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Iglesia y preconstitucionalismo en la Arquidiócesis de Guadalajara, 1914-1917

Francisco Barbosa Guzmán[1]

 

El 24 de abril del 2018, en el centro cultural tapatío Casa iteso-Clavigero, tuvo lugar un acto en el que participaron miembros del Departamento de Estudios Históricos de la Arquidiócesis de Guadalajara: el autor del texto que sigue, los presbíteros José Guadalupe Miranda Martínez y Tomás de Híjar Ornelas, y la moderadora de la exposición, la maestra Hilda Monraz, para presentar un libro[2] que recupera los contenidos de una jornada académica que tuvo lugar, del 7 al 8 de julio del 2014, en el auditorio del Museo Regional de Guadalajara, coordinada por el doctor Barbosa.

 

Uno

El libro que se presenta nos remite a un periodo de mucha trascendencia para la historia política de nuestro estado: la del preconstitucionalismo. Nos referimos al gobierno que encabezara Manuel M. Diéguez, a quien acompañaba gente de mucha valía, que rigió bajo reglas de excepción –se trató de un gobierno militar– que ubicamos en lo temporal con la toma de Guadalajara en julio de 1914 en un extremo y la promulgación de la Constitución política de 1917 en el otro. Bien podría afirmarse que no obstante que apenas si llegó a gobernar dos años y medio, marcó las relaciones sociales en la entidad de un modo tal que no empezaron a modificarse sino hasta que, por parte de la Iglesia, el Cardenal José Garibi Rivera dio unos pasos decisivos, contando con la buena voluntad de las autoridades civiles de entonces, ya por los años cuarenta del siglo pasado.

Se trata de una época de división de la sociedad en dos grandes estamentos ideológicos: el católico y el revolucionario. Fue el principio de una diferenciación que se alimentó en los años siguientes por ambas partes y tuvo diversas expresiones: educación separada, diversa prácticas sociales sin mezclarse, rechazo recíproco, a veces abierto, a veces soterrado. Hubo convivencia en ocasiones, pero de modo forzado, por conveniencia política y empresarial. Pero la regla general era la separación: mundos aparte.

            De allí que resulte de especial interés la lectura de los ocho ensayos que el libro contiene, que son como otras tantas ventanas a través de las cuales conocer sendos aspectos de la etapa preconstitucional. Son resultados de investigaciones originales de autores profesionales que el Departamento de Estudios Históricos de la Arquidiócesis pudo reunir hace pocos años en una de sus Jornada Académicas, y que ahora felizmente se ofrecen impresos. Permítaseme primeramente dedicar dos cuartillas a un sucinto repaso histórico, con selectos acontecimientos, que sirva como contexto.

 

Dos

Entre los años de 1911 y 1914 la ciudad de Guadalajara supo entonces lo que era tener un gobierno, simplificando, de católicos que impulsaban un proyecto social católico integral e intransigente; algo que entrañaba una gran aspiración, de la mano del Partido Católico Nacional. Y otro sucesivo, desde el verano de 1914, que era un gobierno liberal, integral e intransigente, encabezado por el general Manuel M. Diéguez. Este último con una contundente peculiaridad: comandaba un ejército que tomó Guadalajara y se estableció en ella. ¿Qué podría esperar la Guadalajara católica de esta alternancia? La inmensa mayoría católica de la población tapatía no podía recibir con agrado la legislación del régimen de Diéguez, pero la presencia del ejército constitucionalista la mantenía más o menos quieta. Otra parte de la población, por supuesto, celebró la entrada del ejército con vítores. Las manifestaciones de rechazo fueron propias de las circunstancias: hojas volantes que salían desde la clandestinidad que atacaban al gobierno militar, disparos de francotiradores desde las azoteas contra militares constitucionalistas, lapidación de placas de la nueva nomenclatura que sustituyó los nombres acostumbrados (muchos de ellos de santos). Pues en efecto, si ustedes leen el libro que presentamos, van a encontrar expresiones de esta situación conflictiva. Y no únicamente de lo acaecido en Guadalajara, sino también en la región de los Altos y en una de las diócesis sufragáneas, la de Tepic. De esta manera, aparecerán ante sus ojos situaciones características de la época de la revolución constitucionalista que pueden extrapolarse, mutatis mutandis, a otras regiones y diócesis.

