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José Sabás Reyes Salazar. Vida ordinaria, martirio estetizado

José de Jesús Hernández López[1]

 

 

Las circunstancias que privaron de la vida al vicario parroquial de Tototlán,

don Sabás Reyes, en el marco de la Guerra Cristera,

revisten rasgos de brutalidad insólita y de mansedumbre absoluta

que se analizan aquí desde un solo punto de vista.[2]

 

Introducción

 

Si el objetivo fuera hacer una biografía histórica de José Sabás Reyes Salazar, el punto de partida podría moverse de la fecha de su nacimiento en 1883 a la fecha en que se promulgó la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, a saber 1917, dado que para muchos estudiosos del fenómeno cristero ese acontecimiento explica lo que años más tarde, con mayor fuerza en algunas comarcas que en otras, se conocería como la revolución cristera, consistente en el enfrentamiento entre dos fuerzas ideológicas, además de políticas y económicas: el gobierno mexicano y un representativo sector de la Iglesia católica mexicana.

            Para otros, el alzamiento de rancheros alteños bajo el lema de “Por Dios y por la Patria” y “Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe” debe extenderse hasta la mitad del siglo xix, a la época juarista de las leyes de Reforma, dado que uno de los argumentos tras bambalinas de la lucha “por la defensa de la fe” era en realidad la defensa de la tierra repartida según usos y costumbres de los propios alteños, pero más en concreto la defensa de la propiedad eclesial amortizada. Se trataba de una contestación directa a la injerencia del gobierno mexicano en la cultura y organización de las sociedades alteñas: “¿Quién otorgó autoridad al gobierno para repartir lo que ya los propios alteños repartían?” Pero también de un enfrentamiento entre el clero, con conocidos privilegios, y un gobierno interesado en la construcción de un Estado con capacidad para controlar e intervenir en ámbitos que en otro momento eran asunto de incumbencia de los particulares.

En este documento la aventura es escribir desde el presente para el presente, pero con la escasa información que se tiene sobre un personaje particular, cuya muerte aconteció durante la Guerra Cristera en una pequeña localidad donde no hubo ni concentración de pobladores, ni era un punto clave en la lucha, ni contaba con población o producción de algún tipo que la hiciera un foco de interés para ambos bandos.

Quien esto redacta lo hace desde Los Altos de Jalisco, una de las sociedades más profundamente marcadas por la Guerra Cristera, época que alentó más los valores identitarios promovidos por la Iglesia. En la porción geográfica conocida como Los Altos nacieron, realizaron su ministerio o murieron algunos de los llamados santos cristeros, entre ellos Sabás Reyes.

Los argumentos que aquí se exponen consideran importante dimensionar la forma como se presentan las virtudes heroicas de un santo en un contexto histórico marcado por escándalos que cimbran a la Iglesia desde dentro con respecto a las acusaciones relacionadas con conductas poco honestas por parte de sacerdotes y el descrédito creciente de esa figura. Se menciona por ejemplo el caso de Marcial Maciel o cierta premura por canonizar a Juan Pablo ii, quien beatificó y canonizó a algunos de los muchos mártires de la lucha cristera, pero que al mismo tiempo es un actor importante a considerar en estos precisos momentos en que sale a la luz más información con respecto al fundador de la congregación de los Legionarios de Cristo.

Es un contexto comprometedor, en el cual no puede hablarse de la santidad de unos personajes desconociendo la necesidad que al interior mismo de la Iglesia católica se tiene de valorizar la cotidianidad de vida de hombres y mujeres, donde aventuro que los escándalos serían menos dolorosos que esos en los cuales se ven involucrados miembros de la cúpula de la propia Iglesia. Por un lado se exhiben conductas harto mundanas de los sacerdotes, y por otro ciertos interesados promueven la figura doliente y comprometida de los curas cristeros.

Por si lo anterior fuera poco, este 2010 es también el año de la conmemoración de los 200 años del inicio de la Revolución de Independencia y los 100 años de la Revolución mexicana, efemérides que no pueden pasar inadvertidas si se toma en cuenta que se trata de una serie de acciones gubernamentales para contribuir a la formación de la identidad nacional con base en sus propios santos, a saber los forjadores de la patria.

