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Encuentros y desencuentros.

Evocaciones de algo de lo que conviví

con el cardenal José Garibi Rivera

Conrado Ulloa Cárdenas[1]

 

En el marco del l aniversario luctuoso

del vi Arzobispo de Guadalajara, se ofrece aquí

un testimonio que contextualiza

su perfil humano con algunos datos puntuales

en la recta final de su dilatadísimo episcopado.[2]

 

Invitado, en el invierno de mi vida, a ordenar algo de lo que recuerdo de mis encuentros personales (en la primavera de ella) que tuve con don José Garibi Rivera, lo primero que aclaro es que todos ellos se dieron tanto en el plano formal como en las más variadas situaciones; todas muy concretas, y suficientes, para ofrecer una estampa de un hombre grande pero que en su vida privada nunca se posicionó como tal, es decir, que procuró casi siempre tener los pies en la tierra.

 

1.    Familiar

 

El primero de estos ‘encuentros’ fue como “familiar”, con una de las acepciones que reconoce el Diccionario de la Real Academia de la Lengua: “eclesiástico o seglar que acompaña o asiste a un obispo”.

Eso fui varias veces de don José Garibi Rivera, al igual que todos los estudiantes de teología en el Seminario Conciliar de Guadalajara, que durante el año escolar pedía el prelado que de dos en dos, se turnaran durante una semana para acompañarlo en su jornada.

Pero en las semanas de vacaciones, lo acompañábamos solamente los voluntarios que nos quedábamos en la ciudad. Y muchas veces, solamente éramos uno.

Cuando se implementó que al concluir los estudios de filosofía, fuéramos todo un año profesores de instrucción elemental en algunas escuelas parroquiales de la diócesis, eso causó un descenso de alumnos en el seminario, de modo que durante las vacaciones, a los que vivíamos en la ciudad, se nos multiplicaron las ocasiones para acompañarlo.

Me tocó acompañar como familiar al señor Arzobispo ya en la ancianidad de su vida, etapa en la que (según me aclararon al redactar estas memorias) quien en la primera parte de su existencia hizo gala de una memoria prodigiosa, apelaba ahora a un expediente que en el pasado le hubiera sido impropio, no retener el nombre del seminarista en turno, sino darle el genérico de ‘Procopio’ –que en griego quiere decir “el que lleva adelante las cosas”– para no fastidiar su anterior legendaria capacidad de memoria.

Me tocó desde el primer año de los estudios de filosofía: el lunes de Pascua de 1960, casi dos años después de la investidura del señor Garibi como primer cardenal mexicano. Se me citó muy temprano en la capilla del Templo Expiatorio, entonces en construcción, donde se desarrollaban los actos de culto y servía también para la exposición solemne y perpetua del Santísimo Sacramento. Había otro pequeño altar en el mismo presbiterio: allí, como un capellán más, ofrecía la Misa el arzobispo tapatío ordinariamente ante unos pocos fieles. Después supe que la celebraba aplicando lo que los devotos del ´ánima sola de los señores sacerdotes’ de la Catedral echaban al curioso cepo de tres llaves situado a los pies de un cuadro que aún se conserva en el ángulo sudoeste del primer tramo de la Iglesia matriz; el prelado lo hacía sin recibir por ello emolumento alguno. Mi función consistió en servir de monaguillo a un ministro del altar reducido a lo esencial, sin el menor signo de boato.

Supe también que de 1927 a 1929 –desde antes de ser obispo–, don José pidió se aplicase a la obra del Templo Expiatorio las ofrendas que los devotos depositaban para misas de sufragio a las ‘ánimas benditas’ en el aludido cepo, con las cuáles cada sábado, en todas las etapas de su ministerio (presbítero, canónigo, obispo auxiliar, arzobispo coadjutor, arzobispo residencial y cardenal), se convertía en pagador de la raya de los albañiles y peones del primer templo expiatorio eucarístico del mundo y eso hizo durante 40 años.

En otra ocasión en la que fui familiar (octubre de 1961), fui su acólito en la misa que presidió durante la peregrinación diocesana al monumento expiatorio nacional en la montaña de Cristo Rey, el cerro del Cubilete. Lo acompañé desde la puerta del arzobispado (Liceo 17), hasta la caída del día.

Esa vez, tuve ocasión de ver el modo cómo le veneraba el pueblo –aunque él ni alentaba que eso pasara, ni lo reprimía–: al tiempo de concluir los oficios y descender de la gradería una multitud se agolpó para besarle ambas manos.

También otra ocasión fui familiar, en la bendición y colocación de la primera piedra del templo de San José Obrero –que ahora se levanta con especial majestad en la colonia San Marcos de Guadalajara, entre las calles de Roca 851 y Monte de la Luna–.

Cuando la primera piedra, era aquello todavía potreros o con calles apenas trazadas. La obra corrió por cuenta de los Misioneros Josefinos y el párroco del que dependían era el de San Martín de Tours, el Tata Vera, don Leobardo, que fue luego obispo de Colima y murió siendo primer Obispo de Ciudad Guzmán.

