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Política y Filosofía en la personalidad de Antonio Gómez Robledo

Fernando Carlos Vevia Romero[1]

 

El artículo que sigue está inspirado en el análisis de uno de los textos que más han influido en la filosofía de la política en la civilización occidental, El Príncipe, de Maquiavelo, y en el magisterio del agustino fray Alonso de la Veracruz en la Nueva España. Fue escrito para rendir homenaje al jurista y filósofo tapatío Antonio Gómez Robledo por su vasta obra filosófica basada en “una lectura tenaz de los clásicos de la filosofía” y se expuso en el v Congreso Jalisciense de Filosofía, que bajo el título De Leviatanes y sujetos en vilo: filosofía, ética y política en Antonio Gómez Robledo, tuvo lugar el 15 y el 16 de febrero del año en curso enel Instituto de Filosofía, en el Camino Real de Colima

a su paso por el municipio de San Pedro Tlaquepaque.[2]

 

 

“Cuando se estudia a un pensador o a una corriente de pensamiento se tiene, entre otras, la opción de observar los objetos de su atención tratando de compartir sus asombros y sus descubrimientos (un estudiar juntos), o la opción de investigar cómo se asombra, cómo observa, cómo descubre, es decir: cómo estudia el autor.” Esto asegura el profesor Marco Aurelio Ángel Lara, aunque él mismo da una traducción distinta a su pensamiento cuando escribe: “mi intento ha sido comunicar el placer del que piensa, más que el mero rigor memorioso de los doctos”.[3]

Por mi parte he tratado de hacer las dos cosas: investigar cuál es el objeto del estudio político llevado a cabo por Antonio Gómez Robledo y también cómo lo hace.

Hemos de comunicar desde un principio que la palabra política que empleamos en este estudio no quiere referirse a la vida y el funcionamiento de los partidos políticos, ni a los tipos de gobierno que han existido en la historia, sino al juicio equilibrado y sereno, sine ira et studio, de cómo se comportaron y se comportan algunos de los hombres que se mueven en ese mundo aparte de la alta política; es decir: qué piensan del ser humano, qué piensan de la sociedad ese tipo de hombres.

 

i

 

Por lo que hace a la política hay un punto de vista privilegiado, el “Prólogo conmemorativo del 5° centenario del nacimiento de Nicolás Maquiavelo”, que aparece en la edición realizada por la editorial Porrúa, en el número 152 de la Colección Sepan cuantos…, escrito por el doctor Gómez Robledo en Roma, en 1969, en el cual expone, con toda claridad, el contenido de su texto conmemorativo:

 

Deben ser incentivo (los centenarios) para explorar aspectos inéditos de su vida o de su obra, o al menos para encararlo con los problemas de nuestro tiempo y preguntarnos si puede aquél aún contribuir, y en qué medida, a su solución.[4]

 

Hay en el autor que comenzamos a estudiar, es decir, Antonio Gómez Robledo, una clara simpatía por la persona de Maquiavelo “por su profunda honestidad personal”, pues nunca ocultó su pensamiento ante nada y ante nadie. Lo alaba con entusiasmo, como acreedor si no precisamente a una causa de canonización, sí a un elogio generoso, por haber sido uno de los primeros intelectuales católicos en solicitar la abdicación total, por parte del papado, del poder temporal, para asumir exclusivamente la función espiritual de la Iglesia. Sin embargo la figura de Maquiavelo, sus obras, han sido arma arrojadiza utilizada por campos muy contrapuestos de la política, al menos la europea, desde el Renacimiento hasta comienzos del siglo xx, en lo que se refiere al poder político de la Iglesia.

En sus obras políticas, El Príncipe y los Discorsi, dice Gómez Robledo, “está su genio… y en las demás obras su talento”.[5] Fue gran historiador, superando definitivamente la crónica medieval; como escritor de cancillería, sus abundantísimos informes son modelo de correspondencia diplomática; en literatura, el género mixto de novela e historia cuenta con su obra Vida de Castruccio Castracani. En todos los géneros en que se ejercitó destacan como tema central de sus meditaciones “el hombre y sus acciones y pasiones”.[6] Gómez Robledo prefería definir su meditación como la propia de un hombre político, o como decía el mismoMaquiavelo, “el ragionar dello Stato” (el razonar sobre el Estado), y desde dentro del Estado, podíamos decir nosotros. ¿Qué pasó con él? ¿Por qué los estudiantes muchas generaciones fuimos prevenidos contra ese hombre y sus escritos? El doctor Gómez Robledo realiza sobre este punto uno de sus mejores análisis como filósofo y como político.

