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Elevación y caída de Porfirio Díaz

José López Portillo y Rojas

 

Con el título Elevación y caída de Porfirio Díaz, y bajo el signo de la Librería Española, vio la luz una impecable obra en más de 500 páginas, donde su autor condensa hechos que vivió y le constan, pues su vida profesional y adulta corren a la par de la gestión en la  que habrá de perpetuarse, el caudillo oaxaqueño Porfirio Díaz. De este obra -reeditada en 1975 por la Casa Porrúa  en el volumen 63 de su Biblioteca­-, se trascribe su parte medular (pp. 492-502), como un aporte más para las reflexiones suscitadas en México al cumplirse los primeros cien años del inicio del movimiento que produjo la caída de don Porfirio.

 

Porfirio Díaz, de origen oscuro, tuvo infancia menesterosa y adolescen­cia afligida por las necesidades. Obligado por la situación de su familia, vióse precisado a apelar al trabajo de sus manos. Esos apremios de la vida le hi­cieron aprender mucho, pues supo en medio de ellos, lo que era la pobreza, lo que era el trabajo y lo que significaba el orden y el ahorro. Esas peque­ñas y lejanas lecciones de la experiencia, echaron los cimientos de sus virtu­des futuras: su constante laboriosidad y su honradez intachable.

Joven ya, estuvo a punto de consagrarse a la clerecía, y el tiempo que persistió en esos empeños, púsole en contacto con intereses ultraterrenos, cuyo alto significado no perdió nunca de vista, aunque los azares de la suerte y las exigencias de la vida pública, le hayan obligado largo tiempo a ocultar sus sentimientos verdaderos. Su política de conciliación, tan hábil y fecunda en buenos resultados para la pacificación del país y de los espíritus, aunque criticada por los demagogos y jacobinos, nació principalmente de la semi­lla que en su espíritu depositó la vida del seminario y el estudio de la teología.

Más tarde, cuando colgó los hábitos, cayó bajo la influencia de maestros liberales de ideas exaltadas, los licenciados Pérez y Juárez, quienes encendie­ron en su alma el amor a la libertad, a las instituciones y a la patria, y, llevado de arrebatos juveniles, odió a Santa Ana, tomó las armas para com­batir a su Alteza Serenísima, y se internó en la Sierra, donde dio principio a sus proezas.

Mientras se consagró a los libros, jamás llegó a distinguirse. Quevedo y Zubieta han dado a la estampa la lista de las calificaciones que obtuvo cuando estudiante, y por ella se ve que su aprovechamiento fue siempre muy mediano. Del tiempo en que cursó las aulas, conservaba muy escasas señales, porque carecía de instrucción general, y no era verdaderamente ilustrado en nin­guna ciencia o arte. Sus lecturas fundamentales deben haber sido las nove­las, y principalmente las de Alejandro Dumas padre, como lo da a conocer la naturaleza de sus hazañas de juventud, verdaderas o fantaseadas, las cua­les tienen gran semejanza con las de los Tres Mosqueteros. También en la con­versación se echaba de ver esa influencia, porque aun cuando algunos historiado­res le hayan encontrado punto de semejanza con el Príncipe de Maquiavelo, él no llegó nunca a leer ese libro; pero sí Veinte Años después, de donde tomó por modelo a Mazarino. Al hablar de la doblez y habilidad de los políticos, jamás les daba el calificativo de maquiavélicos; llamábales mazarínicos nada más. Para él, era Mazarino el modelo perfecto de los políticos disimulados y astutos.

No sabía hablar bien: decía cuete, en lugar de cohete, pueta en vez de poe­ta, máiz por maíz, páis por país, y otras cosas todavía más extrañas, como dí­ploma por diploma. Su pronunciación misma se resentía de la influencia de su provincia: decía cabajo, tujo, orgujo (caballo, tuyo, orgullo) pronunciando la j como la j francesa; y lo mismo hacía todas las veces en que tenía que hacer uso de la i griega o de la ll. Es evidente que ni las ciencias ni las letras perdie­ron gran cosa con la deserción de las aulas consumada por él, pues, de haber concluido la carrera de abogado, como llegó a pensarlo, no hubiera pasado nunca de ser una medianía. No puede negarse, con todo, que haya tenido mu­cho sentido común. En las discusiones tomaba siempre el mejor partido, des­pués de haber oído emitir opiniones diversas. Cauto y desconfiado como era, se abstenía de emitir de pronto su parecer sobre asuntos que le eran extraños; aguardaba que se fijase bien el punto cuestionado, oía atentamente a los mi­nistros, consejeros o amigos, y, después de haberse hecho cargo de sus razo­nes, daba su resolución, que era casi siempre acertada. Valido de este proce­dimiento, hallábase, en aptitud de pronunciar buenas decisiones, hasta sobre las materias que le eran menos conocidas, como las finanzas, la ingeniería y la diplomacia.

