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Destrucción de Degollado

 

Margarita Zaragoza Ascencio

 

De forma gradual se rescatan del olvido episodios que a la distancia pierden el efecto doloroso y trágico que los produjo, conservando la heroicidad que motivó sus acciones, como es el caso del siguiente testimonio, redactado por la madre de un presbítero ya difunto, que murió sirviendo a la arquidiócesis de Guadalajara, y que nos da cuenta de sucesos desgarradores de los que ella fue protagonista, el cual se publica en dos partes, si bien esta primera, breve, sólo tiene interés como continuación de la segunda, mucho más extensa, que se publicará en el siguiente ejemplar de este Boletín

 

José Inés Chávez García

 

Aventurero villista, quien al amparo en los restos de la revolución cometía atropellos y arbitrariedades sin cuento en los diferentes rumbos de la región, destruyó y aniquiló el pueblo de Degollado, aquella tragedia y dantesca navidad de 1917, noche de maldad, de odio salvaje y primitivo, de rencor acumulado.

El recuerdo de esta noche siniestra a tantos años de distancia todavía estremece el espíritu, sobrecoge el ánimo por los horrores, por el salvaje refinamiento destructivo, por el insaciable odio, por el hondo deseo de venganza, por la sed de sangre y de muerte, por el gozo torturador, lentamente, como saboreando aquel sufrimiento innecesario, por la satisfacción y el agrado ante los cuerpos muertos.

El nuevo sol del día 25 de diciembre encuentra en Degollado sólo cenizas, muerte, desolación, horrores y lágrimas. Nada ha quedado. Ruinas aquí, ruinas allá, muertos por todas partes y cenizas humanas.

Este acontecimiento siniestro, marca el punto de partida entre dos estadios en la vida del municipio. Antes de Chávez, prosperidad y abundancia en las haciendas; después de Chávez, desolación y abandono, cuya consecuencia perdura a lo largo de los años. Las haciendas jamás resurgirán.

Pero analicemos los antecedentes de este suceso lleno de tanta negrura. Encontramos, que como siempre, el pueblo sufre en carne propia las consecuencias de las envidias, de los odios y venganzas de los poderosos.

Don Antonio Maciel encabezó la primera aventura contra villistas. Dio la casualidad que en su imprudente persecución se toparon con una gavilla de villistas. Sin pensarlo dos veces se enfrentaron en un combate encarnizado en el cual tuvieron bastante baja ambos lados, y a punto estuvo de caer en manos de los villistas el mismo don Antonio, que apenas logró salvarse. Ante los resultados del combate, don Antonio, se dio perfecta cuenta que estaba ante un enemigo superior en todos los órdenes, magníficos tiradores, soldados audaces que se jugaban la vida. Don Antonio quiso perseguirlos pero fácilmente lo convencieron del peligro que aquello significaba y optó por la retirada.

Don Vicente Pérez acudió en su ayuda y éste le explicó a don Antonio que tuviera mucho cuidado con aquel jefe villista, era nada menos que J. Inés Chávez García y le aconsejaba extremada prudencia y precaución, porque aquel nuevo enemigo que gratuitamente se había conseguido era temible por su valiente salvajismo. Le insistió a su compadre Antonio que si provocaba a aquel sanguinario podría traerle serios problemas.

La respuesta de don Atanasio fue cortante:

-Siendo villista ambos merecen nuestro desprecio y castigo y ya sabrán quienes somos-.

-Piénsalo, compadre. Sé prudente. De todos modos, cuando me necesites estaré a tus órdenes -le dijo Vicente Pérez.

-Ya sólo nos queda ese bandido de Chávez García para que vuelva el orden y la tranquilidad a nuestras familias-. Sentenciaban los hacendados.

-Con éste Chávez no hagamos confianza porque sus antecedentes lo pintan como a un tipo que es capaz de lo peor -comentaban otros.

-Si tan fácil exterminamos a Casillas, el castigo de este otro bandolero es cuestión de días, máxime con la experiencia obtenida-insistían.

Don Antonio Maciel agitando la región y ahora secundado entusiastamente por sus parientes y amigos que ante los triunfos obtenidos, aunque dudosos, agitaba los ánimos despóticos y su ambición de poder. Continuaron el reclutamiento de gente y el aprovisionamiento de arma y parque en abundancia. Salieron dos o tres veces en busca del enemigo con el propósito de sorprenderlo, pero Chávez eludía hábilmente cualquier encuentro desventajoso.

En cambio, merodeaba por la región y siempre que los Maciel salían en su persecución él se metía a las haciendas, y se llevaba lo que quería, provocando el odio de sus perseguidores.

