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La devoción a Nuestra Señora del Rosario

en el convento de los dominicos de Guadalajara

Tomás de Híjar Ornelas

 

Una de las devociones marianas de arraigo más hondo entre los tapatíos

hasta mediados del siglo pasado fue la de Nuestra Señora del Rosario,

en su imagen venerada en el templo que le dedicaron

los frailes predicadores en su convento tapatío.

De la destrucción del convento, entre septiembre y octubre de 1860,

apenas se salvó la venerable imagen,

que vino colocándose en uno de los altares laterales del templo de Santa Mónica,

sólo que su culto ya nunca más tuvo la efusión del de antaño.

De ella se habla en el texto que sigue

.

 

1.    Del tardío establecimiento de los dominicos en Guadalajara

 

Una imagen mariana a la que los tapatíos de antaño tributaron una devoción tan fervorosa como ahora apagada fue la de Nuestra Señora del Rosario en el templo conventual de los dominicos de Guadalajara.

En 1610, por decisión del Obispo don Juan de Valle y Arredondo, de la Orden de San Basilio, esa escultura y la Cofradía que le daba culto pasaron del templo conventual de los franciscanos a la ermita a cargo de los predicadores, equidistante de la Catedral por el viento norte lo que a ésta le separaba del cenobio de los hijos del Seráfico de Asís por el mediodía.

Muy efusivo fue el culto que alcanzó la Virgen del Rosario, y no podemos separar de eso el hecho de haber sido esta imagen una de las cuatro que donó al Obispado tapatío al tiempo de su erección el Emperador Carlos v en 1548.[1]

Los hijos de Santo Domingo arribaron tarde a la capital de la Nueva Galicia, en 1603, y de forma más bien accidental, cuando Fray Diego de Vargas y Fray Juan de Nava llegaron a estos confines a la sombra del Obispo don Alonso de la Mota y Escobar, que se había educado con ellos en la ciudad de México, solicitándole su venia para pedir donativos en el marco de la canonización de San Raimundo de Peñafort. Aprovechando esto, el Obispo los invitó a quedarse y hasta les facilitó donde vivir, una construcción de la que aún quedan vestigios, por lo que tal vez sea la más antigua de la capital de Jalisco luego de la Catedral, y que hoy lleva el nombre de centro cultural Casa Reforma, en el número 369 de esa calle.[2]

 

2.    El convento de los frailes predicadores en la capital de la Nueva Galicia

 

Si la obra material del convento definitivo comenzó en 1610 y nunca cesó a lo largo de 250 años, el eje de las calles de San Francisco y de Santo Domingo terminó siendo desde el siglo xvii el corredor por excelencia de la ciudad, y lo será hasta que la modernización barbárica le convirtió, en 1947, en el eje vial de 16 de Septiembre y avenida Alcalde.

            En la sobredicha ermita los dominicos edificaron un conjunto que abarcó una manzana extensa y en ella lo necesario para sus fines: la predicación, la docencia, la dirección espiritual a favor de los habitantes de la capital y la formación de postulantes y novicios para su propia orden, que en la diócesis tapatía tuvo otros dos conventos, el de Nuestra Señora de la Concepción de Zacatecas y el de Santa Rosa de Lima en Sombrerete.

El Convento-Colegio de Nuestra Señora del Rosario de Guadalajara y el templo de este título tuvieron vista al sur, sobre el más populoso de los espacios públicos de la ciudad, la plaza de Santo Domingo,[3] donde a mediados del siglo xviii se instaló el surtidor de agua potable más importante, si bien por el lado poniente de ella se situaron la capilla de San Gonzalo de Amaranto y la de la Tercera Orden, con su atrio-cementerio.[4]

El templo de los dominicos fue arrasado por los sitiadores de la ciudad que, a las órdenes de Jesús González Ortega e Ignacio Zaragoza, la cañonearon sin cesar durante 30 días entre septiembre y octubre de 1860; rompieron el sitio demoliendo a punta de obuses el cenobio desde un terraplén apodado “la torre de Malakof” en recuerdo de la guerra de Crimea.[5]

A la vuelta de no muchos meses, el pintor Francisco de Paula Mendoza hizo el cuadro Ataque de Guadalajara, el día 29 de octubre de 1860, ahora en el Museo Regional de Guadalajara, único registro visual que tenemos del convento.[6]

Selló la ruina absoluta del edificio, unos meses más tarde, un decreto del gobernador liberal Pedro Ogazón disponiendo la demolición de la fachada del templo y del convento para abrir las calles de Reforma y Liceo.

