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Pionero de la Pastoral de la Comunicación

Presbítero Adalberto González González (1940-2018)

José de Jesús Parada Tovar[1]

 

Se condensa en el texto que sigue el cimiento que en su tiempo echó un eclesiástico del clero tapatío recién fallecido, que durante muchos años tuvo la dirección de este Boletín.

 

A punto de cumplirse los primeros 20 años de ininterrumpida publicación del periódico Semanario, órgano oficioso de formación e información de la Arquidiócesis de Guadalajara, su consejo editorial determinó asignar a su sala de redacción el nombre de “Presbítero Adalberto González González” mediante una placa que lo consigna como “Pionero de la Pastoral de la Comunicación y co-Fundador del Semanario”, fechada en Guadalajara, Jalisco, el sábado 25 de junio de 2016, en el año de sus Bodas de Oro Sacerdotales y en el preciso día en que cumplía 76 años de edad.

El acto sirvió para destacar al homenajeado como un elemento “roturador y de vanguardia, que dio formal paso, a partir de 1979, a una tarea organizada, profesional y sistemática de información y comunicación de la Iglesia hacia los medios de difusión, los cuales encontraron en la Oficina de Prensa del Arzobispado una fuente noticiosa permanente, accesible y confiable”.

Obviamente, se trataba de los inicios exploradores, diríase experimentales, además de carentes de los suficientes recursos humanos, materiales y financieros. Se abría la posibilidad de darle gradual propagación y una amplia dimensión a toda la labor eclesial, tal como lo recomendaban y exigían la dinámica y enseñanzas del Concilio Vaticano Segundo.

Desde unas dos décadas antes ya se hacían algunos esfuerzos en esa línea, aunque inconsistentes y no estructurados. No había un vocero curial propiamente dicho, si bien voluntariosos sacerdotes asesoraban o servían eventualmente de enlace directo con los reporteros. Recuerdo, entre otros, a los Padres Santiago Méndez Bravo, Eduardo Gorgonio Vargas, José Rosario Ramírez Mercado, Salvador Castañeda Medrano, Miguel Pérez Velasco, José de Jesús de León Arteaga y José María Velasco Ortega.

 

Un encargo retador y difícil

 

Seguramente la encomienda le resultó desafiante, cuesta arriba, al Padre Adalberto González, pero también providencial para la Iglesia diocesana por la visión y mandato de sus superiores eclesiásticos. No es de menor importancia, en efecto, el hecho (acaso insólito e inédito en la Iglesia de nuestro continente) de haber sido el sucesivo vocero de tres Cardenales: D. José Salazar López, D. Juan Jesús Posadas Ocampo y D. Juan Sandoval Íñiguez, respectivamente el séptimo, el octavo y el noveno Arzobispos de Guadalajara, y en cuyos periodos debió sortear delicados manejos de información e imagen institucional, pero siempre con prudencia, oportunidad, amabilidad y apego a la verdad.

Lo cierto es que su carácter jovial, siempre abierto y de buen humor, le facilitaba de manera innata la comunicación con cualquier clase de personas, lo mismo familiares que desconocidos, igual con sus feligreses que con sus hermanos sacerdotes o con los periodistas, destacando en todo ello su espíritu de servicio desinteresado. Así lo constataron, durante más de 30 años, numerosos comunicadores profesionales que confiadamente acudieron a él buscando dirección espiritual, consejo, absolución, bendición personal o de sus bienes, además de solicitarle, para sí o para parientes y amistades, la administración de diversos Sacramentos. A no pocos casó y a otros ungió in extremis o les ofició sus Exequias.

No se diga en su responsabilidad explícita como el primer Director de la Oficina de Prensa y Comunicaciones Sociales. Jamás se le obstruyó o dificultó a algún periodista de radio, de televisión, de periódicos o revistas el acceso a la información del Arzobispado, incluyendo la emisión de detallados boletines de prensa, la organización de oportunas ruedas de información o la gestión de entrevistas exclusivas y aun la concurrencia a programas radiofónicos o televisivos, tanto facilitando la comparecencia del Arzobispo, de los Obispos Auxiliares o de otros titulares de dependencias diocesanas, como fungiendo personalmente de vocero, lo cual le implicó estar siempre atento al acontecer cotidiano y de ello enterar a sus pastores y demás instancias de la Curia mediante información específica o a través del frecuente contacto individual.

