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Diario personal del presbítero Leopoldo Gálvez Díaz (1ª Parte).

Antecedido de un ‘Breve estudio introductorio’ del Dr. Ulises Íñiguez Mendoza1

Una feliz coyuntura ha permitido exhumar un testimonio que arroja nuevas luces para conocer desde dentro las circunstancias que rodearon la formación eclesiástica en la Arquidiócesis de Guadalajara al tiempo de la persecución religiosa en México (1914-1940). Los párrafos que siguen anteceden y contextualizan este documento, que se irá publicando a lo largo del año 2016

 1914. Año de incubaciones raras.

Año de zozobras y tristes recuerdos…

Tropas que llegan. Tropas que se van.

Suenan los clarines. Callan las campanas.

L.G.D.

Pocas veces se dispone de un material inédito de tal interés para la historia de la Iglesia en nuestro país, y en particular para la historia del sacerdocio mexicano, como el que por fortuna me toca ahora reseñar a instancias de mi amigo el padre Tomás de Híjar, quien a su vez lo ha recibido en préstamo del señor Leopoldo Cruz Villasana, ahijado de bautismo del sacerdote autor de estas memorias. El escrito es apenas una parte de los apuntes autobiográficos del presbítero Leopoldo Gálvez Díaz, nacido en 1892 en Jiquilpan, Michoacán, y ordenado en 1921. No se trata propiamente del Diario de un cura rural –pese a la tentadora analogía que uno quisiera establecer con la novela clásica de Georges Bernanos–, puesto que nuestro texto abarca sólo la infancia del protagonista y su paso por el seminario. El Diario, pues, no describe la trayectoria parroquial del padre Gálvez,2 pero basta la emotiva lectura de este texto “pre-cural” para sentirnos estimulados a conocer los apuntes faltantes, que describirían al vicario o párroco ya en funciones y los cuales, según su autor nos hace saber, en efecto existen en otros cuadernos manuscritos.

En buen orden cronológico, Leopoldo Gálvez comienza por describir emocionadamente el despertar de la vocación infantil en su natal Jiquilpan y en la cercana Mazamitla tan sólo al observar la extraordinaria devoción de algunos sacerdotes. Dato conmovedor y premonitorio: un humilde carpintero lugareño había construido la maqueta de todo un pueblecito de madera –“ingeniosidad ranchera… un conjunto maravilloso”–, y de la cual el chiquillo admiraba una y otra vez “su iglesita más que todo”, lo que motivó al carpintero a obsequiar al niño ni más ni menos que un copón de madroño laqueado. Es notable: el cura que en estos apuntes redactados en una agenda en blanco del año 1956 rememoraba al niño que fue casi sesenta años antes no podía menos que admitir una suerte de empatía espiritual con los objetos litúrgicos.

Ese niño de origen absolutamente campesino, pobre de solemnidad (expresión casi en desuso y pocas veces tan bien aplicada como en esta ocasión), logra a fuerza de obstinación que su padre lo inscriba en la escuela oficial de Jiquilpan; esa primera experiencia se frustra por los cambios de empleo paternos y la implacable falta de dinero: “¡Pobre escuelita, mi primera novia, se quedó esperándome!”3 Una y otra vez a lo largo de todo el relato, esa angustiante estrechez económica habrá de cernirse sobre los anhelos de estudio del muchacho y sobre su vida toda. Así, hacia 1905 ingresa a una escuela gratuita para niños pobres recién abierta en Sahuayo por los Hermanos Maristas, pero al año siguiente su padre se ve obligado a sacarlo de allí para reintegrarlo a las labores del campo en la temporada de lluvias.

Es desde esa miseria lacerante que el padre Leopoldo rememora la “condición de siervos” que el capitalismo porfirista (son sus propios términos) imponía a la gente en su condición, y que lo llevó a pasar una semana en una especie de cárcel correccional junto a otros ocho muchachos, por haber forzado las puertas de una propiedad privada sin haber cometido otro delito. Dato curioso, entre “los ocho donceles del pastoril estropicio” se encontraba su paisano y coetáneo Lázaro Cárdenas del Río.4

En fin, entre traslados de pueblos y parecidas andanzas transcurren los años adolescentes del futuro presbítero: “peoncito del campo” en las aguas, y durante las secas mozo de colegio en otro plantel marista establecido en Jacona, al tiempo que se va perfilando su pasión por los libros, en los que gastaba todo el escaso dinero sobrante de que dispusiera.

Se iba definiendo asimismo qué tipo de sacerdote –aún no lograba ingresar al Seminario– deseaba llegar a ser cuando recuerda las virtudes de uno de sus párrocos admirados, don Perfecto Cortés, indígena de Tuxpan, Jalisco: “era padre pobre: pasó su vida en El Valle, sin segundos pantalones. Sin un caballo siquiera para andar la inmensidad que comprende todavía aquella jurisdicción. Sin cooperación de nadie, ni estímulos eclesiásticos”, en un medio hostil, entre pobladores liberales “y fieles insensibles e incultos… sin agradecimiento siquiera de boca de la Sagrada Mitra”.

