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Stravinsky en la Villa[1]

 

 

Robert Craf[2]

 

 

 

El texto que sigue, antecedido por un estudio preliminar que lo contextualiza,

se tomó de los diarios del director de orquesta Robert Craft (1923-2015),

quien da cuenta de una de las varias visitas que hizo a México

el compositor ruso Igor Stravinsky.

Aquí se resalta un dato singular y hasta conmovedor:

el guadalupanismo como visión intrínseca de la idea de México

de este revolucionario artista.

 

 

Stravisnky en México

 

Juan José Doñán[3]

 

La persona que muy probablemente llegó a ser el compositor más representativo o característico de la música del siglo xx, el ruso Igor Stravinsky (1882-1971), visitó repetidamente México, tanto por motivos profesionales como de descanso. Desde antes de realizar su primer viaje a nuestro país, el cual data de mediados de 1940, el famosísimo músico mantenía relaciones de amistad con algunos mexicanos conspicuos como era el caso del escritor Alfonso Reyes, a quien había conocido en Buenos Aires, cuatro años atrás, cuando don Alfonso cumplía una misión diplomática ante el gobierno de la República Argentina.

Otro de esos amigos era Manuel M. Ponce, contemporanísimo suyo (ambos habían nacido el mismo año) y a quien había tratado en el París posterior a la Primera Guerra Mundial, cuando el maestro Ponce estudiaba composición con Paul Dukas y Nadia Bulanger. Y entre aquellos que tenían poco tiempo de haber establecido relaciones profesionales y afectivas con él estaba nada menos que el compositor Carlos Chávez, quien fue precisamente la persona que, en su calidad de director titular de la Orquesta Sinfónica de México, que luego se convertiría en Orquesta Sinfónica Nacional, invitó por primera vez a venir a nuestro país al autor de La consagración de la primavera, con el propósito de que participara como director huésped de dicha orquesta.

Desde ese primer momento los viajes de Stravinsky a México se repetirían con frecuencia en las dos décadas siguientes, con lo que el susodicho pudo ir ampliando también su círculo de amistades mexicanas, así como también de otras personalidades afincadas en nuestro país. Profesionalmente Stravinsky regresó a México en 1941, es decir, apenas un año después de su primera visita, y lo hizo de nuevo como director huésped, algo que se repetiría de manera sucesiva en 1946, 1948, 1952, 1960 y dos veces en 1961.

Aparte de ello y de manera extracurricular, Stravisnky habría hecho otros viajes a México en plan de descanso y recreación, en varios de los cuales siguió cultivando un trato estrecho con viejas y también con nuevas amistades. Ése fue el caso de la familia Prieto Jacqué (la familia de origen del chelista Carlos Prieto y en cuya casa de la ciudad de México, en San Ángel, Igor y Vera Stravinsky fueron huéspedes en repetidas ocasiones), así como de algunos distinguidos republicanos españoles asilados en nuestro país, entre ellos el prestigiado musicólogo gallego Jesús Bal y Gay y la esposa de éste, la pianista madrileña Rosita García Ascot.

Por otra parte, existen también testimonios convincentes no sólo de la curiosidad, sino del interés genuino de Igor Stravinsky por la historia, la cultura, las tradiciones y la música de México, incluida la música popular, lo mismo en su vertiente vernácula que en las nuevas expresiones como era el caso, hacia mediados del siglo xx, del mambo de Pérez Prado.

Infortunadamente, hasta ahora no se ha hecho una investigación que, de manera puntual, documente de manera precisa y con la debida amplitud la relación que Stravinsky mantuvo con México a lo largo de varias décadas, aun cuando existan algunos buenos testimonios aislados o dispersos y los cuales siguen a la espera de la persona que, a partir de ellos y de otras fuentes a la mano (hemerográficas, bibliográficas, fotográficas, archivísticas e incluso orales), esclarezca y desarrolle el que sin duda es, si no un capítulo por contar de la vida cultural mexicana del siglo xx, al menos sí un apartado relevante de ella. Una buena ocasión para hacerlo es la que se va a presentar el año venidero, con la inminente conmemoración mundial por el medio siglo de la muerte de Stravinsky, quien se despidió de este mundo, a punto de cumplir los 89 años de su edad, el 6 de abril de 1971.

