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Ecos de la persecución

(2ª de dos partes)

 

Anónimo[1]

Habiendo aparecido en las páginas de este Boletín correspondientes al mes de enero del año en curso, este vibrante texto incluye a vuelo de pájaro la interpretación de distintos sectores sociales, a la negación de la libertad religiosa que bajo el ardid de hacer cumplir la ley, implemento el gobierno callista

 

III

Otro aspecto de la persecución es la resistencia de los católicos, viril siempre, heroica las más de las veces, no pocas con los caracteres manifiestos del martirio. Dejo en el tintero los detalles de sublime y épico carácter: mujeres que de rodillas y brazos en cruz en la Ciudad de México, resisten a lainfamia de los bomberos;[2] hombres y mujeres que en San Luis Potosí proclamaban sus derechos en las calles erizadas de bayonetas y de ametralladoras dispuestas contra ellos; jóvenes y niñas inocentes que sin acordarse de comer defienden todo un día, de la clausura oficial, las puertas del colegio Teresiano, como pasó en Guadalajara. Y ha habido choques sangrientos con muertos de ambas partes. Sino que de parte del gobierno mueren los infelices soldados, que menos culpa tienen. Cierta vez, que algún diputado y un alcalde personalmente quisieron cerrar una iglesia, a las puertas de ella quedaron bien muertos, como aconteció en el pueblo de Jalisquillo…Pero no quiero terminar sin transcribir párrafos de algunas protestas, que darán idea del valor de los perseguidos.

La Juventud Católica “En nombre de la civilización”, “en nombre de la más elemental justicia”, “en nombre de los derechos de Cristo”, eleva su voz franca de protesta dignamente airada. “Los miembros todos, dicen, de esta Asociación, como católicos proclamamos que no estamos conformes con la intromisión del poder civil en los asuntos que son propios de la sola Iglesia; como mexicanos, exigimos la reforma de la Constitución…y juramos ante la nación entera de que emplearemos nuestras energías dentro de los medios lícitos para conseguir esta reforma”.

Las Damas Católicas al presidente Calles: “Acudimos a usted para que comprendiendo que no hay derecho para poner en vigor leyes que no están de acuerdo con nuestra manera de sentir, al ver usted la ola de protestas que se levantan en toda la República contra la imposición de esas leyes que ningún pueblo civilizado puede admitir en sus Constituciones…mande sean derogadas estas leyes que repugnan con nuestros sentimientos de católicas”. “Ustedseael primero en respetar nuestros derechos, en ordenar garantías para nuestras ideas…, y en no permitir que se ultraje bajo ningún pretexto a la mujer mexicana…”

Los sacerdotes mexicanos a la nación: “Declaramos: que estamos con toda el alma con nuestros hermanos los sacerdotes extranjeros, hacemos nuestras sus penas, deploramos con el más profundo sentimiento y hacemos saber que su colaboración en el santo ministerio sacerdotal nos es absolutamente necesaria…”. “Pedimos añaden, que por consideración al bien público, suprema meta de las instituciones sociales, se suspenda inmediatamente la actual aplicación de esas leyes, hasta que el pueblo libremente diga en una república democrática su última palabra, rechazando aquellas disposiciones que lastiman hondamente el espíritu nacional.”

Las superioras religiosas de enseñanza al episcopado: “Por tanto…estamos dispuestas con todas nuestras religiosas…a entrar en dura, efectiva y descubierta lucha, aceptando con la mayor buena voluntad y alegría, los mayores sacrificios, aun en la propia vida, hasta conseguir la reforma completa de esos artículos constitucionales…Estamos dispuestas a obedecer en todo. Pero, si se nos permite, nos negaremos rotundamente en todos los planteles que tenemos en la República, a aceptar las bases infernales que se quieren imponer en los establecimientos católicos; lanzaremos de esos establecimientos a toda juventud querida, y cerraremos las puertas que nuestras manos no abrirán hasta triunfar o morir. Esa juventud dirá mañana: nuestras profesoras, cristianas religiosas, no nos legaron la instrucción, pero nos legaron un ejemplo del amor práctico de a la fe, a la verdad y al valor cristiano…”.

