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La religiosidad popular mariana por la obra de los jesuitas

 

Luis Medina Ascensio, SJ 1

 

La presencia misional de la Compañía de Jesús en el obispado de Guadalajara fue determinante para la evangelización de los confines del noroeste y del norte de ese territorio, y su expulsión en 1767, una tragedia grandísima en términos culturales. Entre las huellas de la evangelización jesuítica sobresale la religiosidad mariana, según da cuenta de ello el autor del texto que sigue2

 

Sobre el presente desarrollo de este tema, debo advertir que sólo es una serie de datos aislados encontrados aquí y allá al recorrer las historias y las crónicas respectivas. Para seguir con mayor facilidad el orden de lo aquí presentado, pongo en seguida los puntos principales a desarrollar:

 

1.    Congregaciones Marianas en colegios e iglesias.

2.    Otros ministerios y misiones populares

3.    Las misiones del Norte y Noroeste de México

4.    Labor intelectual (tratados, sermonarios o elogios)

5.    Las imágenes de Nuestra Señora de Guadalupe y de la Santísima Virgen de la Luz

 

Antes de entrar en el estudio o exposición de cada una de esas partes, creo que debe considerarse la que llamaban allí “marianidad” en el espíritu de los jesuitas. Si san Ignacio de Loyola tuvo una profunda devoción a la Virgen María, necesariamente quedaron impregnados de esa devoción sus Ejercicios espirituales. Como sabemos, éstos fueron como el alma de la orden de los jesuitas; consiguientemente esa devoción tenía que aparecer en todas las obras a que ellos se dedicaran. De ahí que todos los cristianos en quienes ellos fueron influyendo quedasen marcados también con esa misma devoción a la Virgen María.

No parecería necesario recordar que la mayor parte de los jesuitas tuvieron siempre una sincera y arraigada devoción a Nuestra Señora.

Que el pueblo cristiano de México se hubiese aficionado a los trabajos pastorales de los jesuitas en la época colonial lo demuestran las sinceras manifestaciones de pena de todas las poblaciones por donde pasaron rumbo al destierro en virtud del decreto de expulsión de 1767. En los siglos xix y xx, ese antiguo afecto ha quedado expuesto a muy variadas vicisitudes, propias de estos tiempos de cambio.

 

Congregaciones marianas en colegios e iglesias

 

No se trata aquí de exponer la historia de las congregaciones marianas en México; sólo se dirá aquello que pueda tener alguna relación o aspecto pastoral. A fines de 1574, como nos dice el padre Alegre,3 se fundó en México (en el Colegio Máximo) la Congregación de la Anunciata. Su fin era, como ya se sabe, formar intensamente en la vida cristiana a almas escogidas bajo la protección de la Virgen María. Se alistaron en ella casi todos los 400 alumnos que había entonces. Al crecer el número de congregantes, se dividió la congregación en dos: de mayores y de menores. La imagen venerada fue una copia de la de Santa María la Mayor de Roma (que se dice que fue pintada por san Lucas), una de las cuatro que envió a México san Francisco de Borja.

 

Sus actividades

 

Sus actividades solían ser la asistencia a la misa, el canto de la Salve, los sermones en las fiestas y ocasiones solemnes, declamaciones, ejemplos marianos en los sábados y los domingos. Además hacían visitas a hospitales y cárceles para catequizar, socorrer y alentar a la gente. A veces ingresaban a las congregaciones los sacerdotes diocesanos y aun prebendados de los cabildos. Los congregantes seglares ayudaban también en la enseñanza del catecismo en las iglesias de la ciudad. También organizaban peregrinaciones al Santuario de Guadalupe (ya en 1599), y tomaban parte en la procesión del Jueves Santo. Organizaban fiestas literarias especialmente en honor de la Virgen María. De entre esos seglares catequistas salían con frecuencia vocaciones sacerdotales y religiosas.