De su estancia en el Seminario, anhelo acariciado con avidez y al fin concretado en febrero de 1912 –una vez más librando inmensas penurias que casi lo frustran–, vale la pena resaltar tanto la diversidad de experiencias como de condiscípulos –carácter, cualidades y defectos, condición económica, nivel social y cultural– que andando el tiempo se ordenarían para atender las parroquias de ésa y otras diócesis. Si bien las evocaciones gratas son quizá predominantes, el Diario no excluye entre los recuerdos amargos del joven seminarista de veinte años el desdén que su pobreza y evidente origen humilde provocaban: “¿Y este rancherote quién es? ¡Un patán entre los padres! ¡Jesucristo! ¿Qué será?”

De las consecuencias de la Revolución en el clero y la Iglesia, en especial a partir de 1913, el Diario se ocupa escasamente, aunque alcanza a describir los primeros atropellos del carrancismo cometidos por Álvaro Obregón y sus generales; entre otros, el arresto del obispo Andrés Segura de Tepic sin mayores motivos, que más adelante envalentonaría a “la chamusca carrancista”. Puesto que hay una pausa de cuatro años entre 1914 y 1917, periodo consignado en otros cuadernos, esta época fundamental del conflicto Iglesia-Estado en la experiencia personal de Leopoldo Gálvez aún está por conocerse. En cambio, el seminarista nos brinda un doloroso episodio familiar: el paso por el maderismo y el carrancismo de su padre, don José María Gálvez, maderista honesto y transparente (“Don Francisco I. Madero fue para mi padre la encarnación del bien: el idealista inmenso que él soñara en su mente… en él veía todas las esperanzas de México”). Luego fue constitucionalista de convicciones genuinas, y terminaría sus días trágicamente, traicionado y asesinado por un antiguo conocido y paisano. De esos días el joven aspirante a cura recuerda cómo fue arrestado por los soldados de Victoriano Huerta sólo por ser hijo de un revolucionario.

No fue nuestro personaje un sacerdote muy dotado intelectualmente. Con toda transparencia y candor reconoce el esfuerzo casi infructuoso y el descomunal tedio que le acarrearon los estudios de filosofía, quizá acabando por convencerlo de que su camino sacerdotal era otro.5 Hubiera querido, por el contrario, “lecciones de experiencia y sentido común, con eso había… ¡Eso es Filosofía! Con la caridad y buen trato social que nos inculcaran, ya acertarían… Caridad y más caridad. ¡Eso llenaría el campo de la Filosofía!” No en balde su designación sorpresiva a las misiones de Baja California, cuando aún no tomaba las órdenes, le despierta un enorme entusiasmo, a sabiendas de que era en esas tareas donde podría cumplir sus más hondas expectativas.

El padre Gálvez aborda brevemente un tema que debería ser asimismo materia de investigación: los programas de estudios en el Colegio Seminario durante esa década; es también la parte que más desconcierto me causó.

Se afirma en el Diario que los futuros curas cursaban la materia de “Pedagogía y Cuestión Social” pero que apenas si se veía  “por encimita”. ¿No es extraño, tomando en cuenta la fuerza que había adquirido el catolicismo social exactamente hacia esa época? Tampoco parecen haberse ocupado mayormente de historia de México. En concreto, cuando Leopoldo y sus compañeros pedían que se les instruyera más acerca del comunismo, sólo se les respondía: “puras locuras y locos de atar… la sociedad tendrá que repudiarlos”.

Al requerir a su superior, con saludable inquietud, que se les informara en torno al maltusianismo, el control natal y la eugenesia, nada más se les explicaba que eran aberraciones y “malas divulgaciones de la medicina y el comunismo… cosas que no habrían de madurar”; el desconcertado alumno inserta en su Diario un signo de interrogación como respuesta. Y a sus cuestionamientos sobre la ciencia atómica apenas se les contestaba que eran “meras hipótesis de algunas mentes calenturientas” y una manera de amedrentarlos. ¿Estaban en verdad tan desinformados los maestros del Seminario Mayor sobre estos temas?

Más aún, cuando el alumno indagaba sobre el agrarismo, la respuesta era que resultaba “delicado meternos en eso… Es el Gobierno que patrocina ese tema. ¿El clero qué? Mere passive”. Sin embargo, es bien sabido que la Iglesia tenía una propuesta agraria propia –si bien a lo largo de esos años se modificaría–, y es muy difícil imaginar un clero pasivo en ese campo.

Una de las secciones más sugerentes de este Diario consiste en una galería de figuras de futuros presbíteros, sus condiscípulos en el Seminario. Como es natural, en sus simpatías y diferencias por los colegas aspirantes el autor revela a la vez mucho de sí mismo. Aparecen así la mayor parte de los futuros protagonistas del conflicto previo a la Guerra Cristera y de la lucha armada. Sin duda esta sección constituye una valiosa cantera documental para futuros investigadores en torno a algunos sacerdotes mártires, y a los únicos dos que alcanzarían el grado de general en la Cristiada: los padres José Reyes Vega y Aristeo Pedroza.