 

Un perfil predestinado

 

Oriundo de la Capilla de Guadalupe, municipio de Tepatitlán de Morelos, en la región de Los Altos de Jalisco, Adalberto nació el 25 de junio de 1940 del matrimonio cristiano de D. Filemón González y Doña Serafina González, siendo el cuarto de siete hermanos (tres mujeres mayores y tres varones menores).

En 1953 ingresó al Seminario Diocesano Menor de Guadalajara, alentado, entre otros sacerdotes, por el joven Padre Vicario Enrique Sandoval Godoy. Su tierra de origen, por cierto semillero levítico que ha dado un centenar de Presbíteros y cientos de exseminaristas laicos y de vocaciones consagradas.

Cuando en el Seminario Mayor cursaba los estudios de Filosofía y de Teología, se embebió en la lectura de grandes autores de la literatura universal y ensayó a escribir en los géneros de la narrativa y la poesía. Varios de sus trabajos fueron publicados en la revista Apóstol. Asimismo, desató su inquietud por el dibujo, la pintura y el diseño artístico, que puso en práctica para encabezar cada año la confección de los altares o monumentos con ocasión del afamado y tradicional Corpus Christi, así como el decorado de otras festividades religiosas o eventos culturales.

A la sazón Prefecto del Seminario Menor Auxiliar de Santa María de Guadalupe, en Totatiche, Jalisco, e influido vivamente por el entorno y ambiente de aquellas tierras del norte del estado, el Padre Adalberto González dio a las prensas, en 1970, la primicia de sus 15 libros: Voces secas, al que siguieron Tierra adormecida, Lo que allí pasó, Así eran ellos, ¡Ni modo que no!, Itinerario (poesía en prosa), Dichos alteños, De los Congrán, De los Arcada, ¡Ah, qué dichosos!, Se alborotó el gallinero, Más allá de Allipac, Cuentos niños, Personajes, Todos se nombran, pero nadie se llama y El silencio de los guerreros, que es su obra póstuma, editada en este otoño de 2018.

Cada vez más pulido y sólido en su peculiar estilo, que refleja con fidelidad y gracia el habla, la vida, el ambiente y el clima del pueblo con sus clásicos personajes, sus paisajes y tradiciones, el autor fue ganándose un destacado lugar entre la brillante pero cada día más rala pléyade de escritores costumbristas en el Occidente de la República. No obstante, a la vez con jocosidad y modestia, solía confiar a sus más allegados: “Yo nunca he sido ni seré Párroco, como tampoco he formado parte ni perteneceré a ninguna capilla de intelectuales o literatos; solamente pertenezco a una Capilla, la de Guadalupe”. Y es que, argumentaba, las elites o círculos de “literatos exquisitos” juzgan que del Seminario o del Presbiterio no pueden surgir autores de prestigio.

Durante 25 años le publicaron numerosos cuentos en el Suplemento Cultural dominical del periódico El Informador, que fueron conformando legajos temáticos para luego adscribirlos él a libros, tal como ocurrió con posterioridad con su nueva producción, plasmada en entregas para Semanario y que también le siguieron abonando al acopio selectivo para otros libros.

Con cuánta razón, sobre todo a raíz de sus primeras diez obras, el Taller de Teatro del Maestro Guillermo Aldrete seleccionó varios de sus cuentos y llegó a dirigir su escenificación. Además, algunos alumnos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UdeG profundizaron en la interpretación estilística del Padre González y de ahí sustentaron sus tesis para titularse.

