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COLABORACIONES

 

 

Entre el progreso y la tradición: un sermón ilustrado para las exequias de Carlos iii (1ª parte)

 

Óscar Raúl Melgosa Oter1

 

 

Se ofrece un capítulo de la vida y la obra del misericordioso prelado don Juan Cruz Ruiz de Cabañas y Crespo casi al tiempo del inicio de su dilatado gobierno episcopal al frente de la diócesis de Guadalajara, de 1796 a 1824,  que da una perspectiva más amplia de su trayectoria y amplitud de miras.2

 

 

En la madrugada del 14 de diciembre de 1788 el rey Carlos III de Borbón abandonaba este mundo, tras protagonizar un largo y próspero reinado y después de una repentina y galopante enfermedad que le llevó al sepulcro en pocos días. A partir de ese momento, la mala nueva del óbito regio se derramaba en cascada por todos los territorios de la monarquía. Rápidamente los responsables de las distintas instituciones, regimientos, cabildos, universidades, tribunales, etcétera aplicaban las medidas necesarias para comunicárselo a sus súbditos y disponer todo lo necesario para la despedida del monarca difunto con la organización de unas solemnes exequias.

Dentro de esta ceremonia de exaltación monárquica el sermón fúnebre constituía la pieza más destacada, de ahí la importancia de su encargo. Los diputados de honras del Regimiento burgalés, comisionados para todo lo concerniente a la organización de las exequias carolinas, se dirigieron al presidente del Cabildo solicitando el templo catedralicio para las ceremonias de homenaje y despedida al monarca. De la misma forma, contactaron con el canónigo magistral, como era tradición en Burgos,3 para que compusiese el elogio fúnebre del difunto Carlos iii.4 En aquel momento ocupaba esta canonjía de oficio don Juan Cruz Ruiz de Cabañas y Crespo.

El Regimiento mandó imprimir cuatrocientos ejemplares del sermón,5 con un coste total –molde, papel blanco fino, jaspeado dorado y encuadernación– de setecientos sesenta y siete reales y nueve maravedís de vellón, en la imprenta de María del Moral, viuda del impresor José de Astúlez, y de sus herederos, gestionada en aquel entonces por su segundo marido, Antonio González Bermejo. La mayoría de los ejemplares fueron para repartir, fundamentalmente, entre miembros destacados de la sociedad burgalesa. Seis se entregaron al Arzobispo, cien se distribuyeron entre los miembros del Cabildo catedralicio, seis para cada capitular del Ayuntamiento (136 sermones), así como para otros miembros de la institución municipal, lo que representa más de la mitad de la impresión.6 Además de esta edición burgalesa, existe una segunda que salió de las prensas del taller madrileño perteneciente a la Viuda de Ibarra.7 Por ello Cabañas tuvo motivos para sentirse orgulloso del éxito e interés suscitados por su trabajo al ver cómo su obra se editó dos veces en el mismo año.8

 

Datos biográficos del predicador

 

Antes de entrar en el análisis del sermón es conveniente una aproximación a la vida del predicador, ya que muchas de las ideas contenidas en su prédica tuvieron clara repercusión en su trayectoria vital.

Juan Cruz Ruiz de Cabañas y Crespo vio la luz del siglo en la villa navarra de Espronceda en 1752. Los antecedentes eclesiásticos familiares y sus condiciones para el aprendizaje lo abocaron a la vida sacerdotal. Desde muy pronto mostró aptitudes para las letras, cursando sus primeros estudios en Viana, desde donde se trasladó a Pamplona. De la vieja Iruña pasó a Alcalá de Henares, en cuya Universidad obtuvo el grado de doctor en Sagrada Teología (1772-1774), como ponen de manifiesto sus biógrafos,9 aunque en la documentación presentada para opositar a la prebenda de magistral en la catedral de Burgos no se dice nada al respecto, ya que sólo aportó la certificación de su grado obtenido en la Universidad de Santo Tomás de Ávila en abril de 1775.10 También apuntan su condición de colegial de San Bartolomé de Salamanca, institución en la que llegó a desempeñar la rectoría.