 

·      Visitas postreras

 

El testimonio más amplio y detallado sobre los tres últimos viajes que Stravinsky hizo a México en el plano profesional es el que se recoge en un par de libros (Dialogues and a Diary y Stravisnky: Chronicle of a Friendship) del director de orquesta neoyorkino Robert Craft (1923-2105), quien desde los años cincuenta se convirtió no sólo en el secretario particular del compositor, sino también en su confidente, en su representante legal, en su principal promotor artístico, en su acompañante casi permanente, en su factótum e incluso en una suerte de hijo adoptivo, así como en su legatario luego de la muerte del compositor.

            De forma pormenorizada, Craft hace una buena crónica, día a día, de las incidencias y peripecias al lado del compositor y de la esposa de éste (Vera de Bosset) en el México de los años 1960 y 1961, cuando estuvieron no sólo en la capital del país (donde dieron varios conciertos en el Palacio de Bellas Artes, con la presencia de la mujer del presidente de la república, Eva Sámano de López Mateos, y del entonces director del Instituto Nacional de Bellas Artes, el dramaturgo Celestino Gorostiza, quienes acompañaron a Vera Stravisnky) sino también de su visita a otros lugares de la república como Cuernavaca, Taxco, Iguala, Acapulco, Teotihuacán, Toluca, Tepotzotlán, cuya “iglesia churrigueresca” los Stravisnky habían conocido desde su primera visita a México en 1940 y desde entonces los había impresionado “más que cualquier otra en el mundo”.

En el relato aparece una fauna variopinta, entre la que destacan los ya mencionados Bal y Gay, el simpático chófer y cicerone del grupo (Vicente), así como el poeta, pintor, escultor y multimillonario escocés Edward James, fan de Stravinsky y un personaje singularísimo que había sido mecenas y amigo de varios surrealistas (entre ellos René Magritte y Salvador Dalí, que lo pintaron) y quien desde los años cuarenta se había afincado en México, cuando le dio forma al alucinante “Jardín del Edén” o “Jardín Surrealista” en un terreno de 37 hectáreas en el municipio de Xilitla en la Huasteca potosina, el cual ahora forma parte del patrimonio cultural y natural de ese estado.

Robert Craft destaca las repetidas visitas que hicieron a la Villa de Guadalupe, santuario al que el famoso compositor solía acudir desde su primer viaje a nuestro país, y donde se presentaba no como un turista más, sino como auténtico devoto mariano, pues, según el cronista, en esos viajes postreros a México quedó claro “que el fervor religioso de Stravisnky andaba adormecido, pero no estaba muerto”. En otro libro suyo (Stravinsky and Craft) dice que el compositor “solía rezar a diario, antes y después de componer, y también cuando encontraba dificultades”.

 

***

 

1960

 

1°de agosto

Durante nuestro vuelo a México, Stravinsky habla sobre Maximiliano y Juárez como un tema ideal para Verdi en su periodo de Don Carlos: “Imagina la escena con Maximiliano saludando con su sombrero a los soldados que van a fusilarlo, y la escena con Carlota volviéndose loca en el Vaticano”. Esos pensamientos son interrumpidos por un aviso de la aeromoza: “Hombres y mujeres pueden usar indistintamente el baño”. En el aeropuerto, Stravinsky es recibido por una comisión de compositores, un destacamento de soldados y varios autobuses repletos de escolares. Vamos hacia el Hotel Bamer en un taxi “cocodrilo”, llamado así por una fila de dientes puntiagudos pintados sobre negro en torno del auto, aunque sus evoluciones son más afiladas y peligrosas de lo que sugiere su emblema. El chofer disputa el centro de la avenida con un camión cuyos destinos son largos nombres aztecas sintetizados como “tls”, “tzs” y “xts”: Tlalnepantla, Azcapotzalco, Ixtapalapa.

 

2 de agosto.

