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Homilía de la misa de aniversario luctuoso del cuarto arzobispo de Guadalajara, don José de Jesús Ortiz y Rodríguez

 

+ José Francisco Card. Robles Ortega

 

La Arquidiócesis de Guadalajara dedicó a la memoria de su cuarto arzobispo, el día del primer centenario de su muerte, 19 de junio del 2012, una Jornada Académico-Musical, que tuvo como escenario el refectorio del antiguo Seminario Conciliar, recinto que se inauguró con el arribo del prelado, procedente de Chihuahua. Tomaron parte en ella el presbítero Dizán Vázquez Loya y los doctores José Miguel Romero de Solís, Juan González Morfín y Francisco Barbosa Guzmán, así como el Coro de Infantes de la Catedral de Guadalajara, dirigido por el Mtro. Aurelio Martínez Corona. Por la tarde, a las 18 horas, el arzobispo de Guadalajara presidió la Eucaristía en el templo parroquial del Sagrario Metropolitano de Guadalajara, donde yacen los restos del extinto prelado. Los textos de la liturgia de la Palabra a la que alude esta homilía, fueron tomados del ritual de exequias: Ez. 37, 1-14; Hb. 9,15.24-28 y Jn. 10, 11-18

 

La liturgia de la Palabra nos ofrece esta tarde, en el marco del primer centenario de la muerte del cuarto arzobispo de Guadalajara, don José de Jesús Ortiz y Rodríguez, un rico filón para entender que luego de la resurrección de Cristo, el tránsito al más allá es apenas un paso obligado para gozar de la vida verdadera, y no como hasta antes de tal suceso podían esperar los hombres: una irremediable fatalidad.

En la primera lectura, el profeta alienta la esperanza en el triunfo de la vida sobre la muerte, al describir cómo un panorama desolador: “un campo lleno de huesos… completamente secos”, se transforma por la acción insólita del Espíritu divino, en “una multitud innumerable”, la Casa de Israel, desterrada en Babilonia en tiempos de Ezequiel.

El autor de la Carta a los Hebreos, por su parte, descubre la fuente de la energía restauradora de la vida, a favor ya no sólo de un pueblo entre muchos, sino de la humanidad entera: es Cristo, cuya “muerte hizo que fueran perdonados los delitos cometidos durante la antigua alianza”, y que ahora, con la ofrenda de su vida, quita los pecados de todos, en tanto que con su segunda venida glorificará la carne “de aquellos que lo aguardan y en él han puesto su esperanza”.

En el Evangelio, Cristo mismo nos da la pauta para que entendamos el sentido de esta celebración, cuando se describe como el Buen Pastor, porque da la vida por sus ovejas, las conoce y ellas lo conocen a Él: “El Padre me ama porque doy mi vida para volverla a tomar”, nos dice, invitándonos a imitarlo.

¡Cuánto han de pesar estas palabras en quienes tenemos la delicada tarea de continuar el ministerio del Buen Pastor! Veamos ahora qué tanto de esto se cumplió en el itinerario existencial de mi antecesor en la cátedra tapatía que hoy recordamos.

Monseñor José de Jesús Ortiz y Rodríguez nació en Pátzcuaro, Michoachán, en 1849. De su cuna recibió la impronta de un ejemplar obispo, el siervo de Dios Vasco de Quiroga, que allí estableció su sede y vivienda; de la fecha de su nacimiento, la llaga sangrante, inferida a una patria apenas desgarrada por la felonía de una nación fuerte, máxime que el progenitor de nuestro personaje, miliciano de oficio, participó en la desastrosa defensa de nuestros intereses durante la guerra de México con los Estados Unidos.

Su formación fue cristiana todo cuanto pudo ser, habiéndole alentado el testimonio de dos pastores paisanos suyos y muy cercanos a él: don José Ignacio Árciga, quien luego será su prelado y don Agustín Abarca y Cabrera, párroco de su lugar de origen y brillante filósofo neotomista.

