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Fray Antonio Alcalde, un dominico de fronteras

Fray Gerardo Arias, O.P.

El prior del convento de Santo Domingo de Guadalajara pronunció el siguiente discurso

como preámbulo a la Sesión Solemne del Cabildo Municipal de Guadalajara, que tuvo lugar a las 12 horas del lunes 7 de agosto del 2017 en las instalaciones del hoy denominado Benemérito Hospital Civil Fray Antonio Alcalde,

acto encabezado por el titular de la corporación, Enrique Alfaro Ramírez,

 

Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión, y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él.

Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: “Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva”.

¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?

Él dijo: “El que practicó la misericordia con él.” Díjole Jesús: “Vete y haz tú lo mismo.”

Lc 10, 33-37

 

En el texto evangélico del Buen Samaritano, conocido por todos nosotros, el Señor Jesús nos deja ver la forma en que sus seguidores están llamados a romper fronteras e ir más allá de los límites impuestos por nuestras propias condiciones y circunstancias.

Al hombre de Samaria no le importa el origen del herido, no le importa la lengua que habla, no le importa la religión que profesa. A él, simplemente, le importa acercarse y dejarse tocar por la compasión, descubrir al hermano necesitado y carente para ofrecerle su caridad y misericordia.

Quizás este modelo de cercanía entre las personas fue la que inspiró a nuestro Padre Santo Domingo de Guzmán, cuya fiesta celebraremos el día de mañana, 8 de agosto, para seguir a Jesús como el samaritano que se acerca, que entra en contacto y que ofrece una predicación que soluciona y cura.

Santo Domingo de Guzmán, cuenta nuestra tradición, al darse cuenta que la Palabra estaba lejos de las personas, decidió acercarla a ellas, y por eso, con el lema “Contemplar y llevar a los demás lo contemplado”, nosotros, frailes predicadores, resumimos la vida de Nuestro Padre Domingo y el carisma que nos define: él, Domingo, dedicaba las horas de la noche para presentar a Dios a todos aquellos hombres y mujeres carentes y necesitados, “heridos” por la vida y sus obscuridades, que encontraba a lo largo de su camino, y las horas del día las dedicaba para hacer presente la Palabra en medio de la oscuridad de la vida.

Domingo de Guzmán, el fundador de la Orden de Predicadores, a la cual perteneció Fray Antonio Alcalde, decidió convocar a hombres y mujeres para “contemplar y llevar lo contemplado”, es decir, para predicar.

Una pregunta pertinente será entonces: ¿qué entendemos en la Orden de Predicadores por predicar? La respuesta es simple. Predicar significa exactamente lo que el “buen samaritano” hace: darte cuenta que la realidad necesita ser iluminada para dar claridad y luz donde no existe.

Domingo de Guzmán es, pues, aquel hombre que conocemos no por sus escritos (en realidad no hay ninguno) sino por sus acciones evangélicas, por sus acciones de “buen samaritano”. Domingo es aquel que decide pasar la noche dialogando con un descreído para volverlo al camino de la verdad, no importa que ese diálogo se dé en una taberna. Es aquel hombre que ante la necesidad provocada por el enfermedad y el hambre, decide vender su tesoro más valioso: sus libros con todo y sus comentarios, porque “¿cómo puedo estudiar, dice Domingo, sobre pieles muertas cuando mis hermanos mueren de hambre?”

Domingo de Guzmán, nos dicen sus biógrafos, muere con un sueño incumplido: ir más allá de las fronteras geográficas de su territorio para llegar a los cumanos, a los desconocidos, y llevarles la luz de la Palabra, la luz de la Verdad.

Santo Domingo es aquel que vive en el límite de las fronteras. Es aquel que, sabiendo que no hay nada para comer, invita a sus frailes a sentarse y orar confiadamente porque el Señor no los desamparará. Y el milagro se hizo: recibieron el alimento necesario de manos de los mismos ángeles.

El mismo hábito blanco y negro que vestimos desde los orígenes de la Orden significa eso: hay que romper las fronteras, empezando por la de la muerte (negro) y la vida (blanco). Significa morir para resucitar, transformarnos en seres que viven la gracia del resucitado.

Domingo de Guzmán es aquel hombre que invita a mujeres que han caído en desgracia para vivir dentro de una comunidad y poder autoprotegerse y acompañarse.

Es decir, Domingo de Guzmán es un hombre de fronteras, es el buen samaritano que se acerca, que entra en contacto para encontrar a la persona, para encontrar a los hijos de Dios y mostrarles el camino de la verdad.

 

***

 

Por estas razones Fray Antonio Alcalde, el fraile de la calavera, es un dominico de fronteras. Es un dominico que asume la tradición de “contemplar y llevar a los demás los contemplado” para iluminar el mundo en el que vive y para tocar con su misericordia y generosidad a aquellos hombres y mujeres que en su tiempo carecen y necesitan.