Aparte, testimonio honroso del reconocimiento a su legado cultural lo constituye el elenco de personajes que han prologado o ilustrado sus libros, o glosado su obra en actos públicos. Por ejemplo, del Clero tapatío, el Señor Cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, el Señor Obispo José Francisco González González y los Padres José Rosario Ramírez Mercado, Antonio Gutiérrez Montaño, Alberto Ávila Rodríguez y Tomás de Híjar Ornelas. Igualmente, escritores, académicos y comunicadores como Augusto Orea Marín, Luis Sandoval Godoy, José Luis Meza Inda, Víctor Hugo Lomelí Suárez, Alfonso Toral Moreno, Wolfgang Vogt, Silvia Quezada Camberos, Lourdes Celina Vázquez Parada, Felipe Cobián Rosales, Alberto Gómez Barbosa, José Dorazco Valdés, Gustavo Curiel Ballesteros, Román Ramírez Carrillo, Francisco Gallegos Navarro, José de Jesús Parada Tovar. Como ilustradores, el singular acuarelista Alfonso de Lara Gallardo, el fotógrafo Guillermo Guzmán Luna, los cartonistas Rodolfo Caloca Hernández y Horacio Arriola Velasco…

En conjunción y complemento con su ejercicio ministerial, Don Adalberto dirigió por varios años la revista Apóstol, del Seminario Mayor. Casi por tres décadas se hizo cargo de editar la Hoja Parroquial, que en su tiempo alcanzó un tiraje de hasta 250 000 ejemplares semanales, como también fue Director, durante cinco lustros, de este Boletín Eclesiástico.

   

De vocación y corazón sacerdotal

 

“El Padre Adalberto fue un buen Sacerdote; siempre alegre; nunca se quejó de sus males físicos; hombre de Iglesia, a la que prestó grandes servicios”, dijo de él en su Misa Exequial, el lunes 26 de agosto de 2018, el Señor Cardenal Juan Sandoval Íñiguez, Arzobispo Emérito de Guadalajara, al presidir la Eucaristía en el céntrico templo de Santa María de Gracia, en la que concelebraron 25 Presbíteros.

“El Abuelo de las Comunicaciones” lo había apodado años atrás y con afecto el propio purpurado. Y, en efecto, no sólo había inaugurado la moderna etapa comunicacional de la Arquidiócesis y atendido con tino y eficiencia a cientos de periodistas, sino también, con fraterna generosidad y atingencia, encaminó, guió y acompañó en ese oficio a otros sacerdotes que despuntarían eficazmente, como los Padres Antonio Gutiérrez Montaño (su sucesor), Pedro Rodríguez González, Carlos Vázquez Romero, Alberto Ávila Rodríguez, Guillermo Chávez Aguayo, Maurilio Martínez Tamayo, José Manuel Anceno Rivas, Joel Ascencio Casillas, Juan Javier Padilla Cervantes, Paulino Coronado Campos, Sergio Macías Robledo, Germán Orozco Mora y varios más.

Recibió el Sacramento del Orden el 17 de diciembre de 1966 en la Iglesia Catedral Basílica, por ministerio del Señor Cardenal José Garibi Rivera, sexto Arzobispo Metropolitano, quien de inmediato lo destinó como Vicario Parroquial al Santuario del Señor de los Rayos, en Temastián, Jalisco, aunque pronto lo nombró Director Espiritual y luego Prefecto de Disciplina del Seminario Menor Auxiliar de Totatiche, donde también fue profesor de diversas materias, a la par que apoyaba al Señor Cura de la parroquia de Nuestra Señora del Rosario.

Después de batallar siete años, debido, entre otras cosas, a las carencias por la precariedad presupuestal para asegurar el mantenimiento de la casa y el sostenimiento de 80 alumnos en promedio anual, el Señor Cardenal Arzobispo José Salazar le confió la prefectura general del Seminario Menor de Guadalajara, domiciliado en la Casa de San Martín, del Sector Libertad, y enseguida la dirección del Instituto de Vocaciones Adultas, iva, primero asentado por la cercana calle de Emiliano Zapata y luego cambiado al Seminario Menor Nuevo, del entonces fraccionamiento Camino Real. Por necesidades del curriculum escolar, le tocó impartir nociones de inglés, así como talleres de manualidades, y clases de literatura, poética, clásicos, cultura humanística, latín e introducción a la filosofía.

