Documentos Diocesanos

Boletín Eclesiástico

2009
2010
2011
2012
2013
2014
2015
2016
2017
2018
2019

Volver Atrás

Siervo bueno y fiel

José R. Ramírez[1]

 

El reciente deceso del señor canónigo don Antonio González Cornejo, del clero de Guadalajara, da pie a un repaso sumario de la vida de un eclesiástico al que distinguieron dos rasgos: la humildad y el cultivo del intelecto. Nadie mejor para hacerlo que un coetáneo y amigo suyo

 

i

 

En la alegría de la pascua florida de este año, el Dios de la vida llamó a la pascua eterna al Sacerdote Antonio González Cornejo.

El Sacerdocio es misterio, el sacerdocio de Cristo es misterio de Dios, Dios es el que llama, el hombre responde; ahí empieza el misterio por qué, para qué, con qué medios, con qué recursos, con qué gracias, pero si responde, responderá al llamado divino.

El Sacerdocio es gracia, gracia concedida a quien Dios quiere dar; ese don grande y sublime de participar en el círculo de los amigos de Cristo.

El Sacerdocio es don, todo es don de Dios, la vida, el alma con sus potencias, el cuerpo con sus sentidos, el tiempo, la salud, la inteligencia, las oportunidades, los acontecimiento se todos los días, todo eso es gracia, todo eso es don, pero singularmente, el sacerdocio es un regalo.

El Sacerdocio es un privilegio en el Evangelio encontramos la escena en que el Señor tuvo setenta y dos discípulos, pero en el momento esperado por las multitudes solo doce fueron elegidos, es una decisión directa de la voluntad de Dios a sus criaturas, a las criaturas que Él quiere.

El Sacerdocio es un oficio, oficio sublime porque se le llama a un trabajo y a una dignidad más alta que muchas de las grandezas de la tierra.

El sacerdocio es una vocación, llamado para responder, no hoy sí mañana no sino siempre con la vida en docilidad a la voluntad de Dios.

El Sacerdocio es una encomienda: “Vayan por todo el mundo, prediquen, bauticen, el que crea y se bautice se salvará”. El sacerdote es un enviado y tendrá que cumplir su misión con docilidad con eficacia con fidelidad con entrega con amor.

El sacerdocio es una felicidad si se vive en esa unión íntima con Cristo. El sacerdocio es la intimidad con la palabra de Dios en los sacramentos, singularmente en la Eucaristía donde está siempre con Él y en Él y por el Señor.

ii

 

Un largo sacerdocio sesenta y cuatro años de vivir en esa intimidad con Cristo merece que recordemos a este sacerdote siervo fiel y prudente.

Llegó a la alegría de la imposición de las manos del obispo sobre su cabeza y de ser ungidas sus manos para el ejercicio de su ministerio el11 de enero de 1952 en la ciudad de Roma.

El padre Antonio Gonzáles Cornejo nació el 11 de enero de 1928, en la ciudad de Guadalajara en un ambiente muy cristiano. Su padre Salvador González Miramontes (+1º junio 1938), originario de Tlaltenango Zacatecas y residente de la ciudad de Guadalajara, encontró para compañera de su vida y su familia a María Dolores Cornejo, originaria de Jalostotitlán. (+ 28 diciembre 1980).

En ese hogar cristiano se cultivaron tres hijos que llegaron a la edad adulta: María Dolores (+ 9 febrero 2011), Antonio y Salvador. Un hogar sencillo y que con su trabajo sostenía el hogar y la madre en la educación de los hijos, pero los caminos de Dios a veces marcan otras formas de vivir. Murió el primero de junio de 1938 el jefe de la familia y a la madre le toco la tarea heroica de caminar con tres niños para darles sustento y educación.

 

iii

 

El padre Antonio tenía un tío sacerdote José Guadalupe Gonzáles Miramontes, originario de Tlaltenango, ordenado sacerdote en Roma el 27 de octubre de 1929 y falleció el 29 de abril de 1950.

El ambiente cristiano de su familia y sin duda alguna el ejemplo del tío sacerdote prendió en el corazón del sobrino la inquietud por ingresar al Seminario y prepararse para el sacerdocio.

