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Sermón predicado por el ilustrísimo señor obispo de Chihuahua, don José de Jesús Ortiz y Rodríguez, con motivo de la Coronación de la Santísima Virgen de Guadalupe

 

 

En el marco del primer centenario de la muerte del cuarto arzobispo de Guadalajara, se rescata este sermón, el quinto de los programados en el marco de las fiestas por la coronación pontificia de nuestra Señora de Guadalupe. Lo pronunció el 11 de octubre de 1895, en la Basílica del Tepeyac, y quiso darle una connotación histórico-nacionalista, aunque con un sesgo a favor de la causa de los indios con un incisivo reclamo social.[1]

 

¡Quam terribilis est locus iste!

Non est hic aliud nisi domus.

 Dei et porta coeli.

Gén. 28, 17

Ilustrísimos señores:

            Los afortunados peregrinos que vuelven de Tierra Santa, después de haber visitado los lugares que fueron teatro de los más augustos misterios de la Redención, conservarán por todo el resto de la vida las piadosas impresiones que les causara la contemplación de aquellos horizontes en que alguna vez se espació la mirada de Dios-Hombre: la gruta que le vio nacer, las montañas y valles que recorrió, las ciudades y aldeas que le dieron hospitalidad o fueron testigos del poder de su palabra, los sitios en que descansó y aquellos otros que recogieron sus lágrimas o se empaparon en su sangre sacrosanta.

¡Cuántos recuerdos! ¡Cuántas impresiones y cuán fecundo manantial de meditaciones para la piedad cristiana! Y lo que más conmueve, según decir de los que de allá vienen, es la consideración del hic. Aquí, en este lugar en que me encuentro, el Hijo de Dios habló a los hombres. Aquí exhaló el último suspiro. De tal suerte, que la imaginación puede fácilmente reproducir en sus más insignificantes pormenores las grandiosas escenas de la redención.

Tal parece, hermanos míos, que nos sucede a nosotros, venidos de lejanas tierras cuando traspasamos por primera vez los dinteles de este recinto sagrado. Aquí, o no lejos de aquí, años atrás, la Madre de Dios y Reina del cielo, velando modestamente de los destellos de gloria que la circundan, aparecióse al neófito Juan Diego, habló con él, le declaró sus designios y le hizo mensajero de sus voluntades.

¡Aquí en la cumbre de la santificada colina, los oídos del felicísimo indígena se recrearon con las armonías celestiales que anunciaban al nuevo mundo la gloria de Dios y la paz a los hombres de buena voluntad; aquí florecieron los rosales plantados por divina mano, de donde el humilde mensajero tomó las flores que habían de acreditar la verdad de su misión; aquí, finalmente, por invisible y omnipotente pincel fue delineada la portentosa imagen que hoy todavía conservamos como recuerdo del insigne favor!

Con razón, pues, al sentirnos bajo el abrigo de estas bóvedas seculares, al aspirar el ambiente del recinto sagrado, al fijar la vista en las pinturas alusivas que decoran sus muros, al doblar la rodilla para formular la primera plegaria y contemplar por primera vez en su propio original el moreno y agraciado rostro de la santa imagen, un cúmulo de piadosos recuerdos acude a la memoria; siéntese el peregrino conmovido por el temor y por el profundo respeto que inspira el prodigio sobrenatural que está a la vista, por la dulce confianza que infunde la consideración de que está en la casa de la amantísima Madre de los mexicanos.

¡Verdaderamente es santo y terrible este lugar! Pudiéramos exclamar con el patriarca Jacob cuando volvió del sueño misterioso en que Dios le recordó sus designios. Santo es este templo, no solo porque ha recibido las bendiciones solemnes de la Iglesia, no solo porque es el monumento de nuestras más claras tradiciones y el relicario que guarda la más preciosa y significativa prenda de nuestra fe en el milagro guadalupano, sino que es santo también, porque ha sido consagrado con la presencia de la Inmaculada Virgen María, y porque de sus labios se escucharon aquí las palabras de tiernísimo afecto, reveladoras de los designios de Dios sobre el pueblo conquistado.

