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La Virgen de Guadalupe y la hispanidad

José Ruiz Medrano[1]

 

Discurso pronunciado por su autor en Madrid, en el marco del Año Santo de 1950, durante el cual, en el mes de mayo, se sostuvo en la capital de España un Congreso Guadalupano Iberoamericano, que culminó con la coronación de una imagen de Nuestra Señora de Guadalupe.

 

Sobre el oleaje, virgen aún, del miste­rioso Atlántico viajan tres palomas. La ca­pitana “Santa María” va escribiendo en los reflejos de agua el nombre de la Madre de Dios. Por la noche, al verlas pasar, debieron rezar las estrellas, reverentes: “¡Santa Ma­ría!” como las cuentas de un rosario.... “¡Santa María!”, responde el dulce y lauretano murmullo de las olas. Era la bar­ca sagrada, la más santa, después de la de Pedro, que portaba el gran tesoro. Llevaba a Columbus –Colón-, la Paloma llevando la rama de olivo; llevaba a Cristóforo -Cris­tóbal- el portador de Cristo (porque escri­to estaba en las profecías y en los sueños del navegante, que todas las naciones ven­drían al yugo del Hijo de Dios); llevaba el corazón de España para sembrarlo en las tierras del misterio…

La nave aceleraba la plenitud de los tiempos. Y, cuando la cruz se hincó en las playas de América, y se completó la redon­dez del mundo y el imperio de Dios en los límites occidentales, el Señor dijo a Espa­ña: “¡He ahí a tu hijo!”

Poco después la barca aventurera retor­naba trayendo otro gran tesoro. No era él ni los montones de oro ni las preciosas piedras, ni “el relámpago verde de los loros”; era el primer indio americano, el primer hijo de España que venía… Y es tradición que los reyes católicos recibieron a Colón en Barcelona: allí el aventurero desplegó sus riquezas. Todos los ojos brillaron de ad­miración…Sólo unos ojos brillaron de lá­grimas: los de Isabel que, descendiendo del trono -no podía ser de otra manera- se encaminó al indio y… ¡lo besó! El indio temblando de azoro no comprendió, pero en aquel beso de España nació la hispanidad, Isabel, una mujer, fue la primera madre de América.

Mas para el perfecto amor, para la co­munión espiritual, no basta que la madre quiera al hijo; es preciso que el hijo quie­ra a la madre. España había conquistado la tierra; le quedaba conquistar el corazón del indio, y éste, era inconquistable. Necesitó la ayuda del Cielo.

El indio ve llegar al conquistador, co­mo al hombre de hierro, como a la maqui­naria omnipotente que vomita fuego. La fi­na sensibilidad no puede comprender la cruz del misionero junto a la espada em­briagada de sangre. El que predica amor ¿cómo puede matar al inocente? Se rebela, pero el veneno de sus flechas es impoten­te. Con los ojos enjutos y el corazón som­brío, oye “el sollozar de sus mitologías”; ve caer uno a uno sus ídolos y derrumbarse al golpe de lanza y arcabuz su formidable ci­vilización: la de las pirámides, admirables corno las de Egipto; la de su piedra del Sol más sabia que la de Caldea; la de sus teo­calis y palacios… Y la voz apostólica de los misioneros se pierde en el desierto…

Cuando el hombre entendió que eran va­nos sus esfuerzos, España mereció una más alta conquistadora, e Isabel cede su pues­to a la Madre de Dios.

“Mujer, he ahí a tu hijo”, dice una vez más Cristo a María. “Hágase de mí según tu palabra”, y descendió, revistiendo la forma de sierva, por nosotros los mexicanos y pa­ra nuestra salvación.

Le bastó una palabra, la que pronunció Jesús en la hora del amor: ¡Hijito! Palabra que yo no sé si María la aprendió de Jesús o Jesús la aprendió de María… Lo cierto es que sólo brota de los labios de la Madre y del Hijo cuando la tempestad del amor les arrebata el corazón. “Hijito mío, a quien amo como a tierno y delicado”… El indio oye. Y él, que vio sin llanto el morir de sus dioses y de su imperio, sintiendo la caricia de una Madre que le acaricia y besa el co­razón, ¡se rinde!... De sus ojos, brotan las primeras rosas de las lágrimas y de su al­ma la primera rosa del amor.

