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Desde el alba hasta el oscurecer de la vida

Salvador Zúñiga Torres1

 

El testimonio de vida que sigue muestra el perfil del aspirante al estado eclesiástico en la Arquidiócesis de Guadalajara, inmediatamente después del cese de hostilidades entre la Iglesia y el Estado (1940), aún bajo el imperio de las Leyes de Reforma y antes de la celebración del Concilio Ecuménico Vaticano II: ya no más la búsqueda de estatus a través de la carrera clerical, sino vocación al ministerio sagrado a favor del pueblo de Dios.2

 

 

Mis padres, Rafaela Torres Lira, de Jalpa, Zacatecas, y Fernando Zúñiga Padilla, de Huejuquilla el Alto, Jalisco, se habían casado el 4 de julio de 1918 y establecieron su hogar en Aguascalientes, ahí nací yo, Salvador, el 14 de septiembre de 1928. Mi familia vivía plenamente los cánones de la fe; en esos días de la persecución, daba hospedaje a los sacerdotes. Y fue señalada. Había que irse a otra parte. Mi papá pensó que a la ciudad de México, para seguir las huellas del progreso; mi mamá presintió que era mejor Guadalajara. ¡Que se manifieste la voluntad de Dios en un volado!... El destino fue Guadalajara.

Nos establecimos cerca de la parroquia de Santa Teresita, campo de trabajo del padre Román Romo González, hermano de santo Toribio, donde también hacía su apostolado Quica, la piadosa hermana del santo, yo estudié el catecismo con ella. Luego nos cambiamos al barrio del Santuario de Guadalupe. Por 1940 nos mudamos a la parroquia de San Felipe de Jesús, a cargo de don Rafael Meza Ledezma, primer y muy célebre párroco, cabeza de un centro efervescente de vida cristiana y modelo de apostolado integral. Yo fui a la escuela parroquial con la maestra Higinia Gutiérrez. Me alisté en el grupo de Vanguardias de la Acción Católica. Entré en la Escuela Apostólica del padre Arturo Espinoza, por la Fábrica de Atemajac, el 18 de febrero de 1942. Ahí nos preparaban para entrar al Seminario, aún itinerante y clandestino.

Fui elegido para dar el examen público de matemáticas y de gramática. Existía un ritual: los alumnos distinguidos habían de invitar a dicho acto al señor Arzobispo, que en ese tiempo lo era don José Garibi Rivera. Fuimos a su casa por la calle de Prisciliano Sánchez. Ya que se trataba de matemáticas, el Prelado me preguntó (era amante de soltar “toritos”): ¿Qué pesa más, un kilo de lana o un kilo de plomo? Y sucumbí al ardid: “El de plomo”, le dije.

En noviembre de 1945 ingresé al Seminario de Guadalajara. El segundo de latín lo hicimos de externos. Recibíamos clases por la calle de Libertad, entre las canteras del templo Expiatorio, o íbamos hasta el barrio de la Concha. Me recibió el padre Enrique Toral Moreno, de extracción alteña. El tercer año rentamos una casa, a media cuadra de San Felipe; mi prefecto era el P. Rafael Vázquez Corona. Recuerdo que Rafael Muñoz, de seminarista, luego obispo de Aguascalientes, participaba en las celebraciones de San Felipe, muy lucidas.

El cuarto año de latín ya fue de internado formal en San Sebastián de Analco; el Padre superior era don Luis Santiago. Tuve como maestros a don José Salazar y a don J. Jesús Becerra, los dos me dejaron una profunda huella gracias a su testimonio de integridad y entrega a la Iglesia. Éramos entonces 120 alumnos. Me nombraron ecónomo, sería el responsable de atender a todos en la manutención. Aún se cocinaba con leña. Yo me encargaba de conseguir los insumos y de obtener el dinero del Padre ecónomo diocesano Antonio Chávez Carbajal, muy estricto y cuidadoso, pero llevamos muy buena relación, a pesar de su fama de tacaño. Mis compañeros lograron sobrevivir saludablemente, no se enfermaron con la comida. Ese año se desechó toda la loza de peltre que se usaba hasta entonces, muy deteriorada y fea. Se compró loza nueva de porcelana y vasos de cristal. Nuestro coadjutor era Anastasio Rábago, de conocida dinastía en San Miguel el Alto.

Salvador se perfilaba ya como una persona que, serenamente y sin ostentación, mejoraba el curso de la historia con su dedicación y responsabilidad, sin brillos deslumbrantes. El quinto año era muy importante.