Quizás el más solemne acto en que fui familiar fue como ‘crucífero arzobispal’ en la misa pontifical en la que don José actuó como legado papal de San Pablo vi para imponer –en el Estadio Jalisco el 12 de octubre de 1966– la corona a la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe del santuario tapatío de ese nombre, reliquia alcaldeana y prototipo de ese culto indocristiano de la más pura cepa.

El señor Garibi llegó al lugar con su capa magna y acompañado de tres familiares, que para esas ceremonias de especial solemnidad asistíamos revestidos de atuendos propios: el secretario, de sotana, banda y la capa ferraiolo negras (sostenía con ambas manos el birrete cuando el prelado tenía la mitra); el caudatario y el crucífero, vestidos al modo de los monseñores, es decir, con sotana y banda de seda morada, llevando encima otra vestidura a modo de sotana más amplia (de lana y del mismo color), que a la espalda y desde los hombros tenía una especie de esclavina asimétrica, con uno de los lados alargado y en punta.

Cuando el prelado, se revistió ya con sus ornamentos pontificales para ocupar su trono en la Misa, el crucífero debía sustituir la pieza de lana con amito y alba –sobre la sotana de seda–, y encima la dalmática.

Pero al término del solemnísimo acto, con la procesión de salida, me dirigí al sitio donde estaba el vehículo en el que regresaríamos a la catedral, sin poder recuperar la prenda de lana y como único familiar en el automóvil en el que viajaba el arzobispo, el presbítero me riñó (no obstante que en el vehículo viajaban el prelado y el delegado apostólico en México). También me informó el padrino de este artículo, que en ese tiempo, era don Luigi Raimondi (1912-1975), que murió siendo cardenal Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos.

Me dijo el presbítero que ocupó el asiento al lado del chofer, bastante indignado, que si se perdía la prenda, yo cubriría su importe. Hubo de apaciguarlo don José, dando por sentado que el atuendo no se extraviaría. Así pasó, porque al descender del automóvil, en las puertas del arzobispado, otro automóvil nos alcanzó con ella, dándole ocasión a don José para decir, con una sonrisa, “¿Ya ven que no hubo extravío?”

 

2.    Formulismo’

El Arzobispo Garibi impartió siempre a los estudiantes de los últimos grados del Seminario Conciliar la clase de ‘teología pastoral’, en el “aula magna”…

Un día, mientras otro profesor nos supervisaba el modo de celebrar la misa, pasó por el corredor el señor Garibi a su clase…

Consciente de estar criticando la rúbrica tridentina de extender las manos “sin que salieran de los hombros ni por los lados ni más arriba”, estaba yo en esa postura.

Así lo hizo siempre el cardenal Garibi y así prefería que se siguiera haciendo; al pasar por la puerta del salón en el que estábamos, dijo “como Ulloa”, por lo que mis condiscípulos se rieron sin poder reprimir un impulso espontáneo.

 

3.    “Vocación de día de campo”

 

Mi primer destino ministerial fue como vicario parroquial en Concepción de Buenos Aires, al lado del señor cura don Jesús González Fregoso, que antes fue ecónomo del seminario, vicario parroquial en Arandas y del Señor de la Misericordia, al oriente de Guadalajara…

            Él me enseñó que el cardenal Garibi aceptaba con agrado, en algunos ambientes, recibir un trato menos solemne, y pude constatarlo en las varias visitas que hizo, pues así lo trataba el párroco, haciéndolo “descansar de protocolos”…

Sentados ya a la mesa en el curato para tomar los alimentos, don Jesús de pie acercaba al Sr. cardenal con la mano derecha los platos y bebidas según se necesitaba, pero sin dejar de sostener con la izquierda un taco que se comía al mismo tiempo. Don José, no tardó en decirle que lo notaba “con vocación de día de campo”. El párroco, que esperaba el reproche, le replicó de modo que todos escucháramos, que procedía de ese modo para no quedarse en ayunas, porque el prelado, apenas terminaba de comer, en lugar de hacer sobremesa pedía que diera inicio la siguiente actividad. La respuesta, al Cardenal le cayó en gracia, y a todos… de ese modo celebramos la puntada. Y aprendí esa otra faceta de la personalidad del señor Garibi.

 

Epílogo

 

Con lo que aquí consigno, aunque sólo sean unas cuantas migajas de algunas vivencias con don José Garibi Rivera, dejo alguna constancia de aspectos poco conocidos de su vida…

            Al informarme más a fondo para este artículo, llegué a la conclusión de que por un lado encarnó la institución eclesiástica, pero por otro no se dejó deslumbrar por la parafernalia que por ella llegó a ostentar; de modo que sin mengua de la raigambre evangélica y su amor esencial a su patria chica, Guadalajara, mantuvo un perfil de congruencia edificante.

Nunca ostentó más que lo indispensable, haciéndonos intuir que se puede mantener una sana distancia entre el altar y el trono al modo de Jesucristo.



[1] Maestro jubilado de la Universidad de Guadalajara. Recibió desde la primera tonsura hasta el orden del presbiterado de manos de don José Garibi Rivera.

[2] Este Boletín agradece a su autor su disposición total para darle forma a esta colaboración.



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