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Una renovada misión: las organizaciones católicas de trabajadores entre 1906 y 1911 (2ª y última parte)

 

Felipe Arturo Ávila Espinosa[1]

 

Sin duda, la contribución del catolicismo social en el marco de la Revolución Mexicana hubiera sazonado, en el marco de la aplicación del principio democrático, el diálogo que se perdió a partir de 1914, al calor de los movimientos armados que suscitó un acontecimiento, cuyos adalides, por diversas y muy particulares circunstancias, arremetieron con insólita virulencia contra la causa católica en México hasta confinarla en el ostracismo jurídico y en la persecución religiosa[2]

 

Dentro de una parte de la Iglesia católica mexicana y de la elite católica laica más afín a ella se dio un proceso de autocrítica, a partir del diagnóstico de crisis que vivía la sociedad como producto de las condiciones materiales deplorables en que vivían los sectores mayoritarios -trabajadores urbanos, campesinos e indígenas- y de la convicción de que los enemigos históricos del catolicismo –el liberalismo y el socialismo- estaban avanzando. Las conclusiones de ese proceso reforzaron la convicción y la identidad católica como la única opción que podía resolver esa situación y, también, tuvieron el efecto de revitalizar una vocación misional. Parte fundamental de ese proceso fueron los congresos católicos nacionales que se celebraron en Puebla, Morelia y Guadalajara, en 1903, 1904 y 1906, respectivamente. En ellos se trataron los asuntos religiosos y sociales que eran considerados como los más importantes por las elites católicas: la formación de círculos católicos amplios y de círculos católicos obreros, el fortalecimiento de la beneficencia, el combate al alcoholismo y al teatro inmoral, el papel de la prensa católica, así como otros asuntos específicamente religiosos.[3]

Las organizaciones laborales católicas fueron objeto de atención prioritaria en la discusión y en las conclusiones del Primer Congreso Católico de 1903, celebrado en Puebla. Ahí quedó definida la manera en que la elite católica las concebía, así como su naturaleza, sus funciones y objetivos y la relación que debían tener con la jerarquía eclesiástica. El principal promotor de su celebración, el obispo de Puebla, Ramón Ibarra, escribió a Porfirio Díaz que, entre los temas de interés “puramente religioso y social” que les había recomendado el Papa, tratarían “la organización de los círculos de obreros para evitar las huelgas”.[4] La definición de ese objetivo no era solamente tratar de tranquilizar a Díaz y evitar su posible disgusto por inmiscuirse en los asuntos laborales. Correspondía plenamente con la posición mayoritaria en el catolicismo que concebía que debiera procurarse armonía y cooperación entre el capital y el trabajo y que rechazaba tajantemente la concepción socialista de la lucha de clases y la realización de huelgas y otras medidas de presión para mejorar la situación de las clases trabajadoras.

Para ordenar la discusión sobre la cuestión laboral, los organizadores del congreso habían encomendado a una comisión que redactara y circulara un cuestionario en el que se planteaban los principales asuntos a debatir y cuyas respuestas y conclusiones definirían con precisión la concepción acerca de los círculos católicos de obreros, de la que era sin duda la parte más activa de las elites católicas eclesiales y laicas de la época. Ese cuestionario establecía definiciones medulares como cuál debía ser la característica que los distinguiera; sus principales fines; los medios que se debían emplear para lograrlos; los requisitos que tenían que cumplir sus agremiados; su relación con las autoridades, con los círculos católicos y con las congregaciones marianas; las prácticas religiosas que debían seguir; la organización interna más pertinente; la conveniencia de que sus directores fueran sacerdotes o laicos; la forma de allegarse los recursos necesarios, así como el tipo de juegos y diversiones que podían practicar en su interior y los que no.[5] Eran temas, todos ellos, esenciales, cuya respuesta constituiría la especificidad y la identidad de las asociaciones laborales católicas.

Después de una amplia discusión, el congreso concluyó que recomendaba “la fundación de círculos católicos de obreros no sólo en cada ciudad y en cada pueblo, sino en cada parroquia”, siguiendo los lineamientos de León xiii para tal efecto. Asimismo definía la naturaleza y objetivos que tendrían tales agrupaciones:

 

Por círculos católicos obreros debe entenderse una agrupación formada especialmente por individuos consagrados al trabajo material y que tienen por objeto:

·         Conservar, arraigar y propagar las creencias católicas entre los asociados.

·         Difundir, entre los mismos, los conocimientos religiosos, morales y tecnológicos necesarios.

·         Procurar el mejoramiento económico de los asociados.

De estos fines, el principal es el religioso, esto es, la restauración cristiana del obrero como medio contra la apostasía del pueblo y de las naciones.[6]

 

Era una toma de partido significativa: la Iglesia católica promovería la organización de asociaciones laborales para la mejora de las condiciones de los trabajadores, pero sobre todo para fortalecer la religiosidad católica de sus agremiados. Para conseguir este propósito, el congreso recomendó el uso reglamentario y prudente de los sacramentos, la penitencia y la eucaristía; la asistencia a misa; el restablecimiento de costumbres cristianas en desuso, como descubrirse al pasar por las iglesias y al lado de los sacerdotes; la instauración de congregaciones de la Virgen, de San Francisco Xavier y del Apostolado de la Oración; la enseñanza del catecismo; la fundación de escuelas nocturnas en que impartieran los conocimientos más indispensables de religión, moral y técnica; la celebración de conferencias dominicales, así como la creación de bibliotecas y salas de lectura en las que tuvieran acceso a materiales útiles para los fines religiosos, morales y técnicos.[7] Era también, a todas luces, una orientación que ponía énfasis en la conservación y el incremento de la religiosidad cristiana dentro del mundo del trabajo.

En lo que tenía que ver con el mundo material, la mejora económica de los trabajadores, el congreso recomendó -en la tradición de lo que eran los mecanismos básicos del mutualismo- el establecimiento de cajas de socorros mutuos, cajas de ahorros, montepíos, así como instrumentos que habían comenzado a fortalecer los objetivos mutualistas: las cajas rurales Raiffeisen y las cooperativas de producción y de consumo. Como una parte complementaria e importante, que contribuiría a fortalecer los vínculos e identidad de sus socios, el congreso recomendó también que en los centros católicos laborales se establecieran centros de reunión para entretenimientos lícitos y se realizaran fiestas a las que pudieran concurrir las familias obreras.[8]

A tales círculos podrían ingresar, además de los obreros, quienes serían el núcleo principal -que podían dividirse en gremios u oficios-, civiles externos benefactores, socios honorarios y familiares de los trabajadores. Y, de manera enfática, para garantizar la buena marcha del proceso y tener el control de él, el congreso ponía en manos de la Iglesia la dirección de los círculos: “El gobierno del círculo residirá en una junta compuesta de un director sacerdote nombrado por el diocesano; un presidente y uno o más vicepresidente elegidos por toda la sociedad [...] sujetándose en todo caso el nombramiento a la aprobación del mismo diocesano”.[9] Para el sostenimiento de las asociaciones, sus socios aportarían cuotas periódicas establecidas por las juntas directivas, y se recomendaba establecer cooperativas de consumo. Y, como colofón, los asistentes al congreso definieron que la relación de los círculos obreros con las autoridades eclesiásticas y civiles y con las otras agrupaciones debían ser: de “una profunda sujeción, obediencia y respeto” con la jerarquía religiosa; de “cristiana sumisión a sus mandatos” con las autoridades civiles y de “estrecha unión” con los círculos católicos.[10]

Ésta era la definición de la naturaleza y de los fines de las asociaciones laborales católicas. Como se observa, la concepción de los prelados, canónigos y laicos que las proyectaron ponía el énfasis en la parte religiosa y subordinaba a ella las prácticas mutualistas, no porque éstas no fueran importantes, sino porque en su enfoque el rescate, la conservación y la promoción de las prácticas religiosas constituían el componente esencial que resolvería los problemas de fondo de los trabajadores y contribuirían así a resolver los de la sociedad en su conjunto.[11] No estaban creando instrumentos nuevos: tanto el mutualismo como las agrupaciones laborales católicas ya existían. Lo nuevo, lo significativo, era que una parte de la jerarquía eclesiástica, una nueva generación de prelados y de católicos laicos imbuidos de ímpetus misionales y doctrinarios, decidieron emprender un vasto esfuerzo que recuperara y ampliara la influencia de la Iglesia en el mundo social de manera abierta, uno de cuyos escenarios principales sería el mundo del trabajo. Lo harían directamente. La Iglesia, a través de multitud de presbíteros -que seguían las instrucciones y estaban permanentemente bajo la supervisión y orientación de sus prelados- y de los militantes laicos que los auxiliaron en esa cruzada, se encargaría de promover y de establecer la organización de los trabajadores. Era un regreso a la actitud paternalista, protectora y tutelar de la Iglesia de otros tiempos de mayor compromiso con el mundo social. Las riendas de ese nuevo proceso las tendría la Iglesia. Los trabajadores serían organizados y coordinados por ella. Era como una especie de reedición de la actitud de la Iglesia y de la Corona española durante la etapa colonial en relación con los indios, a través -por lo que toca a una parte de la institución eclesiástica- de una renovación del espíritu misional y doctrinario, pero ahora con los trabajadores.

