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Memorias de un misionero en la Baja California. 1918

(8ª parte)

Leopoldo Gálvez Díaz[1]

 

Entresaca de sus recuerdos un evangelizador de la Baja California de hace un siglo la transición del Vicariato, confiado a la arquidiócesis de Guadalajara a consecuencia de las restricciones jurídicas de la Constitución de 1917, que impuso como condición a los ministros de culto ser mexicanos por nacimiento. Eso provocó lances como el que aquí comienza y que ocasionaron la abrupta salida de los misioneros italianos en 1918

y la insistencia de los obispos de Morelia, don Leopoldo Ruiz y Flores,

y don Francisco Orozco y Jiménez, de Guadalajara, de que la Baja California

podía y debía ser atendida por clero mexicano.[2]

 

El Padre José Cotta

 

Bonito el Padre Cotta,[3] como un San Antonio. Devoto el Padre José, como un San Pascual. Sacerdote celoso, como un San Pío x. Padrecito joven cuando vino a las misiones. Un jornalero de Dios, que él se llamaba… Peón, que ni mandado hacer saldría mejor.

            Padre con cualidades y mucho optimismo, cumplido y simpático, el superior lo retuvo a su lado. El Prefecto Apostólico pensó que la iglesia de La Paz, la primaria de esta misión, necesitaba más culto y más presentación, por ejemplo, un Cura con su Padre Vicario, un cantor, un escribiente, un buen ministro cooperador… Ya el Padre Rossi[4] se va poniendo viejo. El Padre Cotta es apto para el servicio.

 

      Qué dice, Padre Cotta, ¿se queda conmigo? Usted sabe solfeo, pulsa bien el armonio, canta los tonos en uso. Será bueno ayudarnos. Para eso somos, para ayudarnos. Para eso nos han enviado. Ad fovendam pietatem, ad…, ad… Cantaremos desde ahora las vísperas y la misa mayor tales antífonas. ¿Qué responde, Padre Cotta?

      Su Reverencia resuélvalo. Yo no soy aquí el que manda.

El Padre Cotta obedece. Total

      Quédese pues en La Paz. Así lo dispongo yo.

Y sí. Comenzaron de gala en el día de Pascua. Padre sano, expedito, flexible, más que útil.

      Comience, Padre. La Misa es Resurrexit.

Cantola el Padre Prefecto y desde un rinconcito la respondió el Padrecito nuevo. Bis orat qui bene cantat.[5] ¡Cómo a todos los Padres les gustó la angélica[6] aquella ocasión; el motete eucarístico ya ni se diga, y la Tota pulchra,[7] mejor!

Y siguió pensando el Padre superior: bueno es consolidar la formación eclesiástica del sacerdote, encausando sus arrestos y moderando su celo en la acción ministerial, porque así aconsejan que hagan de sus ministros los Padres graves; encaminarles la senda, apuntarles el rumbo. Puede ser que el ministro apenas consagrado ignore algunas tretas del enemigo malo, y será mejor que se entere aquí, junto al párroco. Y cuando salga solo al trajín parroquial sepa ya manejar bien su papel social, sepa enfrentarse al mal con buena decisión y belleza de ideal. La poca experiencia que trae el Padrecito así lo pide. La misión lo merece. Démosle oportunidad.

 

      Quédese aquí, mi Padre. Ya irá luego al servicio. Tome aliento su caridad para gastar aliento luego. Eso procede primero.

 

Allá desde el Seminario el Padre Cotta supo cantar. Se aplicó al teclado, pulsaba el armonio. El canto es amor.[8] Y cantó el Padre mejor. Cuando él vaya a su parroquia, a las misiones, se valdrá de la música y de su dulce voz para amenizar las funciones sagradas para provocar simpatías, plantar atractivos, luces de optimismo o qué se yo. Misionero que él va buscando ser, significa ser todo eso, con adobos de abnegación también. Y se hace cierto aquello del refrán: “el que canta, su mal espanta”. Por eso en sus Misas muestra lo glorioso, placentero, bendito, efectivo, sobre rieles, suave y deslizándose adelante, que eso es andar.

