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Fray Antonio Alcalde, Obispo de Yucatán

Adriana Ruiz Razura[1]

 

El Siervo de Dios fray Antonio Alcalde,

espejo de obispos, en los siete años que pasó

administrando la extensa diócesis de Yucatán

obtuvo allí la experiencia y los arrestos

para la obra que acometió como obispo de Guadalajara

los restantes 20 años de su vida.

Al conocimiento de aquella básica y poco estudiada etapa

abona el estudio que sigue.[2]

 

 

La circunstancia que hizo arribar a tierras americanas al religioso dominico fray Antonio Alcalde descansa en una leyenda –que a veces son más historia que la historia– que describe el accidental encuentro del Rey de España Carlos iii con el Prior del convento de Jesús María en Valverde, suburbio de Madrid, entre septiembre de 1760 y junio de 1761, al que visitó en su celda, de ajuar miserable, aunque su escritorio incluía el más extraño de los adornos, una calavera. Que eso y el semblante venerable y humilde le dejaron tan profunda impresión, que necesitado de presentar al Papa un candidato para la mitra de Yucatán, vacante desde el 20 de julio del primero de estos años, por el deceso del obispo Fray Ignacio de Padilla y Estrada, ofm, indicó a su ministro, conocedor del lance, “Nombre usted al fraile de la calavera, precisamente”.[3]

Este dato, que conocen todos los que se hayan acercado a la más elemental de las semblanzas biográficas del personaje, siendo además de legendario, impreciso, vale también para su trayectoria como obispo de Yucatán, pero no por falta de fuentes, sino de investigación sistemática, reducida hasta el presente a la descripción de su estancia alló, que espigó de los archivos de la Curia yucateca, hacia 1892, un sucesor del fray Antonio en esa sede, el erudito mayista don Crescencio Carrillo y Ancona, que le dedicó el libro.

Con la encomienda de aprovechar una estancia corta en la hermosa tierra “del faisán y del venado”, como la llamó Antonio Médiz Bolio, me di tiempo para rastrear fuentes primarias en los archivos de la península, relacionadas con el trabajo del fraile dominico como mitrado de Yucatán.

Conocí y aproveché el Archivo Histórico de esa Arquidiócesis, ubicado en el antiguo convento de San Francisco de Asís en Conkal, nada lejos de Mérida, y encontré verdaderos tesoros, firmados por el “Ilustrísimo y Reverendísimo Señor don Fray Antonio Alcalde, Maestro en Sagrada Teología, del Orden Sagrado de los Predicadores, dignísimo Obispo de la provincia de Yucatán”,[4] que sirven de cantera a este artículo.

 

***

 

Sabido es cómo al tiempo de ser presentado, ateniéndose a la calidad de su persona, virtud y letras, como obispo de Yucatán, por Real Cédula de Carlos iii expedida el 21 de noviembre de 1761, Fray Antonio apenas había sido nombrado prior del importante convento de su Orden en Segovia, luego de haber ejercido este oficio durante diez años en el de Jesús María de Valverde, nominación aquella a la que hubo de renunciar.[5]

Accediendo a la petición del Soberano, el Papa Clemente xiii despachó, el 29 de enero de 1762, la bula del nombramiento episcopal que se le sugirió, haciendo posible que el Monarca español expidiera desde El Pardo, el 14 de marzo de 1762, una ejecutoria dirigida “al Gobernador y Capitán General de la Provincia de Yucatán, y otros cualesquiera Jueces y Justicias de ella” relativa al oficio que se esperaba cumpliera a satisfacción de los intereses del Reino el administrador de los diezmos, frutos y rentas de la Iglesia peninsular indiana.

            El Rey informa de su voluntad para que se facilite al electo la posesión de su oficio como obispo y prelado que aquella circunscripción eclesiástica y que como tal se haga cargo de administrar la parte de los diezmos, frutos, rentas y réditos que le corresponden, haciendo hincapié en que no se le estorbe ni impida la cobranza de los derechos y rentas reales.[6]

Aún tendrá que pasar casi un año para que Fray Antonio arribe a la Cartagena de Indias, donde será consagrado el 8 de mayo de 1763 e inmediatamente después, con la celeridad posible en ese tiempo, embarcarse para Mérida, de cuya Catedral tomará posesión el 1º de agosto siguiente y desde donde ejercerá su jurisdicción en un territorio que, además de la península de Yucatán e islas adyacentes, se extendía a Belice, el Petén-Itzá y Tabasco.[7]