Las organizaciones laborales católicas así creadas son por ello peculiares y su estudio debe atender a esta especificidad. A diferencia de las asociaciones laicas mutualistas o de las primeras organizaciones sindicales de la época, que pueden ser estudiadas y evaluadas a partir de su manifestación en defensa de sus intereses, para conseguir demandas como aumento salarial, protestar contra malos tratos, lograr reducir la jornada de trabajo, condiciones más higiénicas o el descanso dominical, demandas cuya consecución implicaba necesariamente su movilización y confrontación contra sus patrones y contra las autoridades, a partir de una visión básica de deslinde y lucha contra los dueños del capital y el gobierno -vistos como enemigos de los trabajadores-, la visión de las asociaciones laborales católicas de la época es radicalmente distinta. Para ellas, la relación entre los trabajadores y los dueños del capital no era de antagonismo sino de armonía; ambos tenían que colaborar y complementarse en sus funciones mediante la práctica de la caridad cristiana.

Para mejorar su situación los trabajadores debían ahorrar, auxiliarse entre ellos mismos en caso de necesidad, enfermedad o muerte, alejarse de los vicios como el alcoholismo y llevar una vida regida por la moral cristiana. La especificidad que aportaban las organizaciones laborales católicas consistía, además, en practicar y reforzar la identidad religiosa, combinada con el mutualismo tradicional. Lo religioso estaría en primer plano. Si a ello se agregaba la presencia cotidiana de los canónigos y la actitud de subordinación y respeto a su autoridad, la independencia de las organizaciones católicas era realmente reducida y es difícil pensar que podían marchar en contra de las opiniones y la orientación de los prelados y presbíteros. Por tal motivo, así como la presencia, la fuerza, la conciencia y el éxito de las asociaciones laborales laicas tradicionales puede medirse por su movilización, por el número de huelgas, paros y aumentos salariales conseguidos, en el caso de las católicas es justamente al contrario: su fuerza, su presencia y su éxito deben evaluarse en función de la ausencia de conflictos y de la existencia de armonía en la relación con sus patrones, de la inmovilidad o rechazo a los llamados de afuera para convertirse en una fuerza beligerante contra el capital y el gobierno y, también, de la práctica efectiva y cotidiana de las actividades piadosas que eran para ellos tan importantes: las misas, las peregrinaciones, las festividades y los ejercicios a los que dedicaban buena parte de su tiempo libre y con los que cumplían con los ordenamientos sacerdotales y les proporcionaban tranquilidad espiritual. Ésa es la diferencia de enfoque con la que tiene que abordarse el estudio de las organizaciones laborales influidas por el catolicismo.

El País, el diario católico más importante de la república en la primera década del siglo xx y en los siguientes años, dirigido por el influyente periodista Trinidad Sánchez Santos -una de las figuras señeras del catolicismo social mexicano-, publicó en diversas ocasiones en sus páginas la concepción que compartía un sector de la jerarquía eclesiástica sobre las relaciones laborales, concepción que párrocos y seglares trataban de que fuera interiorizada por obreros y patrones. Así, en un artículo titulado “Para los obreros”, se señalaba:

 

Entre las muchas causas que influyen sobremanera en el engrandecimiento moral del obrero, deben tener un lugar preferente el amor al trabajo y la respectiva sumisión al amo [...]. El obrero será más grande [ante la sociedad] y más digno de aprecio si consagra sus energías al exacto cumplimiento de sus deberes [...] el amor al trabajo es una gran virtud que debe caracterizar al obrero honrado y digno de aprecio.

El obrero debe ver en su patrón no a un simple hombre que retribuye más o menos su trabajo, sino a un buen padre que vela siempre por su bienestar; como a un instrumento de Dios, como su mentor y mejor amigo. De aquí la estricta obligación del obrero en ser sumiso y respetuoso.[12]

 

El problema obrero continuó siendo analizado y discutido por las élites católicas en los siguientes congresos católicos. En ellos, se fue perfilando una pugna entre la corriente mayoritaria, compuesta por la jerarquía e intelectuales laicos vinculados con grandes empresarios, hacendados y comerciantes, quienes darían nueva vida al Círculo Católico Nacional en 1909 y eran partidarios de un mutualismo tradicional y fundamentalmente piadoso y caritativo, y una tendencia minoritaria, representada por algunos prelados, canónigos y seglares innovadores, influidos por la posición de los jesuitas -que en Europa representaba la vanguardia del pensamiento católico-. Estos últimos fueron quienes comenzaron a señalar las limitaciones del mutualismo tradicional y a propugnar la necesidad de empezar a organizar sindicatos de trabajadores -que era la tendencia mundial que en el mundo estaba desplazando al mutualismo- y a abandonar el abstencionismo político por una participación abierta como católicos. El Congreso de Guadalajara de 1906 definió en sus conclusiones la postura a la que había llegado la élite católica: el problema obrero era de primordial importancia y debían cumplirse las obligaciones de justicia y caridad recíprocas entre patrones y trabajadores; los patrones debían practicar la igualdad, la fraternidad y la libertad cristianas y, para mantener la armonía entre las clases, el salario debía ser justo.[13] Empero, ése fue el cenit de los congresos católicos en la definición de una postura más avanzada en relación con el problema obrero. Atemorizados por la toma de partido hacia los trabajadores que manifestaron algunos de los participantes, la mayoría de la jerarquía, encabezada por los obispos más conciliadores con el régimen de Díaz y más comprometidos con los grandes hacendados y empresarios, reforzó sus prédicas, tomas de partido y actividades tradicionales, conservadoras, y, como parte de ello, trató de tener una presencia mayor, frenar el incipiente radicalismo interno y no perder el control de las agrupaciones laborales. En los siguientes años, unos y otros actuarían en el mundo laboral buscando el predominio de sus respectivas visiones.[14]

 

Impulso y reorganización de las asociaciones laborales católicas. La Unión Católica Obrera

 

Armados con los instrumentos teóricos y conceptuales y con la relativa unidad y convencimiento de la importancia de la cuestión obrera que les habían proporcionado los congresos católicos -aunque cada corriente tuviera una interpretación y un propósito particulares ante ellos-, el núcleo más activo de clérigos y seglares comprometidos con la cuestión social se dio a la tarea de constituir, reorganizar e impulsar a las agrupaciones católicas de trabajadores. Con el propósito de llevar a cabo las resoluciones de los congresos, en Chihuahua, la Sociedad Católica de Artesanos, con la participación activa de los presbíteros locales, creó una sucursal en la población de Camargo, en mayo de 1906, con setenta y cinco miembros; una segunda sucursal en Allende, en octubre de ese año; una tercera en Nombre de Dios, en enero de 1908, y una para mujeres trabajadoras, la Sociedad Católica de Obreras de Chihuahua, en enero de 1909, que un año después tendría otra sucursal.[15] Dichas organizaciones tuvieron un funcionamiento regular, con reuniones periódicas, nombramiento de mesas directivas y atención de sus asuntos internos, todo lo cual se combinaba con actividades religiosas.