Surgen así de estas páginas los retratos breves pero intensos de Toribio Romo, tan querido y admirado por el autor, encarnación del ideal sacerdotal para el aspirante Gálvez, y de su compañero de martirio, Agustín Caloca. Brevísima es la mención al célebre “Pancho Villa de sotana” durante la Guerra Cristera, el notable estratega, no menos que mujeriego y sanguinario Reyes Vega, pero esas dos líneas son consistentes con la fama futura que se labraría en casi tres años de guerra: “macho a carta cabal”, garantizado “contra obispados”, escribe Gálvez.6 En cambio, son abundantes los comentarios dedicados a quien sería una década después destacadísimo general rebelde –de fama inversa a Vega–, el padre Aristeo Pedroza, a sus cualidades e inteligencia, su carácter independiente, generoso y hasta desafiante de las autoridades eclesiásticas: una primera aproximación biográfica al talentoso clérigo y estratega cristero.

Desde luego que no son sólo futuros mártires y generales cristeros los que conforman este vasto retrato de familia eclesiástica. Resulta sorprendente la variedad de gente inscrita en el Seminario, los hombres que luego tendrían a su cargo las parroquias: el viudo que ingresaba a edad tardía, cargado ya de manías acaso conmovedoras, algún otro de origen casi incógnito, otro alumno más que parecía prehistórico por sus trazas, como “espantajo de chilar –lo describen estas memorias–… de veras un orangután”. Por supuesto, Gálvez se conmueve con las cualidades de varios de ellos, ya se trate de la “fina educación y trazas reformistas” del futuro obispo de Baja California, o de la humildad y resistencia de los que serían confinados a una parroquia remota por largos años. Pero con ecuanimidad retrata por igual a “grandes tarugos” que egresarían de la institución, previniendo al lector: “no se admiren que se vean por allí afuera tantos curas lerdos, despotricantes e inhumanos”; en efecto, el autor de estas entrañables memorias no escatima críticas severas al egoísmo entre párrocos, sus mezquindades y su renuencia a hacerle algún favor, y afirma que fueron ellos quienes lo hicieron sufrir “en grande, más que los hombres”.

Bosquejados en unos cuantos trazos, a juicio de un reseñista que está muy lejos de ser especialista en la materia, son éstos los temas más relevantes de los apuntes autobiográficos que para fortuna nuestra nos legara el presbítero jiquilpense Leopoldo Gálvez. ¿Han sobrevivido a las vicisitudes del tiempo el resto de los cuadernos de cuya existencia nos da varios indicios? Si así fuera, tendríamos la posibilidad de redondear un retrato cabal no sólo de la infancia y los estudios eclesiásticos de nuestro personaje, sino de la que podría esperarse que haya sido su más importante etapa vital: la de pastor de sus feligreses, que arrancaría en momentos tan dramáticos como el decenio de 1920. Por lo pronto, la historia eclesiástica mexicana ha ganado ya para su acervo un documento de valor excepcional.

 

Diario personal del presbítero Leopoldo Gálvez Díaz

De cómo en el templo comenzó a perfilarse mi vocación clerical7

 

Por ahí en Jiquilpan, veía yo en el presbiterio a un clérigo de Zamora rezando el breviario. Era sobrino del señor cura García. De pequeña estatura, pelirrojo ensortijado, y me conquistó por su devoción seminarística. Nomás por eso. Yo lo recuerdo sin otros aliños ni halagadora presencia. Ese padre se llamaba José García Morfín (ahora cura de Yurécuaro, Michoacán) y sentí algo interior que me decía: ¿no te dan ganas de vestir la sotana? Tú, Gálvez, aprendiz de zapatero, ¿cambiarías la chamba por “aprender” teología? Y aunque yo nada dije con la voz, me dije allá muy quedito: ¡Es capaz! ¡Si esto es posible! (Porque, viéndolo bien, eso de macetear suela, cocer engrudo y pegar cabetes se me hacía poco).

Más grandecito, en el Valle de Mazamitla, conocí a otro clérigo que era de allí, el padre don Agustín Chávez Silva, que venía regularmente a pasar las vacaciones con su familia (y yo, mirándolo y remirándolo, como de obligación o yo no sé). Los colegiales de los seminarios ordinariamente son piadosos, educados, mesurados, amigables y sus iguales rancheros, hombres como ellos, sufriremos envidia (de la buena) queriendo remedarlos en cuanto sea posible. Y allá iba, observación calladita sobre el padre Agustín Silva, a ver qué le capeaba… y acá vengo, ya con algo en la cabeza, un singular deseo de remedarlo a él.

Y después en Cocula (1909), cuando servía en la casa de los Hermanos Maristas, tuve ocasión de ver a otro seminarista, diácono entonces, don Antonio Paredes. Lo vi en el Colegio, cuando fui comisionado a despachar algún recado del señor Cura don Antonio Figueroa, y me dejó en el alma un sabor amable, como a cerquillo, como a sotana, como a sacerdocio. Y que conste, el padre Paredes no era simpático. No puso prólogos a su presentación. El buen diácono aquel era eso nomás, un eclesiástico. Y sin elegancias ni romanticismos, que uno dijera. Lo vi en traza ordinaria, de paisano fiel.

