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El Concilio Plenario de la América Latina: 28 de mayo - 9 de julio 1899 (3ª parte)

 

Eduardo Cárdenas Guerrero, S.I.1

 

Concluye un muy relevante estudio en torno al suceso eclesial que por vez primera presentó a la América Española como el baluarte de la catolicidad en el mundo.2

 

f) Predicación y catequesis

 

El título x versa sobre el ministerio de la predicación y de la catequesis. Llama la atención la escasez de referencias a las fuentes del magisterio y parece, de esta suerte, que el Concilio quisiera enfocar el argumento con una óptica específicamente latinoamericana. Sin embargo, la parte doctrinal permanece en el nivel exhortativo, ponderando la necesidad y la excelencia de la transmisión auténtica de la fe.

Nos fijaremos en estos puntos, que respondían de manera particular a las necesidades concretas de nuestra Iglesia. El primero (núm. 699) concierne a la inmensa masa de fieles carentes de sacerdotes y dispersos en todo el continente:

 

tome el obispo sus medidas, con aquel celo por el bien de las almas que ha de animarlo como pastor, para que entre tanto no carezcan aquellos pobres campesinos de todo auxilio religioso. Dedique por tanto algunas personas competentes que, en los días de fiesta o en otros que convenga, enseñen a aquellos infelices las cosas necesarias para la salvación; es decir, que lean al pueblo reunido el catecismo aprobado en la diócesis o por lo menos lean, repitiéndolo los oyentes, lo que en el artículo 711 mandamos que rece el sacerdote cuando va a decir misa a las capillas u oratorios rurales.

 

Tenemos aquí un reconocimiento del hecho y del derecho de una cooperación laical, que ya era antigua en la América española. El segundo punto que merece nuestra atención es la preocupación reflejada por el Concilio acerca de la autenticidad de la predicación (núm. 704). Es verosímil que dejaba mucho que desear “por causa de los abusos y defectos de los predicadores”.

Los templos seguían siendo aún la gran caja de resonancia en la transmisión y en el cultivo de la fe, y la impreparación del clero o la intromisión en temas políticos desacreditaba el ministerio de la Palabra. Por ello los obispos amonestan, “con todo ahínco”, para que los predicadores conformen sus sermones a un decreto de la Santa Sede expedido en 1894 para toda Italia.

Un tercer punto merece nuestra atención, y es que el capítulo iii (núm. 711) tiene un título que no corresponde a la expectativa que provoca: “De los catequistas rurales”. Pero de acuerdo con lo que allí se prescribe, el oficio de catequista, donde no existe sacerdote estable, se reduce a leer o recitar durante la celebración de la misa “los actos de fe, esperanza, caridad y contrición, la oración dominical, la salutación angélica, el símbolo de los apóstoles, los preceptos del decálogo y de la Iglesia y los sacramentos”. Esto se hacía también en la época colonial y su cumplimiento era condición para pagar la “congrua” al párroco. Pero lo que aquí interesa es verificar el hecho del desamparo en que va quedando la instrucción religiosa de los campesinos y el reducido papel que se deja al catequista rural.

No decimos que, en efecto, la función del catequista se entendiera en la forma enunciada: mucho antes, en el artículo 154, el Concilio se expresa en términos más elaborados, pero admira que no hubiera desarrollado con perspectivas más amplias el papel del catequista rural.

La legislación sobre la enseñanza del catecismo reviste una presentación más positiva; insiste en la claridad de la exposición y recomienda que, “siempre que se presente la ocasión, hable el catequista de la infinita bondad divina para con nosotros, y del amor de Jesucristo”. No es entonces muy fundada la queja que se oirá en nuestros años de que al pueblo se le infundía la idea de un Dios vengativo y pavoroso (véase el número 710).

