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Dios vive en la ciudad

La puesta en práctica de la Pastoral Urbana

 

José Marcos Castellón Pérez[1]

 

El primer fin de semana de octubre del año 2015 se llevó a cabo, en las instalaciones de la Universidad Pontificia de México, el Encuentro Pastoral de las Grandes Ciudades, con la participación de 200 delegados de algunas diócesis de México y del extranjero. Lo presidió el Arzobispo de Monterrey, don Rogelio Cabrera López. Este artículo condensa algunos puntos doctrinales y pastorales tratados en el Encuentro, ciñéndose al método teológico pastoral de “ver con los ojos del Padre, juzgar con los criterios del Hijo y actuar eclesialmente bajo el impulso del Espíritu Santo”.[2]

 

 

1.    Ver con los ojos del Padre: la Iglesia está en la ciudad… pero todavía no es urbana

 

La población de América Latina es en su mayoría urbana: el 70% de la población de este subcontinente vive en ciudades de más de 200 000 habitantes y los pronósticos es que llegue en unas décadas al 85%. El crecimiento exponencial de la ciudad, sobre todo de las zonas metropolitanas, radica en la concentración en este espacio, además de la población, del poder, la riqueza, la tecnología, la creatividad, la innovación y la cultura. Desgraciadamente también concentra una serie de problemas socioeconómicos muy graves. En cuanto al fenómeno religioso en la ciudad, tema que nos compete, llama la atención que en la mayoría de las grandes ciudades del mundo, incluida América Latina, contrario a las tendencias secularistas de años pasados, la gente siente profundamente la necesidad religiosa, pero a su vez se da el fenómeno de un creciente descrédito de las religiones institucionales, de forma particular de la Iglesia católica.

En nuestro país se da el fenómeno de algunas zonas urbanas densamente pobladas, sobresaliendo la ciudad de México como una de las megaurbes más populosas del orbe. Nuestra Iglesia diocesana es eminentemente urbana, no sólo por la zona metropolitana de Guadalajara, en la que habita la gran mayoría de los pobladores, sino además porque la ciudad es un polo de atracción migratoria de las comunidades rurales de nuestra Diócesis y porque la “cultura urbana” se va desarrollando cada vez más, incluso en comunidades geográficamente más alejadas.

Podemos constatar, entonces, dos datos fundamentales hablando de la pastoral en las grandes ciudades, uno cuantitativo: la mayoría de la gente vive en la ciudad; otro cualitativo: la mayoría de la población tiene una cultura urbana. Aunque parece lo mismo, no lo es, pues hay personas, especialmente ya mayores, que viviendo en la ciudad conservan la cultura rural del lugar de su procedencia, y hay personas que viviendo en zonas rurales tienen ya una cultura urbana. Esta constatación nos lleva también a hacer una distinción en el ámbito pastoral: no es lo mismo que la Iglesia esté en la ciudad a que haga pastoral urbana.

Una pastoral urbana no es de por sí actividades pastorales en la ciudad; tiene que ver más con una respuesta pastoral audaz y sin temor a la cultura urbana, con toda la complejidad que tiene. El Papa Francisco, hablando precisamente de la pastoral urbana, invita a un cambio profundo de mentalidad que, manteniéndose fiel al Evangelio, permita llegar al corazón de todos los habitantes de la ciudad.

Pero, ¿qué se entiende por cultura urbana? Antes de responder a esta pregunta, conviene aclarar qué se entiende por cultura. El término cultura se refiere, en un sentido amplio, a todos los elementos que un grupo humano busca para darle sentido a la vida. Estos elementos son en primer lugar los imaginarios, es decir, los grandes sueños de la vida, los horizontes o cosmovisiones donde cada grupo contempla e interpreta su vida y sus vivencias; podríamos decir que se trata del inconsciente colectivo, formado por la percepción y la hermenéutica (lo que se ve y se piensa) de una realidad concreta y del mundo en general. La cultura se manifiesta en ritos, en comportamientos sociales repetitivos y significativos para la trascendencia de cada grupo humano.