Chávez estudió las posiciones, posibilidades, número de soldados y su calidad como tales, los conocimientos de movimientos estratégicos, etcétera. Nunca les dio oportunidad de medir sus fuerzas, por el contrario procuró dejarles la impresión de inferioridad, al mismo tiempo que los inducía a cometer imprudencias costosas, como el de sostener en forma permanente gran número de campesinos armados, y pronto se enteró de la verdadera capacidad de estos soberbios hacendados. Hasta logró que un sobrino de don Antonio se adhiriera a sus tropas. Este le proporcionó la máxima información que necesitaba y empezó otra etapa.

Los Maciel armaron a unos doscientos improvisados soldados tanto de los campesinos como pacíficos civiles del pueblo ante la amenaza del peligro chavista. Los rumores llegaban alarmantes. Ante esta amenaza cada día más peligrosa organizaron la defensa de sus haciendas y la del pueblo. Solicitaron refuerzos militares de Guadalajara. La mayoría de los ricos se comprometieron.

Desgraciadamente las promesas de auxilio recibidas de don Vicente Pérez, del gobierno de Guadalajara y de los mismos ricos del municipio, fallaron en los momentos peligrosos y más difíciles.

Por su parte la masa de la población veía con simpatía los preparativos chavistas y recibían con agrado y entusiasmo los rumores de un inminente ataque. Deseaban que alguien castigara como se merecían aquellos arbitrarios hacendados.

Chávez García había reunido para principios de diciembre unos dos mil hombres bien armados y sedientos de pillaje. Se movilizó amenazante hacia Degollado en esos primeros días de diciembre de 1917. Envío todavía emisario a los Maciel proponiéndoles la discusión de un armisticio, o que le permitieran pasar con sus soldados por el pueblo y que no comprometieran a los habitantes del pueblo quienes sufrirían las consecuencias sin ninguna culpa.

El despotismo y soberbia cegó a los defensores del pueblo. No aprovecharon las circunstancias que se les presentaban para obtener condiciones ventajosas que les permitieran analizar mejor la situación real.

-Nosotros no pactamos con asesinos aventureros criminales- respondieron.

Ese trágico mes de diciembre, las cosas en Degollado se presentaban en la forma siguiente: Por una parte, J. Inés Chávez García estaba bien enterado de la situación de los defensores del pueblo. Por parte de los jefes defensores, se encontraban en las circunstancias siguientes: Desconocieron casi por completo el verdadero peligro. Provocaron a este sanguinario cabecilla villista sin ninguna necesidad y rechazaron las proposiciones de negociación ofrecidas hasta los últimos momentos. No escucharon las sugerencias y consejos bien intencionados y prudentes de amigos, vecinos y parientes.

A última hora se decidieron a pedir ayuda en condiciones comprometidísimas.

Reclutamiento de gentes inexpertas y sin el mínimo de la disciplina. Cuando las turbas chavistas estaban en las goteras del pueblo, la defensa se redujo a unos 30 elementos más o menos efectivos.

Sorprende la torpeza increíble de los Maciel en la organización de la defensa. Prácticamente se entregaron inocentemente al enemigo. Fue un sacrificio inútil y casi culpable de quienes se lanzaron a tan desastrosa aventura.

Esto lo conocía Chávez porque como dijimos, el sobrino de don Antonio le proporcionó datos muy valiosos. De ahí la completa seguridad en sus movimientos y en la disposición y realización del ataque y toma y destrucción de la población.

No podía estar más indefensa una plaza y para colmo la provocación constante.

El enemigo llegó el 23 de diciembre a la hacienda de Huáscato y ahí pernoctó con sus huestes, para seguir al día siguiente hacia Degallado resueltamente. Ese mismo día avisaron todavía a los Maciel que los chavistas eran muchos, bien armados y peligrosos. Que si el pueblo les presentaba resistencia las consecuencias serían fatales. Que estaban a tiempo para negociar un armisticio menos desastroso. Que hacerle frente a aquel salvaje era temerario y casi un suicidio. Que Chávez se proponía destruir totalmente el pueblo si le presentaban resistencia. Por única respuesta metieron a la cárcel a quienes les hacía semejantes proposiciones con la amenaza de pasarlo por las armas en cuanto liquidaran a aquel cabecilla que tanto desorden metía en la región.

            Estaba decidida la suerte de Degollado.

Chávez salió de Huáscato con sus hordas de salvajes la mañana del día 24 de aquel 1917. Hacia el mediodía se presentó frente al pueblo. Antes de empezar el ataque, dispuso que una avanzada de seis soldados atravesara el pueblo de Oriente a Poniente por la calle real y a su paso quemaran los puestos que se encontraban en la plaza con motivo de la Navidad y así cerciorarse con mayor seguridad cuáles eran los fortines de los defensores y a ellos destinar sus mejores soldados. En esa maniobra le mataron dos de sus soldados.

En seguida ordenó que una parte de los mejores tiradores mantuvieran el fuego directo hacia los fortines para distraer la atención de sus enemigos. Y que el grueso de sus tropas avanzara por entre las casas perforando las paredes para ocultarse de los defensores y llegar hasta los fortines peligrosos. Esta acción empezó hacia las cuatro de la tarde. Hacia las 8 de la noche el grueso de la tropa chavista estaba cerca de los principales fortines.

