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San Rafael Guízar Valencia, Obispo de Veracruz

En la correspondencia inédita del Archivo Secreto Vaticano y del Archivo Histórico del Arzobispado de México. Un acercamiento

 

 

Emilio Martínez Albesa[1]

 

 

El autor de este artículo, investigador lúcido, original y muy generoso, ha hecho llegar a este Boletín un artículo suyo donde describe algunos aspectos poco o nada conocidos del celo pastoral que caracterizó al primero obispe canonizado de México, patrono de la Conferencia del Episcopado en esta nación

 

 

En este artículo -comenzado en Roma y concluido en Cotija, Michoacán-, presento un acercamiento a san Rafael Guízar (1878-1938), a través de las dificultades que hubo de afrontar como obispo de Veracruz (1919-1938), a la luz de algunas de sus cartas inéditas que, en el curso de mis investigaciones, he encontrado en el Archivo Secreto Vaticano (asv) y en el Archivo Histórico del Arzobispado de México (aham), esperando poder ponerlas pronto a pública disposición mediante una edición científica de las mismas siguiendo la metodología apropiada y todos los procedimientos debidos para ello.

            La correspondencia inédita que he consultado, así como las diversas entrevistas que he hecho a testigos y otros estudios realizados, manifiesta que el santo obispo superaba las dificultades de todo orden principalmente mediante su caridad pastoral, su celo misionero. El deseo de que las almas encomendadas a su ministerio episcopal llegaran un día al cielo le animaba a arrostrar tales dificultades. Lo ilustraré con algunas de sus palabras, deteniéndome en los tipos de dificultades que considero que él encontró.

 

1.      Dificultades físicas personales

 

Basta ver las fotografías de san Rafael Guízar para advertir su problema de obesidad. Pesaba más de cien kilos[2]. La causa de ésta era una disfunción en su glándula tiroides y no ciertamente la glotonería. Es evidente que la notable obesidad hubo de obstaculizar los movimientos de este obispo viajero, que entendía su ministerio como un continuo salir al encuentro de los demás. La señor Sofía Vallejo conserva en sus recuerdos de niña la imagen de la llegada del prelado a Chilapa, una elevada congregación en las faldas del Pico de Orizaba:

 

El  señor  Rafael Guízar era un señor alto, gordo, chicharrón. Y era muy llevadero, muy platicador. Le gustaba mucho la alabancita “Oh Virgen Santa” y el bautizo, la doctrina, el Credo…; todito eso nos lo enseñaba. Él llegaba a Chilapa en una mula, a caballo, en una mula retinta; pero cuando subía la mula, mire usted que iba negra, negra, negra, porque como estaba pesadito...; y ¡cantidad sudaba! El Obispo sudaba, sudaba, sudaba… y la mula ¡no se diga! Y él iba allá. Muchos niños se le juntaban; eran de los dos Metlaques, la Cumbre del Español, La Ciénega, Potrero Nuevo y Chilapa; entonces era una sola congregación todo ello.[3]

 

            Los niños, siempre atraídos por su bondad y simpatía, le llaman con afecto: “el Padre gordito”.[4]

No olvidemos que, además de su diabetes y de su corazón enfermo, una llaga en la pierna causada por una caída del caballo mientras iba de misiones y nunca curada del todo le hacía particularmente penosos estos viajes. Sin embargo, recorrió su diócesis por entero varias veces, haciendo de sus visitas episcopales ocasión de fervorosas misiones populares.[5] Además tenía, desde antes de su consagración episcopal, un enorme forúnculo en la parte posterior del cuello que le imposibilitaba dormir en la cama[6] y que, como la llaga de la pierna, tal vez no llegaría a desaparecer del todo pues testimonia la Sra. Carmen Hernández de Ramírez que, cuando el obispo se hospedaba en la casa de su abuela Adela Ramírez de Oropesa en Las Vigas, por motivo de sus misiones, nunca usaba la cama que le preparaban para dormir.[7]

San Rafael procuraba inculcar también la autoexigencia personal en sus sacerdotes y seminaristas. En una de las interminables noches de confesiones, uno de los sacerdotes avisó al  señor  Guízar de que a otro confesor se le cerraban los ojos de sueño; el santo contestó: Dígale al padre que se ponga de pie por algunos momentos y que se ponga alcohol o agua en el rostro para ver si así se le espanta el sueño, y si ni así puede, entonces que vaya a descansar, pero nosotros seguiremos confesando hasta que no quede una sola alma sin haber recibido la gracia de Dios”.[8] Un seminarista recuerda que, estando trabajando con un compañero un miércoles en las labores de acondicionamiento del inmueble usado como seminario, acudió al obispo pidiéndole: “Señor, le ruego que nos dispense del ayuno; estamos trabajando muy duro” -entonces el ayuno se practicaba los miércoles y los viernes-; el  señor  Guízar sonrió y le respondió: “No, no, no. Más mérito”.[9]

Su salud quebrantada habría de conducirle a una muerte temprana, con la edad de sesenta años. Mientras misionaba en Córdoba, Ver., a finales de diciembre de 1937, su mal de varices se agravó y un terrible ataque de flebitis aguda lo obligó a interrumpir sus actividades, que había continuado desarrollando en situación lastimosa, llevándolo literalmente del púlpito a la cama.[10] Convaleciente en esta ciudad, escribía unos días después al Arzobispo de México Luis María Martínez:

 

Mi persona, mi vida y todo lo que yo soy, no me preocupa en nada, porque sé que cuento con un Dios de infinita bondad, a quien estoy unido de la manera más íntima, desde hace mucho tiempo. […]

Mas mi diócesi[s], sí me preocupa mucho, porque tiene un culto extraordinario que me ha llenado de asombro, durante los cinco meses que Dios me permitió hacer la Visita Pastoral, en esta última época: por lo cual, si el Obispo no trabaja con tesón para sostener esta obra colosal, puede menguarse el fruto en gran parte, lo que sería sumamente deplorable.[11]

 

            ¡Curiosa reflexión! Cualquier obispo querría tener la misma preocupación que aquí atormenta a san Rafael. Éste se muestra preocupado por su diócesis no porque la religiosidad de los fieles vaya mal, sino porque va tan bien que teme que si él no trabaja lo suficiente podrá frenarse esta buena marcha. Le preocupa no contar con las fuerzas físicas para trabajar con tesón. Sin inquietarse por su persona, gravemente enfermo, busca el mejor modo a su alcance de seguir velando por el bien de las almas; por ello, en esta misma carta, pide que de ser posible se le nombre un obispo coadjutor, lo cual no ocurriría.