Desde esa hora, México cree. Cree a prue­ba de siglos y de sangre. ¿Cómo no va a creer, si es su Madre quien le enseña? ¡Se podría olvidar la voz de los profetas o de los apóstoles, pero no la voz de la Madre! Des­de entonces México ama a sangre y fuego a su Cristo Rey y a su Reina. Desde en­tonces -qué tiene de extraño-  las ma­nos de los misioneros españoles se torna­ron milagrosas y fecundas (Motolinía, “el pobre”, bautizó él sólo a cuatrocientos mil indios). Desde entonces México habla español: este rotundo idioma que usó Cervantes para hablar con la humanidad y Teresa para hablar con Dios. Desde entonces la sangre india va a desembocar a la san­gre española, para crear una raza que ejemplificó la Madre de Dios en la til­ma de Juan Diego. Desde entonces Mé­xico fue creado. Desde entonces, el indio ya no es el resentido de mirada sombría; es Juan Diego, el del corazón en la mano y en los ojos... No miento: si vais al Tepeyac, observad la mirada de todos; ren­didos a los pies de la Virgen los ricos y los campesinos, los obispos, los sacerdo­tes y los legos, los hombres de ciencia y los obreros, las monjas y las artistas de cine, los religiosos y los toreros, los uni­versitarios y los papeleros, y hasta los que alguna vez se pavonearon de anticató­licos, todos miramos a la Madre del mismo modo: ¡es Juan Diego que mira por nuestros ojos! … Las baldosas del templo Guadalupano, que es nuestra casa, que es la casa de la Patria, están desgastándose ha­ce cuatro siglos por las rodillas que cami­nan hacia el regazo de la Madre. Las bó­vedas y los muros de nuestro hogar, con­servan al tesoro de un pueblo que va allí a llorar y a cantar. El corazón de México es­tá allí, entre las manos de María…

¿Qué nos importa que ante el extran­jero se nos haga aparecer como la nación “revolucionaria”, como caricatura de un ateísmo retrasado, o como alumna criolla de Rusia? Somos lo que somos; y en Mé­xico, sabedlo bien, españoles, todos somos católicos, los católicos y los no católicos.... En nuestra médula está viviente Juan Diego, que no puede olvidar la palabra de la Ma­dre “¡Hijito mío, a quien amo como a tierno y delicado!”.

Hace más de cuatro siglos, vino de América el indio a recibir el beso de Isa­bel de España. Hoy viene el indio -que se llamaba Juan Diego- a devolver el ósculo de Isabel. Está aquí. Conquistad este corazón que trae en la mano: es vuestro, porque lo habéis vencido, coronando a la Virgen de Guadalupe. Lo que con ella vais a hacer, ¡lo hacéis con México!... Hoy, en esta coro­nación, empieza de verdad la Hispanidad, sellada con la rosa del Tepeyac. Cuatro si­glos hace, nos unió vuestra Reina Isabel; hoy nos une nuestra reina de Guadalupe.

Confieso que cuando me fue asignado el tema La Virgen de Guadalupe y la Hispanidad, me pareció cosa de devanarse los sesos para comprender las relaciones entre ambos términos, pero pronto caí en la cuen­ta de que la relación era ¡de identidad!

