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El legado humanitario y humanístico

de Fray Antonio Alcalde en Guadalajara:

un modelo de atención integral pospandémica

desde la “cultura del cuidado”

2ª parte

 

Tomás de Híjar Ornelas[1]

 

 

Concluye aquí una reflexión en torno a lo que dejó

como modelo de atención pastoral un visionario

con talla de estadista, el siervo de Dios Fray Antonio Alcalde:

que para ser Genio de la Caridad también fue genio de las finanzas.

 

 

 

 

1.    La preocupación por el bien común

 

a.    Las industrias alcaldeanas

 

Como si no bastara considerar cuántas fuentes de empleo remunerado se crearon gracias a las obras materiales sufragadas por el obispo Alcalde, atento a este rubro se propuso y logró él concitar tanto la voluntad de los acaudalados como la organización del incipiente sector empresarial, fastidiado de no recibir de la capital del virreinato por sus actividades otra cosa que control y gabelas, con lo cual se pudieron establecer unos cien talleres, casi todos de textiles y curtiduría–,[2] derivando de ello beneficios para la economía del Reino, para el comercio y las fuentes de empleo remunerado, todo lo cual convalidó la vocación de Guadalajara como núcleo para los emprendedores.[3]

Pero además, para procurar a las clases populares la cura de almas eficaz y oportuna, agregó a la única parroquia de la ciudad hasta su tiempo, la del Sagrario de la Catedral, dos sedes más, propiciando como de paso, hacia los vientos norte y sur, el desarrollo armónico de la capital, y dejó recursos suficientes para edificar la obra material de ellas.[4]

Las “industrias alcaldeanas”[5] se instalaron casi todas al oriente del Hospital de Belén y al norte de la Alameda, confín que por ello se bautizó como barrio del Retiro.

Por otro lado, el respaldo institucional del prelado a las gestiones emprendidas por la naciente Intendencia de Guadalajara ante el Consejo de Indias mucho influyó al reconocimiento, el 6 de junio de 1795, de un Real Consulado, factor de autonomía y prosperidad regional para la que hoy denominamos clase empresarial.[6]

 

b.    El Hospital de Belén

 

Empero, el interés para alcanzar al máximo el bien común del pueblo se hubiera quedado trunco si la existencia del obispo Alcalde no se hubiera extendido hasta permitirle patrocinar la construcción y el sostenimiento del Real Hospital de San Miguel de Belén, obra que su coetáneo y colaborador multicitado, el canónigo Del Río, consideraba innecesaria y gravosa, pues según él

 

Hay aquí dos hospitales bastantes para todos los enfermos pobres en los achaques corrientes: uno de San Juan de Dios, para hombres, extramuros del lugar, pero sin rentas; otro en el centro, con la asignación de los novenos, para ambos sexos, a cargo de los Padres de Belén. En tiempo de mortandad no faltan casas de alquiler donde puedan asistirse los enfermos, pero faltan alimentos, boticas, médicos, ropa y demás necesarios. Con doscientos y más de cuarenta mil pesos asegurados a réditos había para dotar camas y menesteres de estos hospitales, para acrecer el de San Juan de Dios cuanto quisieran y para ir labrando poco a poco la Babilonia en que se han de trasladar cuatro legos de Belén con los enfermos comunes, abandonando su hospital antiguo, dejando arruinar el nuevo, sin rentas que lo sostengan o gravando con un censo perpetuo la Corona, que habrá de dotar los frailes, las camas, los médicos, las boticas, capellanes, sirvientes y demás, cuando todo se pudiera haber surtido con el capital que están gastando. Pero yo no debo de entenderlo, el Prelado lo habrá pensado mejor, y poco antes de morir el Señor don Carlos iii le dio por ello las gracias y concedió facultad para que teste a su salvo, inhibiendo que, muerto Su Ilustrísima, se entrometa alguno en lo que deje, ni con pretexto de expolios, sino sólo los albaceas que nombrare.   

 

Desconocía don Mariano que el previsor obispo había resuelto la manutención del nosocomio aplicándole, hemos dicho, el arriendo de un tercio de las 1 500 viviendas del barrio del Santuario y los frutos de otros bienes raíces y rentas de la Mitra, en una época en la que educación media y superior y la asistencia hospitalaria corrían por cuenta de la Iglesia desde diversas trincheras como las aquí aludidas órdenes religiosas hospitalarias de San Juan de Dios y de los Hermanos de Belén, a cargo desde el siglo xvii de los hospitales de la capital. El de la ciudad era el de San Miguel de Belén, que creó y sostuvo el Cabildo Eclesiástico de Guadalajara desde la segunda mitad del siglo xvi.[7] Ocupó al principio el lugar donde antes estuvo la sede parroquial dedicada a San Miguel Arcángel, celestial patrono de la urbe y título del que se apropió de forma natural el nosocomio. Permutó el espacio con el monasterio de monjas dominicas de Santa María de Gracia a finales de esa centuria y allí lo encontró Fray Antonio, a la vuelta de dos siglos y a cargo de los Hermanos de Belén, que le dieron su apellido.