            Nunca recuperará ya la salud. Después de un mes largo en Córdoba y de un tiempo en Tehuacán, el 19 de febrero por la noche es trasladado a la Ciudad de México para que lo atienda un especialista. Recién llegado dice así al Arzobispo en una bella carta manuscrita:

 

Yo tengo el presentimiento seguro de que ésta es mi última enfermedad, aunque puede alargarse un tanto, por las atenciones médicas.

Como quiera que sea, ruego a V.E. [Vuestra Excelencia] que pida mucho a Dios por mí, para que sufra esta enfermedad tan aflictiva, con grande paciencia.[12]

 

            Lejos de rebelarse contra la enfermedad, su deseo es sufrirla con paciencia, como corresponde a un cristiano. Y hasta en vísperas de su muerte, su interés permanecerá volcado hacia las misiones populares de su diócesis, tal como lo atestigua su carta al canónigo Justino de la Mora del 2 de junio de 1938, cuatro días antes de su fallecimiento, deseándole que alcance a visitar muchas localidades.

 

2.      Dificultades de la geografía

 

Como sabemos, a principios de enero de 1920, el  señor  Guízar llegó a Xalapa para tomar posesión de la diócesis inmediatamente después de que un fuerte terremoto provocara graves daños en la vertiente este de la Sierra Madre Oriental entre el Cofre de Perote y el Pico de Orizaba. Su respuesta fue visitar personalmente lo antes posible a las poblaciones damnificadas, además de destinar a su asistencia los fondos que se habían recolectado para festejar su llegada. De esta forma, como misionero de la caridad, inició su ministerio episcopal.[13]

San Rafael había sido nombrado obispo de una diócesis enorme, alrededor de dos tercios del entero Estado de Veracruz -que posee unos 72.815 km²-, exceptuando de él una parte del norte, incluida en la diócesis de Tampico, y el sur, correspondiente a la de Tehuantepec.[14] Buscando el bien espiritual de los fieles católicos, el 15 de agosto de 1920, a pocos meses de tomar posesión de su diócesis, el quinto Obispo de Veracruz firmó un acuerdo con el de Tehuantepec para atender mejor a las poblaciones de las parroquias limítrofes.[15] Cuando se le consultó de parte de la santa Sede su parecer sobre la erección de la diócesis de Huejutla, que tomaría de la de Veracruz el cantón de Tuxpan, su respuesta fue no sólo positiva, sino que estuvo acompañada de la propuesta de erigir también la de Papantla, toda ella con territorio hasta entonces de la suya. Reducir la extensión de la diócesis implicaba la pérdida de parroquias y con ello una disminución de los ingresos por donaciones de los fieles; por esto, la propuesta de san Rafael encontró reticencias entre los miembros del cabildo catedralicio. Para deshacerlas, su argumento fue eminentemente espiritual y misionero: “Pongámonos, dijo, en el campo de la eternidad y digan si, para la gloria de Dios y bien de las almas, no sería conveniente y ventajoso un Obispo en medio de esa vastísima zona”.[16] De esta manera, el 22 de noviembre de 1922, se crearon las diócesis de Huejutla y de Papantla.

Desde finales de 1922, la diócesis de Veracruz quedó con algo menos de la mitad del territorio del Estado, 36.000 km², y con 750.000 habitantes, según informa san Rafael al Papa en su relación diocesana de 1924,[17] siendo por tanto todavía una diócesis muy grande. Para superar las distancias, las comunicaciones en el Veracruz de entonces no eran las actuales: había pocas vías de ferrocarril y se carecía de carreteras. La topografía presentaba muchas dificultades. La diócesis comprendía parroquias desde las tierras bajas próximas al mar hasta las estribaciones de la más alta cumbre de la República, el Pico de Orizaba, siendo mayoría las situadas en la sierra.[18] La variedad topográfica implicaba también una notable diversidad de climas: “Es fría y templada en la región oeste y muy cálida en la parte del sur y del este”.[19] Ser obispo misionero en tales circunstancias de tiempo y lugar no era cosa fácil. san Rafael decidió misionar la costa en los inviernos y la montaña en los veranos.

            En una simpática carta de 1930, san Rafael escribe así desde Naolinco, en la sierra cercana a Xalapa, al Delegado Apostólico Leopoldo Ruiz y Flores: “Estoy para terminar la Visita Pastoral en toda esta zona; y ya me están saliendo alas como a los patos por tanta lluvia” y, ante tal incomodidad, continúa sin interrupción: “pero a los fieles también les han salido alas para volar al Cielo; pues son muchos los que se han convertido, por la misericordia de Dios”.[20] Las inclemencias del tiempo y las dificultades del espacio eran mera anécdota frente al bien espiritual de las almas.

 

3.      Dificultades de su misión pastoral

 

El  señor  Guízar entendía que su misión de obispo era la salvación de las almas mediante la conversión de los pecadores, la predicación de la doctrina cristiana y el fomento del amor a Dios por la distribución de los sacramentos y la práctica de la oración. No era, por tanto, una misión nada fácil en sí misma. Se trataba de todo un reto. Además, en este sentido, la diócesis de Veracruz era posiblemente una de las más difíciles de México porque algunas de sus localidades -como el puerto- habían vivido una historia particular que mantenía a ciertos grupos de población distantes, desconfiados o incluso hostiles hacia el clero y la religión católica. Junto a esto, debemos recordar que san Rafael toma posesión de la diócesis justo después del primer convulso y difícil decenio de la Revolución Mexicana.