Cuando se considera la honra singular que la Madre de Dios dispensara a los hijos de este suelo en su milagrosa aparición, y los favores sin número que ha seguido prodigándoles en el transcurso de los años, no es de admirar ni el universal entusiasmo con que fue acogido el feliz pensamiento de reedificar este templo a honra suya y coronar su santa imagen con corona de oro, ni el concurso de pontífices, sacerdotes e innumerables peregrinos que han venido para dar testimonio de su fe y realzar con su presencia el esplendor de estas fiestas.

Consagrar con las bendiciones de la Iglesia este monumento erigido por la gratitud del pueblo mexicano a su augusta Patrona, y reproducir en cuanto es dado al hombre, siquiera sea en imperfecto y pálido bosquejo, la grandiosa escena que tuvo lugar en el cielo, cuando el Hijo de Dios, descendiendo del excelso trono que ocupa a la diestra del Padre, se adelantó para recibir a la Soberana Reina del universo, a la Inmaculada Virgen, que ascendía de la tierra con la majestad de la aurora, hermosa como la luna, radiante y escogida como el sol; tal es el objeto de las presentes solemnísimas fiestas.

¿Qué diera yo, hermanos míos, por encontrar asunto digno de las circunstancias no menos que de vuestra ilustrada y religiosa atención? Humilde pastor de apartada y naciente grey, nunca pude imaginar que me tocara a mí llevar la voz en tal solemne ocasión, en nombre de una de las más ilustres y antiguas iglesias de esta porción del rebaño de Cristo; pero tampoco he podido rehusar el alto honor que se me dispensara.

¡Vos, Señora, que sois Madre de la Sabiduría increada y Madre nuestra también, alcanzadme la gracia de un rayo de luz, para penetrar en la profundidad de los designios divinos y mostrar a mis hermanos, cómo en vos, Señora, en el culto que os tributamos, en el amor que os profesamos, está vinculado el verdadero progreso y el sólido engrandecimiento de la patria!

 

Ave María

 

La más firme de nuestras piadosas tradiciones, la que siempre resistió victoriosamente el examen de la crítica más apasionada, la tradición guadalupana, cuenta hoy la aprobación del ilustre pontífice reinante, confirmatoria de la que años atrás, recibiera de otro pontífice no menos sabio y eminente. Y si a estos excelentes documentos se agregan, a mayor abundamiento, los estudios críticos llevados a cabo en los últimos años por hombres doctísimos en la historia patria, y el testimonio unánime del episcopado, del clero y pueblo, quienes claramente han expresado su sentir con motivo de las presentes fiestas; ya no habrá en adelante para los que nos preciamos de verdaderos católicos, sombra alguna que obscurezca la pureza de nuestra fe.

Partiendo, pues, del hecho innegable de la parición guadalupana, podemos ya elevarnos a las más altas consideraciones y preguntarnos con humilde y profundísimo respeto: ¿Cuáles son los secretos designios que Dios tuvo al permitir que la Inmaculada Virgen viniera de lo alto del cielo a visitar a los pobres moradores de esta entonces desconocida tierra?

Sabemos de cierto que Dios no hace cosa alguna sin razón suficiente. Sabemos todavía más y con igual certeza: Dios nunca permite estas apariciones extraordinarias de lo sobrenatural, sin altísimos y secretos designios. Si habló familiarmente con los patriarcas, si en diferentes ocasiones se apareció a Moisés y le comunicó directamente sus voluntades, si a los profetas les infundió su Espíritu divino para que vieran el porvenir, todo fue porque así convenía para preparar y llevar a cabo la grande obra de la redención.

Sin más razonamientos, podemos pues desde luego asegurar, que un grande y secreto designio se oculta bajo la sencilla historia de la aparición guadalupana.

Tratábase de arrancar el poder del demonio y conquistar a la verdadera fe un pueblo numeroso, conquistado ya por la fuerza de las armas. Ved aquí una obra digna de Dios, quien por salvar las almas y restablecer al hombre en su primera dignidad, no vaciló ante las humillaciones mismas de la muerte.