En la terrible pandemia de 1786 el Ayuntamiento y el obispo se unieron  para construir fuera de la zona urbana un complejo hospitalario que terminó siendo el más grande de América y portentoso por tres motivos: el diseño de sus crujías en panóptico,[8] es decir, un crucero o repartidor del que nacen seis salas crujías unidas en sus extremos gracias a otro pasillo, el emboque de las cuales forma un majestuoso crucero de arcos peraltados bajo cuya bóveda se instaló un altar donde un ministro celebraba cada día la misa. Las crujías, de bóvedas altísimas, pueden alojar algo más de 150 cada una y en casos de necesidad el doble, en tanto que los espacios trapezoidales de éstas se destinaron a usos múltiples, entre ellos las celdas para aislar a los enfermos contagiosos o a los dementes, celdas para los enfermeros, la cocina, los lavaderos y hasta las caballerizas.

La otra novedad del proyecto alcaldeano fue la escuela de medicina, enfermería y farmacia anexa al conjunto hospitalario; el templo y el convento para los betlemitas y frente al extenso edificio un jardín botánico y detrás de él un camposanto.

 

c.     Los templos parroquiales para la ciudad episcopal

 

·      El Santuario de Guadalupe

 

En 1787 el obispo Alcalde puso la primera piedra del hospital que dedicó “a la humanidad doliente”. Invirtió en la obra 265 mil pesos[9] y se estrenó el 3 de mayo de 1794, dos años después de su muerte, con lo cual dio un digno epílogo al proceso que comenzó cuando, con el respaldo absoluto del Ayuntamiento de la ciudad, tomó posesión de los terrenos que éste le cedió al norte de la zona fundacional y limítrofes con las barranquitas que luego se llamarán de Belén, que según lo asentamos, él urbanizó y legitimó creando la parroquia de Guadalupe, de la que formaron parte San Miguel de Mezquitán y los demás poblados al noreste, hasta la barranca del río Santiago.

Cabe señalar que por espacio de cuatro años, a partir de 1777, los muchísimos albañiles, canteros y mozos de la obra material del Santuario eran varones avecindados en las cuadritas, que es como decir casi los mismos que habían construido los albergues que ahora les servían de vivienda familiar.

No deja de ser conmovedor que en sus disposiciones testamentarias el obispo Alcalde haya dispuesto que su cadáver no se inhumara en la Catedral sino en el Santuario, un templo de la periferia en una zona populosa, patentizando así sus dos amores, a la Virgen del Tepeyac y a los pobres. Su epitafio no tiene palabra de más:

 

Aquel cuyas cenizas descansan aquí en espera de la resurrección

fue varón eminente en su munificencia. A Dios rindió culto, a los enfermos remedio,

a los niños y niñas educación, a las doncellas tutela, al pueblo techo.

Fue solícito en su consuelo para todos.

El venerable prelado Ilustrísimo Señor doctor don fray Antonio Alcalde

murió el 7 de agosto de 1792.[10]

 

·      El Sagrario de la Catedral

 

La creación de una sede parroquial en el nuevo barrio supuso para el obispo acometer otro desafío. Resulta que al tiempo de su arribo la cura de almas de los 25 000 fieles que componían su vecindario sólo disponía de una parroquia, la del Sagrario de la Catedral, que despachaba en una de las capillas de este recinto, aunque desde 1721 con una “ayuda”, el templo de Nuestra Señora del Pilar, al suroeste.

Que la sede parroquial del Sagrario catedralicio ocupara apenas una capilla, la del cubo de la torre norte que hoy se denomina del Señor de las Aguas, era motivo perpetuo de mucha interferencia con los oficios de la Iglesia Matriz y en demérito de la atención sacramental de tan copiosa feligresía.

Eso empujó al fraile de la calavera a dividir en tres, en 1782, las parroquias de la capital, respetando el territorio de la del Sagrario, que era el de la zona fundacional, de las de Zapopan al norte y de la Doctrina del pueblo de indios de Analco.

No satisfecho con eso, Fray Antonio tomó de sus recursos un caudal enorme para la construcción de cada sede, correspondiendo a la del Sagrario 80 000,[11] con lo que terminó edificándose al sudoeste de la manzana en la que está la Catedral y donde encontró él un camposanto, que clausuró. No sería él sino su sucesor don Juan Cruz Ruiz de Cabañas el que comenzará, el 19 de abril de 1808, el nuevo y grandioso recinto, pero con el dinero que para eso dejó Fray Antonio.

Trazó el monumento el arquitecto malagueño José Gutiérrez (1766-1835), quien dejará constancia de lo apenas dicho labrando en el tímpano del pórtico sur del Sagrario la siguiente inscripción: “Por la piedad i munificencia del Illmo. Sor. Obispo de esta Diócesis, D. Fr. Antonio Alcalde. Año de 1839”.

Los vaivenes sociales y políticos de entonces paralizaron las obras, que concluyó un discípulo de Gutiérrez, el arquitecto Manuel Gómez Ibarra, en 1843.

 

·      El del Señor de la Penitencia en Mexicaltzingo

 

Y el efecto saludable que buscó con el desarrollo urbano armónico al norte, lo procurará Fray Antonio de forma simultánea al sur, erigiendo en el mismo decreto donde crea la parroquia de Guadalupe la de San Juan Bautista de Mexicaltzingo, el 29 de julio de 1782.[12]

La sede parroquial de esta última era muy estrecha y sus linderos grandísimos, pues al mediodía llegaba hasta la hacienda de Toluquilla. El templo y corazón del pueblo de indios de Mexicaltzingo se fundó casi a la par de la ciudad de Guadalajara, en 1542, con mexicanos de los que acompañaron al Virrey Antonio de Mendoza a sofocar la guerra de los peñoles; eso recuerda en su toponimia, pues en náhuatl “mexicaltzinco” significa “donde están las  casitas de los mexicanos”.

