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Semblanza moral de san Cristóbal Magallanes Jara

 

Nicolás Valdés Huerta1

Testigo y actor de los hechos que narra, el autor del texto que sigue, muchos años director espiritual del Seminario Conciliar de Guadalajara, fue también un acucioso recopilador de la memoria histórica de la persecución religiosa en México. Se divulga esta semblanza en el marco del primer centenario de la fundación del Seminario Auxiliar de Nuestra Señora de Guadalupe, en Totatiche, Jalisco, perla que fue del ministerio del santo mártir al que se dedican los párrafos que siguen.2

 

El señor cura Magallanes

 

El 17 de septiembre de 1899, en el templo de Santa Teresa de esta ciudad de Guadalajara, en unión de catorce compañeros –entre los que se distinguieron el arzobispo don Pascual Díaz, el señor canónigo don Antonio Correa, fray Mariano Navarro y el poeta don Alfredo R. Plascencia– y de manos del obispo de Colima, don Atenógenes Silva, recibió la consagración sacerdotal un joven treintañero, el celoso diácono don Cristóbal Magallanes.

Originario de la lejana parroquia de Totatiche, desde hace años llevaba –como sus paisanos– el dolor íntimo de ver al párroco de ella incapacitado para gobernarla, sin que se vislumbrara alguna esperanza humana de remedio, pues las tentativas hechas ante el prelado habían resultado fallidas. Por ello el joven levita había seguido el consejo de acudir una y otra vez al templo de San Francisco a pedir al santo de Asís que interpusiera su influencia ante Dios, a fin de que el prelado ordenase algún joven del mismo espíritu del santo y lo destinase a aquella necesitada parroquia.

La ordenación sacerdotal en la fiesta de la impresión de las llagas a san Francisco acaso no hizo caer por entonces en la cuenta, ni a él ni a su consejero, que la petición había sido escuchada y la elección recaído precisamente sobre él. Pero así sucedió. Y del mismo modo que san Francisco fue escogido por Dios para apóstol inigualado de su afortunada ciudad natal, así también este “sacerdote según el Corazón de Dios” –en expresión del excelentísimo señor de la Mora– fue elegido para apóstol infatigable y ejemplarísimo de su parroquia nativa, entonces dilatadísima, primero como ministro, después como párroco coadjutor y finalmente como cura interino hasta su gloriosa muerte.

Llena ya su alma del espíritu de Cristo en la ordenación sacerdotal, prendió en él con vehemencia arrolladora la devoción por excelencia de los tiempos modernos, la devoción al Sacratísimo Corazón de Jesús, y se convirtió por el mismo hecho en apto instrumento suyo para llevar a cabo su magnífica promesa: reinar en la sociedad a despecho de sus enemigos.

El 25 de mayo de 1899, Su Santidad León xiii, apremiado por el Sagrado Corazón, había expedido la encíclica Annum Sacrum, mandando la consagración del mundo entero al mismo Divino Corazón. Este acto de trascendencia incalculable fue en realidad el reconocimiento de Cristo como Rey Supremo de la humanidad, frente a la insensata rebelión práctica de la mayor parte de los hombres, particularmente en las manifestaciones todas de la vida social.

Como consecuencia inmediata, el Sagrado Corazón hizo conocer por medio de sus vicarios el programa completo de la reconquista: “la fundación, extensión y estabilización del reino de Cristo en las almas, en las familias en la sociedad, con la mayor amplitud posible, con todas sus consecuencias, con toda la intensidad de que es capaz la actividad humana, ayudada de la divina gracia”. Y para ejecutarlo, Dios proporcionó a su Iglesia, como auxiliar precioso, las aguerridas huestes de la Acción Católica. Y es manifiesto que también dio a su Iglesia un auxilio insustituible en la acción apostólica de muchos párrocos, pues son los jefes de una de esas familias religiosas que son las parroquias, y son los directores y beneficiados directos de las actividades de la Acción Católica.