Es Díaz ejemplo patente de que el gobernante hábil no necesita ser un sabio omnisciente, ni siquiera un especialista en varios ramos del saber hu­mano; puede ser poco versado y hasta ignorante en todos o en varios de ellos, y llegar a dirigir, sin embargo, por buen sendero los negocios del Estado. Bastárale para ello tener fuerza de atención, facultades equilibradas, facilidad de asimilación y rectas intenciones.

Ejemplo es Díaz, también, de que el don de gobierno es atributo diferen­te y especial entre todos los otros del espíritu; porque, mientras mu­chos sabios llenos de teorías, fracasan al empuñar el timón del mando, aque­llos que, como él, han recibido de la naturaleza esa aptitud particular, eligen los mejores caminos para llegar al punto que desean, se burlan de los pensa­dores y eruditos, juegan con los doctores y maestros, saben dominar las con­ciencias y hacen fácilmente lo que les place con toda la élite intelectual y docta que les rodea. De este número era Díaz. Inferior en inteligencia y saber a sus ministros, senadores, diputados y consejeros, los desorientaba a todos con sus sutilezas y artimañas, y no sólo hacía lo que quería, sino que obligaba a su séquito a secundarle en todas sus disposiciones y medidas, sabiéndolo ellos o sin saberlo. Verdad es que, a ese propósito, mucho le servían sus an­tecedentes de guerrero y patriota, y hasta su fama de sanguinario y terrible, porque se le admiraba y respetaba, tanto como se le temía; pero también lo es que, cuando escaló el poder en 1876, habíanse debilitado en el país esas consideraciones, y, a consecuencia de sus constantes fracasos como preten­diente y de la cruda e irónica guerra que la prensa lerdista le hizo, había llegado a ser visto por la nación con gran desdén, casi como un hombre de paja, y si trabajaban por él y se empeñaban en encumbrarle sus partidarios, era sólo para valerse de su nombre, a fin de realizar sus recónditas miras de ambición personal. Los políticos revolucionarios creían a pie juntillas que Porfirio no era en sus manos más que un instrumento. Acaso él, deliberada­mente, haya ocultado su fuerza personal, como lo hizo Sixto V, para no des­pertar sospechas, celos ni enemistades, y poderse servir de todo el grueso de sus partidarios, sin que se debilitasen sus filas. La primera sorpresa que estos recibieron, tuvo lugar cuando rompió con Justo Benítez y sus amigos, y cuan­do sacó de la oscuridad política a Manuel González para hacer de él su suce­sor sub conditione.

Sus glorias militares son innegables. Su primer período de guerrero, ya como defensor de las instituciones, o bien de la patria invadida, es para él un timbre de gloria. Aficionado a la caza, frecuentó desde su juventud las as­perezas de las montañas de su Estado, trató a los habitantes de la serranía, trabó amistad con ellos, y por su virilidad, arrojo y destreza en sus empresas cinegéticas, llegó a adquirir gran ascendiente sobre los zapotecas bravíos y levantiscos. Así fue que, al comenzar sus correrías de pronunciado, pudo dis­poner de preciosos elementos de combate, tales como el conocimiento de la cordillera, sus hábitos de cazador y su amistad con los valientes nativos. Sus días más gloriosos trascurrieron por aquellos lugares, cuando, forzando mar­chas, cruzando ríos y aprovechando las mil ventajas del terreno, se hacía in­visible para sus perseguidores, sorprendía a los destacamentos, caía como un rayo sobre los núcleos contrarios, y desaparecía luego, veloz como saeta, en la profundidad de las barrancas, en lo alto de los cerros y en el laberinto inextricable de los bosques y las selvas. Aquella época de aventuras le enseñó mucho, no sólo para la vida de guerrero, sino también para la de político.

