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Nuestro Pancho Villa.

Una estampa de don Francisco Villalobos Padilla

Conrado Ulloa Cárdenas[1]

 

Se ofrecen aquí algunos datos humanos del recién fallecido

obispo emérito de Saltillo, relativos a su paso largo

como formador del Seminario Conciliar de Guadalajara.[2]

 

Conocí en la flor de su edad a don Francisco Raúl Villalobos Padilla –Pancho Villa para nosotros, por acrónimo osado que hacíamos de su nombre–. Antes de tenerlo por maestro lo vi a la distancia en su condición de prefecto de los “latinos medianos”[3] o de director del Instituto de Vocaciones Tardías –cuyo acrónimo, ivt, también daba pie a los juegos de palabras–.[4]

Tuve relación más cercana con él durante el temido 4º de latín, pues fungía como profesor de Historia Universal y nos comenzó a enseñar no desde una retahíla de fechas y personajes –como era de uso–, sino desde las motivaciones de los agentes de cada episodio, un modo distinto de enfocar esta ciencia social y por supuesto de asimilarla. Por ejemplo, a propósito del Reino Latino de Jerusalén, fruto principal de la primera Cruzada, nos hizo caer en la cuenta de cuán distinto era llegar, vencer en la guerra e implantar un reino, a tener que convivir con el enemigo por largo tiempo, visión a contracorriente de la “ortodoxa” que desde su cátedra de Historia de la Iglesia le escucharíamos a él mismo a la vuelta de algunos años.

Poseedor de una fina sensibilidad artística, de su destreza para el dibujo salieron diseños memorables para el ornato del baldaquino de la capilla del Seminario Mayor durante la solemne procesión del Corpus Christi; recuerdo, en el mismo marco, el diseño que creó en 1955 para el bajorrelieve de San José Obrero, fecha en la que el Papa Pío xii adoptó el 1º de mayo para honrar al cabeza de la Sagrada Familia,[5] paramento que, siendo efímero, por su refinada calidad se salvó de perderse, pues luego lo vi en la capilla del Seminario en Tapalpa. Aclaro que si bien el dibujo era suyo, quien lo talló en madera fue don Rafael López, luego párroco de San Martín de Tours y canónigo hasta el final de su vida.

Imborrables de mi memoria son dos navidades en las que para el nacimiento del Seminario Mayor obtuvo en préstamo del canónigo José María Figueroa y Luna, coleccionista de antigüedades muy reconocido, dos esculturas estofadas guatemaltecas del siglo xvii, representando a María y José orantes.

En la primera de esas navidades usó de base una mesa de billar pero se sirvió hasta del paño verde de su pizarra, aderezando el conjunto con otros aditamentos tan sobrios como elegantes. Perpetuó ese nacimiento una tarjeta navideña de la sección misional de la Congregación Mariana del Seminario, que la publicó en 1965.

La segunda fue el nacimiento de la capilla, que instaló sobre el altar lateral sudoeste del segundo tramo, hoy desmantelado, donde ahora se exponen las reliquias de los exalumnos mártires. Le bastó colocar las esculturas sobre la columna de madera dorada que se usaba para el monumento eucarístico del jueves santo y no más adornos que los velos humerales del riquísimo ornamento toledano que se usaba para la solemnidad del Corpus, teniendo por contraste el fondo oscuro del muro de mampostería, para obtener un resultado gratísimo.

 

Liturgista

 

Buscando mis apuntes de sus clases de Historia de la Iglesia, encontré la faceta que recuerdo como síntesis de su calidad de sacerdote artista e historiador, la de liturgista.

Tomaba la sagrada liturgia no como catálogo de rúbricas o artículos del Código de Liturgia, sino con la perspectiva histórica motivada, que desde mi punto de vista venía a ser desde la Filosofía / Teología de la Liturgia.

Recuerdo su anécdota de que en una conferencia en francés, le llevó tiempo conectar el bisílabo “pacó” que oía, con el tema anunciado: “Pentecostés”… Y más me admira al sacar cuentas: si regresó de Roma antes de 1950, su participación en conferencias de temas de renovación litúrgica revelan su interés por un asunto que ya estaba en las inquietudes en aquellos años, pero no en México.