El programa de ésta, por serlo de la Iglesia, fue el programa del señor cura Magallanes: “la defensa de los principios religiosos y morales y el desarrollo de una sana y bienhechora acción social, prescindiendo de todo partido político, a fin de instaurar la vida católica en la familia y en la sociedad”.

De su exacto cumplimiento nos da inmejorable testimonio su propio prelado, el Excelentísimo y Reverendísimo Señor Arzobispo don Francisco Orozco y Jiménez, quien en 1916 escribió:

 

encomia, agradece y bendice la infatigable acción del celoso párroco don Cristóbal Magallanes, que, superando indecibles dificultades, con una constancia a toda prueba ha sabido trabajar con tanto acierto por la causa de Dios Nuestro Señor… y que sus sucesores en el gobierno de esta parroquia se empeñen por imitar tan laudable acción parroquial.

 

Entre las actividades del Señor Cura Magallanes merecieron mención especial del Señor Arzobispo las siguientes: el establecimiento del Seminario de Nuestra Señora de Guadalupe, auxiliar de esta ciudad, en 1915, época en que, por la Revolución, estaban clausurados los Seminarios; la esmerada instrucción religiosa impartida a la niñez, tanto de las escuelas parroquiales –sostenidas muchos años con grandes sacrificios– como de las del gobierno; dotación al pueblo de una pequeña biblioteca y de teatro moral para el sano y justo esparcimiento de los individuos y familias; la construcción y dotación de numerosas capillas rurales, además del templo de El Salitre de Guadalupe y la capilla de Temastián; la organización de una banda de música, costeando él el instrumental y las audiciones; el fomento de la agricultura mediante la construcción de presas y tanques, o mediante el reparto gratuito de semilla para la siembra de maíz, como en 1916; el impulso a la industria: introducción de máquinas, establecimiento de talleres de carpintería y zapatería.

A lo dicho hay que añadir el estímulo dado a la urbanización con el aumento de dos barrios, en terrenos que compró y fraccionó en solares que luego vendía muy baratos o regalaba a los insolventes –lo mismo hizo en San Isidro, al pie de la sierra de Bolaños–; la fundación y el sostenimiento del orfanatorio de Nuestra Señora del Refugio, junto a la capilla del mismo nombre, también construida por él; la organización y ayuda para el establecimiento de una planta eléctrica para luz y molinos; la considerable aportación económica para la Casa Municipal, etcétera, etcétera.

Otras de las principales actividades suyas fueron el establecimiento de una Mutualista que años después se cambió en Cooperativa de consumo; el establecimiento de beneméritas organizaciones: la Asociación Católica de la Juventud Mexicana y las Damas Católicas; la celebración de una Semana Social Regional, en 1924 –en ocasión de sus bodas de plata sacerdota1es– y, como fruto, la fundación de un sindicato interprofesional; la valiosa participación en la Semana Social de El Teúl, Zacatecas, el año siguiente; la destacada y decisiva labor periodística desarrollada desde las columnas de su hoja parroquial, El Rosario. Por años y años luchó por el bien de la sociedad y el respeto y recto ejercicio de la autoridad paterna, civil y religiosa, y contra el mal en sus múltiples formas: insubordinación, ociosidad, robo, fraude, usura, juego, embriaguez; modas indecentes, pornografía, emigración a los Estados Unidos…

Añádase a esto el casi continuo recorrido de su jurisdicción para la vigilancia de sus fieles y remedio de las necesidades; las misiones en las parroquias donde lo llamaban; la visita anual de la Vicaría Foránea que, de 1913 a l918, se extendía hasta San Cristóbal de la Barranca, a distancia relativamente corta de Guadalajara; las visitas misionales, en diversos años, a 1a apartada región de los huicholes, de los cuales atrajo y formó una considerable colonia en la barranca de Azqueltán, la cual visitaba con frecuencia. Añádase todo ese cúmulo de atenciones diarias que no pueden preverse ni evitarse, y se tendrá una idea de la asombrosa actividad, siempre apostólica, del Siervo de Dios.