Entre las acciones que acometió de inmediato, el 10 de diciembre de ese año, estuvo la consagración de la Catedral de San Ildefonso. En el edicto donde notifica a su clero esta noticia, aprovecha para recordarle que

 

las iglesias son templos y casas de Dios donde debe ofrecerse el Santo Sacrificio del Señor (...) para consagrar el tabernáculo con la mesa del Altar y demás utensilios para el Divino culto y que solo los sacerdotes y levitas revestidos con vestiduras trabajen los sacramentos y ofrezcan oblaciones al pueblo, así los reyes de los hebreos como los príncipes cristianos romanos tuvieron en grande veneración las basílicas que ellos mismos hicieron fabricar y pusieron que fuesen inmunes libres de todo estrépito y negocio vulgar, para que así solamente fuesen casas de oración y no de comercio humano ni de otro uso; previniendo fuesen severamente castigados los que en ellas hicieran o tratasen cosas sacrílegas”.[8]

 

La bien ganada fama que el Obispo Alcalde tendrá como modelo de honestidad, justicia y obediencia a la voluntad divina la enfatiza, al escribir su biografía, quien a la vuelta de un siglo le sucederá en esa mitra, don Crescencio Carrillo y Ancona. Lo describe afable y sencillo, de hermoso candor y con la amabilidad de un niño, pero en las cuestiones de administración y gobierno severo y rígido, dando cuenta de la atención que puso a la recaudación rezagada del diezmo y de las medidas de apremio que tomó para ponerle remedio, que es como decir que fue implacable con la impunidad. Esto lo sabemos por el edicto del 10 de diciembre de 1763, que consultamos en la parroquia de Izamal, reflejo claro de su pensamiento:

 

Oíd a San Agustín –recuerda a los beneficiados y jueces eclesiásticos–, quien dice que son los diezmos unos tributos de las ánimas necesitadas y si los pagáis entera y debidamente no solo recibiréis abundancia de frutos, sino también salud de alma y cuerpo; pues nuestro Dios y Señor, que todo nos lo da, se ha dignado pedirnos los diezmos no para sí, sino para que les aproveche a los mismos que los pagan, y si es gravísimo pecado el retenerlos y retardarlos, cuánto mayor será el no declararlos ni satisfacerlos, ya que satisfaciéndolos podéis merecer premios espirituales y temporales. No queráis por vuestra avaricia privaros de tan grandes beneficios, sabed que es justísima la procedencia de Dios y que sino quisiereis darle el diezmo que os pide, hará que vosotros mismos seáis el diezmo, y lo que no quisiereis dar a los sacerdotes y demás ministros del altar, hará que os lo quite ya el ladrón, ya la mala cosecha y padecerán esterilidad vuestras siembras. Guardad y depositad en vuestras memorias esta amonestación, para que por unos tan cortos bienes temporales logréis tantos beneficios eternos.[9]

 

            Al no tener suficiente información acerca de las condiciones en que se encontraba su diócesis, decidió visitarla. Localizamos información acerca de dos largas visitas que realiza durante seis años por su extenso territorio. Aquí no cabe el dicho de que se le vería “cada venida de obispo”. Estos viajes debieron haber sido un verdadero reto para un hombre de su edad y bajo condiciones muy difíciles, caminando por brechas, soportando un calor terrible al que no estaba acostumbrado.

Preparaba sus visitas, como se estilaba entonces, remitiendo propios a las cordilleras o rutas, con el acta de la visita, enlistando los requerimientos necesarios para el mejor aprovechamiento de su visita pastoral. Estas cordilleras también se enviaban traducidas al maya, para así evitar malas interpretaciones. Y así, en 1764 emprende su primer viaje:

 

Señores míos: determinando los Santos Padres y Concilios, justamente guiados de la Soberana Luz del Espíritu Santo, que todos los prelados y pastores estuviesen obligados en cada año, o todas las veces que les pareciese o fuese necesario, hacer Visita General e inquisición de la vida y costumbres del estado de las iglesias, ermitas, cofradías, obras piadosas y últimas voluntades, por sí o por tercera persona, con determinación de hacer la visita he resuelto salir de esta ciudad el día 7 de enero del año venidero de mil setecientos sesenta y cuatro, con ánimo de seguir la visita en los lugares por el orden que van colocados en la margen[10] y dirigiéndose el fin de mi trabajo al cuidado de las almas, que consiste en estar en gracia y caridad, apartados de todo pecado, especialmente los públicos y escandalosos como más ofensivos de la Divina Majestad, lo que se consigue por el medio de la extirpación de vicios, corrección de las costumbres, establecimiento de las virtudes, aumento del aseo y culto divino…[11]

 

            Posteriormente realizó, en septiembre de 1765, una visita a los curatos de indios de San Cristóbal y Santiago, y en el informe rendido señala la mala administración de los sacramentos debido a que el cura estaba ciego y enfermo. Instruye para que se nombre un coadjuntor que administre los libros parroquiales, para que del cobro de las obvenciones y derechos parroquiales tome para sí su salario y atienda la manutención decente del cura además de reparar el descuido del estado de los vasos y relicarios y la sacristía; de no cumplirlo en el término de dos meses, tendrá una pena de 25 pesos.[12] Este mandato se encuentra también escrito en maya, para que todos conocieran las instrucciones emitidas.