En el caso de Maquiavelo se hizo tabla rasa de todas sus obras para quedarse sólo con El Príncipe. En 1527 había muerto Maquiavelo y en 1534 el Cardenal Reginald Pole afirmaba que todas las obras de Maquiavelo habían sido escritas con el “dedo del diábolo”. Pocos años después los jesuitas de Ingolstadt queman sus libros en la plaza pública con la acusación de “hombre astuto y pérfido, coadjutor de los demonios e incomparable artífice de maquinaciones diabólicas”. Frente a ese libro se publicaron muchos antimaquiavelos, tantos como reyes y príncipes había en Europa y necesitaban ser elogiados; por ejemplo la obra De religione et virtutibus principis christiani adversus Machiavellum, del gran escritor P. Pedro de Ribadeneyra, autor de una bella Vida de San Ignacio de Loyola.

Frente a estos antimaquivelistas el doctor Gómez Robledo cita el caso de la Reina Isabel de Inglaterra, a la que se recomendó que siguiera las tácticas de Maquiavelo en la cuestión irlandesa. Hace poco tiempo, en una novela histórica, se la presentaba así hacia 1591:

 

Mi temor es morir y dejar que los perros españoles, franceses y escoceses se peleen por mi reino como si se tratara de un pedazo de carne […] Esta noche deseo que me entretengan. Estoy harta de que me den sermones y lecciones de historia, como si fuera una colegiala... El tiempo es, el tiempo fue, el tiempo ha pasado.[7]

 

Esto era un nuevo tipo de político, que ya dejaba atrás ciertas maneras y formas. Uno de los principales consejeros de la reina, Sir Walter Raleigh, escribió una obra titulada El Príncipe o Máximas del Estado.

A pesar del paso del tiempo y la superación de la cuestión entre el papa y el gobierno de Italia, el odio contra Maquiavelo perdura. ¿Cómo es posible, se preguntan todavía intelectuales modernos, y Gómez Robledo entre ellos, que escribiera el terrible capítulo vii del Príncipe? Trata largamente la respuesta a esta pregunta el doctor Gómez Robledo, quien a pesar de la decadencia física y moral a la que fue precipitado Maquiavelo después de la caída de César Borgia, valora con ojos “filosóficos”, por decir así, el destino de aquel hombre, de Maquiavelo.

Resume así sus cualidades positivas: profunda honestidad personal de quien nunca ocultó su pensamiento ni por nada ni por nadie. Fue un escritor extraordinariamente fecundo y siempre de excelente calidad. El tema central de la meditación de Maquiavelo fue el hombre y sus acciones y pasiones. Su obra El Príncipe fue el fruto de una experiencia personal. Lo dice él mismo en la dedicatoria del libro: el documento es resultado de la larga experiencia de las cosas modernas y la continua lectura de las antiguas.

Nació pobre y murió pobre, y administró con inmaculada honradez los cuantiosos fondos que a menudo pasaron por sus manos como funcionario de la República. Realizó 24 misiones diplomáticas en 14 años de servicio, con gran tacto y destreza. ¿Por qué quedó fascinado por la persona de César Borgia, hasta el punto de narrar los asesinatos como si estuviera contando una partida de ajedrez? Gómez Robledo no lo exculpa, pero sí añade algunos puntos para aclarar esa conducta: uno de ellos, que esa conducta, la de eliminar con perfidia a los enemigos políticos, era común en aquel tiempo y aquella región. Pero añade también con toda honradez filosófica:

 

Lo que nos resulta hasta hoy inexplicable (lo confesamos así con toda sinceridad) es por qué Maquiavelo no se desilusionó de su héroe, escribiendo muchos años después del final de César Borgia […] siendo testigo de la extrema abyección a que llegó ese miserable.[8]

 

Vamos pasando suavemente de un pensamiento político –el de Maquiavelo– y de la reacción que tiene el doctor Gómez Robledo ante aquel modo de reflexionar en política, al pensamiento más filosófico de dicho autor. Hay una oposición doctrinal, según pensaron algunos, entre dos obras de Maquiavelo; por un lado, los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, y El Príncipe por otro lado. La oposición, según Gómez Robledo, es evidente en una primera lectura, pero hay un pensamiento profundo del autor igual en las dos obras. Los Discorsi tendrán el valor de una tesis: el ideal, la república y por consiguiente la libertad y la democracia. Piensa Maquiavelo en la República romana de la época de Bruto (por eso el re-nacimiento). El Príncipe tiene el valor de una hipótesis: la realidad triste, desgarradora, es la necesidad de un principado despótico.