            “Salir de la sacristía e ir al pueblo” fue la consigna terminante del gran Papa de las cuestiones sociales, Su Santidad León xiii, e incuestionablemente el Señor Cura Magallanes debe ser enumerado entre los que más pronto y mejor la cumplieron. Y del mismo modo, siempre puso por obra, con toda su escrupulosidad, las directivas que constantemente emanaban bien de la Santa Sede, bien de la Sagrada Mitra. A partir de la magna encíclica de León xiii sobre la cuestión obrera, la Rerum Novarum, que al año siguiente de expedida el joven Magallanes tuvo entre sus libros de texto, y le era sumamente familiar, puede decirse que cada una de las Encíclicas posteriores, de interés general, le merecieron estudio asiduo y aplicación constante. Eran su manual de acción parroquial.

Dios le concedió a este gran servidor suyo ver y saborear el fruto de sus desvelos y sudores. Al cumplir en 1924 veinticinco años de fecundo ministerio, pudo contemplar su parroquia plenamente cristiana, saturada en todos los órdenes de la vida social del espíritu evangélico; había comenzado ya desde el año anterior a recoger las primicias de su Seminario –llamado por él, en su humildad, “Silvestre” y “tepe-seminario”–, al ser ordenado sacerdote y cantar su primera misa, en El Teúl, el angelical padre don Agustín Caloca, su ilustre compañero en el sacrificio de la vida y en la entrada al cielo, como confiamos. Por eso, al alborear el año de 1926 –último para él de relativa paz–, al terminar de predicar el cantamisano padre Salvador Casas, se dirigió con ternura a la Santísima Virgen del Rosario, patrona de la parroquia de Totatiche, diciéndole: “Madre Santísima, tú me has hecho gozar mucho; tú me has concedido ya muchas satisfacciones. Acuérdate que soy un pecador y no tengo méritos para el cielo. Mándame ya el sufrimiento, amarguras, tribulaciones y aun el martirio, si es necesario”.

Y, a lo que pensamos –sin prevenir el juicio de la santa Iglesia–, la Virgen del Rosario lo escuchó.

 

ii

Totatiche fue la segunda población de Jalisco que se levantó, el 28 de noviembre de 1926, contra la tiranía antirreligiosa del presidente de México Plutarco Elías Calles (la primera había sido Huejuquilla el Alto, el 29 de agosto del mismo año). Y ese acontecimiento marcó el principio del calvario para el Señor Cura Magallanes.

            Desde luego porque –aunque no era belicista, sí era el personaje de mayor influencia– a él le atribuyeron el gobierno y los gubernistas el levantamiento de los católicos. En seguida, porque como consecuencia quiso esquivar en lo posible el campo probable de choques armados, cosa que lo obligó a refugiarse en escondites y barrancas más o menos lóbregas, y moverse de un refugio a otro dentro de su territorio parroquial, o bien en el inmediato de Villa Guerrero. Y finalmente, porque como casualmente muchas veces al moverse iba a dar casi a las manos del enemigo, el cual se presentaba sorpresivamente.

            Esa agonía tuvo su culminación el 21 de mayo de 1927, cuando el general callista Francisco Goñi se dirigía hacia Totatiche, en sentido de sur a norte, desde la cercana población de Atolinga, Zacatecas, desarrollando un movimiento envolvente de aproximadamente diez kilómetros de diámetro, y el Señor Cura se dirigía en sentido inverso, desde Santa Cruz de las Peñas hacia el rancho de Santa Rita. Totatiche está entre los ranchos mencionados.

Al emparejar a Santa María, al poniente de Totatiche, el Señor Cura oyó la balacera producida en Totatiche por la columna derecha del general Goñi, y sin tardanza tomó el rumbo del poniente, con el intento de alcanzar a ocultarse en los relativamente cercanos montes de Acaspulquillo. Y quizá hubiera salido del sitio que iba tendiendo después de rodear la Mesa de González la columna de la izquierda. Pero Dios permitió que la remuda mular que el Señor Cura montaba se encaprichara, negándose durante varios minutos a brincar un portillo. Y así se perdió un tiempo precioso, que después hizo falta para alcanzar a salir del peligro.