 Más de la mitad de Bellas Artes está ocupada por estudiantes para nuestro ensayo matutino. Uno de ellos se acerca a Stravinsky diciendo: “Somos muchos los que estamos aquí para conocerlo, fui escogido para estrechar su mano en nombre de todos”. Stravinsky agradece desde el pódium el apretón de manos del delegado. Durante un intervalo, en seguida de mi lectura corrida de la suite Lulú, comenta que “Berg es básicamente un compositor temático; gusta de acariciar temas, de transformarlos así y asá. Pero el vibráfono permanece orinando en nuestros oídos por un tiempo ligeramente excesivo”. Están presentes los Bal y Gay (Jesús y Rosita), amigos de Igor y Vera Stravinsky desde 1940, tan amigos que en cuarenta años de matrimonio se han convertido en parejas gemelas. Refugiados de la España de Franco, poseen una galería en el Paseo de la Reforma. Cuando me presentan con ellos, intento conversar en una algarabía de italiano y español, pero no entienden una sola palabra; dejan que continúe hasta que dicen, en un excelente inglés, que no han entendido nada, nos reímos y nos hacemos amigos inmediatamente. Edward James aparece también. Su risa, como grito de un ave salvaje en la maleza, suena más extravagante aquí que en Hollywood.

            En la Villa de Guadalupe las dos construcciones principales se separan en una inclinación tan radical que, del portal delantero de cada una, la caída de la otra parece inminente. La plaza está repleta de indios arrastrándose de rodillas en dirección a la iglesia, avanzando centímetro a centímetro con evidente dolor, a veces con largas pausas entre un movimiento y otro, como pájaros cambiando de posición en una playa. Una mujer joven se apoya en el hombro de su hijo pequeño, él también de rodillas y cargando en brazos a un bebé. Stravinsky se impresiona y se molesta más tarde con la parodia de James: “Dios mío, perdona nuestros escurrimientos”. Stravinsky se arrodilla delante de la imagen de la Virgen, toca con la frente su cubierta de vidrio y enciende una vela en el santuario. Pero la peregrinación a la Villa de Guadalupe no aumenta el espíritu caritativo de Stravinsky que, al hojear el periódico de esta tarde, descalifica a un crítico neoyorquino como un “cangrejo, hasta camina de lado”, y describe una ópera de uno de les Six (Francis Poulenc) como “les Mamelles de ma Tante” (las tetas de mi tía). Sus palabras más gentiles fueron reservadas para su amigo el poeta mexicano Alfonso Reyes, al que conoció en Argentina en 1936: “Reyes era un hombre pequeño con una mujer enorme. Su rostro se parecía al de Burl Ives, pero su esposa se parecía aún más al resto de Ives. A pesar de sus estaturas, Reyes intentó cumplir con el rito nupcial y cargar a la novia para cruzar la puerta. No lo logró, pero siempre que me acuerdo de él, lo imagino intentándolo de nuevo”.

 

3 de agosto.

Un “Museo de la Revolución” se está construyendo en el Parque de Chapultepec, pero los trabajos se desarrollan en ancien régime, los albañiles pasan sus baldes de cemento de mano en mano, como bomberos del siglo xvii. El chofer que nos lleva de ahí hasta la pirámide astronómica en Tenayuca no tiene idea de cuál es el camino. Nos detenernos minuto tras minuto para obtener nuevas informaciones y, después de eso, siempre cambiamos de dirección radicalmente. En la ciudad de Tenayuca, las mujeres son las únicas criaturas, incluyendo a las mulas, que efectivamente trabajan: hay ancianas que arrastran pesados sacos, pasando por filas de jóvenes sentados sin hacer nada, mientras que sus abuelas recogen la ropa lavada y tendida sobre los cactos. La pirámide parece desproporcionadamente pequeña respecto de las serpientes de piedra enroscadas en el patio, cada una de las cuales pesa varias toneladas. Stravinsky la compara con un pastel pashka, pero ésta es más achatada, y sus líneas están gastadas o despintadas, como si hubiesen pasado mucho tiempo bajo el agua. Escalamos las paredes y nos introducimos por las catacumbas de la base. Detesto el mundo precolombino, con sus sociedades de estado esclavista, asolado por dioses y sacerdotes y sus crueldades indecibles; hasta a los héroes más grandes podían arrancarles el corazón. Creían que los sacrificados iban directamente al cielo. Permanece en el misterio por qué la civilización azteca no desapareció por su propia mano.[4]

 

4 de agosto

Ciudad de México. En nuestro concierto de esta noche, Vera Stravinsky se sienta en la platea principal, flanqueada por la esposa del presidente y por don Celestino Gorostiza, director de Bellas Artes. La orquesta toca el “Viva México” para Stravinsky, al final, es la “Diana”, distinción concedida muy rara vez, al torero más valiente.