Se sabe que se fundaron congregaciones similares en Puebla, Oaxaca, Guadalajara, Durango, Mérida, San Luis Potosí, Querétaro y Zacatecas4

Las congregaciones no sólo se fundaron para españoles y criollos. También las hubo para los indígenas, negros, mulatos y esclavos. En 1594 se fundaron en el Colegio de San Gregorio de México. También quedaron fundadas en Tepotzotlán, Puebla, Oaxaca, Pátzcuaro, etcétera. La de los esclavos se llamó la Esclavitud de la Virgen en Puebla.

Como toda obra humana, la Congregación de la Anunciata tuvo su decadencia, y se hizo necesario volverla a levantar con otro nombre, el de Congregación de la Purísima, en 1643.5 En esa forma se organizó de nuevo y recibió nueva vitalidad bajo el padre Pedro Juan Castini. En 1737, con ocasión de la epidemia, habilitó el hospital de San Lázaro y lo asistió espiritualmente.6

En la Casa Profesa de México, desde 1594 se había establecido la congregación llamada del Santísimo Salvador, pero a la Prima Primaria de Roma. Sus prácticas eran las mismas, que enumeramos antes, de la Anunciata del Colegio Máximo. En 1616 se dedicó en la Profesa la Primera Casa de Loreto. Por cuenta de esa congregación se fundaron dos becas para huérfanos y se sostuvo la casa de mujeres dementes.

             En la iglesia de San Pedro y San Pablo (de México) se fundó en 1696 la Congregación de Nuestra Señora de los Dolores por el padre José Vidal; estaba destinada a la santificación de las doncellas y madres de familia. Esa devoción a Nuestra Señora de los Dolores la extendió por buena parte de la Nueva España el referido padre Vidal. Escribió un tratado sobre ella con rezo de oficio especial. Desde entonces consiguió que en las iglesias se diese diariamente el toque de las tres de la tarde, en recuerdo y en honor de su presencia al pie de la cruz. Con ese mismo nombre, en 1767 había congregaciones en trece de las principales ciudades de Nueva España.7

            Después del vacío histórico entre 1767 y 1814 (fecha de la Restauración de la Compañía) y pasados los años de nuestra inseguridad política después de la Independencia, veamos algo sobre la congregación vuelta a fundar en la ciudad de México en 1871. De la Historia respectiva del señor Ortiz y Córdoba entresaco los datos que doy en seguida. Muchos de ellos también se refieren a otras congregaciones de otras ciudades de la República.

            Entre las actividades, mencionemos la fiesta de aniversario de su fundación (el 2 de febrero); el mes de María con rosario cantado, letanías procesión con la imagen de la Virgen y el estandarte de la Congregación, ofrecimiento de flores por un grupo de niñas y el adiós de despedida. Algunos días solamente había también comuniones generales.8

            Se celebraban también el mes del Rosario, fiestas titulares (a las que solían invitar al Delegado Apostólico), los cinco domingos (en recuerdo de las cinco apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe), peregrinaciones a la Basílica de Guadalupe, (yendo a pie desde Peralvillo), Ejercicios Espirituales en cuaresma, posadas, Laus Perennis (velación a la Virgen).9

            Desde tiempo atrás se habían ido fundando congregaciones también en otras iglesias y por otros sacerdotes (no jesuitas). En 1956 había 390 en todo México.

 

Otros ministerios y misiones populares         

 

Antes de pasar a las Misiones entre infieles, conviene anotar algunas otras actividades y ministerios. Aunque ya vimos algunos trabajos colaterales a las congregaciones, no debe olvidarse que por influencia de esas mismas organizaciones se daba vida a otras actividades de las iglesias a cargo de los jesuitas. Así, la congregación que con el nombre de Hijas de la Purísima fundó el padre Piñán entre las señoritas de Puebla por el año 1884 tuvo una grande influencia gracias a su labor de enseñanza del catecismo.10 El padre Antonio Repiso en 1898 lograba que muchos hiciesen anualmente los Ejercicios de encierro por medio de su Congregación de los Luises.11

En Morelia, con motivo del año jubilar de la Inmaculada (1904), se llevaron a cabo unas misiones en las parroquias y se logró con gran satisfacción que comulgaran más de 25 mil personas.

