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Encarnados en cera: cuerpos-relicario de los santos mártires cristianos

Ana Lucía Montes Marrero[1]

 

Entre las devociones que hoy en día tiene la catedral de Guadalajara destaca la veneración de un cuerpo-relicario identificado como santa Inocencia. En la parroquia de Lagos es el caso del de san Hermión. Conocer cómo y en qué condiciones se generó la veneración a esos objetos es el tema que aborda el artículo que sigue.[2]

 

A lo largo de la historia, los relicarios que resguardan los restos mortales de los santos del cristianismo han ido cambiando estilísticamente. La tipología del cuerpo-relicario se refiere a la representación del cuerpo exánime, en tamaño natural, del santo mártir catacumbal. Están elaborados de cera y otros materiales y contienen la reliquia; es decir, restos óseos. Desde el siglo xviii fueron elaborados y distribuidos desde Roma a todo el mundo, para consagrar los altares de los templos donde hoy en día se les sigue venerando y conservando.

Cuadro de texto: Imagen 1. “Mártir en las catacumbas”, de Jules-Cyrille Cave, 1886

El 1º de noviembre se celebra dentro del calendario litúrgico de la Iglesia católica el día de Todos los Santos, una festividad heredada de siglos pasados en la cual se exponen a la feligresía las reliquias resguardadas en los templos. Ésta es, en la mayoría de los casos, la única oportunidad anual para visitarlas y conocerlas. Sin embargo, son objetos que en la actualidad pueden resultar ajenos y extraños, por lo cual es labor importante rescatar su valor mediante la difusión de su verdadero origen y significado.

La figura del santo mártir ha estado presente en la devoción cristiana desde los primeros tiempos: del latín martyr y del griego μάρτυς, testigo; es decir, el hombre o la mujer que dio testimonio de la fe con su sangre y muerte. Según el Derecho Canónico, son ejemplos edificantes y la Iglesia debe promover el culto de aquellos incluidos por la autoridad en el catálogo de los Santos o Beatos. A sus restos mortales se les llama reliquias, del latín reliquiae, restos. Por un lado se encuentran las de primer grado, que se refieren a cualquier parte del cuerpo del santo, que por más pequeña que sea se considera que posee la misma carga simbólica del todo; por el otro, las de segundo grado: los objetos que han estado en contacto con el cuerpo.

Los restos de los primeros mártires del cristianismo proceden en su mayoría de las catacumbas romanas, cementerios subterráneos que contenían las osamentas de judíos, romanos y cristianos por igual. Algunas de las más importantes fueron las catacumbas de Domitila, Priscila, Pretextato y Calixto, todas en Roma. Fue en esos sitios donde comenzaron las primeras ceremonias litúrgicas lejos de las persecuciones del Imperio romano, antes de la “Paz de Constantino”.[3]Cuadro de texto: Imagen 2. Catacumbas de San Calixto, Roma

La extracción de los restos de los mártires fue sistemática, ya que debían identificarse los esqueletos mediante la presencia de los signos que aludieran al martirio (signa martirii), decretados en 1668 por la autoridad pontificia: un vaso con sangre (vas sanguinis), instrumentos de tortura, dibujos de palomas con palmas en el pico, el nombre del santo en una tablilla, a veces acompañado de la palabra “mártir” o de una “M”.[4] Al hallarlos todos, o bien los considerados de mayor relevancia –vaso de sangre y palma–, se determinaba entonces que eran mártires cristianos. En caso de no existir alguna alusión a su nombre, se les bautizaba con alguna virtud cristiana, razón por la cual existen varios mártires con el mismo nombre en distintas áreas geográficas sin significar aquello que uno sea auténtico y el otro no.

En el año de 1578 hubo un derrumbe en la Vía Salaria que permitió el redescubrimiento de las catacumbas, que habían estado ocultas y en abandono. Fue entonces cuando grandes personajes de la arqueología cristiana, Antonio Bosio,[5] Marco Antonio Boldetti,[6] y más tarde, Giovanni Battista de Rossi,[7] entraron en escena y excavaron las galerías. Existieron épocas particularmente prolíficas en extracciones, como el  pontificado de Pío vi (1775-1799), llamado “la edad de oro de la exhumación masiva de corpi santi de los cementerios romanos”;[8] y luego durante el siglo xix, al calor del auge de los estudios arqueológicos.