 

 

1961

31 de marzo

Cuernavaca. Almuerzo en Las Mañanitas, en compañía, al final, de Edward James. Los jardines aquí son un aviario: garzas negras con copetes dorados; palomos con colas en abanico que parecen rehiletes, que me recuerdan las mallas ajustadas y largas de los pugilistas en la década de 1890; papagayos graznando en los arbustos; pavos desfilando como muchachas de Ziegfeld, pero emitiendo un grito estridente que suena como “Help”. Stravinsky dice que, en la Rusia de su juventud, ver un pavo a través de la ventana significaba muerte en la familia, ¿pero será que eso era un acontecimiento común?

A las tres de la tarde la muerte de Cristo –estamos en Viernes Santo– es conmemorada en la plaza por acólitos que visten hábitos blancos, flagelándose ambos lados de la espalda. Llegamos al Hotel Borda, en Taxco, al caer de la noche, cuando la luna, irguiéndose como un globo de observación de la Primera Guerra Mundial, es la señal para que los perros de los barrios cercanos comiencen un concurso interminable de ladridos, y para el inicio de una procesión a la luz de los cirios que, durante tres horas, desciende por los callejones adyacentes y se encamina por la oscuridad hacia abajo, agrandándose y encogiéndose como un acordeón. Prácticamente toda la población participa en la procesión, que se disuelve calles abajo de Santa Prisca para reunirse de nuevo a medianoche, en el convento de San Bernardino, para el acto final de la Pasión, que duró el día entero.

Nosotros mismos vamos a Santa Prisca hacia las once, llevados, a lo largo de las calles atestadas por un chofer, Vicente, un sujeto de complexión presuntuosa que odia su pasado de bandido. La iglesia. Vicente: “Aquí es Santa Prisca, ¿perciben lo que quiero decir? Está vacía, excepto por dos niños que pulen las columnas del altar (“no toquen el dorado”), que parecen haber sido exprimidas de tubos gigantes de pasta de dientes, e indias arrodilladas en las piedras desnudas del pasillo central, diciendo sus oraciones delante de un crucifijo cubierto con un velo púrpura transparente. Las paredes están cubiertas de corazones de plata, aureolas almendradas (vesica pisces) y retratos de puercos y vacas perdidos como exvotos.

A medianoche, la multitud frente a la entrada del convento está inmóvil y silenciosa. Adentro, a pocos escalones de la puerta, se encuentra una imagen de Cristo sin mortaja, con alas de ángel plateadas y una cruz negra que está atada con una cuerda a sus espaldas laceradas y sanguinolentas. Atrás de ella, frente al altar en el salón principal, se encuentra un monte Calvario con tres cruces de tamaño natural. La del centro está vacía, pero la escalera usada para el descendimiento está apoyada en ella, y tiras de lino penden de los brazos de la cruz; en las otras dos cruces hay efigies de cadáveres sujetos con clavos. En el piso hay una masa compacta de indios arrodillados, todos los rostros, salvo los de los niños que miran hacia los lados, petrificados. Súbitamente, un lamento extraño y sombrío surge de un órgano invisible y, a ese sonido se abre un camino estrecho de la puerta hasta la cruz del centro, que es atravesado por un adolescente con capucha negra y desnudo hasta la cintura, con una pesada cruz de cactos en las espaldas y cirios encendidos y amarrados a los puños de unos brazos abiertos como alas. Con gran esfuerzo, dolor evidente y el apoyo de cuatro niños, se arrodilla. Cuando las rodillas tocan el piso, el órgano deja de sonar, y el muchacho inicia un cántico largo y lento que gradualmente es acompañado por toda la congregación.

La ausencia de los sacerdotes –por todas sus señas exteriores, los padres que están oficiando bien podrían confundirse con guardias rurales– hace la ceremonia todavía más real: lejos de ser una encarnación de ideas virtuosas o la proyección de la aspiración de una humanidad más elevada, el dios de ese drama es el Ecce Horno, el hombre que sufre y muere, cuya muerte redime la vida de las personas allí arrodilladas. Más o menos una hora después del drama en el convento, un pelotón de indios jóvenes, usando las corazas y túnicas de los legionarios romanos, se reúne en la plaza para montar guardia delante del sepulcro. Al amanecer, una sirena como de ataque aéreo marca estridente el final de la vigilia. De regreso a nuestro hotel, una escena incongruente: Edward James pasa corriendo, perseguido por media docena de jovencitos que le pegan con los puños y con pedazos de madera. Sin duda intentó comprar a uno de ellos la noche equivocada Vamos a recostarnos bajo las nubes que parecen talladas en leche.