Impregnado de ello, no pocas de sus intervenciones eran para contagiarnos su entusiasmo por el propio bautismo, al grado que yo, por ejemplo, al tiempo que cumplí 24 años de edad comencé la preparación de mis Bodas de Plata del Bautismo.

De los apuntes que conservo de una conferencia que nos dio el 11 de febrero de 1965, dentro de unas Jornadas de Liturgia, tomo datos relativos a “El signo de la palabra en la liturgia”, en la que nos expuso su vivencia en torno a la Liturgia como “un diálogo entre Dios y nosotros” a partir de “signos sensibles pero con un contenido de algo insensible, espiritual”. “Como criaturas racionales, los humanos podemos comunicarnos y enriquecernos mutuamente… con cuánta mayor razón si el interlocutor es Dios mismo… es un instrumento de comunicación y enriquecimiento divino”.

            Y nos advertía:

 

La gran dificultad es la de superar el materialismo sofocante que nos impide percibir el valor expresivo de la palabra… y de la palabra litúrgica… y en comunidades individualistas […] corremos el peligro de recitar mecánicamente fórmulas estereotipadas, sin interés, ni propiedad, ni significado, ni vida íntima […] La dignidad de la palabra litúrgica está en decirla o recibirla cuajada de significación de las realidades espirituales.

 

Del curso que nos impartió casi tres años después, a comienzos de 1968, entresaco datos relacionados con la “Pastoral de los sacramentos de iniciación”, en los que en primer plano brilla la perspectiva histórica.

 

En todo grupo humano, no se admite a quien no da las garantías suficientes de poder adaptarse a dicho grupo. En la iniciación cristiana, se van pidiendo y dando esas condiciones que hagan apto al humano para la vida sobrenatural.

Se había insistido sólo en la validez de los sacramentos; hoy la Iglesia insiste en la pedagogía de la liturgia. … Para renovar la liturgia, la Iglesia señala dos criterios: las fuentes y la cultura actual. Muchas de las ceremonias fueron aceptadas en la liturgia para ayudar a grupos humanos de otras culturas.

 

Respecto al bautismo, la confirmación y la Eucaristía, especificó:

 

Para las partes pre-bautismales, lo más apto es el conjunto de la liturgia de la Cuaresma. Para las partes propiamente bautismales y post-bautismales, la Vigilia Pascual… [Para la confirmación] No insistir tanto en distinguir Bautismo y Confirmación, sino considerarlos como dos etapas sucesivas de la iniciación cristiana… para una catequesis sobre la Confirmación, basarse en el rito mismo y en el de la Consagración de los Óleos el Jueves Santo.

[…]

Para la Eucaristía como Sacramento de iniciación, hay que revisar la catequesis de preparación y la inmediata o fervorín […] las hemos hecho demasiado infantiles, arriesgando y logrando que el adolescente y el joven se alejen de la Eucaristía. Lo hemos hecho sumamente personalista: es necesario proyectar todo el enfoque eclesial […] enfoque de todos los Sacramentos, especialmente el del Santo Sacrificio. Para lograrlo, dos recursos: usemos de la pedagogía audio-visual-experimental, de las vivencias humanas y de los actos humanos que van en esa línea; usemos la Historia de la Salvación.

 

Y ejemplificó cada uno de los dos recursos.

Ese mismo día repasó con nosotros el Año Litúrgico, atendiendo especialmente el Tiempo Pascual, y concluyendo con dos aplicaciones: “es muy conveniente enfocar los ejercicios cuaresmales con esta luz renovada del Concilio Ecuménico Vaticano ii […] Todos los elementos de Cuaresma deben llevar a la Pascua”.

Concluyó su exposición de tres días sobre la pastoral litúrgica renovada desde los otros sacramentos.