Mientras afrontaba su proceso formativo heredó una capellanía y los beneficios anejos en las villas navarras de Sansol y de El Busto, pertenecientes entonces al obispado de Calahorra. Su tío don Nicolás Crespo, canónigo de la catedral de Cuenca y provisor de la diócesis conquense, le tomó bajo su protección, se preocupó de su instrucción y le puso en contacto con personajes influyentes. Es el caso de don Agustín Rubín de Ceballos, que también fue canónigo de aquella sede, obispo de Jaén (1780-1793) e inquisidor general (1784-1793), personaje con un gran ascendiente en la Corte de Carlos iii, del que Ruiz de

Cabañas llegó a ser consultor de cámara. Después de opositar a algunas canonjías en las catedrales de Palencia, Valladolid, Jaén y Badajoz, arribó finalmente a la magistralía de la seo burgalesa en 1784, tras acreditar sus méritos y los requisitos necesarios para concurrir a la oposición y obtención de la prebenda: presbiterado, grado de doctor en Sagrada Teología y aportación de testigos que diesen fe de la vida y costumbres propias y de sus ascendientes, como la de ser hijo legítimo, cristiano viejo y “virtuoso, honesto y recogido sacerdote ejemplar”.11

No se debe dudar de las capacidades del opositor, ni del recto actuar de los miembros del Cabildo a la hora de votar al más digno del servicio de Dios y de la Iglesia, pero hay que constatar que durante el proceso de oposición llegó una carta recomendando a Cabañas. El firmante de la misiva le proponía, “por su exemplar conducta y sólida literatura”, para que los capitulares burgenses tuvieran “a bien protegerle”. Poco después se recibía otra en la que mostraba su agradecimiento al Cabildo “por haverse dignado proveher en la magistral de esta Santa Metropolitana a don Juan Ruiz Cabañas y Crespo”. El autor de ambas epístolas intercesoras no era otro que su influyente valedor y benefactor, don Agustín Rubín de Ceballos.12

Como miembro del Cabildo burgense, desarrolló las labores propias de su oficio de magistral bajo el pontificado de don José Javier Rodríguez de Arellano (1764-1791), pastor destacado por su “firme apoyo de las reformas carolinas”.13

Entre sus ocupaciones se ha de resaltar las predicaciones del sermón fúnebre a la muerte de Carlos iii y otras muchas y variadas: superintendente de ceremonias, proponedor de cabildos espirituales, administrador de obras pías, visitador episcopal, rector de santuarios y hospitales. Adquiere especial significado entre todas ellas su rectorado del Seminario Conciliar de San Jerónimo, que reformó y dotó de gran prestigio, por el precedente que constituye para comprender su labor en la fundación de instituciones de esta naturaleza en América.

Unas favorables capacidades personales, intelectuales y morales, una sólida formación en las instituciones más prestigiosas de la época –canteras para el suministro de servidores del Estado y de la Iglesia–, el paso por una canonjía y especialmente la de magistral, por el papel que desempeñaban los predicadores en la transmisión de ideas y mensajes defendidos desde el poder,14 añadidos a las relaciones y los contactos con que contaba –personajes de gran influencia en la Corte como el obispo de Jaén e inquisidor Rubín de Ceballos, o el prelado burgense Rodríguez de Arellano–, le auguraban un cursus honorum brillante y, en suma, conducían con mucha probabilidad a una sede episcopal.

De esta forma, Cabañas fue propuesto por el rey Carlos iv a la Santa Sede y electo obispo de León de Nicaragua en 1793. El nombramiento causó gran alegría entre sus compañeros de gremio, que le agasajaron con un báculo, una mitra y una reliquia de san Juan de Sahagún, obsequio que no parece una casualidad, pues este santo, que fue miembro del Cabildo burgense en el siglo xv, había sido elegido por el nuevo obispo desde su época de estudiante como modelo de vida y ejemplo de virtudes a imitar y seguir.15 Con estas muestras de cariño de los hasta ese momento compañeros de corporación “quedó sumamente reconocido y agradecido”, se despidió de la ciudad de Burgos y se dispuso a viajar a América para realizar las empresas a las que estaba llamado.

