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La cuestión religiosa en México en La flama…, de José Vasconcelos

Carlos Sepúlveda Valle[1]

 

Católico muy devoto a su modo y ya al final de su vida,

José Vasconcelos rompió con el episcopado mexicano

que sobrellevó con estoicismo los arreglos de 1929,

–incluyendo, desde luego, con los arzobispos de México y Guadalajara,

Luis María Martínez y José Garibi Rivera–.

Eso analiza aquí, desde el portaobjetos

del último volumen de las memorias de Vasconcelos,

un profundo conocedor de la realidad social/cultural jalisciense.[2]

 

Aclaración  necesaria

 

El mismo año de su muerte, pero ya de forma póstuma, salió de las prensas de la Compañía Editora Continental, con casi 500 páginas, La flama: los de arriba en la revolución, historia y tragedia, de José Vasconcelos. Cerraba así el periplo que comenzó en 1935 con Ulises criollo, La tormenta (1936), El desastre (1938) y El proconsulado (1939), y se distinguía de los demás por la “intensa pasión, resentimiento y amargura” con la que revisó su pasado el educador, humanista, filósofo y esteta, abogado, escritor y político oaxaqueño (1882-1959), autor de casi cincuenta libros (¡!), incluyendo los cinco de sus memorias que comenzó a publicar de forma gradual apenas rebasada la edad quincuagenaria.

            En La flama, reiteramos, encuentra uno menos al prosista brillante y más al hombre y al político en su fase más descarnada,  la de su enfrentamiento ideológico con personajes a los que trató de cerca y analizó muchas veces, el autoproclamado Jefe Máximo de la Revolución Mexicana, Plutarco Elías Calles y su chamaco Lázaro Cárdenas.

Ateniéndonos a los hechos, la etapa dorada de Vasconcelos fue la de promotor de la educación universal como primer Secretario de Educación Pública durante la gestión presidencial de Álvaro Obregón, tiempo ese en el que simpatizaba plenamente con el socialismo; la década siguiente para él estará impregnada de amargura, luego de su fallido intento por romper el cerco callista y al calor de la derrota electoral de 1929. Tal será el nudo central de una obra autorreferencial cuya secuencia narrativa toda “conduce a ese año gozne”, de modo que a partir del análisis de La flama no puede uno menos que incorporar una segunda fecha, 1938, que refleja la decepción del autor y su giro ideológico a los extremos del nacionalsocialismo y del pensamiento reaccionario.

 

***

 

En el libro La flama el polígrafo José Vasconcelos rememora varios hechos acaecidos en México entre los años veinte y treinta del siglo xx, engastándolos totalmente en la fiera persecución religiosa que emprendió el gobierno mexicano encabezado por Plutarco Elías Calles en contra de la Iglesia católica. Le interesa en especial la personalidad de Anacleto González Flores, Miguel Agustín Pro, Concepción Acevedo de la Llata (la Madre Conchita), entre otros, y subraya en ellos su compromiso por la libertad religiosa, su valentía ante los peligros permanentes mientras vivieron y la forma cruenta como fueron sacrificados por defender la causa de Cristo Rey.

Al abordar algunos sucesos políticos, narra su participación como candidato a la presidencia de México en 1929, el desenlace de la elección, su negativa a reconocer el resultado y su vida como exiliado en varias ciudades del extranjero.

Aquí interesa destacar lo que escribe sobre la relación que tuvo con personajes de la Iglesia con quienes trató de manera personal y epistolar ese tipo de cuestiones, la invitación que recibió para abanderar la causa de un sector católico y sus impresiones sobre la situación en que se encontraban en ese tiempo los católicos y algunos obispos mexicanos como consecuencia de la intolerancia del gobierno, no obstante que hacía varios años que la fase armada del conflicto religioso había concluido.