Díaz fue habilísimo y terrible guerrillero, diestrísimo para engañar a sus perseguidores, maestro para preparar emboscadas, sin igual para las sor­presas. Dividía sus fuerzas para hacer creer que seguía un camino, y, sigilosa­mente y sin ruido, presentábase por otro inesperado, y asestaba golpes mor­tales a sus adversarios. La práctica de esas estratagemas sirvióle mucho des­pués para el desarrollo de sus habilidades de gobernante, pues si bien se mi­ran las cosas, encuéntrase que sus principales hazañas políticas consistieron en el disimulo, las emboscadas y los golpes imprevistos. Callaba sus pensa­mientos reales, y soltaba sólo medias palabras, las que le convenían, en el seno de sus mismos íntimos; hacía creer una cosa y llevaba a cabo otra; dividía a sus ministros y partidarios para manejarlos mejor; fingíase amigo de los unos y de los otros, y valíase de todos para sus fines; y derrotaba así a los más hábiles, valiéndose de la simulación y de las falsas apariencias. La pa­labra camouflage, inventada por los franceses en la guerra mundial que aca­ba de pasar, parece inventada para sus usos presidenciales. Sus posiciones eran siempre ocultas y engañosas; allí donde creía su cortejo que no había peligro, estaba el mayor riesgo; y a la hora menos pensada, sus resortes incógnitos, movidos sin ruido en el gabinete, en las Cámaras o en los Estados, daban a conocer sus planes de operaciones que nadie había sospechado, y hacían cam­biar la situación de cosas y personajes de una manera radical.

No fue notable capitán por sus grandes operaciones militares. Su incapacidad para batirse con ejércitos de línea, echóse de ver en Oaxaca, cuan­do entregó la plaza a Bazaine, y durante sus dos rebeliones, en las cuales fue constantemente derrotado por los generales Rocha, Fuero y Alatorre. Sus glorias del 2 de abril son muy discutibles, ya que Puebla cayó más bien por el soborno que al empuje de las armas; y sabido es que la batalla de Tecoac la tenía perdida, y solamente la ganó por la cooperación oportuna del gene­ral González, a quien por derecho pertenecen los laureles de esa victoria. Sus éxitos como jefe del Ejército de Oriente contra los franceses, aunque impor­tantes, no tuvieron nunca el valor alcanzados en el Norte y el Occiden­te, por los generales Escobedo y Corona. La atención de Bazaine y de Maxi­miliano, concentrábase principalmente en nuestra frontera norteña, que era la más peligrosa, por ser allá donde se encontraban Juárez y sus legiones, y por hallarse los Estados Unidos por ese rumbo. La gran república simpatiza­ba con Juárez y le proveía de elementos de guerra. Lógico fue, por consiguiente, que los franceses e imperialistas atendiesen de preferencia aquellas comarcas, y enviasen para allá sus mejores tropas y sus mayores elementos de combate. Vencido y capturado Juárez, habría acabado tal vez la resistencia de la nación. Por eso quedó desatendido el Oriente sublevado, que pareció de importancia secundaria. Las batallas de Miahuatlán y la Carbonera no fueron más, si se les analiza atentamente, que acciones de guerrilla, un poco más formales que las otras de su misma especie.

No por eso, con todo, debe negarse mérito a Porfirio. Ser guerrillero infatigable, hábil y audaz, es mucho en el campo de las operaciones bélicas. Fabio Máximo destrozó a Aníbal. Masinisa y Yugaría dieron mucho qué hacer a los romanos, y Garibaldi asombró al mundo con su golpes de mano en Nápoles y en Sicilia.

La historia de Porfirio Díaz puede dividirse en cuatro épocas, dos bri­llantes y dos tristes y oscuras. Brillantes: fueron la de sus luchas contra la ti­ranía nacional y la invasión extranjera, y la de su segundo período de gobier­no, desde 1884 hasta 1908. Tristes y oscuras, las de sus dos rebeliones, y la del final de su presidencia, desde la Conferencia Creelman hasta la revolución maderista y su forzada abdicación del gobierno de la República. Si hubiese muerto antes de este último período, o hubiese prescindido de su séptima re­elección, o hubiera concedido libertad para la elección de vicepresidente en 1910, habría conquistado un nombre más brillante que el que hoy deja en la historia de Méjico.