Los demás capítulos se refieren a la diversidad de iniciativas en el anuncio de la fe: las misiones populares, los libros católicos, para cuya redacción se estimula a “los seglares católicos dotados de las necesarias cualidades”; sobre los periódicos católicos el Concilio emplea los términos más enfáticos, pues en este terreno, como en el de la enseñanza, se libraba un desigual combate. El capítulo viii, “de los escritores católicos”, reconoce la nobleza y la dificultad de este servicio, y los exhorta a la rectitud de intención, a la competencia científica, a la ortodoxia, al equilibrio y a la caridad.

Tal estímulo obedecía, sin duda, a algunas excelentes iniciativas que habían surgido en no pocos países latinoamericanos. Así florecía en el Brasil, en Argentina desde antiguos años bajo la decisión de un obispo como el de Buenos Aires, monseñor Federico León Aneiros. Laicos resueltos y preparados hicieron frente a los embates del laicismo. Especialmente desde 1890 hubo una gran reacción católica misionera y periodística, con grandes polemistas que ya trabajaban desde mucho antes: Tristán Achával, Santiago Estrada, Félix Frías –padre del periodismo católico– José Manuel Estrada y otros. Ellos insistieron en el apostolado de la prensa, de las organizaciones sociales y de las asambleas católicas argentinas.

 

En materia de política –dice el núm. 736–, distingan ésta de la religión, y no consideren a los afiliados en diversos partidos como renegados del catolicismo, introduciendo indebidamente las facciones políticas en el augusto campo de la religión.

 

g) La Iglesia y las necesidades espirituales de América Latina

 

El título xi trata “del celo por el bien de las almas y de la caridad cristiana”, tema que se expone a partir del deber que tiene la Iglesia de luchar contra todas las perversiones de la dignidad humana. No sabríamos decir si la enumeración de ciertas lacras sociales se debía referir especialmente a Latinoamérica, pero ya en este Concilio se insinuaba, por lo menos, la condenación de la incipiente sociedad de consumo: se deplora “el desenfrenado deseo de goces temporales” y la conducta de muchos a quienes lo único que importa es “atesorar riquezas y amontonarlas sin medida, nadar en comodidades y lujos, y buscar tan sólo los deleites de los sentidos” (núm. 748).

El Concilio pone su atención, de manera particular, en la práctica de la usura, el juego, la embriaguez, la lujuria, el concubinato generalizado en ciudades y aldeas, el adulterio, la procacidad, el duelo, el homicidio.

Parece un clamor general la queja y denuncia del concubinato en América Latina, pero esta situación es explicable. En un territorio gigantesco, con una población desproporcionadamente rural de cinco habitantes por kilómetro cuadrado si consideramos el espacio habitable, viviendo infinidad de gentes a distancias de días de camino del centro parroquial, en una Iglesia agobiada por la escasez de sacerdotes, más una legislación matrimonial agresivamente laicista, no era asunto fácil impedir las uniones irregulares y esperar que las parejas acudieran, sin más, al sacramento.

No se mencionan aquí los pecados de injusticia cometidos con los jornaleros o peones; podrían formularse diversas hipótesis para encontrar explicación a este silencio; más adelante se hablará de las relaciones entre obreros y patronos.

El abuso del poder ya había sido denunciado anteriormente al tratar de la sociedad civil. El título considera las relaciones que vinculan a cuatro categorías de personas que pertenecen a la sociedad civil: los gobernantes, los obreros, los indios que aún no han sido evangelizados y los inmigrantes.

La reflexión consagrada a los gobiernos contiene una manifestación de agradecimiento “porque mirando al decoro de la religión han favorecido abiertamente [el viaje de los obispos] a esta Ciudad Eterna” (núm. 763). No tenemos noticia, desafortunadamente, de las concretas razones que impidieron a los obispos de Nicaragua, El Salvador y Honduras estar presentes; tampoco conocemos los términos de “abierto favor” que hubiesen podido prestar los gobiernos laicistas de Venezuela, Ecuador, Brasil, Uruguay y Argentina. El artículo está redactado en tono respetuoso, cordial y latinoamericano. Los gobiernos

 

con tan feliz y fausto comienzo, auguran para sí y para todas las naciones latinoamericanas una estrecha unión no sólo de la potestad civil y la eclesiástica en cada una, sino de las mismas naciones entre sí, conservando cada cual incólume su independencia política y su libertad cristiana, para que permanezcan siempre intactas las constituciones civiles y religiosas de toda la América Latina, que estriban en su filial amor a la Iglesia católica y en la unidad de la fe católica y apostólica, fuente de la verdadera prosperidad de las naciones.