En Guadalajara, uno de los párrocos más activos de las filas del catolicismo social, Antonio Correa, tomó en sus manos la dirección de la Asociación Guadalupana de Artesanos y Obreros Católicos, que se encontraba en crisis, y le dio nuevos aires y energía: de cincuenta afiliados que quedaban en 1906, había incrementado su número a dos mil, gracias a la combinación de actividades mutualistas con reuniones semanales para realizar ejercicios religiosos. Jalisco era quizá el principal bastión del catolicismo social y se distinguió también por desarrollar iniciativas que contribuían a mejorar la condición material de los trabajadores dentro del marco de la ayuda y la conciencia cristiana. Miguel Palomar y Vizcarra, uno de los más destacados católicos laicos comprometidos con la cuestión social y el principal promotor de las cajas rurales de ahorros Raiffeisen, con el apoyo del arzobispo de Guadalajara, José de Jesús Ortiz, impulsó la creación de una colonia que ofrecía casas para obreros a una tasa de interés muy baja, mediante un crédito a diez años.[16] En Morelia, otro de los prelados que más habían destacado en las tareas sociales, Atenógenes Silva, le dio mayor impulso a la Sociedad de Obreros Católicos que funcionaba en esa ciudad, cuyos setecientos socios concurrían semanalmente a las reuniones convocadas por el obispo, quien personalmente las presidía y en las que se efectuaban también actividades culturales.[17]

La convicción de que era necesario reforzar el vínculo de la Iglesia con los trabajadores hizo que incluso el prelado que era indiscutiblemente el líder de la jerarquía eclesiástica proclive a la conciliación y el acercamiento con el régimen de Díaz, Eugenio Gillow, obispo de Oaxaca, estableciera una organización obrera en 1906, con 188 afiliados y que tuvo un considerable apoyo de recursos para establecer una caja de ahorros y una amplia infraestructura que comprendía biblioteca, teatro, salones de lectura y juego e incluso dos albercas.[18]Dicha organización siguió el modelo operativo definido, la combinación de mutualismo tradicional y pietismo religioso.

Como parte de esa tendencia se constituyó el que fue sin duda el experimento más importante y exitoso de vinculación entre la Iglesia y los gremios de trabajadores en el centro del país, el Apostolado de la Cruz, en la parroquia del Espíritu Santo. En esta última, su párroco, otro de los destacados clérigos sociales, el padre José María Troncoso, pidió y obtuvo la licencia del arzobispo de la Ciudad de México en agosto de 1908 para establecer ahí un Centro del Apostolado de la Cruz, para obreros, que se inauguró el 4 de octubre de ese año con 200 socios y dos meses después el número de miembros se duplicó. El esfuerzo del padre Troncoso logró ampliar su acción mediante el establecimiento de la Asociación de Sirvientas Católicas de Santa Zita, la Agrupación Artística Lorenzo Perosi y el Recreatorio Católico de San Tarsicio, que tenían también su base en la parroquia del Espíritu Santo. En el reglamento del círculo obrero se definía que su objetivo era el bien espiritual y material de los obreros; era una agrupación abierta a todos los oficios y la cuota semanal que aportaban sus miembros oscilaba entre cinco y veinte centavos. Contaría con una caja de ahorros, daría cartas de recomendación a los socios que perdieran su empleo y las actividades recreativas y culturales tendrían un lugar importante dentro de su rutina.[19]

La vinculación eclesiástica con el mundo del trabajo adquirió un impulso mayor con el nombramiento de José Mora y del Río como arzobispo de la ciudad de México, en diciembre de 1908, uno de los prelados más destacados de la corriente social y quien, a juicio de El País, en su mandato procuraría “el bienestar de las clases proletarias”, como había dado muestras de hacerlo con su participación en los congresos agrícolas católicos de Zamora y León, en los que había promovido reformas importantes en favor de los campesinos.[20] El nuevo arzobispo estableció una relación muy estrecha con el padre Troncoso y el círculo del Apostolado de la Cruz se convertiría en el prototipo de las asociaciones obreras católicas y en el más influyente polo de aglutinación de ellas en los siguientes años.

El Círculo Obrero del Apostolado de la Cruz fue el que tuvo uncrecimiento más notable y rápido, a partir de su fundación, y fue el que recibió mayor apoyo desde la más importante sede episcopal de la república y mayor atención de la prensa católica nacional. Sin duda, ambos factores contribuyeron, a su vez, a su fortalecimiento. En su tercera sesión mensual, en diciembre de 1908, contaba con cuatrocientos  socios. En enero de 1909 inauguró su escuela nocturna para obreros, en la cual los 80 alumnos con los que abrió sus aulas, además de las materias tradicionales de Aritmética, Escritura, Música, Dibujo, Física, Química e Historia Natural, recibían el sello distintivo y la razón de ser de las escuelas católicas: la enseñanza religiosa, a través de las materias de Historia Sagrada, Religión y Moral. Parte de su éxito se debía al apoyo importante que le brindaron algunos de los católicos prominentes y ricos, como el hacendado morelense Luis García Pimentel, quien proporcionó y acondicionó el local de la escuela nocturna. En febrero de 1909 contaba ya con más de 800 socios, editaba su propio periódico -La Unión Católica Obrera- y construía un local para actividades recreativas.[21]

El notable crecimiento y la fortaleza que exhibía el círculo, además del apoyo que recibía de parte del arzobispo Mora, hicieron que fuera polo de atracción para otras organizaciones laborales católicas. En marzo de 1909 se unieron a él la Sociedad Católica de Auxilios Mutuos de San Homobono -la centenaria asociación de sastres-, así como el Círculo Patriótico de Artesanos de la Virgen de Guadalupe, en virtud de que perseguían el mismo fin: “salvar a la clase obrera mediante los principios de nuestra Santa Religión”. Esta integración mantuvo, no obstante, la independencia de las agrupaciones, que conservaron sus respectivos reglamentos y formaron con los presidentes de cada una, una mesa directiva central. Con ello y con la incorporación de nuevos socios se consiguió incrementar la membrecía a casi mil obreros en mayo de ese año.[22]Ésa fue la base sobre la que surgió una organización más amplia, que se propuso aglutinar a todas las agrupaciones laborales católicas por decisión del arzobispo Mora: la Unión Católica Obrera.

La formación de la Unión Católica Obrera el 2 de mayo de 1909fue la culminación y, al mismo tiempo, el punto de partida de una nueva etapa en las agrupaciones católicas de trabajadores, que correspondía a la conciencia, al convencimiento y a la confianza que había logrado una parte de la jerarquía eclesiástica, encabezada porel arzobispo primado Mora, de la fuerza que el movimiento católico había tenido en los años anteriores y que lo convertían en un protagonista principal en la escena nacional. Una vez que el principal modelo de agrupación laboral católica había sido probado con éxito, y que se había logrado dar continuidad a las viejas asociaciones y crear otras nuevas, era necesaria su unificación, que potenciaría su influencia y ampliaría la presencia de la Iglesia en el mundo laboral y en la sociedad mexicana. Coincidía el momento, además, con una inusual movilización y efervescencia política en muchas regiones del país, que había dado lugar a la formación de dos amplios movimientos multiclasistas de oposición al porfiriato y que significaban su primer desafío real en mucho tiempo: el reyismo y el maderismo.