Los años 1785 y 1786, en Guadalajara, se conocieron como los años del hambre y de la peste; a Fray Antonio Alcalde le tocó vivir esos sufrimientos de su pueblo en lo más hondo de sus entrañas.

Los biógrafos de la época lo presentan recorriendo las calles, acercándose a los moribundos sin temor al contagio, repartiendo alimentos, medicinas y vestidos. Instaló cocinas en los barrios de Analco, el Carmen y el Santuario, donde se atendía diariamente a más de dos mil pobres.

Fray Antonio Alcalde fue el “buen samaritano” que se encontró con los “heridos en las calles” y acercándose a ellos tuvo compasión y vendó sus heridas, pero no una compasión que solucionara el problema inmediato, sino una compasión que se encargara de los días venideros, hasta los nuestros.

Fray Antonio Alcalde fue el obispo que sintió compasión por su pueblo; el obispo que contempló y llevó a los demás lo contemplado, el que siguiendo los pasos de Jesús, al estilo de Domingo de Guzmán, se volvió predicador de la verdad, luz de la Iglesia y ejemplo de paciencia, tal y como lo decimos de nuestro Padre Domingo.

Fray Antonio Alcalde rompe la frontera entre la muerte y la vida al darse cuenta que es necesario construir un hospital. Pero ese hospital no será un lugar donde se ayude al “bien morir”, como se acostumbraba en la época, sino un lugar donde se busque la salud y se investigue para lograrla, un lugar donde no esté ausente la fe y tampoco la misericordia. Un hospital que tenga su capilla y su cementerio, en caso de que la salud se tenga que encontrar en la vida eterna.

Fray Antonio Alcalde rompe la frontera entre la ignorancia, que limita y mata, y la necesidad de estudiar y aprender para mejorar la vida y las posibilidades que ésta tiene. Funda innumerables instituciones para la instrucción de las letras a quienes no han tenido acceso a ellas. Hace gestiones también para que se funde la primera imprenta y para que se abra la Universidad de Guadalajara.

Fray Antonio Alcalde rompe la frontera entre la piedad que limita y la formación de la conciencia y la mente. Prefería el catecismo a las novenas.

Fray Antonio Alcalde rompe la frontera entre la pobreza indigna y el bienestar que dignifica; hace llegar cargas de semillas a los lugares lejanos para que sean sembradas y favorece los lugares donde la gente puede trabajar.

Son incontables las fronteras que el obispo Alcalde rompe para generar dignidad y bienestar para sus feligreses, aquellos que se le han confiado y que cuida con misericordia y generosidad sin límites. No exageramos al llamarlo Genio de la Caridad, pues sus obras perduran hasta nuestros días.

Rebasar fronteras es el cometido de la Orden de la Predicadores: “contemplar y llevar a los demás lo contemplado”. Por eso los grandes de la Orden, Domingo de Guzmán, Antonio Alcalde, Bartolomé de las Casas, Antonio de Montesinos, Tomás de Aquino, Juan Macías, Martín de Porres, Catalina de Siena, Rosa de Lima, Inés de Montepulciano, Pier Giorgio Frascatti y otros muchos son hombres y mujeres que en su tiempo y en su lugar han roto las limitantes que esclavizan y detienen, que marginan y excluyen.

A lo largo de ocho siglos de historia, la familia de Santo Domingo, en cada uno de los países del mundo, y concretamente aquí, en Guadalajara, con Fray Antonio Alcalde en su tiempo, ha estado lista para rebasar y romper las fronteras que existen entre la vida y la muerte: el gran reto de la justicia y la paz en el mundo; entre la humanidad y la inhumanidad: el gran reto de los marginados; el reto de las religiones universales, de la experiencia religiosa: el reto de las ideologías seculares; de la Iglesia: el reto de las confesiones no católicas y otros movimientos religiosos. Fronteras que están presentes a lo largo de la historia y que de acuerdo con el desorden egoísta del hombre se presentan de diversas formas. Fronteras que se vuelven seductoras y por eso hay que rebasarlas.

Fray Antonio Alcalde, al configurarse a Nuestro Señor Jesucristo, el “buen samaritano” por excelencia, al estilo de Domingo de Guzmán, asume en su tiempo esta necesidad de ir más allá: a los cumanos, para llevar la luz de la verdad, y así, siendo predicador, entrega su alma al Creador el mismo día en que se celebraba la solemnidad de su fundador, para que juntos celebren la Gloria del Padre, la Gloria de Aquel que seguramente reconoce a ambos, Domingo de Guzmán y Antonio Alcalde, como los buenos samaritanos que acercándose, sintieron compasión, y que sanando la heridas con vino y aceite trascendieron los límites de las fronteras que el egoísmo y la injusticia establecen.

Rindamos, pues, homenaje a aquél que recorriendo las calles de nuestra ciudad y los territorios de su inmensa diócesis supo descubrir las necesidades y carencias para sanarlas, contemplando y llevando a los demás lo contemplado.

¡Viva Fray Antonio Alcalde, el Genio de la Caridad!

 



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