La aprehensión se verificó en un lugar que ahora se llama San Felipe de Jesús, en el claro de un monte próximo al pueblo de Temastián. Y llevado a la presencia del general Goñi –quien iba al frente de esta columna de la izquierda–, el señor cura fue desatado por orden del general. Y ya otra vez jinete en su macho, se emprendió la marcha hacia Totatiche, donde llegaron a la una de la tarde.

En la cárcel encontró al padre Agustín Caloca, prefecto del Seminario local, y a cuatro cristeros. La sorpresa debió ser mutua, y la pena duplicada.

El padre, acompañado de un alumno, Rafael Haro, había salido del Seminario pasadas las diez de la mañana hacia Santa María. Iban a pie. Y cuando salieron del pueblo oyeron el tiroteo. Apretaron el paso y, luego de breves minutos, notaron que eran seguidos y pronto serían alcanzados. Dejaron el camino al llegar al arroyo de las Sanguijuelas, y se escondieron sin ser vistos tras unas peñas. Pasó ratito y, como ya no oyesen ruido, el padre se asomó y fue descubierto. Lo llamaron, lo ataron y lo condujeron a la cárcel municipal. Eran como las once de la mañana.

A las cinco de la tarde, un nutrido grupo de las principales mujeres de la población se entrevistaron con el general en su cuartel. Le pidieron con súplicas la libertad de los sacerdotes en vista de su condición pacífica y de ser el señor cura benefactor insigne del pueblo. El general dijo no poder dejarlos libres, pero se comprometió, bajo palabra de honor, a remitirlos a la ciudad de México, donde no tendrían peligro de la vida. Y toda la población, bajo el influjo de tan solemne promesa, se sintió un tanto aliviada de su honda y doble pena.

Con el debido permiso, se les hizo llegar comida enviada por varias familias, lo mismo que –de la casa de don Cristóbal Ureña, sobrino político del señor cura– camas de tablas, banquillos y colchones.

Don Vicente Villagrana, profesor del Seminario, y don Teófilo Jara, íntimo amigo del señor cura, que se hallaban refugiados en la casa de don Manuel C. Ortega, se apresuraron a redactar un mensaje a los sacerdotes para que se enterasen de las diligencias practicadas en su favor y de lo prometido por el general. A mí, ex alumno del Seminario y maestrillo de éste, me tocó idear el modo de que el mensaje llegara a su destino. Y, gracias a Dios, todo salió bien.

Al tercer día, el 23 a media mañana, la tropa federal salió de regreso hacia Colotlán, Jalisco, y se llevó a los sacerdotes; al señor cura en su propio macho, y al padre Caloca en un caballejo y montura de ínfima categoría. Y todas las gentes quedaron, como es de comprenderse, con la angustia y el temor de que las cosas no sucedieran como se esperaba.

A los muchachos de entonces, tarde se nos hacía que los soldados se perdieran de vista, para correr a la cárcel a ver qué nos hallábamos. Y, ¡bendito sea Dios!, nuestra búsqueda no fue en vano. En una de las tablas que le sirvieron de cama, el señor cura dejó escrito a lápiz: “Debo como sesenta misas.-C.M.” Y su firma. En otra escribió el padre Caloca: “Mi papá ordena que se envíen papeles a Sebastián Valdés, México”. (El “papá” era el señor cura, y los papeles se entendían ejemplares de hojas pacifistas que el señor cura había publicado). Y el mismo padre Caloca escribió en una caja de cerillos hallada debajo de una losa suelta de las que pavimentaban 1a cárcel: “Mi papá ordena que Silvestre suspenda sus labores, y se pague lo que haya ganado en el año” (Silvestre era el Seminario). Todos estos mensajes iban dirigidos al padre Quezada, actual obispo de Acapulco, y al padre Andrade. Ambos eran profesores del Seminario y ministros de la parroquia. Ambos, estando en la población, se hablan escapado.

