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Historia, hermenéutica y fe

Fernando Carlos Vevia[1]

 

El viernes 8 de septiembre del año en curso de 2017,

en el centro cultural Fluya de Guadalajara, el autor del texto que sigue,

al lado de la doctora Carlota Tello Trejo, presentó el libro de Javier Ruiz de la Presa

que lleva el nombre de esta colaboración.[2]

 

La presentación del libro que nos reúne esta noche puede ser vista como un ejercicio de Filosofía de la Religión. Es ésta, la Filosofía de la Religión, una parte de la reflexión crítica humana que tiene un destino muy difícil. Allá, en un extremo lejano, se oyen las risas de los “científicos”, cuando alguien la cita entre ellos como si contara un chiste. En el otro extremo se oyen los murmullos aterrados de los que arrojan una maldición, a modo de un conjuro: “es algo muy peligroso”, dicen.

Aquí tenemos este libro de Javier Ruiz de la Presa que se sitúa valientemente en ese apasionante y peligroso terreno: Historia, hermenéutica y fe. ¿Sí o no? ¿Tiene sentido creer? Y lo hace con todo el peso de su pensamiento filosófico ya demostrado en libros anteriores, hasta el punto de que si habláramos de boxeo tendríamos que decir de él que es un peso pesado de la filosofía en México.

En este libro se reúnen dos impulsos potentísimos de la personalidad del autor: la búsqueda de lo que él llama una orientación existencial de su vida, es decir, un asunto muy personal, y por otro lado comprender, que es un asunto de evidencias, pruebas, posibilidades, citas y discusiones.

Afortunadamente, como los lectores interesados en estos temas sienten la misma doble necesidad de orientación y comprensión, de escapar al “desamparo”, como dice el autor, no hay miedo de que sea un obstáculo para la lectura del libro esa doble tensión que se percibe dentro del texto.

El libro se ha ido construyendo a lo largo de los años finales del siglo xx y principios del siglo xxi. El lector que conozca esta temática irá confirmando en las abundantes notas y en la discusión que en ellas establece el autor con los diversos expertos sus propias experiencias relativas a este tema desde 1960 para acá. Es necesario abrir esta historia dura, desabrida, amarga, relativa a la confrontación entre fe y conocimiento, para entender este libro que tenemos entre manos. Abramos, pues, la historia.

            No hay que temer que nos esté vendiendo herejías de contrabando. Desde los primeros momentos de la vida de la Iglesia, tal como puede leerse en los Hechos de los Apóstoles, comenzaron las discusiones muy fuertes en torno a la doctrina de Jesús y la interpretación de la persona misma de Jesús. En las Colecciones de Definiciones y Declaraciones de cosas referentes a la fe y a las costumbres, por ejemplo el Enchiridion Symbolorum de Denzinger, muy usado en las facultades de Teología católica durante el siglo xx, donde se pueden consultar las definiciones sobre la persona, la obra y la doctrina de Jesús, nos damos cuenta de la continua existencia de unos grupos, nunca extinguidos, de intérpretes muy diferentes de la doctrina cristiana.

Por ejemplo, en el Concilio de Toledo del año 400 se abría con la siguiente fórmula: “Incipiunt regulae fidei catholicae contra omnes haereses [es decir: que había bastantes], et quam maxime contra priscililanos”… En ese tiempo surgió el famoso himno “Quiqumque vult salvus ese…” No es el momento, claro está, de sumergirnos en una clase de Teología. Solamente apoyar al lector creyente, que pensará que se han desatado los infiernos últimamente. No es así; las opiniones nuevas y extrañas acompañan siempre el caminar de la Iglesia. Sí es cierto que, a finales del siglo xix, se formó una tormenta bastante diferente y cuyos últimos truenos y relámpagos vivimos todavía. Es necesario un breve comentario para entender mejor dentro de qué esfera se mueve nuestro autor. Nos referimos a la tendencia llamada “Modernismo”, que no se refiere a la literatura, sino a la filosofía, la fe y la Teología.

Podríamos tomar como comienzo de este movimiento intelectual y emocional que vamos a comentar la tentación del panteísmo. El escritor francés André Gide, en su Diario, en 1897, a propósito del encuentro con el gran desierto en Egipto, escribió:

 

Viaje desde Marsella… Entrada en el mar carente de figura; voluptuosidad de la renuncia; ser Cosa… ¡oh Desierto! Te he amado hasta la desesperación… ¡Te he amado con ardor interno, arena del desierto...!