 

Algunos rasgos de la cultura urbana:

 

·      La multiculturalidad. La ciudad es un ámbito en el que se desarrollan diversos imaginarios, se conforman distintas cosmovisiones y se van formando estratos o sectores culturales que ya no se identifican por razones de vecindad geográfica, por barrios o colonias, que dejan de ser significativos para la gente. La mayoría de las personas que viven en la ciudad se identifican más por “territorios culturales”. Se puede decir que hay ciudades culturales dentro de la ciudad; no son espacios físicos, sino simbólicos, y permiten dar significado a la vida.

·      En la ciudad se da el fenómeno también de “ciudades invisibles” en las que se viven experiencias límites. Para la gran mayoría de las personas la ciudad es ambivalente: por una parte ofrece un sinfín de posibilidades, especialmente económicas; por otra parte en la ciudad se dan también los “ciudadanos a medias” o “no-ciudadanos”. Hay una enorme desigualdad social en la ciudad y como consecuencia se agudizan los problemas sociales: violencia, inseguridad, desintegración familiar, etc.

·      A pesar de que la ciudad es un espacio de desarrollo, de prestación eficiente de servicios como educación y salud, de muchas oportunidades en general, el modelo de desarrollo es inhumano y va deteriorando la calidad integral de vida. Especialmente en la ciudad se dan los siguientes fenómenos: el individualismo competitivo, el rompimiento del tejido social, el aumento de la pobreza urbana (indigencia), deterioro de los medios de transporte, el anonimato y la pérdida del vínculo social, la cultura del consumo, la delincuencia, el desequilibrio ecológico, la corrupción, etc. Las consecuencias a estos problemas que enfrentan las personas que viven en la ciudad son el miedo, la violencia, el aislamiento social, la desconfianza en las instituciones, etcétera.

·      Esta agudización de los problemas urbanos provoca un gran sentimiento de desamparo que lleva a buscar instancias culturales que favorecen la identidad (crecimiento de grupos por razones étnicas, tribales, etc.), especialmente el fortalecimiento de dos de las estructuras tradicionales: la familia y la religión. La fe es una estructura de la persona y es núcleo de la cultura de la ciudad, en la que se encuentra refugio, consuelo, protección. Esta necesidad religiosa urbana, sin embargo, no empareja con la Iglesia católica, que es una de las instituciones religiosas que sufre una mayor crisis de legitimidad.

·      En cuanto a nuestra acción pastoral, se constata que la estructura parroquial de la Iglesia en la ciudad es territorial y no cultural. Nos ha costado mucho trabajo entender la cultura urbana y seguimos la práctica pastoral con los imaginarios rurales, manifestados incluso en horarios, la autorreferencialidad, la incapacidad de diálogo con los que no piensan como nosotros, el centralismo y clericalismo. Nuestra pastoral es más verbal que simbólica. A primera vista parece que nos da miedo salir a las periferias existenciales.

 

El gran reto de la pastoral urbana es pasar de lo territorial a lo cultural, salir a buscar a Dios que vive en la ciudad y dejarnos evangelizar por la ciudad (kerigma urbano) para poder evangelizar a la ciudad; estar más atentos a los grandes imaginarios urbanos, rescatar el lenguaje simbólico que caracterizó las catequesis mistagógicas, vivir intensamente la espiritualidad de la samaritaneidad en la ciudad.

 

2.    Juzgar con los criterios del Hijo. Contemplar a Dios que habita en la ciudad.

 

Ciertamente la realidad de la ciudad nos parece, más que un reto pastoral, una amenaza. Puede surgir en nosotros cierto desánimo y hasta una pérdida de ardor apostólico. Pero no debe ser así. Recordemos que la fe cristiana nació y se desarrolló principalmente en la ciudad. Por otra parte, el Papa Francisco nos invita a no perder de vista que el tiempo es superior al espacio, lo que debe generar en nosotros serenidad: la historia no ha llegado a su fin, no hay que rendirnos; que la unidad prevalece sobre el conflicto, lo que nos hace contemplar la gran riqueza humana que se desarrolla en la ciudad, junto con sus gravísimos problemas: hay un gran capital humano en la ciudad; que la realidad es más importante que las ideas, lo que nos hace partícipes del misterio de la Encarnación, pues Dios sigue encarnándose como Palabra viva y no como idea, en el corazón mismo de la ciudad: Dios habita en la ciudad.