Alguno de sus sacerdotes lamentaba que en sus visitas pastorales el obispo no revisaba los libros parroquiales como, en su opinión, debería. “En el cielo no hay libros, hay almas”, habría respondido el santo.[21] La entrega incansable a la conversión de los pecadores y al incremento de la vida cristiana en los fieles había caracterizado ya al sacerdote Rafael Guízar antes de su consagración episcopal.[22] Recordando aquellos años, anota el presbítero Nabor V. Romero que

 

…las dificultades le daban más ánimo y entusiasmo para proseguirlas, pues veía el interés que tenía el demonio en desanimarlo […] En todas sus empresas esperaba siempre en el Cielo y así el éxito de sus misiones siempre fue copiosísimo y cuando algunas penas, tribulaciones y dificultades le asaltaban en sus empresas, no se desanimaba viendo que con la paciencia en soportarlas compraría del cielo el éxito de las mismas. No lo vi por eso nunca desalentado, precisamente por lo que he dicho, que tenía toda su mirada puesta en el cielo.[23]

 

            Como obispo de Veracruz, las cartas que escribe al Delegado Apostólico sobre diversos asuntos mientras realiza sus visitas pastorales dan fe del entusiasmo y de la confianza en Dios con que, buscando el bien espiritual de los fieles, afrontaba y vencía las dificultades que se oponían a la misión evangelizadora. Hay testimonios que invitan a pensar en intervenciones providenciales durante algunas misiones; así, por ejemplo, en 1924, el maestro de Maltrata, de acuerdo con el alcalde, no permitía que los niños abandonaran la escuela para ir a la catequesis del obispo, pero, a la hora oportuna, la escuela se derrumbó misteriosamente, quedando todos los niños en libertad.[24] Sin embargo, acompañado o no de estas especiales manifestaciones, san Rafael se valía de un encendido celo misionero para superar los obstáculos que encontraba en su misión, atribuyendo los frutos a la misericordia de Dios y a la intercesión de santa Teresita del Niño Jesús, Patrona de las misiones. Desde la zona fabril de Santa Rosa en 1930, escribe:

 

[Santa Teresita del Niño Jesús] ha cumplido muy bien con sus deberes de misionera porque ayer confesamos seis sacerdotes hasta un cuarto de hora antes de las doce de la noche y hoy estamos preparados ocho confesores y espero que no nos levantaremos del confesionario antes de las dos de la mañana.[25]

 

            Y concluye: “Pida por mí y por mis sacerdotes para que nos hagamos muy santos y así trabajemos con todas las fuerzas del alma por convertir muchos pecadores que se entreguen en los lazos del amor de Dios”.[26]

            Las misiones en el puerto de Veracruz fueron particularmente exigentes, por el indiferentismo religioso de parte de la población, y gratificantes para san Rafael por los buenos resultados obtenidos. Misionó allí a finales de 1929 poco después de regresar a su diócesis tras tres años de ausencia por la persecución religiosa, cuando humanamente podían esperarse pocos frutos. En una carta en medio de los trabajos de esta ocasión, después de celebrar la notable afluencia de personas a escuchar la predicación y a confesarse, comenta: “Qué cielo tan hermoso es éste; si Dios me llamara en este momento para ir a la Patria Celestial, le diría: espérame unos días; porque me parece mejor estar contigo en la Cruz, que disfrutándote en el Cielo”.[27] Y al fin de la misión, tras hacer balance de los óptimos resultados en ese contexto histórico difícil, “loco de contento”, reflexiona:

 

Estoy convencido de que Dios quiere mucho a México, de que la Virgen Santísima aún nos cobija con su manto, y de que si nosotros sus débiles y pequeñitos instrumentos facilitamos el curso de la gracia sobrenatural, México se regenerará por medio de una propaganda social que tenga su centro en los sacramentos, la predicación y la enseñanza de la doctrina cristiana.[28]

 

            Desgastándose sin medir el cansancio físico, expresa desde Apazápam:

 

La visita pastoral continúa muy fructuosa: anoche tuvimos confesionario hasta después de la una de la mañana y así acontece casi normalmente todos los días.

¡Cuánto me quiere Dios Ntro. Señor! pídale S.E. que yo sepa corresponder en cuanto sea posible a tan inmensa bondad.[29]

 

            En la zona del Istmo, las misiones dieron a san Rafael “muchísimos consuelos espirituales” y, aprovechando unos momentos antes de enseñar doctrina a los niños de Tierra Blanca, abre su alma exclamando: “¡Qué hermoso el Cielo de la Cruz!, con razón nuestro divino maestro murió por nosotros”.[30]

            La apertura de alma de este obispo para con el Delegado Apostólico no era algo común en la época. Las cartas que otros obispos dirigían al Delegado Apostólico presentan un estilo administrativo, muy poco personal. Esto refleja que san Rafael veía en él al representante del Papa a quien podía expresarle con plena confianza y sencillez sus inquietudes y sentimientos, como a un padre con quien comparte los mismos intereses y la misma misión.

 

4.      Dificultades creadas por enemigos personales

 

También el santo obispo de Veracruz hubo de vérselas con dificultades que le crearon enemigos personales. Es de conocimiento público el asunto de la suspensión a divinis que padeció siendo sacerdote del presbiterio de Zamora. Sin embargo, de obispo, continuó siendo objeto de críticas y he podido comprobar que algunas acusaciones en su contra se elevaron hasta la santa Sede.