A mediados del siglo xviii se registró como portentosa la restauración de un crucifijo del siglo xvi, nombrado Señor de la Penitencia porque durante muchos años estuvo colocado en la Sala de Profundis del convento tapatío de San Francisco, donde los frailes rezaban la penitencia luego de haberse confesado. De allí lo rescató hacia 1750 un vecino de Mexicaltzingo, cuando ya lo iban a incinerar por su avanzado deterioro.[13] Una restauración tenida como milagrosa comenzó a atraer a multitudes de devotos a la vivienda del aludido, que optó por depositar el crucifijo en el pequeño templo del que ya estaba pasando a ser un barrio de la ciudad. Los vecinos de ella, para venerar al Señor de la Penitencia, debían cruzar la vaguada de un torrente que corría de oeste a este, desembocando en el riachuelo de San Juan de Dios, el arroyo del Arenal, en tiempos de aguas muy caudaloso. Eso motivó a un grupo distinguido de mujeres, asociadas bajo la denominación de Damas del Señor de la Penitencia, a alentar la construcción de un puente para conjurar el inconveniente.[14]

Por su parte, fray Antonio destinó de su caudal 60 000 pesos[15] para que se reedificara el templo. Las obras comenzaron en 1800 y concluyeron en 1808. Fueron el corazón de un barrio muy populoso y tradicional y un centro de peregrinación y penitencial muy importante para los tapatíos durante dos largos siglos.

 

2.    La salvaguardia de la creación

 

a.    El Jardín Botánico

 

Si el abasto y la calidad del agua en Guadalajara fue un problema grave durante mucho tiempo, el remedio a ello lo puso el ingenio de un maestro en arquitectura y religioso franciscano, Fray Pedro Antonio Buzeta, que entre 1731 y 41 diseñó y ejecutó un acueducto subterráneo que trajo el agua de los manantiales de los Colomos a la ciudad como surtidor de nueve fuentes públicas, a las que fray Antonio Alcalde añadió otras dos, la de la plaza del Santuario de Guadalupe y la del Hospital de Belén. Frente a éste, dispuso la traza un jardín botánico, en el que además de sembrarse las plantas de la herbolaria usada entonces como medicina el nosocomio y la ciudad tuvieran un espacio público de recreación y contacto con la naturaleza cultivada.[16]

No tenemos datos si el paisaje Vista occidental del Jardín Botánico de la ciudad de Guadalajara, que pintó Carlos Nebel y convirtió a litografía Pedro Gualdi en 1841, lo concibió así Fray Antonio, al modo versallesco, pero sí que gracias a él tenemos una constancia antigua de lo que ya para entonces implicaba el goce y disfrute de la naturaleza cultivada,[17] y más lo fecundo que finalmente fue este sentido de colaboración entre los gestores del bien común coetáneos al Obispo Alcalde, nos referimos a los intendentes Jacobo Ugarte y Fernando Abascal y Souza, que secundando lo que nació como Jardín Botánico lo perfeccionaron con la creación de una Alameda no muy lejos de aquél por el viento oriente.[18]

Por cierto, durante el primer centenario luctuoso del benefactor, en 1892, el jurista y político Ignacio L. Vallarta propuso crear un comité para instalar al centro del jardín un busto del fraile, que costearon los jaliscienses que residían fuera de esta entidad. Hoy ocupa su lugar una escultura de bronce de tamaño natural que se develó el 7 de agosto de 1992, en el marco del bicentenario de la misma efeméride.

 

b.    El Panteón de Belén

 

En el tema de la salvaguarda de la creación, en el caso del Obispo Alcalde no podemos dejar en el tintero una decisión que le debió costar no poco: la clausura gradual de los lugares de enterramiento para los difuntos dentro y fuera de los templos para pasarlos extramuros de la ciudad. No pudo él desterrar la costumbre, pero sí hizo cuanto estuvo a su alcance para que a la vuelta de medio siglo eso fuera una realidad.

Una de las encomiendas que retuvo en México hasta bien entrado el siglo xix la Iglesia consistía en atender y administrar los cementerios, denominados por ese motivo camposantos. Los sitios de enterramiento podían ser, indistintamente, el interior o el exterior de las iglesias, donde se iban abriendo tumbas, gavetas y bóvedas sepulcrales.

En Guadalajara, la saturación de esos espacios era ya un problema sanitario grave en el último tercio del siglo xviii, motivo por el cual Fray Antonio se propuso dar un buen ejemplo clausurando el camposanto de la Catedral, que colindaba con la Plaza Mayor, aunque todavía habilitó como cementerio el lado poniente del Santuario de Guadalupe la disposición hecha pública en 1790 por el virrey Juan Vicente de Güemes, donde prohíbe seguir sepultando cadáveres dentro de los templos.

En la capital de la Nueva Galicia, dijimos, durante la pandemia de 1786 se tienen contabilizadas 2 300 defunciones, circunstancia que empujó a Fray Antonio a proyectar el primer cementerio fuera de la capital, en el cauro del enorme perímetro donde se construiría el Hospital de Belén.