Por considerar relevante el paso de la producción de grandes hombres a la valorización de sujetos de la vida cotidiana, comparto esta reflexión.

 

1.    Una vida ordinaria

 

Como en muchos relatos míticos, épicos o epopeyas de diferentes partes del mundo, los narradores tienden a destacar y a agrandar características que aderecen aquellas historias y sirvan como contrastes para definir y diferenciar a “los buenos” de “los malos”. Ese tipo de recurso literario funciona como un medio para un fin moralizante, esto es, una moraleja como argumento pedagógico-formativo del público que lee, escucha o conoce, por ejemplo, la vida de un personaje. Algo similar sucede con algunos de los mártires del catolicismo, para el caso particular del sacerdote Sabás Reyes, testimonio de fe durante la revolución cristera, quien fuera canonizado por el papa Juan Pablo II junto a otros mártires de la fe en 2000.

Sin ánimo de analizar cómo se construyen ese tipo de narraciones, quiénes las construyen y cuáles son sus efectos, la pretensión de este documento es reflexionar sobre dos fenómenos que están relacionados directamente con lo antes mencionado: la falta de interés por la vida ordinaria del personaje y la generación de una mercancía a través de exagerar el sufrimiento de un mártir.

Las biografías existentes sobre Sabás siguen un patrón fácilmente identificable: una infancia difícil marcada por la pobreza, dificultades para alcanzar las metas de su proyecto de vida y, al final, un martirio excepcional.

Pocos datos se conocen sobre la vida de José Sabás Reyes García, originario de Cocula, Jalisco, donde nació en 1883. Aparentemente su vida transcurrió como la de cualquier mortal. La necesidad familiar de mayores ingresos económicos fue el detonante de su migración temprana a la ciudad de Guadalajara, donde todavía siendo Sabás un infante contribuía a solventar los gastos del hogar como voceador de periódicos. Motivo por el cual, dicho sea de paso, ha sido considerado por un grupo de comunicadores jaliscienses denominada Unión Libertaria de Voceadores de Jalisco, como patrono de los voceadores, periodistas y comunicadores.

En su adolescencia Sabás ingresó en el Seminario de Guadalajara. Las descripciones que se hacen de esta etapa de su vida difieren: hay quienes lo consideran un destacado estudiante y quienes sostienen que contaba con “cortas facultades en el campo del saber”, motivo por el cual se complicó su ordenación como clérigo en la diócesis tapatía. Ello le obligó a viajar a la diócesis de Tamaulipas, más necesitada de sacerdotes y, por ende, con mayores posibilidades de ser ordenado sacerdote. Esta meta la consiguió en 1912, a sus 28 años de edad.

Tamaulipas y Veracruz fueron sus primeros destinos como presbítero. Dos años más tarde, en un contexto de persecuciones religiosas en Tamaulipas, el sacerdote solicitó permiso para trasladarse a la diócesis de Guadalajara. Tras la autorización, ejerció su ministerio en las localidades de San Cristóbal de la Barranca, Plan de Barrancas, Hostotipaquillo y Atemajac de Brizuela.

A los 35 años de edad, es decir en 1919, se le envió a la parroquia de Tototlán. Primero se responsabilizó de rancherías y en 1921 de la cabecera del curato. De su ministerio se recuerda que se enfocó en la pastoral de niños y jóvenes desde tres pilares: 1. Educación formal, ya que impartía o promovía el conocimiento científico, 2. Humanidades, artes y oficios, 3. Formación religiosa, en específico la catequesis como preparación para la recepción de sacramentos.

Otras importantes virtudes son igualmente rememoradas por quienes ahora son ancianos pero en aquel momento fueron niños a quienes les tocó recibir su auxilio o simplemente fueron testigos de la calidad humana del ahora santo. Sobresale el entendimiento que tuvo durante el conflicto de sus funciones como pastor, estoico y fiel guardián de la feligresía. Una de las acciones más recordadas es su exhorto a la población de no asumir reacciones violentas contra las instituciones del Estado, en específico contra la alcaldía y su acervo documental.

