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Impresiones alcaldianas en un libro escolar de hace cien años

Longinos Cadena1

 

Conmemorándose el año 2017 el aniversario luctuoso 225 de la muerte de fray Antonio Alcalde, se rescata un testimonio suyo consignado en un libro de texto de texto para uso de las escuelas parroquiales de México durante las tres primeras décadas del siglo pasado. La presencia de fray Antonio en la memoria colectiva hace un siglo y el impacto benéfico de su obra, tan vivos entonces, quedan sobradamente expuestos en los párrafos que siguen.2

 

 

La Sultana del Pacífico

 

Una hora después aparecieron en el horizonte las torres y blanco caserío de la ciudad de Guadalajara, la segunda de la República, la que propios y extraños llaman, por su ilustración, la Atenas Mexicana; la que los poetas apellidan Perla de Occidente, Sultana del Pacífico; la ciudad de la franca hospitalidad; la que es orgullo de todos los jaliscienses; la cuna de multitud de héroes, de sabios, de literatos y de artistas.

–Vamos a llegar a la culta capital de Occidente –exclamó el sacerdote–, donde mucho tenemos que ver y aprender. Ya se divisan las esbeltas torres de la catedral, de forma piramidal, construidas así para resistir a los terremotos que ya dos veces las habían derribado.

Y nuestros viajeros no cesaban de contemplar el campo, aguardando con impaciencia el término del viaje. Al fin penetró la locomotora en las calles de la hermosa ciudad y fue a parar detrás del templo de San Francisco, a cuatro calles de la plaza principal.

Bajáronse del tren y, tomando un coche, pasaron frente al jardín de San Francisco, donde se alza la estatua del héroe jalisciense don Ramón Corona, que con un puñado de valientes derrotó en la Mojonera, a cinco leguas de Guadalajara, a las hordas de Lozada; y fueron los viajeros a alojarse en un suntuoso hotel que podía competir con los mejores de la metrópoli.

El señor Rodríguez se aseó, cambió de traje y se dirigió a ver a las personas con quienes tenía que hablar.

Los niños se rehusaron a descansar, y habiéndose aseado y mudado de ropa, pidieron a su maestro que les llevase a ver la ciudad. El sacerdote accedió y todos salieron a la calle.

Caía ya la tarde. El padre Núñez llevó primero a sus discípulos al Sagrario, donde dieron gracias a Dios por haberlos librado de todo peligro durante el viaje. Allí encontraron al señor Rodríguez practicando igual acto de piedad. En seguida se pusieron a contemplar el suntuoso edificio.

–Esta iglesia –dijo el padre– se debe a la munificencia del Ilustrísimo señor Alcalde, gran benefactor de esta ciudad.

De allí fueron a la Plaza de Armas, limitada al oriente por el Palacio de Gobierno, hermoso edificio construido por la Audiencia en 1643; el 10 de enero de 1859 manos criminales incendiaron la pólvora que en él había, con el objeto de acabar con los jefes conservadores que vivían en Palacio; no lograron su intento, pero sí se derrumbó la mayor parte del interior del edificio, que en 1872 fue reconstruido. Su hermosa fachada pertenece al orden dórico. Al norte de la plaza se ve el costado del Sagrario luciendo su arquitectura dórica; al sur se halla el Portal Quemado, y al poniente el de Bolívar.

El padre hizo notar a los niños las bellezas de esa plaza, de cuatro espaciosas banquetas formadas de hermosos ladrillos llamados “de jarro”, cada banqueta separada en dos secciones longitudinales por una serie de naranjos y de asientos de madera y hierro; los bordes interno y externo de la banqueta tienen también su serie de naranjos, asientos y columnas con faroles; el cuadro interior de la plaza es un jardín siempre cubierto de flores; en el centro hay un elegante kiosco.

En seguida fueron a visitar el gran Mercado Corona, uno de los mejores de la República

 

La catedral tapatía. Espíritu de empresa. La obra de un fraile.

 

Al día siguiente continuaron los viajeros recorriendo la ciudad. Primero fueron a la catedral, llamada por algunos escritores “la Perla de Jalisco”. Después de haber visitado ese templo, el sacerdote y sus discípulos se dirigieron al jardín de la Universidad, en cuyo fondo se alzan el templo de la Compañía, con su pórtico suntuoso, y la Escuela de Jurisprudencia. Allí tomaron los tranvías que conducen al Santuario de Guadalupe y al Panteón.

            Jalisco dijo el padre Núñez a los niños es uno de los estados en que se nota mayor espíritu de empresa en sus hijos. Esta vía férrea, lo mismo que las demás que hay en la ciudad, han sido construidas con capital jalisciense, y son tapatíos los principales accionistas.