Los prisioneros no llegaron el día 23. La fuerza que los conducía pernoctó en Momax, Zacatecas. De allí partieron al día siguiente, ya no a caballo, sino en troca, y arribaron a Colotlán ya en la tarde. Era la víspera del sacrificio. Y ellos lo ignoraban.

El 25, a mediodía, se dio la orden de partir. Se suponía que hacia México, puesto que nada en contrario se les había dicho a los prisioneros. Lo evidenció el proceder del padre Caloca: al frente de la puerta de salida estaba la troca que, el día anterior, los había llevado desde Momax, y a ella se dirigió el padre; pero, en el momento de poner el pie en el estribo, un soldado lo tironeó violentamente hacia atrás, diciendo: “Ahí no”. Luego, colocados en medio de un piquete de soldados, hubieron de caminar por media calle rumbo a la Casa Municipal Quemada.

Pasado el zaguán y desviados al corral, ya no hubo duda de que la muerte era inminente. Por eso, apenas dada la orden de “¡Alto! “, el señor cura se hincó para recibir del padre Caloca la absolución, y en seguida él se la dio al padre. A continuación, según se les indicaba, fueron a colocarse junto a un resto de pared de adobe, como de dos metros de altura. Y entre tanto, multitud de militares –desde luego todos los jefes– y no pocos civiles iban llenando rápidamente parte del corral y los altos de la casa, a fin de presenciar la ejecución.

El señor cura pidió permiso de hablar y, una vez concedido, dijo: “Soy inocente. Perdono de corazón a los autores de mi muerte. Y pido a Dios que mi sangre sirva para la paz entre los mexicanos desunidos”.

El padre, por su parte, también pidió permiso para hablar, pero le fue negado. Y se limitó a decir: “Nosotros por Dios vivimos y por Él morimos”.

Luego se oyeron las voces de: “¡Preparen!, ¡apunten...!” Y antes de la última orden sucedió lo inesperado: el padre sufrió un choque nervioso; y al ver tendidos hacia él los rifles, se movió, como en ademán de esquivar la descarga. Entonces el militar que estaba dando las órdenes se arrimó insultándolo y le pegó en una mejilla con la cacha de la pistola. Y el señor cura intervino diciéndole al padre: “¡Un momento, padre, y estaremos en el cielo...!” Luego una explosión. Y el tiro de gracia.

Finalmente los cadáveres, todavía palpitantes, fueron semiarrastrados hasta el zaguán, y un oficial o jefe gritó a la multitud aglomerada en la puerta: “¡Ahí están! ¡Tráguenselos...!” Algunas personas se acercaron resueltamente a los mártires. Las más sólo veían con ojos de espanto. Todas lloraban.

Don Eufrasio Valenzuela, un comerciante de allí que había vivido mucho tiempo en Totatiche, pidió permiso para depositar los cuerpos en cajas, y se le dio, aunque de mala gana. El permiso para velarlos en alguna casa fue negado.

Y todo terminó entre cuatro y cinco de la tarde. Sin permitir acompañamiento de gente pacífica, los soldados fueron los conductores al camposanto. Y los sepultureros.

 

            El Totatichense comenta

 

A cuarenta y cinco años de distancia de estos conmovedores sucesos, el vívido y fiel relato de este crimen tan horrendo sacude las fibras íntimas del corazón. Dos inocentes, dos ministros de Dios, dos predicadores de la paz con la palabra y el ejemplo, dos benefactores insignes de cuantos su mano alcanzó, que sembraron la caridad y el bien, cayeron abatidos por las balas asesinas disparadas por la mano asesina de sus feroces verdugos, dejando huérfanos a los millares de fieles cristianos que a sus solícitos cuidaron estuvieron encomendados.