            Un firmante con el nombre de Domingo Romero, presentándose falsamente como secretario de la junta vecinal del templo de El Cristo de la ciudad de Veracruz, posiblemente resentido por el fruto de la misión del  señor  Guízar a la que me referí arriba, escribió un telegrama el 28 de noviembre de 1929 al Delegado Apostólico acusando sin fundamento al obispo de negar validez a los bautismos administrados en las casas privadas durante el tiempo de la persecución y a los administrados por el sacerdote ministrante en dicho templo y, por ello, de exigir certificados de bautismo antes de administrar la confirmación, creando así divisiones entre los fieles. Detrás del tal Domingo Romero estaba el sacerdote cismático Dimas Anguiano, enemistado con el obispo, que ocupaba la iglesia de El Cristo. La oportuna intervención del  señor  Arzobispo Ruiz y Flores, Delegado Apostólico, el 3 de enero de 1930 aclarando las circunstancias al Card. Pietro Gasparri, Secretario de Estado de la santa Sede, evitó que el caso fuera más allá, pues el mismo Anguiano había enviado un telegrama al Papa Pío XI recibido en el Vaticano el 7 de diciembre anterior acusando a san Rafael de rebautizar niños y pidiendo su destitución.[31]

            Avanzado ya el período episcopal del  señor  Guízar, en 1934, llegarán a la santa Sede acusaciones presentándolo como un intransigente imprudente y desatinado en sus relaciones con el gobierno civil y como un mercantilista amigo del dinero. Dos acusaciones que hoy, con el conocimiento que tenemos sobre el obispo de Veracruz, resultan realmente increíbles; pero que en aquel entonces aparecían argumentadas y se acompañaban de la petición de que fuera revelado de su cargo.

Una carta escrita el 5 de julio de 1934 supuestamente a nombre de varios sacerdotes de Ciudad de México y dirigida al Arzobispo de México Pascual Díaz trataba de mal disponer a éste contra el obispo de Veracruz, residente en la arquidiócesis “después de ser expulsado de Veracruz por su falta de prudencia y humildad cristianas” y cuyo comportamiento habría comenzado a mover a algunos a cuestionarse: “¿cómo es posible que en una misma ciudad haya dos diócesis funcionando con dos obispos?”[32]: Díaz obrando en su relación hacia el Gobierno con prudencia mientras que Guízar, con intransigencia, comprometiendo la paz de la Iglesia, además de que

 

el mercantilismo del señor Guízar llega a tal grado, que los elementos de usted y los sacerdotes que tienen que recolectar limosnas no encuentran dónde hacerlo, porque los agentes de absorción y de colecta del señor Obispo de Veracruz son enormes y en todas formas y esto, como usted comprenderá, le resta y le restará elementos de vida a los católicos y obras piadosas de esta Diócesis, pues además de que el Obispo de Veracruz recibe de donativos miles de pesos de su Estado, viene a sangrar a los católicos de esta Capital, para continuar su escandalosa tarea comercial de comprar ranchos, ranchitos, establos, casas por la Colonia Roma, terrenos puestos a nombre de ingenieros amigos suyos y especulaciones de toda índole, con el dinero sagrado que los contribuyentes dan para fines piadosos y de caridad.[33]

 

            La conclusión es taxativa: “por bien de todos los sacerdotes y Obispos prudentes le rogamos remediar esta difícil situación quitándole las facultades y actividades en esta Ciudad a don Rafael Guízar”.[34]

            Esta carta llegará a Roma; pero también lo hará una carta del  señor  Manuel Echeverría, laico con buenas relaciones y cierto influjo, dirigida a Mons. Giuseppe Pizzardo, Secretario de la Sagrada Congregación de Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios de la santa Sede, fechada el 22 de agosto de ese año y acompañada de un memorando, a juicio del Delegado Apostólico redactado por el mismo Echeverría. Este señor se explaya en las mismas acusaciones de imprudente intransigencia política y de escandaloso mercantilismo en el obispo de Veracruz. Contrapone al “tino”, “prudencia y habilidad” de Díaz en la relación con el Gobierno, “la labor indiscreta y falta de habilidad” de Guízar Valencia, quien, “dedicado a pregonar la intransigencia”, representaría “ahora en su actitud a los funestos Obispos de Huejutla y de Tacámbaro” de los años de la Guerra Cristera, los cuales eran mal vistos en Roma por su actitud contraria a establecer acuerdos con el Gobierno. Afirma que “don Rafael Guízar es rico, pues junta cientos de miles de pesos por donde quiera, dedicándose públicamente a un mercantilismo de compra de haciendas y propiedades” que el Gobierno ya ha descubierto y piensa publicar. De no retirar a Guízar se seguiría un “cataclismo” en las relaciones entre la Iglesia y el Gobierno que habría de provocar un perjuicio muy grande “para todos los católicos” del país. Echevarría sugiere incluso un destino para el obispo Guízar que le mantenga alejado: “Manden ustedes a este señor que haga sus misiones en Cuba, Centro América, donde otras veces ha estado”.[35]

            El extenso memorando que adjunta Echevarría repite las mismas ideas, pero mucho más coloreadas, llevando por título: “La caridad, esgrimida con aparente bondad, con fines lucrativos y provechos personalmente mercantiles”. Viene presentado como el informe que tendrían las autoridades civiles mexicanas sobre el  señor  Guízar. Critica al obispo de Veracruz por mantener en la más lastimosa miseria su seminario, dedicando los copiosos fondos que recibe para su sustento a especulaciones en la compra-venta de inmuebles. Narra un chusco episodio de litigio sostenido por Rafael Guízar hacia 1910 con un tal Pablo Vargas, “ya muerto”, a causa de la propiedad de un rancho, y otro litigio con un banquero veracruzano al que, siendo obispo, habría excomulgado por una deuda no pagada. Señala el mercantilismo como causa de la suspensión a divinis que padeció san Rafael en Zamora. Refiere que el obispo “anda sucio y mal vestido, no por pobreza, sino por mugroso y para mayor apariencia de desinterés, pues en esta forma aumentan las simpatías y los donativos de dinero”. Califica a Guízar de “muy duro y muy déspota con sus sacerdotes”, deformando algún suceso, y por supuesto de arrogante intransigente en su oposición sistemática al Gobierno.[36]