            Hablando así llegaron al jardín del Santuario de Guadalupe, donde se apearon del tranvía y se dirigieron al templo erigido en Guadalajara en honor de la Madre de los mexicanos por el gran obispo Alcalde; después de haber orado unos momentos, abandonaron el sagrado recinto, y el clérigo dijo a los niños:

            Toda esta parte de la ciudad es obra de un humilde fraile. Este templo por él fue construido; las casas de este barrio por él fueron edificadas; él fundó el hospital más notable de la República; él socorrió a los necesitados durante el hambre que asoló a nuestra patria el año de 1786. Vengan ustedes a ver su estatua, que, en actitud de orar, se halla sobre su sepulcro en el presbiterio, del lado del Evangelio.

            Y entrando nuevamente en el santuario conocieron los niños la efigie del gran bienhechor de Guadalajara.

            Oremos por su alma dijo el sacerdote.

            Y aquel grupo silencioso elevó sus plegarias al Eterno por la bendita alma del Ilustrísimo señor Alcalde. Al salir nuevamente del templo, la niña suplicó a su maestro que les refiriese la vida del Ilustrísimo señor Alcalde.

Para hablar dignamente de tan venerable varón sería menester poseer una elocuencia sobrehumana. Para cantar sus virtudes, la misma lira de Homero sería insuficiente dijo el padre Núñez; así es que sólo referiré a ustedes los principales rasgos de su vida.

El Ilustrísimo señor don fray Antonio Alcalde nació de padres humildes en un pueblo de España; joven aún ingresó en la Orden dominicana, consagrándose enteramente a la virtud y a la penitencia. Años después fue electo prior de su convento.

Hallándose un día el rey Carlos iii de caza, le sorprendió una tempestad, y se vio obligado a refugiarse en el convento de fray Antonio Alcalde, y precisamente fue a dar a su celda, donde por todo mueblaje había una tabla que servía de lecho al prior, con una mesa, un crucifijo y una calavera.

Pasado algún tiempo quedó vacante la sede episcopal de Yucatán, y al presentarle al rey, como era entonces costumbre, los nombres de tres personas para que eligiese la que era de su agrado para cubrir la vacante, el monarca, sin leer dichos nombres, acordándose del prior del convento donde se refugiara durante la tempestad, exclamó: “Nómbrese obispo de Yucatán al fraile de la calavera”. Y fray Antonio Alcalde salió de su humilde retiro y vino a nuestra patria a ocupar primero la sede de Yucatán y después la de Guadalajara.

Los viajeros habían comenzado a recorrer las calles del Beaterio. El maestro continuó así: Años después, el Ilustrísimo señor Alcalde, gran devoto de la Patrona de los mexicanos, ponía la primera piedra del santuario que hemos visitado, y bendecía él mismo el templo ya concluido.

Calculen ahora los hombres que odian a nuestra religión, los que maldicen al fraile, cuántos beneficios debieron el comercio y las artes al humilde Obispo. El primero debe de haberse aumentado de todos los materiales de construcción y por la cantidad de dinero que se empleaba en pagar a los operarios; las segundas debieron de progresar por lo exquisito de la obra que se llevaba a cabo.

Después el gran prelado edificó el Beaterio, de donde toman su nombre las calles, edificio destinado a dar albergue a las religiosas llamadas beatas que se dedicaban a instruir y educar a las niñas. El señor Alcalde fundó aquí el primer colegio para niñas, donde se enseñaba a éstas desde la lectura hasta el solfeo y las labores manuales más admirables. ¡Loor eterno a quien así elevó la enseñanza de la mujer!

El sacerdote y sus discípulos llegaron al Jardín Alcalde, donde se alza la estatua del insigne bienhechor.

Ahí dijo a los niños, ahí está el Hospital de Alcalde; la obra más admirable de aquel genio de la caridad. Sentémonos a la sombra de estos árboles a refrescarnos un poco antes de penetrar en esa mansión del dolor, y entretanto oigan atentamente lo que voy a referirles acerca de ese hombre extraordinario.

En los años de 1785 y 1786 el cielo quiso castigar o probar a esta ciudad; primeramente fue invadida por una epidemia de sarampión; el 9 de mayo se desencadenó una furiosa tempestad que causó muchos estragos; a continuación sobrevino un horrible terremoto; las lluvias se negaron a vivificar los campos. El Ayuntamiento de la ciudad mandó por todas partes comisionados para proveer de maíz a la población, y el señor Alcalde ofreció todos los tesoros de su iglesia, en calidad de gracioso empréstito, para aliviar tanta necesidad.