 

El número 765 concierne a las relaciones entre obreros y patronos. La única referencia doctrinal la constituye la encíclica Rerum Novarum, con una exhortación a los deberes de la justicia y la caridad. Más adelante (núm. 769) se habla de la constitución de hermandades “llamadas círculos de obreros”, regidas por estatutos aprobados por la autoridad eclesiástica. Su finalidad no se centra en la defensa de los derechos de los trabajadores, sino únicamente “para proteger, como a cristianos corresponde, a toda la clase operaria contra las asechanzas” que con frecuencia la asedian y que poco a poco pueden conducirla al socialismo.

Quisiéramos encontrar fuerza y nervio en las palabras conciliares; quizá no se percibía, en razón de las circunstancias históricas aún inmaduras de nuestro continente, la trascendencia que para el futuro de América Latina iba a adquirir el movimiento obrero.

Las “asociaciones obreras” ya habían hecho su entrada bastante tiempo atrás en los medios católicos de América Latina. En 1874, por tanto 25 años antes del Concilio Plenario, la revista católica El Mensajero del Corazón de Jesús de Bogotá dedicaba un amplio comentario a este argumento, señalando, en particular, la descristianización del mundo obrero en los países desarrollados, y cómo éste debía constituir el objeto de mayor solicitud de la Iglesia.

La injusticia estructural de nuestro continente se manifestaba en México, por ejemplo, a través de una monstruosa desproporción de la distribución de la tierra operada en la época del porfiriato. A fines del siglo xix los peones seguían ganando el mismo salario que en 1810. Esta situación no se ve contemplada en los decretos conciliares, siendo que de los obispos participantes en la asamblea el grupo más numeroso era el mexicano.

Con todo, en México ya se había realizado el lanzamiento del catolicismo social, inspirado por la encíclica Rerum Novarum. La fecunda labor de concientización social se impulsó en los años noventa y en el comienzo del siglo xx a múltiples niveles, siguiendo las pautas de análogos movimientos como, sobre todo, el italiano, el belga, el francés y el alemán. Las figuras de Toniolo y de Ketteler son bien conocidas. Con esta inspiración se organizan congresos y semanas sociales, se extienden las cajas populares y las cooperativas, se piden mejoras para el obrero, el campesino, el indio, la mujer, el niño.3

El catolicismo social mexicano se incuba en el decenio de 1870. Aparecen en diversos lugares las sociedades católicas para defender las exigencias de la caridad. No se queda allí: el catolicismo mexicano se abre a los nuevos problemas planteados por la situación de los obreros, de los campesinos y de los indígenas. Desde 1891 el Arzobispo Labastida tiene la idea de celebrar congresos católicos que en los dos decenios siguientes se harán realidad, con énfasis social en congresos y semanas agrícolas y sociales, tenidos en una decena de ciudades. En 1895 nació en Guadalajara el Círculo de Obreros Católicos, precursor de un sindicalismo cristiano prometedor de una transformación social si la revolución de 1910 y la persecución renovada no lo hubieran truncado.

El obispo de San José de Costa Rica Bernardo Thiel, quien por su origen alemán debía de conocer bien el catolicismo social, un año después de la publicación de Rerum novarum redactó una carta pastoral sobre el justo salario de los trabajadores. Quería especialmente defender a los campesinos y artesanos, que se estaban convirtiendo en un proletariado inerme por la disminución y depreciación de la pequeña propiedad a causa de las reformas implantadas por el liberalismo.