            De nuevo fue una carta del  señor  Ruiz y Flores, Delegado Apostólico, la que aclaró a la santa Sede la falsedad de estas acusaciones y le indicó que su origen estaba en la animadversión personal de Echeverría hacia el obispo de Veracruz.[37] Curiosamente la hostilidad de Echevarría hacia Guízar había nacido de la reprensión que éste le hizo por criticar la actitud conciliante para con el Gobierno del Arzobispo Díaz y otros obispos; es decir, las actitudes reales de los dos protagonistas eran precisamente las contrarias a las presentadas en las acusaciones.[38]

            El talante conciliador de san Rafael por cuanto ve a las relaciones con las autoridades civiles desde los tiempos cristeros está bien documentada y el Delegado Apostólico la conocía de primera mano. El mismo Ruiz y Flores había protagonizado junto a Pascual Díaz los arreglos con el Presidente Portes Gil de junio de 1929. El obispo de Veracruz le expresó varias veces su acuerdo en la actitud conciliadora; por ejemplo, en su carta del 27 de noviembre de 1929 le felicitaba por el modo de llevar la relación con el Gobierno confiando en que, “poco a poco, la Iglesia recobre sus derechos”,[39] y en su carta del 22 de febrero de 1930 opinaba: “Sólo en esa forma amistosa podrá la Iglesia abrirse paso y alcanzar con el tiempo la libertad que le corresponde”.[40]

            Respecto a la acusación de mercantilismo, hoy conocemos bien la pobreza proverbial de san Rafael y los sacrificios de todo orden con que pudo mantener abierto su seminario clandestino en varias casas de la Ciudad de México.[41]

En enero de 1930, el Delegado Apostólico informa al Cardenal Secretario de Estado que el Obispo de Veracruz “goza por todas partes de la veneración del pueblo porque es un verdadero apóstol”,[42] y, en 1934, informa a Mons. Pizzardo que él no cree “capaz a Mons. Guízar de ese mercantilismo y usura de que habla el memorando” recibido.[43]

            La respuesta del  señor  Guízar ante las acusaciones de sus enemigos fue la de entretenerse lo menos posible en ellas y continuar misionando como hasta entonces, o sea, no distraerse de su donación al bien de las almas. Sobre las acusaciones del presbítero Anguiano, respondió en pocas líneas a la consulta que le hizo el  señor  Ruiz y Flores conservando la alegría por el buen resultado de la misión a la que tales acusaciones hacían referencia,[44] y ante las críticas de sus operaciones por las rentas de inmuebles en Ciudad de México no perdió el tiempo en justificarse, sino que continuó velando por la buena marcha de su seminario, donde, en 1934, se formaban doscientos cincuenta y tres muchachos en régimen de internado, nueve de ellos de la diócesis de Saltillo, que contribuían con veinte pesos mensuales, y el resto se sustentaban con las limosnas de los fieles veracruzanos y otras reunidas directamente por el obispo -quien no poseía ni bienes inmuebles ni rentas-, siendo 50.000 pesos el costo anual del seminario.[45]

           

5.      Dificultades creadas por los enemigos de la Iglesia

 

De dieciocho años largos de pontificado, san Rafael Guízar pasó sólo unos nueve en el territorio de su diócesis. La hostilidad de los Gobiernos lo mantuvieron fuera de la diócesis la mitad de su periodo de obispo. No es difícil imaginar lo amargo que hubo de ser para él esta prueba, puesto que entendía que el pastor debía estar con su rebaño y siempre procuró estar cerca de su pueblo, visitando personalmente las parroquias.

            En los años de 20, padeció las consecuencias de la persecución callista como el resto de los obispos del país. Sin embargo, en los años 30, sería particularmente probado por encontrarse toda su diócesis en el Estado de Veracruz, en el cual se desarrolló una persecución local muy notable, como también ocurrió en el Estado de Tabasco. En 1924, antes por tanto de los difíciles años de 1926-1929, la diócesis veracruzana contaba con setenta y tres sacerdotes seculares y dieciocho sacerdotes religiosos, además de ciento cuarenta seminaristas mayores;[46] para 1931, el número de sacerdotes se habría reducido mucho si atendemos a la obra de Williman,[47] volviendo a aumentar después pues, para 1934, eran ochenta y tres y, para 1937, sumaban por lo menos cincuenta y tres sacerdotes seculares y había como un centenar de seminaristas mayores.[48] El 12 de junio de 1931, la ley 197, aprobada por la legislatura estatal bajo iniciativa del Gobernador Adalberto Tejeda, estipulaba que sólo podrían oficiar en el Estado un sacerdote por cada cien mil habitantes;[49] como la población era de 1.350.000 habitantes, esto significaba trece o catorce sacerdotes en total. En el Estado tenían parte cinco diócesis: Veracruz, Papantla, Tehuantepec, Tamaulipas y Huejutla; por lo que, descontando cinco obispos, quedaban ocho sacerdotes a repartir, de forma que a la de Veracruz -con 850.000 habitantes- no le podrían corresponder sino dos sacerdotes, o a lo sumo cuatro, si sólo se descontaran los obispos con sede en el Estado.[50]

San Rafael Guízar no aceptó esta ley, que equivalía a impedir a la Iglesia ejercer su atención pastoral, y optó por dar indicaciones a sus sacerdotes para no sujetarse a ella. El atentado fallido de un católico contra el Gobernador del Estado el día en que debía entrar la ley en vigor la ley, movió a partidarios de éste y a los cuadros policiales estatales a iniciar violencias contra el clero con la connivencia del Gobierno del Estado.[51] A consecuencia de estas acciones violentas murieron el presbítero José de Jesús Camo,[52] herido de muerte cerca de Huatusco cuando iba a confesar a un enfermo, y el Beato presbítero Darío Acosta Zurita, asesinado mientras enseñaba catecismo en la iglesia parroquial del puerto de Veracruz.[53]