La única huella dominica que ha llegado hasta nosotros se reduce al título que tiene uno de los altares laterales en el tramo oriente del Santuario de San José de Gracia, como ahora se dirá.

 

3.    Se rescata el sitio donde estuvo el templo de la Virgen del Rosario

 

En las ruinas de lo que quedó del templo la Asociación Josefina y a iniciativa de su presidente, don Ignacio Díaz Morales –abuelo del arquitecto homónimo–, se patrocinó, entre 1879 y 1882, la construcción del Santuario de San José de Gracia, y uno de sus retablos se dedicó, en desagravio y recuerdo del título aquí tantas veces aludido, a Nuestra Señora del Rosario. Flanquean su escultura representaciones de Santo Domingo de Guzmán y Santo Tomás de Aquino.

En el marco del ataque a Guadalajara de 1860 y en el fragor de la guerra, manos impías lanzaron la escultura de la Virgen a una zanja, de donde se le rescató, yendo a parar finalmente donde hasta la fecha se resguarda, el templo de Santa Mónica, pero ya sin que se reactivara el culto tan intenso que había tenido.[7]

De cómo fue, veamos aquí el testimonio de un pincel muy diestro que reprodujo con esmero muchos detalles; se le representa en edad núbil, con tez morena y larga y espesa cabellera, sosteniendo al Niño Jesús, y sobre un pedestal de planta hexagonal de bordes de media caña y una media luna en equilibrio. Hacen evidente la dignidad que llegó a tener por acá la corona imperial de ambos personajes, el orbe que él sostiene, la capa magna celeste con forro escarlata de ella, igual que la del infante, que lleva puesta también una suerte de pénula, mientras la túnica de ella es de seda blanca y riquísimos bordados con motivos fitomorfos.

Por sus semblantes y la mirada que intercambian uno advierte en ella serenidad y paz, y en él, de tez bermeja y cabellera blonda y rizada, estupor y admiración. En su mano diestra la Señora sostiene un ramo, la mayor parte de rosas, y un gran sartal de cuentas claras, diferentes de las perlas del doble collar que engalana su cuello. También su Hijo coge con la izquierda el mismo objeto, de modo que resulte ser lo más visible para quien los mira el Santo Rosario.

Al nicho que protege la pieza lo rodean cortinas descorridas de color bermellón; es un marco de madera con una vidriera y en la base lleva una cartela con la inscripción “R[etrato] de la milagrosa imagen de N[uestra]. S[eño]ra del Rosario, que se ven[e]ra en el conv[en]to de S[an]to Domingo de la ciudad de Guadalaxara”.[8]



[1] Ramón Mata Torres, Iglesias y edificios antiguos de Guadalajara, Ayuntamiento de Guadalajara, 1979, p. 79.

[2] Ixchel Ruiz Anguiano, “La Orden de Predicadores en tiempos de Fray Antonio Alcalde”, en Gaceta Municipal, núm. 100, Ayuntamiento de Guadalajara, 2017, p. 46.

[3] Javier Hernández Larrañaga, Guadalajara: identidad perdida. Transformación urbana en el siglo XX, Guadalajara, Ágata, 2001, p. 227.

[4] Thomas Calvo, Poder, religión y sociedad en la Guadalajara del siglo XVII, Universidad de Guadalajara, 1992, p.182.

[5] Agustín Rivera, Anales mexicanos: la Reforma y el Segundo Imperio, México, unam, 1994, p. 1860.

[6] Fausto Ramírez, De la patria criolla a la nación mexicana, 1750-1860, México, Banamex, 2000, p. 243.

[7] José Trinidad Laris, Guadalajara de las Indias: historia de sus crónicas, mapas, planos, glosa, edificios monumentales, templos, calles y barrios, Guadalajara, Talleres Gráfica, 1945.

[8] La pintura forma parte de la colección de don Fernando Vázquez.



Felicidades a nuestros Sacerdotes Meléndrez García Francisco Javier · Rosas López Arnoldo · Toriz Rentería José Carmen ·


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