 

1° de abril

Mientras nos ayuda a dejar hoy el hotel, Vicente pregunta: “¿Tienen suficiente (léase “más”) equipaje?” En la carretera hacia Acapulco, las piedras y las trojes tienen pintada la frase “Muera Apurto” con pintura blanca. “Apurto es el gobernador del estado”, explica Vicente. “Los mexicanos somos un pueblo bromista, señor. ¿Entiende lo que quiero decir?” Cruces a la orilla de la carretera indican por todo el descenso hasta tierra caliente el destino trágico de los conductores descuidados y sin suerte, y en una curva peligrosa un ataúd de piedra se destaca en un lugar donde sería más útil un muro de contención. Los automóviles son menos comunes que los burros montados a pelo por los indios, como los apaches, pero los indios van sentados en los cuartos. Pasamos una mula vieja que lleva cinco niños en el lomo, y se le notan surcos profundos en el cuero.

En los valles, las barrancas áridas y sólo con cactos se ven aliviadas por la presencia del maíz, cuyos tallos se apilan en montones que parecen niños enormes. Puercos y vacas deambulan libremente, seguidos por los buitres. Y cuanto más se baja, más fragmentaria se va volviendo nuestra ropa. Vicente: “¿Tiene calor caliente, señor; entiende lo que quiero decir”? Cerca de Iguala, los indios a lo largo de la carretera venden cerámica, cestas, guayabas, chicle, periquitos y pulque (bebida fermentada de agave), sacudiendo cántaros en dirección de nuestro coche que pasa veloz y me recuerdan a padres con incensarios. Nos detenernos en una barraca a la orilla de la carretera, tiene techo de palma y hay ahí niños de ojos oscuros; tomamos agua de coco mezclada con ginebra, una combinación que, de retorno a la carretera, nos hace dormir hasta que Vicente anuncia: “Allá está Acapulco, ¿entienden lo que quiero decir?” Comida con Agnes de Mille. Crepúsculo rojo. Permanecimos mirando a los clavadistas que saltan de un peñasco altísimo a la orilla del mar.

 

7 de abril

Ciudad de México. Nuestro concierto en el Palacio de Bellas Artes: dirijo la Octava de Beethoven y el estreno mexicano de tres piezas de Wozzeck; Stravinsky dirige la Consagración (transmitida por televisión).

 

8 de abril

Coyoacán. Un desayuno de “queso y leche de la Virgen”, que compramos en el mercado y es un queso dulce de Oaxaca que es desenrollado de una bola blanca. Asistirnos a un casamiento en la iglesia de San Diego Churubusco, el cual incluye una versión de Apenas un corazón solitario, con tenor, violín y órgano, en tres distintas versiones al unísono; después el padre extiende el velo de la novia sobre la cabeza del novio y los unge con el óleo. Un mendigo nos extiende su vaso cuando salimos, tiene tras de sí, en la hoja interior de la puerta, el rostro y la barba de la imagen de Cristo.

Hasta Tepozotlán y la iglesia churrigueresca que Vera e Igor Stravinsky vieron por primera vez en 1940 y que los impresionó más que cualquier otra en el mundo. Los interiores de piedra rosada y oro reluciente son fascinantes. Las columnas de la nave están envueltas en terciopelo rojo y los ángeles blancos –fantasmagóricos dentro de esa moldura abundante de color–, pero lo inolvidable es la capilla de la Virgen de Loreto, en la cual un embudo que se va estrechando lleva a mirar, treinta metros arriba, hasta una paloma eucarística, de un blanco apabullante, reflejando un Dios más antiguo, el sol. Stravinsky señala que “es un útero recubierto de espejos, como todos los lugares de amor, como un burdel”.

 

17 de diciembre.