Hoy nos asombra bastante que una persona –Maquiavelo– creyera tanto a un solo escritor –Tito Livio–, sin tener en cuenta otras fuentes históricas que informaran sobre esos tiempos supuestamente ideales. Gómez Robledo cita autores que, desde otro punto de vista, exaltan a Maquiavelo como el gran republicano.[9] Les reconoce su valía al citar estas palabras de Maquiavelo: “del pueblo puede uno fiarse más que de El Príncipe”. Aunque el mismo Gómez Robledo parece inclinarse más a otra mentalidad presentada por Maquiavelo, y que Gómez Robledo considera la filosofía política de aquel autor:

 

Porque de los hombres se puede decir generalmente lo siguiente: que son ingratos, volubles, simuladores y disimuladores, amigos de rehuir el peligro y ávidos de ganancia. Mientras les haces el bien y no lo necesitas, son por entero tuyos, pero en cuanto te ven en peligro se te rebelan. Ni hay que creer que sean más leales por los beneficios que reciben, porque como los hombres son malos, nada desean tanto como poder sacudirse el vínculo de la gratitud, por lo que es más seguro tenerlos obligados por el miedo […] Los hombres se afligen del mal y se aburren del bien.[10]

 

            Esta visión pesimista de la naturaleza humana es una filosofía o (antropología filosófica) que forma parte, más o menos escondida, de todo lo que escribió Maquiavelo. Dicho de otra manera, para nuestro autor, Antonio Gómez Robledo, la crueldad típica del Príncipe no brota de circunstancias especiales, psicológicas, sociales, coyunturales, sino de la misma raíz del hombre. Por ejemplo: “los hombres olvidan más pronto la muerte del padre que la pérdida del patrimonio”. La consecuencia es que si es necesario causar un mal   a un hombre, las únicas ofensas aconsejables son las extremas… “hay que hacerlo de modo que el ofendido no pueda tomar venganza”. Ésta es una de las frases que pueden resumir la mentalidad de Maquiavelo. O esta otra: “La crueldad es menos sanguinaria que la bondad”. Si nuestro objetivo fuera presentar la filosofía de Maquiavelo, habría mucho que discutir sobre su actitud, pero nuestro objetivo es comprender el modo de exponer de Gómez Robledo. Hemos visto, y puede ser una primera conclusión, cómo nuestro autor trata de presentar la vida y obra de Maquiavelo sin pasión, buscando la verdad, y dentro de esta búsqueda encontrar actitudes, principios o circunstancias que expliquen a Maquiavelo. No lo condena desde un principio, ni le aplaude. Leamos sus propias palabras que dan fin a la presentación de El Príncipe:

 

Por lo demás está muy lejos de nosotros el querer imputarle a Maquiavelo, ni siquiera a su doctrina, en relación de causa a efecto, la comisión de fechorías como las que hemos nombrado. Habrían tenido lugar del mismo modo con o sin Maquiavelo, con o sin El Príncipe […] Todo eso es verdad, pero también lo es, infortunadamente, que si esas prácticas y esa mentalidad ostentan el nombre, es por haber sido sancionadas, por primera vez en la historia, en las páginas de El Príncipe; lo cual demuestra una vez más, que no hay responsabilidad mayor que la responsabilidad del espíritu y la de su órgano expresivo, o sea el escritor. Maravilloso debe ser sin duda el poder de la palabra escrita, cuando unas cuantas páginas, las más mordientes de aquel libro, nos tienen hasta hoy en sobresalto y batalla.