En las obras de Dios distínguense claramente tres faces diferentes que corresponden a tres períodos de su historia: humildad y a veces desprecio en sus principios, lentitud en su desarrollo y admirable fecundidad en sus resultados.

“Es semejante el reino de los cielos al grano de mostaza que tomó en su mano un hombre y lo sembró en un campo; menudísima entre todas las semillas, crece después y viene a ser mayor que todas las legumbres y hácese árbol, de forma que las aves del cielo bajan y posan en sus ramas”.

Dios es el sembrador; su divina palabra, la simiente; el corazón del hombre es el campo, y las leyes eternas de la justicia, en combinación con la voluntad humana, representan los elementos naturales. En el primer período, Dios lo hace todo: ordena los acontecimientos, prepara los corazones, y envía sus siervos para que esparzan por todos los vientos la semilla de la palabra divina: este es el período de la vocación o de la siembra. En el segundo, Dios entra en relativo reposo, deja que las leyes eternas de la justicia se desarrollen sin detrimento de las libres determinaciones de la voluntad humana, y este es el período de la prueba o del cultivo. El tercer período es el de la recolección de los frutos y de la estrecha cuenta, el período de las recompensas y del castigo.

Y esto que se dice de los individuos, con mayoría de razón es aplicable a las naciones que son también criaturas de Dios y herencia especial de su divino Hijo quien la recibió juntamente con su generación eterna. Ego hodie genni te… dabo tibi gentes hereditatem tuam.[2]Tienen las naciones su vocación especial, su período de prueba, sus recompensas y sus castigos.

La España fue la nación afortunada escogida por Dios para asociarla a la realización de sus designios en el Nuevo Mundo. Ninguna como ella, en aquel entonces, más digna de tan alta misión. El natural carácter de sus hijos que les predispone a toda empresa ardua y gloriosa, juntamente con el heroísmo heredado de sus mayores y nunca desmentido ni entibiado en ochocientos años de constante batallar contra el islamismo; la firmeza de su fe y el celo que siempre tuvo en la conservación de su integridad, no menos que el momento escogido por Colón para solicitar el apoyo de aquel poderoso pueblo, cuando terminaba gloriosamente la obra de la emancipación definitiva y rebosaba en poderío, en grandes tesoros y en hombres eminentes en ciencia y en virtud; todo persuade que la noble y católica España era en efecto, la llamada por Dios para sembrar el grano de mostaza en este inculto y dilatado campo.

Bajo los auspicios de la generosa reina Isabel, el gran descubridor emprendió su asombroso viaje de exploración, y de acuerdo con la soberana a quien servía, en la primera tierra que encontró a su paso, enarboló el estandarte de la cruz, para significar que Cristo, antes que los hombres, tomaba posesión de estos desconocidos reinos que ya le pertenecían a título de herencia.

Pero no es esto solo. La vocación de la España, bastante indicada por la ilación lógica y providencial de los acontecimientos, recibió solemne confirmación sobre esta bendita colina, en el pacto de alianza iniciado por la Reina del cielo con el más ilustre representante que la nación católica tenía entonces en estas regiones, fray Juan de Zumárraga. Por mediación del humilde neófito Juan Diego, el santo obispo tuvo conocimiento de la voluntad de la Reina del cielo, y por la misma mediación expresó él las condiciones que la prudencia cristiana aconseja en casos semejantes. Y no os admire, hermanos míos, el atrevimiento de mis palabras cuando os hablo de un pacto de alianza entre la Reina del cielo y el obispo Zumárraga.

En el campo del padre de familia, ni la simiente sola, ni la lluvia, ni la tierra darían de por sí el fruto apetecido si no se combinaran en acción común. Verdad es que si a bien lo tuviera, el padre de familia podría llevar a cabo sus designios en el gobierno del mundo, sin contar para nada con la voluntad humana, como puede ofrecernos sazonados frutos sin el concurso de los elementos naturales. Pero Dios ha honrado al hombre con el don terrible de la libertad, ha querido bondadosamente asociarlo a la realización de los consejos de su sabiduría, para que tuviera ocasión de merecer, y a tal punto ha llegado la condescendencia divina, que entra en tratados con él como si fuera su igual.