            Más adelante localizamos un documento fechado en Mérida el 9 de febrero de 1769 donde menciona el itinerario de su segunda visita a 28 poblaciones: Conkal, Mocochá, Motul, Telchac, Cansahcab, Dzizantún, Temax, Kaua, Dzonot, Espita, Kikil, Tizimín, Calotmul, Navalam, Chancenote, Xcambalona, Chemax, Tekuch, Valladolid, Sical, Chichimila, Tixcacalcupul, Uayma, Izamal, Teya, Tecanto, Cakalchén y Tixcocob. Ahí señalaba lo que debían tener preparado las distintas iglesias al ser visitadas, haciendo hincapié en excusar las demasiadas profusiones en sus mesas, procurando siempre la mayor moderación de estos gastos: nada de “bocados de cardenal”.

Se menciona que los curas debían presentar un padrón de los niños por confirmar, de los sirvientes de los conventos, de la iglesia, del número de cofradías con sus destinos y ocupaciones, de los maestros de escuela y sueldo por su trabajo y un listado de ingresos.

Estas visitas aprovechaba Fray Antonio para entregarles la lista de aranceles y obvenciones, para la percepción de derechos parroquiales, como la que presentó en la provincia de Tabasco, donde se mencionaba, por ejemplo, que por “un Bautismo de español o mestizos darán los Padrinos cuatro reales de capillo para la fábrica de la iglesia, cuatro reales de limosna para el Cura y dos reales para el Sacristán; por un Bautismo de negro, mulato o indio laborío, dará tres reales, y por un Bautismo de indio tributario cuatro reales de limosna”.[13] Claramente se anotaban en estas listas los aranceles por casamientos, entierros, dobles de campana, vigilia y Misa, sepultura, por ataúd o andas, misa rezada y otros. Finalizaba el documento advirtiendo a los curas que debían entregar con veracidad sus ingresos, so pena de ser severamente castigados.

Durante su mandato, Alcalde vive otro momento muy significativo al recibir la Real Cédula del 10 de marzo de 1767 acerca de la expulsión de los jesuitas de los reinos españoles, que tuvo efecto el 6 de junio de dicho año, “recogiéndose los religiosos que había en el Colegio de esta ciudad (Mérida) como los que se hallaban en la residencia que tenían en la villa de Campeche, secuestrándose todas sus temporalidades, sin que por este hecho haya resultado algún movimiento ni en el clero ni en los vecinos de esta Diócesis; todos fidelísimos vasallos veneramos la Real determinación de Vuestra Majestad”.[14] Envía el 21 de noviembre un informe al Rey sobre la aplicación de los bienes que tenían en esa provincia los Religiosos de la Compañía de Jesús y de sus Colegios, así como del cierre de las cátedras que impartían en la anterior Universidad de Mérida en Yucatán, fundada en 1624,[15] donde se impartían dos de Gramática, una de Artes, y otras de Teología Escolástica, de Moral y de Cánones.

Con el espíritu práctico que lo caracterizaba, propone sabiamente que se utilice el Colegio Tridentino y se le conceda el privilegio de Universidad aplicando los mismos estatutos de la Universidad de México, lo que consideraba “muy necesario para estímulo de la Juventud, según conozco el genio de estas gentes, y con este arreglo quedarán los estudios en esta provincia”.[16] Seguramente la respuesta del Rey, enviada seis meses después desde Aranjuez el 6 de mayo de 1768, lo llenó de júbilo. En ésta, autoriza se erija la Universidad en el Colegio Seminario Tridentino, conforme los estatutos de la de México, y se forme una Junta compuesta por el Reverendo Obispo, para que los grados mayores y menores se puedan dar sin limitación alguna en el expresado Seminario.[17]

Hay que comentar que pasaron 50 años antes de que esto fuera una realidad, ya que sólo el 18 de marzo de 1824 se instaura la Universidad en Yucatán, precisamente en el Seminario Tridentino Conciliar de San Ildefonso como lo había propuesto Alcalde.