Pasamos a la casa de San Martín de Tours, por la parte de la calle de Jarauta, entre las de Industria y Federación. En medio estaban el comedor y la huerta de Filosofía, y por la calle de Belisario Domínguez la Teología. De esta época recuerdo al padre Fernando Romo, luego obispo de Torreón, y a don J. Trinidad Sepúlveda, tan alto, clave en el juego del volibol. En 1947 los seminaristas íbamos a practicar el futbol a Jardines del Bosque, al hoy templo del Calvario y Arcos del Milenio. No menos de ocho kilómetros; la ida o la vuelta reglamentariamente debía de ser a pie. Yo prefería irme a pie y regresar en camión para alcanzar baño y estar dispuesto a la clase de la noche; así cada jueves y domingo. Me tocó de rector el Padre Salvador Rodríguez Camberos, psicólogo, un hombre muy equilibrado, alto y recto. Luego le siguió el Señor Salazar, en 1946. Don J. Jesús Becerra era muy exigente, de gran temple y fortaleza, pero también muy humano, amigable, bromista y cordial en los paseos.

En ese quinto año, a mediados, el señor Becerra se enfermó y por más de un mes estuvo en su casa. Me mandó llamar y me dijo que me encargara de hacer el altar del Corpus. Una comisión muy seria. Lo bueno era que el grupo contaba con elementos muy calificados. Un buen carpintero como Servando García, y Juan Rodarte, escultor. Yo era buen técnico en molduras y adornos. El proyecto, inspirado en el Cubilete, era una cúpula para la imagen de Cristo Rey, de gran altura. El día de armar el diseño se desató una gran bulla, usaban astas y garrochas para sostener la armazón, todos gritaban al mismo tiempo… hasta que se escuchó una voz… ¡Qué sólo hablé Zúñiga! Y así fue como se pudo realizar el proyecto que fue la admiración de todos; con satisfacción contemplé y viví la llegada del Augusto Sacramento, en la procesión de la gran fiesta eucarística, al monumento hecho con gran esfuerzo e ingenio. Misión cumplida.

Mis primeras vacaciones de comunidad fueron en 1948 a Concepción de Buenos Aires; vivimos en la casa del Padre Ignacio Urzúa, que se conserva igualita. Se hacían equipos para ir a paseo y se planeó uno muy extenso y aventurado. Caminábamos cerca del cerro del Borracho, empezó a llover a cántaros, uno de los equipos se adelantó mucho y pasó el arroyo, en el que se juntaban tres corrientes, así que en poco tiempo aumentó su caudal. Era imposible cruzarlo. Mi grupo se regresó a la casa más cercana, ahí nos dieron de comer. A poco llegó todo el grupo. Se vino la noche, no había qué comer, la familia nos ofreció un taco; el señor Becerra ordenó aceptar la oferta de la familia de pasar la noche en la casa, algunos se ubicaron en el corral, yo me puse una calabaza de cabecera y con mi buena cobija. A la mañana siguiente pudimos cruzar; a los cuatro compañeros adelantados los juzgaban desaparecidos, se llevaron buena reprimenda. Luego fuimos a Atoyac, regresamos por El Corralito a la Manzanilla y dormimos en Mazamitla.

En ese tiempo eran muy importantes las funciones de teatro. Los artistas eran Rodarte, Honorato Hernández y Clemente Castañeda.

La capilla del Seminario Mayor se fue adaptando. Era un corredor, al costado del templo de San Martín, al que se le hicieron unos cruceros; era muy acogedora y agradable. El comedor muy amplio. Precisamente en este santo lugar los diáconos pasaban a dar un discurso a la comunidad. El señor José Ruiz Medrano nos dio clases de Oratoria Sagrada.

Y sucedían casos… Correspondió el turno a un neo-sacerdote, al día siguiente de su ordenación, que dijo: “¡Y pensar que hasta ayer era yo un simple diácono...!” Y rigurosamente voltearon a verlo todos los diáconos y la comunidad soltó la risa. Otro alumno, para no manejar hojas sueltas, hizo un rollo; no era, pero parecía, del baño; fue soltándolo hacia fuera del púlpito y todos reían ante la ocurrencia.

“Amaneció de gala el novísimo cenáculo en la limpidez del cielo tapatío”, escribió el Señor Salazar. El 20 de noviembre de 1950 pasamos al Seminario Mayor de Chapalita. No había casa alguna alrededor. Estaban los edificios, excepto la capilla, pero no bien terminados; no tenían vidrios, faltaban muchos detalles. Nada de jardines… Durante dos años, las clases se recibían por la mañana y toda la tarde era trabajo en plantar árboles, trazar jardines y canchas de juego. Con nuestro trabajo fuimos modelando el rostro del Seminario de Chapalita en mi primer año de Teología.