Llegó al seminario en noviembre de 1941. Fue matriculado en segundo de latín porque ya traía algunos estudios y más preparación de otros que venían de pueblos que traían una educación deficiente; él era de la ciudad, con mayor preparación, algo de latín quizá sabía por su tío sacerdote.

El seminario de esa década 1940-1950 tenía estas características: para los alumnos del mayor los que estudiaban en el teologado, el filosofado y el último año de latín, el quinto, ya había una casa, la casa anexa al templo de San Martín de Tours en el sector Libertad, entre las calles Belisario Domínguez e Industria. Pero para los demás grupos del Menor todavía perduraba el seminario de “casitas”: en una casa dormían, en otra tenían una clase, en el anexo de un templo y con muchas privaciones y pobrezas. Se dispersaban los seminaristas de la Guadalajara de entonces. Alguien dijo: “Que bello era el seminario porque todo el seminario era Guadalajara”. En distintas casas para dormir, ir a clases, recibir los alimentos, con la actitud dispuesta para lo que se necesitaba: clases, actos de culto u otras actividades. En esas circunstancias hizo su segundo año de seminario con la dirección de José de Jesús Becerra que era prefecto de disciplina y maestro de latín, analogía latina, la gramática castella, GM Bruno, historia patria, geografía nacional, urbanidad, matemáticas y algunas otras materias secundarias. Después de este segundo año de latín a sus casas unas largas vacaciones desde el 15 de agosto hasta el 1º de octubre.

En el tercer año los acogió una casa del barrio de Analco por la calle de Antonio Bravo. Ya había una sola casa para todo, pero la mayor parte eran externos y solo asistían a clases ahí. El prefecto era el padre José Guadalupe Hernández de un carácter pintoresco, alegre y agudo. Tenía el apodo de carasucia porque era pecoso. Ahí las dos secciones A y B estudiaron la primera parte de sintaxis latina y sintaxis castellana, geografía universal, historia universal, urbanidad y todas las demás materias complementarias.

En el cuarto de latín, se congregaron a la casa anexa del templo de San Sebastián de Analco con el prefecto José Salazar López, Rector del seminario, obispo de Zamora, arzobispo de Guadalajara, Cardenal de la Iglesia Universal). Aquí los estudios eran más difíciles, el padre Salazar era un gran latinista y enseñaba el Tratado de Oraciones Latinas que algunos le llamaban “pons asinorum” (el puente de los asnos), porque un buen porcentaje de los alumnos ahí fracasaban, no cruzan el punte, además apareció también ya el estudio de la literatura castellana con los padres Manuel de la Cueva y José Ruis Medrano, dos notables humanistas. El culto lo tenían en la capilla anexa a San Sebastián y ya todos eran internos. Era ya una etapa del seminario donde se hacía ya una selección de los muchos alumnos de latín con los cuales ya sólo eran capaces de seguir adelante. Llegaron los exámenes y por supuesto el alumno más brillante en los tres años porque manejaba muy bien el latín y el castellano fue sin duda Antonio González Cornejo, para él fueron los exámenes, que se hacían delante del Arzobispo, los canónigos y muchos invitados. Las mejores calificaciones de cuarto año fueron para Antonio. Y siguieron sus vacaciones en casa desde el 15 de agosto hasta el 1° de noviembre.

El siguiente año se presentaron los alumnos ya en la casa de San Martín, junto al templo de San Martín de Tours, Sector Libertad, ya conviviendo con los alumnos de filosofía y de teología, aunque decir convivir era nada más porque tenían en común los actos de culto en la capilla y el comedor, pero en los demás se establecía una rigurosa disciplina para que no se trataran los de una facultad con los de otra. La fusión era delito grave. Allí los estudios eran tratados de métrica latina y tratado de prosodia latina cuyo autor era el padre Rafael Dávalos Mora originario de Zamora que entregó toda su vida en la enseñanza de las artes y la literatura clásica latina y castellana. Y además, literatura castellana con los dos grandes maestros José Ruis Medrano y el padre Manuel de la Cueva.