El cargo principal que en justicia debe hacerse a Porfirio Díaz, es el de no haber aprovechado el tiempo para sustituir a un régimen personal de go­bierno, otro basado en más altos principios. Tuvo tiempo de sobra para ello en el curso de su prolongada administración, semejante a la de un rey de derecho di­vino. Prestigio le sobró para haber hecho aceptar por las Cámaras algún sistema, sólido fundado en leyes apropiadas a la índole de la nación y a las circuns­tancias creadas por nuestra historia. Inteligentes y doctos colaboradores no le faltaron nunca, para dar forma concreta y oportuna a salvadoras ideas. El pueblo hubiera obedecido con respeto los dictados de su experiencia, si hubiese visto que el patriotismo los inspiraba. Y sin embargo, nada hizo; de­jó que la nave del Estado caminase entre vegas floridas, en derechura a la catarata donde iba a despeñarse y deshacerse.

Y, con todo, no careció de advertencias, así dentro como fuera del país. No había quien no comprendiese que la situación que él presidía, cimentada en sus méritos, en su glorias, y en sus dotes excepcionales de gobernante, era enteramente precaria, porque las hazañas, la fama y el prestigio, son pro­piedad exclusiva del grande hombre que tales timbres puede ostentar a su favor; pero, ni son trasmisibles por herencia, ni menos significan un sistema permanente de administración pública. El jefe del Estado que ha regido los destinos de un pueblo según métodos enteramente individuales, se lleva al sepul­cro o a la vida privada, el secreto de sus aciertos, y no deja a su sucesor ninguna luz que le aparte de los escollos de la travesía. Los métodos personalistas, por su carácter limitado y concreto, tienen que cambiar de uno a otro hombre, porque carecen de otra norma que no sea el propio criterio del que manda. Lo he­mos visto ya en nuestra reciente historia. El general Victoriano Huerta, que fue también un autócrata, distó mucho de seguir los ejemplos de Díaz; y, aunque ejerció imperio absoluto en todos los órdenes del poder, no tuvo el tacto ni la ponderación de Porfirio, sino que sentó la mano en todo con rudeza, desorganizó los servicios públicos, hizo inútil ostentación de crueldad, y con su ejemplo y fiereza, difundió la desmoralización por dondequiera: fe­deración, Estados, empleados públicos y ejército. Fue Tiberio después de Augusto.

Porfirio sabía bien, porque poseía admirable instinto de político, que no podía tener sucesor que se le pareciese, y que, entregado el país al acaso de la competencia o de la incompetencia de otros autócratas, iba a hundirse en un caos de tinieblas.

Fuera de Méjico, en las naciones que tenían buena amistad y negocios con nosotros, manifestábase patente una gran ansiedad por nuestro futuro. Los mismos turiferarios extranjeros que llamaban al viejo Presidente creador, hacedor, salvador y sostenedor de nuestra República, no miraban quién pudie­ra sucederle en aquellas elevadas fatigas, porque no todos los días se encuen­tra un dios, un semidiós, o un héroe, que cree o haga un mundo como Jehová, que lo sostenga como Atlas, o que venza a la Hidra de Lerna como Hércules. El escritor americano [George Washington] Crichfield, en aquella obra famosa que publicó en 1908, dedica todo un capítulo a tratar la cuestión mejicana, y formula esta clarí­sima interrogación: ‘After Díaz what?’ (¿Después de Díaz, qué?).

Aquí, dentro de nuestra República, periodistas, panfletistas y oradores se cansaron de gritar que estábamos en inmenso riesgo de caer en lo desconoci­do, en la confusión y en la anarquía, después del gobierno de Díaz, y que era urgente tomar medidas eficaces y enérgicas que evitasen la catástrofe. Todavía más: los mismos científicos, que tan favorecidos se sentían bajo aquel régimen, dijéronlo bien claro al autócrata, al apoyar su sexta reelección.