En septiembre de 1891, el arzobispo de Santiago de Chile, Mariano Casanova, escribió también un documento pastoral acerca de la misma encíclica. El historiador de la Iglesia en Chile, C. Silva Cotapos, la llama “notabilísima pastoral”. Leída cien años más tarde, nos parecería pobre si no tenemos en cuenta la mentalidad suramericana de la época. Dice el arzobispo Mariano Casanova:

 

Los espíritus ligeros se convencen fácilmente de la aparente injusticia que creen descubrir en el hecho providencial de que hombres iguales en naturaleza sean desiguales en condición social, y esta falsa creencia va engendrando un funesto antagonismo entre los ricos y los pobres, los patronos y proletarios, los favorecidos por la fortuna y los desheredados de ella “. Más adelante escribe: “León xiii deja oír su voz en medio de esta tempestad social” para indicar que el remedio contra el socialismo “se encuentra en el Evangelio, que enseña a los ricos el desprendimiento y a los pobres la resignación, que obliga a los unos a mirar a los pobres como a hermanos [...], y que impone a los otros el deber de buscar en el trabajo honrado y en una conducta arreglada los recursos necesarios para la vida”.4

 

Claro está que la carta pastoral no se reduce a esta interpretación simplista, pero es significativa de una mentalidad correspondiente a las circunstancias sociales y psicológicas entonces imperantes.

También en Argentina los católicos empezaron a sensibilizarse en el polémico decenio de 1880, como se vio en su Congreso Nacional de 1884. Vendrá la gran figura del redentorista padre Federico Grote con su Círculo de Obreros, en competencia con las organizaciones anarcosindicalistas de un país en plena efervescencia. La encíclica Rerum Novarum conoció en Argentina una amplia difusión.5

El capítulo iii, dedicado a las misiones entre infieles, urge a la conciencia de la Iglesia latinoamericana para que no se sienta tranquila mientras en el continente subsistan enclaves indígenas sin evangelizar. Se acude a la caridad de los fieles para que sostengan, con su limosna y su oración, la obra misional, y es de gran interés el encargo que se hace de que los misioneros aprendan las lenguas indígenas. A fines del siglo eran contados los territorios misionales: La Gerarchia Cattolica (1899) señala siete vicariatos y una prefectura apostólica. Carecemos de datos exactos de la población aborigen aún sin evangelizar, sobre la que las Geografías de la época apenas dicen nada.

El capítulo refleja de algún modo las preocupaciones y la metodología ofrecidas por los concilios indianos; merece atención, por lo demás, una expresión muy moderna: “Gravísimo deber de la autoridad eclesiástica [...] es procurar llevar la civilización por medio de la predicación evangélica”. Y la llamamos moderna porque se esgrimió frecuentemente en los debates del llamado “Esquema xiii” del Concilio Vaticano ii. La expresión conciliar, atribuida a Pío xi, decía: “La Iglesia civiliza evangelizando”. Cómo era entendida en 1899 por los obispos latinoamericanos, no sabríamos acertar, pero, al menos como expresión, resulta feliz.

En cambio, extraña la ausencia del mundo negro en las preocupaciones conciliares. El índice final, en la palabra “Negro” (pág. 589), remite a “Aborígenes”, y de allí a los números que estamos analizando. En estos números no se habla para nada del negro.

El 5 de mayo de 1888 León xiii había escrito una carta de congratulación y agradecimiento a los obispos del Brasil por el anunciado decreto, promulgado el 13 de mayo, de la libertad otorgada a los esclavos; el gesto del emperador Pedro ii estaba vinculado a la celebración del jubileo de oro sacerdotal del Papa. Es una extensa y bella carta, síntesis histórica de las aberraciones esclavistas y de la defensa de los esclavos hecha por la Iglesia. Evoca con emoción a san Pedro Claver, a quien el mismo Pontífice canonizó ese año. Como los negros ordinariamente convivían con la población sujeta a los censos, es verosímil que el silencio acerca de su situación religiosa y social quedara englobada, en la mentalidad de los obispos, dentro de las normas generales que se dan acerca de la conservación de las masas en la fe.