Después de vivir ese año (1902) en el Río de las Huertas (sur de Jalisco), aceptó mi padre ir a servir con el doctor don Federico Gálvez, como administrador de campo, a la hacienda de Ayo el Grande (Jesús María), del oriente de Jalisco, y allá fui vaquerillo. Recuerdo que en ese rancho comencé a tener amigos y a pensar en desenvolverme, según Dios quisiera. Por ahí, un señor carpintero que se llamaba don Martín Ruiz colocó en su humilde casa un pueblecito en miniatura, tirando a escena de Nacimiento, en una mesa grande, formado pacientemente con madera de desecho, pero algo curioso, digno de verse, preciosidad escondida, más por encima que los museos famosos. Ingeniosidad ranchera, pero un conjunto maravilloso, para gozarse. Su iglesita, más que todo, pintada y modelada, como la de Dolores Hidalgo, como la de San Juan de los Lagos, abiertas sus puertas y oficiando adentro los sacerdotes. Al fondo, la misa. Más acá, casando novios y despidiendo cadáveres al cementerio. Los monacillos vestidos de rojo. El cura, de gala, con bonete y capa. Utensilios rituales muy semejantes, díganse ciriales, acetre, velas o lo que fuera. Cristito en el altar, con peana y floreros, arañas multicolores colgadas del techo, campanas de bronce allá sobre las torres, cruces en las linternillas, agua bendita en las piletas, y yo, admirando aquello, no sé cuántas horas y cuántos días: las casas, las calles, los transeúntes, sus arboledas, el puerco y el perro; el cargador huacalero, la diligencia, el aguador; pero más, más sin cansancio, otra vez y otra vez, la iglesia y el cura, los monacillos y los campanarios, la cruz y yo ¿Qué sería aquello, por amor de Dios? ¿Qué me dice estotro, cuando el buen señor don Matías me obsequió un copón de madroño laqueado, de manufactura personal, apartado artístico de su dueño? ¿Regalos suyos simpáticos, que sin duda hacían el juego a mi propia simpatía espiritual? ¿O es que leyeron mis tiradas futuras, de consorcio amoroso con tales objetos? Sea lo que sea, el hecho es que “este peso” todavía me cala sobre mi conciencia.

Yo ya mocito de unos diez años y, aunque supiera leer, sin ningunos conocimientos individuales. Aquí, en Ayo el Grande, noté algún conato paternal para darme escuela, pero fue todo. Había un buen profesor en este lugar, don Dionisio Hernández, que se hizo nuestro amigo, pero al año escaso nos volvimos a Jiquilpan. Allí, en alguna ocasión en la que vi a mi papá sereno, de humor familiar, y asequible y amoroso, le fui diciendo: “¡Papa, jiárqueme a la escuela!” “A las filas voy a meterte, por flojo ¿Qué crees?” Guardaba mi padre ciertos prejuicios liberales, por lo que sabía de oídas y lo que leía en la prensa: “Esto y aquello con los sabedores. Esto y aquello con los escolapios. Esto y aquello con los maricones. Sí, sí, con los colegiales, con los mojigatos, con los rancios de librería. El que más sabe es el que más yerra. Por ahí comenzaron los errados, por ir a la escuela. Busque granjerías, no sabidurías. Fíjese: cuando los chinacos fusilaban a los padres por malos asesores o dizque traidores, como al padre Gabino Gutiérrez, que le sopló a[l general Juan Nepomuceno] Rocha no sé qué convenientes disparates y pagó con su vida su indiscreción.8 Y ahora los castigan por enamorados, como al padre Amado, ladrón y concubinario de postín, tesorero de la Mitra y burlador de mujeres”.9

A pesar de su claridad, sus precisas observaciones no me hicieron mella alguna, pues yo nada sabía entonces de los desmanes y turbios procedimientos de algunos malos eclesiásticos. Yo pedía escuela, nomás, y la respuesta, en verdad, no me dijo nada. Tal vez ya él se figuraba, por su instinto paternal, algo divino, que si buscaba ir a la escuela sería para estudiar alguna carrera, tal vez el sacerdocio, y él, que anduvo cerca de los sacerdotes y los concebía castos y honrados, quiso prevenírmelo.10

Por ahí comenzaron los jerrados, cuando apenas era yo un simple chiquillo, sin más horizontes literarios e históricos que el silabario de San Miguel y algunas oraciones cristianas ¡Cuando uno no sabe en qué hacer hincapié, o en la erudición ranchera de José María Gálvez, o en lo turuleque que me dejaba. Sin embargo, un día me respondió mi exabrupto llevándome a la escuela oficial de Jiquilpan, con el maestro don Jesús Fajardo, tan recordado de las generaciones del novecientos acá. Pocos meses apenas (1903), apenas para pasar las puertas y asomarme al salón, saludar al maestro, hojear el Libro Segundo (?) y un Epítome de urbanidad, y me sacaron de allí por culpa de los cambios de domicilio, de las labores campestres y del dinero ausente. ¡Pobre escuelita! Mi primera novia se quedó esperándome, ¡y vaya que la quise y deseaba cumplirle! Ahora vivíamos en Los Corrales.