Desempeñar el Padre su servicio de capilla[9] era su vocación, su ejercicio en conciencia, y por eso se dedicó a cumplirlo con el alma y la vida. Servir a Dios cantando. Él débese al Cielo, ni quien lo dude. ¿Y qué mejor será que se ofrezca cantándole, predicando a gritos su santa fe?

También en la Baja California se solían decir las misas en gregoriano.[10] También acá en La Paz se alababa a la Virgen con tonadillas el mes de mayo.[11] Su Santo Rosario lo amenizaba el coro con sones festivos del orden popular, como se acostumbra en México.

      Pero provocó celos entre las vírgenes (las vírgenes necias del Santo Evangelio), entre las vírgenes cantoras que allí se usaban, y ya sea que las llamaran o que ellas mismas gestionaran su incorporación, el hecho es que se sumaron al coro de La Paz. Coro bonito, quién va a decir que no. Coro de buenas voces, donde cupieron las mejores de la localidad, las paceñas de categoría. Cherchez la femme.[12]

Coro laberintoso de muchachas alegres que comienzan la vida; muchachas quinceañeras, primaverales, pizpiretas las más, circunspectas pocas; muchachas en el coro como ellas son, pero allí cantando, pero allí predicando con el timbre de su voz el amor sensual…

El Padre Cotta debió saberlo, pero cuando menos se esperaba se soltó el runrún.

 

      Ay, manita, ¿Qué te cuento? ¿Qué no sabes? Será o no será, pero ahí se dice, a mí no me creas, pero la Pachita se rindió con alguno, y dicen que con el Padrecito.

 

Y como los rumores en cuestiones de honra son inflamables y causan incendios y los ladinos los pescan al paso para sacarles provecho, éste lo hicieron suyo los masones y los protestantes: “Esos curas católicos son una calamidad. Trillan sin misericordia el campo del hogar californiano y es menester escarmentar en ello, pero escarmiento ejemplar, que les duela, que les cale, que les cure. Sí. Que les dure, mejor dicho”. Primero algo vago, confuso, nomás versión. Después, algo más alto, como pregón oficial. Y al fin claro y tendido como solidaridad sin disculpas de nadie, sin ningunos atenuantes, con rigor social encima, de ribete.

Sí. El fulano de sotana. La fulana ultrajada, virgen porteña, de las familias próceres finas y escogidas de California, se casa con el cura o ese pillo es punido a lo duro. Pone a disposición de este juzgado una multa en dinero, que diga, su dote, quince mil pesos, veinte mil pesos, que les cueste a esos tiznados, como reparación de ley.

 

      A ver, señor cura, le damos campo y opción entre lo ya dicho o el presidio largo y cruel ¿qué dice?

      Yo no debo nada. Yo no debo a nadie. ¿Cómo voy a escoger? Tampoco ¿Por qué? Procedan ustedes conforme a sus leyes.

 

Todo encausado niega, naturalmente, su culpa.

 

      ¡Zámpenlo a la cárcel, como procede¡ ¡Sin miramientos, sin componendas! Déjenlo ahí preso. Ya pensará más. Ya pensaremos más.

 

Y el Padre Cotta fue a la cárcel pública y en la siguiente audiencia el juzgado apretó más.

 

      Curita, ¿nos dice ahora lo que aquí se ventila?

      No sé, señores, de lo que aquí se habla.

      ¿Con que no sabe?

      No, señores, repito.

      Un niño que hubieron a excusas de la ley.

      Yo sigo ignorante de lo que se diga.

      Ah, bueno. ¿El niño que dicen que le nació a ella? Digo yo que es un niño, como los demás niños, pero no un hijo mío.

      La chica esa dice que el hijo es de usted.

      Pues ahí siga diciéndolo siempre que quiera. Tanto que se dice sin ser la verdad. Yo negaré siempre su aseveración.