“Camposanto de la Convalecencia” se denominó primero el cementerio, que en la mente de Fray Antonio debio llamarse de Nuestra Señora de Guadalupe. Allí fueron sepultados muchos de los enfermos que fallecían en el Hospital de Belén, con lo que la gente menos interés tuvo en conducir a sus difuntos hasta ese confín.

La suerte cambiará en 1848, cuando bajo el nombre de Cementerio de Santa Paula se cumplió el deseo de Fray Antonio, posible gracias a los empeños de su sucesor, don Diego Aranda, y del arquitecto Manuel Gómez Ibarra. Al tiempo de su apertura estaban instalados en sus extremos poniente y norte, en corredores porticados, 900 columbarios, y al centro, en el ámbito de las bóvedas sepulcrales y las fosas comunes, una grandiosa capilla-mausoleo.[19]

 

II

La diakonía según Fray Antonio Alcalde

 

 

…al morir el señor Alcalde

pudo muy bien considerar

que nos legaba la segunda ciudad de la Nueva España,

porque la Guadalajara de entonces

era ya en realidad la Guadalajara de hoy.

Mariano Otero (1837)

 

 

Con lo que llevamos dicho quédanos claro que la obra legada por el obispo Alcalde a Guadalajara rebasa sobradamente los linderos estrechos de una ciudad, así haya sido la capital de un reino y ahora de un estado. Lo fue por la magnitud de sus proyectos, los beneficios que trajeron consigo para una comarca inmensa, por los procesos que desató de forma inmediata y para el futuro.

Habrá a quienes cause asombro la enorme cantidad de recursos de los que dispuso Fray Antonio aplicados todos al bien común, pero no se debe caer en el error de reducir su gestión a inversiones, pues aunque fueran muchas, también lo eran las necesidades, como lo aclara en carta al Rey:

 

a vista de la pobreza de esta Diócesis, donde abundan tanto las necesidades,que cuento por millares los memoriales y papeles que diariamente me presentan pidiendo socorro de ellas, y jamás puede salir este vuestro Reverendo Obispo de su casa sin una multitud crecida de mendigos que le rodean…[20]

 

Es decir, la suya fue una forma de dar sin límite y desde el ejemplo personal que así resume quien ahora ciñe la mitra que fue suya, el Cardenal José Francisco Robles Ortega:

 

Ateniéndonos a lo que hizo el obispo dominico abrazando la pobreza extrema y sobrellevando sus propios achaques con buen ánimo y sin muestras de abatimiento, descubrimos en él una veta que convierte la filantropía en un estilo de vida coherente con sus principios y postulados, en abierto desdén a los criterios mundanos de la ganancia material y del reconocimiento público, con un plan programático admirable, con una visión de futuro muy clara, con proyectos cimentados en la dignidad integral de la persona y sin más recompensa que la satisfacción por el deber cumplido.[21]

 

1.    El cuidado de la casa común

 

Recapitulamos ahora todo lo expuesto a tenor de lo que nos propusimos, es decir, aplicándole la ruta que recién ha propuesto el Santo Padre para lo que ahora necesita nuestra casa común, el planeta Tierra.

 

a.    El cuidado como promoción de la dignidad y de los derechos de la persona

 

Para un enemigo declarado del culto a la personalidad como hemos visto que lo fue el obispo Alcalde, presentarlo aislado de su tiempo y circunstancias empequeñecería lo que él hizo grande: la preocupación que fue dando a la tutela y reconocimiento del bien común anclado en la dignidad y los derechos de las personas.

Ahora bien, esto sucederá –la Ilustración, que en España se llamó reformas borbónicas–[22] no como causa sino como efecto de un interés que descansó más en el entendimiento humano, en la razón, con criterios que lo mismo nos admiran que nos dejan perplejos, pues fue el preludio de un escenario que se volvió borrasca: la caída del antiguo régimen y el ascenso de la burguesía, era de la que nuestro fraile supo abstraerse pero no de forma pasiva y mucho menos ventajosa, ante las posibilidades que providencialmente tuvo ante sí y que jamás pensó tener.

Preguntémonos, por ejemplo, dónde hubiera quedado la obra de Fray Antonio Alcalde como obispo en Yucatán y Guadalajara sin su correligionario Fray Rodrigo Alonso, op,  su confesor, la persona con la que sostuvo un trato más íntimo y personal aun antes del inicio de su aventura americana, y al que sobrevivió, pero que no pudo ser ajeno al modo en el que se condujo y administró cada peso de los muchos de los que pudo disponer.[23]

            Por otro lado, según consta ya, promover la dignidad y los derechos de las personas fue para el dominico un programa de acción que atendió desde la trinchera inmediata del asistencialismo, que aquí expusimos.

