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El convento y el templo de las Carmelitas Descalzas de Guadalajara

Luis Sandoval Godoy

 

Hace 400 años, en 1617, arribaron a la capital de la Nueva Galicia dos mujeres intrépidas, llegadas del puerto de Veracruz, María Catarina Rendón y María Linares de Ahumada, semilla del Carmelo descalzo femenino en Guadalajara. El texto que sigue hace un recuento anecdótico relativo a la fundación y construcción del templo de Santa Teresa y del cenobio de descalzas, con un trasfondo histórico del presbítero J. Trinidad Laris.1

 

 

Como quien se pone a decir la numeración de corrido, y yen­do de número a número, al decir 16-17, se detiene de pron­to porque ha intuido que forman una fe­cha que tiene relación con el pasado de Guadalajara, así nos hemos de detener y hemos de recordar que esta fecha corresponde cabalmente al primer impulso que, dicen los historiadores, se tuvo para la fundación del convento de Santa Teresa, tan ligado con los tiempos vie­jos de nuestra ciudad.

Cuentan que al tratar de señalar el mejor sitio para la fundación de esta casa de monjas, luego que Teresa de Ávila llegó a tener tan altas sig­nificaciones en España, se quiso que el tal convento tuviera lugar aquí, ni tan cerca ni tan lejos de nuestra iglesia Catedral.

Los eclesiásticos de aquel tiempo, entre los cuales se ha de nom­brar desde luego a los obispos don Francisco de Rivera o don Leonel de Cervantes y Carvajal, andaban que no cabían de gusto con el deseo de establecer aquí una casa de monjas carmelitas.

Y apuntando allá y señalando acá, tomaron sitio a trescientas varas de distancia de la Catedral, delimitando para el caso un solar de ochenta varas cuadradas, donde se pensó que había amplitud y horizonte para el templo y convento, su consabida huerta y accesorias, según el uso en fundaciones de este tipo.

Pero no, siempre no. Parece que los maestros mayores de fábrica que iban a construir el monasterio y su capilla no estaban del todo con­formes con el terreno elegido.

Se habla de dos ilustres señoronas, de posibles las dos y de un hon­do espíritu de piedad, que habían leído y se habían llenado de emoción espiritual al saber de los arrobos místicos de la santa de Ávila, y quienes tenían noticia de varios y afamados monasterios de clausura que ella misma sembró por el suelo de España; que estas dos distinguidas damas venían soñando desde aquel año 16-17 en el establecimiento de un con­vento teresiano o carmelitano en esta capital, y que habían puesto a dis­posición del obispo amplios caudales para cubrir el costo de la edificación; que estas damas de linajes rancios y corazón magnánimo, llevadas a ver el sitio que los eclesiásticos escogieron para la fundación, voltea­ron la cara con disimulo y con un blanquísimo pañuelo de encajes se apretaron las narices y pidieron ser retiradas pronto de aquel lugar.

Bueno, es que a veces suceden cosas sin que a nadie se le hubiera ocurrido que sucederían antes de que sucedieran.

En realidad nada sucedió que hubiera de ser considerado como al­go del otro mundo; nada fuera de las condiciones mismas del terreno, irregular y lleno de paredones altos; acá una acumulación de basura que se fue quedando allí; más acá unos arbustos espinosos que se aferraban a la aridez de los jales; todavía allá, un lloradero de agua que brotaba sola al lado de un zanjón y formaba un manchón de hierba y zacate en delicia de una tierna frescura.

Eso sucedió nada más, y tal vez fue eso, el desacomodo y el aban­dono del solar, lo que provocó el desagrado de las linajudas señoras. A lo menos eso pensaron los sacerdotes y los distinguidos personajes invi­tados a acompañar a aquellas bienhechoras de tantos melindres, una de nombre doña Catalina, y la otra doña María de Jesús.