En las Misiones populares propiamente dichas que llevaban a cabo los jesuitas (solos o en grupo) se observaban de hecho muchas manifestaciones espontáneas o insinuadas y movidas por los padres en honor de la Virgen María. Por el año 1903, en la Misión de Asientos se comenzó el trabajo en el Santuario del Señor de Topazán, con la imagen de Nuestra Señora del Refugio. De ahí hasta Asientos se hizo una procesión en la que se cantó el Ave maris stella y se rezó el rosario.12

En 1903 fueron dos padres a misionar a Cosamaloapan (Veracruz). En un principio no lograban una buena asistencia. Uno de los misioneros los amenazó con castigos de Dios y se puso a cantar la Salve para implorar la ayuda de Nuestra Señora. En ese momento se sintió un terremoto tan fuerte que los habitantes prorrumpieron en gritos y sollozos, entonando unos el Padre Nuestro, otros las Letanías de la Virgen, y luego todos juntos llenos de emoción entonaron la Sa1ve. 13

Bien se sabe que en esas Misiones lo que más suele impresionar a los participantes es la imagen del Santo Entierro y también la del Santo Crucifijo.

 

Las misiones del norte y noroeste de México

 

Después del enorme trabajo de Evangelización llevado a cabo especialmente por las tres grandes órdenes religiosas en el centro y sur de la Nueva España, los jesuitas se propusieron misionar el Norte y el Noroeste de las zonas ya cristianizadas. Su campo se extendió desde el Nayar hasta Arizona, y desde Coahuila hasta Baja California. Su método fue explorar, atraer, catequizar y organizar. La base de su enseñanza solía ser el Catecismo del padre Castaño, que se traducía a las varias lenguas indígenas. Como es natural, no había que esperar de ellos (de los indígenas) manifestaciones esplendorosas de devoción a la Virgen María, sobre todo al principio. Esta devoción es, podría decirse, como el refinamiento de la vida religiosa.14

En las zonas en que trabajaron los padres Salvatierra, Ugarte, Kino y otros, encontramos como nombres de los puestos de Misión los siguientes: Guadalupe, Concepción, Rosario, Santa María, Remedios, Loreto, Purísima, etcétera. En la misión de Loreto (California), bajo el influjo del padre Salvatierra, se reunían los españoles y los indígenas todos los sábados. Se tenía doctrina, rosario, letanías, un ejemplo mariano y una exhortación sobre el mismo tema de la Virgen. En algunas partes había grupos de indígenas que se reunían todos los días en su capilla para la doctrina, el rezo del rosario y las letanías. Después de esa reunión se retiraba cada quien a su trabajo.15

En la zona tepehuana, después de la insurrección (1618), encontramos en Zape un resurgimiento de la devoción mariana. La estatua de Nuestra Señora que había sido semidestruida por los insurrectos fue reparada y puesta de nuevo a la veneración de los cristianos. Se le llamaba a esa estatua de vario modos: la Virgen del hachazo (por el golpe que recibió) la Virgen de los mártires, la Virgen del Zape o Nuestra Señora del Valle; y su santuario se convirtió en uno de los más frecuentados de esas misiones. 16

En la Misión de la Tarahumara del presente siglo, encontramos las siguientes formas de devoción mariana: al llegar los indígenas al pueblo para celebrar sus fiestas, tienen canto de vísperas solemnes, o sea rezo de rosario con misterios cantados y una exhortación final. Los domingos, después de la misa, al reunirse los indígenas con su Gobernador, se saludan diciendo “Ave María Purísima”. Por las tardes al dar la campana de la torre la señal del Ave María, se reúnen en la iglesia para sus rezos de costumbre.17

En los internados de niños y niñas que tienen en la misión, acostumbran rosario solemne con canto de misterios, cantos a la Virgen, etcétera. Cuando oyen la campana del Ángelus, suspenden sus juegos los niños, se arrodillan y, juntas sus manos delante del pecho, rezan tres Ave Marías; después continúan sus juegos.18

 

Labor intelectual (tratados, sermonarios o elogios, etcétera.)

 

Fuera del trato directo con las personas que acudían a los locutorios de las iglesias, los jesuitas influían también sobre la sociedad cristiana por medio de sus cátedras, de sus sermones o de sus escritos.       