El prefecto recién llegado de Roma hacia un año era otra figura notable del clero, era el padre Alfonso Toriz Covián que después fue obispo de Chilapa y murió siendo obispo de Querétaro.

Y se vinieron las vacaciones ya le toco a los de su grupo las llamadas vacaciones de comunidad, una práctica del Seminario de Guadalajara muy valiosa para la ecuación de los formandos.

Esas vacaciones eran en lugares selectos de la sierra o de los pueblos ribereños del lago de Chapala. Al grupo del padre Antonio le toco ir mes y medio a San Juan Cósala, donde se disfrutaba de una laguna no contaminada, más amplia que ahora, más alto nivel del agua. Ahí se aprendía mucho: primero, contacto con la naturaleza mes y medio que para muchos era un gran bien; segundo, ejercicio físico por los deportes que se practica y las excursiones; tercero, una convivencia más estrecha entre los alumnos y formadores. Así terminó el quinto año del padre Antonio, de su generación, de los que en este momento sólo quedan dos: el padre Bernardo Arroyo y el padre Adalberto Macías.

 

iv

 

Y volvieron a primero de filosofía todavía en la casa de San Martín pero ahora en la grande huerta. El prefecto, el padre Luis Medina Ascencio y padre espiritual el padre José Pilar Quezada, humilde y santo obispo de Acapulco. En el quinto año, los mejores exámenes públicos y las mejores calificaciones, Antonio González.

Filosofía. El primer año todas la clases en latín y el profesor era el padre Cruz Aguilar, y las materias eran: Logica mayor, metafísica y las materias complementarias; la alegría de vivir la huerta porque ocupaba gran espacio de la manzana del seminario. En primero de filosífa para él los exámenes de honor y públicos. Las vacaciones de comunidad le toco disfrutar de la sierra Concepción de Buenos Aires: subir, escalar la sierra porque no había los caminos de ahora, pero compensaban los sacrificios en llegar porque era vivir mes y medio en ese ambiente. En ese tiempo había pasado la fiebre aftosa y los ganaderos agradecidos porque ahí no llego “el rifle sanitario” y los alumnos del seminario eran invitados a las ordeñas para disfrutar de la leche recién ordeñada, de los tamales y las calabazas y de todos los primores de la cocina de la sierra. Asi fue su primer año de filosofara.

El segundo, con sus variantes pero parecido. Maestro el padre Jesús Navarro de la Torre: cosmología y psicología filosófica todas las clases en latín, quizá el mejor maestro. Las clases duraban sesenta minutos, él con el cigarro en la mano, sólo que el cigarro lo traicionó y ese mismo año con un cáncer pulmonar llegó al final. Las siguientes vacaciones de nuevo a Concepción de Buenos Aires, la sierra con todos los atractivos. Vino en ese año la celebración del 250 aniversario de la fundación del Seminario de Guadalajara y con grandes acontecimientos y en el teatro Alameda de la ciudad una gran academia literario-musical.

Tercero de filosofía. De nuevo en la huerta de san Martín; Maestro de filosofía: Teodicea y Ética y materias complementaris el padre Jesús Pérez Miramontes. Las vacaciones para su grupo ya fueron en Tapalpa. Todavía no había la casa de ahora, sino que se adaptaban habitaciones en la casa anexa al templo de la Purísima y el largo corredor era el comedor. Ahí fueron unas vacaciones ya distintas porque era el contacto con los alumnos de teología.

 

v

 

Primero de teología. Ya pasaron a la división que daba a la calle de Belisario. Maestro de Teología fundamental, don Luis Rodillo que muchos años sirvió al seminario, además teología moral con el Padre Jesús Pérez Miramontes, mas otras materias, de nuevo como en filosofía, el alumno más distinguido era Antonio González. Y sucedió lo que se esperaba, la notifica que se iba a Roma a continuar sus estudios.

 

 

vi

 

De Roma sólo llegaban noticias: alumno destacado que culminó con dos doctorado en Teología dogmática y Licenciatura Sagrada Escritura con una pausa con presencia en el Instituto Bíblico en Jerusalén una temporada.

Por fin llegó, el seminario ya lo estaba esperando y al Seminario entregó toda su vida. Primero repetidor de teología y clases de latín, particularmente a los alumnos de quinto año, el difícil tratado de oraciones.