Los católicos, clérigos y laicos, se lanzaron a la palestra. Impulsados por la corriente renovadora encabezada por el arzobispo Mora, tuvo lugar un proceso de organización de nuevas instituciones que, a diferencia de las décadas anteriores, era mucho más ambicioso y tenía un carácter abierto y cada vez más activo por la recuperación y ampliación de los derechos y libertades religiosas que habían perdido luego de las guerras y leyes de Reforma. Nacieron así, entre 1909 y 1911, proyectos nacionales: la Unión Católica Obrera, los Operarios Guadalupanos, la Confederación Nacional de Círculos Católicos de Obreros y el Partido Católico Nacional.[23]

La Unión Católica Obrera (UCO) inauguró oficialmente sus funciones el 2 de mayo de 1909 en la parroquia del Espíritu Santo, con una misa solemne a la que asistió el abad de la Basílica. La dirección de la UCO se encomendó, por instrucción del arzobispo Mora, al padre Troncoso, quien con su peculiar activismo emprendió una tozuda labor de fortalecimiento de la organización mediante actividades variadas que incluían la atención a las necesidades inmediatas de los socios, la enseñanza, la prédica moral, actividades culturales, recreativas y, desde luego, religiosas, la más importante de las cuales era la reunión mensual de todos los socios en la parroquia mencionada. El primer domingo de cada mes era la reunión general, con dos misas matutinas y reunión de la asociación; el primer lunes de cada mes tenían lugar actividades culturales y recreativas; el periódico aparecía y se repartía mensualmente y la escuela nocturna funcionaba regularmente entre semana. Congruentes con la postura definida en los congresos, se preocuparon por inculcar también valores cívicos a sus agremiados y tendieron puentes y mantuvieron buenas relaciones con las autoridades civiles, como el gobernador del Distrito Federal, Guillermo de Landa y Escandón, quien por esos días era el principal promotor de una organización mutualista laica estrechamente vinculada con el gobierno y que se convertiría en una de las más importantes agrupaciones laborales del periodo final del porfiriato, la Sociedad Mutualista y Moralizadora de Obreros del Distrito Federal.[24]

Los propósitos de unificación de las asociaciones católicas, empero, a pesar de los avances que se tenían, no eran suficientes. Aunque se habían adherido formalmente a ella varias agrupaciones de la Ciudad de México, la vida y el funcionamiento de ellas no estaban realmente unificados y sólo compartían la adhesión nominal y el lema de la UCO: “Unos por otros y Dios por todos”. Con el objeto de lograr una mayor integración, los presidentes de las cinco sociedades capitalinas que formaban parte de ella -el Círculo del Apostolado de la Cruz-Centro del Espíritu Santo, el del Apostolado de la Oración-Centro San Francisco, el del Círculo Católico de Obreros de la Villa de Guadalupe, el de la Asociación de San Homobono y el del Círculo Patriótico Religioso de Artesanos- decidieron, en septiembre de 1909, realizar una primera función religiosa solemne con todos los miembros de la UCO para conmemorar el primer aniversario de la fundación de su principal inspirador, el Círculo del Apostolado de la Cruz. La ceremonia tuvo lugar en el templo de San Francisco el 3 de octubre de ese año. Un año después de su fundación, la UCO realizó una magna celebración en la parroquia del Espíritu Santo, a la que asistieron los miembros de las agrupaciones citadinas que la integraban. Intervinieron en el programa del evento algunos representantes, como el del Círculo del Apostolado de la Cruz, el del Círculo de San Francisco, el del Campo Florido, el de San Homobono, el de San Francisco Tepito y el de la Villa de Guadalupe.[25]En julio de ese mismo año con la formación del Círculo Obrero dela iglesia de Nuestra Señora de Loreto, los círculos capitalinos aglutinados alrededor de diez iglesias, según la prensa católica, tenían una membrecía de nueve mil socios.

La colaboración y el apoyo entre las mesas directivas y los presidentes de cada uno de ellos fue constante, así como la participación en actividades conjuntas. La Unión Católica Obrera celebró, a su manera, el centenario de la Independencia de México el domingo 18 de septiembre con una reunión plenaria en la parroquia del Espíritu Santo, en donde “rindieron tributo conjuntamente a Dios ya la Patria”.[26] El segundo aniversario del Círculo del Apostolado, el 1o. de septiembre, se convirtió oficialmente en el aniversario de la UCO. En su conmemoración, se volvió a efectuar un magno evento al que concurrieron más de tres mil trabajadores provenientes de las catorce parroquias de la capital del país en donde había círculos obreros que se habían afiliado a la Unión, así como representantes de otros círculos de provincia que también formaban parte de ella y el delegado apostólico José Ridolfi.[27]

El impulso a la UCO se dio también con la incorporación a ella de organizaciones laborales católicas de otras regiones del país, como las de Zamora, en donde el obispo Núñez Zárate había sido también un activo promotor de ellas y en donde mejores resultados habían tenido sus esfuerzos, al conseguir que los tres mil quinientos afiliados a los círculos de trabajadores que había cuando tomó la sede episcopal, en 1909, se duplicaran en un año, mediante el funcionamiento de 26 asociaciones.[28] En Aguascalientes, uno de los más destacados operarios guadalupanos, Carlos Salas López, había creado el Círculo Obrero de Santa María de Guadalupe, que se adhirió a la UCO y tuvo una notable actividad mutualista, de propaganda y de instrucción y recreo, y que, aunque pequeña, se distinguió por ser una especie de vanguardia en el universo de asociaciones laborales católicas de entonces, por los avanzados planteamientos de su organizador. En ella, Salas López promovió, junto con las actividades tradicionales más comunes de las asociaciones mutualistas católicas, la adquisición de una conciencia y una práctica nuevas más vinculadas con la democracia cristiana y con las primeras formas sindicales. Defendió también con vehemencia que los patrones pagaran un salario justo y, de manera significativa, argumentó que debía fijarse también un tope para la ganancia justa de las empresas, que no debía exceder de 5%. Ésta era sin duda la posición más extrema que se hubiera desarrollando hasta entonces dentro del pensamiento católico social de la época.[29]

La UCO fue el intento de coordinación y unificación de las asociaciones laborales católicas más importante de finales del porfiriato y comienzos de la Revolución. Y, sin embargo, hubo muchas agrupaciones que no se afiliaron y no tuvieron contacto con ella y mantuvieron su vida y su funcionamiento independientes, como lo habían hecho hasta entonces.

Manuel Ceballos ha identificado 20 poblaciones del país en lasque existieron asociaciones católicas que mantuvieron su independencia, consciente o no, de la UCO.[30]También hubo diferencias entre su director, el padre Troncoso, y algunos líderes de los Operarios Guadalupanos y del Centro Ketteler, organizaciones católicas que también tuvieron injerencia en el mundo laboral de la época, y hubo una abierta competencia y rivalidad entre sus directores. Esos conflictos no fueron del todo resueltos a pesar del apoyo manifiesto del arzobispo Mora para que la UCO fuera el centro de aglutinación de las asociaciones laborales.

Empero, el problema mayor para la unificación de las asociaciones laborales católicas era más de fondo: el modelo con el cual se habían desarrollado giraba alrededor de la vida parroquial. El templo era el centro de operación, de identidad y de vinculación entre los socios que, por lo general, pertenecían a diferentes gremios, y la figura y la autoridad del párroco eran lo que aglutinaba los trabajos y las actividades de los socios, cuya identidad básica y primordial la constituían las actividades religiosas y, secundariamente, las mutualistas. Siendo el centro fundamental la vida parroquial, era difícil establecer una unificación que fuera más allá de la coordinación de ciertos eventos, celebraciones y festividades que sólo podían hacerse en espacios relativamente cercanos. Por eso las asociaciones siguieron girando alrededor de las parroquias, con la independencia y la libertad con la que lo habían hecho, y por ello la adhesión a la UCO no podía significar, en los hechos, más que una adhesión a un modelo de prácticas religiosas y mutualistas, de la reunión y coordinación de sus mesas directivas y de asistir a eventos conjuntos. En todo caso, la superación del ámbito parroquial eventualmente sólo podía hacerse dentro de una misma ciudad y con una mayor conciencia gremial reivindicativa y un sistema de redes de información e intercambio de experiencias, objetivos que estaban más allá de los de los dirigentes y de los miembros de las asociaciones laborales católicas. Así pues, la fortaleza de éstas, y al mismo tiempo su debilidad principal, fue que su identidad básica y su centro de acción había estado y seguiría estando en las parroquias.