Ciudad de México. “Feliz Navidad”, anuncia el letrero de luces de neón, y los postes a lo largo de la avenida están decorados con hojas y flores artificiales de nochebuena. La Alameda, vista desde nuestros cuartos de hotel, es el bombón soñado por un niño: luces de oro, zafiro y rubíes; pero la maravilla de las maravillas es un ave del paraíso eléctrica que cambia de colores y posiciones tres veces por minuto. El organillo toca en la calle. El vendedor de globos está al lado del organillero. Un racimo de globos multicolores pasa flotando por nuestra ventana. En algún lugar de los alrededores explota una rueda gigante de fuegos artificiales.

“El pueblo mexicano tiene mucha “revolución”, señor, pero es pueblo muy feliz ¿Entiende lo que digo?” Eso, por supuesto, viene de Vicente, tan feliz de volvemos a ver y nosotros de verlo a él de nueva cuenta. Pasamos por un cine en que la cola para entrar es de cinco cuadras; comenta: “Las personas están formadas muchas horas, señor. Los mexicanos tienen mucho tiempo, señor”.

 

18 de diciembre.

Hoy, al finalizar las dos semanas de conmemoraciones de las apariciones milagrosas en la Villa de Guadalupe, un número incontable de peregrinos desfila hasta el santuario, llegados de lugares muy lejanos. Al frente de cada una de esas procesiones va una banda de cometas, violines, violones, platillos y tubas tocando melodías muy animadas. Atrás de los músicos vienen los estandartes con la imagen de la Virgen, llevados por niños que usan sayales negros de alguna orden religiosa, y atrás de ellos la gente común –indias de trenzas, en su mayoría, con criaturas a las espaldas y gladiolas en las manos–.

En la Villa de Guadalupe permanecimos al lado de una familia de indios arrodillados que movían los labios en oración; una de esas personas, una niña pequeña, recoge su vestido blanco de primera comunión que por unos cuantos centímetros no toca el piso, como si estuviera tomándose medidas, mientras su hermano, un niño con pies encallecidos y costras de mugre, aprisiona con fuerza un silbato de plástico verde como si fuese su único bien en el mundo. Un ómnibus lleno de turistas estadounidenses deposita su carga en la iglesia; al lado de los mexicanos, se ven tan pálidos como si sufrieran de alguna perniciosa anemia. “Todo mundo cuide sus carteras”, indica el guía gringo, mientras que  pasan corriendo nerviosos cerca del niño del silbato. Parece que ni siquiera respiran por miedo a los microbios y la superstición.

Una de las capillas exhibe una vitrina que contiene un santo embalsamado, de sotana color marrón, con piel de porcelana de Paros. Hay monedas y recados sobre el cuerpo, y cartas, fotografías, flores de cera y zapatos de bebé sujetos con alfileres en la pared posterior. En otra capilla, Stravinsky compra velas para colocarlas delante del altar; la mayoría de las que están se han ido derritiendo juntas. Los indios colocan sus velas en los pocos espacios libres que quedan y enseguida se postran a rezar con la cabeza en el suelo, como musulmanes.

 

19 de diciembre

En la iglesia de Santiago, construida sobre las ruinas de Tenochtitlán, blanca por dentro, los remates de los arcos negros están en estos momentos enroscados con coronas y festones navideños. El monje en la vitrina a la izquierda del altar debe haber muerto ahogado, a juzgar por su abotagamiento. Otro cadáver preservado parece una estatua. El tesoro de la iglesia es una talla de madera de Cristo preso, con un manto de un blanco puro con la orla en oro.

Vicente nos lleva a la Plaza de Garibaldi para oír a los mariachis, pero a los músicos, amigos suyos, tienen que traerlos de diversos bares. Usan trajes de terciopelo negro y sombreros de copa alta con orillas onduladas hacia el frente, y sus instrumentos son una clarineta, una trompeta y violines de diversos tamaños, de la minúscula vihuela al bajo grande. Por diez pesos, el vocalista canta el corrido de Pancho Villa, el corrido de Emiliano Zapata y “Guadalajara”. Mientras escuchamos este concierto callejero, un mendigo limpia nuestro coche.

Las próximas paradas de Vicente son el palacio rosado de Porfirio Díaz, una casa en ruinas donde Zapata vivió en 1914 –“Zapata no es una invención, señor”–, y el Zócalo. “Setenta templos aztecas había aquí, señor. No se sabe cómo movieron tantas piedras, pero creo que tuvieron una religión muy fuerte”.