No puede alegarse, por lo mismo, circunstancia atenuante, ni mucho menos exculpante en favor de Porfirio Díaz. Supo bien que su sistema de gobierno iba a perecer con él; supo que, violadas todas nuestras leyes, y trastorna­das nuestras instituciones, no quedaba norma fija y salvadora para nuestra futura vida nacional, y que el porvenir que aguardaba a su obra, era solamen­te el derrumbe y la destrucción. Las magníficas construcciones debidas a la mano de Díaz, se parecen, repito, a los palacios de papel maché, que se im­provisan para las Exposiciones Universales. Se levantan soberbias, deslumbran los ojos, tienen toda la apariencia de edificios brillantes y sólidos, con sus primores de arquitectura, cariátides, clorados, gallardetes y banderas; mas, apenas pasada la feria, no sirven ya para nada: resquebrajados y desteñidos por el sol, y reblandecidos por la lluvia, quedan convertidos en montones in­formes de fierro herrumbroso, tablas podridas y trozos de yeso amarillo y polvoroso.

Hay una incógnita, empero, en la culpable conducta de Díaz. ¿Obró tan desatinadamente como lo hizo, creyendo que, después de sus ochenta años, tendría tiempo aún para constituir al país bajo un régimen legal? ¿Llevó a tal punto la confianza en sí mismo, que creyó que a aquella avanzada edad, podría realizar todavía grandes proezas, como el dux Dándalo de Venecia, que, octogenario ya, escaló los muros de Constantinopla a la cabeza de los cruzados, o como Raimundo Lulio, que a los noventa andaba evangelizando a los idólatras del África?

¿O bien no le interesó la suerte futura del país y sólo pensó en perpe­tuarse en el poder y en aferrarse a su absolutismo? ¿Fue un Luis XV que dijo después de mí el diluvio?

Si lo primero, merecería el nombre de insensato, porque el hombre que ha llegado a vejez tan extremada, no puede contar racionalmente ni con los años, ni con los días, ni siquiera con sus facultades propias, porque todo eso está destinado a irse y desvanecerse bien pronto, como humo azotado por el viento.

Lo peor de todo sería suponer, que Díaz deliberadamente hubiese prepa­rado las desgracias del país con el culpable propósito de  hacer resaltar los beneficios y esplendores de su administración sobre el oscuro fondo de deso­lación y de muerte que fuera a seguirle; como se engastan los brillantes en negras montaduras, para que sirvan de claro-oscuro a la límpida refulgen­cia de las soberbias gemas. Si tal hubiera sido, no habría palabras suficien­temente enérgicas para anatematizarle; sería un gran delincuente, y reo de crimen tan enorme, que no cabría dentro de ningún Código; merecería el nombre de  verdugo de toda una sociedad, de todo un pueblo; de patricida, de sacrificador de su misma patria.

Pero la razón se resiste a admitir tan horrible monstruosidad; hay que apartar de la consideración ese supuesto; hay que prescindir de ese cargo. No se debe echar sobre Díaz responsabilidad tamaña. Vale más, en obsequio de la generosidad y el perdón, y por honor de la especie humana, aceptar el primer supuesto, o sea, que Díaz haya creído erróneamente, que aun tendría tiempo para dotar al país de instituciones sabias y firmes, que le permitiesen vivir en paz, conservar los bienes adquiridos y multiplicarlos por medio de un progreso constante. Admitamos que las alturas del poder hayan desvane­cido su cerebro, que la atmósfera de incienso le haya mareado y que el coro de  alabanzas que sonaba siempre en sus oídos, haya trastornado su razón; y que así, desvanecido, ofuscada su inteligencia e inconsciente casi, se haya figu­rado que él, que había jugado con las leyes y con los hombres, que había desafiado los peligros de la vida, y había triunfado de todos los obstáculos, podría triunfar también de los años, de la naturaleza y de la muerte, y llegar a centenario como Chevreul, el inventor de la estearina, que siguió dando su clase de química en los Gobelinos, en pleno uso de su saber y de sus grandes facultades, hasta los ciento dos años de su edad. Quien vive tanto así, puede hacer todavía muy grandes cosas después de los ochenta.