Por su renuencia a huir o escapar durante los periodos críticos de la persecución religiosa, fue atrapado y considerado un conspirador por un grupo de soldados que buscaba mantener bajo control la comarca entre Ocotlán y Atotonilco. Luego de un tormento de varias horas –según las descripciones, se asemeja a la narración del suplicio de Jesús de Nazareth: amarrado a una columna fue flagelado y desollado, una inmolación prolongada que muestra la barbarie de los victimarios, enaltece el espíritu de sacrificio del futuro santo y permite utilizar las imágenes como escarnio público o como una lección de catequesis– murió. Era el año de 1927.

 

2.    Un martirio de película

 

Insisto en que más allá de discutir sobre la construcción de la realidad, es decir sobre cómo se representa y alimenta en el transcurso de los años la memoria de un acontecimiento histórico tan lamentable como es la muerte de un ser humano por motivos de su fe, de sus convicciones, de su compromiso social, ideológico, religioso, interesa reflexionar ¿qué está pasando con el “santo de los voceadores”?

La figura de Santo Sabás está siendo reinventada, y ante la escasez de datos biográficos o incluso a pesar de los que se conocen, se está poniendo el énfasis en un martirio que es descrito, narrado y proyectado (en septiembre de 2010 se estrenó una película sobre su vida, enfatizando igualmente el martirio) con un sesgo que considero más cercano a la sensibilización y al interés por provocar efectos diversos en los católicos que al apego a cómo sucedieron realmente los hechos. Sobre su vida cotidiana todavía se sabe poco, pero interesa lo mismo, porque el punto clave es esa suerte de privilegio a sobredimensionar el martirio.

Distintos investigadores, entre ellos el japonés Shinji Hirai, han analizado las “economías políticas de la nostalgia”, a saber, la manera en la cual se promueve el consumo y se incentiva la producción de mercancías regionales alusivas a cultura material, tradiciones y otro tipo de expresiones culturales del lugar de origen de los migrantes radicados principalmente en Estados Unidos. Esos paisanos pasan a ser un nicho de mercado tanto de los productos artesanales como de los más comerciales, que prácticamente ya son elaborados para incentivar su consumo.

De manera similar, aquí hablaré de la existencia de una especie de economía política de la martirización. En específico se documenta cómo el martirio utilizado como una imagen “instructiva” para la edificación del público o como un referente de la vivencia de la fe, sin dejar de ser un símbolo sensibilizador de acontecimientos históricos, sufre un efecto estético, pero que no consiste en embellecer el tormento sino en el hecho de que al considerar de manera privilegiada enfatizar sólo el martirio, éste se exagera. Se expone el sufrimiento humano estéticamente como un medio para sensibilizar el consumo de los feligreses. Así entonces, sin dejar de ser un factor de identidad regional y una forma de catequizar, la “estetización del martirio” también produce efectos ideológicos y económicos que no son casuales.

De manera desagregada, en la “estetización de la martirización” encuentro tres características intercaladas: la construcción hollywoodesca del martirio, la generación de mercancías basadas en la imagen del Santo, y la necesidad de ligar ambas características con una tercera, la promoción de una identidad regional marcada profundamente por la revolución cristera. El orden puede ser el inverso, lo que importa es entender el vínculo construido entre los factores: cultural, económicopolítico y el estético-ideológico.

 

3.    La construcción hollywoodesca del martirio

 

Se trata de un recurso estético o de cosmetización de la realidad. Es preciso recordar que la estética implica tanto el estudio de cómo se construye lo bello como de aquello que no lo es, o sea que considera también la fealdad. En ese orden de ideas, en lugar de un embellecimiento de manera innecesaria de acontecimientos comunes y corrientes para volverlos excepcionales, pero sin desviarse de la misma lógica, se exagera el martirio presentándolo de forma cruenta, dolorosa. Mientras más inhumana sea la imagen proyectada, mayores serán los efectos que se provoquen. El énfasis visual, auditivo o literario se centra en el sufrimiento experimentado por el personaje, con la finalidad de sensibilizar, aun a costa de mucha irracionalidad, porque ¿qué sentido tiene sólo detenerse en imágenes que muestran lo deplorable de la naturaleza humana sin provocar reflexiones para entender lo mejor posible lo sucedido, evitar nuevos acontecimientos de ese tipo y, por el contrario, construir otro tipo de escenarios?

