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La persecución religiosa en Degollado (1ª parte)

 

 

Margarita Zaragoza Ascencio

 

 

Inicia un testimonio vibrante que da cuenta de la forma como se sostuvo la resistencia activa de los católicos durante la cruda ‘Guerra Cristera’. Ciertamente, ahora sabemos, sin la participación clandestina de la mujer, este doloroso capítulo habría tenido otro cariz muy distinto del que tuvo.[1]

 

Nosotros supimos de la persecución religiosa mucho tiempo antes de que cerraran los templos y de que se levantaran en armas los católicos para defender nuestras creencias cristianas.

El señor cura y los sacerdotes nos anunciaban en los sermones, en las juntas y en pláticas, tiempos difíciles para los cristianos en México. Se decía que los protestantes y los masones gringos exigían al gobierno mexicano que liquidara a los cristianos mexicanos y que por eso Calles y los masones mexicanos se proponían acabar con la Iglesia Católica en México. Esta era la condición que ponían los americanos para reconocer y ayudar al gobierno de Calles.

Las noticias que nos llegaban de otros lugares eran alarmantes. Nos decían que en la capital, en Guadalajara y en otras ciudades importantes de la República, el ejército y la policía se metían a las casas de los cristianos, en busca de reliquias, de sacerdotes y de catecismos y cuando hallaban algo que oliera a cristianismo detenían a las familias, los torturaban y hasta los mataban o los deportaban a las Islas Marías. Que la persecución empezaba con características muy graves. Aquí en el pueblo no sucedían cosas serias.

Se dijo entonces que en ocasiones las mujeres rechazaron a los federales y a los policías y hasta los desarmaron, echándoles cal molida a los ojos. Muchas mujeres se proveyeron y compraron cal en prevención de posibles ataques. ¡Creían la persecución religiosa como de juego! ¡Qué equivocación tan lamentable ante la realidad posterior de los hechos!

Las personas llegadas de México o de Guadalajara nos decían que los cristianos se organizaban en defensa de la religión en esas ciudades con el propósito de estar prevenidos para casos de mayor gravedad y hasta tomar las armas si la situación lo exigía.

En los primeros meses de ese año 1926 llegaron unas personas de la Ciudad de México y después de hablar con el señor cura, éste nos llamó como a unos veinte vecinos a una junta con esos señores. Allí nos dijeron que la persecución religiosa era un hecho, que el gobierno se proponía acabar con la religión y que para provocar un pretexto, exigía requisitos inaceptables, a los señores obispos y sacerdotes quienes preferían suspender el culto cerrando los templos antes que acceder a las pretensiones anticatólicas de las autoridades civiles. Que se anunciaba la suspensión de los cultos, para mediados del año si las relaciones con las autoridades no mejoraban. Que solicitaban voluntarios católicos para la organización de la defensa de la religión allí en el pueblo.

Todos nos ofrecimos con entusiasmo y llenos de fe y de inmediato se nombró a uno de los asistentes como jefe y a una mujer como su auxiliar. El señor cura exhortó a demostrar con hechos nuestro cristianismo en esos momentos difíciles y a estar dispuestos a dar hasta la propia vida en la defensa de nuestras convicciones cristianas. Que quienes muriéramos en la defensa de nuestra santa religión teníamos seguro el cielo.

Los señores se volvieron discretamente a México y el señor cura siguió impulsando a los responsables de la nueva organización. Nos informaba de las noticias llegadas de otras partes.

Poco después llegaron unos jóvenes de la ACJM de Guadalajara que pertenecían a la Unión Popular. El señor cura nos invitó nuevamente a otra reunión. Eran muy jóvenes y hablaban con mucho entusiasmo y fervor. Estos nos dieron mucho valor con sus palabras y con su ejemplo.

Nos explicaron cómo estaba organizada la Unión Popular y cómo funcionaba. El licenciado Anacleto González Flores la encabezaba. Nos dijeron que el señor arzobispo Orozco y Jiménez aconsejaba y pedía la defensa de la religión por medios pacíficos y que se oponía al levantamiento en armas a lo cual estaba de acuerdo el Licenciado González Flores. Pero que la mayoría de los jefes de la Unión Popular estaban dispuestos a recurrir a las armas en casos extremos y que ellos, los jóvenes allí presentes, también eran partidarios de la defensa de nuestras creencias con las armas. Que no era tiempo de dudas ni discusiones, sino de acciones valientes y efectivas. Que Jesucristo y Nuestra Señora de Guadalupe nos ofrecían una prueba y nos daban una oportunidad de demostrar nuestro cristianismo y de hacer méritos para alcanzar nuestra salvación. Que ellos nos explicaban la realidad,  que nada nos exigían porque nuestra respuesta a las pruebas difíciles dependía de nuestras convicciones y de nuestros principios cristianos. Que los peligros que se presagiaban eran sumamente graves: se arriesgaban bienes, salud, familia, libertad y la vida. Que lo pensáramos detenidamente ante el Santísimo. Que quienes se sintieran con valor ofrecieran libremente su cooperación. Que tuviéramos cuidado extremo en no divulgar lo dicho en la reunión. Que a los comprometidos los esperaban muchos sacrificios y peligros. Que ellos difícilmente volverían porque la situación era muy grave. Que la comunicación sería difícil en adelante.

Les dijimos que los señores de México habían nombrado dos jefes y que estaban presentes. A ellos les pareció bien el nombramiento. Se nombró de inmediato a un encargado de estar en contacto con los jefes de la Unión en Guadalajara para que a su través los tuviéramos informados y de ellos recibiéramos las instrucciones e informaciones pertinentes.

Estos muchachos, porque eran apenas unos muchachos, nos llenaron de ánimo y ante ellos nos comprometimos a la defensa de la religión sin condiciones.

A continuación entramos a la capilla. El señor cura expuso el Santísimo y después de recordarnos las persecuciones de los primeros cristianos, nos citó para el día siguiente de uno en uno para que juráramos ante un Cristo, quienes nos sintiéramos comprometidos. En las siguientes semanas se comprometieron como seiscientas gentes, pero los juramentados éramos pocos, apenas si llegábamos a veinte.



[1] Cf. Margarita Zaragoza Ascencio, Perfiles de una madre. El documento que se trascribe lo publicó el hijo de la autora, presbítero Anastasio Aguayo Zaragoza (1929-2007), en un cuadernillo sin pie de imprenta, lugar y fecha. Corresponde al capítulo ii de la obra y comprende de las páginas 33 a la 73. No se advierte en el documento si este testimonio fue escrito de puño y letra por la señora Zaragoza o se trata de una recuperación de sus recuerdos redactados por su hijo sacerdote.

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