Generalmente las corrientes teológicas de Mariología en nuestro país han sido las predominantes en Europa. En las 30 cátedras de Teología que se daban en la Nueva España en los varios establecimientos de enseñanza que los jesuitas regenteaban, se llegaron a dar no pocas veces los tratados relacionados con la Teología Mariana. Entre los expositores y autores de esa materia en especial se pueden enumerar los siguientes: Antonio Arias, Antonio de Ayala, Francisco Aguilera, Mateo Delgado, Miguel Venegas, Mariano Vallarta, Antonio Peralta, Francisco Javier Lazcano, Francisco Javier Alegre y otros.19

Entre los sermones o elogios sobre la Virgen María, pueden también enumerarse los siguientes jesuitas que los hicieron: Miguel Castilla, Francisco Ceballos, Juan Luis Mancho, Santiago Mijares, Juan Antonio de Oviedo, Juan Pozo, Pedro Quiles, Antonio Ramírez, Antonio Ribadeneira y otros. La mayor parte de ellos tratan de la Inmaculada, de la Asunción, o desarrollan la vida de Nuestra Señora. Más nombres y más datos pueden encontrarse en las Bibliografías de Icazbalceta, Andrade, León o Beristáin.

 

Las imágenes de Nuestra Señora de Guadalupe y de la SantísimaVirgen de la Luz

 

Aunque en un trabajo especial se va a tratar del Guadalupanismo en México, diré los datos más indispensables sobre los jesuitas ante ese hecho histórico y devocional. Tanto historiadores como predicadores jesuitas se han ocupado de esa imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, que tanta veneración   ha tenido de parte del pueblo mexicano. El título de Patrona nuestra fue conseguido por el padre Juan Francisco López en el año 1754, al mismo tiempo que lograba la concesión de oficio y misa propios. En 1894 se conseguía el nuevo oficio guadalupano por el padre Esteban Antícoli.20 Este padre Antícoli, a una con otros historiadores mexicanos, sostuvo el aluvión antiguadalupano de Icazbalceta y su grupo a fines del siglo pasado. Dicho padre no siempre se redujo a las pruebas estrictamente históricas; insistía bastante en las teológicas.21

La imagen de la Santísimo Virgen de la Luz que se venera en León, Guanajuato, fue traída de Italia por el padre José María Genovesa. Según cierta tradición histórica, fue mandada hacer por el padre Juan Antonio del mismo apellido para lograr un mayor fruto en sus Misiones populares a través de Italia. El padre José María donó la imagen a la casa que los jesuitas tenían en León, a donde fue a dar en 1732. Con motivo de las acusaciones contra los jesuitas al ser expulsados en 1767, se trató también de prohibir la imagen de Nuestra Señora de la Luz (devoción propagada por ellos). Las Sesiones del 17 de enero y del 7 de febrero de 1771 del Concilio iv Mexicano trataron ese asunto. Pero como ya había tenido algunas aprobaciones, los decretos de ese Concilio “sólo se refirieron en general a las imágenes profanas e indecorosas, dejando a cada obispo el cuidado de borrar el dragón de la Virgen de la Luz si corrían peligro sus diocesanos de creer que Nuestra Señora libertaba a los condenados”.22

En Yucatán propagó la devoción a Nuestra Señora de la Luz el padre Javier Gómez. Levantó 23 altares en su honor, y hacía celebrar su fiesta con una novena. En algunos pueblos reunía a la gente en la madrugada, desplegaba el estandarte con la imagen de la Virgen y recorrían algunas manzanas rezando el rosario hasta llegar al templo donde se celebraba la misa. En la ciudad de México, en el Colegio de San Pedro y San Pablo, el padre Miguel Castillo reunía alguna gente en la portería y de ahí se la llevaba hasta alguna plazuela vecina, llevando el estandarte con la imagen de la Virgen de la Luz y cantando las letanías. Ahí les explicaba la doctrina y luego volvían en la misma forma al Colegio.23 Otras formas de devoción eran los 7 sábados, triduos, novenas, los miércoles de cada semana y todos los miércoles del año (porque la fiesta anual de esa advocación es el miércoles posterior al jueves de Ascensión).