Por otra parte, resultaría anacrónico exigir para aquellos tiempos la presencia de pastorales especializadas; queda, con todo, el escrúpulo de que el negro es considerado entre los grupos que deben ser evangelizados (véase el índice, vocablo “Negro”, a que hemos aludido anteriormente), y ni siquiera es mencionado en los lugares de referencia. Más tarde, en la i Conferencia del Episcopado celebrada en Río de Janeiro (1955), el obispo de Aracajú, monseñor Fernando Gomes, tendrá una inteligente ponencia en torno a la evangelización del negro en el Brasil. La amarga expresión del Documento de Trabajo, preparatorio para la Conferencia de Puebla, donde se dice que se desconoció la cultura de los negros y sus expresiones religiosas, parece que era válida al terminar el siglo xix.

Por el contrario, se nota gran solicitud en torno a los problemas religiosos y humanos de los inmigrantes. De acuerdo con las observaciones de F. Morando, el texto del esquema previo tenía mucho mayor mordiente e incidencia, pero en los debates de las congregaciones generales fue reformado. Responde a los núm. 767-769. El Concilio registra la situación de “los pobres emigrados” (misen advenae), embaucados por “seductores impíos y sin conciencia [...] que les prometen inmensas riquezas y fortunas colosales, y, al ver que la realidad no corresponde a las esperanzas, quedan los infelices sumergidos en mayores angustias y dificultades”. Como dato no sólo pastoral, sino sociológico e histórico, la cita reviste gran interés, porque es una asamblea episcopal la que confirma la noticia de una explotación de los inmigrantes. No debe olvidarse, sin embargo, que los gobiernos del Brasil, Uruguay, Argentina y Chile fomentaron por múltiples causas el flujo inmigratorio, lo que era justo ante la desolación demográfica de nuestro continente. El Concilio invita y exhorta a los inmigrados católicos a que conserven su fe y a que se “unan amigablemente” a los católicos de las repúblicas adonde llegan, para formar una unidad y defenderse “de los enemigos de la fe de nuestros padres y de la civilización cristiana”.

El capítulo v de este título xi aborda un apostolado que la Iglesia ha llevado siempre en el corazón: la caridad y la beneficencia. En no pocos países se había secularizado la beneficencia católica, única durante los años de la colonia, agriamente perseguida después de la emancipación. Los obispos piden su restablecimiento, a pesar de haber sido “destruidas y reducidas a la pobreza... por las vicisitudes de los tiempos”. Piadoso eufemismo que encubre la más despiadada hostilidad de los gobiernos (núm. 790). Se golpea también a la puerta del afecto filial de los católicos latinoamericanos para que quieran socorrer “la augusta pobreza del Sumo Pontífice” (núm. 793-796).

El capítulo vii trata “de la protección al Seminario Pío Latino Americano de Roma y su sostenimiento”. En 1899 habían pasado por él 608 alumnos, de los que 19 eran ya obispos, y el primer cardenal latinoamericano, Joaquín Arcoverde, arzobispo de Río de Janeiro desde 1897, había sido su alumno. Parece que hubo cierta oposición de algunos obispos mexicanos en la redacción de estos artículos (núm. 797-798) por la autosuficiencia con que regresaban los “piolatinos” a México y por la consiguiente insumisión a la diócesis.

 

h) Los beneficios eclesiásticos

 

Se trata el punto en el título xii. Su tenor es estrictamente jurídico, pero se esconde entre líneas un doble problema. El Concilio se muestra rígido en excluir a los clérigos indignos de los beneficios eclesiásticos. De acuerdo con el estudio de F. Morando, conocemos que los decretos salieron todavía más robustecidos en comparación con el texto del esquema previo. El arzobispo de Guatemala, en sus observaciones por escrito, había expuesto el problema de aquellas regiones donde el clero escaseaba y causaba escándalo con sus ejemplos. Los obispos recuerdan no sólo la necesidad de excluir a los indignos, sino la obligación de elegir sólo a los más dignos. En la dramática situación pastoral de América, el Concilio apunta a la calidad, no al número. Por ello se pedirá a la Santa Sede que todas las parroquias se confieran a título amovible en las regiones donde el concurso sea difícil de realizar. Al año siguiente se concedió lo que se pedía (ver Actas, p. clxxx).