Sin llegar a tomar posesión de aquella sede, fue promovido a la mitra de Guadalajara en la Nueva Galicia (México) en 1795. A partir de 1796 desarrolló una gran labor pastoral en su extensa diócesis, destacada y definida por su filantropía, su humanismo, su atención a los más desfavorecidos y su preocupación por la educación. Profundo conocedor de las reformas de tinte ilustrado que se habían propuesto y realizado en España durante el reinado de Carlos iii, como demuestra a lo largo del sermón que pronunció en sus exequias, intentó llevarlas a la práctica en los territorios de los que fue responsable como pastor diocesano.16

Sus líneas de actuación pastoral, sus preocupaciones, los problemas, sus posibles soluciones quedaron reflejados en el Informe17 enviado a España dando cuenta de la situación en la que se encontraba su diócesis: el atraso agrícola derivado del peso de la concentración de la propiedad de la tierra en pocas manos y de la falta de interés de sus propietarios por el desarrollo, un mejorable tejido artesanal; la ociosidad, madre de todos los vicios, en la que vivía instalada gran parte de la población, o el grave problema social de la existencia de un elevado número de huérfanos, ancianos y mujeres desatendidos y desposeídos de lo más elemental: alimento, vestido, cobijo. Imbuido del espíritu reformista ilustrado de la España que dejó, tratará de mejorar este oscuro panorama. En esta línea, una de sus primeras fundaciones fue la Casa de Caridad y Misericordia en 1802, considerada una obra cumbre de la beneficencia virreinal, conocida popularmente como el Hospicio Cabañas, a la que siguieron otras bajo el mismo modelo. Se encargó de cubrir esas necesidades básicas con las rentas de la mesa episcopal, pero dando un paso más en su concepción y funcionamiento. La institución estuvo pensada desde su origen como célula de formación, dotada de talleres en los que los niños y los jóvenes aprendiesen un oficio que les sirviese para ganarse la vida, para evitar con ello la caída en la delincuencia derivada de la falta de ocupación, contribuir al desarrollo agrícola e industrial y reportar beneficios de carácter social y económico al Estado.

En este aspecto el obispo Cabañas, consciente de la importancia de la educación para la consecución del progreso, se aplicó decididamente a fomentar la formación del clero, ya que concebía al sacerdote como agente fundamental, una “correa de transmisión”, de estas ideas de reforma. A la vez que se ocupaban de la salud del alma, debían tratar de favorecer el alivio de las condiciones de vida de sus feligreses a través de la implantación de las mejoras, de los avances en la agricultura y la artesanía. En definitiva, la Iglesia debía contribuir en la búsqueda de los medios para la consecución de la felicidad de las gentes. Para todo esto creó el Seminario Conciliar de Señor San José y el Colegio clerical del Divino Salvador, a los que dotó de útiles estatutos y programas de estudio muy completos, y que se convirtieron en potentes motores para el desarrollo de la diócesis.18

Para Cabañas, siguiendo el pensamiento ilustrado, la búsqueda de la felicidad de los pueblos era una responsabilidad de los gobernantes. El progreso radicaba en el desarrollo agrícola, con la introducción de nuevas técnicas de cultivo, repoblaciones forestales, regadíos que proporcionarían un aumento de la producción necesario para un crecimiento demográfico, en el fomento de la industria y del comercio mediante un consumo estable que estimulase la circulación monetaria, en una política de obras públicas que facilitasen las comunicaciones y el tráfico de mercancías. Para conseguirlo eran imprescindibles la instrucción y el trabajo como fórmulas magistrales para la realización del hombre en este mundo, sin perder la perspectiva de lo verdaderamente importante para un cristiano, la vida ultraterrena. Para Cabañas, como para otros eclesiásticos ilustrados de su tiempo, lo material constituía un soporte básico para lo espiritual.19

Esta dedicación hizo que se convirtiese en uno de los obispos más queridos, respetados y recordados de aquella diócesis. Su largo pontificado de veintiocho años le dio protagonismo en el proceso de independencia mexicano, algo que queda fuera de las coordenadas de este artículo.20 Murió en 1824, a los setenta y dos años, ejerciendo su ministerio, en plena visita pastoral a su grey.

Todos estos planteamientos, todo este espíritu reformista de marcado cariz ilustrado, propios de la España de Carlos III, que Cabañas intentó introducir en América, habían quedado ya sintetizados por el magistral en el sermón fúnebre que predicó en Burgos el 3 de marzo de 1789. Su particularidad –y la del orador– radica en la alabanza que hizo de las reformas carolinas; pero no se queda ahí, como la mayoría de los sermones de este tipo, lo que por tanto no constituiría una novedad. Va más allá: además de compartirlas, tendrá la ocasión de ejecutarlas, de llevarlas a la práctica desde su condición de pastor diocesano. Elogia lo que ve, comparte lo que elogia y trata de ejecutar lo que comparte. Del plano teórico pasará al de la acción; del mundo de las ideas en las que cree, al de una realidad mejorable por medio de la actuación, con la aplicación de algunos cambios económicos, sociales y culturales necesarios para conseguir la felicidad del hombre.