      A ver, señora, y usted ¿qué le dice? Dígaselo recio aquí al señor cura. ¿De quién es ese niño?

      Bueno, lo he dicho ya recio. Es hijo de los dos.

      Sí. Bien dicho. También yo lo digo. Es hijo de los dos.

 

Y más rechiflas y más murmuraciones en torno al Padre Cotta. Ahora vino acá el Padre Superior para sermonearlo.

 

      Padre, sea usted valiente, razonable, siquiera. Sea muy hombre el señor, como por acá se dice ¿Qué se gana con negarlo? Confiese usted. Todo es cuestión de un sí para aliviarnos todos [sus correligionarios] y esto se compone. Ande, hijo mío querido, mejor desahogue conmigo y a lo hecho, pecho.

      No tengo por qué mentir ni resta qué más decir. Lamento la pena que tal vez le causo, pero ésa es la verdad. Y la verdad no admite modificaciones. Yo me glorío del suceso y que Dios venga en mi ayuda cuando sea su hora.

      ¡Pero el mundo, Padre! Ese mundo me acecha. Los hombres de allá afuera, que nos están odiando, que nos critican, que nos ponen en solfa, que nos condenan siempre.

      Los hombres no nos importan. Primero es el deber con Dios nuestro Señor.

      Bueno, Padre, dirá usted bien, pero la Congregación (sus demás hermanos religiosos son inocentes) no responde por dotes a señoritas, usted lo sabe. Quédese, pues, ahí preso y confundido, Padre irredento, y mucho lo lamento.

      No le hace –dijo al fin el Padre Cotta–. Aquí me quedo penando. Penar será mi misión. Sufrir y penar por ellos, por Cristo y sus sacerdotes.

 

Ya el clero de Baja California lo merecía. La misión de La Paz pedía al cielo a gritos un redentor, y un redentor de su seno.

Acá en la cárcel se desfogaban en su contra los demás presos.

 

      Díganos el señor, ¿qué le pasó al curita?

      Nada prodigioso, queridos míos, una vulgar ida y total. Caída como todas, si así lo quieren. Más alto o más bajo pero siempre porrazo. Le pasó al curita lo que pasa en la vida. Desdicha como la vuestra, pero desdicha igual.

 

En el presidio se hacen las cruces. Los jóvenes son estoicos. Los curas suelen ser resistentes. Los del otro lado del mundo nos quieren dar lecciones de valor a los mexicanos. Pregúntenlo al reo ese y lo verán.

 

      Díganos el señor, ¿qué a los italianos no les incomodan las molestias del presidio? Lo que aquí pasa es doloroso.

      Sí. Lo veo. Se dice así. Lo siento yo… Pero eso, ni a miedo llega. La señora cárcel y lo que ello nos traiga es… la fregada generosa que de veras limpia. Es el raspón amable que realmente pule. Desgracia preciosa, para purificarnos. ¿Voy que no creen?

 

Pero los penados, ¿qué sabían de esto? Ellos nada saben de cuentos ni parábolas. Tampoco habían oído meditaciones místicas. Serán, pues, arranques de su buen humor, entusiasmos juveniles, bríos de hombre sano, puntadas de rico, estoicismo de los héroes, latidos fuertes de corazón herido, oratoria afortunada de hombre poeta.

Sin embargo, para gente trabajada en el cristianismo romano era realidad vivida y puntual ejercicio de las virtudes: frases de convicción íntima, oraciones de un sentido filosófico religioso bendito, que pedía respeto. Pero el presidio…

El presidio es deprimente. Cualquier reclusión molesta y la clausura forzosa, peor, peor. La cárcel es fatal, generalmente. Cárcel fatal para cualquiera. Cárcel dañosa. Mucho para el sacerdote. Su ambiente, desde luego. Bajo fondo en el que se cae. Ideario y personal que reinan en torno. Choque de almas, pegajosas porquerías a los lados; desenlaces, quizás, y no edificantes que digamos. Mal sobre males que van acumulándose, en fin.