 

Sus intentos por acercarse a los obispos de México

 

·      Primer acto

Vasconcelos menciona la forma en que había sido presentado en Buenos Aires, en el año de 1934, con el Nuncio Apostólico en Argentina, cuyo nombre nunca menciona (era el Arzobispo Filippo Cortesi, 1876-1947), y apunta: “Nuestra conversación fue larga y amistosa. Nunca ha estado en México, pero conoce algunos prelados de allá. El próximo Congreso Eucarístico, me anunció, va darnos ocasión de platicar sobre México con muchas gente influyente”.[3]

Dice que por esos días, de manera inesperada, recibió una carta cuyo contenido era “dramático y sobrio”. En esa misiva se exponía que la rebeldía de los católicos, renovada por la expulsión de los obispos, crecía, y necesitaba de un jefe conocido, un “abanderado” que unificase a los descontentos políticos del régimen, y se le invitaba a trasladarse a Nueva Orleans para discutir la situación, pues a ese sitio concurrirían los delegados de la Liga de Defensa Religiosa, y que una vez formalizado algún pacto, el obispo le aseguraba tener los medios para que se internara al país por Sonora.

Escribe: “No se meditan determinadas soluciones. Un aviso semejante es lo que había estado esperando desde mi salida de la patria. Aquella era la única forma de retornar a ella con decoro: al frente de un grupo armado y para provocar un cambio de régimen que castigase el atropello electoral del 29”, y que cuando comunicó a un amigo lo que había ocurrido, éste de inmediato le consiguió una entrevista con el Nuncio Apostólico.

El talentoso prelado, reconoce Vasconcelos, lo recibió como viejo amigo; hablaron largamente, se mostró animoso, mencionó que los católicos muy ricos de la Argentina deberían acudir en auxilio de los católicos mexicanos que tanto han sufrido y que la reunión del Congreso Eucarístico les daría oportunidad de hablar con los Arzobispos mexicanos que irían como delegados. Comenta que al salir de con el Nuncio llegó a suponer “que algo grande comenzaba. Un episodio de trascendencia en la eterna lucha de las tinieblas y la luz. El prelado se expresaba con franqueza y de un solo trazo definía situaciones, desentrañaba la verdad escondida bajo la confusión”.

 

·      Segundo acto

Llegada la fecha del Congreso Eucarístico (se celebró entre el 9 y el 14 de octubre de 1934 y fue presidido por el cardenal Eugenio Pacelli, Secretario de Estado) le avisan a Vasconcelos que el Nuncio le ha conseguido dos encuentros urgentes. “El primero que vi fue a Monseñor Garibi de Guadalajara. Alto, robusto, moreno, se veía imponente en sus ropas litúrgicas”. Así lo describe Vasconcelos, y explica que procuró ser afable, pero que no se produjo entre ellos ninguna de esas corrientes de magnetismo ético que sirven de base para la comprensión.

En resumen –expone Vasconcelos–, Monseñor Garibi se limitó a decirle, y él le agradeció la franqueza con que lo dijo, que “No estaba yo enterado de la situación actual del país; que prácticamente ya no había problema político porque el acceso del General Cárdenas al poder traería consigo soluciones inmediatamente favorables. Así se lo he manifestado ya al Nuncio Papal que me pidió que hablara con usted. Tenemos promesas firmes del General Cárdenas en el sentido de que todo se arreglará bajo su gobierno. Sería por lo mismo inconveniente emprender cualquier agitación”.

El filósofo y escritor explica que él no perdió el tiempo en objetar a Monseñor Garibi, pero que sí le manifestó que “un buen número de obispos mexicanos está en el destierro en actitud de rebeldía y uno de ellos me manda llamar; pero usted dispense, ojalá que usted tenga razón”. A continuación señala: “más desagradable todavía fue mi entrevista con el obispo de Puebla, a quien ya sólo visité para cumplir con el Nuncio”. Agrega: “lo cierto es que entre ambos echaron a perder nuestro plan, y al decir “nuestro”, es porque incluyo al gran hombre que es el Cardenal Delegado, que no quedó por cierto nada satisfecho”.