Manteniendo con cariño aunque fuera mis recuerdos breves: que en la escuela de Jiquilpan enseñaban catecismo cristiano y urbanidad (la “cuenta” los sábados y buenas maneras en sociedad). Que Alejandro Salcedo fue mi compañero de banco y que Amador Valencia era el mejor alumno. Y aquellas marchas ingratas que al rayo del sol nos disponían hacer de orden del gobierno por el camino de Tototlán, dizque ejercitándonos militarmente (¿qué tales políticos? ¿vislumbrarían algo para el año del centenario, 1910, y se iban preparando paulatinamente? Por esos mismos días, un padre benefactor, don Felipe Arregui, trajo a Sahuayo los Hermanos Maristas (1904), como quien dice, la bendición del cielo para la niñez del rumbo. Y ya que fueron conociéndose sus métodos de enseñanza y provechos positivos, me llamó mi padre un día para informarme “¿Qué dices, hijo? ¿Te gustaría ir a la escuela? Voy a llevarte a Sahuayo, donde unos padres maristas tienen una escuela gratis, como para nosotros, los pobres. Tú ¿qué tanteas? Te dejo allí una temporada, a ver qué pinta. En Sahuayo viven mis primas, las güeras Hernández, y te dejo con ellas”. No sé qué dije o ni dije nada, pues el entusiasmo me cortó el habla. Y de este modo vine a dar a Sahuayo, a la casa de tía Refugio Gálvez, la Chocolatera, entre los años de 1905 a 1906.

Los Hermanos Maristas llegaron de Francia en son de destierro, pero, bendito sea Dios, acá en la América se les dio buena acogida. Una sección profesoral vino a Sahuayo para establecer colegio, pero como la mayoría inmensa de muchachos por acudir a las clases eran de gente pobre, destinaron una porción de la casa para recibir a todos: pensionistas ricos y escolares pobres, en lo que llamaron simplemente Escuela del Sagrado Corazón. Y acá me trajo mi señor padre, para comenzar con ellos lo que ahora dicen instrucción primaria, tocándome de maestro de segundo a tercer grado, pues ya sabía leer de corrido y escribía más o menos bien, con lápiz, siquiera.

Un religioso español que respondía al nombre de Victoriano Martínez, hombre virtuoso y experimentado seguramente, fue mi mentor querido desde ese instante hasta que murió. Este buen hermano fue, años después, director de la Casa de Cocula y me llevó de sirviente con ellos (1909). Y vivía en Guadalajara (de director del Colegio) cuando yo me ordené padre (1921). Lo convidé y asistió a mi consagración, como padrino de libro y de manos, como si fuera padre. Espero hallarlo en el cielo.

Luego luego, en abril de 1906, vino mi padre por mí. Cuando ya iba encarrilándome, llegó a la escuela y me dijo “¡Por Dios de mi alma! Ya mero vuelven las aguas y yo te necesito”. “Sí, papá ¿Y si no paso exámenes? ¿Y los provechos por verse? ¿Y el porvenir?” “Yo no sé, yo no alcanzo. Ya veremos. Te digo que nos vamos. No me alcanzo. A ver si a poco”. Y al campo y a las vacas, como allá en Ayo el Grande… Pero, qué quieren, algún pelito en la sopa se suele colar. En Los Corrales y en Ayo la pasamos mejorcito en lo material.

Un día que don Pacomio Gálvez, inspector de la Hacienda de Ayo, revizaba los animales, se fijó en cierto toro que lo hicieron buey y exclamó indignado: “A ver, José María, veme diciendo, ¿quién jijos de la tal capó a ese toro?” “Yo mismo, señor”, le dijo mi papá, como era la verdad, porque el becerro salió mañoso, dañero y peligroso, como de lidia. Y ardió Troya, como suele decirse, y renunció al punto su comisión en dicha hacienda, y vuelta a Jiquilpan, como ayer y antier.

Como mi papá no poseía terrenos, su problema con sus animales era buscarles agostaderos. Así es que en ocasiones se aliaba con otros poquiteros y compraban derechos a pastizales y rastrojos de la estación. Por ahí en La Trasquila compraron a este fin una manga de reserva, propiedad del licenciado don Alejandro Abarca, derecho que adquirieron los pobres de zacate con mil reservas, condiciones odiosas, a más de lo oneroso, constreñidos nomás por necesidad: siete u ocho muchachos de los accionistas acudirían para llevar y traer las vacas al potrero, requiriendo y alzando diariamente la llave, casa del licenciado, pues la dicha manga debía permanecer con su puerta de entrada cerrada con llave. Ahora traería yo la llave, mañana fulano, despúes perengano. Pero aunque al principio se cumplió el turno, por allá lejos también falló. Cuando aquel día nos hallamos frente a la puerta del cuento, uno del grupo llamaría la atención: “A ver, Felipe, dame la llave”. “¿Cuál llave, Pinillo, si yo la truje ayer?” “Entonces, Pascual, trae acá la llave”. Y se volvían enredijos y borucas. “Bueno, ¿y qué sigue?, ¿cómo qué hacemos? Abrir la puerta y meter las vacas”. Siguieron los empujones en masa, los golpes con piedras a la chapa de acero y los gritos sonoros para infundir más brío. Y sí, se quebró el pasador, cedió la cadena y la puerta se abrió de par en par. “Emparejen las hojas. Arrimemos piedras para asegurarla y vámonos, muchachos, a casa como si nada”.