Las leyes y las acciones constitucionalistas no se detuvieron ante una resistencia que no hacía mella a un ejército que con frecuencia aparecía haciendo ostentación de su presencia y fuerza por las calles de la ciudad. Y se legislaba en ejercicio de facultades extraordinarias. Hay algunas leyes que, pasando por alto aquí lo relativo a su necesidad, dado el predominio católico en el medio social, mejor se pueden explicar por la posibilidad creada por la ocupación militar. Pongamos por caso la política de secularización expresada en la ley de divorcio, con la posibilidad de volverse a casar, dictada en 1915, que respondía a una iniciativa de Carranza; la exigencia de la educación laica como condición para la incorporación de las escuelas particulares, o prohibir el establecimiento de seminarios diocesanos por razones de seguridad pública. A juicio de los constitucionalistas en nuestro estado, y en particular en Guadalajara, la infracción de las leyes de Reforma era cosa cotidiana; entonces, en pos del laicismo, desde un poder público que declara no inclinarse a favor de ninguna religión, debía corregir los favoritismos hacia una de ellas y castigar las violaciones a ese principio.

La fama pública de los constitucionalistas llegó con antelación a Guadalajara, lo que los tapatíos, como los alteños y los de Tepic, confirmaron en su oportunidad con actos que ahondaron las diferencias entre grupos de la sociedad, rales como el uso de la Catedral de Guadalajara y del Instituto de san José, propiedad de los jesuitas, para hospedar a los militares. Esto provocó miedo en la región alteña. Sabedor del anticlericalismo, el Arzobispo de Guadalajara, don Francisco Orozco y Jiménez, salió del país anticipándose a la llegada de las tropas constitucionalistas, cosa que hicieron la mayoría de los prelados, pero no el de Tepic, que fue aprehendido y procesado, asunto sobre el que más se sabrá si se lee el libro.

En realidad la revolución constitucionalista se acarreo la ojeriza de los grupos a los que afectó –huertistas, villistas, católicos-, y puede ilustrarse con un chascarrillo que se contaba por el año de 1915, y que decía así: “Cuentan los que de estas cosas pueden reírse –a mí me causan náuseas y horror– que dos individuos apostaron cuál apestaba más, si un chivo mugriento y enfermo o un constitucionalista en traje de luces; y no pudiendo resolver el caso por más que disputaban a porfía, fueron ante un juez. Al llegar el chivo cerca del juez, fue tal el olor que despedía, que el juez se desmayó; más al llegar el constitucionalista… se desmayó el chivo”.

 

Tres

Así pues, tenemos un nuevo libro, motivo ya suficiente para celebrar, con 201 páginas, con una muy clara tipografía y nítidas fotografías. Tiene ocho ensayos con abundante información proveniente de fuentes primarias, y discursos comprensibles de autores profesionales. Muchas son las novedades para la historiografía, escritas en un lenguaje accesible para todo mundo.

            El lector encontrará en la lectura un principal hilo conductor que expuse al principio, la confrontación de dos formas de pensar –la liberal y la católica– en el amplio campo político-militar de lo que llamamos revolución constitucionalista, que empezó contra Victoriano Huerta y siguió contra el villismo. En comenzando se encontrará con una aguda “Presentación” a cargo del doctor Eduardo Camacho Mercado, que bien nos prepara para comenzar la lectura. A continuación habré de referirme brevemente a cada uno de los ensayos, con el propósito de llamar su atención hacia ellos.

Celia del Palacio, historiadora y literata, nos pone frente a otro de los contextos de aquellos años, planteándose la pregunta: ¿cómo presentó el periódico La Gaceta de Guadalajara la vida cotidiana tapatía en los primeros seis meses de 1914, en vísperas de la entrada de las tropas constitucionalistas? Muestra la manera como la prensa puede ser de utilidad para el estudio de la existencia diaria y que presenta una visión de la vida más vivida. El texto se encuentra lleno de referencia de cómo se vivía: el temor a la llegada de los rebeldes, la escasez de dinero circulante, la búsqueda del mejor escondrijo para el dinero, toda vez que, cita la autora, los revolucionarios tienen mucha práctica para encontrarlo “escarbando, quebrando macetas”, rompiendo los muebles; en pilas, pozos, entre otros lugares. Las noticias alarmantes que hacían temer la toma de Guadalajara se hicieron realidad el 8 de julio de 1914.