El pobre padre Cotta se indispuso, se sintió empachado, asediado por la melancolía, lo apabulló la ictericia, lo debilitó el mal de Koch. Sus mejillas sonrosadas y regordetas se tornaban pálidas y secas. Su risa aquella, sonora, juvenil y plácida se fue transformando en mutismo y apenas mohínes; su cuerpo macizo se hizo enclenque y fofo.

A ojos vistas se tornó delgado y descolorido, y todos dijeron ¿qué le pasa al padre Cotta? Seguro que estará enfermo. Poco tiempo dura ese cuerpo. De contado que se muere su dueño.



[1] Presbítero del clero de Guadalajara, nació en Jiquilpan en 1891 y se ordenó en 1921. Compuso estas memorias en 1959. Las notas del autor se señalan específicamente; las demás son de la redacción de este Boletín.

[2] Entre 1895 y 1905 arribaron 16 misioneros italianos a la Baja California.

[3] Misionero italiano, nativo de Vigevano, Piamonte, llegó a la Baja California en 1903 y no salió de ella hasta 1926. Misionó en Santa Rosalía y fue párroco del Purísimo Corazón de María, en Ensenada. Trabajó al lado de sus coterráneos Adrián Calcaterra, Pedro Colli Franzoni, Francisco Milesi, Severo Aloera, César Castaldi, Humberto Bacigalupo, Celestino Grisciotti y José Marsiliani.

[4] El presbítero Juan Rossi, también piamontés (de Casal Monferrato) llegó a la Baja California en 1898 y la dejó en 1926. Estuvo asignado a Santa Rosalía y La Paz de 1905 a 1907, y de 1909 a 1918 fue superior de los misioneros italianos.

[5] El que canta ora dos veces. Frase de San Agustín.

[6] La misa De Angelis. De entre todas las misas gregorianas, la De Angelis es de las más sencillas y también de las más conocidas. Si se quiere celebrar una misa con canto gregoriano con la participación del pueblo, generalmente se escoge esta partitura.

[7] Himno mariano antiquísimo (siglo iv), es una de las cinco antífonas para los salmos de las segundas vísperas de la festividad de la Inmaculada Concepción, pura en esencia y exenta del pecado original. El texto se inspira en el Libro de Judit y en el Cantar de los Cantares.

[8] Cantat Amor, otra referencia a San Agustín.

[9] La palabra se usa también para referirse al cuerpo de músicos asalariados de alguna iglesia.

[10] Ello obedece al motu proprio Tra le sollecitudini, de San Pío x, del 22 de noviembre de 1903, en el que instruye y regula cómo ha de usarse la música en la liturgia de la Iglesia.

[11] Honrar a María en mayo es una costumbre de los griegos que en la antigüedad adoptó el cristianismo. Aquéllos honraban a la diosa de la fecundidad, Artemisa, como los romanos lo hicieron con Flora, la diosa de la vegetación, dedicándole los ludi florales o juegos florales, a finales de abril, para pedir su intercesión para tener buen tiempo, toda vez que se consideraba el 1º de mayo como el apogeo de la primavera. En la Edad Media, antes del siglo xii, se divulgó entre el pueblo la devoción llamada Tricesimum o los treinta días a María, del 15 de agosto al 14 de septiembre. Luego del Concilio de Trento hubo empeños para dedicarle un mes completo al culto mariano, consolidado en el siglo xvii, aunque no necesariamente en mayo. Será hasta el siglo xix cuando la costumbre se divulgue y arraigue con actividades vespertinas que incluyen el rezo del rosario y el ofrecimiento de flores.

[12] La expresión francesa que se traduce “buscad a la mujer” se tomó de la novela Los mohicanos de París (1854), de Alexandre Dumas, y se usa para aludir a lo que acaece cuando un hombre se comporta de forma inusual o de una manera inexplicable sea ya para encubrir una relación con una mujer o para tratar de impresionar o ganar su favor.



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