 

b.    El cuidado del bien común

 

Según acabamos de decir, no podemos separar el legado alcaldeano de la herencia implantada por los dominicos en el Nuevo Mundo desde los derechos humanos y el derecho internacional (Fray Antonio de Montesinos, Fray Bartolomé de las Casas y Fray Francisco de Vitoria son sus adalides), anclados en la Escuela de Salamanca,[24] y que Alcalde pudo desarrollar en grado superlativo desde estos contenidos y exigencias que ahora son moneda corriente en el derecho positivo, no así entonces:

 

el derecho a tener derechos; el derecho a la no discriminación; los derechos a la alimentación, a la salud, a la educación, al trabajo, a la vivienda y a la cultura. Todos ellos no desde una única perspectiva de arriba abajo, sino desde la perspectiva de la “humanidad doliente’”, [como podemos leerlo aún] en la puerta del hospital de Belén.[25]

 

Con razón el Secretario General de Gobierno de Jalisco, enfatizando esta labor, pudo condensarla ante el pleno del Ayuntamiento de Guadalajara, en una reciente sesión de Cabildo solemne y pública, en estos términos:

 

La ciudad con la que se encontró el dominico la describe Mariano Otero de la siguiente manera “Guadalajara en 1771 era todavía una ciudad infantil [...] era una localidad reducida y sin una estructura suficiente para hacer frente a las necesidades y problemas de su población”. Quizás, en su momento, nadie esperaba nada de su llegada, y sin embargo en tan solo veinte años el Obispo Alcalde logró dotar a Guadalajara de las instituciones fundamentales de una ciudad:

● La salud para las mayorías, que materializó con la construcción del Hospital de San Miguel de Belén, hoy Hospital Civil, el cual fue concebido por Alcalde para poder atender a mil enfermos (no olvidemos que en ese momento Guadalajara apenas superaba los 20 mil habitantes).

● La educación superior. Alcalde fundó la Universidad, en la cual se formarían muchos de los personajes que posteriormente serían claves en el proceso de la independencia y de la construcción nacional.

● La vivienda social. Un proyecto inédito en el continente, que comprendió la construcción de 158 viviendas [colectivas] que fueron habitadas por las familias más pobres de la ciudad a cambio de una mínima renta mensual.

● El trabajo para los jóvenes. Alcalde abrió los primeros talleres preindustriales para que los jóvenes desocupados pudieran construir un proyecto de vida.

● La alfabetización. El Obispo fundó escuelas de letras para que los niños de todas las condiciones sociales pudieran aprender a leer y escribir.

● La imprenta. La primera máquina que llegó a Guadalajara fue gestionada por el dominico. Cabe destacar que, años más tarde, en ésta se imprimiría El Despertador Americano, medio de comunicación de los insurgentes dirigido por el presbítero Francisco Severo Maldonado.[26]

 

c.    El cuidado mediante la solidaridad

 

Como nos lo recuerda el Papa Francisco, la solidaridad

 

nos ayuda a ver al otro —entendido como persona o, en sentido más amplio, como pueblo o nación— no como una estadística, o un medio para ser explotado y luego desechado cuando ya no es útil, sino como nuestro prójimo, compañero de camino, llamado a participar, como nosotros, en el banquete de la vida al que todos están invitados igualmente por Dios.[27]

 

Lo que hemos descrito se aplica de forma cabal a lo que decía hace poco el prior de los dominicos de Guadalajara, recordando a su hermano mayor como “un dominico de fronteras”, que supo hacer suya la tradición de “contemplar y llevar a los demás los contemplado”, para iluminar el mundo en el que vive y para tocar con su misericordia y generosidad a aquellos hombres y mujeres que en su tiempo carecen y necesitan.[28] El dominico expuso en la mejor forma que pudiera tener esta colaboración como epílogo y explicación de la muy extensa cita que sigue:

 

Los años 1785 y 1786 en Guadalajara se conocieron como los años del hambre y de la peste; a Fray Antonio Alcalde le tocó vivir esos sufrimientos de su pueblo en lo más hondo de sus entrañas.

Los biógrafos de la época lo presentan recorriendo las calles, acercándose a los moribundos sin temor al contagio, repartiendo alimentos, medicinas y vestidos. Instaló cocinas en los barrios de Analco, el Carmen y el Santuario, donde se atendía diariamente a más de dos mil pobres.

Fray Antonio Alcalde fue el “buen samaritano” que se encontró con los “heridos en las calles” y acercándose a ellos tuvo compasión y vendó sus heridas, pero no una compasión que solucionara el problema inmediato, sino una compasión que se encargara de los días venideros, hasta los nuestros.

Fray Antonio Alcalde fue el obispo que sintió compasión por su pueblo; el obispo que contempló y llevó a los demás lo contemplado, el que siguiendo los pasos de Jesús, al estilo de Domingo de Guzmán, se volvió predicador de la verdad, luz de la Iglesia y ejemplo de paciencia, tal y como lo decimos de nuestro Padre Domingo.

Fray Antonio Alcalde rompe la frontera entre la muerte y la vida al darse cuenta que es necesario construir un hospital. Pero ese hospital no será un lugar donde se ayude al “bien morir”, como se acostumbraba en la época, sino un lugar donde se busque la salud y se investigue para lograrla, un lugar donde no esté ausente la fe y tampoco la misericordia. Un hospital que tenga su capilla y su cementerio, en caso de que la salud se tenga que encontrar en la vida eterna.

Fray Antonio Alcalde rompe la frontera entre la ignorancia, que limita y mata, y la necesidad de estudiar y aprender para mejorar la vida y las posibilidades que ésta tiene. Funda innumerables instituciones para la instrucción de las letras a quienes no han tenido acceso a ellas. Hace gestiones también para que se funde la primera imprenta y para que se abra la Universidad de Guadalajara.