Vasconcelos se cuestiona, ¿qué promesa puede haber hecho a estos señores el lugarteniente de Calles, que va a hacerse del mando? Responde, en el mejor de los casos, la promesa de tolerar que el culto se desenvuelva en silencio, pero siempre bajo la amenaza de la aplicación de preceptos que son ley. La religión colocada en posición de clandestinaje. Hacerse disimulado, eso hizo don Porfirio, y eso no impidió el atroz derramamiento de sangre de la revolución cristera.

Confiesa: “no puedo repetir las opiniones del Nuncio acerca de la capacidad política de la casta eclesiástica, porque no tengo por qué exponerme a que se dude de mis palabras y no estoy en condiciones de comprobarlas”.

 

·      Tercer acto

 

Sigue diciendo Vasconcelos que, terminado el Congreso Eucarístico, se despidieron del Nuncio los Prelados y regresó cada quien a su diócesis, pero que sus cartas y las del obispo de Huejutla, quien se encontraba en San Antonio, Texas, siguieron cruzándose y que en una de sus últimas comunicaciones el Obispo le había remitido un giro por mil pesos, que eran su contribución para los gastos de su traslado a Nueva Orleans, viaje que emprendería a principios del año 1935. Al arribar a esa ciudad se le comunicó que sería necesario esperar algunas semanas, porque estaban por llegar ahí algunos obispos expatriados y también delegados de la Liga de Defensa Religiosa que manejaban diversas partidas rebeldes en el país y que no convenía que se trasladara a San Antonio, donde lo aguardaba el obispo de Huejutla. Menciona que, mientras esperaba ese encuentro, tuvo ocasión de celebrar conferencias con distintos personajes del mundo católico estadounidense; uno de ellos, el Cardenal Caroana, le dejo impresión imborrable por su inteligencia y sabiduría en cuestiones de política mundial y porque  había estado en México como Delegado Papal hacía unos meses, aunque después de haber sido recibido como delegado confidencial de Su Santidad fue denunciado por el propio gobierno y expulsado, con el pretexto que había violado los reglamentos de migración, y se le expulsó sin consideración alguna.

Dice Vasconcelos que, en relación con México, el Cardenal Caroana lo veía todo con claridad, entraba a fondo en los motivos de la lucha y las tendencias en pugna; nadie concebía mejor el plan de por desarrollar, aprobaba sin reservas el camino que habían trazado (los amigos de Vasconcelos), y el propio Cardenal lamentaba haber fracasado en su misión porque ya no podría ser de ayuda.

Vasconcelos explica que al poco tiempo sus relaciones con el obispo de Nueva Orleans cambiaron notablemente, y que un amigo le explicó que la razón obedecía a que el alto clero estadounidense había recibido instrucciones de Roma de proceder con cautela, y que el problema de México había sido puesto en manos del Delegado Apostólico en los Estados Unidos, convencidos en Roma de que el gobierno de México sólo tomaba en cuenta el criterio de la Casa Blanca y era lógico que los asuntos de la Iglesia mexicana se tratasen en Washington y no en la capital mexicana.

A continuación narra la llegada a Nueva Orleans, procedentes de la ciudad de México, de dos delegados de la Liga de Defensa Religiosa, los cuales, dice, “venían más desorientados que nosotros”, ya que el delegado en jefe discurrió como si tuviese a sus órdenes a un ejército ya victorioso y hablaban en un tono de suficiencia y presunción. Mientras tanto, el obispo de Huejutla le escribía desde San Antonio y le recomendaba tener paciencia, pues él estaba luchando para que todos los grupos aceptasen la jefatura de Vasconcelos, pero éste pronto se dio cuenta de que el Obispo de Huejutla se estaba viendo obligado a someterse al plan que de México le mandaban, en el sentido de que aceptase la jefatura de Cedillo, que prometía levantarse en armas contra Cárdenas y contaba al efecto con fuertes contingentes militares. El cronista reconoce que no le quedaba otro camino que sumarse a Cedillo o hacerse a un lado, de ahí que, sostiene, “por supuesto que no guardamos silencio: manifestamos el asco que tal propuesta nos causaba”.