De estos hechos violentos y de otros atropellos contra la religión católica -como atentados contra templos y conferencias en escuelas y lugares públicos contra las ideas católicas-, informa el mismo san Rafael al Papa Pío XI en su carta del 3 de octubre de 1931, que he localizado en los fondos de la Secretaría de Estado del Archivo Secreto Vaticano. Su finalidad inmediata es la de pedir permiso al Santo Padre para destinar al sostenimiento del seminario diocesano las limosnas que deberían enviarse a la santa Sede. Constituye un testimonio precioso del espíritu con el que el obispo afrontó el estallido de la persecución, pensando siempre en el bien de las almas, recordando que “cuanto soy y puedo, mi alma, mi cuerpo, mi pobre inteligencia y todo mi corazón los he consagrado fervorosamente a Dios Nuestro Señor y la misma Iglesia que Él instituyó”.[54] Buscó aplicar los medios que las circunstancias consentían para seguir animando la vida cristiana; así comunica al Santo Padre que, aunque tanto él como todos sus sacerdotes deben radicar fuera del Estado, está “organizando excursiones sacerdotales, secretas, con muy buen resultado”.[55] Termina pidiendo al Papa que ruegue por sus sacerdotes y fieles y por que a él se le conceda “la palma del martirio, aunque no la merezco ni en lo más mínimo”.[56]

            Al Gobernador Tejeda le dirigió un telegrama el 26 de julio de 1931, ofreciéndose a ir personalmente ante él para que le mate a cambio de dejar al pueblo en libertad y no matar sacerdotes ni fieles y concluía: “Dios tenga compasión de usted y de sus partidarios y les haga conocer sus errores, para que convertidos, se coloquen algún día en el camino del Cielo”.[57]

            Su relación a la santa Sede de 1934 presenta importantes y significativas referencias a la vida cristiana de la diócesis en esos años de persecución. Da fe del interés con que san Rafael velaba por mantener el fervor y alimentar las buenas costumbres de sus sacerdotes, de su preocupación por el seminario y de su solicitud por fortalecer la fe, la formación y la piedad de los fieles desde las cuatrocientos casas privadas de la diócesis en las que se conservaba la Eucaristía, se administraban los sacramentos y se enseñaba la doctrina cristiana. Concluye que, aunque “la tormenta crece cada día”, no dejan entrar “el decaimiento de ánimo y la pusilanimidad”, sino que “confiados en el auxilio de lo alto” encontrarán el modo de mantener el progreso de la vida cristiana “ con los mismos medios que el Redentor del mundo nos sugerirá”.[58]

Los templos permanecieron cerrados por orden del Gobernador del Estado del 25 de julio de 1931. El movimiento popular de apertura de templos en el Estado iniciado en Orizaba en febrero de 1937, como respuesta a la muerte de Leonor Sánchez, de diecinueve años, a consecuencia del disparo que recibió al tratar de escapar del grupo detenido por escuchar misa en el domicilio del señor cura José María Flores, conducirá a la normalización de la situación y posibilitará el retorno de san Rafael de su destierro, llegando a Xalapa el 5 de agosto de 1937.[59] Con ocasión de la muerte de Leonor Sánchez y la detención de los otros, ocurridas el 7 de febrero, el obispo había escrito el día siguiente al presbítero José María Flores estas significativas palabras:

 

Lejos de darles el pésame les felicito de la manera más calurosa; pues la joven mártir ya está en el Cielo y S.S. y el grupo de católicos padecieron encarcelados por amor a nuestro Divino Redentor.

Envidio la suerte de Uds. que padecieron por Cristo. Tengamos muy presente que mientras mayores sean nuestros sufrimientos en este mundo, más grandes deben ser nuestros esfuerzos por unirnos a la Cruz de nuestro Redentor Divino, seguros de que así seremos verdaderos apóstoles de Cristo, y, en medio de las horribles tempestades subirán triunfantes al Cielo millares de almas […]. Trabajemos por Dios hasta morir, ésta es nuestra misión sobre la tierra; busquemos el reino del Cielo para nosotros y para nuestros hijos con toda la ansiedad del alma.[60]

 

Conclusión

 

El  señor  Arzobispo Sergio Obeso Rivera en un artículo publicado por “L’Osservatore Romano” el día de la beatificación de Rafael Guízar Valencia (29 de enero de 1995) lo definió como “un misionero incansable en tiempos difíciles”.[61] Hemos podido comprobar en este acercamiento a su interior a través de sus cartas lo acertado de esta definición. Vivió así su ministerio episcopal porque éste era el espíritu que lo había animado ya en su vida de sacerdote: “ganar almas para Dios” era el deseo de su corazón, como señala el presbítero Jesús Ceja,[62] y fue también su secreto para afrontar sin desánimos y vencer cuantas dificultades le presentaban las circunstancias de la vida.

 



[1]  El autor de esta obra, doctor en Historia de América por la Universidad Complutense de Madrid, y en Historia de la Iglesia por la Gregoriana de Roma, es actualmente catedrático de la Universidad Europea de Roma y del Pontificio Ateneo Regina Apostolorum, en esa metrópoli. Este artículo fue publicado en la revista Memorial, boletín del Archivo General del Estado de Veracruz, Nueva Época, n. 16-17, 2009, pp. 31-51.

[2] P. David Constantino García, “El Siervo de Dios” Rafael Guízar Valencia, V Obispo de Veracruz, p. 2.

[3]  Recuerdos de Sofía Vallejo Sánchez en entrevista con el autor, La Perla, Ver., 5 de agosto de 2003.

[4] P. David Constantino García, “El Siervo de Dios” Rafael Guízar Valencia, V Obispo de Veracruz, p. 4.

[5] Véanse algunas de las incomodidades que en ellas padeció en Justino de la Mora, Apuntes biográficos del Beato Mons. Rafael Guízar y Valencia, quinto Obispo de Veracruz (México), Xalapa 2005, pp. 125-135.

[6] Justino de la Mora, Apuntes biográficos del Beato Mons. Rafael Guízar y Valencia, quinto Obispo de Veracruz (México), Xalapa 2005, p. 62.