Otra preocupación de los obispos la constituye la libertad e independencia de la Iglesia frente a las intromisiones de “los poderosos y magnates de este mundo”. Aunque los concordatos ya no estaban en vigor, sí lo estaba el ejercicio abusivo del patronato; y aunque no era éste directamente el problema, se previene “a los magistrados u otros, si los hubiere, a quienes compete el derecho de patronato” a prescindir de favoritismos y de consideraciones políticas y a atender únicamente “al honor de Dios y al provecho de la Iglesia” (núm. 813-815).

 

i) Los bienes de la Iglesia. Los dos últimos títulos

 

El título xiii, “sobre el derecho que tiene la Iglesia de adquirir y poseer bienes temporales”, quiere, por una parte, unificar la disciplina y urgir su cumplimiento, pero también recordar que la libertad y la autonomía de la Iglesia exigen que se le reconozca su derecho a adquirir y conservar bienes raíces. Allí estaba vivo el recuerdo de los despojos a que había sido sometida desde los años de la emancipación, y en algunas repúblicas, como en México, Guatemala, Colombia, Venezuela, del modo más implacable y rapaz.

Sigue el título xiv sobre las cosas sagradas, en el que se desciende a circunstancias tan minuciosas que hace pensar que en no pocas parroquias campeaban el desgreño y la arbitrariedad. También se dedica un capítulo a los cementerios (cap. iii, núm. 913-929). La religiosidad popular latinoamericana se ha mostrado siempre extremadamente sensible al carácter sagrado del camposanto. Los gobiernos laicistas, dondequiera que llegaban al poder, tomaban como una de sus medidas la secularización de los cementerios. Ello era, por una parte, coherente: la separación de la Iglesia y del Estado tenía como consecuencia la nivelación religiosa de la comunidad, sin discriminaciones. Pero también era dable pensar en otro procedimiento, sin el atropello de los derechos y de los sentimientos católicos. El Concilio defiende este derecho; exhorta a los fieles a que “con todas sus fuerzas y por todos los medios legítimos eviten la usurpación y profanación de los cementerios” (núm. 914). El título xv versa sobre los juicios eclesiásticos referentes al matrimonio o a las causas de los clérigos (núm. 930-993) y se concluyen las Actas con un título único (xvi) acerca de la promulgación y ejecución del Concilio, cuya legislación empezará a regir un año después de su promulgación por la Santa Sede.

 

***

 

Los sentimientos de los obispos que tomaron parte en el Concilio están consignados en los discursos de apertura y de clausura, así como en la Carta Sinodal al Clero y al Pueblo de América Latina. En ella se dice que “a los cuatro siglos del descubrimiento y conversión de la América, el Concilio Plenario viene como a ser corona y cúmulo de las innumerables mercedes que, desde las auroras de la predicación evangélica, Cristo Redentor [...] ha derramado sobre nosotros”.

El 10 de julio los obispos fueron recibidos en audiencia de despedida por León xiii. El anciano pontífice les manifestó que había seguido, día a día, el desarrollo del Concilio, y dijo que las palabras que pronunciaría, quería que fueran como su testamento para la Iglesia de América Latina. Su primera solicitud versaba sobre la formación de los futuros sacerdotes, para lo que era preciso establecer o mejorar los seminarios, donde los alumnos deberían prepararse espiritualmente y en las ciencias eclesiásticas de acuerdo con la doctrina de santo Tomás. El Papa quería asimismo la fundación de seminarios centrales de gran altura académica.