Pueden leerse tres colaboraciones que nos dan cuenta de acciones del ya instalado gobierno constitucionalista, coherente con la ideología liberal y que nos remite a las Leyes de Reforma, de las que se dice que han sido más celebradas que cumplidas. La educación laica, por ejemplo, a la que se atribuían las máximas ventajas, contrapuesta a la que se encontraba en manos religiosas, condujo prontamente a la usurpación del Instituto de San José de los jesuitas. Justamente de eso escribe Juan Real Ledezma, y de cómo devino ese colegio en la hoy Preparatoria de Jalisco, de la Universidad de Guadalajara. Consultó una de las mejores fuentes, la historia de la obra educativa de los jesuitas en nuestra ciudad del padre Palomera, de la que cita testimonios directos de quienes vivieron la experiencia. Yo recuerdo un pasaje testimonial del momento: “La entrada de la tropa [al Instituto de san José] fue una invasión. Venían cansados, rotos, dos días sin dormir”. Por la segunda parte del texto de Juan Real nos enteramos del tránsito a “Prepa Uno”.

Bien puede decirse que la desaparición de las congregaciones religiosas fue un intento frustrado; hoy la Constitución ha abandonado ese afán, cuando, recordaremos, la Constitución de 1917 las prohibió. Entretanto, las persiguieron, exclaustraron y demás, para ellas reagruparse.

Una historia particular de esos avatares se encuentra en el libro que presentamos. Es una historia de resistencia y perseverancia, y de fe, por supuesto, por mantener con vida una orden religiosa de larga historia en Guadalajara, la de las Carmelitas Descalzas de la Reforma de Santa Teresa de Jesús. Es de la autoría de la maestra Lorena Meléndez Vizcarra. Las monjas vivieron tres siglos en su convento e iglesia en el centro de la ciudad, de lo que sobrevive el templo, habiendo vendido las religiosas a manos. El convento se mantuvo oculto en el centro de una manzana como un subterfugio para sobrevivir ante las amenazas del exterior. ¿Cómo pudieron lograrlo? Lean esta parte del libro, que es una historia asaz interesante que precisó una ardua investigación. Naturalmente la maestra Meléndez se detiene a contar las peripecias de las religiosas en 1916.

Del centro de la ciudad se ocupa lo mismo otro de los ensayos, éste de quien les habla, y que trata de la sustitución de los nombres de varias de las principales calles de Guadalajara: la denominación del espacio como forma de expresar ideales y valores a través de personajes o movimientos sociopolíticos; actos de poder que desean con su presencia y uso cotidianos acabar siendo asumidos como ejemplares. Del mismo modo, al suprimírseles de la referencia pública, se esperaba que desaparecerían de la memoria de la gente. Es un símbolo o muestra del dominio de los ganadores. Un ejemplo: la calle de los Placeres cambió a Bernardo Reyes en 1913; luego a Madero –como hasta hoy se conserva– en julio de 1914. Se verificaron los cambios de que se trata en un continuum entre 1912 y 1917; es decir, desde poco antes de las acciones de gobiernos constitucionalistas y ya con ellos entre nosotros. Ejemplos de 1912: San Diego fue sustituido por Garibaldi; San Felipe por Gabino Barreda. Luego un ejemplo por decisión de los constitucionalistas (1914): la calle de San Francisco fue rebautizada 16 de septiembre. Pronto se honran a sí mismos: la calle de San Cristóbal se convierte en 8 de julio, ya saben por qué. Hubo más novedades en la nomenclatura de espacios públicos que fueron ocasión de la repulsa general. Sin embargo, no cuento aquí las razones argüidas para introducir los cambios, ni las ceremonias organizadas para la develación de las placas, ni ciertas reflexiones al caso que ustedes encontrarán en el libro.

Dos de las participaciones consisten en documentos glosados y aumentados con antecedentes. Nos remiten a otros personajes del libro: la Iglesia jerárquica y el clero, cuya presencia resulta imprescindible. Una de tales colaboraciones la escribió el Padre Tomás de Híjar y nos remiten a lo que él llama “los criterios pastorales”. Diserta in extenso y cierra con un útil listado de documentos eclesiásticos expedidos entre 1914 y 1917 desde lugares inciertos, lo que muestra la situación de riesgo que se vivía. Al principio, el lector encontrará un contexto que ayuda a entender en el tiempo largo las vicisitudes de las relaciones Iglesia-Estado, que él mismo resume en una cita que toma de una correspondencia del cabildo catedralicio al presidente Carranza fechada en 1918, parte de la cual dice: “A partir del 8 de julio de 1914, día en que las fuerzas llamadas constitucionales entraron a Guadalajara, hasta la fecha en que terminó el periodo llamado preconstitucional […] la Arquidiócesis a la que pertenecemos viene sufriendo la más cruda persecución”. Luego, con la relación de otras peripecias, el lector contempla la situación particular vivida por la jerarquía eclesiástica y muchas de sus dependencias.

