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“El sacrificio memorial del cristianismo”.

Comentarios a propósito del libro

El arte de hacer la Primera Comunión

 

Jesús Rodríguez Gurrola[1]

 

Ve la luz pública un libro modelo en su género desde muchos aspectos:

el asunto planteado, la forma de exponerlo y la de ilustrarlo.

En él se da cuenta, desde testimonios personales y hasta íntimos,

no menos que narrativos y poéticos,

del sacramento que desde la fe católica

es “la fuente y cumbre de la vida cristiana”.[2]

 

 

Bajo el título entre comillas del encabezado puede uno englobar el conjunto de pequeños ensayos compilados en el libro El arte de hacer la Primera Comunión, dado a la estampa por la univa y el iteso con la aportación intelectual y documental del Instituto Nacional de Antropología e Historia, de la Fundación Sara Sefchovich, de Jesús Verdín Saldaña[3] y de Tomás de Híjar Ornelas,[4] coordinados por el investigador Carlos Martínez Assad originario, de Amatitán, Jalisco.[5]

Al lado de un trabajo editorial impecable, sometido a la factura de un original formato y de un inédito repertorio de fotografías, el coordinador de esta obra de arte seleccionó un florilegio de poemas al lado de textos, inéditos todos salvo uno, de Margo Glantz,[6] Mónica Lavín,[7] Rosa Beltrán,[8] Rebeca Monroy Nasr,[9] Marco Antonio Campos[10] y Hernán Lara Zavala.[11] La excepción es Agustín Yáñez.[12]

El conjunto de estos ensayos y las fotografías incluidas en el texto alcanzan su pleno significado histórico y social uno los enmarca bajo el denominador común que les une: la intención de mostrar en concatenación de hechos y sentimientos el ritual de la Primera Comunión.

 

La primera comunión se guarda en la memoria a través de las fotografías que sobre el tema surgieron a la par que esa expresión del arte […] fue frecuentada, como se demuestra en este libro, no sólo por los parientes que manipulaban una cámara sino por fotógrafos famosos y otros no tan conocidos, en las ciudades y en el campo […] Los que cumplían el Sacramento eran retratados […] en ocasiones los comulgantes fueron sorprendidos por la lente del fotógrafo en medio de la fiesta […] por lo general en desayunos abundantes donde no faltaban el atole y los tamales […] Sorprende que no existan diferencias de clases sociales salvo en los atuendos […] exhibiendo a veces la pertenencia a una clase acomodada; aunque fue una festividad altamente valorada entre las clases medias, así como entre campesinos e indios, quienes mostraban su satisfacción al cumplir con el compromiso […] La fotografía era resguardada como un tesoro de ese paso significativo.[13]

 

            Para Rebeca Monroy Nasr, este paso tiene una connotación antropológica igual de importante que la anotada en los conceptos religiosos, toda vez que la Primera Comunión es

 

una manera de dejar huella o constancia de nuestra presencia terrestre es la creación de los ritos de paso que hemos ido forjando y creando las sociedades en diversas latitudes, con diferentes formas y expresiones dependiendo de la cultura y las necesidades a satisfacer […] Estos ritos de paso, como los define el antropólogo Arnold Van Gennep, suelen darse en diferentes momentos de la vida humana, desde el nacimiento hasta la muerte. Surgen en cada etapa definitiva de los hombres y mujeres y cada sociedad les asigna una diferente manera de conmemorarlos o festejarlos.[14]

 

Entre los pueblos originarios, por ejemplo en las comunidades wixáricas o huicholas, muchos de estos ritos de paso se han mantenido con la misma fuerza y vivacidad y están relacionados con los fenómenos naturales: la caza del venado, el culto al sol, a la lluvia y a casi todos los fenómenos naturales con los que han convivido durante siglos tanto los integrantes de esa etnia como los distintos grupos que participan en la diversidad cultural de México.

 

Los niños huicholes, durante los cinco primeros años de su vida, por ejemplo, participan en la Ceremonia del Tambor y viajan simbólicamente, en forma de pájaros, a la tierra donde se da el peyote y donde nació el sol, Wirikuta. Mediante esta ceremonia conocen la geografía ritual del territorio sagrado, hasta llegar a Wirikuta.