Cayó del alto pedestal adonde le habían encumbrado sus esfuerzos y la voluntad de la nación, porque él mismo labró su ruina. Celoso de su poder y temeroso de mirar a su lado un vicepresidente de valía, propúsose contrariar la voluntad del pueblo, que había elegido para ese puesto al general Ber­nardo Reyes. Equivocado respecto de la fidelidad de este señor, todo lo temía de él, juzgándole capaz de apelar a ardides y recursos de mala ley para su­plantarle, siendo así que dicho jefe, leal y abnegado, siempre le quiso y admi­ró, y hubiera sido su mejor aliado y consejero. Las declaraciones hechas al periodista Creelman fueron un grave error. Gobernaba sin oposición ni so­bresalto, y así hubiera continuado hasta el fin, reelegido sin oposición, y hasta acompañado por Ramón Corral, si no hubiese invitado al pueblo, que treinta años antes se había apartado de los comicios, a que volviese a la lucha polí­tica. La nación creyó en su sinceridad y se puso en acción, no para negarle la reelección séptima, sino para elegir un vicepresidente de su agrado; pero él no fue nunca sincero, o se arrepintió tardíamente de sus exhortaciones y promesas, y pretendió dominar con mano de hierro el movimiento que él mis­mo había provocado. Entablóse entonces una lucha deplorable entre él y sus seides por una parte, y la opinión pública por la otra, y en el calor de la empeñada contienda, fue perdiendo popularidad y prestigio, y acabó por ser visto como un estorbo por las muchedumbres a quienes había engañado.

Sobrepúsose aparentemente a todos los antagonismos electorales, y sacó triunfante su obstinada idea de verse acompañado por Corral en las supre­mas alturas del Poder Ejecutivo; pero las pasiones populares contrariadas dos veces, la primera, cuando la candidatura de Reyes, y la segunda cuando la de Madero, no quisieron ya someterse a su voluntad, y se declararon en rebeldía. Así como un corcel fogoso, después de castigado con el azote y la espuela, y de ser duramente refrenado por la torpe mano del jinete, se encabrita, alza de manos y ciego de dolor se lanza en el abismo; así también el pueblo meji­cano, instigado primero a ejercer sus derechos y contenido después por las severidades de la represión, levantóse colérico e indignado, y, sin medir las consecuencias de lo que iba a hacer, se lanzó a la revuelta.

El destino había señalado ya la terminación del gobierno de Díaz. Los ­que suspiran todavía por él, no comprenden que era imposible su prolon­gación. Desde el momento en que la última comedia electoral dio por resulta­do la reelección de Díaz y Corral, aquel gobierno quedó herido de muerte. Porque Díaz era octogenario, iba cayendo en la decrepitud, y no sólo no te­nía ya sus facultades expeditas para gobernar, sino que ni aun siquiera po­día vivir seis años más, como no los vivió; y porque Corral, aunque veinte años más joven, estaba ya profundamente minado por un mal incurable, que al fin se lo llevó antes que al mismo caudillo. Suponiendo que la revolución maderista no hubiera surgido, no habría tardado mucho en reaparecer el mismo problema del año de 1910, primero, por la muerte del vicepresidente, y después por la del presidente.

Madero fue el hombre del destino; sólo él pudo hacer la revolución, y únicamente él pudo haber triunfado; lo primero, porque sólo un hombre de sus condiciones, bueno, valiente y un tanto desequilibrado, era capaz de resol­verse a arrojar el guante a una añeja autocracia sólida, prestigiada y arrai­gada profundamente en nuestro suelo; y lo segundo, porque sin dinero y buenos colaboradores, no se llevan a cabo empresas de ese linaje. Y Madero era rico, pertenecía a familia millonaria y tenía numerosos parientes y ami­gos que le oyesen y secundasen en la frontera del Norte. Los Maderos, amigos de Díaz, y, sobre todo, de Limantour, vacilaron mucho al principio de la in­surrección; pero al fin se identificaron con ella y le prestaron el eficaz con­curso de sus valientes personas y de sus cuantiosos elementos pecuniarios. Así pudo hacerse la guerra sin vandalismo, del bolsillo exclusivo de Madero y de los suyos, como lo demostró el hecho de que, al fin de la lucha, fue preciso a la Tesorería Nacional, pagar setecientos mil pesos a don Gustavo Madero, que los había facilitado de las cajas de toda la familia.