 

ii

 

Otro tema que nos permitirá conocer la actitud filosófica mezclada con la política en el pensamiento de Gómez Robledo es el estudio que dedica a la obra filosófica de fray Alonso de la Veracruz, dejando fuera la producción teológica o eclesiástica.[11] De Fray Alonso dijo Joaquín García Icazbalceta “que fue uno de los hombres más notables que pasaron a la Nueva España en los tiempos inmediatos a la conquista”.[12] Sin embargo, el cuarto centenario de su muerte, en 1984, pasó casi inadvertido, a pesar de haber sido preceptor y defensor de los indios y primer catedrático en el continente americano de Filosofía y de Derecho de Gentes. En julio de 1984, de manera no oficial, se reunieron para evocar su memoria y legado Jorge Carpizo, Mauricio Beuchot, Elsa Cecilia Frost, Antonio Gómez Robledo y Silvio Zavala.

Lo que más le llamó la atención en fray Alonso y lo más digno de destacarse en él, según Gómez Robledo, fue “la pasión intelectual” , cosa que podíamos decir nosotros también acerca del mismo Gómez Robledo. Al regreso de un viaje que fray Alonso hizo a España, trajo consigo sesenta cajones de libros, con los cuales formó las primeras grandes bibliotecas que hubo en la Nueva España.

Otra de las características que resalta Gómez Robledo en la conducta de fray Alonso, que debería ser la de todo intelectual, es la independencia de juicio, y da de ello un testimonio verdaderamente escalofriante si tenemos en cuenta las circunstancias de la época. Cuenta el biógrafo más antiguo, Juan de Grijalva, que cuando la Inquisición se llevó preso a fray Luis de León por las afirmaciones que había hecho y que escandalizaron profundamente y que llegaron muy pronto a México, junto con la calumnia de que todas las Universidades habían reprobado esas proposiciones, y que fray Luis no se retractaba de ninguna manera, cuando fray Alonso leyó esas proposiciones, dijo: “Pues a la buena verdad, que me pueden quemar a mí si a él lo queman, porque de la manera que él lo dice lo siento yo”.

Otra actitud que conviene destacar es que cuando fray Alonso fue enviado a España luchó en defensa de los indios, incluso frente a las disposiciones del Concilio de Trento, las cuales pidió que fueran derogadas y restaurado el modo de trabajar de los religiosos en México. Parece ser que el clero secular buscaba que los indios también pagaran los diezmos, como los españoles, siendo que los religiosos no les cobraban diezmos.

Entusiasmado por la figura de fray Alonso, recuerda Gómez Robledo que trajo al Nuevo Mundo la Filosofía de Aristóteles, e imprimió en 1554 el primer tratado de Dialéctica y en 1557 el primer tratado de Física. En realidad trató de toda la filosofía, de universa philosophia, como dirían ellos, y que hoy se llamarían en algunas facultades Lógica, Física y Ética (Gómez Robledo hace una pausa aquí y comenta: “a la Física la llamamos hoy Filosofía Natural, para distinguirla de la Física como ciencia experimental”).[13]

Los elementos que destaca en su estudio introductorio sobre fray Alonso nos sirven a nosotros también para conocer el estilo y las preferencias filosóficas de Gómez Robledo. ¿Qué es lo que más preocupaba a fray Alonso al comenzar su etapa de profesor de Filosofía? No empezó por los temas metafísicos o éticos de mayor envergadura, sino lo que persigue “es clarificar para el estudiante lo que a fuerza de sutilezas había llegado a ser un verdadero galimatías en el escolasticismo decadente y corrupto”. Estas palabras tienen mucha importancia, pues tal vez el doctor Gómez Robledo pudo parecer a sus alumnos de la unam excesivamente escolástico. A mediados de diciembre del 2017 apareció en el periódico Milenio una larga entrevista de dos planas completas en las que una famosa profesora de Filosofía en la unam, a quien tuvimos la grata oportunidad de escuchar en los congresos de Filosofía Novohispana en varias ocasiones, narraba que el día de la presentación de su tesis de doctorado, el doctor Antonio Gómez Robledo hizo que la calificaran con la nota de Cum laude, pero no Summa cum laude como ella esperaba, “por haber tratado con escaso interés a la filosofía escolástica”. No creo que esto sea una prueba de que los profesores de la unam , allá por los años cincuenta, fueran escolásticos, sino más bien pensaban que una persona que va a cumplir la tarea de profesor no puede mostrar en público su falta de interés por una época muy importante de la filosofía occidental. Una situación como ésta es casi impensable en nuestro tiempo.