Fray Antonio Alcalde rompe la frontera entre la piedad que limita y la formación de la conciencia y la mente. Prefería el catecismo a las novenas.

Fray Antonio Alcalde rompe la frontera entre la pobreza indigna y el bienestar que dignifica; hace llegar cargas de semillas a los lugares lejanos para que sean sembradas y favorece los lugares donde la gente puede trabajar.

Son incontables las fronteras que el obispo Alcalde rompe para generar dignidad y bienestar para sus feligreses, aquellos que se le han confiado y que cuida con misericordia y generosidad sin límites. No exageramos al llamarlo Genio de la Caridad, pues sus obras perduran hasta nuestros días.

Rebasar fronteras es el cometido de la Orden de la Predicadores: “contemplar y llevar a los demás lo contemplado”. Por eso los grandes de la Orden, Domingo de Guzmán, Antonio Alcalde, Bartolomé de las Casas, Antonio de Montesinos, Tomás de Aquino, Juan Macías, Martín de Porres, Catalina de Siena, Rosa de Lima, Inés de Montepulciano, Pier Giorgio Frascatti y otros muchos son hombres y mujeres que en su tiempo y en su lugar han roto las limitantes que esclavizan y detienen, que marginan y excluyen.

A lo largo de ocho siglos de historia, la familia de Santo Domingo, en cada uno de los países del mundo, y concretamente aquí, en Guadalajara, con Fray Antonio Alcalde en su tiempo, ha estado lista para rebasar y romper las fronteras que existen entre la vida y la muerte: el gran reto de la justicia y la paz en el mundo; entre la humanidad y la inhumanidad: el gran reto de los marginados; el reto de las religiones universales, de la experiencia religiosa: el reto de las ideologías seculares; de la Iglesia: el reto de las confesiones no católicas y otros movimientos religiosos. Fronteras que están presentes a lo largo de la historia y que de acuerdo con el desorden egoísta del hombre se presentan de diversas formas. Fronteras que se vuelven seductoras y por eso hay que rebasarlas.

Fray Antonio Alcalde, al configurarse a Nuestro Señor Jesucristo, el “buen samaritano” por excelencia, al estilo de Domingo de Guzmán, asume en su tiempo esta necesidad de ir más allá: a los humanos, para llevar la luz de la verdad, y así, siendo predicador, entrega su alma al Creador el mismo día en que se celebraba la solemnidad de su fundador, para que juntos celebren la Gloria del Padre, la Gloria de Aquel que seguramente reconoce a ambos, Domingo de Guzmán y Antonio Alcalde, como los buenos samaritanos que acercándose, sintieron compasión, y que sanando la heridas con vino y aceite trascendieron los límites de las fronteras que el egoísmo y la injusticia establecen.

Rindamos, pues, homenaje a aquél que recorriendo las calles de nuestra ciudad y los territorios de su inmensa diócesis supo descubrir las necesidades y carencias para sanarlas, contemplando y llevando a los demás lo contemplado.

¡Viva Fray Antonio Alcalde, el Genio de la Caridad![29]

 

Cerremos lo expuesto añadiendo los filones que para el cuidado y la protección de la creación abrió el fraile de la calavera, pues

 

·      Se dedicó a abrir cuanto pudo en la educación y la cultura, desde el evangelio, caminos nuevos y todavía por explorar.

·      Nunca se apartó de esa “brújula para un rumbo común”[30] que es la cultura del cuidado, y gracias a él mucho de ella sigue en pie hasta nuestros días tal y como él lo propuso.

·      En pos de sus huellas y ejemplo, su sucesor inmediato, don Juan Cruz Ruiz de Cabañas y Crespo, sostuvo y amplió las instituciones tapatías durante los siguientes 30 años, calamitosos para el Occidente cristiano, en especial, para los confines hispanos de ultramar, cuando las ambiciones humanas desatadas con la Revolución francesa empujaron al Emperador Napoleón I a desmantelar los reinos europeos y a la postre favorecer las pretensiones hegemónicas de la Gran Bretaña, es decir, del capitalismo en su versión más predadora en toda la faz de la tierra.

·      Así, el ejemplo del Genio de la Caridad sostuvo en los años subsecuentes, luego de la Independencia de España de lo que pasó a convertirse en el Estado Libre y Soberano de Jalisco en 1824, un paradigma de educación en la cultura del cuidado, y lo sigue haciendo en el presente.

·      Su legado se basó en fundamentos inconmovibles, pues a la postre todas sus acciones se encaminaron a tutelar

-        a la familia como “núcleo natural y fundamental de la sociedad, donde se aprende a vivir en relación y en respeto mutuo”,[31] poniéndola “en condiciones de cumplir esta tarea vital e indispensable”.[32]

-        la escuela y la universidad, que es como decir la educación en cuanto es “uno de los pilares más justos y solidarios de la sociedad”.[33]

-        Su confesión religiosa, en cuanto transmisora inmejorable “de los valores de la solidaridad, el respeto a las diferencias, la acogida y el cuidado de los hermanos y hermanas más frágiles”.[34]

 