En el de la Unción de Enfermos, vaticinó, “deberán adaptarse las oraciones. Pues no es igual el enfermo que pide este Sacramento y el que lo ‘aguanta’ nada más; es diferente el enfermo consciente, el inconsciente y el aparentemente muerto”.

En cambio, los apuntes que anoté sobre el matrimonio rayan en una casuística legalista, si bien hace mención al Movimiento Familiar Cristiano y a la relevancia de las pláticas prematrimoniales, de todo lo cual nos ofreció bibliografía.

Del sacramento del perdón, a partir del documento Poenitemini, del 17.02.1966, recalca dos aportaciones: actualizar las motivaciones para acercarse a él y prácticas más auténticas. Y añadió: “No insistir sólo en el poenitens (penitente) arrepentido o en el penitus (cabalmente), sino en el sentido bíblico de la metanoia, es decir, la conversión o cambio de mentalidad, distinguiéndolo todo de la Confesión de devoción o de pecados veniales”.

Terminó su participación con una mesa redonda a propósito del Sacramento del Perdón, de la que consigné que leímos el contenido de la liturgia penitencial en la Cuaresma (Miércoles de Ceniza y Jueves Santo) y que enfatizó el aspecto ascético-pastoral de este sacramento.

 

***

Un trato directo con él lo tuve en los últimos cuatro años de mi formación en los estudios de teología, pues él fue prefecto de disciplina de mi grupo y tuve muchas ocasiones para constatar su don de tolerancia, como en mi caso fue ausentarme de las actividades reglamentarias en repetidas ocasiones, luego de las tres clases semanales que dictaba don Salvador Rodríguez Camberos, siempre atento a prolongar su asesoría con los estudiantes que lo abordábamos en sesiones a las que dedicaba unos treinta minutos, tiempo durante el cual los que estábamos con él no participábamos en los actos del resto del grupo. En el mismo tenor, le agradecí numerosos permisos que me dio para asistir al gabinete de psicología que dirigía don Salvador entre quienes buscábamos clarificar, valiéndonos de su pericia, situaciones personales.

Que no era la suya una postura aceptada por sus correligionarios me consta luego de la advertencia que ya me había hecho uno de mis prefectos de disciplina de antes, en el sentido de que siendo todavía tan reciente el uso de la psicología científica o experimental, carecía ésta de las certezas que desde el pensamiento sí daba la psicología racional o filosófica.

El tiempo que don Francisco Raúl fue rector del Seminario ya no me tocó. Una vez me pidió que supliera pocos días al director espiritual del grupo de seminaristas que hicieron vacaciones de comunidad en Concepción de Buenos Aires (Pueblo Nuevo), y dejé de hacerlo cuando éste se reincorporó.

Luego de eso sólo tuve noticias esporádicas suyas a la distancia: de su nombramiento como obispo auxiliar de Saltillo, de sus aciertos pastorales ciñendo ya esa mitra, de sus viajes relámpago a Guadalajara, que mantuvo hasta el ocaso de sus días ya como emérito.

Tengo datos relacionados con su interés especial por la renovación litúrgica de la Iglesia en el marco del Concilio Vaticano ii, con lo que puedo componer otra estampa.

Recibí promesas para hacerme coincidir con él pero eso ya no pasó, de modo que la última noticia que tuve de él fue la de su deceso, a los dos días de haber iniciado su año de vida 102.



[1] Maestro jubilado de la Universidad de Guadalajara. Recibió el orden del presbiterado de manos de don José Garibi Rivera.

[2] Este Boletín agradece a su autor su buena disposición para redactar estos recuerdos.

[3] En la jerga del plantel levítico de entonces, así se les denominaba a los escolares que en los primeros tres años de la formación humanística del seminario ingresaban de más edad que la de los que lo hacían en el tiempo justo para eso.

[4] Fue su primer director y de él formaban parte los estudiantes ingresaban luego de haber cursado el bachillerato fuera del Seminario. Luego cambió su nombre por el de Instituto de Vocaciones Adultas.

[5] Se introdujo así en el calendario romano una conmemoración laica, la del mundo del trabajo.



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