En la película francesa L’avenir (El porvenir), comentada por Annemarie Meier en su columna de cultura del mismo periódico, la protagonista del filme es una profesora de filosofía, Natalie, quien dice en cierto momento de los comienzos de la cinta: “No estoy aquí para hacer política, sino para enseñar a los alumnos”; más tarde dirá “¿Revolución? Sólo quiero llevar a los jóvenes a pensar por ellos mismos”. Más tarde pierde su seguridad interna y ya no hace ninguna afirmación de ningún tipo.

Regresemos a la valoración de fray Alonso de la Veracruz que hace Gómez Robledo. Extensamente nuestro autor se muestra severo con la escolástica, cierta escolástica, al igual que fray Alonso:

 

Al deplorar los años consumidos en el estudio de esos autores sin el menor futo, fray Alonso invoca el dicho de San Pedro al responder a Cristo la siguiente sentencia: “Maestro, trabajando durante toda la noche no recogimos nada”. Después de agobiadores trabajos en que se consumió su juventud, no pudo encontrar el antiguo estudiante, al extender su mano para recoger el fruto, sino el tiempo irremediablemente perdido.[14]

 

Comenta Gómez Robledo: es realmente patética en labios de un escolástico, esta descripción del descrédito en que había caído la escolástica. Fray Alonso veía con optimismo el hecho de acudir desde ese momento directamente a los textos aristotélicos. Entre los citados por fray Alonso se halla Pedro Hispano.[15] En la Dialectica resolutio expone fray Alonso la intención con la que redactaba sus escritos:

 

Nosotros hemos seguido este propósito: reunir lo que es útil, lo que es necesario… Recoger, repetiré, este ardentísimo deseo mío de ayudar a los buenos estudios, cortando todo lo superfluo y atendiendo a la viril limpieza de la facultad.

 

Se ve por el modo de tratar este tema que también era un propósito del doctor Antonio Gómez Robledo, que queda reflejado en sus escritos. Es mucho lo que encontraba aprovechable en la filosofía neoaristotélica de fray Alonso, a pesar de la carga de novedad que éste aportaba. Allí estaba el Árbol de Porfirio o Isagoge, a pesar delas pocas simpatías que encontraba Porfirio en fray Alonso, por la calidad de apóstata de aquél.

Menciona Gómez Robledo la Lógica de Aristóteles, aunque se distancia de ella, y cita como cosa divertida la violenta polémica que tuvo lugar en las páginas de periódico El Universal entre Antonio Caso y Vicente Lombardo Toledano, cada uno de los cuales argüía frente a su contrincante que su argumentación podía articularse en el modo silogístico Barbara, que es el más indiscutible.[16] Eso es un testimonio de la persistencia de la lógica aristotélica hasta tiempos recientes.

La mayor parte del material de la Physica speculatio está hoy más que caduco, afirmaba Gómez Robledo; pero en cambio consideraba que estaba aún en pie, con “interés superlativo”,[17] el conjunto de tres libros De anima y que aún hoy

 

son válidos como psicología racional, al lado de la psicología empírica como ciencia de la naturaleza y de la psicología como ciencia del espíritu, en la dirección seguida a partir de Dilthey.

 

Recordemos que Gómez Robledo está presentando la filosofía de Fray Alonso de la Veracruz y que nosotros tratamos de ver en esa actividad el modo de ser y preferencias filosóficas de Gómez Robledo. Ahora bien, sigue diciendo éste:

 

las dudas o reticencias del P. de la Veracruz son las que tuvo el proprio Aristóteles, sin acertar a resolverlas nunca. Pero como estamos convencidos de que el tratado De Anima es lo más vivo hasta hoy en la obra filosófica de fray Alonso, nos será permitido explicarnos en esto con cierto pormenor…

 

            Es el testimonio más claro de una actitud que podríamos llamar de “conservación selectiva de la filosofía aristotélica” por parte de Gómez Robledo, quien se extiende aquí en una disertación muy larga, tenida cuenta de la extensión total de su presentación, recordando las tres teorías sobre el alma de Aristóteles, especialmente la última, el llamado hilemorfismo, que según él da cuenta cumplida de la unidad sustancial del hombre, sostenida esta teoría por Santo Tomás de Aquino sin retroceder ante las dificultades que plantea. La teoría es mantenida hoy por muchísima gente, aunque no tenga conciencia de que exista tal teoría ni de su larguísima historia. Ya que, en consonancia con las interpretaciones que San Agustín y Santo Tomás, se trata de saber cuándo se presenta el alma en el feto, lo cual afecta a las discusiones sobre la licitud del aborto, si se nos permite poner un ejemplo, para los que exigen a la Filosofía que se haga presente en los problemas de nuestros días, aunque esa exigencia pertenece a las primeras etapas de la vida de un estudiante de filosofía y luego debe quedar superada.