A quienes nos toca, 250 años después, hacer el balance de su gestión episcopal en la Iglesia de Guadalajara, la herencia de Fray Antonio Alcalde se suma a lo que Francisco reduce a una frase lapidaria: “no hay paz sin la cultura del cuidado”.[35] Hay que conocer esa herencia para reproducir los aciertos, lo que hace tanto tiempo pudo llevar a cabo en circunstancias como la nuestra este “artesano de paz”, generando “con ingenio y audacia”[36] “procesos de sanación y de reencuentro”,[37] para lo que venga para nosotros en el futuro inmediato, que según se atisba sólo se redimirá tanto cuanto nos empeñemos todos en darle su lugar a la dignidad de la persona humana con “principios sociales fundamentales” para “navegar con un rumbo seguro y común hacia un nuevo horizonte de amor y paz, de fraternidad y solidaridad, de apoyo mutuo y acogida”.[38] Así nos lo procuró a quienes nos siguen beneficiando sus acciones, hace dos siglos y medio, Fray Antonio Alcalde. El Papa Francisco pudo recibir en sus manos la mañana del 19 de septiembre del 2019, luego de la misa que presidió en la capilla de Santa Marta, en el Vaticano, datos cabales del Siervo de Dios,[39] y una alusión muy directa a lo que les une a ambos de una forma por demás elocuente, pues el Obispo Alcalde alcanzó el ascendiente moral que ha tenido en Buenos Aires y en Roma Jorge Bergoglio. Fray Antonio condujo su existencia

 

viviendo en grado heroico las virtudes cristianas y abrazando los consejos evangélicos sin concesiones: pobreza absoluta, desdén de los halagos mundanos y bonhomía proverbial, según dan fe de ello sus coetáneos.

Despojándose de todo, nunca le faltó algo para remediar las necesidades de los desamparados, pero, y esto es lo más llamativo, también con la cordura del visionario y la talla del estadista, pues pudo articular los procesos que hoy sirven de divisa a las Scholas occurrentes: autoestima, formación en el espíritu e instrucción en las artes y los oficios como el surco preliminar y necesario para que germine la semilla del Evangelio.[40]

 

Concluimos enfatizando la enorme calidad del legado de un cristiano que se inspiró en las luces de su ilustrado siglo, la primera mitad del cual cabalgó como estudiante y profesor, y la segunda como portador del Evangelio, del que jamás se apartó en plena fidelidad a la regla que hizo suya desde la adolescencia, la de los frailes predicadores. Eso le permitió, una vez consagrado obispo, despojar su investidura de todo signo de boato para situarse en las antípodas del culto a la personalidad y dejarnos un modelo del todo aplicable a tiempos tan calamitosos como los que vive ahora la humanidad.



[1] Cronista de la Arquidiócesis de Guadalajara.

[2] Cf. Carmen Castañeda, “Sobre una fábrica textil u obraje establecido en Guadalajara en el siglo xviii”, en Boletín del Archivo Histórico de Jalisco, vol. iv, núm. 1, enero-abril 1980, p. 16. Retoma el caso Sergio Alcántara Ferrer en “La identidad cultural en el barrio del Santuario: orígenes”, en Gaceta Municipal de Guadalajara, t. vi, núm. 15, Año 100 (24 de noviembre del 2017).

[3] José Ramírez Flores, El Real Consulado de Guadalajara, Guadalajara, Banco Refaccionario de Jalisco, 1952, p. 185.

[4] Todo ello lo explica un artículo ahora en prensa del autor de estas líneas: “La parroquia del Sagrario Metropolitano de Guadalajara antes de tener una sede propia. 1548-1808”.

[5] El término lo acuñó el recién extinto médico e investigador Carlos Ramírez Esparza. Cf. Recopilación bibliográfica para historiar al Hospital de San Miguel, Orden de Belén y Fray Antonio Alcalde, Guadalajara, Amateditorial, 2016, pp. 133-135.

[6] Omar Guerrero, Las raíces borbónicas del Estado mexicano, México, unam, 1994, p. 281.

[7] De él se ocupa la historiadora Lilia Oliver en el libro El Hospital Real de San Miguel de Belén, 1581-1802, Guadalajara, Universidad de Guadalajara, 1992.

[8] El sistema lo creó el arquitecto alemán Leonhard Christoph Sturm (1698-1763), pero sólo en la teoría (cf. Deborah Ascher Barnstone, The Transparent State: Architecture and Politics in Postwar Germany, Londres, Routledge, p. 33). Tenemos datos para afirmar que el hospital de San Miguel de Belén fue el primero en echar mano de este trazo en el mundo (Tiempos de Arte, núm. 4-6 / 8-9, Universidad de Guadalajara, 1990, p. 66).

[9] Casi 26.5 millones de dólares de nuestros días (2021).

[10] El original, en lengua latina, dice: “Cuius hic in pace cineris iacent, sibi modicus, caeteris munificus. Deo cultum, medelas aegris, pueris puellisque disciplinam, virginibus tutelam, populo tecta, cunctis levamen solers large paravit, venerabilis pontifex I. D. D. F. Antonius Alcalde obiit vii aug. mdccxcii”. La traducción se estampó en otra lápida sepulcral, a la vista del pueblo, en el mismo ángulo donde está su sepulcro. La traducción la hizo el doctor Juan González Morfín.

[11] 80 millones de dólares.