            Quiera Dios que esta fecunda sangre inocente derramada en nuestras tierras nunca sea desestimada y germine para la paz, la unión y la comprensión mutua entre los que llevamos orgullosamente el sello y distintivo de hijos de Totatiche y de la región o zona de mayor influencia magallanista, según la postrera plegaria de nuestro nunca bien llorado padre, el señor cura don Cristóbal Magallanes.

            También en esta fecha conmemorativa del cuadragésimo quinto aniversario del sacrificio de los Siervos de Dios, señor cura Magallanes y padre Caloca. El Totatichense se enorgullece al presentar el siguiente escrito del muy ilustre señor abad de San Juan de los Lagos, don Julián Hernández Cueva, que añade datos poco conocidos a la historia de tal deplorable suceso. Agradecemos una vez más a nuestro distinguido y fino colaborador señor cura licenciado don Nicolás Valdés H. el habernos cedido este valioso documento para su publicación.                                                                                                                

Aprehensión del señor cura Magallanes

Julián Hernández Cueva, Pbro.

El día 21 de mayo de 1927, después de celebrar la Santa Misa entre cinco y seis de la mañana última de su vida, que Dios permitió oficiara en el rancho llamado Santa Cruz de la Peña y hoy de San Juan Nepomuceno, por haberse construido una capilla de cal y canto en el lugar preciso donde la celebró en su recuerdo después del desayuno, y hechas algunas recomendaciones a los asistentes a la misa como a los que lo acompañaron, salió a las 8 horas rumbo a Santa María de Gracia para continuar a Santa Rita, donde iba a celebrar la fiesta a la Santa el día 22 (día siguiente).

            Desde su paso cerca de La Piedad siguió solo a Santa María, porque al compañero de esos días, José Miramontes O., lo envió para que me diera el recado “que no podría predicar el 25, fiesta de la Ascensión, que invitara al Padre don José P. Quezada para que se fuera entrenando”, indicándome que “el día 22, después de celebrar la fiesta a Santa Rita, por la tarde, se pasaría a la cofradía de San Miguel, y que si Dios no disponía otra cosa, estaría para acompañar en la misa que ya él se daba cuenta […] el lugar” (donde ahora es la presa de La Boquilla).

Apenas llega a Santa María cuando se empiezan a oír tiroteos por varios rumbos en la Mesa de González, y aunque allí le insistían que se quedara y lo esconderían y así sería salvo del peligro que le amenazaba, se decidió, creyendo que no habría ningún peligro con los beligerantes. Precisamente, en vez de tomar el camino a Santa Rita, porque se había oído por esos rumbos algo de tiroteo, toma el de la barranca que va a la Cofradía de San Miguel, cuando al cruzar el camino real que va al salitre de Guadalupe, andados unos quinientos metros, Dios quiso que al llegar a una puerta que introducía a un potrero que tenía una casa y que el mismo señor cura había dedicado a San Felipe de Jesús, a unos cien metros, le gritan unos federales que no se moviera, y mientras pasaban un arroyuelo y llegaban con él, violentamente arrojó por dentro del potrero el Código del Derecho Canónico de bolsillo que traía consigo. Esto sucedió a las once y media.

En el lugar que ocupaba esta puerta donde el señor cura Magallanes esperó a sus victimarios, posteriormente se edificó una capillita, que al pedir la licencia al excelentísimo señor Arzobispo se le suplicaba la dedicara a quien él dispusiera, dedicándola a San Felipe de Jesús. Al hacer del conocimiento de los fieles esta disposición ante una buena concurrencia, el dueño del terreno, el señor Teodoro Sánchez, dijo: “el mismo señor cura lo había bautizado con este bellísimo nombre“. Feliz coincidencia si así es ésta.

Los vecinos que observaron a unos mil quinientos metros la aprehensión del señor cura, creyendo que era alguno de los defensores o cristeros, como se les llamaba, lamentaron viendo bien que lo amarraron de los brazos y montado en su mismo macho siguieron el camino a Totatiche, llegando aproximadamente como a la una de la tarde, teniendo ya al Padre Caloca preso.