Habló después de la preocupación que habían de mostrar los obispos por su clero, especialmente parroquial, y por el trabajo de los párrocos en la catequesis de los niños. En tercer lugar señaló la importancia pastoral de las misiones rurales. “Nosotros sabemos, dijo el Papa, que los habitantes de Colombia, Brasil, México, etcétera, son sencillos y buenos. Sabemos que desean ardientemente la Palabra de Dios”.6 Finalmente recomendó a los obispos la obligación de convocar periódicamente a su clero para los ejercicios espirituales.

Un juicio actual sobre los resultados de nuestro Concilio podría establecerse a partir de su incidencia en la vida del catolicismo latinoamericano. Una primera impresión puede ser que tal incidencia fue menor de lo que auguraba el entusiasmo de los primeros tiempos. Pero hemos de leer el Concilio en el contexto de sus protagonistas y de la época eclesial latinoamericana de hace cien o ciento cincuenta años.

Para hablar con el lenguaje de Medellín, Puebla, Santo Domingo y de la Asamblea Especial del Sínodo para América de 1997, era preciso que transcurrieran setenta, ochenta años, un siglo, que la Iglesia latinoamericana saltara de cien a setecientas diócesis; que en la Iglesia se sucedieran nueve Papas, que existieran las Conferencias Episcopales, el CELAM, y que se hubiera celebrado un Concilio Ecuménico en la era de las velocidades.

“Este Concilio Plenario al final del pontificado de León xiii –escribe O. Koehler–7 abordó, sin duda alguna, los problemas centrales de la Iglesia en los países de América Latina”.

Mirando hacia atrás, al terminar su siglo nuestros obispos podían contemplar un panorama sembrado de desolaciones y heroísmos. Tenían que proponer la fe de la Iglesia y defender la fe de sus pueblos. Tenían que señalar con su nombre los errores, los peligros y las amenazas.

En nuestras repúblicas el poder político fue y se presentó, en largos y fatigosos periodos, no sólo como poder concurrente, sino absorbente y opresor. Por eso, dentro del marco de la doctrina clásica, el Concilio parece defender con tanta decisión la tesis que deja en la sombra las posibles bondades de la hipótesis.

Dentro de una visión unificada del subcontinente, no oculta la solicitud constante de preservar el sitio social del que la Iglesia, entre desfallecimientos y heroísmos, se rehusaba a ser desalojada. La transformación vertiginosa de Europa había cumplido una tarea de descristianización. Un fenómeno de tal naturaleza había respetado a la masa latinoamericana. Aquí se luchaba por el derecho que asistía a la Iglesia a ser reconocida y respetada por el poder político. El hecho católico del subcontinente, tan inicuamente desconocido y atropellado, autorizaba al Concilio para exigir su reconocimiento, y los obispos no se presentaban a pedir una limosna. Enjuiciaban la historia y la vida de América Latina dentro de una visión religiosa, y por eso estaban seguros de pisar tierra firme. Allí puede, tal vez, descubrirse la fuerza y la debilidad de sus decisiones.

Ya hervían en el subcontinente problemas, sobre todo en el campo social y de la cultura, a los que casi no se dio respuesta. La actitud que presidió aquel mes y medio de reflexión respondió a una teología y a una práctica pastoral de conservación y de defensa. Se presenta un ideal nobilísimo del sacerdote, pero, inexplicablemente, nada se dice de la creciente escasez de sacerdotes. El Concilio tiene un capítulo apremiante sobre las misiones entre infieles, pero no menciona la evangelización del mundo negro. No desarrolla tampoco el tema del catequista laico, y, a excepción de invitaciones hechas a los periodistas, políticos y escritores católicos, no pone de relieve el apostolado de los laicos, habiendo éstos sobresalido tanto en México, Ecuador, Colombia, Chile, Argentina y Uruguay. Sin embargo estos silencios no eran sólo de las Iglesias en América Latina.

Si se dice que las Actas conciliares, con su denso acervo doctrinal, sobrevaloran el influjo de la Iglesia en las estructuras sociales y políticas, no puede olvidarse que a tal sobrevaloración respondía la pretensión paralela de las corrientes hostiles al catolicismo. El Concilio estaba en la razón cuando defendía las consecuencias del carácter católico de la comunidad latinoamericana. Que la Iglesia conservaba todavía un profundo influjo en esa comunidad puede colegirse del ensañamiento con que seguía y seguiría siendo hostilizada en algunas repúblicas y de la respuesta espontánea que daba el pueblo al regreso de sus pastores perseguidos, luego tolerados.