 

a.    Mirada sobre la gran ciudad

 

El Papa Francisco insiste en tener una mirada contemplativa sobre la ciudad,[3] una mirada de fe que descubra a Dios que habita en la ciudad; para ello es necesario tener una mirada teologal sobre la realidad, que sobrepase los meros análisis sociológicos, urbanísticos o económicos. Se trata de ver la ciudad como Dios la ve, como el espacio de su acción salvífica: donde abunda el pecado pero sobreabunda la gracia, pues Cristo sigue ofreciendo su Espíritu a la ciudad. Además en la ciudad se dan semillas del Verbo: la búsqueda religiosa del sentido de la vida, de consuelo y esperanza, la solidaridad entre las personas, el interés por el bien integral, etcétera.

Jesús contempló la ciudad de Jerusalén, prototipo teológico de la ciudad, con un gran amor, queriendo estrecharla bajo su regazo como la gallina lo hace con sus polluelos[4] y llorando por ella porque no ha sabido reconocer la paz mesiánica que Él ofrece.[5] Jesús murió en la periferia de la ciudad, pero su Espíritu irrumpió en el centro de la ciudad. La ciudad es, por ello, el espacio de un nuevo Pentecostés, lugar de encuentro con Cristo y con los hermanos para congregarse como Iglesia.

 

b.    La misión en la ciudad: salir y “primerear” en la gran ciudad

 

La pastoral urbana parte del descubrimiento de Dios en la ciudad, por eso la Iglesia que desea evangelizar la ciudad debe estar en salida a las periferias existenciales; no puede ser una Iglesia sedentaria, autorreferencial, timorata, burocrática. “Fiel al modelo del Maestro, es vital que la Iglesia salga hoy a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demora, sin repulsiones, sin miedo”.[6] Los modos como se haga la pastoral pueden variar, pero la salida no es una alternativa, es el modo de ser de la Iglesia misionera.

Desde Jesús, el salir es propio del modelo misionero. Jesús es misionero itinerante que se dirige a las periferias, pues su acción no tuvo como escenario los centros de poder. Después de su Resurrección mandó a sus discípulos hasta los confines del mundo.[7] Pablo recorrerá para evangelizar las principales ciudades de Asia Menor, Grecia e incluso la gran ciudad de Roma; él evangelizó la ciudad y se valió del lenguaje urbano.

Las periferias a las que la Iglesia misionera debe salir hoy son de índole religiosa (los que no creen en el Evangelio), geográfica (los que viven lejanos a los centros de poder), social (los que viven como no-ciudadanos, migrantes, indigentes, etc.), existencial (los que viven situaciones límites como ancianidad, enfermedad, abandono, etc.). Todos los ciudadanos necesitan, por el mero hecho de ser personas, a pesar del secularismo urbano, acontecimientos internos que los impacten, espacios de contemplación y reflexión, que podremos ofrecerlos en la medida en que salgamos al encuentro de ellos.

La misión debe considerarse no como proselitismo sino como contagio, por contacto personal, por una llamada al corazón. Jesús no hace proselitismo sino que mueve los corazones para que las personas lo acepten libremente; no pone límite a su acción sino que está abierto. El anuncio con parresía implica una misión que no se autolimita, que deja los miedos y las precauciones; una misión en la que se tiene el valor de anunciar con libertad. La misión por contagio hace pasar de considerar al otro alter a considerarlo frater, una nueva fraternidad que se vive como compasión y solidaridad. Sólo de esta manera se podrá revertir los vicios de la ciudad: el miedo, la violencia, la desconfianza, el aislamiento.