 

Así sigue largo rato en su Diario. Por el mismo tiempo, un sacerdote jesuita francés, el P.Teilhard de Chardin, estaba también en Egipto, en El Cairo, y más tarde escribió en un pasaje titulado “La tentación de la materia”:

 

Un día, a la vista de las extendidas colinas del desierto, cuyas superficies, hasta donde el ojo alcanza, en grados de violeta se construyen contra el exótico horizonte, ante el mar, ancho e insondable […] me asaltó una gran exigencia, quizá, de seguir, para lejos de los hombres, lejos de toda fatiga, volver a encontrar la religión de lo inconmensurable, y abrazar aquella Religión en la que mi energía reconcentrada se relajaría cada vez más, sin límites…Y toda mi sensibilidad buscaría la cercanía como de un dios de una felicidad no incómoda y de la ebriedad, pues la Materia era la que me llamaba.

 

            Lo que Teilhard experimentó en Egipto de una manera muy fuerte era la tentación del panteísmo. ¿Por qué no perderse en la materia y no adorarla: la estable, la Grande, la rica, la madre, la divinidad? ¿No es ella la Tierra madre, la engendradora divina de todas las cosas y todas las alegrías? ¿No es origen y fin de todo lo seyente, que es alejada por los teólogos al Más Allá?

Estas ideas que podrían parecer románticas desarrollaron muy rápidamente unas dimensiones nunca antes conocidas. Nombres como los de Tyrrell y sobre todo Loisy dieron forma definitiva a la presencia del modernismo. Uno de sus representantes, Tyrrell, al referirse a su vida como católico y sacerdote, llegaba a escribir: “hemos llegado a un punto en que toda nuestra vida es una mentira en acción”. Es interesante insistir que a veces no encontramos ideas en estos nuevos ataques al catolicismo, son impresiones, descripciones de estados emocionales... lo cual hace muy difícil el diálogo con esas personas. Por ejemplo, en una carta de Tyrrell y Bremond a Alfred Loisy a propósito del libro de Loisy El Evangelio y la Iglesia, escribían que no esperaban una respuesta molesta de la Iglesia católica al libro. Se equivocaban totalmente. El Papa Pío x, firmemente convencido de que el modernismo era una conjura de los masones para destruir a la Iglesia, condenaba el 3 julio de 1907 algunas de las proposiciones de Loisy “sobre la emancipación de la exégesis del magisterio de la Iglesia, la inspiración y la carencia de errores en la Sagrada Escritura; el concepto de Revelación y los dogmas, sobre Cristo, los sacramentos, la constitución de la Iglesia y la inmutabilidad de las verdades religiosas”.

A continuación, el 8 de septiembre siguió la encíclica Pascendi Domini gregis, sobre los errores de los modernistas con relación a la filosofía, el concepto de la fe, la teología dogmática, la historia y la crítica de textos, así como la apologética. Tyrrell contestó a Roma con una carta escalofriante: “frente a una tal propuesta soy absolutamente y para siempre impenitente”. La reacción de Bremond y Teilhard de Chardin fue distinta; manifestaron su pertenencia a la iglesia católica, ya que se sentían vinculados de modo místico a ella; no entraban en la discusión intelectual entre la vanguardia teológica y la doctrina romana más conservadora. Loisy, el 7 de marzo de 1908, fue excomulgado con carácter de vitandus.

Es conocida la historia del modernismo, pero he querido destacar algunos rasgos para mostrar el comienzo de la discusión de fondo que late en este libro, a mi pobre entender. Quiero citar unas palabras de Teilhard de Chardin para subrayar todavía un poco más la carga emocional, no teórica, de esta oleada de vanguardia que acompañó al modernismo:

 

...esta palabra mágica, evolución, que en mi pensamiento vuelve una y otra vez como un estribillo, como un sabor, como una promesa y como una llamada... Fue en el transcurso de mis años de la licenciatura en Teología que no como un concepto abstracto, sino más bien como algo actual y presente, crecía dentro de mí la conciencia de una corriente profunda, ontológica, total del Universo, hasta que llenó mi cielo interior.

 

Ésta es realmente la clave interpretativa de toda su vida, que se remonta a la infancia.

Tres pasos se dieron en ese espacio social-intelectual que podríamos decir que inauguraron Voltaire y otros semejantes a él. Ataque/burla a los sacerdotes, ataque/burla a la doctrina cristiana, ataque/burla a Jesús (se repitió cuando la cuestión de la pederastia recientemente).