Al despedir a los obispos, León xiii había afirmado: “Consideramos el Concilio Plenario Latinoamericano como la página más gloriosa de nuestro pontificado”.8 Estas palabras pudieron responder a un cumplido cordial y espontáneo del Papa. El Concilio, no obstante las limitaciones que puedan atribuírsele, provocó una primera experiencia de cohesión continental en el interior de la Iglesia y del episcopado, y produjo un cuerpo disciplinar y doctrinal, expresado con gran coraje y sinceridad, que venía a fortificar la conciencia unitaria de la Iglesia latinoamericana. Con su sola celebración ya se había logrado mucho, como lo puso de manifiesto el mismo Papa.

Otro aspecto meritorio fue la decisión de los artículos 208 y 288, confirmada y explicada por la Secretaría de Estado, sobre la celebración de frecuentes reuniones (consensus) en cada provincia eclesiástica. Esta prescripción –no muy fácil de cumplir– evolucionó pronto en algunas repúblicas hacia la forma de conferencias episcopales nacionales, que se fueron estructurando con mucha técnica con el correr de los años. En la experiencia conciliar de 1899 se habían puesto las bases de las futuras conferencias generales del episcopado latinoamericano y de todo el renacer católico de América Latina.



1 Religioso jesuita y eminente historiador colombiano (1926-2006), licenciado en Teología y Filosofía por la Pontificia Universidad Javeriana y Doctor en Historia Eclesiástica por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, de la que fue profesor. Escribió, entre otras obras, Pio xii: la doctrina pontificia sobre la vida consagrada. Consilium Oecumenicum Vaticanum Secumdum; La vida católica en América Latina. Siglo xx. Un proceso de cohesión hacia la universalidad, entre otros.

2 © Libreria Editrice Vaticana. Este Boletín reconoce el invaluable apoyo del Sr. Pbro. Carlos Javier Díaz Vega en la gestión de la licencia para publicar esta introducción  histórica a la edición facsimilar de las Acta e Decreta Concilii Plenarii Americae Latinae in urbe celebrati, anno Domini mdcccxcix, que dio a la luz pública la Librería Editrice Vaticana en el año de 1999. Su autor lo terminó en el Colegio Máximo de la Compañía de Jesús de Santafé de Bogotá, en agosto de 1998.

3 Sobre el desarrollo del catolicismo social en México, ver J. Meyer, “Le Catholicisme social au Mexique jusqu’en 1913”, en Revue Historique 260 (1978).

4 En sentido análogo hablará, por años de 1920 o siguientes, un gran prelado mexicano, Orozco y Jiménez, de Guadalajara, que en la Semana Social de Zapopan condena la demagogia y dice, entre otras cosas: “El Salvador ama a los pobres resignados y conformes, sufridos y llenos de paciencia. Es, por consiguiente, el primer deber de los pobres conformarse con la voluntad divina y resignarse con su condición humilde, que el divino Maestro consagró haciéndola suya. Una sola cosa pido: a los ricos, amor; a los pobres, resignación. Y la sociedad se salvará”.

5 N. Auza, Los católicos argentinos. Su experiencia política y social, Buenos Aires, 1984.

6 Así lo refiere monseñor Brioschi, según indicaciones que hemos hecho poco antes en nota. La evocación de Colombia debía de tener para León xiii una significación singular: había canonizado en 1888 a san Pedro Claver, cuya vida admiraba de modo especial. Sin duda el Papa se refirió nominalmente a algunos otros países.

7 Manual de Historia de la Iglesia, Herder, viii.

8 Esta expresión no se encuentra en la reseña hecha por las Actas; la refiere el obispo de Cartagena en la pastoral que hemos mencionado antes.



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