Se trata de un rito de paso que todo niño wixárika debe experimentar. Ya de adultos viajan a los sitios sagrados que ya conocen de memoria y que han asimilado en sus “vuelos mágicos” guiados por el Mara´akame o chamán.[15]

 

Lo mismo sucede con la niñas huicholas, según Schaefer: las que están aprendiendo a convertirse en tejedoras se cree que son guiadas por las deidades, especialmente durante la noche mediante sueños.[16]

Estos elementos rituales son aprendidos y asimilados de generación en generación y su conocimiento será definitivo para considerarse miembro de la comunidad. Sucede lo mismo con los elementos ritualistas en las comunidades pertenecientes a otras religiones como la judía, la menonita o el islam. Estos ritos de paso se pueden dar también en grupos sociales totalmente ajenos a credos o religiones, como es el caso de las “novatadas” en los ambientes estudiantiles o grupos paramilitares como el Pentatlón, o en los cuerpos de seguridad pública, ejército, marina, y todo lo que indique pertenecer a una agrupación de este tipo. Es el tributo que se paga por adquirir una especie de pasaporte que da sentido de identidad y pertenencia a quienes aspiran a ingresar a estos sectores.

En todos estos casos, hombres y mujeres trasladan su identidad a una asociación, sea religiosa o corporativa, o simplemente deportiva o de formación intelectual, y se someten voluntariamente a una serie de códigos de comportamiento y disciplina, aun en grupos que aparentemente estarían exentos de esos mecanismos de aceptación en el grupo. En el caso de la religión católica, dicho pasaporte o cedula de identidad se adquiere con la aceptación tácita, como en el caso del bautismo, o inducida por los mayores, como es el caso de la Eucaristía. Sin esta especie de cédula de identidad, al católico le será difícil tener acceso a otros sacramentos que la comunidad exige para integrarlos plenamente a sus diversos modos de convivencia.

Este comprobante de identidad social que es la Primera Comunión, que representa un rito de paso del niño al adulto, será fundamental para obtener el pleno reconocimiento de los demás integrantes de sus comunidades, sobre todo en los tiempos actuales en que la forma se sobrepone a los ideales y a los principios, y queda un vacío espiritual que se intenta rellenar con suplantación de imágenes de grandeza y de atuendos ajenos incluso a nuestras tradiciones que han sido calcadas de los modelos de humanidad predominantes en la mayoría de los medios mercantilistas de comunicación.

 

Hasta la despedida de los adultos mayores, todas las edades están recubiertas por signos, ritos y actos muchas veces con la mezcla entre lo religioso y lo civil. Cada día se acercan y se diluyen más los ritos, actos y festejos. Muchas veces se  ven perdidos en el límite de lo laico-religioso, entre lo social y lo cultural, pero en todos los casos son una fórmula que busca satisfacer y otorgar una identidad colectiva en determinado grupo o relación social.[17]

 

En el ámbito de estas observaciones, la fotografía sigue siendo el camino más corto entre lo religioso y lo meramente pagano, no obstante que con los adelantos en los medios digitales los estudios fotográficos ya casi han pasado a la historia; son esos estudios meros recuerdos de una sociedad que vivió intensamente cada uno de los momentos y ceremonias del culto y otras actividades: bautizos, confirmaciones, primeras comuniones y bodas, pero también graduaciones, quince años y otras. La conversión de los teléfonos celulares en computadoras, en grabadoras, y sobre todo en cámaras fotográficas ha desplazado ese oficio de fotógrafo, como se ha dicho, casi a la inexistencia.

Ciertamente no se da ya la pretensión de realizar obras de arte con la cámara como fue una exigencia en el pasado; las fotografías de las ceremonias religiosas se han convertido en un acto personal y diverso, pero a cambio de esas novedades el arte ha desaparecido de dichos linderos, pues la belleza de los retratos es dada por la calidad de los teléfonos celulares, que incluso proporcionan medios para establecer los grados de luminosidad, así como formas para adecuar posiciones e incluso crear con el retrato tomado especies de caricaturas, al poder “editar” en segundos las imágenes tomadas.

Gracias a la tenacidad y el profesionalismo de intelectuales como Tomás de Híjar se han conservado muchísimos testimonios de este arte perdido, que incluye, además de fotografías, una diversidad de estampas y tarjetas que se imprimían lo mismo en las grandes imprentas como en pequeños talleres con una simple máquina de mecanismos primarios movidos manualmente. Así mismo, es de destacar la pequeña colección de poemas incluidos en el texto bajo el título Poemario Eucarístico, al cual sirve de colofón este fragmento de Aurelio Gallardo:

 

¡Arquitecto de los mundos,

Geómetra de los espacios,

que en la cavidad del pecho

con éxtasis hospedamos!

Bellos son los momentos

tan ricamente alhajados,

con lindos tiestos de flores,

con amorosos naranjos,

doquier la escamada cera,

doquier los bíblicos cuadros,

cortinas de flecos de oro,

pabellones recamados.