Pocos “defensores” resistían a un enemigo que se les perdía de vista, sólo contemplaban cómo en diferentes partes del pueblo empezaban a levantarse las llamas en medio de enormes columnas de humo, señal que paulatinamente caminaban incontenibles hacia el centro de la población. Con esto entendieron que la causa estaba perdida y desde ese momento buscaron ponerse a salvo. Los más valerosos y audaces, determinaron vender caras sus vidas y resistieron hasta el final.

Hacia las nueve de la noche de ese día 24 de diciembre todo había concluido, los sobrevivientes intentaron ponerse infructuosamente a salvo. La desbandada de jefes y soldados era completa y el desorden y el terror se habían apoderado de toda la población ante el incendio total del pueblo. Incluso el mismo don Antonio Maciel, principal protagonista de esta tragedia, abandonó a los suyos e intentó la huida vestido de mujer, pero el general Arredondo que lo tenía identificado lo cazó a él y a la esposa en su desesperada huida, y cayeron los dos.

Cerca de las 10 de la noche todo estaba en llamas. Ya no se oía ni un disparo. Una soberbia destruía a otra soberbia; un salvajismo se vengaba de otro salvajismo; unos sanguinarios aniquilaban a otros sanguinarios; la injusticia se impuso a la injusticia. Y en esta lucha irracional, un pueblo inocente e indefenso en ruinas en medio de los cadáveres de sus vecinos.

A esa hora, las 10 de la noche, Chávez con sus mejores soldados, se instalaba tranquilamente contra esquina de la parroquia frente a un enorme fresno donde había dispuesto la ejecución de los prisioneros a los acordes de la banda de la música que los acompañaba. Formaron a los condenados, hombres de trabajo que ninguna culpa tenían en aquella desgracia y dispusieron el patíbulo en una de las ramas del fresno.

Mientras se hacía servir la cena a los acordes de la música empezó la ejecución. El mecanismo fue sencillo: uno echaba la soga al cuello del reo, otro lo levantaba, un tercero le daba una balanceada en péndulo y en el otro extremo un experto lo esperaba y le hundía un cuchillo en el corazón. No falló en ningún caso. Inmediatamente le quitaba la soga y entre dos lo arrojaban al montón que se iba formando. Viene el que sigue. Quedaban unos cinco prisioneros cuando dispuso Chávez que suspendieran la ejecución y que dejaran libres a los restantes. Esos restantes eran Jorge Rodríguez, Juan Palomino, Felipe Hernández y Raymundo García quienes nacieron ese día.

Terminada la ejecución dispuso que incendiaran los comercios y edificios que quedaban y los dejó en completa libertad para que hicieran sus soldados lo que les vino en gana.

Los chavistas tenían instinto especial para el dinero y se dedicaron a robar y como si los llevaran de la mano se iban derecho donde hubiera dinero escondido. No hubo lugar donde hubiera dinero que no lo descubrieran.

A don Juan Silva lo detuvieron junto con su esposa y sus dos hijos de 6 y 8 años y en su presencia los sacrificaron con lujo de crueldad. Les hundían un verduguillo en los cuerpos infantiles, lo sacaban ensangrentado y lo limpiaban en la boca del padre. Los comercios en llamas donde el fuego los comió.

Hacia las diez de la mañana de aquel 25 de diciembre salía Chávez de Degollado hacia La Piedad. Sus muertos los enterraron allí mismo y cargó con sus heridos. El ejército que no llegó oportunamente contempló el incendio del pueblo desde una distancia prudente. Decidió cortarle el paso cerca de la estación de Palo Verde donde acabó completamente con aquella chusma.

J. Inés Chávez García había nacido en febrero de 1870 en Juanápero, Michoacán. Y murió a causa de la fiebre amarilla en Puerépero, Michoacán de donde trasladaron sus restos a su tierra natal.



Cf. Margarita Zaragoza Ascencio, Perfiles de una madre. El documento que se trascribe lo publicó el hijo de la autora, presbítero Anastasio Aguayo Zaragoza, en un cuadernillo sin pie de imprenta, lugar y fecha. Corresponde al capítulo ii de la obra y comprende de las páginas 33 a la 73. No se advierte en el documento, si este testimonio fue escrito de puño y letra por la señora Zaragoza o se trata de una recuperación de sus recuerdos redactados por su único hijo.

San Ignacio de los Encinos o de los Morales, al oriente de Ayo el Chico, en la zona de la ciénaga de Chapala, era, a mediados del siglo xix, una ranchería propiedad de Ignacio Peña habitada apenas por ocho familias, donde se trazó en 1848 un poblado que en 1861 mudó su nombre original por el apellido de un caudillo liberal guanajuatense, que nada tuvo que ver en esa comunidad. Hoy viven en esa cabecera unas veinte mil almas. 

 

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