Se muestra aquí el doctor Gómez Robledo plenamente conocedor de este dificilísimo problema filosófico, con inclinación hacia el modo de ver la cuestión de los autores cristianos. Por eso añade este párrafo:

 

Me doy bien cuenta de los tremendos problemas que esto plantea desde el punto de vista de la psicología experimental y la fisiología del cerebro humano, y por estar yo mismo del todo incapacitado para resolverlos, me limito a dejar constancia del pensamiento de aquellos hombres.

 

Aquellas discusiones no eran frente a enemigos ajenos a la filosofía o la teología, sino frente a cerebros tan poderosos como el de Occam, entre los franciscanos, quien pensaba “Que todo esto lo sabemos sólo por la fe”; aquí se refería a los problemas tratados por Aristóteles en su De anima.

Como recordarán los lectores de Umberto Eco; en concreto en su novela El nombre de la rosa hay un momento en que Guillermo de Baskerville, el franciscano llamado como mediador a la abadía, en la larga conversación que mantiene con Ubertino de Casale se refiere así al filósofo Occam:

 

Ubertino: Lo conocí poco. No me gusta. Un hombre sin fervor, todo cabeza, nada corazón.

Guillermo: Pero es una hermosa cabeza.

Ubertino: Quizá, seguro que le llevará al infierno.

Guillermo: Entonces lo encontraré allí abajo y podremos discutir sobre Lógica.

 

Supo Umberto Ecco dar vida a un fragmento de la historia de la filosofía que parecía muerto. Occam es uno de los grandes sobrevivientes de la Edad Media filosófica. Nuestro autor Gómez Robledo, después de destacar los méritos de dominicos y agustinos en estos temas, afirma que en último término no es la hermenéutica filosófica la que decide, sino la teológica. Algo similar ocurre con el tema de la inmortalidad del alma. Pero son muy importantes unas palabras del historiador González Casillas, quien al comentar esta obra de Fray Alonso dice:

 

Nos dejó un curso completo de filosofía especulativa, bien digerida y elegantemente expuesta según el progreso hasta entonces alcanzado. Es un orgullo para México el haber podido cosechar estos frutos desde la primera eclosión del país a la vida intelectual.

 

Asimismo, es hermoso constatar la satisfacción y orgullo de Antonio Gómez Robledo al poner su atención en el tratado de fray Alonso titulado De dominio infidelium, tratado que colocó a México dentro del continente americano como el primer país con un catedrático de Derecho de Gentes en la Universidad de México. El escrito tiene una larga y atormentada historia desde el curso de 1554-1555 hasta 1968, cuando fue publicado por Ernest J. Burrus S.J. en Roma, con traducción al inglés. La razón de las dificultades sufridas por ese tratado es evidente, pues molestaba muchos y fortísimos intereses. Veamos un par de ejemplos:

 

·      Duda 1 = ¿Pueden, los que poseen pueblos en el Nuevo Mundo sin título, percibir tributos justamente, o por el contrario están obligados a restituirlos y dejar libres a los nativos?

·      Cuestión 7 = ¿Es el emperador señor del mundo?

·      Cuestión 9 = ¿Tiene el sumo pontífice la suprema potestad?

 

            En este momento no estamos tratando nosotros estos temas tan importantes. Recordamos que nuestro objetivo ha sido descubrir la mentalidad filosófica de Gómez Robledo, aunque ya la está mostrando, pues dedica más páginas a esta cuestión que a las otras que hemos mencionado. Enfrentar la figura del emperador no era algo que se viera todos los días. Leamos el párrafo final de la respuesta que daba fray Alonso a la Cuestión 7:

 

De todo ello se sigue que una vez establecido, como consta, que este nuevo orbe nunca estuvo sometido al imperio romano, ni de iure ni de facto, ni que estos infieles eran hostiles a los cristianos, síguese, por lo tanto, que el emperador, por el hecho de ser emperador, no puede arrebatar a éstos sus campos y sus dehesas y dárselos a otros en contra de su voluntad…