Tomando en cuenta la problemática familiar y social de la época, y con el empeño de conducir rectamente la vocación de los seminaristas, implementó el conocimiento y la aplicación de métodos psicológicos a cargo de especialistas, lo cual ayudó, en buena medida, a la orientación y el discernimiento vocacional de los alumnos. Abundan entre sus cuantiosos formandos a lo largo de trece años, los elogiosos conceptos y edificantes testimonios respecto de un formador y maestro cercano, laborioso, de probada espiritualidad, recto, servicial y afable.

Luego de esa experiencia en el cuidado de vocaciones en ciernes, el Padre Adalberto fue destinado como vicario a la parroquia de la Madre de Dios, colonia Providencia, donde le dedicó especial ahínco a la formación y el apostolado de los laicos, tanto mayores como jóvenes. (Hubo quienes le cuestionaban qué lenguaje utilizaría en sus charlas y homilías ante una feligresía de clase social alta, y habida cuenta de que él siempre empleaba un léxico sencillo y salpicado de dichos y refranes populares.) Casi enseguida, y simultáneamente, asumió la Dirección de la Oficina de Prensa del Arzobispado, cargo al que ya se hizo referencia.

Posteriormente fue trasladado a la parroquia de Nuestra Señora de la Paz, en la colonia Lafayette, también como vicario, donde hizo solidario equipo con el párroco y otro padre vicario en la dinámica pastoral. Fue tan vivo y agradecido el recuerdo que dejó entre los fieles de ambas comunidades, que adultos y muchachos no dejaron de requerirlo y visitarlo en sus siguientes destinos, e incluso durante su postración de ocho años en el Nuevo Albergue Trinitario Sacerdotal desde junio del año 2000, tras el grave accidente automovilístico que lo inhabilitó. Cabe añadir que, aparte de éstos, se le sumaron muchos adeptos y simpatizantes a propósito de un programa radiofónico semanal en La Consentida -820 del Cuadrante de AM-, conducido por el locutor José Luis Pérez, quien a lo largo de unos diez años lo entrevistó sin falta, en torno a su obra literaria y a otros tópicos de actualidad.

Es de justicia hacer notar que, lo mismo en su poesía que en su narrativa, al igual que en charlas o entrevistas, dejó honda huella de su amor a Dios y a la Santísima Virgen María, así como el respeto y afecto a la figura del Sacerdote como artífice y animador de tantas causas santas, de promoción humana y social, de dimensión educativa y cultural. Basta leer cualquiera de sus títulos publicados para corroborarlo.

Con ese afán de hacer fructificar y trascender el germen de la Pastoral Diocesana de la Comunicación, e independientemente de la relación directa con los comunicadores, con los dueños y demás personal de los medios, ideó y puso en marcha varios programas de acercamiento, aún vigentes. De entrada, en el periodo cuaresmal, convocó a periodistas a efectuar al menos un Retiro Espiritual, dado que no tienen tiempo o muchas ganas de practicar Ejercicios Espirituales, y para ello convidaba a clérigos muy apropiados para dirigirlo. Nunca se interrumpió la iniciativa y ha evolucionado como “La Pascua de los Comunicadores”, que ahora se desarrolla durante la mañana del Sábado Santo.

Ya siendo capellán de Santa María de Gracia, donde se afanó en revitalizar el culto y en alentar la catequesis para la promoción periódica de Primeras Comuniones y Confirmaciones, se propuso congregar a los comunicadores profesionales en una Misa y convivencia (muy recordadas las cenas con tamalitos) cada 24 de enero, en honor de San Francisco de Sales, patrono de los periodistas y escritores católicos. El evento no ha perdido continuidad y se ha verificado consecutivamente en San Sebastián de Analco, en Nuestra Señora de la Soledad y en Nuestra Señora de Altamira.