Vayamos ya con toda discreción y cuidado al libro de Javier Ruiz de la Presa. Después de recorrer el Antiguo Testamento y después de ejercer la interpretación exigida por los tiempos modernos, escribe así Javier Ruiz de la Presa:

 

Cada uno de nosotros está llamado a pisar esa tierra extraña –con sus innumerables riesgos, su numen y su aspecto ominoso, su tierra cenagosa. […] Creo que la hermenéutica de los grandes textos griegos o neotestamentarios no tiene otra tarea que colocarnos en el umbral de lo inefable, es decir, lo que se expresa continuamente sin poder ser escuchado salvo con el fino oído del citarista, del músico, del dritte Ohr. Pero no se trata de reconocer la importancia de la fantasía para el pensamiento teológico (…) sino de ver cómo la fantasía y la visión poético-teológica se enhebran hasta constituir una unidad perfecta de sentido. Lo que, para ser sinceros, requiere de una puesta a punto de la antropología teológica así como de una filosofía de la interioridad y una epistemología de la interioridad [pág. 13].

 

Repetidas veces llega nuestro autor a este punto, elaborado de distintas manera, y exhorta a esa valentía de Sartre y Camus: “muere dignamente”.

Aquí, algunos (muy pocos) podrán ver una de las claves más claras para identificar al burgués profundo, al burgués que se pone el birrete rojo de la revolución francesa, o sale al frente de todas las manifestaciones parisinas y concede vibrantes frases a las afueras de y en torno a las facultades filosóficas. La manera más exitosa de ocultar su rechazo de las clases populares es salir al frente de ellas, con mantas llevadas por jóvenes ansiosos de hacer carreras marxistas.

Antes de seguir adelante y para amenizar esta exposición, quisiera compartir con ustedes una experiencia muy interesante. Desde el año 2000 aproximadamente se ha renovado esta agonía o lucha de la fe, el poder de la hermenéutica y la distinción entre el Jesús histórico y el Jesús de la fe a través de magníficas novelas, de las que mencionaré alguna. Matilde Asensi publicó en 2015 El regreso del Catón, con una temática que se transforma en un verdadero motor de acción violenta, por una parte, y por otra de reflexión. Un matrimonio multimillonario de Estados Unidos contrata a una profesora de universidad para que descifre unos antiquísimos papiros en los que se indica dónde está el sepulcro de Jesús y su familia. Al final nos enteramos de que se trata de un resto de ebionitas, condenados por afirmar que Jesús sólo era hijo de María, no de Dios (el Concilio Romano del 382 y Concilio Florentino de 1438-1455 les acusan de negar que Jesús fuera hijo de Dios).

Otra novela que podríamos citar es la saga titulada Crónicas de Hermanos, con tres títulos hasta ahora: El primer juicio, La caída de Lucifer y El hijo de la perdición, de la autora Wendy Alec, obra comparada con El señor de los anillos, de J.R.R. Tolkien. El principal protagonista, Lucifer o Satán, el Tentador, el Adversario, grita al comenzar la obra: “¡Me llevaré al hombre conmigo! ¡No arderé sólo!” Podríamos decir que es una meditación muy reflexionada sobre la creación del hombre, a partir de las manos divinas y con una constante referencia al libre albedrío del hombre. La rebelión satánica mostrada como fruto de la inteligencia creada más elevada. Y las preguntas que vuelan como flechas por todo el texto. ¿Por qué creó al hombre? ¿Para qué? Son muy interesantes estas novelas, que son una especie de espejo distorsionado de las preguntas de mucha gente actualmente, aunque sean expresamente presentadas como ficción.

Otro aspecto dentro de este resurgir de temas teológicos escondidos en la ficción, como si los seres humanos no pudieran dejar de hablar de Cristo, pero sintieran vergüenza, o no estuvieran muy seguros de sus dudas, para planteárselas directamente al Creador, es el tema de las bodas de Jesús. Podemos tropezarnos con gentes que han leído todas las novelas en torno a una posible boda de Jesucristo, y no han leído ni un solo versículo de los Evangelios o del Antiguo Testamento. Hay una trilogía, titulada El linaje de la Magdalena, cuya autora es Kathleen Mc Gowan, a la que se puede ver como experta de History Channel de vez en cuando en televisión y posee la máquina de libros-ficción más potente en estos temas. Permítanme que transcriba unas palabras que preceden al segundo tomo de la trilogía El libro del amor:

 

Después de descubrir el evangelio de María Magdalena, donde ser revelaba que Jesús y la Magdalena estaban casados, Maureen Paschal recibe un extraño sobre con una carta antigua escrita en latín que es obra de una mujer olvidada por la historia: la condesa Matilde de Toscana...