El triunfo de la revolución maderista y la temida caída del régimen porfiriano no alteraron la dinámica de crecimiento y avance de las organizaciones laborales católicas que se había iniciado en los años inmediatos anteriores. La UCO continuó con su proceso de consolidación. Así, a finales de 1911, poco después de que se había creado el Partido Católico Nacional, la jerarquía decidió que estaban dadas las condiciones para establecer la unidad nacional de las asociaciones católicas laborales, a través de la fundación de la Confederación Nacional de Círculos Católicos Obreros, que tuvo lugar en una reunión convocada y presidida por el arzobispo Mora y del Río; por Eugenio Gillow, arzobispo de Oaxaca, y por Othón Núñez, obispo de Zamora. En esa sesión, los prelados discutieron los estatutos que regirían a la nueva institución y, haciendo un balance de la UCO, concluyeron que había que extender su influencia a otras regiones de la república. Luego de tres días de reunión, los delegados se pusieron de acuerdo en los estatutos y difundieron el mecanismo para que los círculos se afiliaran a la confederación y los beneficios que recibirían sus miembros.[31] En el informe que rindió José Moreno Arriaga, director de la UCO, en diciembre de 1911, presentó el balance de sus tres años de funcionamiento. El avance había sido más que notable: formaban parte de ella cuarenta círculos obreros, con catorce mil trescientos sesenta y seis afiliados concentrados principalmente en el Distrito Federal y en Michoacán.[32] Con esta base, la jerarquía decidió iniciar una nueva etapa en la que tratarían de aglutinar a todos los centros católicos de obreros en una sola organización nacional.

Una mirada al interior de las organizaciones obreras

 

Las asociaciones católicas de trabajadores que se fundaron o reorganizaron en la primera década del siglo xxy en los años siguientes se apegaron más o menos fielmente al modelo propuesto en los congresos católicos. Fueron agrupaciones organizadas por los clérigos, en seguimiento de las instrucciones de los prelados en donde el control, la dirección, la iniciativa y la responsabilidad de su funcionamiento estaban completamente en manos de los sacerdotes. Fueron éstos los que organizaron, supervisaron y fortalecieron la fundación y el desarrollo de los círculos obreros. La preeminencia eclesiástica era considerada necesaria e indispensable para el buen éxito de la empresa, y así fue comprendido y aceptado tanto por los dirigentes católicos laicos que colaboraron activamente con los clérigos como por los socios que siguieron sus prédicas y se incorporaron a las organizaciones.

 

La omnipresencia de la Iglesia

 

Siendo la parroquia la estructura física y conceptual alrededor de la cual se constituían y funcionaban las organizaciones, era natural que los encargados parroquiales tuvieran una participación relevante en asuntos que dependían de su jurisdicción, atribuciones y responsabilidad. Pero además, como las asociaciones obreras estaban concebidas como un esfuerzo para mantener y reforzar la religiosidad católica de los trabajadores mexicanos, la encomienda de dicha función debía necesariamente recaer sobre los clérigos, tal y como realmente ocurrió. Además de eso, la injerencia de los canónigos fue aún mayor porque ellos fueron los que redactaron, consultaron y aplicaron los reglamentos y estatutos que rigieron el funcionamiento de las organizaciones y, también, fueron ellos los que seleccionaron, promovieron, sancionaron y vigilaron a los representantes laicos que ocuparon puestos de representación en las asociaciones. La omnipresencia de la jerarquía se advierte profusamente en las fuentes: el padre Troncoso pidió permiso al arzobispo para fundar el Círculo del Apostolado de la Cruz y sometió a su aprobación el reglamento, lo cual obtuvo; los socios del Círculo Patriótico Religioso de Artesanos pidieron autorización al arzobispo para convocar a junta de la agrupación en la que se elegiría nueva mesa directiva en septiembre de 1908 y la oficina arzobispal les respondió que lo podían hacer, como lo marcaban los estatutos, bajo la presidencia del presbítero Martín González, a quien debían avisar oportunamente. Este canónigo, una vez que se eligió la nueva mesa del círculo, envió la lista de los directivos al arzobispo, quien la aprobó.[33] El presbítero Francisco López, capellán de la iglesia de Nuestra Señora de los Dolores, en Toluca, pidió facultad en enero de 1909 para erigir un centro de obreros, bajo el patrocinio del señor San José y de San Antonio de Padua, la que le fue concedida; Antonio de P. Moreno, operario guadalupano y director del Círculo Católico de Obreros de Santa María de Guadalupe envió al arzobispo para su examen y aprobación el reglamento de esa asociación en marzo de 1909, que fue revisado y aprobado por el canónigo Manuel Solé; la dirección de esa agrupación fue encomendada al abad de la Basílica, a quien la oficina arzobispal otorgó su nombramiento y envió una ayuda de 100 pesos para el círculo.[34] La injerencia eclesiástica era completa: el deán Gerardo Herrera, a quien la oficina arzobispal encargó el dictamen de los estatutos de la caja de auxilios mutuos de la Asociación Guadalupana del templo de San Hipólito, determinó que debían modificar su lema y sustituirlo por “Dios es caridad: amaos los unos a los otros”. Incluso para la remodelación de las instalaciones era necesaria la autorización episcopal, como la solicitó y la obtuvo el párroco de Santa Fe para acondicionar la escuela del círculo obrero que dirigía, para la que solicitó también a la curia un profesor.[35]

 

Pedagogía religiosa, moral y cívica

 

La presencia decisiva de la Iglesia en las organizaciones obreras católicas no fue solamente por el control que ejercieron a través de ser los promotores, directores y supervisores de su funcionamiento. Quizá más importante aún fue la pedagogía religiosa, moral, espiritual, ideológica y hasta cívica y política que ejercieron sistemática y reiteradamente, a través de los sermones que hacían en todas las misas, ceremonias y conmemoraciones que constituían la vida cotidiana de las agrupaciones y de las reuniones en que trataban los asuntos materiales de sus socios. Fue una verdadera e intensa labor de adoctrinamiento la que hicieron los párrocos y prelados en esos años y el efecto de sus prédicas debe de haber formado una parte importante de la concepción que sobre esos asuntos interiorizaron los trabajadores y, en cierta medida, explica la actitud que tuvieron ante los acontecimientos que ocurrieron en esos años, particularmente ante el maderismo electoral y la revolución maderista. Los curas transmitieron a los trabajadores sus valores fundamentales en esa larga cadena de prédicas periódicas. Así, el padre Troncoso, poco después de la inauguración del Apostolado de la Cruz señaló en su sermón que los obreros de la agrupación debían guardar respeto y obediencia a sus patrones, apartarse del vicio y buscar la tranquilidad de sus hogares. En una conferencia posterior destacó los valores cívicos: los elementos constitutivos de la patria eran la religión, el idioma y la bandera. En otro sermón recalcó la importancia de los sacramentos como el único medio para que los obreros superaran los problemas que los agobiaban.[36]

Prédicas semejantes tenían lugar en otras organizaciones. En la inauguración del Círculo Católico de Obreros del templo de San Juan de Dios, en Zacatecas, el presbítero Manuel Calvillo aprovechó la tribuna para resaltar las virtudes de la familia y para prevenir a los trabajadores de la “prensa impía y escandalosa”. En la fundación del Círculo de Obreros de la capilla del Campo Florido, el sermón del padre Alberto Corráez señaló que los obreros no debían sino estar orgullosos de su profesión, que no era de bajeza ni de miseria, sino todo lo contrario, puesto que Jesucristo la había escogido como suya. En esa misma ocasión, el padre Troncoso habló de las bondades del mutualismo cristiano, mediante el cual los obreros aprenderían a cumplir sus deberes con Dios y con el prójimo, atacando el alcoholismo y resaltando la importancia del ahorro, de la organización y de la unión de los círculos de obreros.[37] Estas prédicas constantes, a través de sermones, conferencias y reuniones, fueron evidentemente una pedagogía religiosa, moral y cívica que emprendieron los curas más comprometidos con la cuestión social y con las orientaciones de una parte de la jerarquía eclesiástica, a través de la cual se expresaba su concepción fundamental del problema obrero, del peso que tenía la recristianización para resolverlo y de la conducta y el papel que debían tener los trabajadores en la sociedad.