Un aspecto irrenunciable en la misión de la Iglesia es su profetismo, la voz de los que no tienen voz; la Iglesia debe pronunciarse en defensa de los legítimos derechos humanos, denunciar la injusticia, la violencia y la corrupción. Pero para ser profeta es necesario que sea una autoridad moral, a fin de ser creíble.

 

c.     Una Iglesia buena samaritana

 

Un elemento esencial de la pastoral urbana es la atención caritativa y solidaria a los pobres, ya que ellos son “los destinatarios privilegiados del Evangelio”,[8] y no por una razón sociológica, sino cristológica. Por ello, los pobres son una categoría teológica y estamos llamados a ser sus amigos, escucharlos, comprenderlos y atenderlos.[9] Sin el aspecto teológico, la mera asistencia colocaría a la Iglesia en el rango de una ONG, pero no, la Iglesia es misterio de comunión, sacramento de salvación.

La Iglesia está llamada a vivir la espiritualidad de la samaritaneidad, que, movida de misericordia, se detiene al borde del camino ante la humanidad herida y cura con el consuelo y la esperanza. En los pobres de la ciudad, en los que no son escuchados y son excluidos, la Iglesia encuentra a Cristo sufriente, su mayor tesoro.

 

d.    La Iglesia doméstica en la ciudad

 

La forma privilegiada de evangelizar en la primitiva comunidad cristiana era en las casas. La Iglesia se reunía en las casas, creando así una red de comunidades domésticas que reunían a familia de sangre en sentido amplio (en el que cabían también los esclavos) e incluso a amigos, socios, etc. Lo interesante es que la Iglesia se iba configurando a partir de un tejido de relaciones humanas básicas, lo que permitía que se llamaran hermanos y vivieran como tales.

En la ciudad, hoy, se pueden también desarrollar modelos de iglesias domésticas que sean operativos. Pueden ser las pequeñas comunidades del territorio de la parroquia, pero también comunidades pequeñas de sectores de personas cuyos vínculos son por afinidades (trabajo-profesión, situaciones de vida, subculturas, etc.) y no sólo por el territorio. Estas pequeñas comunidades permiten un diálogo personal y cordial. También se puede aprovechar el que los padres de familia puedan generar esta Iglesia doméstica cuando son los responsables de la transmisión de la fe en la vida de oración o en la preparación familiar para los sacramentos de iniciación cristiana.

Por otra parte, la actitud de salida no debe pensarse como un descuido de los templos, que son la presencia visible de la Iglesia en la ciudad, especialmente la Catedral. Recordemos que tanto la Iglesia Catedral como muchos templos son un referente para la ciudad, incluso un icono de ella. Por ello, los templos católicos deben estar abiertos a todos los que entran sin exigir ninguna adhesión previa. Es de desear que en los templos la Iglesia pueda ofrecer los servicios religiosos con una actitud plural, acogedora, solidaria y humilde.

La parroquia seguirá siendo el espacio privilegiado de evangelización y del desarrollo de la pastoral urbana. La parroquia urbana tiene la necesidad de articular, por medio del proyecto pastoral común, a las pequeñas comunidades que la componen, sean territoriales o funcionales, movimientos o grupos apostólicos. Con el proyecto parroquial común la Iglesia en la gran ciudad puede hacerse presente de forma activa en los problemas existenciales que aquejan al ser humano de la ciudad, siendo un puerto de salvación donde junto con la caridad solidaria se encuentren también espacios y momentos de elevación del corazón a las cosas del cielo.

 

3.    Actuar eclesialmente bajo el impulso del Espíritu Santo. Iglesia de puertas abiertas

 

En la ciudad la Iglesia vive las virtudes teologales: cree por la fe que Dios vive en la ciudad. Vive la esperanza cuando sale a las periferias existenciales. Se concreta en la caridad al descubrir la impronta de Dios en la ciudad, y la ama como Dios la ama, especialmente en sus miembros más débiles y sufrientes. Se sugieren ahora algunas pautas, en líneas generales algunas sugerencias para poner en práctica en un proyecto de pastoral urbana.

