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Una estampa del norte de Jalisco

Patricia Arias[1]

 

En el marco de la presentación del libro Fotografía antigua del Norte de Jalisco, 1860-1950, la noche del miércoles 13 de septiembre del 2017 en el auditorio de la Casa Zuno de Guadalajara, se dio lectura al texto que sigue, el cual condensa el fruto de las pesquisas de su autora en torno a una región aislada y pobre, donde la subsistencia marcó el talante de sus moradores, como puntual y dramáticamente se describe uno de los confines de la Arquidiócesis tapatía, especialmente Totatiche, que a la investigadora le es tan familiar, y que tan relevante ha sido para la historia moderna de la Arquidiócesis de Guadalajara.[2]

 

En la introducción de Pueblo en Vilo decía don Luis González que “todos los pueblos que no se miran de cerca con amor y calma son un pueblo cualquiera, pero al acercarles el ojo cargado de simpatía se descubre en cada pueblo su originalidad, su individualidad, su misión y destino singulares”. En este sentido, el libro Fotografía antigua del Norte de Jalisco ha sido doblemente afortunado porque en él han confluido dos miradas amables: en su tiempo, la de los fotógrafos –profesionales y aficionados– que las tomaron y que fueron resguardadas en archivos familiares y, en fecha reciente, la mirada empática y profesional de los coordinadores del proyecto, Angélica Márquez Pinedo y Francisco Vázquez Mendoza.

Las fotografías –una selección de 72 de las 700 imágenes proporcionadas por 78 familias– que se reunieron en el proyecto recorren la vida regional a lo largo de cien años, de 1860 a 1950, un siglo que transcurrió entre claroscuros. Claroscuros que dan cuenta de uno de los escenarios regionales que surgieron con el fin del régimen colonial. La minería de Bolaños había permitido que en ese territorio de geografía dura y agreste, alejado de centros urbanos dinámicos y comunicaciones eficaces, se conformara una sociedad rural, de tierras pobres, que había llegado a compartir varias características: se trataba de una sociedad predominantemente ranchera, aunque con la presencia de comunidades indígenas, que vivía de la ganadería de pequeña escala y la agricultura de subsistencia, es decir, bastante precarias, a las que se dedicaban las familias que vivían y trabajaban en numerosos ranchos dispersos, cuyos residentes se congregaban cada semana, cada domingo, a oír misa, reunirse con parientes, encontrar pareja, enterarse de novedades y hacer su mandado en las cabeceras municipales.

Las numerosas fotos de iglesias, festividades religiosas, procesiones, sacerdotes, dan cuenta del arraigo y la centralidad de la religión que se manifestaría en la participación de los vecinos en la Guerra Cristera de los años 1926-1929.

En las fotografías no resulta tan evidente, pero en los exvotos al Señor de los Rayos de Temastián se advierte la angustia que causaban los riesgos del ganado. La pérdida de una vaca podía ser la diferencia entre la vida y la muerte de una casa. En ese sentido, los hogares del Norte de Jalisco eran indudablemente malthusianos.

En la región, como bien muestran las fotografías, no hubo grandes haciendas de que presumir o padecer como en otras regiones de Jalisco y de México, aunque sí había, eso también lo constatan las fotografías, diferencias sociales entre rancheros prósperos, por lo regular comerciantes o los que poseían extensiones de tierras que eran trabajadas por medieros y jornaleros; hombres que desde niños, apenas de 7 años, aprendían la obligación de aportar ingresos y productos a los hogares de los que formaban parte. Las mujeres, por su lado, se encargaban de las tareas domésticas, de criar hijos, de elaborar todos los enseres de las casas y las prendas de vestir de la familia.

El fin de la actividad minera dejó a la región sin ese eje que la articulaba y dinamizaba. El ocaso de la minería dio lugar, como bien señala el texto de Alberto Becerra, a un siglo xix que fue como un rosario de desgracias: sequías, epidemias, insurgencias, y más tarde, a principios del siglo xx, la revolución, la guerra cristera, finalmente, la migración de los vecinos hacia diferentes lugares, pero sobre todo a Estados Unidos.

De ese tiempo convulso e impredecible tratan las fotografías de este libro. Dan cuenta de una sociedad rural donde a pesar de la pobreza y las vicisitudes todos posaban “para el recuerdo” bien vestidos y arreglados: las parejas con sus hijos, los migrantes, las y los jóvenes, niños y niñas, los contrayentes, los sacerdotes, hasta los niños muertos; donde la gente, las organizaciones locales, los gremios promovían, participaban, asistían a celebraciones públicas y privadas con confianza y alegría: carreras, estudiantes, profesores, basquetbolistas, Judeas y otras representaciones, paseos, procesiones, fiestas, hasta sepelios. Las fotografías dan cuenta de una sociedad rural todavía posible y orgullosa.