 

20 de diciembre

Nuestro primer concierto en Bellas Artes. Dirijo Escenas de ballet y el Tango, de 1921, de Stravinsky, en su arreglo para instrumentos de viento.

 

21 de diciembre

Hacia Toluca, por una carretera escarpada y llena de avisos de “curva peligrosa”. Las contenciones son de árboles tupidos, tal y como eran cuando doña Fanny Calderón de la Barca hizo el mismo viaje, época en que el país estaba infestado de bandidos. El Nevado de Toluca, con la cima rodeada de nubes negras, se divisa claramente desde antes de llegar a la ciudad. La plaza es un parque de ahuehuetes, que, según Vicente, es un nombre equivocado, pues los españoles simplemente no son capaces de pronunciar “agua”; entendemos lo que él quiere decir cuando describe un grupo de edificios como parte de un “proyecto” habitacional. Las calzadas están llenas de cerámicas, sarapes, cestas y juguetes navideños.

En el mercado de Toluca, cuanto más viejas las indias, más peso parecen cargar. Una pobre vieja encorvada, los pies descalzos enrojecidos por el frío, va doblada bajo el fardo de musgo que bien podría resistir una mula. Las vendedoras ambulantes, más prósperas y más jóvenes, usan medias de lana de un azul luminoso combinadas con ponchos azules, sombreros de palma y armazones parecidas a escaleras y con cuerdas atadas a las espaldas. Los hombres no cargan nada y caminan ligeros. Las especialidades del mercado de comida son los churros (una masa de chocolate enroscada hecha cuerda), chorizo de cerdo, pavos desplumados para la cena de Navidad, pilas de frijoles secos, pimientos rojos, pescado frito.

Toluca todavía es azteca, según Vicente; y el pueblo de la montaña todavía cree en Tláloc, Huitzilopochtli, Quetzalcóatl. Una vida antigua indeleble e ininterrumpida sobrevive en esta áspera y montañosa ciudad de los tigres, conforme la llamaban los españoles, porque los valientes indígenas usaban cabezas y pieles de felinos salvajes.

Al regreso, Vicente diserta sobre tauromaquia: “El toro no llora como el hombre de verdad, señor. El toro es el único en la corrida que no quiere luchar, señor. La multitud quiere lucha. Y el matador. Entonces, ¿por qué las personas lloran tan alto cuando el matador es herido, señor, pero no lloran cuando el toro es herido?”

 

[Fue en el mes de diciembre de 1961 cuando Craft y los Stravinsky estuvieron por última vez en México. No volverían nunca más a dirigir conciertos en el país, por razones que el director estadounidense explica en el texto que añadió en 1994:]

 

Añadido en 1994

 El viaje a México, en la primavera, mostró que el fervor religioso de Stravinsky andaba adormecido, pero no estaba muerto, cuando, a mediados de los cincuenta, boicoteó a las iglesias rusas de Hollywood quejándose de que antes de que terminara de confesarse, el padre ya le solicitaba un autógrafo. (El Papa Juan xxiii, al final de una audiencia particular con Stravinsky en noviembre de 1958, también le pidió un autógrafo.) Stravinsky no sintió menos emoción que los indios en las ceremonias de Viernes Santo en Taxco. Nuestro regreso a México en diciembre fue intrascendente, no sólo porque el público potencial de los conciertos había dejado la ciudad por vacaciones, y así las funciones se dieron con las salas casi vacías, sino también porque veníamos viajando desde septiembre y estábamos saturados. El concierto estuvo tan mal administrado que dejamos México con disgusto y nunca más regresamos.



[1]  Fragmentos del libro Stravinsky: crónica de una amizade, de Robert Craft, editado por d1fel, Río de Janeiro, 2002, seleccionados y traducidos por Miguel Ángel Echegaray.

[2] Robert Lawson Craft (1923-2015) fue director de orquesta y grabó a lo largo de su carrera numerosas obras de los principales compositores de la Segunda Escuela de Viena, la conocida tríada Schoenberg-Webern-Berg, aunque el grueso de sus esfuerzos se lo llevó la obra de Igor Stravinsky, de quien fue asistente y colaborador durante más de dos décadas.

[3] Maestro en letras, escritor y columnista jalisciense, con una larga experiencia en la crónica y al ensayo.

[4] No obstante, sus fobias, Craft habría de volver con Stravinsky en dos ocasionas más a México (nota del traductor).



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