Del grupo, Rodarte y Clemente eran buenos futbolistas. El Paseo de Santo Tomás se tenía el 4 de marzo. Íbamos a Toluquilla cruzando el cerro del Cuatro, muy de mañana; llevábamos los calzoncillos sobre la cabeza y la toalla por bufanda, pues aún hacía frío. Luego, la misa y el desayuno, las porras, pero mi afición era nadar y me desentendía de lo demás, me iba a las albercas. Algunos eran aficionados de hueso colorado a las Chivas, al Atlas, “¿a poco les ponen veladoras a sus ídolos?”, decía el padre Becerra.

En segundo de Teología fui nombrado coadjutor para el Seminario Menor, y era cargo grande. Entre mis pupilos recuerdo a los extintos Jacinto Guerrero y J. Trinidad Álvarez. Cada día por la tarde tenía que ir al Menor, organizar a los chicos y regresar a clases; viajaba con los maestros Everardo López, Rafael García, Alfonso Toriz y el P. Wenceslado Silvestre, Chivetito.

Un detalle curioso fue cuando en el Día del Seminario el campanero se durmió. Yo desperté y lancé un gritazo: “¡Son las seis y no se nota movimiento!” El grito se hizo famoso y sirvió para prepararse de prisa y salir a las parroquias a hacer la colecta. Aunque se había pasado la primera misa…

Luego fui nombrado coadjutor de mi grupo. Tuve un tiempo de duda vocacional, de inseguridad. Retardé la solicitud de Prima Tonsura y órdenes menores. Pero al fin, di el primer paso. Mi subdiaconado fue el 29 de mayo de 1953; conservo la boleta firmada por el P. José Ruiz Medrano, mi preceptor. Mi ordenación fue el 8 de diciembre de 1954 en la catedral de Guadalajara. A las 7:30 a.m. empezó la misa, hubo letanías de todos los santos, sermón de don José Ruiz Medrano, era el centenario de la Inmaculada; no menos de cinco horas de celebración. Salimos todos encandilados a saludar a nuestras familias emocionadas en la plaza de la Liberación o de las Dos Copas, que no tenía mucho de estrenada. Mi padrino fue el Padre Francisco Villalobos Padilla. De ahí a la comida al Seminario. Por la noche hubo un desfile de antorchas de San Francisco al Santuario, los neosacerdotes lo vimos desde la azotea del Sagrario Metropolitano. En cuarto de latín eramos 120, llegamos 36 a la ordenación.

El cantamisa, en la amada parroquia de San Felipe de Jesús, el 9 de diciembre de 1954. Me asistió el Tata Meza Ledezma, actyabdi como diácono Juan Delgado y subdiácono José Gracián, gran latinista. Mi comida sencilla en la casa de mis papás, en el barrio de San Felipe.

De ahí al 2 de abril tuve que regentear a mis compañeros y organizar su ministerio en las parroquias de Guadalajara. Fui destinado a Ameca. Con mi primer párroco, J. Jesús Macías, duré ocho años, con el segundo cinco. Pero no fui solo. El compañero Ramiro Valdés Sánchez, nacido el 15 de septiembre de 1931, no tenía la edad canónica y se fue también a Ameca como diácono; se ordenó en Tapalpa el 24 de septiembre de 1955, en el templo de Nuestra Señora de la Merced, y fue enviado a San Julián.

Para mí la tarea encomendada fue la juventud: ACJM y JFCM. Me coordinaba con los vicarios de Ahualulco, Tala y San Martín Hidalgo, así nos anticipábamos a la pastoral de conjunto. Algo muy sobresaliente fue la consagración episcopal del Señor José Salazar López, originario de Ameca, en julio de 1961; fue en la ciudad de México y lo acompañamos. En Ameca se le recibió en una gran celebración, fue traída la imagen de la Virgen de la Candelaria, de la Hacienda de Cabezón, donde se venera en un templo con un retablo dorado muy hermoso.

Una satisfacción muy grande fue la organización del Congreso arquidiocesano de la ACJM, la segunda quincena de agosto de 1962. Asistieron delegaciones de muchos lugares y se hospedaron varios días; me correspondió coordinar todo el evento. El Cardenal Garibi me otorgó un valioso diploma.

En agosto de 1968 me tocó asistir a ejercicios espirituales. A mi casa había llegado una carta del obispado. A mi regreso encontré la sorpresa. Firmaban José Garibi Rivera y José Pérez Alba, prosecretario. Me iba como párroco a Unión de San Antonio. No sabía que había fiesta profana el 14 de septiembre, por eso elegí ese día para llegar, sirve que no me hacían fiesta en mis 40 años. Me entregó la parroquia don Luis Navarro. Mi primer vicario fue Juan Francisco Gutiérrez.