[12] Siguiendo sus huellas, su sucesor inmediato, don Juan Cruz Ruiz de Cabañas, hará otro tanto: fomentará el desarrollo armónico de la ciudad con obras sociales: la Casa de Misericordia (1810) al oriente y la creación de la parroquia del Dulce Nombre de Jesús al oeste (1815).

[13] Tomás de Híjar Ornelas, Bicentenario del templo parroquial de Mexicaltzingo. Fe, historia y arte. Guadalajara, 2008, Ed. de autor, p. 12.

[14] Enrique Ibarra Pedroza, El Puente de las Damas, Guadalajara, Grupo Gráfico Consultor, 2007, pp. 119ss.

[15] Seis millones de dólares.

[16] Escribiendo en torno al Jardín Botánico algún entusiasta afirma que queda entre los tapatíos, como recuerdo de la administración de los frailes betlemitas, la denominación de belén y belenes a la planta Impatiens walleriana, herbácea perenne, suculenta, de entre 15 y 60 centímetros, de tallos poco ramificados, hojas alternas y flores de color variable (rosadas, púrpuras, violeta, naranjas, rojas o blancas), que si bien es nativa del este de África, se naturalizó en el Nuevo Mundo. Aunque esto no sea probable, que alguien los relacione todavía con los religiosos hospitalarios sí lo es.

[17] Luis Felipe Cabrales Barajas, “Carlos Nebel en Guadalajara: proyecto carcelario y representación paisajística del jardín botánico”, en Geocalli. Cuadernos de geografía, año 17, núm. 34 (julio-diciembre 2016), Universidad de Guadalajara, pp. 24ss.

[18] Ramón María Serrera Contreras, Estado económico de la Intendencia de Guadalajara a principios del siglo xix: la relación de José Fernando de Abascal y Souza de 1803, Colonia, jgswgl, 1974, vol. i, pp. 132-133.

[19] Del tema se ha ocupado en extenso Salvador Díaz García en su obra Panteón de Belén: historia, arquitectura e iconología, Guadalajara, Secretaría de Cultura de Jalisco, 2002.

[20] Dávila Garibi, op. cit. p. 1104.

[21] Así lo escucharon de sus labios, el 22 de febrero del 2018, en el marco del xx Congreso Internacional Avances en Medicina el designado presidente honorario del acto, en una ceremonia en la que tomó parte el doctor Arieh Warshel, Premio Nobel de Química 2013. El discurso se publicó bajo el título “La salud pública en la vida y obra de Fray Antonio Alcalde” en el Boletín Eclesiástico de la Arquidiócesis de Guadalajara, año xii, núm. 3, (marzo de 2018), p. 172.

[22] Del tema y el caso se ha ocupado la doctora Lilia E. Bayardo Rodríguez en el artículo “En medio de un mundo en transformación: la Guadalajara de Alcalde”, que se publicó en la Gaceta Municipal de Guadalajara, t. vi, núm. 15, año 100 (24 de noviembre de 2017).

[23] En efecto, al tiempo de embarcarse a las Indias Occidentales, fray Antonio solicitó y obtuvo que dos hermanos de hábito del convento de San Pablo de Valladolid le acompañaran a su encomienda en Yucatán, y los presenta en una certificación de su puño y letra fechada en Cádiz el 26 de enero de 1763: “Fray Rodrigo Alonso, mi confesor, y fray Agustín Soto, compañero laico, ambos de mi Orden de Santo Domingo”. No tuvo fray Antonio los casi treinta años restantes de su vida personas con las que se relacionara más que con estos dos religiosos, y fue su confesor quien mejor le asesoró en la distribución de sus rentas episcopales. En 1778 Fray Antonio legó a cada uno, por partes iguales, 4 000 pesos, “a fin de que después de sus días se regresasen a Valladolid, de donde salieron”.

[24] Pedro Fernández Rodríguez, op, Los dominicos en el contexto de la primera evangelización de México, 1526-1550, Salamanca, San Esteban, 1994, p. 181.

[25] Cf. Fray Miguel Concha Malo, op, “Fray Antonio Alcalde, op, y los derechos humanos”, en Boletín Eclesiástico de la Arquidiócesis de Guadalajara, año xi, núm. 9 (septiembre 2017), p. 610.

[26] “Discurso oficial en el aniversario 478 de la fundación de Guadalajara”, en Boletín Eclesiástico de la Arquidiócesis de Guadalajara, año xiv, núm.3 (marzo, 2020) pp. 173 - 174

[27] cccp 6.

[28] Los entrecomillados inmediatos y la cita extensa que viene se tomaron de Fray Gerardo Arias, op, “Fray Antonio Alcalde, un dominico de fronteras”, en Boletín Eclesiástico de la Arquidiócesis de Guadalajara, año xi, núm. 9 (septiembre 2017), p. 604.

[29] Ibídem, pp. 604-605.

[30] cccp 7.

[31] cccp 8.

[32] Ibídem.

[33] Ídem.

[34] Ídem.

[35] cccp 9.

[36] Está citando la Carta Encíclica Fratelli tutti, núm. 225.

[37] cccp 9.

[38] Ibídem.

[39] Cf. Martha Elena Vallejo Macías, “Conoce el Papa Francisco causa de Fray Antonio Alcalde”, en Semanario Arquidiocesano de Guadalajara, año 22, núm. 1182 (septiembre 29, 2019), p. 14.

[40] Ibídem.





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