 

            ¿Por qué hago mención de esta basura al tratar de un libro escrito con toda la verdad y sinceridad de un investigador? Porque en la publicidad que hace la editorial de la obra comentada se lee: “es una historia llena de inquietantes revelaciones sobre el origen del cristianismo y los cimientos de nuestra cultura”. Han pasado de la advertencia del principio: “Este libro es una obra de ficción. Nombres, personajes, lugares e incidentes son producto de la imaginación del autor…” a la historia, con una tranquilidad terrorífica. Y muchos lectores también. Otra de las desviaciones patológicas de la historia al tratar la figura de Jesús de Nazaret. Cada año se publican un centenar de libros alrededor de su figura (Antonio Piñero, Universidad Complutense de Madrid, Historia, National Geographic) y al leer algún de ellos se siente una debilidad y tristeza especial, como si se hubiera tomado una bebida malsana. Pongo un ejemplo: “Jesús fue un rebelde mesiánico. Prueba: los romanos lo crucificaron y pusieron un letrero con la inscripción: rey de los judíos”. ¿Por qué no lee el autor de frases como ésas los mismos evangelios? Allí está escrito que los jefes de los judíos le dijeron a Pilatos: “manda quitar ese letrero y pon otro que diga que Él decía que era rey de los judíos, pero no lo era”.

Me siento obligado a presentar las opiniones de un católico experto en estas cuestiones, pues estoy tratando que mi impresión sobre el libro de Javier Ruiz aparezca bien encuadrada en las discusiones académicas de nuestro tiempo.

En los años treinta y cuarenta del siglo pasado surgieron unas obras fascinantes sobre Jesús: las de Karl Adam, Romano Guardini, Franz Michel Willam, Giovanni Papini, Daniel Rops. En los años cincuenta comenzó a abrirse una grieta entre “el Jesús histórico” y “el Cristo de la fe”. El exegeta católico Rudolf Schnakenburg se persuadió del peligro de esa situación y escribió su gran obra Die Person Jesu Christ im Spiegel der vier Evangelien. Allí decía: “El libro se pone al servicio de los creyentes a los que hoy la investigación científica […] hace sentirse inseguros”. “Sin su enraizamiento en Dios, la persona de Jesús resulta vaga, irreal e inexplicable”. Considerar a Jesús a partir de su comunión con el Padre, que le va diciendo lo que ha de hacer, es una idea muy hermosa y práctica.

El autor, que comenta la obra de Schnakenburg, escribe lo siguiente: para la fe bíblica es fundamental referirse a hechos históricos reales. Ella no cuenta leyendas como símbolos de verdades que van más allá de la historia, sino que se basa en la historia ocurrida sobre la faz de esta tierra. Los libros de la Sagrada Escritura no son simple literatura. Han surgido en el sujeto vivo del pueblo de Dios en camino y vive en él. El autor o grupo de autores a los que debemos un libro de la escritura no son escritores autónomos en el sentido moderno del término.

Martin Hengel, ya fallecido, Peter Stuhlmacher y Franz Mussner han seguido esta senda exegética, así como Joachim Ringleben, con su obra Jesus (2008). Quiero hacer referencia a una última idea que me resulta asombrosa: en los relatos evangélicos se describe una historia que explica la Escritura y viceversa: aquello que la Escritura quiso decir en muchos lugares, sólo se hace visible ahora, por medio de esta nueva historia. La historia que se narra aquí no es simplemente una ilustración de las palabras antiguas, sino la realidad que esas palabras estaban esperando (estas ideas son del Papa Ratzinger)

El doctor Xavier Ruiz de la Presa recoge hacia el final de su libro un verso muy importante de Empédocles: “Reconócelas (se refiere a las palabras de la diosa que guía el camino del poeta)… dividiendo bien el Logos, distribuyéndolo bien por tus entrañas”. ¿Qué quiere decir el poeta? Que hay unas palabras entrañables que brotan como de una fuente interna. Que en ellas se anuncia el sentido más auténtico y más profundo del lenguaje, de la emoción, de la palabra. El verso completo dice así: “Mas a los perversos tienta / sobremanera desconfiar de razones poderosas; / tú por el contrario, reconócelas…”

 

***

La obra Historia, hermenéutica y fe viene a ser una doble reflexión. La primera se aplica a las religiones, a la Escritura. A los Evangelios. La segunda reflexión versa sobre las ideas que tiene el autor sobre su propia historia, su propia interpretación de sí mismo y ese objeto filosófico-religioso que tiene incrustado en su mente: su fe. Como despedida de esta presentación y como una muestra de agradecimiento a Javier, me voy a permitir una consideración de unos pocos minutos acerca de una situación de fondo que creo que afecta a muchos de los temas tratados en este libro. Me lo sugiere la lectura de las notas, abundantes y bien situadas, muchas de ellas referentes al mundo inglés. Muchos de los lingüistas, filósofos del lenguaje, teólogos y pensadores en general.

