y después, cuando los peregrinos volvieron a la ciudad y empezaron a relatar lo sucedido, afluyó la gente a Zapopan. Empezó a llegar la multitud a las 3 de la tarde, y para las 11 de la noche todavía había gente visitando a la santa imagen.

Tal vez haya sido mejor que las cosas hayan ocurrido así. Con la asistencia en la mañana podía decirse que la gente había ido con interés de oír el sermón del canónigo Cornejo, tan conocido y apreciado en estos rumbos, o quizá por asistir a una función novedosa, pero en la tarde, ya todo pasado ¿qué interés podía haber? Todo fue espontáneo, natural, y el pueblo tapatío en masa fue a ratificar lo que en la mañana se había hecho, es


[1] Mecanoescrito facilitado por un descendiente del autor al señor Jesús Parada Tovar, mismo que lo hizo llegar a la redacción de este Boletín.

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