Una vez hechas la extracción y autentificación de las reliquias, se repartieron por el mundo para consagrar altares, capillas y templos. Los restos santos requirieron necesariamente un receptáculo digno, el relicario, objeto encargado de protegerlo, adornarlo y dejarlo a la vista. Sus formas y materiales fueron evolucionando y adaptándose a las corrientes estilísticas acordes a cada época y periodo artístico. Fue así que hubo un momento en el cual se prefirió dejar la osamenta sin recubrir, a la vista dentro de un relicario con vidrieras en la que un papel indicase el nombre de mártir; después se buscó velar parcialmente la reliquia, pero a la vez dotarla de mayor naturalismo con la representación de cuerpo completo del santo mártir. Existe toda una clasificación de los relicarios que los divide según su morfología: los hay bustos-relicario, brazos-relicario, peanas-relicario, pirámides-relicario, entre otros.[9]

Cuadro de texto: Imagen 3. Cuerpo-relicario de ceroplástica, San Celestino mártir, Catedral de Durango

En los casos que muestran la anatomía completa, las figuras se representan yacentes, con un gesto facial relajado, ojos y labios están entrecerrados y son ostensibles las heridas mortales en el cuello, frente, u otros lugares. Suelen ser de tamaño natural, elaborados con cera combinada con otros materiales, aunque también existen casos excepcionales de madera policromada. Al ser relicarios, contienen uno o varios huesos del santo al que representan, que pueden observarse a través de “ventanas” abiertas en la cera o madera. La vestimenta es a la usanza romana; los varones están ataviados como soldados o civiles, y las santas como matronas. Los protege una urna con vidrieras en al menos tres de sus caras, mientras que una cuarta funge como tapa del contenedor, para permitir a los fieles observar el relicario.

En su mayoría, y al ser una “invención del todo romana”,[10] los esqueletos fueron recompuestos y elaborados como cuerpos-relicario por parte de artistas italianos. Ello resulta perfectamente entendible por ser Italia el territorio por excelencia en la fabricación de obras ceroplásticas[11] desde finales del siglo xiii y principios del xiv,[12] sobre todo ciudades como Bolonia y Florencia. La creación del cuerpo-relicario abarca varios siglos, desde el xviii hasta nuestro siglo xxi, una temporalidad muy extensa. Existen casos excepcionales ene que estas anatomías evocadas fueron creadas por artistas locales a partir de los restos óseos que se enviaron desde Roma. Es por lo anterior que en ocasiones se pueden observar variantes materiales y estilísticas de acuerdo con la tradición artística local.

En el caso de los ejemplares italianos, éstos se mandaban, encarnados en cera, al sitio de destino, junto con un documento oficial llamado “auténtica”, aprobado por la Sagrada Congregación de Indulgencias y Sagradas Reliquias.[13] Ese manuscrito contenía información sobre el año y el cementerio o catacumba de extracción, el nombre del Papa, la fecha de donación, el nombre del destinatario, la vestimenta a la usanza romana, la caja y de qué material, la existencia de sellos[14] y si se donaba para ser venerado en capilla u oratorio.[15] Asimismo, se mandaba el vaso de vidrio o terracota que presumiblemente contenía sangre del mártir pura, mezclada con tierra, o huesos y telas.[16] Actualmente, en algunos ejemplares se pueden observar ambos elementos dentro de las urnas, acompañando la efigie del mártir.

En un cuerpo-relicario coexisten materiales muy diversos y técnicas complejas. Se trata de armados cuyo interior, oculto al ojo, se compone de soportes metálicos, rellenos de algodón o telas, además de la osamenta completa del mártir o sólo de algunos huesos. Lo que se observa por fuera son extremidades hechas de cera vaciada en moldes–cabeza, manos, piernas y pies—, postizos –ojos de vidrio, pelucas, dientes—, vestimenta de textiles lustrosos como raso, satín, terciopelo o damascos; accesorios como coronas de hojas o flores, colchoneta, cojines y palmas.[17]

La característica cardinal del cuerpo-relicario es su alto grado de realismo. De ahí la elección de la cera como materia, pues desde tiempos inmemoriales se aprovecharon su maleabilidad y capacidad de imitar la piel, traslúcida hasta cierto punto, lisa y suave. La finalidad de todo esto fue hacer sentir al observador, en un sentido teatral, que no sólo se estaba frente a la reliquia, sino frente al cuerpo exánime del mártir, recordando a los fieles su sacrificio.