Los científicos, egoístas y preocupados sólo por los intereses de su grupo, se han vuelto enemigos de Díaz, porque renunció, y de Limantour, porque ajus­tó los términos de la paz; pero son injustos en uno y otro caso, porque ni Díaz hubiera podido sostenerse, ni Limantour procedió animado de senti­mientos dolosos. Díaz se retiró a la vida privada, cuando el país se hallaba todo en armas y él carecía ya de medios de defensa; Limantour obró patrió­ticamente al mediar entre la revolución y la autocracia, evitando la conti­nuación de una lucha inútil y la ruina de Méjico. Los términos ajustados por él con la revolución, fueron los mejores imaginables para los intereses de to­dos. Nombrado Ministro de Relaciones el caballeroso, ilustrado e integérrimo Francisco León de la Barra, subió a la Presidencia Provisional de acuerdo con ­la Constitución, después de la renuncia de Díaz y de Corral, e inauguró un gobierno modelo, de orden y justicia, que duró un año, con beneplácito de la República. En el curso de ese lapso, a nadie se mató, robó ni persiguió, y pudo el país continuar su vida ordenada; y los mismos científicos, porfiristas y po­líticos exaltados, disfrutaron todo género de garantías, sin que nadie los mo­lestase. León de la Barra se retiró del poder, seguido del aplauso y del amor del pueblo.

Méjico tiene contraída una gran deuda de gratitud hacia su eminente hijo José Ivo Limantour, y está obligado a manifestarlo así noblemente en todas ocasiones, porque la gestión financiera de este señor, fue causa prin­cipal de la paz y de la gloria porfirianas, así como del alto prestigio que al­canzó nuestro país al lado de las naciones más cultas y progresistas; y, final­mente, porque, en los momentos más críticos en que nuestro país llegaba al borde del desastre, supo contenerle con mano firme, evitando su ruina, sin hacer aprecio de vínculos de carácter personal antiguamente contraídos, ol­vidando sus propios intereses, y poniendo sobre todo y sobre todos, a la pa­tria mejicana.

La única pasión de Díaz, fue la ambición de mando. Sobrio en el comer y en el beber, respetuoso de la virtud femenina, amante del hogar, equilibra­do y cortés, era un caballero perfecto, y se hacía digno de la confianza y del respeto de todos. Sus enemigos le juzgaban inmensamente rico; más, a la hora de su muerte, hase visto que su capital no era considerable, sino bastante mediano, si se toman en cuenta los años que fue Presidente, y las mil oportu­nidades que se le presentaron para hacer una gran fortuna. Asegúrase que el importe de sus bienes mortuorios no pasa de millón y medio de pesos, modes­tísima suma, que apenas corresponde a constantes y nimias economías, durante treinta y cinco años de gobierno.

La posteridad tendrá que hacerle la justicia de declararle hombre hon­rado y gobernante probo.

No obstante, cuando la pasión del poder hablaba en su alma, perdía los estribos, no hacía aprecio de la ética .y extraviaba su camino. Cerraba los ojos ante las demasías de sus caciques, y acaso celebraba que las cometiesen, para anotarlas y tenerlas prevenidas como arma contra ellos. Así, suspendida la espada de Damocles de posibles procesos por concusión o peculado, estaba seguro de mantener en obediencia a muchos de sus parciales, y se valía de ellos como de dóciles instrumentos para realizar sus miras y proyectos. Ja­más robó, pero permitió que otros robaran. Mas su tolerancia, no fue de complicidad, sino de interés político.

En su estado normal, era incapaz de cometer una injusticia; dolíase de los pobres, de las viudas, de los huérfanos, de todas las personas desampara­das ; pero, cuando el afán de continuar gobernando y de vencer resistencias le cegaba, no tenía piedad de nadie, y era capaz de mandar encarcelar, vili­pendiar y matar a cualquier enemigo, sin que le horrorizase la sangre vertida, sin dolerse de las familias huérfanas, sin que le remordiese la conciencia por el ultraje en que infería a honras, nombres y reputaciones. Era un sujeto lombrosiano en asuntos de mando y poder. Cuerdo y justo en todo, perdía la razón y los sentimientos de humanidad, cuando se presentaba algún obstáculo en el camino de su egoísmo dominador.