Pero no; hubo más. Lo comentaron aquella misma tarde en reunión íntima con el señor canónigo maestrescuelas, que había ido a casa de las señoras a tomar el chocolate, como lo hacía de cuando en cuan­do. Lo decían en acento de grande mortificación: “Su Señoría no puede imaginar la impresión tan terrible. Usted la hubiera visto y habría com­prendido nuestro espanto… Aquella mujer, su señoría: sus ojos como dos lancetas que se nos clavaron en el alma, la suciedad de sus harapos, las pringas asquerosas que la cubrían a medias. Ah, su señoría...”

Una de las gentiles damas lo declamaba y las dos movían, como sa­cudiendo con aspavientos, un fino abanico de bordes calados de carey; moviendo y sacudiendo aquel abanico como para espantar de sí la ima­gen de la pordiosera. El señor canónigo sonrió nada más y apuró el último sorbo de aquel chocolate amargo; amargo, sí, porque una cierta dispepsia lo ha­bía enemistado con los azúcares. Quiso abreviar la visita; trató de evadir cualquier posición, ni apo­yo ni rechazo, ante el escandalizado susto de aquellas respetables seño­ras. Les dijo, y todavía trató de apresurar más los ritos de la despedida, que ya trataría de averiguar, que ya podría recabar informes sobre aque­lla pobre mujer.

Lo que pudo indagar el señor maestrescuelas fue cosa que ya sa­bían y consideraban familiar las gentes de la Guadalajara de principios del siglo XVII, al menos las que vivían a inmediaciones del solar en cuestión. Se trataba de una mujer que había venido nadie supo de dónde, sin parientes, ni duelo, ni protección de nadie. Un día apareció allí y se refugió en una como cueva que se formaba al pie de uno de los zanjo­nes. Aquella mujer de aspecto humilde, en realidad sucia y de indumen­to pobrísimo, no parecía disponer sino de un retazo de una tela que nombraban bayeta, que le servía de miserable sombra para protegerse del sol y la lluvia, pobrísimamente vestida, aparecía retocada con la marca de la pobreza, que muchas veces juega parejas con la marca de la mugre.

El Padre J. Trinidad Laris habla de ella y hace notar la pauperidad y el origen misterioso de la mujer y dice que disponía, por todo ajuar, de un cantarito panzón de barro colorado que iba a llenar al ojo de agua no distante de ahí, y, según podía pensarse, vivía a jarros de agua solamen­te.

El mutismo que guardaba y las veces en que la descubrieron puesta de rodillas como transida en un deliquio místico y balbuciendo algunas oraciones hacían que las gentes la imaginaran una religiosa de vida muy austera y en rígido ordenamiento de penitencia y oración. Y esto toda­vía mucho antes de que se hubiera pensado en el establecimiento, allí, de un convento de monjas.

Aún se decía más; llegaba a decirse que en cuanto el lucero de la tarde apuntaba allá por el rumbo de Tonalá, emprendía el paso, sin ca­mino ni vereda, nomás al rumbo que conocía seguramente como la pal­ma de su mano; emprendía el paso al miserable caserío que nombraban Zapopan, y ahí a las puertas de la capilla de la Virgen que los indios ve­neraban con mucho amor, pasaba larga horas en contemplación y ala­banza a la celestial Señora, hasta que empezaban a parpadear las estre­llas con las primeras luces del alba, tiempo en que emprendía el retorno a su agujero, al pie del zanjón que había tomado por vivienda.

Y como no se sabía de dónde se alimentaba, sino que todos los días iba a llenar su cantarito al manantial que formaba un pequeño charco a su caída, pensaron las gentes que aquella mujer, por peniten­cia, se alimentaba de las hierbas, de los zacates tiernos que proliferaban en la mancha de humedad. No sabiendo su nombre, no conociendo su origen, no teniendo no­ticia alguna de ella, dieron en llamarla, y así fue conocida aquella mu­jer, como “la Zacatitos” o “Zacatitos” a secas, un nombre que, pensaron, correspondía al misterio, explicaba lo inexplicable de aquella por­diosera.