 

De cualquier manera, la ceremonia de la Primera Comunión se sigue llevando a cabo. Los testimonios o recuerdos de los hechos se pierden casi al momento de aparecer en las pequeñas pantallas de celulares y tablets; sin embargo, el momento se guardará para siempre y otros tiempos habrán de amanecer, sólo Dios sabe qué sea lo que vendrá.

El trabajo de los intelectuales agrupados en las páginas de este texto, así como el entusiasmo de la univa y el iteso por hacer posible esta edición, se pagan por sí mismos al recoger en estos ensayos parte de la vida y de las creencias de la sociedad mexicana, que seguirá seguramente el camino que le fue trazado por los primeros evangelizadores cristianos, cuya obra, como se aprecia en cada fotografía, en cada imagen, se afianza no en los simples recuerdos que pudiera transmitir una estampa muda, sino en la esencia de una doctrina que se percibe en esos documentos y que se aprecia con mayor fuerza en la medida en que el tiempo se encoge por la amenaza de las pestes artificiales, por las prisas y la violencia, por los deseos de satisfacer necesidades de riqueza y, lamentablemente, por la inminencia de otra hecatombe mundial en la que nada, o casi nada, quedaría en pie de llegar a consumarse esta extrema muestra de barbarie.    



[1] Maestro emérito de la Universidad de Guadalajara (El Salto, Durango, 1942), licenciado en letras y en derecho y doctor en letras románicas; ensayista, catedrático y columnista, Premio Nacional de Periodismo Juvenil (1971) y promotor de las publicaciones periódicas Tlaneztli y Ohtli. Ha dado a la luz los libros Destino sin rostro (novela, 1985), Silvano Barba González: apuntes de su biografía (1987), Flor de poesía en Guadalajara (1988) y, al alimón con Pancho Madrigal, Los barrios de Guadalajara: breve y compendiosa historia casi completa. Coordinó Las constituciones cristeras, las trampas de la rebelión (2021).

[2] Este Boletín agradece al autor de esta presentación sus valiosos comentarios.

[3] Cronista, escritor, poeta, promotor cultural, creador del museo de San Francisco del Rincón.

[4] Licenciado en Derecho por la Universidad de Guadalajara, presbítero del clero de su arquidiócesis, su cronista y autor de libros y artículos. Recientemente se le ha rendido homenaje como Bibliófilo del Año por parte de la Universidad de Guadalajara.

[5] Sociólogo, historiador y catedrático, investigador de sociología en la unam, de donde es egresado. Obtuvo la beca Guggenheim en Ciencias Sociales América Latina y el Caribe y ha escrito varios libros, entre ellos Laboratorio de la Revolución. Los rebeldes vencidos. Los sentimientos de la región y La patria en el Paseo de La Reforma.

[6] Autora, entre otras obras, de El rastro. La Malinche, sus padres y sus hijos, Las Genealogías y Sor Juana Inés de la Cruz, saberes y placeres. Premio FIL de Literatura 2010.

[7] Ha dado a la luz cuentos, novelas y ensayos, entre ellos Ruby Tuesday no ha muerto, Café cortado, Yo, la peor. Sor Juana en la cocina. Ha sido también conductora de radio y televisión.

[8] Escritora y catedrática, miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua y autora de libros tales como La corte de los ilusos, Radicales libres y El cuerpo expuesto.

[9] Adscrita a la Dirección de Estudios Históricos del inah, ha obtenido el Premio Clementina Díaz y de Ovando del Instituto de Estudios Históricos de las Revoluciones en México.

[10] Cronista, ensayista, narrador y poeta. Egresado de la unam, donde se desempeña como investigador del Centro de Estudios Literarios del Instituto de Investigaciones Filológicas; entre sus obras destacan La desaparición de Fabricio, Muertos y disfraces, Una seña en la sepultura. Por su trabajo de investigación así como por su aportación a la poesía se ha hecho acreedor a premios y reconocimientos, como el Javier Villaurrutia, la Medalla Pablo Neruda, el Caracol de Plata y el Juan José Arreola.

[11] Novelista, editor y catedrático mexicano. Entre sus obras están Península, Charras, Cómo estudiar el cuento, y De Zitilchen.

[12] Autor de, entre otras obras, Al Filo del Agua. Ojerosa y Pintada. Flor de Juegos Antiguos, Las Tierras Flacas y Llama de Amor viva, antología de cuentos de los que se ha elegido uno para esta obra. Fue gobernador de Jalisco y secretario de Educación Pública.

[13] Carlos Martínez Assad. El arte de hacer la primera comunión. p. 24.

[14] Ibid. p. 33

[15] Marina Anguiano. Los huicholes o wixaritaris. Entre la tradición y la modernidad, p. 238.

[16] Ibid., p. 258.

[17] Rebeca Monroy Nasr. El arte de hacerop. cit., p. 41



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