 

Fray Alonso de la Veracruz, después de esa tajante afirmación, se plantea el caso de que el Romano Pontífice diera la facultad al Emperador, por motivos espirituales, para apacentar y reducir a la fe a los habitantes de aquellas tierras, pero pone una serie de limitaciones. Hoy es difícil entender esta actitud de fray Alonso, pues al haber desaparecido la fe católica en gran medida en los espacios académicos es casi imposible apreciar el peso que tenía en aquellos hombres el hecho de que el máximo bien era para ellos el conocimiento y cumplimiento de la fe, lo que había llevado a durísimas y larguísimas discusiones ya desde San Agustín, y con aquello de “forzar a entrar en la Iglesia”, muy alejadas de la convicción actual de la libertad de elección frente a las religiones. Así como la corrupción de esta libertad equivale para muchos a no tener ninguna religión, así entonces la corrupción del pensamiento de presentación de la fe a los paganos equivalía al permiso general para apropiarse de todo lo que pudieran.

Veamos cómo considera el doctor Gómez Robledo, y con ello nos vamos acercando ya al final de nuestra comunicación, el pensamiento teocrático y todo lo relacionado con él.

 

Al llegar a este punto es menester afinar como nunca el espíritu crítico para alcanzar, hasta donde es posible, una justa comprensión de la doctrina de estos hombres, los teólogos-juristas españoles, entre ellos el Maestro agustino [fray Alonso], una doctrina que cuando se ha penetrado bien en ella, acusa en todos ellos numerosas fluctuaciones, más aún, a veces, verdaderas contradicciones. […] Por ingrata que sea la labor, tratemos de despegar o desasir lo que parecía estar inextricablemente asido o pegado en la teoría de quienes actuaban simultáneamente, y acaso sin darse cuenta, como teólogos juristas y como teólogos misioneros. Por lo primero, estaba el derecho natural; por lo segundo, el derecho divino.[18]

 

Sería necesario leer muchas más páginas de sus obras para darnos cuenta y apreciar el valor de este intelectual mexicano que forma parte de una brillante generación, que quizás no apreciamos adecuadamente por nuestra cercanía temporal con ellos. Sin embargo nos recomendamos a nosotros mismos y a todo el que quiera oírlo, que muchos países quisieran tener una generación como ésa. Honor a quien honor merece.



[1] Maestro Emérito de la Universidad de Guadalajara, licenciado en Filosofía por la Universidad de Comillas, licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid, doctor en Filosofía por la Universidad de Comillas, después de cuatro años de posgrado en la Universidad de Deusto en las mismas disciplinas. Profesor, investigador y traductor. Este Boletín agradece al autor su generosa disposición para divulgarlo en estas páginas.

[2] Organizaron el Congreso el Instituto de Filosofía, la Universidad Jesuita iteso, el Seminario Conciliar de Guadalajara, el Colegio Jalisciense de Filosofía y la Secretaría de Cultura de Jalisco.

[3] En el texto de la contraportada de la obra De la poesía a la filosofía: ensayo sobre la subjetividad, México, Fondo de Cultura Económica, 2012.

[4] 30ª edición, México, 2015, p. ix.

[5] Ibid., p. xi.

[6] Id.

[7] Cf. Deborah Harkness, La sombra de la noche, cap. 25.

[8] A. Gómez Robledo, “Prólogo...”, op. cit. p. xxi.

[9] Tales como Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), Giovanni Gentile (1875-1944), Antonio Gramsci (1891-1937), que le equipara con el proletariado.

[10] El Príncipe, cap. xvii.

[11] Gómez Robledo, El magisterio filosófico y jurídico de Alonso de la Veracruz, México, Porrúa, colección Sepan cuantos…, núm. 461, 1984.

[12] Ibid., p. vii.

[13] Ibid., p. xviii.

[14] Ibid., p. xix.

[15] Petrus Hispanius, Jn xxi.

[16] Modo perfecto de silogismo o pensamiento deductivo que va de lo general a lo particular, que tiene una premisa universal afirmativa, después otra premisa universal afirmativa pero que se relaciona con la primera, y después la conclusión.

[17]  Op. cit., p. xxiv.

[18] Ibid., p. xxxvii.



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