Haciendo a un lado la infinidad de pa­labras hueras y retóricas que sobre la hispanidad se han dicho de este y del otro lado del mar, me pregunto sinceramente qué es hispanidad. Hispanidad, nombre abs­tracto de la realidad de España, feliz subter­fugio de definición, es aquello por lo cual España es España. Vuestros últimos pensa­dores, como Maeztu o García Morente, por ejemplo, se han esforzado por des­cubrir la raíz de lo hispánico y nos di­cen con toda razón que hispanidad no es ni unidad de raza, ya que abarca varias razas; ni unidad de sangre, ya que es cau­ce de muchas sangres; ni unidad de idio­ma, ya que el idioma es la flor, pero no la raíz. Que no es unidad topográfica, ni eco­nómica ni política, ni ninguna especie de unidad material, sino la unidad espiritual, un estilo del alma española, y, diría yo, un soplo vital que pervive la historia de España en su pasado, en su presente y en su porvenir. Prosiguen vuestros pensadores, más que definiendo la hispanidad, descri­biendo sus caracteres: hispanidad es re­beldía contra lo extraño. España se rebeló contra Cartago, contra Roma, contra el arrianismo, contra el islam, contra el luteranismo, contra la hoz. Hispanidad es viri­lidad estoica que acepta y cumple su desti­no en la hora de la prueba. Hispanidad es el arrojo y la aventura; es el activismo con que el español, lejos de dejarse domeñar de “las cosas”, las modela y doblega se­gún su espíritu; no es la historia quien mol­dea a España, es España quien moldea su historia; hispanidad es una visión de los va­lores del mundo, una jerarquía fija e inamo­vible en que lo espiritual está sobre cual­quier valor material. Hispanidad es perso­nalismo que coloca a la persona humana sobre toda la creación. Hispanidad es la esencia del “caballero cristiano”, soñador como el Quijote, cortés y místico como “el caballero de la mano al pecho” del Greco.

Todo esto es muy cierto, pero permitid­me decir mi pensamiento: eso no es la raíz de España. Es, si queréis la raíz biológica y hasta la filosófica, mas la raíz más honda de España, es su raíz teológica.

Teología de una nación es el conjunto de relaciones que un pueblo tiene con Dios y con las verdades que Él reveló, y con los auxilios de gracia que Él concede por la Redención, y con la Iglesia que Jesús fundó. Pues bien, la grandeza de España reside en la especial aptitud que el Señor le dio para realizar en sí y en su influencia, los valores, cristianos.

Dios, nos enseña la teología, formó al hombre de un puñado de tierra que se organizó maravillosamente en cuerpo huma­no para ser capaz de las funciones de la vida humana. Las maravillas del cuerpo no son sino las disposiciones para el adveni­miento del alma, el spiraculum vitae. Con el alma, el Señor le dio la luz de la mente y el amor del corazón. No bastaba, porque luz y fuego eran apenas el receptáculo de al­go más alto: la luz de la luz, que es la fe, el espíritu del fuego, que es la caridad, el alma del alma, que es la divina gracia. Es­tos tesoros constituyen el valor sobrenatu­ral del cristianismo.

Pues bien, el Señor hizo a España un pueblo de inteligencia clara y precisa, de voluntad rebelde y generosa, idealista y apostólica; más todo esto no como valor supremo, sino para que ella recibiera el gran don de Dios: su alma sobrenatural. Y cuando hablo de alma sobrenatural de un pueblo, nadie crea insanamente que yo entiendo un alma común al modo de Averroes; entiendo el conjunto de dones y de gracias que Dios en su providencia ha des­tinado a un pueblo, para que cumpla con el destino que Él le ha asignado en la historia de la humanidad. Ni entiendo por des­tino sobrenatural el mesianismo orgulloso de las naciones soberbias, sino la parte de cooperación que un pueblo ha de dar en la labor de Dios para salvar las almas.

España recibió el don natural de la claridad de mente. Claridad meridiana de la realidad: al pan se le llama pan y al vi­no se le llama vino. Su pasión es la clari­dad intelectual en todos los órdenes. Sólo una moda moderna ha permitido que cier­tas nieblas mentales invadan el pensa­miento español. España es aristotélica, es escolástica y es realista. Esto es español en teología, en filosofía, en arte. El español no sabe muchas cosas, pero las sabe bien; y las sabe defender. Tal disposición de men­te era la más apta para recibir la luz de la fe. Más aún, todo el pensamiento español auténtico está cimentado en la fe. La histo­ria de España es una epopeya de la fe católica, que por ser verdadera fe, fue siem­pre fecunda en sangre de mártires desde su adolescencia. Primavera de martirio fue­ron sus primeros siglos de cristianismo. Des­pués lucha 800 años por salvar la fe de Eu­ropa y no descansa hasta rendir Granada. En el gran siglo xvi, se yergue sin con­templaciones ante la invasión del protestantismo, disolución de la unidad de Euro­pa; y el protestantismo impotente y renco­roso va a esconderse a las nieblas del Nor­te, para desquitarse con la Leyenda Negra. España lucha en el siglo xx; y el ateísmo despechado marcha dejando en esta tierra la única rojez que España puede tener: la de la sangre.