Ni quien pensara en las consecuencias. ¿Pero cuáles? Abrir una puerta, ¿qué de malo iba a ser? ¿Quién de nosotros pensó que aquel arrebato para abrir la puerta grande fuera un pecado? ¡Nadie! Lo mismo daba abrirla con la llave en sana paz que a manos violentas. Nuestro objeto al presente era meter las vacas al agostadero, y mejor que mejor, ya no tendríamos la monserga aquella de buscar la llave día con día. Que no, señor. Que sí, mocitos, deben saberlo. Forzar las puertas ajenas es un delito, igual que un pecado. Miren ustedes: el orden así lo pide, el capitalismo en boga, el régimen porfirista y su condición de siervos eso dispone. Delito chiquito, farsa de muchachos. Travesuras corrientes. Sí, ya lo verán. Con razón suele decirse que los ricos se imponían, que los amos eran temibles y el gobierno se aliaba con ellos.

“Don Chema ¿cómo le va? Mire, dice el Presidente que vaya su merced a las diez, y que lleve a su hijo Leopoldo”. Mi padre me miró de cierto modo y me habló disgustado: “Muchacho bribón. Quién sabe qué haya. Te tengo dicho que no te juntes…” Y allá vamos, apriesita, con el mandón en turno, Ignacio Gálvez, rumbo a las Casas Reales, frente a la plaza de Zaragoza, donde ya para esas horas se hallaban reunidos los ocho donceles del pastoril estropicio.

“A ver, señores”, dijo con majestad mi pariente “Presidente”, “¿qué travesuras son éstas?” Y nos enseñaba la cadena, la chapa estropeada y la llave fatal. “Sepan ustedes que esto es una burla. Un atentado calificado. Un delito. Pero por ahora, en atención a su edad, se les impone la obligación de componer dicha cerradura solidariamente y también una multa en efectivo de 5 pesos por cabeza, o en su defecto ocho días de arresto en la Prevención”. Y mi santo padre, juzgándome culpable en tal infundio, se negó a pagar la multa y allí me dejó purgando dicho arresto, de modo que una semana fui huésped correccional de las Casas Reales de Jiquilpan, ocupándome entonces de barrer los juzgados y despachar mandados a los presos. Y como dato curioso, es bueno referir que entre los penados de esa ocasión se hallaban Lázaro Cárdenas y del Río, que fue Presidente de la República (1934-1940), y Francisco Valencia Ayala, primo hermano del canónigo Francisco Valencia Ayala.

¿Qué diremos ahora? Al recordar aquellos tiempos, cuando el gobierno aborrecido de don Porfirio Díaz, que castigaba ejemplarmente hasta las muchachadas sinpendientes que olían a provocación, ya no se diga a franco desafío. Y ahora que nada castigan, ni a los matones que asesinan sin motivo a los prójimos (Heliodoro Ruvalcaba González, licenciado Horacio Gaona Ruiz e Higinio Sobera Flor, por no decir más); que les protegen la fuga, los alojan como príncipes en las prisiones y los absuelven a poco, como a Gaona Ruiz…

Y mírese este otro aspecto de aquella vida y de aquellos hombres: con ocasión de las fiestas de Señor San Francisco en Jiquilpan, mi padre solía poner puesto en la plaza de Zaragoza. Digamos loterías, cafeterías, ollas podridas, barbacoas y neverías, y tenía yo que llevarle al puesto sus alimentos diarios. Yendo a la plaza, llevaba el almuerzo. Viniendo de allá, compraba el mandado. “Ande, mi lindo, váyase pronto, sin dilaciones, eh, porque se hace tarde y el caldito no se cuece. Llevas un peso, cuidado con él”, me decía mi madre. Pero como era fiesta, había barullo allá afuera. Algo ruidoso el ambiente, como para marear y explotar al pobre rancherismo. Yo, ranchero incapaz, me detendría aquí y allá, mirando los juegos, las vendimias, los carcamanes y su tejemaneje me interesó el ánimo. Apuesto un centavo (me vieron el peso y se encandilaron). “Ganaste, muchacho, pero un centavo... No seas tan ruin, pon siquiera cinco fierros”. Y los puse, dizque respondiendo el peso. “¡Muchacho afortunado! ¿No te digo? Volviste a ganar. Toma tu cinco”. Torné a jugar el quinto y lo doblé. ¿Será bueno arriesgar un tostón? Y comprometí el medio peso… ahora lo perdí y me recogieron el peso duro. “Tienes aquí la mitad. Arriésgale poquito, a ver si te repones”. Y yo, diciendo ahora sí, que sea lo último, un tostón. Y me lo ganaron. “La tuya, chiquillo. ¿Luego el medio real?”. Puse los seis centavos y me despelucaron los vividores. Rompí a llorar con aspaviento loco, en medio del gentío aquel. Era casi al medio día; yo sin dinero y la saca del mandado vacía. ¡Que me acuerdo de los encarecimientos maternales del caldito y de los azotes que me aguardaban! Los curiosos se me arrimaban, interesándome. Mi dio coraje y grité con más ganas. “¡Ay, ay, ay! Mi peso, mi peso”. Me acordé entonces que por ahí cerquitas estaba mi padre y allá más me esperaba mi madre con los menesteres, y me acudió un temor atroz. “Ay, ay, ay, mi peso. ¿Qué hago sin mi peso?” Y me desmorecía. Me oyeron los gendarmes. “A ver, muchacho, explícate mejor ¿Qué es lo que dices o qué es lo que te pasa”. “Que aquí me robaron mi peso”. El escándalo y la teatralidad acabaron cuando me llevaron con el Jefe Político, que por ahí estaba. “Señor, este muchacho así y así”. “Tamaños bribones –dijo el Jefe de Armas–; tenga su peso y váyase. Y si vuelve a arrimarse por aquí, ya le anda”. Me fui a la casa ya tarde, sin razones que dar ni cosas ningunas que esperaba mi madre, temblantín y lloroso de ribete. “Ven acá, chivato, ¿qué te dije?” Sermón maternal y zurras de papá, sin escapatoria. Pero yo digo: aquellos hombres, bigotudos y serios del porfirismo sabían también tener sentido de hermano, más que los de ahora, revolucionarios e “istas”.