 

 

Bibliografía

 

·       Confederación Nacional de las Congregaciones Marianas, Directorio de las Congregaciones Marianas de México, México, Buena Prensa, 1956.

·       Dávila y Arrillaga, José Mariano, Continuación de la historia de la Compañía de Jesús en Nueva España, del padre Francisco Javier Alegre, Puebla, Imp. del Colegio Pío de Artes y Oficios, 1889, 2 tomos.          

·       Decorme, Gerardo, S.J., Historia de la Componía de Jesús en la República Mexicana, Guadalajara, Tip. El Regional, 1914, 2 tomos (el 3º impreso en Chihuahua en 1959; toda la obra abarca de 1816 a 1914).

·       Decorme, Gerardo, S.J., La obra de los Jesuitas mexicanos durante la época colonial: 1572-1767, México, Antigua Librería de Robredo, 1941, 2 tomos.

·       Drive, A., Marie et la Compagnie de Jésus, Tournai-Paris, Casterman, 1904.

·       Ocampo, Manuel, S.J., Historia de la Misión de la Tarahumara (1900 1950), México, Buena Prensa, 1950.

·       Ortega, José, S.J. Apostólicos afanes de la Compañía de Jesús, Barcelona, Pablo Nadal, 1754 (reimpresión en México, ed. Layac: Luis Álvarez y Álvarez de la Cadena, 1944).

·       Ortiz y Córdoba, Luis G., Historia de la Benemérita Congregación de Varones de Nuestra Señora de Guadalupe y San Luis Gonzaga de México. 1871-1935, México, sin pie de imprenta, 1936.

·       Venegas, Miguel, S.J., Noticia de la California, Madrid, Vda. de Manuel Fernández, 1757 (reimpresión en México, ed. Layac, 1943-1944, 3 tomos).

·       Veres Acevedo, Laureano, S.J., La maravillosa imagen de la Madre Santísima de la Luz, México, Tip. La Europea, 1901.



1 Presbítero del clero de Guadalajara (Cocula, 1912), en 1948 ingresó a la Compañía de Jesús. Se distinguió como acucioso y muy competente historiador.

2 El texto original se publicó en la obra La religiosidad popular en México, Sociedad Teológica Mexicana-Ediciones Paulinas Mexicanas, México, 1975.

3 Cfr. Decorme, La obra... , I, p. 299ss. Véase la bibliografía al final de estas notas.

4 Ibid., p. 307.

5 Ibid., pp. 313ss

6 Ibid., pp. 317-319

7 Ibid., pp. 321-322

8 Luis G. Ortiz y Córdoba, Historia de la Benemérita Congregación de Varones de Nuestra Señora de Guadalupe y San Luis Gonzaga de México. 1871-1935, pp. 101-104.    

9 Ibid., pp. 104, 109-110, 120, 124-125, 126-134, 145.

10 Cf. Decorme, op.cit., iii, 73.

11 Ibid., iii, 87.

12 Ibid., iii, 387-388

13 Ibid., iii, 404.

14 Ibid., ii,  xv.

15 Venegas, Noticia de la California, ii, pp. 30-31, 42, 158 161, 248-249.

16 Decorme, op. cit., ii, 75.

17 Ocampo, Historia de la Misa de la tarde, pp. 8, 30, 69.

18 Ibid., pp. 218-219

19 Decorme, op. cit., i, 193-195.

20 Ibid., iii, 171.

21 Ibid., iii, 161-174.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                  

22 Cf. Veres Acevedo, La maravillosa imagen..., pp. 8-22, 124 y ss.; etiam Decorme, op.cit., i, 19-20.

23 Veres, op. cit., 136-141.

Felicidades a nuestros Sacerdotes Aguirre Franco J. Eustaquio · Arias Salinas, R.M. José Antonio · Arzate Ramírez Hugo Gerardo · Ballesteros Flores Blas · González Aldaz Porfirio · Gutiérrez Ortiz Emilio Lorenzo · Mercado González Juan Fernando · Romo Valadez Alfredo ·


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