No era la primera vez que la cera hacía de protagonista en la representación de un cuerpo humano. Lo sabían los romanos, que la empleaban para fabricar las máscaras mortuorias de sus antepasados, a las que añadían ojos de vidrio; los italianos, que realizaban los bóti o esculturas funerarias que representaban a los difuntos en las procesiones de la nobleza desde el siglo xiv[18] y finalmente, las figuras de cera de las primeras galerías, que recordaban al público escenas criminales y actos violentos. A varios nos viene a la mente, al oír la palabra “cera”, el museo de Madame Tussaud en Londres, quizá el ejemplo más representativo del tipo: lugares que causan sensación, pero también considerados grotescos.

Las esculturas de cera con las cuales se ha relacionado más a los cuerpos-relicario, son los modelos anatómicos. Con una función meramente didáctica para la enseñanza de la medicina, se elaboraron en los siglos xviii y xix estas representaciones, en cera maciza o ahuecada, de cuerpos humanos completos, con partes desmontables y diversos niveles de profundidad: huesos, órganos, músculos, piel y postizos. Gracias al estudio material de dos relicarios en ceroplástica pertenecientes a la Catedral de Durango, se determinó que el lazo que une a los cuerpos-relicario con los modelos anatómicos está únicamente en los elementos de cera de las extremidades y el uso de huesos como soporte.[19]

A diferencia de otras tipologías, un cuerpo-relicario es materia modesta en sí: cera, alambre, rellenos y telas; sin embargo, todos ellos trabajados para lograr un resultado vistoso y digno. No se escatimaba en adornos, sedas lustrosas de colores, lentejuelas, aplicaciones de encaje, galones de oro, perlas, hilos metálicos, coronas, flores de tela: en síntesis, un mártir revestido de lujo, cuya apariencia alude a su nobleza espiritual como defensor de la fe.

Cuadro de texto: Imagen 4. Cuerpo-relicario de Santa Inocencia, Catedral de Guadalajara

El sentido del realismo de un cuerpo-relicario quizá no sea muy diferente del de las figuras desmembradas, si bien sí lo son su finalidad y significado. La técnica con la que están realizados y el cuidado en la selección de los materiales se conjuntan para provocar cierta reacción en el observador, ya fuese cercanía, intimidad, o simplemente despertar el interés, el mismo que podemos aún sentir al vislumbrar dentro de los templos estos mártires de cera. Existen diferencias, por supuesto, en la forma de representar el cuerpo, pues el del mártir, aunque es humano, posee un halo idealizado que lo separa de nosotros, y ello lo indican sus facciones y posturas, muy clásicas; una suavidad de la cual carecen los modelos anatómicos y las figuras de los museos.

El cuerpo-relicario frecuentemente genera confusión e historias muy alejadas de su significado original. Entre los errores más habituales está considerarlos momias o cadáveres incorruptos, debido a su extremo realismo. Existen ejemplares icónicos al respecto, como el relicario de Santa Inocencia en la Catedral de Guadalajara, alrededor del cual existe la extendida leyenda que la identifica como el cuerpo embalsamado de una niña mexicana, con un vestido blanco que recuerda a los de primera comunión. Éste en realidad es un relicario fabricado con diversos materiales que contiene los huesos de las manos, y en un vaso la sangre, de una mártir romana, extraídos de la catacumba de Santa Ciriaca en 1786 y recibidos en 1788 en la ciudad.[20] En determinado momento se sustituyó su vestimenta original romana por la ropa blanca de factura reciente. Esto, aunado a una intervención anterior en la cual se añadió policromía sobre la mascarilla del rostro, está afectando su apreciación por parte de la feligresía. Sin embargo, se trata de uno de los cultos más activos dentro de la Catedral de Guadalajara.