En enero de 1969 fue a visita pastoral a la Unión el Señor Cardenal Garibi; el día 30 cumplía 80 años. José Mariano Garibi Rivera había nacido en 1889. A las 9:30 llegó el Cabildo de la Colegiata San Juan, luego el Cabildo eclesiástico de Guadalajara en pleno… La Unión era el centro de la vida diocesana. Le dimos un regalo de 80 pesos de plata para el Expiatorio.

Además del trabajo pastoral, me uní a las autoridades para tramitar el servicio del teléfono; nos ayudó don Francisco Medina Ascencio. Por el camino a San Julián encabecé a los vecinos para arreglar el puente. En fin, durante cuatro años coordiné con éxito la vida parroquial de este pueblo.

El 6 de julio de 1972, don José Salazar, nuevo arzobispo, me destinó a Tepatitlán. Fui recibido por la tarde, con la misa a las 7 p.m. Me dio posesión el padre Salvador de la Torre, quien me decía: “Estoy más nervioso yo que tú”. Yo he tratado de ser tranquilo y prudente. Dos años me dediqué a conocer y a darme a conocer. De ahí en adelante trabajé unido a las mismas autoridades para bien de la ciudad cuyas necesidades crecían; especialmente urgía el agua potable. Me nombraron presidente del comité para el primer pozo, la obra se realizó muy bien. Luego fui tesorero para el segundo. Las personas tenían gran confianza en la figura sacerdotal.

La centenaria diócesis tenía nuevo alumbramiento. Se creaban, a partir de Guadalajara, las diócesis de San Juan de los Lagos y de Ciudad Guzmán. La primera se erigió el 29 de junio de 1972. Trabaje muy bien con todos mis pastores: el Señor Francisco Javier Nuño y Guerrero, el Señor José López Lara, el Señor José Trinidad Sepúlveda y el Señor Javier Navarro. Impulsé la pastoral de barrios, lo que fue dando origen a núcleos de comunidades activas. Ahí hicimos capillas, que luego resultarían insuficientes para atender las necesidades de los fieles. Pero lo valioso fue la delegación y la confianza que deposité en mis colaboradores, que actuaban con gran autonomía y responsabilidad.

Con inquietudes por la comunicación fundé una hojita parroquial propia, Vida Parroquial, primero en mimeógrafo, luego en imprenta. Se llegaron a publicar 4 500 ejemplares para toda la ciudad. Implanté el catecismo de verano mediante hojitas. Se extendió a otras parroquias y luego a toda la diócesis.

Trabajé como encargado de Pastoral Juvenil diocesana. Dirigí el proyecto de la pastoral universitaria, rentamos cuatro casas en Guadalajara para hospedar a estudiantes de la Universidad, se beneficiaba a 40 jóvenes de la región, por lo menos. De ahí surgió un club que aún sobrevive. Empecé a trabajar en el proyecto del Asilo de Ancianos que ahora se maneja a nivel ciudad, para las siete parroquias y rancherías. Queriendo dar respuesta a la iniciativa social del Papa Juan Pablo ii, con motivo del año jubilar del 2000, adquirí un terreno para hacer diez casas, a cuatro cuadras de la parroquia hacia el río, para personas necesitadas; yo terminé tres, después se han terminado otras tres y ojalá se siga adelante.

El señor obispo José López Lara me mandó a un curso sobre el documento de Puebla a San José de Costa Rica. Fui Presidente del Consejo Presbiteral por varios años. Para septiembre de 2003 cumplí mis 75 años, presenté mi renuncia al señor Obispo, el cual me pidió esperar al frente de mi parroquia. Al insistirle, por fin aceptó en 2006. De antemano yo le había dicho que aunque el Derecho lo exoneraba de una responsabilidad directa, yo estaba sano, gracias a Dios, y dispuesto a seguir trabajando como vicario con alguien que lo aceptara. El Señor Obispo me dijo que estaba San Agustín, perteneciente a Tototlán. Acepté gustoso y, desde el día 1º de agosto de 2006 viví en esa comunidad para llevarla por las sendas del Señor.



1 Presbítero del clero de Guadalajara que pasó a formar parte del de San Juan de los Lagos al tiempo de crearse esta diócesis, en 1972. Murió en su último destino,  Tepatitlán, Jalisco, el 24 de diciembre del 2015.

2 Rescató el siguiente testimonio y lo cedió para su publicación en este Boletín el presbítero Óscar Maldonado Villalpando.



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