En un formato semejante, el Presbítero y Doctor Manuel Olimón nos entrega dos fuentes primarias de gran valor, escasamente conocidas, que mucho servirá para comparar lo sucedido en Guadalajara y en Tepic por las mismas fechas. Es una relación en pormenor de un testigo, un religioso, que resulta ciertamente impresionante, y que el autor complementa con informaciones oportunas. Muchos son los parecidos de lo ocurrido en Tepic y en Guadalajara, haciendo la excepción de que en Tepic fue detenido y procesado su Obispo, don Andrés Segura, junto con un grupo de sacerdotes, acusados de ayudar a los contrarios. Hay una continuidad en las historias: de Tepic, el general Obregón se dirigió a esta ciudad. Podrá leerse acerca de la vida en la cárcel. La narración testimonial se complementa con otro documento, que fue el del defensor, gracias al cual podemos enterarnos, en alguna medida complementando esta historia con la versión de los religiosos procesados. Por encima de todo se muestran acciones terribles propias de tiempos de guerra, y de las peores guerras, la civil.

El miedo siempre presente es una constante en los textos que comentamos. El estudio de Luis Ángel Vargas se aboca derechamente al conocimiento de los miedos provocados por la revolución en varias poblaciones alteñas: Tepatitlán, San Miguel el Alto, San Juan de los Lagos, empleando una metodología ad hoc y mediante la consulta de fuentes eclesiásticas. Es verdad que por doquier se vio perturbada la vida diaria, pero en este estudio nos enteramos de las alteraciones de la vida religiosa en particular; asunto especialmente grave si recordamos que la religión normaba la vida diaria; que afectó a la feligresía y a los sacerdotes, quienes tenían sus particulares temores; algunos sufrieron trato duro de los carrancistas y otros huyeron de sus destinos. Novenarios, ejercicios espirituales y otros actos religiosos se suspendieron. Resulta de gran interés leer las relaciones de párrocos y otros sacerdotes sobre lo que ocurría por allá en materia religiosa. Un caso que se cita: San Miguel el Alto, 1915, un sacerdote escribió: “los carrancistas que estaban aquí le faltaron el respeto al padre de Teocaltitlán y lo sacaron a pie para San Juan y le pusieron soga al cuello”. Son relatos con abundante información acerca del movimiento de tropas y de enfrentamientos armados, útiles para la historia de la revolución constitucionalista por aquellos rumbos.

Juan José Doñán nos presenta, según reza el título adoptado, a “Dos intelectuales tapatíos en la Revolución mexicana”. Se refiere a Ixca Farías y Agustín Yáñez. Para saber más de estos dos personajes tapatíos con una profundidad que desborda la semblanza, conviene su lectura. Ixca Farías, que en las convulsiones sociales intercede ante el líder revolucionario para salvar así fuera algo de los bienes culturales en riesgo o ya en proceso de destrucción. Quién no recuerda lo perdido en la Guerra de Reforma. En la constitucionalista, Ixca acudió en 1918 con el gobernador Manuel M. Diéguez con aquel fin, cuyo éxito culminó con la integración del fondo fundador del Museo del Estado. Esta anécdota no agota la pintura de la persona, de la que mucho hay por saber con la lectura cabal. De Yáñez centralmente resalta una parte poco conocida del autor, sus escritos  primeros que tuvieron una característica común: su temática confesional que el mismo Yáñez trató de ocultar al incorporarse al aparato burocrático del Estado. Se podrán leer una serie de interesantes disquisiciones tendentes a explicar este cambio de rumbo del conocido literato, que en sus años mozos fue miembro de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM) y periodista de combate del lado católico.

Para terminar, tengo, empero, que decirles que esta reseña de las ocho colaboraciones del libro que se presenta en sociedad es una pálida imagen del conjunto; estoy seguro que si leen el libro, lo cual deseamos, van a ustedes a encontrar otras muchas cosas interesantes.

 

 

 

 

 



[1] Académico miembro del Instituto de Estudios Sociales de la Universidad de Guadalajara y del Departamento de Estudios Históricos de la Arquidiócesis de ese nombre.

[2] Iglesia y preconstitucionalismo en la Arquidiócesis de Guadalajara, 1914-1917, Lagos de Moreno, Centro Universitario de los Lagos, Universidad de Guadalajara, 2017.



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