Mientras Fray Antonio trabajaba incansablemente en su diócesis, el Arzobispo de México don Francisco Antonio Lorenzana convoca al iv Concilio Mexicano, a realizarse en enero de 1770 y al cual acudió el dominico. Desde ahí envió un comunicado fechado el 13 de marzo de 1772, donde señala varios Breves Apostólicos concedidos para el Obispado de Yucatán en relación con el ejercicio de los Divinos Oficios con la Santa Iglesia Metropolitana de México, para no apartarse un ápice del calendario que observa la dicha Santa Iglesia Metropolitana y que así lo haga y ejecute el clero del Obispado yucateco.[18]

A principios de agosto, en pleno Concilio, circularon las noticias llegadas de España acerca de que el Arzobispo de México ascendía a la sede primada de Toledo, el de Puebla pasaría al Arzobispado de México y el de Yucatán pasaría al Obispado de Guadalajara. Obedeciendo Alcalde la suprema orden de dejar la diócesis de Yucatán, inmediatamente toma las providencias necesarias para pasar a su nueva sede al término del Concilio, y no regresó ya a Yucatán.

Termino con las palabras de Carrillo y Ancona, miembro por cierto de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, quien escribió en 1886:

 

Dejó en las angustias más dolorosas, como de inconsolable viudez, la Santa Iglesia de Mérida, que perdía aquel tesoro de inmenso valor a los diez años de poseerle, sin quedarle a los hijos de Yucatán otro consuelo que el de llamarse hijos primogénitos del padre a quien lloraban.

 

 



[1] Doctora en Humanidades y Artes, profesora investigadora de tiemplo completo de la Universidad de Guadalajara. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores, preside la Benemérita Sociedad de Geografía y Estadística del Estado de Jalisco en el bienio 2020-2021.

[2] Este Boletín agradece a la autora de este artículo la ocasión de divulgar en sus páginas una investigación inédita de contenidos más que novedosos.

[3] Crescencio Carrillo y Ancona, El obispado de Yucatán. Historia de su fundación y de sus obispos desde el siglo xvi hasta el xix, 1895, p. 855.

[4] Aprovecho para agradecer el apoyo del Coordinador General del mencionado Archivo, Carlos Armando Mendoza Alonzo, quien generosamente me instruyó en el uso y lectura de Cedulas Reales, mandatos y cordilleras, así como los libros de mandatos de las parroquias.

[5] Archivo Histórico del Arzobispado de Yucatán (en lo sucesivo ahay), Sección Gobierno, Serie Cédulas Reales, caja 38, expediente 14.

[6] Crescencio Carrillo y Ancona, El obispado de Yucatán. Historia de su fundación y de sus obispos desde el siglo xvi hasta el xix, 1895, p. 855.

[7] Ibíd., p. 856.

[8] Archivo General de la Arquidiócesis de Yucatán (en lo sucesivo agay), Sección Disciplinar, Serie Mandatos, Parroquia de San Bernardino de Siena Tixkokob, caja 513, libro 1 de Mandatos, ff. 88-89 v.

[9] agay, Parroquia de San Antonio de Padua, Izamal, Seccion Disciplinar, Serie Mandatos, caja 448, libro 1.

[10] Seiba, Sahcabcheen, Chicbul, Ríos de Sumacinta, Tepetitán, Halapa, Tacotalpa, Tapisulapa, Teapa, Villahermosa, Cunduacán, Xalpa, Nacajuca, Laguna de Términos, Curato y Vicaría de Campeche, San Francisco de Campeche, Volonchencauich, Xecelchakán, Calkiní, Becal, Maxcanú, Umán.

[11] agay, Parroquia de San Miguel Arcángel, Maxcanú, Seccion Disciplinar, Serie Mandatos, Caja 716, libro 1.

[12] agay, Parroquia de Santiago Apóstol, Mérida, Sección Disciplinar, Serie Mandatos, caja 85, libro 1.

[13] ahay, caja 239, expediente 30, diezmos y obvenciones.

[14] ahay, Sección Gobierno, Serie Cedulas Reales, caja 36, expediente 18.

[15] R. Patrón Sarti, La Universidad de Mérida en Yucatán, relación de los actos y fiestas de fundación en 1624, Mérida, Universidad Autónoma de Yucatán, 2013, p 13.

[16] ahay, Sección Gobierno, Serie Cédulas Reales, caja 36, expediente 18.

[17] ahay, Sección Gobierno, Serie Cédulas Reales, caja 40, expediente 4.

[18] agay, img-0216.

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