También quiso mi padre que aprendiera un oficio. Zapatero, escogió él, y me puso de aprendiz con el maestro Jesús Aguilar, de Jiquilpan. Después, en Jacona, seguí practicando y llegué a oficial en los talleres de don Jesús Herrera y de don Juan Victoria.

Entre los años de 1907 y 1908 hizo campo mi padre y me llevó a la escuela, otra buena coincidencia con los Hermanos Maristas a Jacona, pues mis abuelos vivían con los hijos en la Estancia de Igartúa, próxima a Jacona, frisando yo en los 16 años, y me aceptaron los Hermanos en ventajas y desventajas, si bien se ve: a cambio de la instrucción y de la comida, me ocuparía en los quehaceres domésticos. Y así pasé ahí, de medio criado, de medio escolar y familiar de los religiosos.

En la escuela de Santa María de Jacona me recibió como alumno “de fuera” el Rev. Hno. Clemente Reversat, seguido de otros, según los años y capacidades: Hno. Teodrás, que me gustó mucho su clara letra; Hno. Lanfranco, español simpático; Hno. Julio M. Cornu, hombre experimentado, a mi parecer; Hno. Jude y Hno. Luis Daniel, franceses admirables del P. Champagnat. Otros cursillos breves hice con ellos, no en redondo, como quien dice en las escapadas, porque trabajaba en las aguas como peón de campo y en las secas como mozo del colegio. Tal vez por el cariño que me inspiraron los Maristas, pretendí en esos años meterme a su Instituto, pero como ellos no vieron en mí madera blanda para darme traza de profesor, me alejé y me alejaron de aquella idea. No le hace. Yo, siendo padre, aun me siento obligado: sigo siendo marista, como ellos, y los amo y los bendigo del fondo de mi alma, al grado de emocionarme mucho cuando me tocó algún día decir misa en sus colegios de Ocotlán, Jalisco, pues en realidad me sentí mariano-marista, hijo de esa Madre, me sentí esa vez, un ratito, su capellán de iure, su hijo viejo y noble de sus colegios. Y permítaseme hacer, a propósito, una digresión mía: me duele ver a los hermanitos profesores de María irse por ese camino tan trillado ahora del interés económico nomás, cuando su fin son los campesinos, los jornaleros pobres, la mayoría juvenil de los medios rurales. Me alegra su propia alegría por la reciente beatificación del fundador, padre Marcelino Champagnat, me alegro de la cosecha lograda entre sus alumnos, me alegro de su Escuela Gratuita que acaban de abrir en algún barrio obrero de Guadalajara.

En 1909 fui a Cocula con los mismos Hermanos. Me llevó allá desde Sahuayo el Hno. Victoriano Martínez, mi profesor de hacía cinco años. Llegué con carácter de empleado, a servirles en aquella Casa, desilusionado de tantos ensayos, de tantos deseos y de mis pobrezas, ya joven talludo, de casi 18 años; sin pasiones callejeras, eso sí; no me entretenían diversiones ningunas, ni amigos tampoco. No me gustaba nada. Ni el dinero, ni la comida, ni viajar, ni los sueños. Yo nomás quería leer y escribir. Yo nomás gozaba dando consejos: al aguador, al panadero, al rapazuelo del barrio, a los ausentes. Los libros me traían loco, sin duda, al grado de no estorbármelo algunas consideraciones interesables, ni la familia en apuros, ni mi cuerpo mal cubierto, ni los fríos, ni los calores, ni el hambre, ni el apostolado, nada. Yo nomás buscaba libros. Manejaba libros, leía los libros. Hasta me daba coraje, pues todo lo que ganaba lo gastaba en libros. ¿Pero qué es todo-todo? Mi escape sería las novias, pero uno de místico y en casa “santa”. ¿Qué dirían los monjes, que diría la gente? Pues no, señores, ni tampoco por eso. Mis amigos y mis novias eran las letras y la Hoja Parroquial, si quieren creerlo. Y así pasé un año. Y así pasé dos. “Vente, hijo de mi alma, queremos verte”. “Bueno, Leopoldo, con mucha pena, pero ¿qué hacemos? Quién sabe si allá cerquitas seas más útil a tus padres. Parece que doña Andrea se basta ya en pleno. Toma esta ropita, estos pocos reales y los libros esos con que te entretienes. Reza dondequiera. El que ruega, se salva, dice san Alfonso”. Y nos despedimos los Hermanos Maristas y yo.