 

***

Uno de los epígrafes del libro lo dedica al obispo de Huamantla, a quien describe: “De pura raza indígena: moreno, alto y fornido; mirar de águila, nariz altiva, frente de desafío; la inteligencia de Manríquez daba la impresión de hallarse constantemente delante de un panorama vastísimo. Vivía en la altura, aunque sus pies sabían asentarse en la tierra. Dada la ocasión hubiese sido un Caudillo, un conductor de multitudes… En su conducta era recto y austero. Su valentía resuelta no pudo hacer de él un egregio mártir, y de mártir fue su destino, sólo que con martirio lento”.

Explica que el obispo, en su conversación, iba al grano, se expresaba con franqueza perfecta, sin rodeos, sin reservas: “Tengo todo arreglado, me dijo, usted entrará con una partida que anda por el norte de Sonora. Vendrán a la línea divisoria a recogerlo a usted veinte o treinta hombres a caballo”. Vasconcelos le contestó: “Eso es lo que he estado esperando, que alguien me cumpla”. Continúa el Obispo Manríquez: “pues ha llegado el momento, insistió, porque el callismo se desmorona. El acceso de Cárdenas al poder, como usted lo ha visto, no ha hecho sino volver más aguda la persecución… Hay una esperanza, el General Cedillo ha cambiado, no está de acuerdo con la persecución religiosa… Tenemos la promesa de que oportunamente el General Cedillo se levantará en armas contra el Gobierno”.

Anota Vasconcelos que en seguida le tocó el punto sensible: “Ése, le dije, es el que mató a traición a Goroztieta y ha sido el peor enemigo de los cristeros”. A esto, el obispo repuso: “tiene razón, pero ya se ha arrepentido, ahora está con nosotros”. En este punto el memorioso reconoció que una de las virtudes de la confesión es la absolución de los arrepentidos, pero dejó establecida de manera terminante su postura: “Si ustedes aceptan la menor complicidad con Cedillo, eso bastará para desacreditar totalmente su movimiento… y para una combinación semejante no contarían ustedes conmigo ni por un momento. Nunca podría subordinarme a un Cedillo”. Vasconcelos asienta que el obispo pensaba en el fondo igual que él, así que, lejos de irritarse, le pidió que tuviera paciencia y que se prestara a seguir conversando con los diferentes delegados que irían de México, además de que, especula Vasconcelos, en lo personal el obispo “se hallaba convencido de que yo debía ser el abanderado político del movimiento”.

Lo que de verdad buscaba Vasconcelos en esta situación que se le presentaba no era asumir el liderazgo por la reivindicación de los derechos de los católicos ni mucho menos; él mismo lo expresa de manera categórica: “En realidad, lo que yo busco es una reparación del crimen político cometido en el país al desconocer los efectos de la elección presidencial del 29”.

Más adelante señala que entonces ni la gente de Cedillo, ni ellos, ni el nuevo gobierno de Cárdenas, ni los prelados católicos en su mayoría tenían noticias de los pactos subrepticios que habrían de resolver el conflicto inmediato. Explica Vasconcelos que la primera sospecha  de lo que estaba ocurriendo la tuvo después de una visita a Monseñor Ruiz y Flores, que había actuado como Delegado Papal en México, pero que había sido suplantado, por orden de Roma, por el Delegado Apostólico  de Washington, y era en Washington  donde se estaban celebrando los arreglos entre la Iglesia de Estados Unidos, la Iglesia mexicana en el destierro y el Departamento de Estado.

Agrega que el señor Arzobispo don Leopoldo Ruiz y Flores le dio a entender que si bien no estaba desautorizando todavía la actividad del Obispo Manrique y Zárate a favor de la rebelión, no era probable que se aprobase el camino de la violencia. Además el Delegado le advirtió que los prelados mexicanos volverían a la patria, que el gobierno estadounidense les había garantizado que no serían molestados si se prestaban a reanudar el culto y a mantenerse obedientes a todas las disposiciones gubernamentales. La conclusión que saca Vasconcelos a esta explicación es que, por segunda vez, los levantados en armas iban a ser desconocidos y abandonados y el fraude electoral quedaría triunfante.