En cuanto a su parecer acerca del movimiento armado, estoy seguro que nunca cambió, pues el día 8 de mayo, 13 días antes de su aprehensión, día en que lo saludé y despedí por última vez, se lamentaba tristemente diciendo que sólo Dios sabe cuántos de sus hijos quedarían ese día en Colotlán, porque acababan de decirle que habían ido a atacar la plaza. “Dios quiera poner remedio como él sabe hacer, a fin de que no ocupe ni de hombres ni de armas para defender a su Iglesia, y menos cuando tantos mueren sin sacramentos”.

Un poco antes de la despedida de que hago mención, me visitó y me decía: “hasta hoy me he disfrazado con el fin de escaparme, pero me he decidido a no seguir así; al fin que es muy difícil ocultarnos, y como me tomen..., no tendré otro fin que el sacrificio”.

 

***

Los datos que a continuación insertamos también nos fueron proporcionados por el señor cura licenciado don Nicolás Valdés H., quien acuciosamente los investigó y ordenó. Se refieren, como verá el lector, al nacimiento, niñez, juventud, estudios (con nombres de sus. profesores y compañeros y sus calificaciones de aprovechamiento), ordenación sacerdotal y posterior actuación de nuestro inolvidable señor cura don Cristóbal Magallanes. Muchas gracias, señor cura don Nico.

 

***

El señor cura Magallanes

 

Nació en el rancho de San Rafael, municipalidad y parroquia de Totatiche, el 30 de julio de 1869. Fue el último de los cuatro hijos de don Rafael Magallanes y de doña Clara Jara. Se crió en suma miseria. Hacia los nueve años quedó huérfano de padre. Casi enseguida hizo su Primera Comunión en Atolinga, Zacatecas; la recibió de manos del señor cura don Desiderio Saldaña. Su madre lo acariciaba solamente cuando estaba dormido. Cuidó ovejas, a las que les “predicaba” desde las ramas de un árbol, pues desde su tierna edad aspiró por el estado eclesiástico. Lo enseñó a leer, y quizá también a escribir, un tío anciano que vivía en San Gabriel. En los meses de 1881, 1883 y 1885 fue discípulo de don J. Rosario Carlos, en La Sementera. Hizo petates. Fue agricultor.

En octubre de 1888, ayudado por el padre don Cornelio de la Cruz, ingresó al Seminario de Guadalajara. El 13 de marzo siguiente fue su recepción de congregante.

 

Sus calificaciones de 1889 a 1899 fueron las siguientes:

·       1889

“Cátedra de Menores y Gramática General”. Profesor: señor Rosales (tío de don Feliciano Rosales, “Rosalitos”). Calificación SS. Griego (primer curso), profesor señor Rosales. Calificación SSS.

·       1890

2º de Latinidad y Bella Literatura. Profesor: señor Rosales. Calificación: SSS.

Griego (segundo curso), Profesor: Presbítero don Agustín de la Rosa (sabio y filántropo

sacerdote que por sus obras mereciera un monumento que el gobierno le erigió en la Rotonda de los Hombres Ilustres en esta ciudad de Guadalajara). Calificaci6n: SMM.

·       1891

Filosofía Especulativa e Historia de la Filosofía. Profesor: señor Rosales. Calificación: SSSH.

·       1892

Filosofía Moral y Religión. Profesor: señor Rosales. Tema de examen: Encíclica Rerum Novarum. Calificación: SSS. Mención honorífica. Inglés. Calificación: MMM.

·       1893

Matemáticas, Física y Astronomía. Profesor, Padre Fernando M. Ortega. Calificación: SSSH. 2ª.

·       1894

Sagrada Escritura. Profesor, señor De la Rosa (compañero el señor De la Mora, obispo después) Calificación: SM. Teología Dogmática. Profesores, señores presbíteros De la Rosa y Gordillo. Calificación: SSSH.