Quizá lo que mantuvo viable a las comunidades y retuvo a la población hasta la década de 1930 fue justamente la elevada mortalidad. Aunque las parejas se formaban muy jóvenes y tenían todos los hijos que Dios mandaba, la muerte estaba presente en todas las etapas de la vida y en todos los hogares: la mortalidad infantil era elevadísima, muchos niños morían al nacer o antes de los cinco años; las mujeres solían morir en alguno de los sucesivos e incesantes partos; los accidentes de trabajo asediaban a los hombres en las labores del campo. Cualquier herida o caída podía ser mortal y modificar para siempre la trayectoria familiar. De esa manera, los grupos domésticos eran pequeños: predominaban los hogares de cinco miembros, es decir, los que estaban conformados por una pareja y dos o tres hijos que salían muy pronto, alrededor de los 15 años, a formar sus propios hogares.

En el Norte de Jalisco, en la parroquia de Totatiche, al menos, la solución a la precariedad que se dejó sentir en los siglos xix y principios del siglo xx fue la familia pequeña. Aunque residían con la familia en los ranchos, cada hogar era una unidad de trabajo, producción y consumo.

Después, todo cambió. La revolución de 1910 dio lugar a un reacomodo espacial de la población que, quizás huyendo de la inseguridad y las enfermedades, empezó a poblar lugares inhóspitos, donde las posibilidades de sobrevivencia eran más complicadas que en los espacios tradicionales; aumentaron los hogares encabezados por mujeres, incluso por abuelos, como resultado quizá de la muerte de los padres. El Padre Nicolás Valdés dejó constancia de que entre fines de 1925 y comienzos de 1926 hubo un “diluvio” que causó “pavor, espanto, consternación y ruina” en todos los pueblos, donde muy poco después se detonó la guerra cristera que dejó heridas y fracturas profundas entre los vecinos.

A ese nuevo rosario de infortunios se sumó un fenómeno inesperado: el incremento de la población que rompió el precario equilibrio entre los recursos y la cantidad de gente que podía soportar la región. La disminución de la mortalidad sin que disminuyera la natalidad empezó a generar esos hogares de muchos hijos que antes no existían. Los hogares de diez o más hijos son de este tiempo, no de antes. Frente a esos nuevos escenarios económicos, sociales y demográficos, la población empezó, por primera vez, a salir de la región en busca de seguridad y sustento permanentes. Las fotografías enviadas por los migrantes dan cuenta de la magnitud que empezó a cobrar ese fenómeno. La migración se hizo éxodo: familias completas salieron hacia diferentes rumbos, aunque como bien documentan las imágenes del libro, muchos se fueron a Estados Unidos, de donde ya no regresaron.

Y, vía la migración, la población de la región empezó a decrecer de manera imparable. En la actualidad, el Norte de Jalisco, el municipio de Totatiche al menos, tiene menos población y existen en él menos lugares poblados, menos rancherías, que entre 1905 y 1920. Así las cosas, en las siguientes vueltas del tiempo, como diría Agustín Yáñez, los vecinos ya no estaban allí. Y nada fue igual.

Pero nos queda este libro que es posible mirar, leer y releer, porque que está hecho de fotografías y textos que nos ofrecen y nos comparten una mirada atenta, afable y reflexiva a un mundo que sin duda se ha perdido pero que de muchas maneras seguimos extrañando, recreando, incluso reinventando, porque de esas comunidades rurales minúsculas, diría don Luis González, fue hecho el México de hoy.

 



[1] Antropóloga, investigadora de la Universidad de Guadalajara; ha sido investigadora en el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social y el Centro de Estudios Antropológicos de El Colegio de Michoacán. Es autora de Los vecinos de la sierra: microhistoria de Pueblo Nuevo (1996), El comercio tapatío (1998) y Del arraigo a la diáspora: dilemas de la familia rural (2009), entre muchos otros. Este Boletín le agradece la cesión de su texto.

[2] Guadalajara, Universidad de Guadalajara, cucea, cuadd. 2015. 105 páginas. Angélica Márquez Pinedo y Francisco Vázquez Mendoza (coordinadores).



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