 

Actividades religiosas

 

No cabe duda de que el centro de la vida cotidiana de las agrupaciones laborales católicas, lo que constituía su identidad, lo que aglutinaba a sus miembros, lo que ocupaba la mayor parte del tiempo libre que le dedicaban a ellas y daba sentido a sus actividades, era la religión. Ésta era la parte sustantiva. La condición material de los trabajadores y los medios materiales de aliviarla, aunque importantes, eran secundarios puesto que la solución de fondo sólo podía encontrarse a través de la práctica del catolicismo. Por ello, la vida cotidiana de las asociaciones católicas de trabajadores que se refleja en las fuentes es mayoritariamente la relacionada con actividades religiosas. Era una continuidad sorprendente, cien años después, con las cofradías de oficios coloniales, aunque evidentemente en otras condiciones históricas y con otros actores internos y externos a ellas. La actividad más importante de las agrupaciones era la reunión mensual -aunque desde luego eso no significaba que no asistieran a misa cada semana o incluso con más frecuencia, atendiendo al llamado de sus directores eclesiásticos- que tenía que ser, invariablemente, los domingos, porque la inmensa mayoría de los trabajadores de la época trabajaba al menos de lunes a sábado, en largas jornadas que ocupaban la mayor parte del día. Siendo además católicos, el domingo tenía una significación especial como el día dedicado al Señor y al cumplimiento de los deberes religiosos. Así pues, la columna vertebral que articulaba las actividades de los miembros de las asociaciones era la reunión mensual, la que invariablemente tenía lugar en la parroquia y comprendía, como rutina, escuchar misa temprano, comulgar, oír el sermón del párroco -que era el director del círculo, por lo general- y luego tener una reunión de socios dentro del templo para tratar los asuntos cotidianos relacionados con el mutualismo y la marcha de la agrupación. La rutina habitual de una de las agrupaciones más fuertes, la del Apostolado de la Cruz, consistía en reunirse el primer domingo de cada mes en la parroquia del Espíritu Santo: sus afiliados comulgaban a las 7 de la mañana, escuchaban misa cantada a las 9, celebraban un Tedeum y, a las 11, principiaba la asamblea de la asociación. Al día siguiente, el lunes primero de cada mes tenían una conferencia o una actividad recreativa a las 7:30 de la noche. En ocasiones especiales, como los aniversarios de las agrupaciones, los programas eran más amplios e incluían dos misas, piezas musicales, poemas y conferencias impartidas por los presbíteros directores o por invitados, por los católicos laicos vinculados con las asociaciones y por representantes de los propios círculos.[38]

Otros círculos más pequeños tenían rutinas semejantes. El del templo de San Juan de Dios, de Zacatecas, celebraba también misa normal, escuchaba una conferencia de su director, el obispo Calvillo, y efectuaba su reunión ordinaria, bajo la presidencia del prelado.[39]Además de estas actividades, que eran las de rutina de los círculos, estaban las relacionadas con la preparación y participación en las principales celebraciones de la liturgia católica: la Cuaresma, la Semana Santa, la Navidad, los días de los santos principales y los que tenían especial significación para cada círculo, que eran el santo patrono de la iglesia a la que estaban adscritos, la advocación que los protegía o el aniversario de cada asociación. Existen numerosos testimonios de que las agrupaciones participaban cotidianamente en estas actividades, a las que se agregaban acontecimientos extraordinarios como peregrinaciones, conmemoraciones jubilares, matrimonios, bautizos y misas de difuntos. El Círculo Religioso Patriótico de Artesanos, por ejemplo, tenía su misa mensual el tercer domingo de cada mes. La Corporación de Caballeros Cocheros del Santísimo Sacramento celebraba su misa mensual en la parroquia de San Sebastián; el círculo de San Homobono informó a sus socios que tenían obligación de asistir a los oficios de Semana Santa; el círculo del templo de San Hipólito celebraba mensualmente una misa solemne en honor de la Virgen de Guadalupe, con rosario, exposición del santísimo y procesión en el templo; el Círculo Religioso Patriótico de Artesanos convocó a sus socios a que asistieran a una misa por el alma de uno de sus miembros; la Asociación de Auxilios Mutuos de la Santísima Trinidad y Purísima Concepción, que agrupaba a mujeres, celebró su xxi aniversario con una misa solemne y un Tedeum en el templo de Porta Coeli; la Sociedad Católica de Artesanos de Calvillo, Chihuahua, dedicaba su misa periódica al Corazón de Jesús.[40]

Como se observa, el crecimiento que tuvieron las asociaciones laborales católicas en el periodo y el peso decisivo en su vida interna de las actividades religiosas son indicadores que muestran quela decisión de las elites católicas, eclesiásticas y laicas, había logrado alcanzar una influencia considerable en el sector de trabajadores que engrosó las filas de los círculos.

 

Cultura y recreación

 

Otra actividad importante, que formaba parte integral de la visión con la que las élites católicas se acercaron e influyeron en las organizaciones de trabajadores, fue la relacionada con la cultura y la recreación. La vida cotidiana de los trabajadores mexicanos de la época estaba dominada por las largas y duras faenas de trabajo, que en muchas ocasiones duraban entre 12 y 14 horas diarias, de lunes a sábado. Tenían muy poco tiempo libre para el descanso y el esparcimiento y algunos incluso tenían que trabajar los domingos, como era el caso de los empleados de comercio y los trabajadores textiles. La Iglesia y los promotores laicos de las organizaciones de trabajadores siempre consideraron las actividades artísticas y culturales como un instrumento necesario que podía servir como vehículo de interiorización de la ideología y de las prácticas católicas. Todos los círculos, en la medida de sus posibilidades, trataron de establecer grupos de música, de teatro y de literatura con contenidos que eran congruentes con la visión religiosa y moral que los inspiraba y que constituían el canon de arte sano, bueno, recomendable que, a su juicio, debían proporcionar y fomentar, de manera paternalista, entre los trabajadores. En los congresos católicos uno de los temas especiales que se discutió ampliamente fue el del teatro. Preocupados por la influencia, que consideraban perniciosa, que estaba teniendo lo que denominaban como teatro impío, los pastores asistentes a los congresos concluyeron que debía aprovecharse el teatro como un instrumento moralizante, que difundiera un contenido sano y ejemplar y que fuera popular.[41] De igual modo, en las funciones regulares de carácter cultural que efectuaban los círculos era frecuente que proyectaran cortometrajes cinematográficos, que comenzaban a ganar popularidad. Empero, el grueso de las funciones eran programas preparados y ejecutados por los propios trabajadores y sus familias.

La importancia que tenían las actividades artísticas y culturales en la vida de los círculos era notable. En el aniversario de la Sociedad de Obreros Católicos de Morelia, por ejemplo, el programa incluyó obras de Verdi, Schubert, Mendelsson y Donizetti; mientras construían un salón para teatro, los miembros del círculo del Apostolado de la Cruz tuvieron funciones familiares en las que proyectaron películas “de una moralidad irreprochable”; de manera regular, tenían una función cultural recreativa para los socios y sus familias, en la que había teatro, poesía, música y conferencias en las que trataban temas como la importancia de la higiene, el cumplimiento de la palabra, las cajas de ahorros y el alejamiento de los vicios. Aunque esas conferencias eran impartidas por los presbíteros y por los intelectuales católicos laicos, en ocasiones se promovía la intervención de los propios trabajadores más preparados, así como de los alumnos de las escuelas de obreros, como fue el caso de los estudiantes de la Asociación de la Purísima Concepción que presentaron una obra de teatro y poesía en la reunión mensual de la UCO. En las ocasiones de especial significación para los círculos, como sus aniversarios, los programas eran más amplios, como ocurrió en la conmemoración del segundo año del Círculo del Apostolado de la Cruz, en la que los alumnos de la escuela nocturna de la UCO presentaron un dueto vocal denominado El canto de la tarde; un socio y una señorita de la agrupación artística de la UCO interpretaron una pieza de violín; el secretario del Círculo San Francisco cantó la plegaria Óyeme, dedicada a la Virgen María; otro obrero del círculo del templo de Campo Florido recitó el monólogo De obrero a mendigo, y otro del círculo San Homobono, uno llamado Huella de herreros, y otro obrero más el de Memorias de un veterano; el círculo de San Francisco Tepito presentó el sainete Puñado de rosas, en tanto que el de la Villa de Guadalupe cantó un Himno al trabajo. Se dictó también en esa ocasión la conferencia Tuberculosis y alcoholismo, que impartió un miembro del Centro Ketteler.[42]

Los trabajadores de las asociaciones católicas dedicaban una parte del poco tiempo libre que tenían a memorizar, escribir y ensayar las representaciones teatrales, poesías, interpretaciones musicales y discursos que efectuaban sus agrupaciones y que, al menos por lo que se observa en algunas de las fuentes de las agrupaciones más fuertes, representaban aspectos sustanciales de su quehacer cotidiano.