·       1894

Sagrada Escritura. Profesores: señor de la Rosa y Gordillo. Calificación: SS. Teología Dogmática. Profesor: De la Rosa y Gordillo. Calificación: SSSH. 2ª.

·       1896

Teología Dogmática. Profesores: De la Rosa y López (su mal estado de salud le impidió prepararse para “actuante”). Calificación: SSSH. 3a. Canto Gregoriano. Profesor: señor Carrillo. Calificación: SS.

·       1897

Derecho Canónico y Civil. Profesores: Alvarado y Azpeitia. Calificación: SSS. Mención Honorífica. Canto Gregoriano: Profesor Carrillo Calificación: SS.

·       1898

Derecho Canónico y Civil. Profesores: Alvarado y Azpeitia (compañeros: señor De la Mora y don Pascual Díaz). Calificación: SSS. Mención Honorífica 2ª. Canto sagrado: Profesor: fray Teófilo García Sancho (tema de examen: Panegírico de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo). Calificación: SSSA. 2ª (perdió por sorteo el derecho al primer premio). Calificada la presentación de su tema como de “Brillantez y Perfección”.

·       1899

Derecho Civil, Romano y Penal. Profesores: Alvarado y Azpeitia (compañero, don Pascual Díaz y F.). Calificación: Acto Mayor. Primer Premio. Teología Moral y Ritos: Profesor: señor Escobedo. Calificación: SSS 3ª. Teología Mística, Profesor: señor Romero, “Constancia y Notable Aprovechamiento”.

 

El Acto Mayor, tuvo lugar en el Aula Máxima, el 31 de julio a las 10 de la mañana. Apadrinó el Canónigo Doctoral Dr. don Felipe de la Rosa.

Rafael Magallanes, papá del señor cura, murió gangrenado en el rancho de San Rafael y recibió sepultura en Totatiche el 29 de mayo de 1878. Tenía 60 años (Libro de defunciones, 225 V).

Siendo escolar en Totatiche, el señor cura Magallanes recibió asistencia gratuitamente en la casa de don J. Natividad Ureña, cuya esposa, la señora T. Gómez, narraba que el señor cura llegó muy pobremente vestido y con una cobijita rayada al hombro. Que siempre se acomedía a desgranar al maíz y a cuanto se ofrecía.

Don Luis Miramontes G. (q.e.p.d.) contaba que conoció al señor cura antes de que fuera sacerdote; que predicaba en Totatiche y era muy seguido de las gentes por el don de consejo que ya desde entonces lo distinguía. Que lo oyó recomendar vivamente en los Ejercicios Espirituales la devoción al Sagrado Corazón de Jesús; que a él le oyó por primera vez hablar del bolchevismo y de las funestas consecuencias que acarrearía al mundo. Que a los del sindicato les recomendó que no tomaran las armas en defensa de él ni de los sacerdotes que fueran aprehendidos, ni dieran dinero en rescate. Que en el Cantamisa del padre don Salvador Casas, el señor cura Magallanes, dirigiéndose a la Santísima Virgen del Rosario, le pidió “amarguras, tribulaciones y aun el martirio, si es necesario”. Que no pudo continuar la carta que estaba escribiendo al padre Quezada al darse cuenta de que se estaba combatiendo en Las Atarjeas. Que cuantas veces invocó él (P. Luis) su auxilio, lo obtuvo.

 



1 Presbítero del clero de Guadalajara (1907-1982), con grado académico por la Universidad Gregoriana de Roma. Culto historiógrafo, fue también párroco de Bolaños. Dedicó mucho de su talento a conservar la memoria de la Cristiada. Es autor de diversas investigaciones publicadas.

2 El testimonio que sigue se publicó bajo el título “En el cuarenta y cinco aniversario del sacrificio de los Siervos de Dios señor cura don Cristóbal Magallanes y presbítero don Agustín Caloca, El Totatichense rinde respetuoso homenaje de admiración a su obra espiritual y material”, en El Totatichense, Totatiche, Año v, número 59, mayo 25 de 1972.



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