Llegué a mi casa esa vez cargado de libros. Libros que compré ahí nomás. Libros que ya yo había visto o leído de pasada, en casas ajenas. Libros desproporcionados, porque los elegía sin tino y ediciones de lujo, que me salían caras. Libros para ingenuos sin preparación, novelas y cuentos: Robinson Crusoe, Andersen, Los doce pares de Francia, Genoveva de Brabante, un tomo de El Católico y una regular colección de la Hoja Parroquial de Cocula. Y los pobres de mis padres tuvieron que contentarse con algún recuerdito, de papel también. Ni me reprocharon nada, como lo merecía y casi lo esperaba. Ya nos volvimos a ver. Las emociones se fueron luego, y a trabajar se ha dicho. Mis padres ese año, el de 1910, vivían en lo del Valle de Mazamitla, en una parcela propiedad de mi abuelo don Tiburcio Díaz, por ahí al norte, donde le dice el Picacho, y me acomodaron de agricultor con un ranchero de nombre Vicente Cárdenas. Y en esa comisión, de la temporada de aguas, no sufrí durezas. Los buenos rancheros me guardaron consideraciones y atención conforme a “mis letras”. Cuando hacía mal tiempo, nos quedábamos en casa, o si escurría agua, nos acurrucábamos debajo del techo. “Leopoldo, ¿nos cuentas algo? A ver, el libro fulano, Leopoldo que lea un ratito para no dormirnos o arrullarnos mejor”. Y aquí salían a escena los libros de marras.

En el rancho bebía leche, comía gordas de trigo, saboreaba antojitos, pero apaciguarme, ¡cuándo! La niñez bendita se disponía a dejarme, pero yo soñando en juveniles amaneceres, barruntando ilusiones. Era la juventud, que venía saludando; seguro era mi época, y acariciaba los viejos anhelos, rumiando, rumiando los proyectos de ayer. Y un día de aquellos, me encaminé al Valle, a llevar las primicias, el regalito casero de lo que Dios nos daba: pan cenceño, quesos frescos, calabacitas tiernas y algún jocoqui, destinado aquello al padre vicario don Perfecto Cortés, un indito de Tuxpan, Jalisco, lo que me originó unas buenas relaciones con el padre y su familia: “Qué gusto, que gusto en conocerlo. ¿Usted es el hijo especial de don José María? ¿Cuándo vino? Parece que me habían dicho que se hallaba trabajando o estudiando en un colegio ¿Cómo está su persona? ¿Qué piensa para luego su merced? Oiga, Leopoldo, pero no se vaya. Siéntese el amiguito, parece que ya nos invitan a comer”. Resultado: que el padre Cortés vino enterándose por mi conversación de mi vida en general y de mis proyectos básicos en lo particular.



1 Profesor e investigador en el Departamento de Historia de la Universidad de Guadalajara y miembro activo del Departamento de Estudios Históricos de la Arquidiócesis de Guadalajara, es Doctor en Ciencias Sociales por el Colegio de Michoacán.

2 Como sí lo es el Diario de un cura de pueblo y relación de los señores curas que han servido la parroquia de nuestra señora de la Asunción de Tlatlauqui, escrita por el señor cura don Ramón Vargas López, publicado por Ernesto de la Torre Villar en 2006.

3 Sobre el programa de estudios de esta “escuela de gobierno”, parece extraño que hacia 1902 y en pleno porfiriato se enseñara el Catecismo.

4 El futuro general de división y presidente de la República era tres años menor que Leopoldo y había nacido también en Jiquilpan.

5  “Sus temas áridos. Sus explicaciones, sarmentosas y tediosas. Me parecía aquello puros laberintos sin salida. Colección de necedades (?) para entretenernos (!) sin objeto y sin sentido a los pobres aspirantes a clérigos. Pero quería ser padre y ése era el camino.”

6 Los seminaristas afeminados u homosexuales, “maricas” como los llama el P. Gálvez, se denominaban a sí mismos, para insultar a sus superiores, “los obispos”. De ahí la referencia inversa para el  “macho” Reyes Vega.

7 Se omitieron las primeras páginas del diario en razón a su carácter estrictamente personal. Lo restante del documento se trascribe íntegro.

8 El 12 de junio de 1861 (nota del autor, a propósito del ajusticiamiento de este eclesiástico).

9 1901-1902. Uno de los padres Amado, que servían entonces en la Universidad (nota del autor).

10 Mi señor padrino don Antonio Sandoval tenía un hermano padre que sin duda conoció mi papá, pues sirvió con mi padrino en La Guadalupe y en Las Anonas, Tierra Caliente. Este sacerdote era admirado y venerado en el obispado de Zamora como párroco de Uruapan y se llamaba don Manuel Sandoval.



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