Una cosa fundamental que debería llevar a cabo la filosofía debería ser fomentar la claridad de pensamiento. Sin embargo dice C.W.K. Mundle: “la mayoría de los filósofos de habla inglesa expresa ahora sus pensamientos filosóficos en una jerigonza que oscurece la diferencia entre el uso y la mención de una palabra. Sobre todo por culpa de Austin y sus seguidores. Igual ocurre entre la explicación de la filosofía que da Wittgenstein y sus propia prácticas en los libros Investigaciones filosóficas y en su Tractatus. Confunde cómo aprendimos a usar las palabras y cómo las usamos”. Otro comentarista, el profesor N. Findlay, refiriéndose al Wittgenstein de los últimos años, aludió a “una radical teoría del uso [del significado] llevada a los extremos, que construye fábulas respecto a cómo se nos podrían haber enseñado los significados de las palabras para afianzar doctrinas a priori a lo que debemos o no podemos significar”.[3]

El libro que comentamos contrapone Historia, hermenéutica y fe. Nos hemos asomado en los minutos transcurridos a la dura polémica entre el Cristo de la Historia y el Cristo de la fe. Hemos de completar ahora con una mirada al mundo de la hermenéutica, palabra que durante algunos años se pronunciaba en los círculos académicos y escolares como si invocara poderes temidos, desconocidos y ocultos. En un trabajo de 1984, Hans Georg Gadamer resumía muy acertadamente la historia de este concepto. Recordaba el origen de la hermenéutica, sobre todo en la teología, entendida como exégesis o interpretación bíblica. Pero ya desde el romanticismo alemán, según Gadamer, algunos vieron que la comprensión y la interpretación no aparecen sólo allí (teología) sino que “afectan a la relación general de los seres humanos entre sí y el mundo”.[4]

 

Mi punto de partida (afirma Gadamer) fue la crítica al idealismo y al metodologismo de la era de la Teoría del Conocimiento. Fue de especial importancia para mí la profundización del concepto de comprensión por parte de Heidegger, que lo convirtió en un existencial, es decir, en una determinación categorial del “Ser-ahí” (Dasein = existencia) humano.

 

            Ocurrió, comentamos nosotros, que durante algunos años creíamos estar en el campo de la hermenéutica bíblica y se trataba de un subproducto del pensamiento de Heidegger. Prosigue Gadamer:

 

Como se sabe, Heidegger abandonó más tarde el concepto de hermenéutica porque vio que no podía romper por esa vía el hechizo de la reflexión transcendental. Su filosofar, que intentó apartarse del concepto de lo transcendental bajo el signo de la “vuelta” (Kehre) le llevó a una creciente penuria lingüística...[5]

 

“Yo intenté”, continúa Gadamer su exposición de ideas, “establecer el carácter inconcluso de toda experiencia de sentido y extraer conclusiones en orden a la hermenéutica partiendo de la idea heideggeriana de la relevancia central de la finitud”. Derrida reprochó al Heidegger tardío el no haber superado realmente el logocentrismo de la metafísica. “Yo –dice Gadamer – procuré a mi vez no olvidar el límite que va implícito en toda experiencia hermenéutica del sentido. El ser que puede ser comprendido es lenguaje, deja sobreentender que lo que es nunca se puede comprender del todo”, explica Gadamer.[6] 

Personalmente aprovecharé para decir que en ese momento me desconecté de la hermenéutica y me sentí burlado y traicionado. Todo parecía un juego de sobremesa de gente que no tiene nada que hacer y va arrojando sobre la mesa palabras nuevas e incomprensibles. Me regresé a Spinoza y Hegel, al Logos duro y seco, ése del que habla Empédocles y al que se acerca al final, según creo, el doctor Javier Ruiz de la Presa en su libro. ¡Felicidades!



[1] Maestro Emérito de la Universidad de Guadalajara, licenciado en Filosofía por la Universidad de Comillas, licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid, doctor en Filosofía por la Universidad de Comillas, después de cuatro años de posgrado en la Universidad de Deusto en las mismas disciplinas. Profesor, investigador y traductor.

[2] El Boletín agradece al Dr. Vevia su permiso para publicar este trabajo.

[3] Cf. Mundle, Una crítica de la filosofía lingüística, México, Fondo de Cultura Económica, colección Breviarios, 1975, p. 16

[4] Cf. Gadamer, Verdad y Método, t. ii, Salamanca, Ediciones Sígueme, 1992, pp. 319 ss.

[5] Gadamer, op.cit., p. 321.

[6] Idem.



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