[7] Recuerdos de Carmen Hernández vda. de Ramírez en entrevista con el autor, México, D.F., 27 de septiembre de 2008.

[8] Proceso. Fama de Santidad [del S. D. Rafael Guízar Valencia], (original mecanografiado), I, Postulación de la Causa, p. 787.

[9] Recuerdos del Pbro. José Refugio Rodríguez Hernández en entrevista con el autor, Fortín de las Flores, Ver., 14 de agosto de 2003.

[10] Justino de la Mora, Apuntes biográficos del Beato Mons. Rafael Guízar y Valencia, quinto Obispo de Veracruz (México), Xalapa 2005, p. 151, e Ignacio Lehonor Arroyo, Testigo fiel. Mis recuerdos de Monseñor Rafael Guízar y Valencia, Xalapa 1995, p. 114.

[11] Rafael Guízar Valencia, Carta a Luis María Martínez (Córdoba, 3 de enero de 1938), en AHAM, Fondo Luis María Martínez, Carpeta Episcopado, Letra V y U. El subrayado es del original.

[12] Rafael Guízar Valencia, Carta a Luis María Martínez (México, 20 de febrero de 1938), en AHAM, Fondo Luis María Martínez, Carpeta Episcopado, Letra V y U.

[13] Justino de la Mora, Apuntes biográficos del Beato Mons. Rafael Guízar y Valencia, quinto Obispo de Veracruz (México), Xalapa 2005, pp. 78-79 y 97-102.

[14] John B. Williman, La Iglesia y el Estado en Veracruz, 1840-1940, México 1976, pp. 20 y 27.

[15] Celestino Barradas, Historia de la Iglesia en Veracruz, III. 1920-1989, Xalapa 1990, pp. 29-30.

[16] Justino de la Mora, Apuntes biográficos del Beato Mons. Rafael Guízar y Valencia, quinto Obispo de Veracruz (México), Xalapa 2005, p. 112.

[17] Rafael Guízar Valencia, Relación de la diócesis de Veracruz (30 de octubre de 1924), n. 3, en ASV, Congr. Concist., Relat. Dioec., 923 (original en latín). La cifra de 36.000 km² me parece elevada, si bien Guízar menciona 41.000 km² en su carta al Santo Padre del 3 de octubre de 1931, de la que hablo más adelante.

[18] Justino de la Mora, Apuntes biográficos del Beato Mons. Rafael Guízar y Valencia, quinto Obispo de Veracruz (México), Xalapa 2005, p. 125.

[19] Rafael Guízar Valencia, Relación de la diócesis de Veracruz (30 de octubre de 1924), n. 3, en ASV, Congr. Concist., Relat. Dioec., 923 (original en latín).

[20] Rafael Guízar Valencia, Carta al Delegado Apostólico Leopoldo Ruiz y Flores (Naolinco, 17 de octubre de 1930), en ASV, Ach. Deleg. Apost. Messico, 64, 326, 185r.

[21] Recuerdos del Pbro. Gabriel Martínez Hernández en entrevista con el autor, Tres Valles, Ver., 24 de septiembre de 2006.

[22] Emilio Martínez Albesa, Monseñor Rafael Guízar, apóstol de las misiones populares, en “Sacerdos” año XI n. 51 (mayo-junio 2004), pp. 33-38.

[23] Proceso. Fama de Santidad [del S. D. Rafael Guízar Valencia], (original mecanografiado), II, Postulación de la Causa, pp. 1019-1020.

[24] Emilio Martínez Albesa, Monseñor Rafael Guízar, apóstol de las misiones populares, en “Sacerdos” año XI n. 51 (mayo-junio 2004), pp. 34-35.

[25] Rafael Guízar Valencia, Carta al Delegado Apostólico Leopoldo Ruiz y Flores (Santa Rosa, 19 de julio de 1930), en ASV, Ach. Deleg. Apost. Messico, 64, 326, 155r.

[26] Ibidem.

[27] Rafael Guízar Valencia, Carta al Delegado Apostólico Leopoldo Ruiz y Flores (Veracruz, 27 de noviembre de 1929), en ASV, Ach. Deleg. Apost. Messico, 64, 326, 74r.

[28] Rafael Guízar Valencia, Carta al Delegado Apostólico Leopoldo Ruiz y Flores (Veracruz, 2 de diciembre de 1929), en ASV, Ach. Deleg. Apost. Messico, 64, 326, 81r.

[29] Rafael Guízar Valencia, Carta al Delegado Apostólico Leopoldo Ruiz y Flores (Apazápam, 20 de mayo de 1930), en ASV, Ach. Deleg. Apost. Messico, 64, 326, 146r.

[30] Rafael Guízar Valencia, Carta al Delegado Apostólico Leopoldo Ruiz y Flores (Tierra Blanca, 22 de febrero de 1930), en ASV, Ach. Deleg. Apost. Messico, 64, 326, 118v.

[31] ASV, A.E.S. Messico 539, P.O. 263, ff 3-6 (original en italiano). Sobre el cismático Dimas Anguiano, véase John B. Williman, La Iglesia y el Estado en Veracruz, 1840-1940, México 1976, p. 77.

[32] L. López, Carta al Arzobispo Pascual Díaz (México, D.F., 5 de julio de 1934), en ASV, A.E.S. Messico 539, P.O. 263, f. 9r.

[33] Ibidem.

[34] Ibidem, en ASV, A.E.S. Messico 539, P.O. 263, f. 9v.

[35] Manuel Echeverría, Carta al Sr. José Pizardo [Mons. Giuseppe Pizzardo] (México, D.F., 22 de agosto de 1934), en ASV, A.E.S. Messico 539, P.O. 263, f. 8r y 8v.

[36] La caridad, esgrimida con aparente bondad, con fines lucrativos y provechos personalmente mercantiles, en ASV, A.E.S. Messico 539, P.O. 263, ff 11-14.