Cuando Dios necesitó un hombre que fuera el padre del pueblo escogido a quien iba a hacer depositario de sus más íntimos secretos, eligió a Abraham entre todos los patriarcas, le llamó aparte, le hizo conocer sus designios y acabó por celebrar con él el pacto llamado de la Antigua Alianza: “Yo soy el Dios Todopoderoso: camina como siervo fiel delante de mí y sé perfecto… Y estableceré mi pacto entre mí y tú y entre tui posteridad después de ti en sus generaciones con alianza eterna, para ser Dios tuyo y de tu posteridad después de ti”. Y para dar firmeza a las obligaciones contraídas, como si Dios quisiera prevenirse contra su misma omnipotencia, agrega en seguida: “circuncidaréis vuestra carne en señal de alianza contraída entre mí y vosotros”.[3]

Si Dios mismo, cuando así ha convenido a sus designios, ha celebrado pactos de alianza con el hombre, no es de admirar que su augusta Madre descienda del cielo para confirmar con un acto positivo de su voluntad, la misión providencial de la nación conquistadora y cubrir así bajo el manto de su patrocinio a la raza conquistada.

La tradición conserva las tiernísimas y familiares pláticas de la Reina del cielo con el humilde neófito. Sencillas como son, pueden guiarnos en las piadosas reflexiones que os vengo proponiendo. Quiere María que en este mismo sitio se edifique un templo para honrar su nombre, declara que en él se mostrará Madre piadosa y protectora de todos aquellos que la invoquen, y en prenda de su palabra nos deja la milagrosa imagen que guardamos aquí como reliquia venida del cielo.

Un templo, una promesa, una prenda de inestimable valor: he aquí en resumen el mensaje de la Reina del cielo al obispo Zumárraga. Dios, representado por su Santa Madre, la nación conquistadora, por su obispo y la raza conquistada, por el indígena Juan Diego; tales son, si nos es permitido expresarnos así, las partes contratantes. Pero en todo pacto hay obligaciones y derechos recíprocos, y un documento, una prenda, que garantiza el cumplimiento de lo pactado.

El templo es la suma de nuestros deberes. Porque no solo ha de verse el templo cristiano en su estructura material, sino primera y principalmente en su significación mística y así, es no solo escuela de la vida cristiana y casa de oración, sino también imagen del cielo y figura de la unidad de fe y de caridad que debe reinar entre los cristianos.

La promesa de María es el fundamento más sólido, no diré de nuestros derechos, de nuestras más caras y legítimas esperanzas; y la bendita imagen que veneramos aquí, la prenda y el testimonio elocuentísimo de la alianza celebrada y el recuerdo imperecedero de los favores hechos a la raza conquistada, no menos que de los deberes impuestos al conquistador.

El pueblo de Israel tuvo también un pacto y una historia que pueden resumirse en estas breves expresiones: un templo que fue la maravilla del mundo y el testimonio de la gratitud nacional por los favores recibidos; una promesa, la gran promesa de la redención que le sirvió de aliento en los días de la peregrinación y de la prueba, y una prenda de seguridad, las tablas de la Ley que se guardaban con religioso respeto bajo el Arca de la Alianza.

En presencia del prodigio guadalupano, el ilustre pontífice depuso los justos temores que la prudencia inspira en semejantes ocasiones, y él primero en la misma actitud en que le vemos en este altar, adoró la portentosa imagen, mandó exponerla a la veneración pública y por su orden se construyó la primera ermita que hoy vemos transformada en templo suntuoso. Así quedó solemnemente ratificado el pacto de alianza: en nombre de su patria el santo obispo aceptó la misión de evangelizar estos pueblos, llamados como todos los demás, a tomar asiento en el banquete del Rey de la Gloria.