Junto con ello se establecieron también, en concordancia con los preceptos de los congresos católicos, diferentes tipos de juegos, distracciones y deportes, con una óptica de integración familiar y que fomentaran distracciones que se consideraban sanas. Estas actividades de distracción también tenían un papel integrador grupal. Es posible que una de las razones del crecimiento de las organizaciones católicas de trabajadores que tuvo lugar en el periodo esté igualmente vinculada con que ofrecían una alternativa familiar de participación y disfrute de actividades esenciales, como la cultura, el arte y el recreo, en una sociedad en donde la oferta de éstas era limitada y la inmensa mayoría de los asalariados no tenía acceso a las actividades recreativas de las elites.

 

Las escuelas nocturnas

 

Como parte del proyecto integral con el que fue abordado el problema obrero por la Iglesia, la constitución de escuelas nocturnas para trabajadores fue otro factor importante. La oferta educativa nacional era insuficiente y, a lo largo del siglo xix y principios del xx, seguía siendo una necesidad que los gobiernos liberales no habían alcanzado a cubrir. Aunque en las ciudades el analfabetismo era menor que en el campo, la emigración rural a las urbes y el desarrollo de nuevas industrias en ellas atrajo a poblaciones que no tenían los rudimentos de la instrucción elemental y que contaban con poco tiempo y pocas escuelas para educarse. Las escuelas promovidas y establecidas por el activismo eclesiástico entre los trabajadores tenían que ser necesariamente nocturnas, pues era el único horario en el que podían acudir los socios. Hubo también, empero, algunas escuelas diurnas fundadas por algunos círculos para hijos de los trabajadores, y esos niños también fueron integradas, de una u otra forma, a la vida de los círculos. Con todo, no todos los círculos pudieron crear escuelas nocturnas o diurnas; sólo lo consiguieron los mayores o los que contaron con el apoyo de notables laicos locales o eclesiásticos o, incluso, del gobierno.

Lo significativo en las escuelas católicas fue que, en congruencia con su orientación eclesiástica, reivindicaron abiertamente que una parte de las materias que se impartieran tendría que ser de contenido religioso. Los profesores de dichas asignaturas, además, eran canónigos, catequistas o laicos vinculados estrechamente con la Iglesia, por lo que es de suponer que, además de las materias religiosas, el contenido espiritual y la orientación eclesiástica hayan sido una constante en las explicaciones y en la formación que impartían en todas las demás materias.

 

***

 

Como se observa, durante el periodo de finales del porfiriato y principios de la Revolución hubo una renovación del espíritu misional y doctrinario de una parte de la jerarquía eclesiástica y de laicos católicos afines, que realizaron considerables esfuerzos por vincularse con los trabajadores, con una concepción explícita y abierta de promover un proyecto de organización laboral católica. Fue una autocrítica, un diagnóstico y un llamado para ir hacia los trabajadores, prestar atención especial a sus problemas y organizarlos, desde una perspectiva de recristianización y de fomento de la religiosidad católica en una de las clases sociales que se consideraban vitales y que la Iglesia no había atendido. Aunque la mayoría de los canónigos, por diferentes razones, permaneció al margen y sólo una minoría de párrocos atendió al llamado y tuvo resultados, la porción más activa y militante logró un considerable éxito al lograr que su proyecto fuera uno de los más importantes, tanto por el número de trabajadores y artesanos afiliados a las agrupaciones laborales católicas como por la integración y cohesión que pudieron conseguir en las mejor organizadas. Al final del periodo, los círculos católicos de obreros se habían convertido en un protagonista destacado dentro del mundo laboral, en el que convivían y se disputaban la hegemonía por una mayor influencia con las organizaciones laicas de trabajadores de carácter liberal y con las incipientes manifestaciones anarcosindicalistas.

Por los testimonios de su funcionamiento y vida cotidiana, el modelo diseñado por los jerarcas eclesiásticos, en seguimiento de los mandatos de Roma, fue exitoso al vincularse con una parte del mundo del trabajo y organizar agrupaciones en las que se combinó la identidad y la práctica de la religión católica con el mutualismo. En su inmensa mayoría, las asociaciones católicas de trabajadores siguieron siendo sociedades mutualistas tradicionales, aunque algunos de sus ideólogos y organizadores eclesiásticos y laicos tuvieran posiciones de vanguardia y vieran en el mutualismo limitaciones históricas que había que superar. Esto, sin embargo, no llegó a permear los círculos católicos de obreros, que funcionaron sobre la base de la ayuda mutua, el ahorro y el combate al vicio a la manera tradicional, desde una perspectiva moralizante en donde lo singular fue la renovación y el activismo del componente religioso explícito y abierto con el que una parte de la elite católica decidió entrar nuevamente a la escena nacional, desafiando a las autoridades civiles y aprovechando la coyuntura de movilización y apertura que provocó la caída del porfiriato y el comienzo de la Revolución.

El proyecto aplicado fue un proyecto que combinó una enorme centralización en los prelados con una operación peculiar llevada a cabo por los párrocos. Aunque el control del proceso era vertical, no podía llevarse a cabo sino a partir de los templos y parroquias. Así, éstas se convirtieron en el lugar natural, en el núcleo que vinculó, coordinó y dio identidad a los trabajadores que se incorporaron a los círculos católicos a través de una serie de actividades que combinaba actividades religiosas, mutualistas, de pedagogía moral, recreativas y de enseñanza. Aunque fue un proyecto relativamente exitoso, su problema mayor fue el peso excesivo que tuvieron los prelados y los párrocos, y la dependencia total de las organizaciones en relación con aquéllos. Los círculos no tenían independencia ni fortaleza si no contaban con el apoyo de sus directores eclesiásticos; siguió imperando la concepción de que no eran capaces de funcionar por sí mismos si no era bajo la mirada, la orientación y la tutela protectora de la Iglesia. Ésa había sido su fortaleza, como se demostró en las organizaciones que proliferaron en esos años. Sin embargo, esa misma era su principal debilidad, puesto que la Iglesia podía cambiar de parecer, podía virar la orientación de Roma, o la respuesta del Estado laico ante el desafío y la mayor beligerancia eclesiástica podía llevar a la jerarquía a que reconsiderara la pertinencia de su vuelta a la esfera social y católica. De hecho, la postura de que quizá siguiera siendo conveniente dedicarse a los asuntos espirituales y olvidarse del gobierno terrenal seguía teniendo mucha fuerza entre el clero nacional.

Con todo, la influencia que tuvo el proyecto de la elite católica más activa dentro de un sector de los trabajadores mexicanos de la época no puede menospreciarse. Antes bien, habría que indagar si la escasa participación que tuvieron los trabajadores mexicanos como movimiento -al margen de los casos individuales aislados- dentro de la Revolución Mexicana tuvo relación con el peso, la interiorización y la convicción de las prédicas religiosas, morales y de armonía entre las clases sociales que hicieron los clérigos y seglares entre las agrupaciones laborales a las que organizaron y formaron.

 



[1] Doctor en Historia por El Colegio de México. Investigador en el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM. Entre sus publicaciones se encuentran: El pensamiento económico, político y social de la Convención de Aguascalientes y Los orígenes del zapatismo.

[2] Publicado en Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, n. 27, enero-junio 2004, 61-94.

[3] Ibídem., 175-216.