En la fe cristiana está cimentada la vi­sión española del mundo: las cosas son creaturas, únicamente creaturas y, por lo tanto, valores relativos y subordinados al valor inmortal del alma y al valor infinito de Dios. España no puede idolatrar la téc­nica moderna ni la máquina; porque má­quina y técnica, ciencia y economía, artes y civilización valen “tanto cuanto”. Aquí no hay arte por el arte, ni cultura por la cul­tura, ni política por la política, ni econo­mía por la economía, sino arte y cultura y política y economía por el alma, porque todo “es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios”, que dijo Calderón.

En la fe cristiana radica la jerarquía de los valores de toda mente española, que alcanza su ejemplar manifestación en aquel siglo en que España fue más española; en que todos eran teólogos: los pensadores, los poetas, los músicos y los pintores. ¿Qué es la música de vuestro Vitoria, sino el diálogo teológico entre el alma y Dios? ¿Qué la pintura del Greco, sino una teología mís­tica en una tormenta de luces y colores? ¿Qué la poesía de todos vuestros poetas, sino luces teológicas y fuegos místicos? ¿Qué de raro tiene para el que conoce lo español, el milagro de san Juan de la Cruz, que supo juntar el más subido escolasticismo teológico con el arte más puro y el amor al rojo blanco?

Y vosotros sois, porque debéis serlo, los herederos de ese siglo de teología vivi­da y operante, atrevida y expansiva. Esa luz de Dios, ese sol era el que no se ponía en vuestros dominios. . . Habéis perdido, cierto, los silogismos, pero vive aún el es­píritu instintivo de la visión cristiana.

Se dice que el español es activo. Creo que tal activismo se deriva del concepto teológico de la Gracia. Nadie como Es­paña se apasionó con el grande problema de la Gracia.   Fue  aquí donde  nació  el anhelo de dilucidar el gran problema teo­lógico, que está en la médula de la doctri­na cristiana: la conciliación entre la Gra­cia de Dios y la libre cooperación del hom­bre para cumplir su destino: su salvación. Tiempo de decoro para la humanidad en que se rompían lanzas por ¡los valores del pensamiento!... Y saltaron a la palestra dos españoles, Báñez y Molina. Y los dos tenían razón, no en sus conclusiones, que son discutibles, sino en sus premisas, que son  la defensa de la doble verdad: la Gra­cia Divina y la Libertad y la Acción huma­na. Esto es español: saber rezar para im­plorar la gracia, como si todo de ella de­pendiera y saber obrar con denuedo y coraje, como si todo fuese obra del hombre.

El personalismo español coincide con el personalismo cristiano: el supremo valor, después de Dios, es la persona. Sabe que por la comunidad el individuo puede sacrificar su trabajo, su pan y aún su vida, pero no la persona. El individuo es pa­ra la sociedad, en cuanto la sociedad es para la realización de la persona.

España fue grande cuando tuvo el don ­de la caridad, cuando su corazón tuvo capacidad de amar a veinte pueblos; cuando nos dio todo lo que ella tenía. Muchos españoles, malos españoles, hicieron la gran conquista por ambición de nuestras rique­zas, o por orgullo, o por simple aventura, pero España, la hizo ¡por Dios! Era la ple­nitud de la caridad que pasó, como ráfaga de fuego de Dios por el corazón de Isabel, de Cortés, de aquellos doce misioneros que forjaron para siempre el alma de México; que sembraron todo nuestro territorio de templos prodigiosos, que son la voz de Es­paña perdurable, porque si los hombres calláramos, las piedras hablarían que de­rramaron la caridad y la redención.