Mientras sus facultades mentales brillaron en todo su esplendor, fue diestro como Luis XI de Francia y como Fernando de Aragón, para sobreponerse a todos y obtener cuanto deseaba; pero, cuando la acción deprimente de los años comenzó a oscurecer su cerebro y a aflojar los resortes de su voluntad, dejose influir por una camarilla funesta, que le hizo cometer increíbles desaciertos y le condujo al desastre. Guiado y apoyado por ella, desoyó la voz de la prudencia, exasperó a las masas, persiguió a incontables personas y dio motivo a que se desencadenara la revolución del año de 1910, que le obligó a dejar el país para siempre. Su navegación en el Ipiranga, constituye el epílogo de su carrera pública.

            El gobierno de Porfirio Díaz comienza con una revolución, la de Tuxtepec, y termina con otra, la de Madero, ambas provocadas por él. Así, su administración entera, se encierra dentro de un marco de sangre.

            La nación, con todo, no debe olvidar que el gobierno del autócrata dio días de gloria a la república, que las hazañas del patriota oaxaqueño han hecho de él un héroe inmortal, y que si en el fondo Díaz se amó mucho a sí mismo, amó también mucho a su patria.

            El R.P. Carmelo Blay, superior de los padres de San Felipe de Jesús, de México, que por ese motivo conocía al general Díaz, cuando llegó a París lo encontró ya gravemente enfermo. Le visitó y confesó varias veces, y estuvo diciéndole la misa diariamente en su misma alcoba. Pero como se alargó la enfermedad, y el padre tuvo que seguir a Roma, a donde llevaba una misión especial para el Papa, dejó recomendado al enfermo con los padres de San Honorio, quienes continuaron yendo a celebrar la misa al cuarto del enfermo, hasta su muerte. Y en la iglesia de San Honorio reposan ahora los restos del general Díaz. El Rey de España ofreció a la señora viuda, que fueran inhumados los restos en El Escorial, pero doña Carmen declinó el honor, diciendo que tenía el deseo de traerlos a reposar definitivamente en México.

            El padre Carmelo Blay, al estar con el Santo Padre, solicitó para el general Díaz una bendición particular para la hora de su muerte, gracia que obtuvo, y que comunicó a la familia en un mensaje que llegó el mismo día y pocas horas antes de la muerte del general, la cual acaeció el 2 de julio de 1915.



Más recordado como literato que como jurista y político, que lo fue también en grado eminente, este tapatío (1850-1923) tuvo una formación integral, primero, en el Seminario de Guadalajara, donde cursó el bachillerato, y luego en leyes, disciplina en la que se licenció en 1871, al cabo de lo cual hizo un viaje a los Estados Unidos, Europa y el Oriente, de cuya experiencia derivó la obra Egipto y Palestina, apuntes de viaje (1874). Ocupado en el magisterio y el ejercicio de su profesión, ajeno a los grupos confesionales, profesando él mismo una actitud moderada del liberalismo, se ocupó en la madurez de la vida del quehacer político, siendo diputado, senador y en 1911; aunque no formó parte de este organismo político, sí aceptó la candidatura que le ofreció el Partido Católico Nacional, para la gubernatura de Jalisco, mando al que renunció en 1913 para ocupar la cartera del ministerio de asuntos exteriores durante la gestión del general jalisciense Victoriano Huerta. Retirado de la vida pública, López Portillo fue nombrado director de la Academia Mexicana de la Lengua en 1916, cargo que desempeñó hasta su muerte. Sus obras se pueden dividir en lírica, poética, jurídicas, filosóficas, políticas, históricas y religiosas. De los géneros literarios cultivo además de la poesía el cuento, la novela, el drama, la crítica literaria y el periodismo

The American Supremacy.

Metáfora: setas [NdelE].

Adjetivo: propio de Marco Lombroso (1835-1909), médico y criminalista italiano que proponía tratamientos severos para los “criminales natos”.

Residía en México, pero era español, presbítero de la Hermandad de los Sacerdotes Operarios Diocesanos fundada por don Manuel Domingo y Sol (1836-1909) [N del E. En el original, a partir de este párrafo el texto aparece como nota al pie de página].

Los datos anteriores nos han sido comunicados textualmente por persona respetable que se halla en contacto con las hijas del finado Presidente, residentes en esta ciudad.

 

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