Luego de tomar algunos cursos en el Seminario de Michoacán, José de Jesús pasó, en Morelia, al Colegio Primitivo y Nacional de San Nicolás y después a la capital de la República, donde vio disolverse el fallido II Imperio Mexicano. Con el título de abogado, regresó a la capital de su Estado natal deseoso de ejercer su carrera; empero, aceptó también impartir cátedra del Seminario Conciliar; dos años más tarde, solicitó y obtuvo las órdenes sagradas, que le fueron concedidas hasta llegar al presbiterado, en 1877, cuando contaba 28 años de edad.

Su obispo, monseñor Árciga, le ratificó en sus cátedras en el plantel levítico, y a la vuelta de dos años lo hizo promotor fiscal de la Curia; después, vicerrector del Seminario, prebendado del Cabildo Eclesiástico, Vicario General y Gobernador de la Mitra, ministerios éstos que ejercía con eficacia, cuando el Papa León xiii lo nombró primer obispo de Chihuahua, servicio del que tomó posesión en octubre de 1893, cuando aun no cumplía 43 años de edad, esto es, a la mitad del camino de la vida y en todo el vigor de sus capacidades, las cuáles desplegó a la altura de sus circunstancias, entregándose a la tarea de abrir la cepa y echar los cimientos de la estructura diocesana, fundando un Seminario Conciliar y la Curia diocesana, y visitando las parroquias de su dilatado territorio, en ese tiempo tan grande como lo es el estado de Chihuahua, la mayor de las entidades federativas de México. Estableció también Órdenes religiosas, misiones en la Tarahumara, escuelas católicas, asociaciones de piedad y asistenciales y todo lo que un espíritu emprendedor y diligente puede llevar a cabo en algo menos de una década, descontando la estancia que vivió al lado de Pedro, cuando estuvo en Roma para tomar parte en el Concilio Plenario Latinoamericano de 1899.

Habiendo quedado vacante la Mitra de Guadalajara por el pronto deceso del tercer arzobispo, don Jacinto López y Romo, que la gobernó apenas once meses, y cuyos restos también descansan bajo esta bóveda, resultó electo para sucederle el fundador de la Iglesia de Chihuahua, que fue acogido con especiales muestras de afecto por su clero y fieles.

Dos meses le bastaron para secundar la creación de la obra que hará imperecedera su memoria entre quienes recibieron sus beneficios: la Sociedad de Obreros Católicos, con sede en el templo de San Felipe Neri, y a la que cuidó como a la niña de sus ojos, siéndole tan adicto, que quiso ser él su Director, y asistir personalmente a sus sesiones durante el resto de sus días mientras le fue posible hacerlo. Se involucró tanto con la clase obrera, que de ellos surgió la iniciativa de darle el título que hoy le reconocemos: ‘Padre de los Obreros’, correspondiéndole, pues, iniciar en esta parte del mundo, lo que hoy llamamos la pastoral social, con tan sólidas bases que no nos explicaríamos de otra forma la altura que alcanzó en esta Iglesia de Guadalajara el catolicismo social, el Partido Católico Nacional y la pléyade de líderes católicos que se alzarán más tarde, a partir de 1914, como un dique de acero a las pretensiones del totalitarismo anticlerical de los gobiernos revolucionarios.

Justo es admitir que siendo el talante del señor Ortiz enérgico y su constitución física imponente, “la corteza de su trato [era] bastante áspera”, en palabras de un contemporáneo; en contraparte, fue “sumamente piadoso y amante, especialmente, del Santísimo Sacramento […], muy recto, aunque severo [y] trabajó con tesón por la reforma del clero”, de lo cual le vinieron no pocos sinsabores.

En los años de su gestión frente a esta arquidiócesis tapatía, fue sensible en reiteradas ocasiones a remediar con auxilios pecuniarios las calamidades públicas, dentro y fuera de su obispado y aún de México; impulsó la educación católica y sostuvo una estupenda Escuela Normal, además de 16 escuelas parroquiales, siete de niños y nueve para infantas.