¡España! Tenemos una deuda que no hemos pagado. Fue poco lo que te dimos; fue mucho lo que nos diste. Es preciso de­cirte ahora: ¡gracias por el corazón maternal de tu reina católica! ¡Gracias por el padre Hernán Cortés! ¡Gracias por aque­llos españoles que aquí y allá supieron comprender y amar a México! ¡Gracias por la legión preciosa y santa de franciscanos, dominicos, agustinos y jesuitas! ¡Gracias por el nombre con que nos bautizaste que es el tuyo, Nueva España! ¡Gra­cias por la Ley de Indias! ¡Gracias por es­te idioma en que te doy las gracias! Me atrevo a decirte -salvada toda propor­ción-  la palabra que Benedicto xiv dijo de María de Guadalupe: ¡“no hiciste cosa igual con ninguna otra nación”!

A los valores hispanos ya dichos, de­bo añadir otro, de que vuestros escritores no han hablado lo suficiente: de la mujer.

Es de maravillar que tantas cosas dije­ron del caballero y tan pocas de la dama. El concepto español de la mujer, no es el de la belleza, porque la belleza no es lo mejor de la mujer; no es el de la gracia (aunque la mujer española nunca pierde la sal del bautismo). No es la mujer el objeto de galantería ni de estetismo; en ella el español sabe penetrar su verdadera gran­deza: la maternidad. Este pueblo con­serva en su plenitud el concepto cristiano, medular, central, polar de la madre. Casi diríamos que el padre es atraído al punto de gravedad materno. Por esto es ella el quicio del hogar español; por eso he encontrado en constante y ubicua evidencia ese sentimiento de familia en pleno vigor. Vuestras grandes ciudades son grandes ca­sas con amplios patios, que son plazas, por donde camina “por su casa”, no el hombre, no la mujer sino la familia. Este concepto de la madre, parece una traduc­ción del elogio evangélico: “Bienaventura­da la madre que te dio a luz”. Por eso el mismo nombre de madre, para el español, lo mismo que para el mexicano, es intoca­ble. Que se atrevan a tocarlo… y habrá sangre…

Por esto mismo España ve su modelo altísimo en la Madre de Dios. El mejor can­tar de España ha sido para María, desde la deliciosa ternura de Alfonso el Sabio, hasta el arte complicado de Gerardo Die­go y los poetas más jóvenes. ¡Es claro! María vive en la historia española. Ella formó vuestra nación cristiana; Ella os dio un doce de octubre una columna como un destino, para que fuera vuestra fe lo que siempre está de pie aun cuando caiga todo lo demás… Columna que no puede caer porque está cimentada en la roca de Pedro. Ella os dio la reconquista, y el triun­fo de Lepanto, y el rosario. En otro 12 de octubre os regaló un continente. Ella os da la vida que estáis viviendo en este mo­mento de soledad heroica. Ella os ha dado el gran don de la hispanidad, por cuanto hispanidad es el conjunto de valores cristianos.

Voy a terminar. ¿Qué es pues hispa­nidad? No es el cristianismo, que éste tras­ciende toda nación, pero es una excelsa realización del cristianismo, en un or­ganismo maravillosamente dotado por Dios para ser cristiano y para cristianizar. Es espíritu de fe, de apostolado, de amor a Cristo y a María.

¿Porvenir y perspectiva de la Hispa­nidad? Si se os dio la luz no fue para que la escondierais bajo el celemín, sino para que irradiara en todos los pueblos; si se os dio el fuego, fue para que ese fuego se propagara y lo abrasara todo. Esta es vues­tra grandeza, pero al propio tiempo es vuestra obligación: ser obreros en la obra de Cristo, ser la vanguardia del ejército que va a la conquista del Reino de Dios.

España en esta hora debe ocupar su puesto. Delante de sí tiene un mundo indiscriminado, amorfo: una masa. Masa obs­cura porque falta la luz de la fe; fría, por­que falta el amor… porque falta todo: ¡Dios!

¿Qué hacer? Cristo os lo dijo hace veinte siglos: “El Reino de los Cielos es semejan­te a la levadura que cogió una mujer y la introdujo en la masa, hasta que toda ella quedó fermentada”.