En gracia de la brevedad, aunque con verdadera pena, exhibo incompletas y mutiladas esas protestas donde palpita desde la primera a la última palabra el espíritu cristiano.

Las pastorales de los señores obispos están escritas con la pluma de san Atanasio y san Justino, “Si avanzo, dice el obispo de Papantla, seguidme; si me detengo, empujadme, si retrocedo, matadme.” “Estamos en un dilema terrible, dice el obispo de Colima y sus sacerdotes, o somos abominables cismáticos, sujetándonos a esa ley y a las normas oficiales, o permanecemos firmes en nuestros puestos, resistiendo con valor esa ley tiránica y cubriéndonos con la gloria de la persecución. Sin titubeos aceptamos lo último… no permitiremos que se nos robe el único derecho que nos queda: el derecho de servir a Dios, el derecho de amar a Cristo Rey, el derecho de predicar la doctrina que trajo al mundo la civilización…”.

Sepa el presidente Calles que aquí en Huejutla, dice el obispo de dicha ciudad, “existe un hombre, un cristiano que tendrá el valor de sufrir el martirio, si es necesario, por la causa sacrosanta de Jesucristo y su Iglesia. Si el Gobierno jacobino exige de los católicos mexicanos el verdadero valor cristiano, nosotros tenemos derecho a exigir de nuestros verdugos siquiera el valor y la osadía de los Césares de la pagana Roma”. “Reprobamos, condenamos, y anatematizamos todos y cada uno de los crímenes y atentados cometidos por el Gobierno mexicano contra la Iglesia católica en los últimos días.” Para Nos nada significan las leyes, sean fundamentales, sean orgánicas o de cualquiera otra denominación: presentes, pasadas o futuras, que violen de alguna manera los derechos de la Iglesia”.

Esta Pastoral del obispo de Huejutla es conocida en España. La prensa de Madrid y Barcelona la reprodujo y comentó como se lo merece. Del mismo tenor son las pastorales del arzobispo de Monterrey, de los obispos de Tacámbaroy Tamaulipas, etcétera.[3]

            Termino copiando un párrafo de la Pastoral colectiva que firman los arzobispos y obispos de la Nación.

 

“En todos tiempos y mayormente al presente, la Iglesia toma posiciones definidas y evita extremos…No busca la lucha pero si se le obliga o a renunciar a su libertad o a defenderse legal pero virilmente, jamás traiciona su causa que es la de Dios y de la Patria”.

 

El lector que haya tenido paciencia de seguirnos hasta aquí, habrá visto con cuanta justicia Su Santidad ha mandado se hagan oraciones por México. La prensa dio cuenta de las que se hicieran en Madrid y privadamente nos consta de otras partes de España y de Comunidades religiosas. Sin embargo, me apropio de lo que no ha mucho escribía una insigne pluma de El Siglo Futuro: “Católicos españoles: pedid, pedid a la Santísima Virgen de Guadalupe que se mantenga a los católicos mexicanos firmes en la fe de Jesucristo”.

 



[1] Se tomó de un impreso de cuatro páginas, tamaño doble oficio, bajo el signo de la imprenta La Voz de México, y fechado elo 28.10.1928. El original está depositado en el fondo Jesús Medina Ascencio, de la biblioteca del Seminario Mayor de Guadalajara.

[2] Alude a la reiterada práctica que se implementó en los tiempos de Obregón y Calles para lanzar chorros de agua en contra de las manifestaciones cívicas de los católicos en protesta de la persecución religiosa.

[3]Inútil nos parece hacer hincapié en los indiscutibles méritos de la magnífica organización denominada “Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa” que capitanea en la actualidad a todas las organizaciones católicas en su heroica lucha contra Calles, quien ha ordenado una campaña infame de calumnias torpes contra la Liga, muchos de cuyos miembros han sido asesinados por la soldadesca oficial. (Basta recordar los horribles crímenes de Zamora, Chalchihuites, Colima) Calles y sus siervos consideran a los miembros de la Liga como sediciosos. La historia se repite: ¡¡Siempre los tiranos han llamado rebeldes a los hombres libres!! [Nota del autor].

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Felicidades a nuestros Sacerdotes Orozco Castañeda José Luis · Ríos Hernández Adolfo · Rivas Colima José Manuel ·


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