[37] Leopoldo Ruiz y Flores, Carta a Mons. Giuseppe Pizzardo (2 de octubre de 1934), en ASV, A.E.S. Messico 539, P.O. 263, ff 16-17 (original en italiano).

[38] Véase Pedro A. Barrajón, Monseñor Rafael Guízar Valencia, amigo de los pobres. El primer obispo mexicano en los altares, México 1995, p. 190.

[39] Rafael Guízar Valencia, Carta al Delegado Apostólico Leopoldo Ruiz y Flores (Veracruz, 27 de noviembre de 1929), en ASV, Ach. Deleg. Apost. Messico, 64, 326, 74r.

[40] Rafael Guízar Valencia, Carta al Delegado Apostólico Leopoldo Ruiz y Flores (Tierra Blanca, 22 de febrero de 1930), en ASV, Ach. Deleg. Apost. Messico, 64, 326, 118r.

[41] Justino de la Mora, Apuntes biográficos del Beato Mons. Rafael Guízar y Valencia, quinto Obispo de Veracruz (México), Xalapa 2005, pp. 103-110 y 237-243, y Celestino Barradas, Historia de la Iglesia en Veracruz, III. 1920-1989, Xalapa 1990, pp. 85-100.

[42] Leopoldo Ruiz y Flores, Carta al Card. Pietro Gasparri (3 de enero de 1930), en ASV, A.E.S. Messico 539, P.O. 263, f. 6r (original en italiano).

[43] Leopoldo Ruiz y Flores, Carta a Mons. Giuseppe Pizzardo (2 de octubre de 1934), en ASV, A.E.S. Messico 539, P.O. 263, ff 16r y 17r (original en italiano).

[44] Leopoldo Ruiz y Flores, Carta al Card. Pietro Gasparri (3 de enero de 1930), en ASV, A.E.S. Messico 539, P.O. 263, f. 6r (original en italiano).

[45] Rafael Guízar Valencia, Relación de la diócesis de Veracruz (10 de septiembre de 1934), n. 41 y n. 24, en ASV, Congr. Concist., Relat. Dioec., 923 (original en latín).

[46] Rafael Guízar Valencia, Relación de la diócesis de Veracruz (30 de octubre de 1924), n. 3, en ASV, Congr. Concist., Relat. Dioec., 923 (original en latín).

[47] Unos cuarenta sacerdotes seculares según John B. Williman, La Iglesia y el Estado en Veracruz, 1840-1940, México 1976, p. 103.

[48] Rafael Guízar Valencia, Carta a Luis María Martínez (Atzcapotzalco, 18 de abril de 1937); Idem, Carta a Luis María Martínez (Xalapa, 17 de agosto de 1938), en AHAM, Fondo Luis María Martínez, Carpeta 32. Episcopado 1920-1938, Letra V, e Idem, Relación de la diócesis de Veracruz (10 de septiembre de 1934), juicio sintético, en ASV, Congr. Concist., Relat. Dioec., 923 (original en latín).

[49] Para entender las raíces históricas de las medidas de control civil del número de sacerdotes, remito a Emilio Martínez Albesa, La Constitución de 1857. Catolicismo y liberalismo en México, 3 tomos, México 2007.

[50] Ignacio Lehonor Arroyo, Testigo fiel. Mis recuerdos de Monseñor Rafael Guízar y Valencia, Xalapa 1995, pp. 76-77, y Celestino Barradas, Historia de la Iglesia en Veracruz, III. 1920-1989, Xalapa 1990, p. 75.

[51] Sobre esta persecución, Celestino Barradas, Historia de la Iglesia en Veracruz, III. 1920-1989, Xalapa 1990, pp. 63-82, John B. Williman, La Iglesia y el Estado en Veracruz, 1840-1940, México 1976, pp. 88-173, y Pedro A. Barrajón, Monseñor Rafael Guízar Valencia, amigo de los pobres. El primer obispo mexicano en los altares, México 1995, pp. 191-208.

[52] Justino de la Mora, Apuntes biográficos del Beato Mons. Rafael Guízar y Valencia, quinto Obispo de Veracruz (México), Xalapa 2005, p. 141.

[53] Fidel González Fernández, Sangre y corazón de un pueblo. Historia de la persecución anticatólica en México y sus mártires, II, Guadalajara 2008, pp. 1601-1636, e Ignacio Lehonor Arroyo, Testigo fiel. Mis recuerdos de Monseñor Rafael Guízar y Valencia, Xalapa 1995, pp. 81-83.

[54] Rafael Guízar Valencia, Carta al Santo Padre Pío XI (México, 3 de octubre de 1931), en ASV, Segret. Statu, 1931, 317, 1, f. 172r.

[55] Ibídem, f. 171r.

[56] Ibídem, f. 172r.

[57] Justino de la Mora, Apuntes biográficos del Beato Mons. Rafael Guízar y Valencia, quinto Obispo de Veracruz (México), Xalapa 2005, p. 146.

[58] Rafael Guízar Valencia, Relación de la diócesis de Veracruz (10 de septiembre de 1934), en ASV, Congr. Concist., Relat. Dioec., 923 (original en latín). Agradezco al latinista Rogelio Naranjo la esmerada traducción de las relaciones al español.

[59] Rafael Guízar Valencia, Carta a Luis María Martínez (Jalapa, 17 de agosto de 1937), en AHAM, Fondo Luis María Martínez, Carpeta 32. Episcopado 1920-1938, Letra V.

[60] Rafael Guízar Valencia, Carta a José María Flores (Tacuba, 8 de febrero de 1937), en Proceso de Escritos [del S. D. Rafael Guízar Valencia] (original mecanografiado), Postulación de la Causa, pp. 128-129. (S.S. significa Su Señoría).

[61] P. Jesús Ceja Álvarez, San Rafael Guízar Valencia, misionero incansable según el Corazón de Cristo. Un llamado a la santidad, Guadalajara 2006, p. 165.

[62] Ibídem, pp. 19-28.

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