¿Por qué una mujer fue aducida por Cristo para poner la levadura? Y ¿quién es esa mujer? Reverenciando la exégesis de los Padres, me atrevo a añadir una exégesis que me dicta la piedad, con rendida modestia. Cuando Jesús pronunció esta pa­rábola, tenía sin duda en su mente la ima­gen de una mujer: cuando era niño, vio a su madre coger la levadura y fermentar la masa que, después de cocida, alimentaba al Hijo de Dios. Esa misma mujer es la que pone la levadura del Reino de Dios. Sí, ella bajó del cielo la verdadera levadura, que es la Divinidad y la introdujo a la gran masa que es la humanidad. Es ella, lo sa­bemos, quien toma la divina levadura de la Gracia, y al mismo autor de la Gracia y lo introduce en las almas y en los pue­blos. Y ¿quién, sino María puso la levadu­ra de esta España, para que toda ella fue­se fermentada y para que de ese pan co­miesen veinte pueblos?

Españoles, esa es la hispanidad: la levadura de fe y amor y apostolado que María puso en vuestro pueblo.

Ahora, ¡oídme, mexicanos! ¿Quién in­trodujo la levadura de Dios en nuestra Pa­tria? ¡Ella misma! Sus manos maternales, de tal suerte pusieron la fe, que todo Méxi­co está fermentado y es fermento. ¡Ella misma introdujo el amor, el que aglutina las almas mexicanas para formar la Pa­tria! Pueblos marianos, español y mexica­no, viven en contienda de devoción y amor a la Madre de Dios. Ella nos introdujo la levadura del martirio, que es prenda de predilección, ese germen oculto que florece en el tiempo oportuno. Dejadme hablar co­mo mexicano: ¡Bendita hora en que supi­mos morir por Cristo y por María! ¡Hora resplandeciente en que de los árboles de los caminos pendían los frutos del marti­rio! ¡Hora en que cada monte pudo ser y fue un calvario! ¡Hora preciosa en que las balas escribían sobre los paredones: ¡Vi­va Cristo Rey! ¡Hora deliciosa en que en el Tepeyac brotó una tempestad de rosas de sangre! ¡Hora en que el mexicano caía boca abajo para besar la tierra que besó su Madre!...

España y México están unidos en esa levadura de fe, de amor y de martirio. Es­tán unidos porque tienen una Madre. Si hispanidad es esto, la autora de la his­panidad es María. Común destino. España y México están unidos en María de Gua­dalupe, y lo que Ella unió nadie puede se­parar.

España estaba dormida. Al golpe de la sangre, se ha despertado para reconocer­se. Y de todos los ámbitos españoles ha surgido una nueva juventud, una nueva primavera. Vuelve a ser ella. Estamos en el siglo xvi, en que cada español se sien­te conquistador, pero ahora no por la es­pada, sino por las armas del espíritu. Nos ha llamado a la empresa común y ¡aquí estamos! ¡Dos caballeros, pero con una sola dama, que es María!

Españoles: ¿queréis que México se una a vosotros en vuestra labor? Sólo hay un camino: ¡amad a nuestra Virgen de Gua­dalupe! ¡México besará las manos de quien la corone! ¡En esa imagen vivire­mos juntos, como sus dos manos! ¡El pun­to de cita, es el corazón de la Madre de Guadalupe!

¡España! Aquí está Juan Diego, que viene a pagar el ósculo. Te trae lo que él más quiere: su Rosa del Tepeyac. ¡Bebe en sus pétalos, como en una copa de vino, del amor que te brinda mi Patria!

Virgen de Guadalupe: de pie sobre este suelo castellano que es raíz de Espa­ña y raíz de México, extiendo hacia ti la mano alargándote una Rosa de Castilla, que es el amor de España. Para ella te pi­do una gracia: a este caballero -español, paladín de la fe, para que pueda gustar un poco de cielo y para que se rinda a tu amor, dile la palabra que nos dijiste hace cuatro siglos: “hijito mío”. Y verás, Ma­dre, cómo marchan por el camino, hechos hermanos, dos caballeros, el de la espada, que es España, y el dela rosa que es Mé­xico, a la conquista del Reino de Dios.



[1] Presbítero del clero de Guadalajara (1903-1967), doctor en filosofía y teología por la Universidad Gregoriana, impartió latín, literatura, oratoria sagrada y teología dogmática en el Seminario Conciliar.  Canónigo magistral desde 1942, cultivó la música, la oratoria y la literatura con notables frutos.

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