La España cumplió fielmente a su misión; debemos reconocerlo así, porque es de justicia. De España vinieron los primeros heraldos del Evangelio, hombres poderosos en obras y en palabras, que así esparcían por todos los vientos la divina semilla, como derramaban su sangre y sacrificaban sus vidas cuando era necesario para el cultivo de la nueva viña. De España nos vino la paternal legislación de Indias inspirada en los más puros sentimientos de la caridad cristiana, la hermosa lengua que hablamos, las ciencias, las artes y los conocimientos útiles, que sirven de base a la moderna civilización. De allá vinieron también, es preciso confesarlo, el audaz aventurero deseoso de proezas y mundana gloria, y el encomendero sin entrañas dispuesto a sacrificar su conciencia cristiana a trueque de saciar su sed de oro. Era la cizaña, por ley providencial tolerada donde quiera que se siembra la buena semilla.

Los primeros misioneros se ocuparon en preparar el campo, desentrañando del corazón las supersticiones y el culto sangriento de los ídolos, al mismo tiempo que luchaban valerosamente contra los mezquinos intereses de la ambición y de la codicia, conjurados en contra de la raza indígena. A la voz insinuante y persuasiva del religioso, los naturales recobraban la confianza, perdida por los malos tratamientos del conquistador, deponían su actitud hostil y bajo los auspicios de la Virgen María de Guadalupe y del santo patrón elegido por ellos, congregábanse en torno de la iglesia y del convento, que eran a la vez, escuela de la vida cristiana y de la vida civil. Así se formaron los primeros centros de la población indígena, con sus tierras comunes, su legislación especial y la autoridad del misionero, quien la ejercía según el modelo de los antiguos patriarcas.

A los primeros operarios sucedieron otros no menos celosos a quienes estaba reservado el culto lento y laborioso de la viña. Tocábales a ellos la consolidación de las conquistas ya hechas, a la vez que emprendían otras nuevas a medida que audaces exploradores descubrían campos vírgenes que reclamaban su celo. Durante largos años de trabajo continuo, la fe católica fue de esta suerte arraigándose más y más en este suelo; las dos razas, la conquistadora y la conquistada, venciendo naturales repugnancias, se acercaron la una a la otra, vivieron pacíficamente bajo el mismo cetro y aún se unieron, siquiera sea en parte, con los vínculos de la sangre, para dar nacimiento a la patria mexicana, heredera de las nobles virtudes, no menos que de los defectos de aquellas.

Aquí termina la misión providencial de España. La heroica nación sembró el grano de mostaza en este campo virgen, y la mínima semilla se ve al cabo de trescientos años, transformada en un árbol robusto que extiende la sombra de sus ramas hasta las más apartadas regiones. Un pueblo que nace de su seno para tomar asiento en el congreso de las naciones libres, una cristiandad floreciente que dilata y embellece el reinado de Cristo, tal es el fruto de los generosos desvelos de la España en el cultivo de la viña que se le encomendara.

¡Eterna gratitud a la nación conquistadora que nos legó con su sangre, su lengua, sus costumbres y su genio, el tesoro inapreciable de la fe cristiana!

Al emanciparnos de la madre patria comenzó para nosotros el período de la prueba, al mismo tiempo que recibíamos la doble misión providencial de continuar la obra civilizadora de la raza indígena y conservar en nuestro propio ser la pureza de la fe católica.

Hace más de setenta años que somos dueños de nuestros destinos y responsabilidades ante Dios y ante la historia del uso que hubiéramos hecho de la libertad conquistada. Es tiempo ya de preguntarnos: ¿cómo hemos cumplido nuestra noble misión providencial? ¿Cuál será la cuenta que debemos al Señor de la viña cuando venga a visitar sus posesiones?

Y por lo que hace a la raza indígena, ¿qué hemos hecho nosotros, hermanos míos, en nuestra calidad de nación independiente, para cooperar a la realización de los designios de María con relación a la raza predilecta suya? ¿En dónde están las misiones fundadas por nosotros, no digo ya para continuar, para conservar siquiera las conquistas civilizadoras de España?