En los años 80 del pasado siglo xx dio comienzo a la Convivencia Prenavideña con los profesionales de la comunicación, concitándolos en el Seminario Mayor para participar en una Celebración Eucarística, seguida de un desayuno y reparto de bolos, e incluyendo el mensaje alusivo del Arzobispo. Aún tiene efecto. Por varios años y con parecido esquema, se invitó a los diaristas a convivir en ese lugar y recibir (casi siempre en algún día del mes de mayo) el anual mensaje del Papa sobre los medios de comunicación social.

Coincidentemente, cristalizó la propuesta de llevar la imagen de Nuestra Señora de Zapopan a las instalaciones de distintos medios, tanto impresos como audiovisuales, con el beneplácito y agradecimiento de los propietarios y su personal en pleno.

Desde 1992, con el concurso del equipo sacerdotal y laical de la naciente Sección Diocesana de Pastoral de la Comunicación y la venia del Cardenal Arzobispo Juan Jesús Posadas Ocampo, lideró el proyecto de creación de un periódico de la Arquidiócesis, sugerido y solicitado en el reciente Sínodo Diocesano. Empero, sería hasta enero de 1997 cuando se abrió paso el Semanario, fundado y apoyado con firmeza y entusiasmo por el Cardenal Arzobispo Juan Sandoval Íñiguez. El Padre Adalberto formó desde entonces parte efectiva de su consejo editorial y del cuerpo de colaboradores. A raíz de su percance, siguió siendo consejero honorario y continuó escribiendo y publicando sus gustadas aportaciones.

Asimismo, en el año 2000 fue factor preponderante para materializar la idea, surgida en el seno de la Pastoral de la Comunicación, de establecer el Premio Católico Anual al Comunicador “José Ruiz Medrano”, que la Arquidiócesis prosigue concediendo, y cuyo comité organizador y jurado calificador integró durante una década. A la fecha, se ha otorgado dicho galardón a 43 profesionales del ramo (periodistas, escritores, cronistas, fotógrafos, locutores, publicistas, maestros e investigadores de la comunicación), así como a ocho instituciones relacionadas con esa amplia tarea.

Toda vez que tal distinción no se aplica a clérigos sino solamente a seglares, varios laicos plantearon al Señor Cardenal Juan Sandoval, al término del Año Santo Sacerdotal, que por única vez y por ese motivo se extendiera un reconocimiento eclesiástico y público a sacerdotes destacados en el ámbito de las comunicaciones. El mismo Arzobispo presidió la solemne ceremonia en agosto de 2010 en la capilla de San Carlos de la Universidad del Valle de Atemajac, entregando un diploma a Monseñor Santiago Méndez Bravo (Rector Emérito de la univa y pionero en la enseñanza académica del periodismo en el Occidente de México), y a los presbíteros Adalberto González, Carlos Vázquez Romero, Alberto Ávila Rodríguez y Roberto Dueñas Corona. Post mortem, al Padre Macario Torres González.

Acaso no resulte muy común referirse en estas páginas de modo amplio y detallado a miembros del Presbiterio Diocesano ya difuntos. Lo cierto es que bien valía darle un espacio a la memoria de quien dirigió este Boletín con agrado y diligencia durante un cuarto de siglo. Obviamente, dejo ver también la cercanía y amistad que me dispensó durante casi cuarenta años, que disfruté a plenitud no sólo por su charla amena, franca y aleccionadora, y por la lectura y relectura solazada y cabal de cada uno de sus libros, sino, sobre todo, por su macizo espíritu sacerdotal, fielmente reflejado en su mente, en su verbo y su sonrisa, en sus escritos y sus obras, tan plenas de recta intención y ajenas al boato y las loas.

El Señor lo tenga entre los que trabajaron con denuedo por su Reino.



[1] Periodista tapatío egresado del Instituto de Comunicaciones y Humanidades (Instituto Pío XII), con una trayectoria de casi cincuenta años; fue integrante del equipo fundador de INFORJAL, se ha desempeñado como redactor, jefe de redacción, productor y editor de noticieros; reportero y editorialista en prensa, radio y televisión.

Felicidades a nuestros Sacerdotes González Escoto Armando · Padilla Reynoso Ismael · Sánchez Montes José ·


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