Después una larga etapa de más de veinte años de prefecto de estudios en el Seminario. Año por año era el prefecto de estudios, pero antes fue el auxiliar del prefecto de estudios y antes prefecto de disciplina latinos medianos, prefecto general del Seminario Menor dos años, pero sus superiores y él llegaron a la conclusión de que él no era para gobernar, carecía de dotes para el gobierno. Soy testigo porque a mi acudía, con sus penas por no saber mandar. Por eso volvió a su campo: a clases de sagrada escritura, clases de teología y prefectura de estudios le tocó esa responsabilidad de llevar la vida intelectual del Seminario de Guadalajara más de dos décadas.

Sería además Capellán de comunidad religiosa.

Muy dotado con su inteligencia pero un tanto carente de sentido práctico y de imaginación; por eso su fuerte fue siempre los estudios y la dirección de los estudios, clases siempre como maestro con orden, profundidad y claridad. Era un buen maestro y allí llegó a los años en que ya había dado frutos maduros y abundantes y un día renunció a todo.

 

vii

 

Nombrado canónigo el 29 de agosto de 1994, a formar parte del Cabildo de la Catedral de Guadalajara y auxiliar en el santuario de Guadalupe, empezó a servir en el ministerio de la Iglesia en otro campo.

Después el padre Idelfonso Águila Zepeda, capellán del templo de San José de Gracia, en el centro de la ciudad, y director de la Congregación Mariana, le pidió al señor cardenal que lo nombrara segundo capellán y se instaló en el anexo al templo de San José de Gracia, 11 de octubre de 1995, donde pasó los últimos años de su vida con un ministerio asiduo al confesionario y su fidelidad en todas las responsabilidades en el Cabildo Metropolitano. Iba y volvía de San José de Gracia a la Catedral y de la Catedral a San José de Gracia veintidós años así.

 

viii

 

Como tuve el privilegio de tener unas relaciones fraternales con él, no he pasar por alto lo siguiente: cuando se llegaba las vacaciones de comunidad del Seminario estaba atento para saber a dónde me enviaban como prefecto y luego se anotaba él como padre espiritual. Así fue mi compañero en Mazamitla, en Concepción de Buenos Aires, en Tapalpa, en Unión de Guadalupe, dos años en Villa Guerrero y otros muchos lugares; siempre él andaba donde yo andaba porque él lo quería así. A veces juntos emprendíamos ciertas aventuras como irnos de misioneros un mes a Houston, Texas en Estados Unidos, yo predicaba y él confesaba, otro mes nos fuimos a Parlier, California, igualmente y entonces era para mí no solo mi fiel compañero sino algo más porque cuidaba de mí, porque me tenía listos los alimentos con mucha calidad. También nos fuimos y recorrimos todo el estado de Indiana en todas la comunidades de latinos predicando yo y él confesando, y otro año a Seattle, Washington, con la misma consigna.

 

xi

 

Y ahora de canónigo me decía: “ahora a dónde vamos”. y nos íbamos juntos dos semanas a Orizaba, con el obispo que nos invitó, dos semanas a Mexicali, así le gustaba, y yo sentía el calor de su amistad, de su sencillez y servicialidad.

 

x

 

La Iglesia de Guadalajara es un huerto donde se han cultivado vidas sacerdotales de todas formas y tamaños y creo yo que el Padre Antonio González Cornejo fue un árbol corpulento que cobijó en sus sombras a muchos y fue un árbol cargado de frutas abundantes que generosamente entregó para los demás.

Su final para mí fue triste, fui a verlo al Trinitario, rezamos juntos y me pidió la bendición y fue el último día que lo vi.



[1] Presbítero del clero de Guadalajara, a la sazón adscrito a la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe en Chapalita.



Aviso de privacidad | Condiciones Generales
Tels. 52 (33) 3614-5504, 3055-8000 Fax: 52 (33) 3658-2300
© 2018 Arquidiocesis de Guadalajara / Todos los derechos reservados.
Alfredo R. Plascencia 995, Chapultepec Country C.P. 44620 Guadalajara, Jal.
Powered by paxomnis