Cuando vemos pasar delante de nosotros esos grupos de hombres, mujeres y niños de la raza indígena que caminan en silencio, ostentando en el desaliño de sus personas, en la desnudez de su cuerpo, en su andar vacilante y en la vaguedad de sus miradas sin inteligencia y sin vida, la doble y profundísima miseria de que adolecen en el alma y en el cuerpo. Cuando tales espectáculos se contemplan, no digo ya en nuestras más apartadas serranías, en el centro mismo de las más populosas y adelantadas ciudades, la respuesta no debe ser dudosa, ni menos mortificante para nosotros.

¡Nada, absolutamente nada hemos hecho como nación independiente en favor de esa raza predilecta de María!

Las continuas revueltas en que por mucho tiempo vivimos podrán servirnos de excusa por lo que ve a lo pasado. Mas ¿quién podrá en adelante librarnos de la responsabilidad que sobre nosotros pesa, si no hacemos poderosos esfuerzos para atraer hacia nosotros esa numerosa porción de nuestros hermanos que viven hoy privados de los beneficios de la civilización cristiana y próximos a perder hasta los últimos restos de la fe católica que recibimos en herencia de nuestros mayores?

El iniciador de la Independencia política de la que un tiempo fue la Nueva España, comprendiendo quizá la responsabilidad que echaba sobre sí, no quiso romper totalmente con un pasado glorioso y que auguraba porvenir mejor, y en momentos al parecer de secreta inspiración, enarboló como bandera de la temeraria lucha por él emprendida, la sacrosanta imagen de la Virgen María de Guadalupe, símbolo desde entonces, a la vez, de la religión y de la patria. Sacerdote y patriota, era él mismo en su persona la encarnación viva de su programa: Patria independiente y religión una.

Los caudillos que en pos de él se levantaron para continuar la lucha, murieron fieles a su gloriosa bandera, y el afortunado vencedor, el consumador de la obra creyó por un momento asegurada para siempre, la libertad de la patria en la unidad de la fe. No fue así por desgracia nuestra; habíamos entrado de lleno en el período de la prueba, Dios nos dejaba hacer y nos observaba en silencio, éramos libres para ir a la derecha o a la izquierda y no todos se conservaron fieles. La herencia que de nuestros mayores recibimos ha sufrido tristísimos e inolvidables menoscabos. Las antiguas fronteras desaparecieron, dogmas nuevos se han predicado en la cátedra, en la tribuna y en la prensa, y la fe que inspiró su programa a los primeros caudillos de la Independencia, no es ya la antorcha que guía a los hombres de Estado en el gobierno de la cosa pública.

A favor de las luchas intestinas en que por largo tiempo vivimos, la cizaña ha cundido y penetrado hondamente en el campo del padre de familia, y los amargos frutos que ya comienzan a recogerse en la creciente inmoralidad pública bajo sus más repugnantes manifestaciones, apenas si han bastado a provocar la alarma, y sincera y nobilísima confesión de parte de uno de los hombres de más recta intención y más esclarecido talento con que se glorían aquellos que nos quieren mal.

¡Ah! ¡Si México, más feliz que la Jerusalén deicida, comprendiendo mejor sus verdaderos intereses, escuchara en estos momentos la voz de aquella que le llama y le brinda, sin menoscabo de su engrandecimiento material, con bienes más sólidos y duraderos, que el orín no consume ni destruye la polilla!

Es, sin embargo, altamente consolador lo que nuestros ojos ven en los momentos que corren. Tras largos años de merecidas expiaciones, la paz política y el consiguiente desarrollo de los intereses materiales, que si no son el don por excelencia de Dios, mucho significan en un pueblo debilitado por las discordias civiles, parecen arraigar definitivamente entre nosotros; y lo que es más aún la fe católica, que se extinguía sin remedio, según decir de nuestros enemigos, no sólo vive en el corazón de los hombres fieles a la antigua enseña de la Independencia, sino que en estos días ha dado pruebas inequívocas de que es ahora tan poderosa en obras, tan firme y solícita de su integridad, como lo fuera en los mejores tiempos. De ello da irrecusable testimonio este grandioso monumento en pocos años erigido en honor de la fundadora de la nacionalidad mexicana; el esplendor de estas fiestas sin igual en los anales de la historia patria, y el extraordinario concurso de los peregrinos, que de las más apartadas regiones han venido a postrarse ante la bendita imagen, para hacer pública confesión de su fe y exhalar en cánticos de acción de gracias los más puros sentimientos del amor y de la piedad filial.