 



1 Doctor en Humanidades por la Universidad de Burgos (2005) y docente en estudios humanísticos, este Boletín agradece su gentileza para permitir la reproducción del artículo que sigue.

2 Publicado en Hispania Sacra, lxii, 126, julio-diciembre de 2010, pp. 661-695.

3 Óscar Raúl Melgosa Oter, “Protagonistas en las exequias de los Austrias: los predicadores del sermón fúnebre”, Obradoiro de Historia Moderna 16 (2007) 253-282,265.

4 ACB (Archivo Catedral de Burgos). Registro 119. Actas Capitulares 1787-1790. 1789. Enero 9, f. 337. “Muerte del rey, honras por la ciudad”.

5 Oración fúnebre político-christiana que en las solemnes exequias que la M. N. y M. M. L. ciudad de Burgos, cabeza de Castilla, cámara de S. M, celebradas el día 3 de marzo de 1789 a la buena y piadosa memoria del Rey nuestro señor don Carlos iii de Borbón, dixo en la Santa Iglesia Metropolitana el Doctor don Juan Cruz Ruiz de Cavañas y Crespo,Canónigo Magistral, Dignidad de Abad de Cervatos, y Rector del Seminario Conciliar de San Gerónimo de dicha Ciudad. Con licencia: en Burgos, en la imprenta de la Viuda e Hijos de don Josef de Astúlez. 1789. El ejemplar consultado se conserva en la Facultad de Teología de Burgos, Pt 55 (2).

6 AMB (Archivo Municipal de Burgos). Libro de Actas de Abastos de 1789, 5 de marzo, f., 78, Encargo de la impresión del sermón de honras predicado por Cabañas en las exequias de Carlos III; 27 de abril, ff. 152 vº 153, Reparto de ejemplares; 7 de mayo, f. 169. Pago de los costes de impresión.

7 De esta impresión madrileña se conservan ejemplares en la Biblioteca Pública del Estado en Segovia (F lxi/29. R. 3384) y en la del monasterio de San Millán de la Cogolla (B 235/14).

8 El sermón fue empleado como fuente por Antonio Ferrer del Río en su composición de la Historia del reinado de Carlos iii en España, Madrid, 1856, t. iv, 266, sobre todo para glosar la religiosidad y devoción del rey, destacadas por Cabañas. El autor lo resalta entre el gran número de elogios de este tipo que surgieron con motivo de la muerte del monarca y lo citó en su discurso de ingreso en la Real Academia Española en 1853. De la misma forma, aparece mencionado en la Historia General de España de Modesto Lafuente, Madrid, 1862, t. xi, 74, nota 1, distinguiéndolo entre los sermones “notables” que se pronunciaron en las exequias celebradas por el soberano en todo el reino.

9 José Domingo Sánchez, deán de la catedral de Guadalajara bajo su pontificado, encargado de la composición del Elogio fúnebre del Exmo. e Ilmo. Sr. Doctor D. Juan Cruz Ruiz de Cabañas y Crespo, Dignísimo obispo de esta Diócesis, que en sus solemnes exequias celebradas en esta Santa Iglesia Catedral pronunció el Dr. D. José Domingo Sánchez Reza, Prebendado de la misma, el día 20 de mayo de 1825, en Exequias que por muerte del Excmo. e Ilmo Sr. Dr. Juan Cruz Ruiz de Cabañas y Crespo que se celebraron en la Santa Iglesia catedral de Guadalajara y elogios fúnebres que se dijeron en ellas, Guadalajara, 1825, y el historiador José Ignacio Dávila Garibi en su Biografía de un gran prelado. El Exmo. e Ilmo. Sr. D. Juan Cruz Ruiz de Cabañas y Crespo, Guadalajara, 1925. Véanse también sobre este asunto José Romero Delgado, Aportaciones pedagógicas desde la formación del clero. Los seminarios reformados por Ruiz de Cabañas, Huelva, 1991,29-39, y Mª Pilar Gutiérrez Lorenzo, “Universitarios alcalaínos en la Nueva España”, en E. González y L. Pérez (coord.), Permanencia y cambio. Universidades hispánicas 1551-2001, México, 2006, vol. I, 397-418, 401.