[4] A. Ibarra a Díaz: “Puebla, 21 de octubre de 1902”, Archivo del Secretariado Social Mexicano, Archivo del Primer Congreso Católico Mexicano (en adelante ASSM-APCC), Comisión Organizadora, f. 77.

[5] ASSM-APCC, f. 181-183.

[6] Conclusiones sobre el cuestionario de círculos católicos obreros. Ibídem, t. I, f. 166-175.

[7] Ibídem, f. 176.

[8]Ibídem, f. 177. Las cajas rurales Raiffeisen eran una propuesta.

[9] Ibídem, f. 178.

[10] Ibídem, f. 179.

[11] Sobre el mismo tema, El País expresó la misma postura en 1908: “El fin de las asociaciones cristianas es, por lo que se ve a los fines materiales, secundario, aunque importante en sí mismo y constitutivo de su organización y desarrollo; siendo lo principal la moralización del asociado, como base y fundamento del bienestar que se persigue [...] son un factor de orden y una garantía de paz generales, pues las enseñanzas que recibe el asociado, precisamente a eso van dirigidas, como que se fundan en el Evangelio”; artículo “para los obreros”, 3 de septiembre de 1908.

 

 

[12] El País, 6 de enero de 1906. Trinidad Sánchez Santos, refiriéndose a este tema, había dicho desde 1902: “la santa obra para vencer el conflicto está en la formación de alumnos y obreros cristianos, por una parte, y en la organización de ricos cristianos, por la otra [...] la solución consiste en la caridad del trabajo y en la caridad del capital”. Trinidad Sánchez Santos, Discursos, México, Católica, 1902, 112-113.

[13] Ceballos, óp. cit., p. 210-213. En ese congreso, la posición más radical sobre el asunto del salario la hizo Nicolás Leaño, quien expresó que, si los trabajadores no recibían un salario justo, entonces las huelgas eran justificadas y que el salario justo tenía que alcanzar para el sostenimiento de la familia de los obreros; éstos tendrían que intervenir en su fijación y tendría que dejarles un excedente para poder ahorrar.

[14] En la Primera Semana Católica Social Agrícola, celebrada en León en octubre de 1908, José Refugio Galindo, hacendado de Hidalgo y uno de los laicos más comprometidos con el catolicismo social, presentó un trabajo titulado Algunas breves nociones prácticas de acción católico social, en el que llamaba a los católicos a emprender una acción más decidida fuera de los templos, para combatir los males causados por el liberalismo y el socialismo y, en relación con el problema obrero, recomendaba que los sacerdotes procuraran tener conocimientos económicos y técnicos y vivir una vida como los trabajadores para poder atraerlos. Afirmaba también que el fin supremo de las asociaciones obreras debía ser acercar más a sus miembros a Jesucristo y que los reglamentos de cada una de ellas debían ser aprobados por los obispos. Asimismo proponía que la forma de organización más conveniente debía ser por parroquias y, en ellas, por profesiones. Véase El País, 30 de octubre de 1908.

[15] El Tiempo, 18 de mayo, 5 de octubre, 23 de diciembre de 1906, 11 de enero de 1908, 20 de enero de 1909. El Correo de Chihuahua, 15 de enero de 1911.

[16] Ceballos, óp. cit.,  264-267. (Esta y las demás citas s relacionan con la primera parte del artículo publicada en este Boletín en el mes de octubre del 2012).

[17] El País, 13 de mayo y 22 de julio de 1906.

[18] Ceballos, óp. cit., 256-257.

[19] El País, 6 de noviembre y 5 de diciembre de 1908. “Solicitud del padre J. M. Troncoso al arzobispo: 3 de agosto de 1908”, Archivo Histórico del Arzobispado, Libro de Gobierno Eclesiástico, Asuntos Comunes, sección 81, caja 188, f. 53. El recreatorio se había establecido en 1905, la Asociación de Sirvientas en marzo de 1908. Ceballos, óp. cit., 268-269 y 272-273.

[20] El País, 5 de diciembre de 1908.

[21] El País, 8 de diciembre de 1908; 10, 16 y 23 de enero, y 9 y 16 de febrero de 1909.

[22] El País, 29 de marzo y 3 de mayo de 1909.

[23] Ceballos, óp. cit.,  280.

 

[24] El País, 3 de junio de 1909. Ávila Espinosa, óp. cit.

[25] El País, 4 de octubre de 1909 y 1o. de mayo de 1910.

[26] El País, 2 de agosto y 21 de septiembre de 1910.

[27] El País, 3 de octubre de 1910. Los círculos asistentes fueron: San Francisco, Villa de Guadalupe, San Homobono, Círculo Patriótico Religioso de Artesanos, Nuestra Señora de Loreto, Santa María la Redonda, San José, San Francisco Tepito, Santa Cruz Acatlán, Tacuba, Inmaculado Corazón de María, Espíritu Santo, Jesús María, Nuestra Señora de Guadalupe y la Unión de Dependientes Católicos.

[28] Ceballos, óp. cit.,  367-369.

[29] Ibídem, 362-367.

[30] Ibídem, 369-371.

 

[31] El País, 19, 20 y 21 de diciembre de 1911.

[32] “Informe de J. Moreno Arriaga: 18 de diciembre de 1911”, ASSM, Antecedentes, Correspondencia I. En ese informe, Moreno Arriaga manifestó la disparidad en el desarrollo de las distintas asociaciones y se quejó también de que, pese al apoyo que le había dado el arzobispo Mora y la instrucción que había girado a las parroquias para que los círculos que tenían los afiliaran a la UCO no había sido atendida. Aunque las fuentes hablan de números muy elevados de socios en las agrupaciones zamoranas y se refieren a ellos como “obreros”, hay que señalar que en la época era corriente la ambigüedad en el uso de ese término, que se empleaba de manera indistinta para denominar tanto a lo que se entiende hoy día propiamente como obreros, en el sentido de trabajadores industriales desprovistos de sus medios de producción y que sólo cuentan con su fuerza de trabajo para venderla, como para referirse a los artesanos, que son trabajadores de los distintos oficios que cuentan con sus propios instrumentos de trabajo. Desde luego, en una población predominantemente rural como Zamora a comienzos del siglo xx no había tal cantidad de obreros y es posible que, incluso, muchos de los miembros no fueran tampoco artesanos, sino un híbrido entre trabajadores agrícolas y trabajadores que desempeñaban también diversos oficios. Esta precisión es válida no sólo para otras poblaciones similares, sino también para algunas porciones y sectores de las grandes ciudades de México, Guadalajara y Puebla.

[33] Archivo Histórico del Arzobispado, Libro de Gobierno Eclesiástico, Asuntos Comunes, sección 81, caja 188, f. 64, 73.

[34] Ibídem, 29 de enero, 1o., 29 de marzo y 26 de mayo de 1909.

[35] Ibídem, 1o. de julio de 1910 y 20 de abril de 1911.

[36] El País, 8 de diciembre de 1908 y 10 de enero y 9 de febrero de 1909.

[37] El País, 24 de febrero y 17 de mayo de 1910.

[38] El País, 8 de diciembre de 1908, 9 de febrero de 1909 y 9 de enero de 1910. El 1o. de mayo de este año, en el segundo aniversario de la UCO inauguró la ceremonia el delgado apostólico y en el programa se incluyeron interpretaciones musicales de los grupos artísticos de los distintos círculos integrados en la UCO, así como cantos, conferencias y poemas de varios trabajadores. Ibídem, 1o. de mayo de 1910.

[39] El País, 24 de febrero de 1910.

[40] El País, 15 de febrero, 20 de junio de 1908, 6 de abril de 1909, 1o. de enero, 4 de marzo y 29 de mayo de 1910, y El Correo de Chihuahua, 9 de junio de 1910.

 

 

[41] ASSM-APCCM, Actas de la Primera Conferencia Católica Nacional Mexicana, t. I, f. 184.

[42] El País, 22 de julio de 1906, 9 de enero, 16 de febrero, 12 de marzo de 1909 y 12 de febrero y 1o. de mayo de 1910.

 

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