De esta suerte, hermanos míos, la Reina del cielo que bendijo con su presencia este campo inculto desde que en él se depositó el primer grano de mostaza, que dio valor, abnegación y constancia al misionero y apareció desde los primeros días como mediadora entre el conquistador y el conquistado, para dar nacimiento a un pueblo nuevo que le pertenece, no menos por lo que tiene de ibero que por lo que tiene de indígena; que en momentos solemnes reaparece segunda vez, siempre bajo la consoladora advocación de Guadalupe para inspirar a los hombres que nos dieron la patria, el salvador programa de la unidad en la fe: Ella que fue el sostén de los fieles en los días de la tribulación y de la prueba, una vez más vuelve a aparecer en el cielo de nuestras esperanzas, ofreciendo la paz verdadera a todos los hijos de México, como si quisiera renovar el antiguo pacto de alianza y derramar nuevas bendiciones sobre su pueblo predilecto.

Queríais, Señora, un templo consagrado a vuestro culto, un templo que fuera en su simbolismo místico, en la simétrica disposición de sus naves, en la decoración de sus muros, en el tallado de sus piedras y donde quiera que la vista se fije, elocuentísima enseñanza de nuestros deberes de cristianos y recuerdo imperecedero del insigne favor que de Vos recibimos en este lugar. Pues ved aquí cumplidos vuestros más ardientes votos. En otro tiempo la munificencia de los reyes se enaltecía compartiendo con el pueblo fiel, el mérito que a los divinos ojos tienen estas obras monumentales erigidas en honra vuestra; ahora este templo es obra exclusiva de la fe y el amor de vuestros hijos, de la generosa ofrenda del óbolo del pobre. Aceptadlo bondadosamente. ¡No es verdad lo que vos, Señora, merecéis, no obstante que es lo más que hemos podido ofreceros!

Permitid que en estos momentos solemnes os recordemos vuestras inolvidables promesas. ¡Mostraos una vez más, Madre piadosa de los mexicanos! Dentro de breves horas, en el instante en que el ilustre pastor de esta grey, digno sucesor del santo obispo Zumárraga, corone vuestras sienes con la diadema de oro que os dedica el amor y la piedad de vuestros hijos, México entero, unido en un solo pensamiento y en un solo corazón, elevará al cielo humilde y fervorosa plegaria inspirada en la inquebrantable fe que tiene en vuestro poderoso patrocinio. ¡Acogedla benignamente! Nada en particular pediremos guiados por nuestro propio juicio, vos Señora, pediréis lo que más conviene a nuestros verdaderos intereses. Si por ventura, como muchos creen, esta fecha gloriosa ha de inaugurar para México la era del sólido engrandecimiento y de la verdadera paz, haced, Señora, que se apresure el momento, que venga a nosotros el reino de Dios para que unidos en la fe y en la caridad, cumplamos mejor la misión providencial que nos ha sido encomendada.

Pero si la gloria de Dios conviene que se prolongue el período de la expiación y de la prueba, si hemos de sufrir todavía persecución por la justicia, si no suena aún para México la deseada hora del reinado social de Jesucristo, cúmplase en todo la divina voluntad, pero venga a nosotros juntamente con el merecido castigo, la abundancia de vuestras bendiciones, el valor y la fortaleza cristiana que necesitamos para perseverar hasta el fin.

Amén



[1] Se publicó en el Álbum de la Coronación de la Santísima Virgen de Guadalupe, Imprenta de “El Tiempo” de Victoriano Agüeros editor, México 1895, 18-21.

[2]1 Ped. 2, 9

[3]Gen,  17, 7-11. Traducción del señor Scio.

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