El hambre, en fin, con todos sus horrores, se hizo sentir en la capital de la Nueva Galicia, y la caridad cristiana se aprestó a combatirla con todas las sublimidades del sacrificio. Las maestras del Beaterio comenzaron a dar de comer a más de cien niñas de las que concurrían a la escuela; el prior de Santo Domingo negaba a los religiosos la comida para darla a los pobres; se abrieron varias cocinas públicas para dar de comer a los necesitados, y se combatió, al fin, aquella calamidad, heroicamente. Mas a ésa vinieron a agregarse otras: a causa de la mala alimentación enfermaron muchas gentes, y hubo día que se registraron cien defunciones, y los hospitales de entonces, y otros que se fundaron, fueron bien pronto insuficientes para contener tanto enfermo, hasta el punto de no haber en ellos ni un lugar para pasar por en medio de las salas en que yacían los apestados.

La caridad hacía prodigios en aquella lucha, y el Ilustrísimo señor Alcalde era el alma de aquel combate con el hambre, el dolor y la muerte. Él, en unión de su cabildo, prestó a las autoridades 120 000 pesos para la compra de maíces; él, ayudado por la Audiencia y por otros hombres caritativos, abrió un hospicio para recoger y alimentar a 140 mendigos; él sostuvo en su mayor parte el gasto de las cocinas públicas; él socorrió a los habitantes de Mazapil con tanta largueza, que de 2000 hombres que se mantenían con los auxilios que envió ninguno volvió a quejarse del hambre; él socorrió igualmente a otros muchos pueblos, y en aquellos azarosos días recorría a pie, y con los ojos humedecidos por el llanto, los barrios en que la miseria era mayor, acercándose al lecho del moribundo sin temer el contagio, repartiendo personalmente alimentos, medicinas y vestidos.

En aquellos días concibió el proyecto de dotar a la ciudad de un hospital cómodo, amplio e higiénico, en que pudiera albergarse mil enfermos, y después de los trámites necesarios se comenzaron a abrir los cimientos de ese grandioso hospital que vamos a visitar.

Y levantándose de su asiento, el religioso y los niños se dirigieron al Hospital Alcalde, donde fueron bien recibidos por el administrador, quien ordenó a un empleado llevase a los viajeros a conocer el interior del edificio.

Los viajeros recorrieron todos los departamentos del hospital, admirando en todas partes el aseo y buen orden.

Al salir de aquel edificio, el sacerdote continuó hablando así:

Ya han conocido ustedes el monumento levantado a la caridad por el humilde fraile de la calavera; ahora fíjense ustedes en que, como les indiqué antes, toda esta parte de la ciudad fue construida por él. En efecto, para dotación del Santuario y del Beaterio mandó edificar 249 casas para los pobres, que, por una corta renta, tenían cómoda habitación. Esas casas formaban 16 manzanas.

Si conforme a las miras egoístas y mercantiles de nuestro siglo se quieren evaluar en numerario los beneficios que a las ciencias, a las artes, a la civilización y a la sociedad prestó el señor Alcalde, es indudable que la aritmética no tiene números con que representar el monto de esos beneficios. Preciso fuera conocer el número de personas que se han salvado de la muerte en el hospital por él fundado, saber a cuántos conservó la vida con sus limosnas el año del hambre, lo que han producido en un siglo las casas que él construyó, y recoger, en suma, uno a uno los beneficios sin cuento que prodigó con la fundación de escuelas, con la creación de la Universidad, con la recomposición de calles y caminos a que él contribuyó.

¡Ah! Los millones de pesos no son capaces de producir un hombre así. Corazones que arden en el fuego del amor divino y que pasan haciendo el bien no brotan de la escoria de la tierra; ésos proceden de Dios, se derivan del Infinito, y el Infinito no cabe en la inmensidad del Universo. Por eso los servicios de hombres de tan gran caridad no pueden conocerse por los cálculos del matemático. Se sienten, se palpan, como el aire que nos vivifica, como la luz que nos ilumina. ¿Quién podrá medir los beneficios que el aire presta al mundo? ¿Quién las alegrías que la luz proporciona al espíritu?

 

Manuel Gómez Ibarra. Gálvez y Suárez.

 

El sacerdote y los niños atravesaron el parque Alcalde y continuaron rumbo al sur de la ciudad, y después de caminar un rato llegaron a una plazuela donde se alzaba un soberbio edificio.

            ¿Qué edificio es éste?, preguntaron a un tiempo los niños.

            Es el gran teatro Degollado, monumento que inmortalizará a los artistas jaliscienses a quienes se debe. Este coliseo, uno de los primeros de la República, fue construido por el arquitecto tapatío señor don Jacobo Gálvez. El salón está dividido en cinco órdenes de palcos, sostenidos por columnas de orden compuesto; sobre ellas descansa la bóveda, construida con piedra pómez y decorada con una hermosa pintura al óleo cuyo asunto fue tomado del canto iv de la Divina Comedia del Dante. El salón del patio tiene cinco entradas, y su decoración es de estuco, fondo azul, con cornisas, columnas, etcétera, blanco y oro.