Separó el Seminario Conciliar en Mayor y Menor, acondicionando un edificio para éste último; estableció en el primero un Observatorio Astronómico y dotó al plantel levítico de las mejores instalaciones en las ramas científicas, llegando a ser su biblioteca la mejor de la ciudad y del Estado. Tuvo buen cuidado que lo mejor de su clero estuviera dedicado a la formación no sólo de los aspirantes al Orden sagrado, sino de la juventud en general, pues las aulas del Seminario estaban abiertas a todos.

Fundó también la prensa católica, de manera muy señalada el periódico El Regional, que pasa por ser el mejor que tuvo Jalisco durante esos primero años del siglo pasado, siendo no sólo una publicación confesional, sino un medio formativo e informativo abierto a todo tipo de lectores.

Practicó reiteradas veces la visita a todas las parroquias de su obispado, haciéndolas de forma meticulosa, detallada y larga, de lo cual da fe el soneto que le dedica el destacado vate Alfredo R. Placencia, quien lo recibió en la parroquia de Nochistlán:

 

Te conocemos bien; siempre caminas / abrazado a tu cruz de misionero, / como el Apóstol que pisó primero / la soberbia ciudad de las colinas. / Dicen que a todos con piedad te inclinas, / aunque fuese quien te habla un pordiosero, / y que guardas, lo mismo que lucero, / rayos de amor también para las ruinas. / Por eso ves que enloquecido ahora, / después de un año de llorosa y viuda, / torna a cantar la occidental señora. / Y por eso también, aunque desnuda, / mientras Chihuahua se consterna y llora, / Nochistlán se arrodilla y te saluda.

 

El abultado número de los Edictos y Cartas Circulares de su administración en Guadalajara rebasa el número de ciento cincuenta, y el contenido de ellos comprende las notas distintivas de esta gestión: inquebrantable fidelidad al Papa, a la Iglesia y a la doctrina evangélica; diligencia esmerada en lo tocante a la cura de almas, al bienestar de sus ministros, a la sólida piedad; un respeto meticuloso en mantener un espíritu de sano laicismo, sin excluir el desenvolvimiento del irremplazable servicio de los fieles laicos para la aplicación integral de la doctrina social de la Iglesia.

No podemos dejar de señalar, finalmente, que administró el Orden sagrado a cuatro de los quince eclesiásticos de Guadalajara elevados al honor de los altares: a san Justino Orona, a san Rodrigo Aguilar, a san David Galván y a san Jenaro Sánchez.

En la recta final de su vida, cuando apenas contaba 62 años, presa de la breve y dolorosa enfermedad que lo llevó a la tumba en tan sólo seis días, recibió devotamente la visita de la venerable imagen de Nuestra Señora de Zapopan, ante la cual pronunció de forma consciente y sentida el cántico de Simeón; participó hasta el final de la Santa Misa y recibió la Eucaristía y obtuvo el regalo de advertir el instante de su muerte, recibiéndola de forma apacible y santa.

A sus exequias, que presidió el arzobispo de Morelia, don Leopoldo Ruiz y Flores, asistieron ochenta mil personas, uno de cada tres habitantes de la ciudad, los cuáles formaron una valla de un kilómetro y medio, de las puertas de la catedral al cementerio de Santa Paula, donde fue inhumado.

Pocos años después, sus huesos áridos fueron colocados en el monumento que se hizo en el crucero de este templo parroquial, el primero de la arquidiócesis, a un lado de esta cúpula magnífica, construida durante su pontificado.

Con lo dicho, podemos reconocer de modo indubitable, que el extinto prelado que hoy recordamos, creyó en el Señor, lo amó con todo su corazón, y dio su vida por Él, como reza la lápida de su tumba.

Por eso, junto con nuestra oración de sufragio por su eterno descanso, justo es que agradezcamos a Dios el don de la vida que le concedió a su siervo José de Jesús Ortiz y Rodríguez, en especial por los dos lustros postreros de ella, durante los cuales rigió esta Iglesia particular.

Empeñados en imitar tan buen ejemplo, pidamos a Dios que su alma y la de todos los fieles difuntos, por la gran misericordia de Dios descansen en paz.

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