Esto fue lo que pudo averiguar el señor canónigo, y luego lo hizo del conocimiento del Ilustrísimo Señor Obispo para que se sirviera proveer lo que debía hacerse, tomada en cuenta la sensibilidad de las encopetadas doñas, a quienes parece que se trató de hacer caer en la cuenta que la presencia de aquella extraña mujer había de tomarse como anuncio del cielo, tal como un anticipo misterioso de la vida de oración y contem­plación a que otras mujeres habrían de ser llevadas a ese mismo sitio por su caridad y largueza.

Como el de las nobles donantes, debió haber otros tropiezos, acaso de orden jurídico, acaso de concesiones y requisitos por parte de la or­den carmelitana, el hecho es que el convento en cuestión no empezó a edi­ficarse en firme hasta el 24 de mayo de 1690, según vuelve a decir el Padre Laris, “bajo los auspicios de la Real Audiencia, que en esa época la com­ponían… los señores Dr. D. Ildefonso Ceballos, D. Tomás Pizarro, D. Antonio de Abarca, D. Cristóbal de Palma, D. Francisco Felipe Cente­llas y D. Luis Martínez Hidalgo, su fiscal”.2

Y la verdad de las cosas, parece que aquí todo fue comenzar la obra, parece que había tanto entusiasmo, tan unánime deseo de que la ciudad tuviera esta casa de monjas y tan pródigos los recursos de que se disponía, “más de 80 mil pesos según comprobantes auténticos que se conservan en los archivos públicos de esta ciudad”, que ya para el 20 de mayo de 1695, y en medio de arrebatos de alegría, aglomeración de ve­cinos, repiques de campanas y cantos litúrgicos por las calles y bajo un palio que tintineaba destellos dorados, hicieron su entrada por la garita de Tlaquepaque las cuatro monjas que, traídas de Puebla de los Ángeles, vinieron a poner la simiente de éste que sería un convento teresiano de gran nombre en el occidente de la Nueva España. Para esa fecha se hace notar que “estaban terminados absolutamente el convento e iglesia tal cual hoy existe en lo general, con cuatro bóvedas, su lonja o atrio y su enhiesta y elegante torre”.

Fray Luis del Refugio de Palacio da el nombre de las fundadoras carmelitas. Fueron Sor Antonia del Espíritu Santo, priora; Sor Isabel Francisca de la Natividad, subpriora, y las madres Sor Leonor de San José y Sor Antonia Timotea, maestra de novicias y tornera, respectivamente.

Aquí comienza una época de tradición para Guadalajara. De aquí arranca el nombre de la calle que fue entonces de Santa Teresa, nombre que en siglos muy posteriores habla de ser cambiado por el de Morelos.

 

***

 

Alrededor de esta iglesia y el convento, junto a la vida callada de es­tas monjas, escondida a los ojos de fuera, se suscitaron tradiciones, se consignaron nombres, se dan pormenores de la vida entrañable que ocupa más de dos siglos coloniales de aquella Guadalajara que sabía en­cantarse con la sencillez de su vida y así vivir en honda plenitud.

De lo que fueron propiamente el reglamento, las penitencias, los rezos, can­tos y observancias estrictas de su regla nadie conoce nada, por el hecho de su clausura papal y la presencia imponente de aquella reja claveteada de agudos hierros, que no permitían siquiera acercar la mirada; imponente y pavorosa reja sobre la cual existían prevenciones muy severas, la exco­munión de la Iglesia para quien tuviera el deseo siquiera de traspasar tal muralla… De todo aquello que pertenecía al otro lado, nadie sabía na­da.

Lo único que podía conocerse eran los primores de cera escama­da, los adornos de gusto delicado con que a veces amanecía adornado el altar, cuando en las fiestas grandes de la orden se desvelaban las monjitas combinando primores que arrancaban de los devotos sus vecinos un “¡ah!” de complacida admiración.

Eso nada más, y el eco lejano de sus voces como de cristal que se oían allá, a una distancia infinita, entonando maitines y laudes en la ma­drugada.

Correspondió al Ilustrísimo y Venerable don Juan de Santiago de León Garabi­to hacer la bendición solemne del monasterio, entonar un Te Deum de acción de gracias y recibir a Sus Reverencias, las cuatro teresianas fundadoras de esta casa.