10 ACB. Libro 137. Documentos del proceso de oposición para cubrir la plaza de canónigo magistral vacante en la catedral de Burgos, ff. 474-586. 1784, enero 8, Burgos, f. 521. Presentación de Juan Cruz Ruiz de Cabañas como opositor a la prebenda de magistral.

11 ACB. Libro 137. 1784. Documentos del proceso de oposición… Testimonios aportados por los testigos para la información de vita et moribus del opositor a la prebenda de magistral Juan Cruz Ruiz de Cabañas, f. 543 vº.

12 ACB. Registro 117. Actas Capitulares 1782-1784. 1784, febrero 6, f. 430 y 1784, marzo 29, f.459. Recepción y copia de dos cartas del obispo de Jaén, don Agustín Rubín de Ceballos.

13 William Callahan, ”Moralidad católica y cambio económico”, Manuscrits 20 (2002) ,19-28, 21. Uno de los prelados más distinguidos en “avivar “las Luces” en la diócesis de Burgos”, Concepción Camarero Bullón, “La provincia de Burgos en el siglo de las Luces”, Historia de Burgos III. Edad Moderna 1, Navarra, 1991, 155-269, 233-234.

14 Sus sermones eran “vehículo de información cultural e ideológica”, de ahí el interés de las autoridades civiles en contar con representantes del clero como agentes activos del reformismo borbónico; Roberto Fernández Díaz, “La sociedad del siglo xviii. Las reformas pendientes y el pensamiento económico ilustrado”, Historia de España, Espasa Calpe, Madrid, 2004, t. 10, pp. 336 y 359.

15 ACB. Registro 121. Actas Capitulares 1793-1795. 1793, mayo 10, f. 39 vº, “Obsequios del Cabildo al obispo electo de León de Nicaragua”.

16 Desde el poder se realizaba una cuidada selección a la hora de entregar las mitras a obispos que compartiesen el ideal de reforma carolino, entre representantes del clero seguidores de las propuestas ilustradas. Especial atención se observaba en el envío a América de prelados de vida ejemplar, de fidelidad regia sin fisuras y comprometidos con las ideas de la Corona. Véase Antonio Domínguez Ortiz, Carlos iii y la España de la Ilustración, Madrid, 1996, pp. 147 y 211.

17 Estado material y formal de la diócesis de Guadalajara en el año 1805, por su obispo Juan Cruz Ruiz de Cabañas, Archivo General de Indias. Guadalajara 543. Analizado por José Romero Delgado, Aportaciones pedagógicas… 22-28. Muchas de las preocupaciones y posibles reformas a introducir en su diócesis planteadas en este informe ya aparecían recogidas en el sermón fúnebre predicado por Cabañas.

 

 

18 Javier Vergara Ciordia,”Datos y fuentes para el estudio de los seminarios conciliares en Hispanoamérica: 1536-1800”, Anuario de Historia de la Iglesia, 2005, vol. xiv, Universidad de Navarra, Pamplona, 239-300. Sobre el seminario de San José y la labor de Cabañas mezclando modernidad y tradición en sus constituciones y su marcado carácter reformista como representante de un clero ilustrado, 277-278. También las obras de José Romero Delgado, Aportaciones pedagógicas…, y “El obispo Ruiz de Cabañas y la erección y fundación del colegio clerical del Divino Salvador, 1802”, Communio, vol. xxiii, (1990).

19 José Romero Delgado, Aportaciones pedagógicas… 23.

20 Para profundizar en estos aspectos se pueden consultar algunas de las obras citadas, especialmente las de sus biógrafos, o estudios más recientes como el de María Pilar Gutiérrez Lorenzo, “Educación, Ilustración e Independencia en Guadalajara de Indias: la impronta del obispo navarro Juan Cruz Ruiz de Cabañas, 1790-1824”, en María P. Cagiao y E. Rey (coord.), De ida y vuelta. América y España: los caminos de la cultura, Santiago de Compostela, 2007, 59-71.



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