 

a.    Pasar de lo territorial a lo cultural:

 

·      Descubrir y evangelizar “a” y “desde” las nuevas catedrales culturales: del intelecto (academia), del consumo (supermercados), de la movilidad (aeropuertos, centrales), del ocio y del deporte (estadios, cines), de la salud (hospitales), de la música (auditorios), de la belleza y confort (spas), de las grupos culturales (hippies, punks, raperos, góticos, grafiteros, etc.) y un largo etcétera.

·      Tomar en cuenta la multiculturalidad de la ciudad y favorecer la creación de comunidades en orden a ello, además de lo territorial.

·      Aprovechar la piedad popular, que es fruto de una fe inculturada y que se da cita en la ciudad.

·      Hacer presente el Evangelio en las redes sociales aprovechando los avances tecnológicos.

·      Favorecer el diálogo con las diferentes culturas de la ciudad no desde un identitarismo cerrado y defensivo, sino desde la apertura cordial, sincera y no derrotista.

 

b.    Pasar de lo conceptual a lo simbólico-existencial:

 

·      Un mayor número de templos abiertos que sean lugares de silencio, de encuentro y oración con asistencia espiritual. Favorecer una acogida al que llega de forma atenta, sencilla, dialogante.

·      Rescatar el patrimonio espiritual del cristianismo por medio de la belleza litúrgica y evitar que se vea a la Iglesia como una institución meramente social con intereses lucrativos o políticos.

·      Darle realce al sacramento de la penitencia. La gente de la ciudad se siente herida y necesita sanación espiritual.

·      Generar el encuentro personal con el prójimo, buscando la cercanía, hablando el mismo lenguaje, sintonizando samaritanamente con los que viven en la ciudad.

·      Expresar la fe por medio de las bellas artes; que nuestros espacios sagrados sean bellos, artísticos, para que los católicos encuentren en ellos una expresión de su fe y los no creyentes una invitación a la fe, recordando que la búsqueda de la belleza radica en todos los seres humanos. La música es un instrumento muy fecundo para transmitir la fe, especialmente para los jóvenes.

 

c.     Pasar de lo clerical a lo laical:

 

·      Propiciar la generación de Iglesias domésticas, de Iglesia de familia, pequeñas comunidades que estén coordinadas por laicos de esa misma comunidad y en comunión con la parroquia.

·      Tomar conciencia de que la tarea de evangelizar compete a la Iglesia, que es la comunión de los bautizados. El Pueblo de Dios es el protagonista activo de la misión de Cristo y está compuesto por hermanos con igual dignidad pero diferente ministerio o carisma.

·      No olvidar que la primera destinataria de la evangelización es la misma Iglesia, lo que invita a una permanente conversión personal y pastoral de todos.

·      Aprender a evangelizar no desde la estabilidad sino desde la movilidad, generando un proceso de pastoral en comunión y participación.

·      Aprovechar el modelo sinodal y multicéntrico de ser Iglesia. En la parroquia, dar voz y voto a los laicos por medio del equipo coordinador básico, en los decanatos y vicarías por medio del equipo nato, en la diócesis por medio de los diversos consejos.

·      Reconocer y promover el papel fundamental de la mujer en la Iglesia, incorporando su sensibilidad femenina en la percepción y solución de los problemas actuales, y como garantes de la transmisión de la fe.

·      Renovar la formación de los futuros sacerdotes, que por una parte exige conocimientos y habilidades, pero también formarse como pastores del Pueblo de Dios y no como casta levítica que vive separada o ajena a los problemas de la ciudad.



[1] Presbítero de clero de Guadalajara, doctor en teología dogmática, actualmente es rector de la capellanía de San Sebastián de Analco, maestro del Seminario Conciliar y miembro de la Vicaría de Pastoral.

[2] Este Boletín agradece al autor del presente artículo su buena disposición para que se publicara en sus páginas.

[3] Evangelii gaudium (EG) 71.

[4] Mt 23,37.

[5] Lc 19,42.

[6] EG 23.

[7] Mt 28,19.

[8] Documento de Aparecida 550.

[9] EG 198.



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