Con ello se concierta implícitamente una relación que desde en­tonces quedó bien determinada entre el convento de Santa Teresa y la imagen de la Virgen de Zapopan, en el traslado que de ésta comenzó a hacerse a los templos de Guadalajara a poco más de treinta años de ha­berse establecido este convento.

Hay que tomar en cuenta las delicadezas paternales del obispo ha­cia las monjas que apenas nacían a este cielo rojo y estos horizontes in­finitos del valle de Atemajac. Hubieron de requerir sin duda, a sus prin­cipios, de especial ayuda, de particular consejo, de generosos donativos para amueblar de lo indispensable su amplia y bien construida casa, que no con corredores y claustros, no con celdas y cámaras umbrosas y ni si­quiera con el hermoso templo y amplio coro podía tenerse aquello por habitable así, al primer intento.

Con su solicitud, el Señor Garabito dio en inculcar a las monjas su de­voción muy honda a la Virgen de Zapopan.

Porque este señor, don Juan de Santiago de León Garabito, fue un enamorado y ferviente devoto de Nuestra Señora, tanto así que, “en lu­gar de ordenar la forma conveniente de vivir en la ciudad, junto a su ca­tedral, cerca de las salas donde atendía los asuntos de la diócesis, o reci­bía a las gentes que acudían a tratarle algún problema de su conciencia, mandó fabricar su palacio frente a las mismas puertas del santuario de la Virgen de Zapopan, en el sitio que correspondió anteriormente a la presidencia municipal y hoy es parte del espacioso jardín frontero a la basílica”.3

De esta manera, la devoción mariana del Señor Garabito se proyectó en la vida monástica del convento, tanto que a su tiempo, allá por el año de 1734, cuando se establece en acuerdo “de ambos cabildos” la vi­sita de la taumaturga imagen de la Virgen de Zapopan a Guadalajara “se determinaron las circunstancias de la traída que debería hacerse el 13 de junio, directamente al templo de Santa Teresa. Y se fijó este mismo templo como el último lugar de donde se le hiciera regresar el día 5 de octubre”. Éste fue un título más que dio a Santa Teresa entrañada significa­ción en la vida y en la tradición mariana de Guadalajara, si se toma en cuenta lo que significó la devoción de la Virgen de Zapopan, y el imán con que desde sus orígenes ha atraído multitudes y cautivado tan pro­fundamente el corazón sencillo de las gentes de este pueblo.

Conscientes de su honor y muy puestas en su sitio, las monjas de Santa Teresa preparaban el altar mayor en que había de ser colocada la imagen los días que permanecía aquí a su arribo a Guadalajara o en los que antecedían a su llevada. Ellas eran las encargadas de vestir de viaje a la Peregrina, poniéndo­le blanquísima chalina de seda que envolvía su cabeza y el sombrerito tejido con finura de artesanía, antes de emprender el largo y polvorien­to camino de Guadalajara hasta Zapopan.

Y todavía más: ellas y nadie más tenían a su cuidado el asear la ropa de la Virgen, ordenar sus vestidos, sus fastuosos mantos, y aquí re­componer una guía en bordado de seda que se había desleído, y allá co­locar una perla en las fimbrias del manto, que pudo haberse extraviado en las trifulcas de la multitud que se apretujaba en torno de la querida Peregrina.

 

***

 

Con todo lo que significó el Convento de Santa Teresa, con lo que el barrio enmadejó su vida a los toques de sus campanas o al eco melo­dioso de sus latines, el contorno en general tuvo un sello, y la calle de Santa Teresa alcanzó características y títulos de importancia por el tem­plo mismo, por el convento y por las distinguidas familias que fueron a vivir en las cercanías de él, que fue como un nido de amores que irradiaba quién sabe qué aristocracia espiritual en torno de sí.



1 Se publicó con el título de “Dos mujeres asustadas” en el libro Rincones y rinconadas de Guadalajara, editado por el Ayuntamiento de Guadalajara 1986-1988. El autor ha tenido la gentileza de remitir su texto a este Boletín para su publicación.

2 Guadalajara de Indias, p. 64

3 Reina de Jalisco, p. 23.



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