 

4.    Productos mercantilizables

 

Quienes se apropian de la historia, la reinventan y la cuentan vía producciones bibliográficas, audiovisuales o fílmicas son ciudadanos comunes y corrientes, aunque también aparecen otros ligados a instituciones religiosas, para quienes la difusión de un mensaje con tales características justifica la obtención de lucro. Esto ha echado a andar una impresionante maquinaria productora de souvenirs religiosos, entre los cuales destacan cuadros, playeras, gorras, stickers, una película, etcétera. Se trata de un acontecimiento nada novedoso si sólo se tiene en la mira el hecho que desde hace mucho tiempo las imágenes de la Pasión de Cristo cuentan con un mercado siempre demandante; empero, la particularidad de estos fenómenos –la cual considero fue inaugurada con la película La pasión de Cristo de Mel Gibson (2004) – es que existe una impresionante campaña publicitaria para posicionarlos en el gusto de los consumidores como si se tratara de cualquier otro estreno de cartelera.

 

5.    Factor de identidad

 

Las declaratorias de beatos y santos regionales bajo el pontificado de Juan Pablo II representaron un viraje de la Iglesia católica: se pasó de considerar sólo lo “universal” (eso significa “católico”) a “lo regional”. El argumento es comprensible en un mundo globalizado: es más fácil contar con referentes cercanos que universales. Un migrante mexicano en promedio se identifica con cierta naturalidad con personajes más cercanos como Santo Toribio, el “Santo Pollero”; la probabilidad de que un periodista o voceador jalisciense se sienta identificado con Sabás Reyes es mayor. El vínculo afectivo y comercial es más intenso con un individuo con quien el distanciamiento en tiempo y espacio es menor.

Para una persona oriunda de Los Altos de Jalisco, sea que radique en su lugar de origen o su condición sea la de migrante, la identificación con un santo alteño es más probable. Para un migrante, por ejemplo, además de los valores nacionales están los valores religiosos y ciertas figuras, iconos representativos de su región de origen, los cuales se distinguieron por su vivencia y profunda convicción católica.

Así entonces, alentar la identidad regional con base en estos iconos y en esa forma de presentar a los santos cristeros, es decir, finalmente como víctimas de un gobierno, y forzando las cosas de manera similar a lo que sucede con los migrantes vistos como víctimas de un gobierno incapaz de generar mejores oportunidades laborales y de vida en el propio país, es seguro que contribuya a la identidad regional y al consumo de mercancías alusivas a una posición identitaria, que es también una postura ideológica frente al gobierno.

 

Conclusión

 

Todas las sociedades en todos los tiempos han requerido de intermediarios entre el cielo y la tierra, entre lo conocido y lo desconocido. Los santos, así como los héroes patrios o los ancestros que posibilitaron mejores condiciones de vida para la parentela, son esos personajes-símbolo de la ruta que deben seguir las futuras generaciones.

En ciertos momentos de la historia, las hazañas excepcionales eran requisito indispensable para ser elevado a los altares; la producción de grandes hombres —en estricto sentido: más de varones que de mujeres— es una constante en la historia de la humanidad.

Si la reconstrucción biográfica que la posteridad hace de sus figuras estelares sea más ficción que realidad y que los sucesos históricos acaecidos de cualquier manera en torno a ellos se diluyan, al grado que rememorar el pasado se vuelva secundario con tal de diseñar un pasado estético, eso no nos exonera de reflexionar en torno a la construcción –como es el caso presente– de la fe basada en valores y símbolos regionales, ni del análisis de las formas en las cuales las relaciones mercantiles avanzan hacia espacios que en otro momento hubieran sido impenetrables.

Sabás fue un hombre sencillo –convendría resaltar la inocencia y apacibilidad con que miraba el mundo–, pero es menos atractivo que contemplar como espectador consumista el estetizado suplicio que se le está construyendo.



[1]Abogado, con maestría en letras de Jalisco, ha incursionado en el periodismo, en el estudio del federalismo y en temas relativos a su patria chica, San Ignacio Cerro Gordo.

[2] Este Boletín agradece al autor de ese texto su absoluto interés por que se publicara en estas páginas lo que originalmente vio la luz en una obra colectiva: Templos y mártires alteños, historia y cultura regional, Guadalajara, Universidad de Guadalajara-Centro Universitario de Los Altos, 2012.



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