Por lo que hace a su amigo el Obispo Manrique, Vasconcelos narra que sus visitas se hicieron cada vez menos frecuentes, aunque nunca se truncó entre ellos el lazo de estimación personal y el afecto, y que el propio obispo muy pronto fue víctima de sus superiores: se le prohibió hacer declaraciones sediciosas y se le privó de su Obispado de Huejutla.

Al comentar la crisis del año 1936, el escritor señala que los católicos de Estados Unidos habrían dado el dinero necesario para una lucha armada por la libertad religiosa, pero que hubo órdenes superiores, contraórdenes quizá, debido a la certeza de que los anticlericales de México jamás han desobedecido una insinuación de Washington; de ahí que el efecto de aquellas decisiones se hizo sentir de inmediato, los prelados comenzaron a regresar a México en silencio, las autoridades se abstuvieron de molestarlos y se dejó de hablar de planes armados. Agrega que los católicos creyeron descubrir una puerta de salvación en la política de Roosevelt, que forzaba a Cárdenas a ceder, pero no se dieron cuenta, “no nos dimos cuenta”, reconoce, de que a Roosevelt le urgía hacer algo porque necesitaba de los católicos de su país, pero después se ha visto que en realidad no tiene ni podía tener simpatía alguna por el catolicismo de allá ni por el de acá en México, y no hizo otra cosa que promesas verbales que sólo buscaban apaciguar los ánimos, sin intentar siquiera soluciones auténticas. Afirma que la intervención del embajador estadounidense Daniels salvó a Cárdenas de la guerra civil que lo habría destronado si se apegaba indefinidamente a Garrido Canabal y al propio Calles.

Vasconcelos narra una reunión que tuvo con empresarios de Monterrey, quienes lo buscaron para discutir la situación del país. Explica que después de la expulsión de Calles (abril de 1936), la situación había cambiado, pero sólo en apariencia, ya que en el fondo era peor, y que en lo religioso el Gobierno daba como un triunfo el regreso pacífico a México de Monseñor Ruiz y Flores, privado de su categoría de Delegado Apostólico y condenado al silencio; y que el nuevo Arzobispo de México, don Luis María Martínez, fue designado Primado de la Iglesia mexicana a condición de prescindir de toda militancia, y que en el fondo la política anticatólica era la misma en las escuelas y en la burocracia.

Ante esas circunstancias y los hechos que se sucedían, Vasconcelos afirma: “Pensé que debía estar contento el arzobispo aquel de Guadalajara (el señor Garibi) que me advirtió que Cárdenas ya les había hecho promesas de candidato, y que debe haber sufrido un gran bochorno cuando Cárdenas, en sus primeros años, acentuó la persecución religiosa más aún que Calles a fin de demostrar a éste su lealtad”, y agrega: “por fin había entrado Cárdenas al periodo de la tolerancia, pero no por las razones que imaginaba el gran arzobispo, sino por los movimientos de preparación armada que habíamos hecho en los Estados Unidos los prelados católicos intransigentes y algunos civiles de índole parecida”.

Sorprende conocer los detalles que refiere el propio Vasconcelos  sobre el encuentro personal que tuvo en San José, California, con el desterrado expresidente Calles, quien, al decir del escritor, fue víctima de un plan diabólico concebido en Washington y cumplido en México sin mayor reflexión por el cardenismo, y que para él, la caída de Calles facilitó el arreglo religioso.



[1] Jurisperito jalisciense, con una trayectoria profesional muy destacada en la función pública como diputado local, magistrado, director jurídico del Congreso de Jalisco. Presidió el Tribunal de lo Administrativo del Poder Judicial. Ha sido docente y ha publicado ensayos, dictámenes y columnas.

[2] Este Boletín agradece a su autor haber aceptado componer este texto desde la perspectiva que aquí se desarrolla: José Garibi visto por José Vasconcelos.

[3] A partir de esta cita, los restantes entrecomillados se han tomado de la primera edición de La flama.



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