            El arco del proscenio está sostenido por columnas del orden compuesto y decorado en su parte inferior con diez casetones de exquisita talla y un bajorrelieve que representa el Tiempo y las Horas; en las pechinas que están sobre ese arco hay dos bajorrelieves que representan Famas, que tienen en la mano derecha la trompeta en actitud de tocar, y en la izquierda coronas de laurel; en la clave del arco hay un águila dorada, en actitud de volar, que lleva entre sus garras la enseña nacional.

Admiren ustedes el suntuoso pórtico, formado por ocho columnas arquitrabadas, el patio que le sigue, con corredor en forma de rotonda, que tiene diez columnas que sostienen igual número de arcos.

Y los constructores de esta grande obra, ¿viven aún?, preguntó Ángela.

No, hija mía, murieron ya, y el panteón no hay un monumento digno de su fama. Pero su eterno e inmortal epitafio es este monumento, que con su hermosura arquitectónica dice al mundo entero: “Obra soy del genio de Jacobo Gálvez”. Y todos los que sepan que en la bóveda de este coliseo la inspiración artística de un jalisciense tradujo por medio del pincel los inspirados versos del canto iv de la Divina Comedia del Dante, el gran poeta de la Edad Media, que en alas de la imaginación descendió al infierno, recorrió el purgatorio y se elevó hasta la mansión de los bienaventurados, todos ellos dirán: “Gloria eterna a Gerardo Suárez”. Sin embargo, por gratitud, esta ciudad debe levantar un monumento a la memoria de esos ungidos del arte y de la gloria.

En la esquina del teatro dieron vuelta los viajeros rumbo al Hospicio, que se destacaba en el extremo de la ciudad con su hermosa fachada y su cúpula esbelta y aérea, debida al genio del gran arquitecto jalisciense don Manuel Gómez Ibarra.

Ahí tienen ustedes dijo el sacerdote a los niñosla gran obra de otro prelado insigne, del inmediato sucesor del señor Alcalde, el Ilustrísimo señor don Juan Ruiz de Cabañas, a cuya munificencia se debe la fundación de esa Casa de Misericordia u Hospicio de Guadalajara. Pronto llegaron nuestros viajeros al Hospicio, donde la directora, colmándolos de atenciones, los llevó a recorrer la casa.

Lo primero que visitaron fue la iglesia, que se halla en el centro y comunica con él por los cuatro vientos; la forma de su planta es la de la cruz griega. Pasado un gracioso y pequeño pórtico coronado por un campanario en que se halla colocado un reloj, se penetra en una nave que forma uno de los cuatro brazos de la cruz, siendo los otros enteramente iguales. Tal es esa admirable obra de arte, una de las muchas con que se envanece la Perla de Occidente, porque es digna de ser registrada entre las obras notables del mundo arquitectónico por su belleza.

En seguida recorrieron todos los departamentos del Hospicio, sorprendiéndolos su extensión y sus 23 patios con primorosos jardines, la disciplina y el orden que reinan en todo el establecimiento. Dando las gracias a la directora, nuestros visitantes se despidieron de ella, conservando un grato recuerdo de aquel suntuoso palacio de la Misericordia, levantado por un Obispo para dar asilo a la indigencia.



1 Oriundo de Puebla (1862- 1933), cursó los estudios de derecho en el Seminario Palafoxiano, sin titularse. En 1884 estableció su residencia en la ciudad de México y se dedicó al periodismo y al magisterio como catedrático de la Escuela Normal para Varones y otras instituciones de educación media y superior, entre ellas el Colegio Pestalozzi. Fue asiduo colaborador de las publicaciones católicas La Voz de México, El Cruzado, El Tiempo y El País, con el seudónimo de “Mefistófeles”. Es autor de los libros Teoría y práctica de la educación, un ensayo sobre la Constitución de 1857, varios relatos infantiles y libros de texto para escuelas elementales, entre ellos la colección en varios volúmenes de El Lector Católico Mexicano. Una calle de Guadalajara lleva su nombre.

2 Tomado de la obra El Lector Católico Mexicano. Método de lectura conforme con la inteligencia de los niños. Libro Cuarto, “basado en las lecciones de cosas en la religión católica, en la sana moral, y los rigurosos cánones, preceptuados por la moderna ciencia educativa e instructiva, con ejercicios de lenguaje y recitación”, 3ª edición, México, Herrero Hermanos, Sucesores, 1913, pp.182-201.

Felicidades a nuestros Sacerdotes González Escoto Armando · Padilla Reynoso Ismael · Sánchez Montes José ·


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