El anterior es sólo uno de los ejemplares que han sufrido las consecuencias de la descontextualización, una problemática frecuente en los cuerpos-relicario del país. El cambio de vestimenta por una que no sea la original (a la usanza romana), y la falta de una cédula informativa, propician el surgimiento y la difusión de “interpretaciones falsas” y “devoción desviada” que menciona el Derecho Canónico de 1983. Por ello, artículos como el presente buscan dar a conocer el verdadero significado y origen de estas magníficas obras italianas o locales. Es importante que, ya sean los ojos del feligrés o bien de quien aprecia las creaciones artísticas del pasado, sepan que lejos de ser meras esculturas, el santo mártir está ahí contenido, con una importancia tal que sólo un fragmento basta para consagrar espacios completos, recordar su vida ejemplar y los orígenes mismos del cristianismo.

 

 

Bibliografía y fuentes electrónicas

 

·       Báez Hernández, Montserrat Andrea (2013), Catálogo de cuerpos relicario de la ciudad de Puebla. Tesis para obtener el título de Licenciatura en Historia. Puebla, buap, Facultad de Filosofía y Letras, 99 páginas.

·       Ballestriero, Roberta (2013), Efigie, cadáver y cuerpo enfermo en la ceroplástica. Tesis de doctorado, Universidad Complutense de Madrid, Facultad de Bellas Artes, sección departamental de Historia del Arte iii, 544 pp.

·       Bazarte Martínez, Alicia (s/f), Veneración de reliquias y cuerpos de cera en los días de los fieles difuntos y todos los santos. Cuadernos de Patrimonio Cultural y Turismo, núm. 16.

·       Código de Derecho Canónico (1983, 25 de enero), “Título iv. Del culto de los santos, de las imágenes sagradas y de las reliquias (Cann. 1186-1190)”. Consultado en La Santa Sede: http://www.vatican.va/archive/esl0020/_p4b.htm

·       Montes Marrero, Ana Lucía (2017), Ceroplástica sagrada. Análisis de la técnica de factura y conservación de los relicarios de San Plácido y Santa Faustina de la Catedral de Durango. Tesis para optar por el título de Licenciada en Restauración de Bienes Muebles. Escuela de Conservación y Restauración de Occidente, Guadalajara.

·       Pregunta Santoral (23 noviembre 2012), “Santa Inocencia en Guadalajara (México)” Consultado en: http://www.preguntasantoral.es/2012/11/santa-inocencia-de-guadalajara/

·       Sánchez Reyes, Gabriela (2004), Relicarios novohispanos a través de una muestra de los siglos xvi al xviii. Tesis para obtener el grado de Maestra en Historia del Arte. Facultad de Filosofía y Letras, unam, México.



[1] Licenciada en Conservación y Restauración en Bienes Muebles, su tesis Ceroplástica sagrada. Análisis de la técnica de factura y conservación de los relicarios de San Plácido y Santa Faustina de la Catedral de Durango ha sido acaba de obtener el primer lugar como tesis de licenciatura en el certamen Premios inah 2018.

[2] Este Boletín agradece a la autora del texto su inmediata disposición a elaborar este artículo.

[3] En el año 313 dC el emperador Constantino decretó el cristianismo como religión oficial del Imperio romano, con lo cual cesaron las persecuciones.

[4] Sánchez Reyes, 2004: 247 y Báez, 2013: 135.

[5] Antonio Bosio (1575-1629), fundador de la Arqueología Cristiana, autor del libro Roma Sotterranea.

[6] Marco Antonio Boldetti (1663-1749). Arqueólogo italiano, nombrado Custodio de las Catacumbas por Clemente xi, autor de Osservazioni sopra i Cimiteri de Santi Martirie Antichi Christiani di Roma.

[7] Giovanni Battista de Rossi (1822-1894), apasionado de la arqueología, fue quien descubrió las Catacumbas de San Calixto. Autor del libro Roma sotterranea cristiana.

[8] Ghilardi, 2016, citado en Sánchez Reyes, 2016

[9] Para mayor información, revisar Sánchez Reyes, 2004.

[10] Ghilardi, 2016, citado en Sánchez Reyes, 2016.

[11] Llámase así al arte de modelar la cera.

[12] Bazarte, s/f.

[13] Sánchez Reyes, 2016.

[14] Sánchez Reyes, 2004:51

[15] Báez, 2013:142.

[16] 2013:136.

[17] Montes, 2017: 36-53.

[18] Ballestriero, 2013: 11-12.

[19] Montes, 2017:138.

[20] Pregunta santoral, 2012.

Felicidades a nuestros Sacerdotes Díaz Vega Carlos Javier · Llerena Llerena Joaquín Abel ·


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